A la caza de un mito. La invención del Barrio Chino como estrategia urbanística de violación territorial y vivencial

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Por Livia Motterle (OACU)

Reseña del libro Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval, de Miquel Fernández González (Virus, 2014). La reseña ha sido originariamente publicada en la Revista de Antropología Iberoamericana (Vol. 10, Núm. 2, mayo – sept., 2015, pp. 298-303)

El padre de la moderna antropología estructuralista nos advierte de la fuerza — muchas veces peligrosa— de los mitos:

“El pensamiento mítico es por esencia transformador. Cada mito, apenas nacido, se modifica al cambiar de narrador […] se pierden algunos elementos, otros lo sustituyen, se invierten secuencias, la estructura torcida pasa por una serie de estados cuyas alteraciones sucesivas guardan con todo el carácter del grupo” (Levi-Strauss, 1997: 610).

El mito es el resultado de una fabricación que mezcla de forma indisoluble la realidad con la imaginación. Desmantelar un mito, comprender las razones, las modalidades y los fines de su fabricación llega a ser por lo tanto tarea muy noble y al mismo tiempo muy compleja. Se trata no solamente de desvelar los procesos de deshistorización de la dominación de una sociedad sobre otras para reconstruir aquella historia fragmentada, ocultada o distorsionada en los discursos hegemónicos, sino que el cazador de mitos asume la intrépida “misión” de restituir a los colectivos mitificados su propia humanidad robada.

Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval constituye un excelente ejemplo de cómo lograr esta tarea. En las mismas palabras del autor ésta guardada la intención que vertebra toda la obra:

Las ciencias sociales han colaborado, y mucho, no solo en naturalizar cierto orden establecido, en este caso, sobre el Raval, sino también en producirlo. Personalmente, he optado por la dirección contraria. He intentado cazar el mito del Barrio Chino. He querido aprovechar las herramientas que ofrecen la antropología y la sociología para hacer justo lo contrario de lo que se acostumbra a hacer: desnaturalizar el orden institucional y las lecturas estigmatizadoras establecidas sobre aquella calle[1] (p. 319).

¿Qué se esconde detrás del mito del Barrio Chino? ¿Qué intereses había en aquel barrio, el Raval, que de repente, en los años veinte, amaneció rebautizado como Barrio Chino? La cuidadosa investigación llevada a cabo por Miquel Fernández nos ayuda a comprender como el mito “cazado” sirvió a las elites para justificar políticas de disciplinamiento urbanístico (y moral) de los habitantes del Raval. La acertada decisión de dividir el trabajo en dos grandes bloques, uno historiográfico y otro etnográfico, es una demostración más de la voluntad del autor de dignificar una calle estigmatizada y literalmente destrozada. Miquel Fernández nos conduce entre las grietas de calle d’ En Robador solo después de haber pacientemente recorrido la historia de su destrucción física y moral. De esta forma el lector se adentra en una brillante etnografía después de haber entendido que las prácticas violentas de las cuales se habla no son las de los que viven en y de la calle, sino aquellas de quienes quieren expulsarlos.

La memoria se construye sobre escombros

Si tuviéramos que dibujarla, .que apariencia tendría la Historia? Según Walter Benjamin llevaría cara y cuerpo del Angelus Novus de Klee y representaría

un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos el ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que el vuelve la espalda, mientras el cumulo de ruinas ante el crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 2008 [1959]: 24).

Los higienistas liberales, los moralistas conservadores y los burgueses progresistas fueron aquellos que, en Barcelona, alimentaron con sus intereses el vendaval del progreso, provocando catástrofes que acumularon sin cesar escombros bajo ruinas. Es esta misma violencia invisible e invisibilizada la que observa, analiza y denuncia Fernández en sus páginas. Se trata, en las palabras del mismo autor, de “la violencia del orden”, es decir, “la violencia que se encuentra dentro de lo normal” (p. 17). Una violencia naturalizada, entonces, que el autor intenta desnaturalizar desvelando los dispositivos a través de los cuales se pone en acción. Recorrer los momentos más incisivos de la historia de esta violencia sobre un barrio y sobre sus habitantes es el objetivo de la primera parte del libro. Retomando la distinción que aporta Žižek (2009) entre violencia simbólica y sistémica, el lector encuentra delante de sus ojos el continuum de una catástrofe que lleva la marca PROGRESO.

Pero si la Historia tendría para Benjamin cara de ángel asustado, ¿cómo se encarnaría esta doble violencia según el autor del libro? Para Fernández, queda materializada en el urbanismo que pone en marcha los mecanismos de violencia simbólica y sistémica a través de los urbanistas —en tanto que devotos servidores del Estado— que personifican los deseos de esta violencia incorporada. En las palabras del autor: “la violencia aquí es el instrumento de un orden que se aplica justo cuando las retóricas de cada momento no alcanzan a convencer a las poblaciones asediadas de que deben mantenerse disciplinadas y adoptar una posición de sumisión” (p. 320).

La aproximación historiográfica a las culturas de control ejercidas en el barrio del Raval tiene un valor ejemplar, porque va a socavar los mecanismos de violencia que operan detrás de aquellas excavadoras y de aquellas piquetas que destruyeron un barrio y, con ello, la vida de sus habitantes. Lo que se deseaba controlar, dice el autor, era la revolución y “llevar a cabo una revolución desde arriba” (p. 30) era la forma más eficaz de hacerlo.

Desde el Higienismo hasta la actual época del civismo, las instituciones han sido protagonistas de acciones de reclusión, expulsión y criminalización de todos aquellos seres “contaminados”, “improductivos” e “indisciplinados” para enriquecer los intereses de las elites gobernantes. Trayendo a colación algunas notas de la obra, no es casual ni fortuito que en la época en la cual Idelfons Cerda encargaba sus planes para la reforma urbanística de Barcelona, las así llamadas casas de misericordia del Barrio Chino —entre las cuales destacaba la Casa de Mujeres Arrepentidas de la calle Egipciaques— “hospedaban” cada “tipología” de pobres (huérfanos, trabajadoras sexuales, sin-techos, mujeres solteras…) recluyéndolos y forzándolos a trabajar como forma de expiación de sus tremendos pecados. Muchos de estos conventos se transformaron en cárceles o fábricas: el control de la miseria venia naturalizado en nombre del bien. La producción de capital y la explotación laboral eran justificadas bajo una palabra: Misericordia.

En nombre del bien

“Los enemigos a batir no eran sólo la pobreza y la indisciplina: era el mismo Diablo”, escribe justamente Manuel Delgado en el epilogo que cierra brillantemente el libro. Los habitantes del Raval, viviendo en el barrio infernal de Barcelona, no podían ser otra cosa que maléficos. Por eso había que sanarlos y redimirlos. Había que operar quirúrgicamente en las arterias de la ciudad, donde late la vida, para identificar y extirpar sus elementos infectos.

La invención del barrio Chino como territorialización del mal[2] sirvió para poder operar más libremente en las calles enfermas y malsanas del Raval. “Se justificaba” —comenta Fernández— “nuevamente para el bien del barrio, identificar, separar, detener, expulsar o encarcelar aquellos miembros que ‘contaminaban’ el orden público republicano con su actitud de insumisión” (p. 100).

Desde los planes urbanísticos de Idelfons Cerda hasta la ordenanza del civismo, Barcelona ha sido el humus ideal para expandir el imperio del control en nombre de “una propuesta epistemológica del bien”. “Esta utilización del bien” —afirma el autor— “servirá a las sucesivas estrategias de control social e iría dirigida a justificar su propia existencia, así como las formas que adopte, por muy ásperas que puedan resultar por los habitantes afectados” (p. 21).

¿Qué escondería entonces este urbanismo que ama definirse como “rehabilitación”, “remodelación”, “saneamiento”? Las agudas reflexiones que se despliegan en Matar el Chino, evidencian página tras página que en cada adjetivo que acompaña a la palabra urbanismo, se ocultan las motivaciones que verdaderamente lo sustentan. Gracias a las descripciones cuidadosamente recogidas en el diario de campo y a los testimonios de quienes viven en la calle d’ En Robador, las motivaciones urbanísticas de rehabilitar un barrio, se cargan de su verdadero significado: inhabilitarlo, destruirlo, descomponerlo, sanearlo y bombardearlo[3].

Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Valery (1988 [1932]) recitaba que “lo más profundo es la piel”. Es en la piel, en la  carne, que se manifiesta el verbo, la acción. Y es en las entrañas de calle d’ En Robador donde se incorpora la hegemonía del civismo donde la legalidad violenta se pone en acción. La estupenda etnografía desarrollada por el autor a través de una mirada atenta y nunca invasiva, nos da cuenta de todo esto. Lo que él escribe sobre aquella calle y sus habitantes es autentico por ser fruto de dos anos de observación, pero sobre todo de participación: participación en los problemas —y en las diversiones también— de aquella fauna urbana.

Las detalladas descripciones contenidas en el diario de campo del etnógrafo despliegan en nuestra imaginación vivencias de una calle que se resiste a ser dominada a pesar del fuerte control institucional al que está sometida. A través de apuntes sobre “los cuerpos, las miradas, las voces, los desplazamientos, los asentamientos, las conversaciones, los gritos, los bailes, la música o el canturreo” (p. 167), el autor se acerca y se mezcla —hasta confundirse— con aquella amalgama urbana que se niega a ser urbanizada.

Entra en bares, pisos, talleres, asociaciones y todo tipo de antros. Esta en la calle d’En Robador durante horas, parado, escribiendo o conversando con aquellos y aquellas que en las aceras y de las aceras viven y trabajan. La etnografía de Fernández nos ensena que detrás de los descalificativos: putas, maricones, yonkis, pakis, camellos, hay personas que necesitan su calle para sobrevivir y que cuentan con el apoyo de una red de vecinos y vecinas del barrio, en una lucha constante contra el colonialismo urbano.

En las mismas palabras del autor: “El vigor con que aquella calle se organiza —de manera ciertamente peculiar— resiste, sobrevive y disfruta debería ser un ejemplo para cualquier lucha por el derecho a la ciudad” (p. 328).

 

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2008) [1959]. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Mexico: UACM.

Harvey, D. (1985). The Urbanization of Capital: Studies in the History and Theory of Capitalist Urbanization. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Levi-Strauss, C. (1997). Mitológicas IV. El hombre desnudo. México: Siglo XXI editores.

López Sánchez, P. (1986). El Centro histórico: un lugar para el conflicto: estrategias del capital para la expulsión del proletario del centro de Barcelona: el caso de Santa Caterina y el Portal Nou. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona.

Valery, P. (1988) [1932]. La idea fija. Madrid: Antonio Machado Editores.

Žižek, S. (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidos Ibérica.

Notas

[1] Se trata de la calle d’En Robador, en el barrio del Raval, Barcelona. En esta calle el autor desarrollo su trabajo de campo entre la primavera del 2010 y el verano del 2012.

[2] Así se titula el párrafo que habla del origen del mito del Barrio Chino y de su estratégica utilización por parte de las elites

[3] Interesantes las palabras que aparecen en la página web del Ayuntamiento de Barcelona: “El Pla Macià donava solucions racionalistes i integrades als problemes del barri. Però van ser les bombes de la Guerra Civil les que van fer els primers sanejaments urbanístics al sud del Raval” (2014).

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