Naves vacías y generaciones perdidas. El “Brexit” visto desde Birmingham

Fuente: Cecilia Vernano

Fuente: Cecilia Vergnano

por Cecilia Vergnano (OACU)

A las 7.30 de la mañana del 23 de junio, un vaivén de gente atraviesa la pasadera que lleva a la estación de Bournville, a pocos kilómetros del centro de Birmingham, para coger el tren local que les llevará al trabajo. Una mujer alrededor de los cuarenta a la entrada de la estación distribuye panfletos que invitan a votar remain. “More jobs”, “lower prices”, “worker’s rights protected”, “a stronger future”, son algunos de los eslógan que aparecen en el papelito que resume sintéticamente las razones del remain: “your vote can make a difference”, se añade además, “don’t let someone else decide your future”. Es curioso, pienso, porque son exactamente los mismos argumentos de los partidarios del leave.

Paseando por Birmingham, me aventuro hacia la periferia movida por una vaga sensación de haber sido catapultada de golpe en una pelicula de Ken Loach. Termino, así, en el working class neighborhood de Aston, un mar de casitas de dos o tres plantas, las clasicas terraced houses monofamilares de los barrios obreros ingleses, un poco desvencijadas, de ladrillos rojos y pequeños jardines. La atmosfera que percibo alrededor mío es rara, me cuesta definirla. No siento el mismo malestar y la misma desolación que he sentido pasando por las banlieus parisinas, no veo la misma masificación que he visto en los enormes bloques donde millares de familias viven concentradas como en enormes colmenas. Pero la basura acumulada en algunos rincones, los grandes scrapyards alrededor de la zona residencial donde se amontonan neumáticos y carcasas de coches, el olor acre que sale del gasómetro en las inmediatas cercanías, etc., me hacen pensar que Aston no debe que ser uno de los barrios más pudientes de Birmingham. Empiezo a entender, mirando a mi alrededor, que es más fácil pensar que el Brexit puede aparecer como una solución cuando no hay mucho que perder.

Siempre paseando por Aston descubro, con cierta decepción, que mi imaginario estereotipado de una british working class blanca no corresponde para nada a la realidad – por lo menos no en Birmingham, una ciudad en la cual las diferencias de tipo “étnico” o “cultural” están en el orden del día. Cruzo un par de hombres de piel blanca que satisfacen mis categorías mentales a lo Ken Loach – camiseta color blanco sucio y mono azul, la pinta de volver a casa después de un día de trabajo pesado-. Pero en el patio de la escuela local (son las 4 de la tarde) no veo un solo adolescente blanco entre los que juegan al fútbol. Por la calle, las mujeres y los hombres que pasan son casi todos de origen africano, jamaicano, árabe o asiático.

No me sorprendo, por lo tanto, el día siguiente cuando, en la charla inaugural de la conferencia universitaria por la cual me encuentro en Birmingham, la socióloga  Gurminder Bhambra critica duramente la “construcción de la identidad británica” como identidad “blanca”. “Why when we think about ‘British identity’ we think to white men? Why when we think about ‘British working class’ we think to white workers?” pregunta provocativamente desde el micrófono en el centro de la sala. Se trata de la segunda conferencia internacional sobre Superdiversity, un concepto que está consiguiendo cierto éxito en las ciencias sociales y está empezando a ser usado también por algunos políticos y periodistas en substitución del viejo concepto de “multiculturalidad”, ya viejo y superado. La Superdiversity hace referencia al proceso de “diversificación dentro de la diversidad”. La primera vez que escuché el término, recibí la siguiente explicación: “vaya, por ejemplo cuando vas a Londres y te encuentras en un barrio donde los únicos blancos son polacos recién inmigrados sin ciudadanía británica, y los ciudadanos británicos son todos originarios de países del Commonwealth y nadie entre ellos tiene la piel blanca.” Bhambra añade, al micrófono, que no existe ni ha existido jamás una Gran Bretaña independiente y, quien la añora, está borrando con una pincelada siglos y siglos de historia: Gran Bretaña siempre ha formado parte de algo más grande, el Imperio, la Commonwealth o la Unión Europea. Es inútil aclarar que en el ambiente cosmopolita universitario las preferencias se orienten indiscutiblemente hacia el remain – una vez más, como comunidad de intelectuales tenemos muy buenos argumentos, pero somos completamente incapaces de difundirlos afuera de nuestro circuito limitado.

A la vuelta de la conferencia, Edward, el chico de Birmingham que me aloja estos días, me pide que le acompañe a su mesa electoral. Faltan pocos minutos para el cierre. Edward Genochio, 38 años, nacido en Bélgica y con lejanos orígenes italianos, no es exactamente un tío cualquiera: ahora lleva una vida normal de empleado trabajando para una compañía de servicios informáticos, pero de joven ha sido el primer ciudadano británico en cumplir la empresa excepcional de llegar a China en bicicleta desde Gran Bretaña, atravesando el continente europeo, los Urales y pasando por Mongolia. Antes estudió Antropología Cultural y Geografía en la Universidad de Cambridge. Las conversaciones con él en estos días han sido brillantes y ricas de estímulos: es una persona instruida, open-minded, agudo y curioso. Ha sido, por lo tanto, sorprendente descubrir sus intenciones de votar leave. Caminando hacia el colegio me explica que cree en Europa, pero no cree en la Unión Europea. Y que si en el referendum ganara el remain, las autoridades europeas no modificarían ni una coma de sus políticas económicas antisociales. Su leave es, a su manera, un voto “de izquierda” o, al menos, de protesta.

La nota de Edward

Fuente: Cecilia Vergnano

Dentro de la escuela de ladrillos rojos, los miembros de la mesa electoral nos cuentan de la gran afluencia que ha habido durante el día. Bajo los últimos rayos de sol, se dispone poco a poco el cierre y la gente se prepara para la larga noche del recuento.  Y de hecho es una noche larga y poco tranquila. Me despierto a las 6 de la mañana con una nota de Edward (que se ha despertado aún antes que yo) por debajo de la puerta de mi habitación: “Looks like Brexit!!!”, dice, “48% remain, 52% leave. Keep your !! They will make you a millionaire! 🙂

Birmingham es de las pocas ciudades británicas en las que ha ganado el leave. Londres, Liverpool, Manchester, Bristol se han expresado en su mayoría para el remain. No puedo evitar relacionar este dato con la visión de hectáreas y hectáreas de terreno industrial que empiezan ya a pocas manzanas del centro de la ciudad. Es esta la característica más impactante de Birmingham, por cualquier lugar donde se pasee (no solo en el centro). De este modo, la pregunta que me carcome es: ¿cómo ha sido posible reconvertir la economía de esta ciudad? ¿Dónde han acabado los millares de personas que trabajaban en las fábricas? ¿De verdad ha sido posible reconvertir toda la mano de obra no cualificada de la industria en puestos de trabajo en los sectores servicios y terciario? Los datos estadísticos revelan que, de hecho, en Birmingham el desempleo no es muy alto (6,2%), pero superior al de Manchester, Bristol y Liverpool, y es más o menos el triple de la tasa media de desempleo en el Reino Unido.

Las fábricas y las industrias en desuso ahora no son nada más que espacio, espacio vacío. Espacio que se ha convertido también en mercadería. “Se alquilan almacenes”, se lee en la fachada de un viejo establecimiento, “Espacio en alquiler”, se lee en otra: “to let”, “to let”, “to let” parece un leitmotiv constante cuando se leen los carteles todo alrededor de las viejas fábricas y las naves en desuso. Se ha reflexionado ampliamente, en los últimos días, sobre el significado sociológico de este resultado electoral. Se ha hablado de un país partido en dos, dividido en términos generacionales, culturales y de clase, con los losers de la globalización por un lado y los winners por el otro. Los que sienten que no tienen mucho que perder, por un lado, y los que tienen unos capitales, una carrera o un recorrido de movilidad social ascendente para defender.

Fuente: Cecilia Vernano

Fuente: Cecilia Vergnano

Habiendo seguido con atención las últimas vicisitudes electorales en Italia y la inesperada escalada a los gobiernos municipales por parte del partido 5 Estrellas, no puedo evitar notar cierto paralelismo por lo que concierne al carácter inesperado de estos resultados electorales. A pesar del fuerte componente xenófobo y anti-inmigración de los partidarios del leave (entre los cuales muchos son inmigrantes, que reproducen dinámicas de “primeros llegados” contra “últimos llegados”), los Brexiters no son una masa indiferenciada de racistas, así como los 5 Estrellas no son una masa indiferencias de derechistas.  La xenofobia y la nostalgia por el Imperio se encuentran indiscutiblemente en la base de muchas preferencias de voto en el caso británico, pero también las dificultades relacionadas con el acceso a la vivienda y al trabajo, los salarios bajos, los recortes en políticas sociales y en el sistema sanitario y educativo, la incertidumbre sobre el futuro, y la sensación general que el progreso y la prosperidad prometidos gobierno tras gobierno habrían sido para “ellos” y no para “nosotros”.

Este “ellos” y este “nosotros” no son nada más que los indicadores de las desigualdades sociales, que la imposición de políticas neoliberales, a partir de los años 80, ha progresivamente contribuido a acrecentar. Así como la victoria de los 5 Estrellas en Roma y Turín se presenta como un indicador claro de la brecha entre barrios tradicionalmente acaudalados y los barrios gentrificados, por un lado, y las periferias por demasiado tiempo abandonadas, por el otro. Aunque haya pocas posibilidades de que este deslizamiento populista impulse políticas redistributivas realmente capaces de volver a dar voz y oportunidades a quien ha sido en estos años cada vez más marginalizado, el mensaje de descontento y desafío está claro. La sorpresa de los partidos que tradicionalmente han estado en el poder pero, sobre todo, de aquello que queda del centro-izquierda, frente al avance de estas reivindicaciones desde abajo, tanto en Italia como en UK, resulta particularmente molesto y arrogante. Es muy fácil tachar las masas de ignorancia e irracionalidad después de décadas en las que se ha hecho de todo para depolitizarlas, desmovilizarlas, infantilizarlas.

Justamente porque estoy muy lejos de la tentación de exaltar estos resultados electorales como si representaran una vuelta de cierta consciencia de clase, considero importante recordar qué pasa cuando dicha consciencia es adormecida o aniquilada. La antropología nos enseña que las relaciones sociales se construyen siempre a partir de construcciones identitarias, que crean cohesión en el interior de los grupos humanos. Sin querer idealizar las condiciones de trabajo intolerables que han caracterizado por décadas y siglos la vida a los trabajadores de las minas y las fábricas, es innegable que el orgullo, el reconocimiento social y el sentimiento de solidaridad de grupo que la identidad de minero u obrero genera pueden parecer preferibles a los de una identitdad de desempleado o precario. Pero mientras las viejas distinciones de clase han sido progresivamente desactivadas, unas nuevas categorías identitarias han ido progresivamente activándose. Estas derivas pueden manifestarse a diferentes niveles (a nivel de barrio, a nivel nacional, pero también a nivel global), incluyen las derivas de tipo étnico o religioso, o las derivas mafiosas (sobre todo en contextos locales), y pueden llegar hasta el terrorismo.

La nostalgia por el gran Imperio Británico y la reactivación de la identidad británica no es otra cosa que el resultado de la incapacidad (o falta de voluntad) de la clase política de volver a llevar la cuestión social (o sea la cuestión de la redistribución de la riqueza) a una arena propiamente política, sublimando dicha cuestión en narraciones distorsionadas. En el otro opuesto, otro tipo de deriva (el fundamentalismo neoliberal del Banco Central Europeo y de los mercados financieros que dictan ley en Europa) exaspera la cuestión y no ayuda a volver a situar el conflicto sobre el terreno de la política en el sentido tradicional del término.

En Turín como en Birmingham las hectáreas y hectáreas de terreno industrial abandonado nos hablan de una auténtica guerra que se ha combatido en tiempos de paz, que ha dejado detrás suyo escombros y desastres sociales. Naves desiertas y “generaciones perdidas”. A la hora de despedirnos Edward me pide una última cosa. “Por favor, cuando vuelvas a casa, explica al mundo ahí afuera que nosotros ingleses no tenemos nada en contra de vosotros. Es una lección que queríamos dar a nuestros políticos y a los políticos europeos. No sé si lo vamos a conseguir.” Intento, en la medida de lo posible, difundir el mensaje.


Esta misma entrada ha sido publicada, en italiano, en el Napoli Monitor

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