Archivo mensual: noviembre 2014

Los centros del triángulo: Migración y neocolonialismo en Sicilia.

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Por Stefano Portelli (OACU y Perifèries Urbanes)

Cuando los migrantes desembarcan del enorme buque de la marina militar italiana que los ha rescatado en alta mar, los acoge un dispositivo móvil que ya se va convirtiendo en habitual. Los médicos seleccionan quién necesita curas especiales; la policía registra nombres y asigna a cada uno un número; después entran bajo la gran carpa de la protección civil, y se sientan o estiran en las camillas. El puerto de Augusta es el puerto comercial más grande de Sicilia oriental, y a su alrededor, desde los cuarenta, se ha desarrollado uno de los más grandes establecimientos industriales del Mediterráneo: el petroquímico de Siracusa. Durante décadas, sus industrias han a la vez salvado la economía y destruido la salud de los habitantes: hoy, cuando muchas fábricas han cerrado, la franja de costa entre los tres pueblos de Augusta, Melilli y Priolo Gargallo se ha convertido en el ‘triángulo de la muerte’, en el que al paro se añade una contaminación que parece irreversible: un niño de cada veinte nace con una malformación, y un adulto de cada tres muere de tumor. El aire quema al respirar, y en el horizonte brillan oscuras las llamas sobre las chimeneas; el volcán Etna está a 50 km. pero casi nunca se ve, envuelto en la espesa bruma blanca. Precisamente en estos tres pueblos las autoridades de la provincia de Siracusa han decidido emplazar los centros de acogida para menores migrantes.

Durante tres meses estuve trabajando con una ONG en los centros del ‘triángulo’. Ya desde los primeros días, una de mis primeras preguntas fue: ¿Por qué llamarlos ‘centros’, si lo único que se puede afirmar de ellos es que son periféricos? Así como es periférica la historia de la contaminación de estas tierras – en los periódicos nacionales se habla del Ilva de Taranto, de la ‘tierra de los fuegos’ en Campania, ahora del amianto en el aire en Avellino, pero nunca del desastre humano y ambiental de esta punta de Sicilia. La proximidad con África, que hoy significa inmigración, en otros tiempos significó hidrocarburos; y en el mismo trozo de mar que cruzan los migrantes se están implantando nuevas plataformas petrolíferas, justo en frente del otro gran puerto de la zona, el de Pozzallo. Pero sólo lo sabe quién vive aquí; porque al sur de Sicilia se va de vacaciones, no para descubrir planes neodesarrollistas.

Lo mismo pasa con los ‘centros’. Lo que sucede a su interior, generalmente, no se filtra fuera; si filtra, su representación no corresponde con lo que se ve adentro. Para entender qué acontece aquí, antes hay que acostumbrarse a la lengua franca que se ha desarrollado en ellos. Los niños hospedados aquí – todos varones, y de varios orígenes – hablan un idioma como el de los puertos, hecho de trozos de inglés, árabe e italiano mezclados con algo del dialecto siciliano que hablan los trabajadores del centro. Una palabra me impactó al principio: a la comida la llaman mangerìa. Es una palabra que no existe en italiano, y tampoco en siciliano. Descubrí pronto que la palabra venía de Libia: los subsaharianos la habían aprendido en su detención en las cárceles o campos libios, y la habían traído aquí, muchos incluso pensando que era árabe. Pero no es árabe: es una palabra italiana antigua, que quedó allí incluso cuando los colonizadores italianos, que entraron en Libia en 1911, fueron expulsados por Gadafi en los años sesenta. Ya desde el principio, estos lugares evocan fragmentos sumergidos del colonialismo.

Esta impresión se hizo aún más fuerte, cuando me dí cuenta que nadie de los migrantes que viven en ellos llama a estos lugares ‘centros’. La palabra que usan es camp. Obviamente, ‘campo’ en Europa es una palabra prohibida: despierta demasiados fantasmas para que se pueda usar libremente (¡menos que para los ‘campos rom’, o ‘campos de gitanos’!). Hablando con ellos me di cuenta que llaman también ‘campos’ a muchos de los lugares por los qué han transitado en Libia, lugares de violencia extrema, de los cuales muchos llevan rastros en su piel. El paralelismo les surge espontáneo, entre los campos o prisiones de refugiados instituidos por Gadafi para retener los migrantes, a cambio de subvenciones italianas, y nuestros ‘centros de primer auxilio’ que nos representamos como puertos seguros después de las violencias sufridas en África. Sin embargo, es evidente que la frontera es mucho menos definida de lo que nos gustaría, y que en Europa estos muchachos vuelven a encontrar otros campos, gobernados por una variante más sutil de la misma violencia estructural que han sufrido durante el resto del viaje. Y del colonialismo pasamos al fascismo… ya que los primeros campos de concentració del siglo XX fueron precisamente los que los fascistas italianos implantaron en Libia, para detener los aldeanos de Cirenaica desplazados durante la revuelta de Omar Mukhtar.

Y se podría seguir. Porque todas las palabras con que se habla de este fenómeno – ‘emergencia’, ‘traficantes’, ‘flujos’, ‘menores’… – esconden un engaño, una mistificación de su estructura perversa y discriminatoria, con raíces antiguas y profundas: un gigantesco y oculto dispositivo de segregación que constantemente se desplaza, se fragmenta, se redefine, para seguir siendo incomprensible. Antes en Lampedusa; ahora en Sicilia Oriental; pronto en otro lado, en alguna otra periferia más difícil de monitorear. Cada aspecto de este fenómeno está en constante transformación, y necesitaría de una vida entera para investigarse. ¿Por qué, por ejemplo, si los muchachos tendrían que estar en los centros de emergencia sólo tres días, la gran mayoría lleva aquí meses, hasta nueve o diez? Algunos dicen que faltan hogares de acogida, otros que no se aclara quién tiene que pagar el hospedaje, otros que son las cooperativas que gestionan los centros los que prefieren mantenerlos por más tiempo, para lucrarse con los fondos del gobierno. De vez en cuando algún centro cierra por ‘infiltraciones mafiosas’, o corre algún rumor sobre la vinculación de una cooperativa con algún político; el Ayuntamiento de Augusta, además, hace un año que se disolvió por decreto ministerial, y es actualmente gestionado por una Comisión Antimafia – lo que hace que cada paso sea aún más difícil. Algunos dicen que estos son estereotipos, y que 45.000 migrantes en un año serían un problema para una gran ciudad, imaginen para un pueblo de 40.000 personas; y que, vista la situación, es admirable que no haya habido violencias, como las hubo últimamente en Roma. Aunque, la semana pasada, alguien tiró un coctel molotov contra un centro no lejos de aquí.

Otro aspecto que impresiona es que estos centros (diferentemente del que está en Pozzallo) no están cerrados. Los muchachos son libres de entrar y salir, y hasta de ‘escaparse’, si la palabra tiene sentido. De hecho los sirios, los etíopes, los eritreos (es decir, la mitad de los migrantes que llegan en Sicilia) nunca pasan por los centros: en seguida que llegan al puerto contactan un taxi, o empiezan a caminar por la autopista, y rápido siguen su viaje hacia el norte. Esto también está destinado a cambiar, en breve, con los nuevos dictámenes de la UE; de momento, sólo llegan a los centros gente de Gambia, Ghana, Mali, Nigeria, las dos Guineas, y los Egipcios. Uno de cada tres, más o menos, se acaba ‘escapando’ para alcanzar a algún familiar en el norte; los otros se quedan, aunque las verjas estén abiertas, y durante meses esperan que llegue el momento del transfer, la derivación a una comunidad de acogida para menores no acompañados, que se encargue de su regularización. Pero pasa tanto tiempo que muchos pierden la esperanza, y al final no quieren irse de los centros. A menudo he pensado en la frase de Galeano sobre el colonialismo invisible, que no necesita verjas o lazos para atarte a una conducta obligada: te enseña a obedecer sin ni siquiera usar la fuerza física, sólo con el miedo, con la convicción de que no hay otra posibilidad, y con la desinformación.  Está claro que estas son instituciones totales: pero a veces no está clara su función. ¿Se trata sólo de separar, segregar, alejar, o quizás no quieran también educarlos a la espera, a la exclusión, acostumbrar a los migrantes a la idea de que no van a ser verdaderos ciudadanos, aunque algún día les llegue un documento? A esto se añade otro importante elemento, vinculado con la menoría de edad, que muy a menudo es una menoría de edad declarada estratégicamente, sólo para obtener un permiso de residencia. Muy a menudo quien trabaja o frecuenta los centros, aunque sepa que está hablando con personas adultas, acaba infantilizándolos: también porque así caben mucho mejor en el estereotipo de víctimas que Europa necesita. En fin, si muchos pensaban haber llegado a algún lado, cuando fueron desembarcados en Augusta, estos lugares les enseñan que el viaje está aún lejos de terminar.

El tiempo sin duda representa un elemento de exclusión: los tiempos se dilatan al infinito, la cotidianeidad es dominada por la espera, la repetición y la falta de confianza en el futuro, hasta el punto de crear malestar y verdaderas enfermedades (una variante de la institutional neurosis descrita por Russell Barton hace medio siglo).

Fuente: Stefano Portelli

El patio de uno de los centros

Pero el espacio es un elemento del cual se habla menos, y que va más allá del emplazamiento de los centros en lugares malsanos. Para empezar, ninguno de estos sitios nació para ser lo que es: uno era un antiguo hotel, otro una residencia para ancianos, otro un depósito de taxis, otro una escuela abandonada. Las administraciones han adaptado los lugares para alojar a los menores, en la ‘emergencia’, y los efectos de esta reorganización son evidentes. La ropa se tiende en la verja del fondo; los dormitorios tienen dibujos de los niños en las paredes; el hall de la residencia es ocupada por la policía; una pérgola para los taxis se ha convertido en mezquita; y los menores usan la pica del bar del hotel para lavarse los pies. Todo contribuye a un extrañamiento generalizado, y transmite un mensaje de provisionalidad, pero que rige sus vidas durante meses.

A la vez, esta reconfiguración del espacio también es una brecha a través de la cual penetra el proceso inverso: el de apropiación. Aunque las entidades que trabajan aquí, con razón, empujan para que los chicos no se enraícen, y que estén preparados a ser transferidos, lo que hace su vida menos miserable es precisamente el continuo proceso de toma de posesión y redefinición – individual y colectiva – de los lugares. Viviendo las 24 horas del día, durante meses, en estos sitios mal definidos, los migrantes construyen unos usos del espacio que los trabajadores de los centros tienen que aceptar, aunque sea a regañadientes: el espacio tiene que ser negociado, por fuerza; si no siempre estas formas de agency son abiertamente subversivas, como los pies en la pica, todas representan unas estrategias de contestación y afirmación de su presencia (¡en línea con lo que escribe Michel Agier de los campos de refugiados!). Estos usos del espacio agrietan estas potenciales instituciones totales, infundiendo en ellas algo de vida, alguna parte de sus vidas. Nuda vida, quizás, pero sin duda vida social.

Esto es evidente en el caso de la escuela de Augusta. Bajo la lógica de la emergencia, durante el verano el Ayuntamiento decidió alojar a más de 150 menores en una escuela abandonada del centro del pueblo, sin ni siquiera preocuparse de entregar su gestión a una cooperativa social. Las pésimas condiciones higiénicas de la estructura, y las quejas constantes de los residentes del pueblo (ya deprimido de por sí) llevaron el caso a la atención mediática; las fotos de los chicos de 14 o 15 años ‘abandonados’ en el patio entre basura y cristales rotos, y la ‘promiscuidad’ de las antiguas aulas en que dormían en grupos de 17, eran perfectos para acompañar los artículos de denuncia, y salieron hasta en el National Geographic y en el Wall Street Journal. Este último tituló In Italy Migrant Children Languish in Squalor, con el mismo verbo que algunas semanas después usó Al-Jazeera para las prisiones de Libia (Libya Migrants Languish in Camps). La presión mediática llegó al punto que, en ocasión de una visita de delegados europeos, el Ayuntamiento cerró la escuela y trasladó todos los residentes a otro centro, siempre en el ‘triángulo de la muerte’. Suspiramos todos de alivio, ya que el nuevo centro tenía mejores condiciones higiénicas, y una cooperativa que se encargaría de ellos: en Augusta los refugiados se quedaban solos toda la noche, y había inaceptables episodios de violencia entre ellos, por los cuales muchos de ellos nunca dormían; además, había gente del pueblo que entraba en la escuela sin ningún control, metiendo a los muchachos en tráficos ilícitos y quién sabe qué más.

Cuando visité el nuevo centro por primera vez, entendí que la higiene era la otra cara de una evidente decisión de ‘restablecer el orden’. Más de veinte policías, armados, se quedaban día y noche al interior del centro, aparcando sus furgonetas en el patio, y circulando por los pasillos; incluso entrando en las habitaciones, porras a la mano, cuando había peleas entre los chicos. La limpieza del lugar ofrecía un descanso a la vista; pero ví también como la escuela de Augusta se idealizaba en el recuerdo de los chicos: por cuanto degradada y descontrolada, ese lugar estaba en el centro del pueblo, y les permitía interactuar con adolescentes italianos, de jugar a fútbol en el parque, hasta de flirtear. Esas relaciones, por cuanto poco adecuadas a una situación de emergencia, y mezcladas con otras mucho menos positivas, habían permitido a muchos muchachos de sentirse en Italia, no sólo en un campo: familiarizarse con su nuevo país, pasear por las calles del pueblo – claro, también mendigar para comprar una tarjeta de teléfono, pero también ir experimentando el nuevo idioma. El nuevo espacio, en cambio, estaba en una urbanización aislada, lejos de todo, al lado de una residencia psiquiátrica; las verjas cerraban por la noche, y los chicos tuvieron que acostumbrarse a controlar su horario de vuelta, o directamente se quedaban adentro. A pesar de la higiene y el control, menos de 15 días después del traslado, un gran número de chicos protagonizaron una revuelta, destruyendo mobiliario y otros enseres. Ya no había nadie del Wall Street Journal para escuchar sus demandas, ni para monitorear las reacciones de los trabajadores del centro, o de los policías.

Podemos hacer suposiciones, pero nos es absolutamente imposible entender qué significan estos sitios para estos refugiados. En los centros sólo circulan personas vinculadas con las entidades o las cooperativas, y ninguna ha expresado una voluntad real de comprender mejor qué perciben los migrantes. Quién está del lado de los subordinados siempre tiene que hacer esfuerzos para entender a los que lo dominan; pero los dominadores  consideran fútil y casi ofensivo esforzarse demasiado para entender qué piensan los subordinados (esto lo explica muy bien David Graeber en la Malinowski lecture de 2006). Algún día, sin embargo, algunos de entre estos chicos escribirán, o explicarán de alguna manera cómo eran estos campos desde su propio punto de vista. Los que son hoy sólo una categoría burocrática, ‘menores migrantes no acompañados’, se revelarán como lo que son para la historia: nuevos exiliados, que, a través del desierto, de la muerte y del engaño, fundaran nuevas ciudades en nuevas tierras. Habrá que ver qué papel jugará Augusta, con su triángulo de la muerte, en esta nueva Odisea. ¿Será la isla de Ogigia, en que el tiempo pasaba tranquilo, aunque vacío? ¿O más bien la de la maga Circe, en qué había que andar con mil ojos,  para no ser convertidos en animales?

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El secret i la societat secreta

Escrit conjuntament pre Jofre Padullés i Manuel Delgado i publicat al Diari Regió7

“El secret vivia amb tu, ni la teva família sabia que tu militaves. Recordo el meu pare que deia: -estos niños nos van a meter en un lio-, i me mare deia: -bueno, si no nos meten ellos quien nos va a meter-.”

Aquestes paraules ens les oferia una militant d’una organització clandestina antifranquista a la comarca, a la segona meitat dels anys seixanta. Aquesta dona ens recordava però, que el secret no havia estat només un recurs per a les organitzacions polítiques que exercien des de la clandestinitat. Com a treballadora de la Fàbrica Nova de Manresa, fàbrica que va viure de les primeres vagues generals amb la dictadura el 1946, i que comportà la visita urgent del dictador a la ciutat, ens detallava com les dones que hi treballaven es nodrien d’un llenguatge secret amb el que s’explicaven pel·lícules, alhora que n’inventaven d’altres de noves. Un llenguatge que serví també per a dur a terme de manera espontània i organitzada, sense que això suposi una contradicció, les moltes accions de protesta que es protagonitzaren dins d’una fàbrica, val a dir que com tantes d’altres del ram, on munions de dones sumides en el ressò dels telers desenvoluparen llenguatges propis, que s’estenien i diversificaven al llarg de les sales i els passadissos, refugiant-se en el moviment de la filadora o les cantonades del batan on s’obria i netejava el coto, podent anticipar en el moment més inesperat qualsevol incidència, imprevist o contingència fortuïta. Cops d’ull, gestualitats mimetitzades amb el moviment propi de l’activitat, alertaven i transcorrien de teler en teler recorren llargues distàncies abans de produir-se l’esdeveniment. L’arribada d’un inspector podia ser resolta en qüestió de segons, abans que aquest travesses el pati de la fàbrica, permeten que les més jovenetes s’amaguessin de la seva mirada, amb la complicitat del director de la fàbrica i els seus seguidors, quins patirien a la seva vegada aquesta complexa xarxa de comunicació disposada a ser reactivada en qualsevol moment.

Certament, aquestes dones formaven societat entre si, i com en el cas de les organitzacions polítiques clandestines, el vincle fonamental no era altre que la confiança mútua entre els seus membres. Aquesta, per unes i altres, s’expressava mitjançant rituals executats d’amagat i en amagatalls, intercanvi en públic de signes de reconeixement específics, destinats sempre a reforçar al petit grup davant el gran grup, sempre conscient que la seva millor arma no és l’atac, sinó l’astúcia. Concreció, al capdavall, del que Max Weber anomenava “l’avantatge del petit número”, és a dir “la possibilitat que tenen els membres d’una petita minoria de posar-se d’acord ràpidament”.

A ambdues formes d’organització, tant a la fàbrica sense una estructura estatutària, com a les organitzacions clandestines antifranquistes, reconegudes a la posteritat sovint en detriment de les primeres, se’ls pot aplicar la tipificació extreta de les ciències socials de “societats secretes”, per referir-nos a aquelles formes d’organització social, universalment trobades, la supervivència de les quals depèn de la seva ocultació. Millor es correspondria la noció que encunyà Marcel Mauss de “societats de complot”, homologables a les societats secretes en general, però que són “secretes pel seu funcionament, però no per la seva funció”, en la mesura que la seva activitat sempre va ser en un grau o un altre pública, la minoria lucida impacient de les majories socials.

Les seves, varen ser unes realitats “proxèmiques”, quina matèria foren les vivències, les corrents d’experiència. És a dir, que es nodrien del colze a colze, donar-se calor, fer xivarri, parlar en veu baixa però provocant un murmuri, en definitiva, suar plegats. Precisament, tot allò a que Michel Maffesoli anomenà centralitat subterrània, que no és altra cosa que el substrat mateix de l’existència, on s’exerceix el domini de la sociabilitat, en allò secret, en allò pròxim, en allò insignificant.  El depòsit del qual ens recorda al “phylum” de Lacarriére, que també podíem trobar en H. Miller a “El coloso de Marussi”, en que es dona comptes de l’estreta relació existent entre l’arborescència –malgrat ser mineral- de la naturalesa i l’explosió de la vida.

Una convicció aquesta que es correspondria amb la capacitat que autors com Gabriel Tarde –ja a finals del segle XIX.– apreciaven en els petits grups hiperactius de difondre idees i iniciatives de forma aparentment marginal, fins i tot, com en el nostre cas, sota tota mena d’assetjaments o prohibicions, amb una eficàcia que mai assolirien emprant els grans mitjans de comunicació de masses. Els teòrics del caos no han fet sinó donar-li la raó a aquesta mena de percepcions, sensibles davant la capacitat transformadora de moviments inicialment molt petits provinents del subsòl o les perifèries socials. Una força aquesta, agregativa i abstracta, que se’ns apareixeria amb Maurice Halbwachs com a memòria col·lectiva, o també societat silenciosa. Recordant-nos aquelles estrelles que, per densificació vertiginosa, moren per donar lloc a un nou espai-temps. La densitat molecular del forat negre, és aquí densitat per sociabilitat. És la lògica de la canilla, de la manada ens dirà Elias Canetti, hordes de reduït nombre, que vaguen en petites gossades.

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Seminario OACU // El acceso a la vivienda y el derecho a la ciudad// 17 y 18 de noviembre – UB-Raval

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Acte de presentació del primer “Premi Raval Joaquín Jordá d’Investigació”. Dijous 13 a les 19h, Biblioteca Sant Pau-Santa Creu

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Aquest dijous presentem el I Premi Raval d’investigació Joaquín Jordà.

El premi vol incentivar estudis i treballs en el camp de les ciències humanes i socials relacionades amb el Raval per tal d’enriquir el coneixent del barri, reforçar la seva identitat i cohesionar la comunitat que hi viu, contrarestant la imatge sovint simplificadora i estigmatitzant que es projecta sobre aquest barri, la seva història i la seva gent. Recordem a Joaquín Jordá perquè va ser un veí del Raval, concretament del carrer de la Cera. Com si no pogués ser d’una altra manera es va implicar en la lluita que la gent del barri mantenia contra tots els que han volgut aprofitar-se del territori i la seva gent.

El premi el convoquem: la Biblioteca Sant Pau-Santa Creu, L’Observatori Antropologia del Conflicte Urbà, el Periódico «El Raval», el CSIC, i l’Editorial Virus.

L’acte tindrà lloc el proper dia 13 de novembre a les 19.00 h. a la Biblioteca Sant Pau-Santa Creu, entrada lliure.

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Justícia i bruixeria

Escrit conjuntament pre Jofre Padullés i Manuel Delgado i publicat al DiariRegió7

La quotidianitat de la societat catalana sota el franquisme es trobava sobre manera controlada pels mecanismes de vigilància policíaca i sotmesa a una fiscalització política i ideològica extrema. En aquest context, la condició permanentment controlada dels militants clandestins equival a aquella figura tant central per a la microsociologia d’Ervin Goffman que és l’estigmatitzat. Davant del que sentim que percep cada font potencial de malestar originada en la interacció, que sap que també nosaltres ho percebem i inclús que sabem que ell ho sap. Aflorant, doncs, les condicions per a l’etern retorn de la consideració mútua, que la psicologia social de Mead ens ensenya com començar però no com acabar. Quan aquesta informació vetllada sobre qui s’és fa referència a la pertinença –també real o assignada– a alguna associació a què una majoria social o un govern determinat considera extremament perillosa, es tracta llavors de societats secretes, i les organitzacions antifranquistes en aquest sentit ho eren. Recurrentment se’ls atribuïen plans pèrfids, acusats de ser els culpables de les desgràcies que afectaven o que podrien afectar l’ordre habitual establert de la societat, en tot moment hi havia el convenciment que l’expulsió, l’enclaustrament, la desactivació o àdhuc l’eliminació física de l’organització clandestina comportaria una millora en les condicions de la realitat. És per això que es considerava fonamental i urgent la detecció i el càstig de les persones acusades d’adhesió a aquestes organitzacions reputadament perverses.

En termes general, els mecanismes d’estigmatització que han conegut les societats europees com mostrava Gonzalez Echeverría, són parents d’aquells altres que es registren a nombroses societats exòtiques, quasi sempre sota la forma d’acusacions de bruixeria. Es tracta d’un mecanisme judiciari i punitiu segons el qual les malaurances que afecten un individu o una família poden ser conseqüència de l’actuació maligna d’un bruixot o una bruixa. En aquest cas, el grup es presta a la recerca del culpable, que –si més no en la tradició antibruixística europea– sol ser identificat amb aquell o aquells que prèviament havien demostrat conductes anòmales o censurables. El denunciat és condemnat i sovint castigat amb l’exili o la mort, a partir de delacions o tan sols de la seva reputació, l’absència de proves no significa pas un obstacle per a l’acció punitiva de la comunitat, de fet la inexistència d’indicis sol ser una prova més en contra de l’acusat, car els bruixots poden desplegar la seva astúcia per ocultar-les o fer-les desaparèixer. Es tracta, en definitiva, d’una modalitat del boc emissari o expiatori.

Aquest principi de causalitat basat en la culpabilització d’algú que d’alguna manera ja era considerat abans com a indesitjable, va expressar-se en la història europea a través dels atacs contra certes minories a què s’atribuïa una activitat conspiradora per alterar o destruir l’ordre de la societat o senzillament per fer el mal. Aquesta recurrència amb què s’ha manifestat al llarg de segles la idea fixa de delatar i castigar individus o organitzacions perverses ha permès parlar de l’europea com una autèntica “societat persecutòria”, com titulava Henri Moore una les seves obres, i la seva història com una “història policíaca”, de la ma ara de Leon Poliakov.

Certament la història del món occidental ha estat en gran mesura una història de les persecucions contra minories considerades abjectes, la supressió de les quals es percep en un moment donat com a urgent amb vista a salvar la societat. És clar, que podríem trobar persecucions contra grups o individus dissidents en totes les societats i en totes les èpoques, però també ho és que, després d’un període de relativa indiferència davant la pluralitat cultural, religiosa i sexual al llarg de tota l’alta edat mitjana, s’inicia a partir del segle XII una virulenta hostilitat contra tot allò que s’apartés dels canons hegemònics. Aquesta intensificació de la intolerància no pot ser desvinculada de l’aparició d’Estats fortament corporatius, preocupats obsessivament per la uniformització política i cultural que haurien de fer possible la centralització del poder polític. El resultat d’aquest canvi que les institucions tant religioses com seculars van experimentar envers l’homogeneïtat van ser, a partir de l’assumpció del Vaticà de la teoria de la doble veritat –una veritat per al cel, una altra veritat per a la terra–, les primeres croades contra heretges i infidels, el sorgiment de la Inquisició, la imposició de la pena de foc –obscur eufemisme per a la incineració d’humans–, l’expulsió dels jueus de moltes regions i els primers progroms antisemites, la persecució contra la bruixeria i un rebuig creixent contra els practicants homosexuals. Des d’aleshores, la llista d’associacions malignes veritables o fantàstiques que han estat empaitades i els seus membres perseguits no ha fet sinó créixer.

No cal dir que la història recent de l’Estat espanyol ha estat un exemple ben representatiu d’aquesta preocupació a l’hora d’assenyalar la presència activa d’aquestes societats satanitzades. De banda de col·lectius humans àmpliament repudiats arreu –per exemple gitanos o jueus–, la història d’Espanya recull casos específics de pobles maleïts, com ara agotes, vaqueiros, xuetes, maragats, quinquis, mercheros… O dels anarquistes i els espiritistes al XIX, i més recentment coneixem l’exemple de la maçoneria i fins i tot de l’església catòlica, ella mateixa i els seus membres víctimes, en certs períodes, d’un tipus idèntic d’avorriment i persecució que tant havien fet per desfermar contra altres. El cas dels comunistes ha estat inqüestionablement proverbial, en el cas espanyol a partir de la Guerra Freda. També ho ha estat contemporàniament, el dels anarquistes –just uns mesos abans de l’incendi encara no aclarit de l’Scala, l’aleshores ministre espanyol de l’interior Martín Villa advertia que “en Cataluña existe un peligroso movimiento anarquista que es necesario derrotar ”–, o el dels independentistes pocs mesos abans de l’esdeveniment dels Jocs Olímpics de Barcelona el 1992.

Al llarg del mandat de Franco, mai no és deixar d’insistir en l’amenaça activada permanentment d’aquelles organitzacions i ideologies que havien estat derrotades a la guerra de 1936-1939. L’activitat d’aquests grups mostrats emfàticament com a perillosos era perseguida amb fermesa i d’una manera obsessiva per les autoritats. Així, s’animava la població en general a delatar els signes de la seva presència. Militar contra Franco i el seu regim, formar part d’una organització secreta, era idèntic a actuar al servei d’una potència maligna que havia de ser exorcitzada urgentment de la vida social.

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