El barrio encarnado

Texto escrito por José Mansilla (OACU) para las Jornadas “Memòria de Barri. Les lluites veïnals a Barcelona sota el franquisme” (23/01/2015) celebradas en la Universitat de Barcelona (UB).

¿Qué es un barrio? ¿Es una parcelación administrativa más de aquellas en las que nos subdividen las administraciones públicas? ¿Se trata simplemente de una de las teselas que conforman el gran mosaico que constituye una ciudad? O ¿es algo más? ¿Podemos catalogar un barrio como un profundo y particular entramado de potenciales relaciones sociales determinadas por prácticas que emergen de la solidaridad y el conflicto? Y en este sentido, ¿existe una identidad de barrio? ¿Y una memoria de barrio? Y si existen, ¿son diferentes al resto de identidades, de memorias?

A lo largo de mis cinco años de residencia en el barcelonés barrio del Poblenou he podido atisbar, casi rozar, algunas respuestas a estas cuestiones. Y lo he hecho precisamente participando, a veces de manera más activa y otras menos, en dicho entramado. Pienso que un barrio es un área particular donde se llevan a cabo relaciones sociales de ámbito particular.

Hace ya algunos meses, en una conversación con una vecina, ella me relataba una historia en torno a las manifestaciones y actos de protesta que hubo en el barrio con motivo de la Huelga General del 29S de 2010:

“cuando hubo la carga policial en la huelga (29 de noviembre) yo pensaba, ¿pero cómo pueden hacer esto en nuestro territorio? ¿En nuestro barrio? Yo me sentí muy agredida, hubo cargas policiales aquí en el barrio, esto nunca había sucedido, me sentí como si hubieran entrado en mi casa, me dio esta sensación…”

Michel de Certeau, en su canónico La invención de lo cotidiano (1994 [1999]), señalaba que el barrio, debido a su continuidad de uso, sería aquella parte de la ciudad donde se produce la transición entre el espacio privado de nuestros hogares y el espacio urbano más amplio de la propia ciudad; un espacio, éste, siempre repleto de códigos y desnivelaciones que escaparían a nuestro control. Es decir, al salir de nuestras casas, no entramos directamente en esa vorágine y efervescencia que es la ciudad misma, sino que nos queda todavía por superar un espacio de confianza donde nos sentimos cómodos y que hemos hecho nuestro a razón de practicarlo de forma continua.

Podría ser por esto que mi amiga y vecina, al relatarme los hechos en torno al 29S, sentía como si “hubieran entrado en su casa”, pues el barrio podría considerarse como una ampliación del hogar.

Por otro lado, esa consideración liminal del barrio como un espacio intermedio entre lo privado y lo urbano le da, a las relaciones que él se producen, un carácter especial. Si, como nos recordara Walter Nicholls (2008), las ciudades estimulan la formación de grupos, actuando como auténticas “incubadoras sociales”, entonces los barrios hacen que esas relaciones sean de cierto carácter íntimo, posibilitando, de manera amplia, la aparición de confianzas, afinidades y, porque no, de afectos. Es compartiendo nuestras carencias y necesidades que en un barrio surgen exclusivas formas de sociabilidad. Al fin y al cabo, se trataría de un hogar compartido entre todos los vecinos y vecinas y, cuando en un hogar alguien se siente agredido, el resto de miembros del mismo considera que los han agredido a todos.

Es a través de este contacto, de este intercambio, que surgirían formas específicas de lucha en demanda de aspectos para la reproducción social básica. Cuestiones relacionadas con la vivienda, los servicios médicos, sociales, educativos, etc.

En la creación de esta red de relaciones son muy importantes los puntos de encuentro, de intercambio de pareceres y problemas, de opiniones o de, simplemente, charla sencilla. Se trata de las calles y las plazas de nuestros barrios y ciudades, auténticos espacios de socialización, donde prima ante todo, el valor de uso frente a otras consideraciones. El Poblenou, por ejemplo, no cuenta con una plaza central donde la gente pueda acudir a verse o hablarse. En su lugar cuenta con una Rambla, verdadero eje vertebrador del barrio, y símbolo de su identidad. No es por menos que, cuando hace ahora casi dos años, el Ayuntamiento intentara llevar a cabo unas obras en ella sin la opinión del vecindario, éste detuvo las obras y exigió un proceso participativo que permitiera que la voz del Poblenou fuese escuchada. Los que salieron a la calle aquella mañana del 10 de abril no eran simplemente un grupo de vecinas y vecinos, sino que era el propio barrio el que ofrecía cierta resistencia a que se llevaran a cabo unos cambios propuestos y no consensuados. Como diría algo más tarde el Director de uno de los Casals del Barri que existen en el Poblenou, “estoy convencido, […], de que si recomienzan las obras de la Rambla, la gente saldrá a la calle”.

Sin embargo, este barrio hecho carne y huesos no actúa, en ningún momento, en el vacío, sino que tiene recuerdos, memoria. Podríamos afirmar que gran parte de la identidad del Poblenou como barrio viene dada por su memoria colectiva. Como nos enseñara Maurice Halbwachs (1968 [2004]), la memoria se presenta como un ectoplasma intangible, sin forma, una esencia que sobrevuela por encima de nosotros y cuyos afluentes nos atraviesan una y otra vez llevándose siempre algo nuestro, propio, pero que, una vez que lo ha recibido, lo vuelca de nuevo, incansablemente, construyéndose y reconstruyéndose en un proceso sin fin.

Hace unos años, con motivo de una de las remodelaciones que sufrió el Poblenou con el desarrollo de los Juegos Olímpicos -el intento de sustituir las vías del tren por una Ronda Litoral no soterrada-, el barrio ya se encarnó cuando, según nos cuenta un activista vecinal,

“…hubo una campaña donde llenamos el Casino, y le dijimos al Ayuntamiento que el barrio se reunía en el Casino y que queríamos que viniera alguien a dar la cara… y se consiguió el Parque que hay ahora… que fue el resultado de esa lucha… sino sería como está un poco más allá… fue una victoria del barrio…”

Así, ¿quién puede decir que esta memoria de barrio no es parcialmente responsable de la identidad del mismo? Y más cuando se le toca en aquello más íntimo, en su propia esencia.

¿No son acaso el 15M, las distintas Assemblees que poblaron Barcelona, las mareas, la PAH, herederas y sustentadoras de esa memoria de barrio, de ciudad, de lucha? En un contexto de crisis económica que va para largo, esta memoria, esta solidaridad y confluencia de luchas y destinos, puede ser muy útil para establecer nuevas formas, no solo de resistencia, sino también de activismo, ya que, como nos señalara el sociólogo Vicente Pérez Quintana (2008),

“Ante este escenario, habrá que combinar viejas estrategias de resistencia para defender derechos sociales y lo público y nuevas estrategias de politización de la sociedad para recuperar capacidad de movilización”

Y será de nuevo ahí, donde el barrio podría hacerse carne.

Ref. bibliográficas

Certeau, de Michel (1994 [1999]) La invención de lo cotidiano, Habitar, Cocinar, Vol. 2.  Universidad Iberoamericana, México D.F.

Halbwachs, M. (1968 [2004]) La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza.

Nicholls, W., 2008, “The urban question revisited: The importance of cities for social”, International Journal of Urban and Regional Research, Vol. 32(4), 841-849.

Pérez Quintana, V. y Sánchez León, P (ed.) (2008) Memoria ciudadana y movimiento vecinal. Madrid, 1968-2008, Catarata, Madrid.

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Archivado bajo Antropologia urbana, Memòria

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