A 25 años de la “intifada del Besòs” o la apropiación simbólica del conflicto urbano en el margen derecho del Besòs.

El solar de la palmera en octubre de 1990 | Fuente: http://www.ccma.cat/

por Giuseppe Aricó (OACU)

Desde la semana pasada, diversos medios de comunicación se están preocupado por recordar que estos días se cumplen exactamente 25 años de la “intifada del Besòs”. Todo empezó la última semana de octubre de 1990, cuando la administración decidió levantar, en un amplio solar del barrio, alrededor de 200 VPO para realojar a algunos vecinos del cercano barrio de La Mina y otras “zonas calientes” del área metropolitana. Tal y como ha enfatizado Javier Torres en La Vanguardia, ese acontecimiento seguiría representando hoy día “una gesta de la que los habitantes del distrito están orgullosos y que han evocado esta semana, como si de un espíritu guerrero se tratara, para alzarse contra el aumento de la venta de drogas y de la ocupación ilegal de pisos. Ambas han aumentado mucho en los últimos meses como efecto contagio por la creciente degradación del colindante barrio de la Mina”.

Como si de un maleficio se tratara, parece que la historia vuelva a repetirse evocando, un cuarto de siglo más tarde, las mismas motivaciones que supuestamente estaban entonces en la base del conflicto. Efectivamente, en 1990 el problema de fondo parecía ser la cierta ansiedad que generaba La Mina en el imaginario colectivo como símbolo de “delincuencia”, “drogadicción” e “incivismo”. Así, para la clase social obrera del Besòs, ya empobrecida y afectada por el desempleo, la noticia de una posible “cohabitación” con residentes de La Mina habría implicado el declive definitivo del barrio. Pero ¿fueron real y únicamente éstas las razones que fundamentaron lo que ha pasado a conocerse como la más grande revuelta vecinal de Barcelona desde el restablecimiento de la “democracia”? ¿Podría haber algo más tras las reivindicaciones de aquellos vecinos que, con tanto orgullo y tanta rabia, lucharon en contra de unos proyectos urbanísticos que no tenían en cuenta sus necesidades reales?

El hecho es que el 1990 fue, además, un año clave para entender la forma en que los barrios del margen derecho del Besòs, que empezaban a ocupar una posición estratégica en el territorio metropolitano, fueron sistemáticamente privados de toda posibilidad participativa en los proyectos urbanísticos perfilados desde la élite política y económica que dominaba la ciudad condal. Ya a mediados de los ’80, el simple anuncio del proyecto olímpico implicó un cambio de escala significativo en las prioridades urbanísticas de una Barcelona cada día más proyectada a nivel global que ansiaba afirmarse como la millor botiga del mon. El recién nacido “urbanismo democrático” ya no aspiraba a la simple transformación física de la ciudad, sino a promover la resolución o edulcoración de los conflictos socio-económicos mediante la intervención directa o indirecta en su espacio urbano.

De ese modo, todas aquellas actuaciones dirigidas a generar un “espacio público de calidad”, no sólo se convirtieron en el rasgo definitorio e ideológico de lo que pasaría a conocerse como model Barcelona, sino que vendrían a caracterizar la manera de hacer ciudad desde que Narcís Serra tomara posesión del alcaldía en 1979. Esa nueva forma de intervenir en las políticas sociales y urbanas de Barcelona acabó configurando un nuevo imaginario colectivo donde las condiciones de opresión social, política, económica y cultural, a las que había estado sometida gran parte de la ciudadanía durante el Régimen franquista, parecían quedar estrechamente e únicamente vinculadas a la época predemocrática. Como señalara acertadamente Santiago López Petit, “el modelo Barcelona fue construido mediante la expropiación y capitalización de la fuerza colectiva de las luchas antifranquistas, mediante la canalización de un derecho a la ciudad reivindicado en la calle. El modelo Barcelona, en fin, es hijo de la transición política postfranquista, y por eso encierra todas sus contradicciones”.

Desde esta óptica, el período que más se correspondería con el desarrollo, máximo éxito y estancamiento de dicho modelo, es sin duda el encarnado por la alcaldía de Pascual Maragall (1982-97), quien, con el fin de impulsar el desarrollo económico de la ciudad, sostenía que “la mejora del espacio público es relevante para la resolución de los problemas económicos y sociales”. Una afirmación que pondría explícitamente de manifiesto la importancia del intervencionismo urbano para la regeneración -y consecuente privatización- del espacio dentro y fuera de los límites urbanos de Barcelona. Muy pronto estos procesos llegaron hasta el margen derecho del Besòs, donde la metamorfosis urbanística impulsada por los JJ.OO. había experimentado su máximo momento de inflexión con la realización del tramo de la Ronda Litoral que va desde el barrio de La Mina hasta el municipio de Montcada i Reixac.

Con la apertura de esta vía rápida, se registró un incremento muy considerable de la accesibilidad metropolitana, lo cual beneficiaba en particular modo las inversiones privadas relacionadas con el sector terciario, el turismo y los grandes eventos de ocio. Este aspecto no tardó en despertar los intereses y la codicia de promotores y empresarios inmobiliarios cuya ambición primordial era imprimir un cambio radical al conjunto del margen derecho del río a nivel no sólo territorial y urbanístico, sino sobre todo social. Barrios sistemáticamente olvidados y marginados, como El Besòs, La Verneda, La Catalana y sobre todo La Mina, se encontraron de repente en el centro de mira de todos los intereses que incumbían en el conjunto del territorio fronterizo de Barcelona. Se trataba, de hecho, de revalorizar el territorio y, de ser posible, su población transformando la zona en una área de “nueva centralidad” metropolitana a merced de atractivos proyectos inmobiliarios y comerciales.

Pero el Ayuntamiento de Sant Adrià consideraba que la revaloración del margen derecho del Besòs representaba una tarea muy difícil de conseguir mientras que el barrio de La Mina, considerado deliberadamente como un “estorbo”, quedara ahí enclavado en un territorio que se hacía cada vez más rentable. Este factor explicaría, en cierta medida, porqué entre las opciones barajadas por el consistorio adrianense durante la década de los ’80 para “regenerar” este barrio hubiera incluso una que proponía demoler, parcial o totalmente, el mismo. Así lo planteaba la Proposta Bàsica de Gestió de “La Mina”, un informe elaborado en 1987 por la Societat Urbanística Metropolitana de Rehabilitació i Gestió, S.A. (REGESA) y que contaba con el visto bueno del entonces alcalde de Sant Adrià, el socialista Antoni Meseguer, así como de Pascual Maragall por el Ayuntamiento de Barcelona y el de, aun entonces intachable, Jordi Pujol por la Generalitat.

De esa forma tan mezquina, REGESA y el consistorio adrianense justificaban, con la complicidad de Barcelona y la Generalitat de Catalunya, la extirpación parcial o total de un barrio que, en aquel entonces, ni siquiera tenía 15 años de vida. Una intervención tan radical como la propuesta por REGESA era, por supuesto, difícilmente viable en un barrio de la magnitud de La Mina, pero ese tipo de planteamientos, donde la vida de los vecinos venía sistemáticamente subordinada al valor del suelo, volvería a cobrar fuerza en los años sucesivos mediante nuevos proyectos de transformación. En efecto, ya mediados de los ’80, los vecinos de La Mina habían logrado que la Generalitat se comprometiera a edificar unas 200 viviendas de protección oficial para atender a la que se presumía una de las necesidades más urgentes del barrio: esponjar su densidad.

Este compromiso preveía que el Ayuntamiento de Sant Adrià cediera a la Generalitat el terreno donde construir las nuevas viviendas. Inicialmente todo apuntaba a que la operación sería simple, ya que la administración local disponía de suelo en el barrio de La Catalana. Sin embargo, se trataba de suelo adquirido ya a mediados de los ‘80 por la propia REGESA, la cual preveía remodelar la zona en vista de los JJ.OO. El consistorio adrianense propuso entonces utilizar un terreno de propiedad del Consell Comarcal, que se hallaba justo en la frontera, más simbólica que física, entre los barrios de La Mina y El Besòs. En realidad, se trataba de un terreno que los vecinos de El Besòs reclamaban, ya desde hacía casi una década, como espacio para equipamientos y que pasó a ser popularmente conocido como el “solar de la palmera”, plantada por uno de los vecinos para reclamar su conversión en zona verde.

A finales de octubre de 1990, cuando El Besòs era todavía un barrio malamente urbanizado y con un índice de desocupación laboral muy elevado, la noticia de que en aquel solar se construirían viviendas destinadas, mayoritariamente, a los “problemáticos” habitantes de La Mina, abocó rápidamente en lo que Carlos Nadal bautizara como “intifada del Besòs”. Las razones iniciales que estaban a la base del conflicto eran que en el solar en disputa no se construyeran más viviendas, sino los equipamientos reclamados por los vecinos. Sin embargo, el clima de fuerte exaltación popular, las duras cargas policiales y el descontento político que seguían creciendo día tras día en el barrio, acabaron agravando el malestar social y económico acumulado en las décadas anteriores. Precisamente a causa de dicho malestar, algunos vecinos del Besòs empezaron a reelaborar una problemática de carácter eminentemente social mediante unos tópicos fuertemente raciales.

Factores como la violencia, la drogadicción y la criminalidad, que estigmatizaban al conjunto de los habitantes La Mina, serían elevados a causas principales del conflicto. Todo ello desembocó en la formación de un movimiento vecinal desvinculado de la A.VV del Besòs y que empezó a reivindicar “el barrio sólo para los del barrio”. Tanto la compleja realidad socio-espacial del Besòs, como la de La Mina, parecían haber quedado definitivamente ocultas tras el conflicto surgido alrededor de los hechos del solar de la palmera, esto es, reducidas simplemente a ello. Pero la realidad, que ninguna institución o medio de comunicación quería ver, era bastante diferente. En el caso del solar de la palmera, lo que realmente se reivindicaba por parte de la gente del Besòs era la utilización exclusiva de un espacio. La motivación, absolutamente legitima, que sustentaba esa acción de protesta se fundaba, de hecho, en antiguos conflictos políticos con el Ayuntamiento de Sant Adrià. En definitiva, las exigencias vecinales por el espacio chocaban con el interés político por el suelo.

Si bien la misma A.VV. del Besòs reclamaba los equipamientos pendientes, nunca había dejado de pedir una solución concreta también para los habitantes de La Mina. Por otra parte, los sectores más activos del movimiento vecinal de La Mina, que conocían de cerca el barrio del Besòs y las razones que estaban en la base del conflicto en curso, ya habían advertido a las administraciones locales respecto del posible problema que implicaría construir allí las viviendas que la Generalitat les había prometido. Desde hacía años, dichos sectores eran partidarios de la construcción de las nuevas viviendas en los terrenos de La Catalana, pero ni ellos ni la población de La Mina en general sabían que dichos terrenos ya habían sido vendidos en 1989 por REGESA a otras promotoras inmobiliarias, dirigidas por Gerard Gómez, un empresario francés atraído por la posibilidad de hacer negocios en el margen derecho del Besòs y que llevaba años en tratos con el alcalde Meseguer.

Los JJ.OO. estaban a punto de celebrarse y los conflictos que persistían en la zona desde finales de los ‘80 se hacían cada vez más ingobernables, lo cual aumentaba la preocupación y, por ende, el descontrol político de las administraciones. En respuesta a tal preocupación, a finales de 1990 el Ayuntamiento de Sant Adrià contractó con toda urgencia a un equipo de arquitectos, al cual encargó la redacción de una propuesta de modificación parcial del PGM de 1976, denominada Pla del Marge Dret del Besòs a Sant Adrià (PMD). Elaborado por los arquitectos Lluís Cantallops, Manuel Ribas y Estanislau Roca, el PMD pretendía reconducir las intervenciones previstas en el margen derecho del Besòs estableciendo que el área alrededor de La Mina se convirtiera en la “puerta de entrada a Barcelona por el norte”, con el fin de acoger a visitantes e inversores de los JJ.OO.

En este sentido, lo más significativo del PMD era su radical cambio de escala en relación a las actuaciones previstas para La Catalana y cuya “nueva centralidad” obligaba “a replantear las hipótesis anteriores y a proponer otras que potenciaran esta calidad en beneficio del propio barrio y de los barrios que lo rodean”. Este aspecto implicaba que también La Mina se considerara como parte de un “contexto territorial más amplio” en fase de transformación. En esta dirección, el PMD preveía el derribo da gran parte de los bloques de la Mina Nova con el objetivo de “acabar con su conflictividad”, pero mantenía totalmente inalteradas las prioridades del consistorio adrianense en La Catalana, así como las de Barcelona, que anhelaba a realizar un puerto deportivo justo al lado de la desembocadura del Besòs. Para garantizar el éxito de esos proyectos, el PMD optaba claramente por una estrecha colaboración entre agentes públicos y privados, algo que respondía a un modelo urbanístico cada vez más en boga en la agenda municipal de la Barcelona olímpica.

Pero las expectativas de negocio de los promotores privados disminuían a medida que se hacía cada vez más claro que el cercano centro comercial de Diagonal Mar, concebido como el verdadero núcleo de la “nueva área de centralidad” emergente, produciría una competencia muy importante si no insostenible. Y había más. La operación de venta de los terrenos de propiedad de REGESA estaba supeditada a la existencia de un Plan Especial de Reforma Interior (PERI) aprobado en 1984, que preveía nuevas viviendas sociales y definía el trazado de la Ronda Litoral y la redistribución de La Catalana. Según el alcalde Meseguer, ese PERI debía ser posteriormente modificado para permitir la construcción de la superficie comercial y residencial que el promotor Gerard Gómez pretendía realizar en La Catalana. Pero, a principios de los ’90, Gómez descubrió que, en realidad, el PERI había sido anulado por el Tribunal Supremo ya en 1987, razón por la cual denunció a Meseguer por falsedad y estafa.

En definitiva, la gran urgencia con la cual se pretendía “revalorar” la zona, en pos del más amplio proceso de transformación urbana del litoral barcelonés, pecaba de una seria y sistemática falta de atención hacia la evaluación no sólo de los costos sociales que este proceso implicaba, sino también de la real viabilidad económica de toda la operación. En efecto, la obstinación del consistorio adrianense en buscar la complicidad del sector privado había provocado que la gestión política y territorial del margen derecho del Besòs quedara a merced de los diferentes intereses en juego en el área. Éstos oscilaban entre los del Ayuntamiento de Sant Adrià, atravesado por una crisis económica y política sin precedentes, y los del Ayuntamiento de Barcelona, que perseguía su gran “sueño olímpico” limitándose a actuar en segundo plano pero manteniendo su papel de deus ex machina. Al mismo tiempo, el Govern de Catalunya intentaba eludir todo tipo de responsabilidad y compromiso, mientras la Administración General del Estado se permitía el lujo de mirarlo todo desde la distancia lavándose las manos.

Finalmente las viviendas del solar de la palmera no se construyeron, los grandes proyectos pensados para La Catalana no llegaron a cumplirse y las problemáticas sociales de La Mina empezaron irremediablemente a enquistarse. Definitivamente, la gran “ocasión olímpica” para promover la supuesta transformación del margen derecho del Besòs, tanto deseada por Meseguer, Maragall y Pujol, había fracasado por completo. Sin embargo, esa frustración urbanística debería considerarse más bien como un fracaso relativo, puesto que tras la tentativa olímpica para “regenerar” ese espacio no se escondía sino la afirmación de la supremacía urbanística de Barcelona y de sus intereses frente a la debilidad de los municipios de su entorno. Un reto, éste, indudablemente alcanzado. Tal vez, las nuevas retoricas político-económicas que acompañaron el nacimiento de un supuesto “urbanismo democrático” consiguieran apropiarse, simbólica y realmente, de las reales motivaciones que estaban en la base de la intifada del Besòs.

Si bien es cierto que los vecinos obtuvieron los equipamientos por los cuales habían luchado, aunque en otro terreno cercano, también es cierto que de aquel legendario solar hoy día sólo quedan unos pocos metros cuadrados convertidos en “área verde” y la palmera sigue aun en pie como tótem de unos hechos casi míticos, que pertenecen únicamente a una memoria colectiva. A parte de una residencia por ancianos, el resto del solar ha sido ocupado por una gran plataforma comercial alemana y, en la parte más contigua a La Mina, una serie de bloques escalonados de viviendas de precio libre, pensados por una clase social más pudiente, marcan la frontera entre ambos barrios.

Al mismo tiempo, las problemáticas estructurales de las viviendas del Besòs siguen agravándose sin ser intervenidas, la tan internacionalmente aclamada “transformación” de La Mina ha fracasado clamorosamente y el barrio de La Catalana ha, literalmente, desaparecido del mapa. Como si ello no bastara, la desocupación, los desalojos, la densidad, la precariedad habitacional y la segregación socioeconómica sufrida por esos barrios, han seguido creciendo de forma directamente proporcional a la especulación urbanística practicada a lo largo y ancho del margen derecho del Besòs. En el fondo, nada o muy poco ha cambiado desde aquel octubre de 1990. Lo único que lo ha hecho, y de forma sensible, es sin duda alguna el valor del suelo.

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Archivado bajo Activisme, Antropologia urbana

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