No te calles. Habla, difunde y denuncia aunque creas que estás ahí solo para etnografiar

raval_robador

Cacerolada en la calle d’en Robador | Fuente: http://prostitutasindignadas.wordpress.com/

por Livia Motterle (OACU, LIRACGS)

Fragmento de diario de campo:

Lunes, 8 de julio del 2013. 19.30 horas. Cruzo la Rambla del Raval, desemboco en la calle Sant Rafael para terminar ahí, en la calle d’En Robador, que antes de su mutilación llamaban la “calle sin sol”, porqué era tan estrecha que nunca había un rayo de sol. Hay muy poca gente por las aceras en esa tarde de verano. El Robador 23 está cerrado. El King Rooster de la esquina también. Y el bar cerca de la mezquita también. Advierto un clima tenso y no me siento para nada cómoda. Me fijo en los abanicos de las chicas: el movimiento continuo e hipnótico con que se mueven entre sus manos parece una forma para descargar la tensión que ellas mismas advierten. Como suelo hacer, me acerco a las que más conozco, entreteniéndome un rato en conversar. Hablo sobre todo con Lucía, punto de referencia en el campo y, en cierta forma, mi amiga. Le doy un regalo. Me agradece y se dispone a abrirlo cuando de repente aparecen ellos. Son cincos. Uno se acerca a nosotras y nos pide la documentación.

Lucía le dice que yo no soy una prostituta, que soy su amiga. El guardia urbano mira mi carnet y me dice que puedo irme. Lucía me hace con la cabeza un gesto para que me vaya, tranquilizándome y diciéndome que solo se trataba de un control de papeles. Me voy pensando que no pasaría nada teniendo ella la documentación en regla. Regresé después de unas horas esperando encontrarla y queriendo asegurarme que todo hubiera ido bien. Pero no la veo, así como no veo a ninguna chica más. La llamo al teléfono y no contesta. Dejo pasar dos días y voy a la cacerolada que las Prostitutas Indignadas solían organizar cada miércoles. Una chica que trabaja en una asociación en defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales me pregunta si puedo hacer de testigo de Lucía. “¿Qué pasa?”, pienso en mi cabeza. Se acerca Lucía y me cuenta que después que yo me fuera, aquel lunes, la guardia urbana le había metido una multa de 3000 euros por ofrecer servicios sexuales en la calle…

Desde luego no tardamos en presentar una serie de alegaciones:

“Que la denuncia hace referencia a la supuesta infracción del artículo 40.1 de la ordenanza para fomentar o garantizar la convivencia siendo el hecho denunciado “oferiment de serveis sexuals retribuits a la vía pública”. La supuesta infracción se realiza el día 8 de julio de 2013 a las 19:58h en la calle Robador, 25, es deci,r a pocos metros de la dirección que se indica en la denuncia como mi domicilio. Soy por tanto vecina del barrio, vivo a escasos metros de donde me denunciaron. Como es evidente, al ser vecina del barrio, desarrollo mi vida cotidiana en este barrio. En la fecha y lugar mencionado yo no me encontraba ofreciendo servicios sexuales y desconozco los motivos que han podido llevar al agente denunciante a denunciarme por ello ya que no existe conducta que pueda justificar la sanción”.

“Los hechos acaecidos el 8 de julio de 2013 son los siguientes. Me encontraba en el portal de mi casa, a un metro escaso, conversando con una estudiante de antropología de la Universidad de Barcelona que está realizando una investigación académica sobre el barrio del Raval. Esta persona, a partir de su interés por el trabajo antropológico que desarrolla  sobre el barrio, me ha contactado diversas ocasiones, como vecina, entablando una cierta amistad. Nos encontrábamos conversando de forma tranquila cuando un agente de la Guardia Urbana se acercó a nosotras, solicitando a ella que se apartara y a mí mi documentación. Cuál fue la sorpresa de ambas al descubrir que sin motivo, ni conducta que supusiese ninguna infracción a ninguna normativa, me entregase la denuncia por la que formulo estas alegaciones”.

“Estos hechos y esta forma de actuar prueban lo dicho anteriormente ya que simplemente por verme se detuvieron para denunciarme, sin haber motivo alguno, ni conducta ni indicio de la misma, para determinar que existiese una infracción a alguna normativa municipal. Este procedimiento sancionador en mi contra constituye una acción discriminatoria y sin fundamentos jurídicos que pretende excluir mi libertad a circular por los espacios públicos. Mi sola presencia no puede en ningún caso ser motivo para interponerme una denuncia ya que esto supone una grave vulneración a mis derechos fundamentales, tales como mi derecho a la libertad de circulación y a la no discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual o profesión. Sobre todo siento vulnerado mi derecho a no ser discriminada como persona transexual ya que presupongo que dicha denuncia se formuló en base a suposiciones debido a mi condición de persona transexual dando por hecho conductas de las que no existían indicios puesto que estaba conversando con una amiga” [sigue].

El 3 de noviembre recibo un mail por parte de la asociación que envió las alegaciones: “Hola Livia, ¿qué tal? sólo comentarte que de momento han desestimado la alegación, seguiremos con Recurso de Alzada, te comunicaremos qué nos dicen”. Al día de hoy, después de seis meses, Lucía todavía convive con la preocupación de esta multa, y con ella, muchas mujeres más. Lo ocurrido aquel 8 de julio marcó el fin de mi observación participante en calle d’En Robador. Confundida con una prostituta por unos clientes o por la guardia urbana, confundida con guardia urbana por unas prostitutas, utilizada para multar una prostituta atribuyéndome el papel de cliente: la calle d’En Robador se transformó en teatro de cambio continuo de disfraces.

Interaccionar entre estas significaciones simbólicas me hizo reflexionar sobre la perversión de los dispositivos institucionales y también sobre los riesgos del trabajo etnográfico. Nunca he querido reducir personas a teorías, plastificar historias en pegatinas, comprimir dolor ajeno en metáforas bonitas. Y ahora, en fin, descubro que mi presencia en el campo (o, el saludo a una amiga, como se prefiera definir la belleza de un encuentro), había dañado a una persona. Desde entonces dejé de ir con tanta frecuencia por aquella calle, campo de dispositivos panópticos construidos para generar desigualdades y catalizar formas de desorden consentidas y estratégicamente funcionales. De esta forma, mis encuentros con Lucía se limitaron dentro de las paredes domésticas, en casa (mía o suya), en el lugar donde no juega el azar, donde no hay miradas ajenas y metros de acera para recorrer y donde casi nada resulta prohibido, tampoco la prostitución.

Quieren convertir la calle en el espacio de la invisibilidad. Puede transitar tranquilo lo que más quieto se hace: lo que menos habla, lo que menos mira, lo que menos escucha, lo que menos toca, lo que menos come, lo que menos juega, lo que menos baila, lo que menos vende, lo que menos toma, lo que menos besa, lo que menos ama. Es ahí, en la calle, que tiene que explotar la revolución de los cuerpos, desde los cuerpos, para los cuerpos, en los cuerpos, gracias a los cuerpos. Es en la calle que tienen que vibrar nuestros cuerpos resistentes, rebeldes, transformantes y transformables. Reivindicar los derechos de los cuerpos de las trabajadoras sexuales de la calle es reivindicar los derechos de los cuerpos de todos y todas. Nuestros cuerpos tienen que tener la liberad de transitar, vivir y habitar lo público, conquistando sus espacios como les den la gana. Porqué somos relaciones, somos intersecciones, somos infracciones. Incorporar esta lucha es un acto colectivo y necesario de desobediencia. Las calles necesitan nuestros cuerpos y nuestros cuerpos necesitan las calles. Al conflicto, nuestros cuerpos contestaran con otro conflicto. A las arquitecturas del miedo y del control, nuestros cuerpos vibrantes contestaran construyendo cartografías de prácticas visibles, rumorosas e interactivas.

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