¿Qué pasa con los niños?

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Artículo publicado originalmente en català en La Directa.

Por Marta Contijoch (OACU)

El pasado 20 de Noviembre se celebró el Día Internacional de los Derechos de la Infancia, uno de esos días dedicados a simular que las instituciones se acuerdan de aquello que el resto del año olvidan. Este año, como el pasado, la Fundació Catalana de l’Esplai lo celebró con una jornada en la que se ocuparon las calles de algunas ciudades catalanas, también Barcelona, para reivindicar el derecho de niños y niñas al juego y el tiempo libre.

En efecto, el tiempo en que niños y niñas jugaban en la calle cada vez parece ser más cosa del pasado. Son pocos los que, hoy en día, se atreverían a dejar que sus hijos camparan a sus anchas, solos, por las calles –al menos sin la vigilancia de un adulto responsable-, fuera del espacio de seguridad que se supone que es el parque o algún recinto parecido, debidamente vallado. Con cada vez más entornos peatonalizados y aparentemente libres de coches, el peligro de los automóviles no es excusa. Tal vez, incluso, a muchos de estos niños, por mucho que les autorizaran a salir a la calle, les costaría encontrar el momento en el que encajar este paréntesis de juego entre el tiempo que pasan en la escuela y en casa, y el que ocupan todo tipo de actividades extraescolares que seguramente duran toda la tarde, o al menos buena parte de ella.

Hablamos de la negación de la calle como momento de libertad infantil; de la usurpación de los únicos instantes en los que podían negociar un espacio que construían como propio, administrando autónomamente su tiempo sin seguir las directrices de ningún adulto, tan sólo bajo la supervisión que proporcionaba el uso compartido del espacio urbano, repleto de ojos amigos que se ocupaban, prestando atención de reojo, de su vigilancia. No debemos olvidar el papel que las pandillas infantiles jugaban en la sociabilidad de muchos barrios, y en las funciones y posibilidades de autogobierno que ejercía esta vecindad de calle. Una vida pública compartida que integraba lo que en catalán se denominaba la canalla, que no era una simple agrupación de niños, sino una auténtica institución social, con una estructura y una cultura propias, y responsable de una contribución clave a la comunidad por medio de lo que fue un auténtico sistema pedagógico informal. La vida en la calle otorgaba a las pandillas de niños un papel activo y determinante en la cotidianidad de un barrio que, a su vez, les reconocía su derecho a ese lapso de ocio autogestionado que niños y niñas encajaban entre los demás ámbitos de su vida diaria.

Ahora, la organización del ocio infantil más allá del entorno doméstico y del colegio parece haberse convertido en un problema. Niños y niñas parecen estar ahora sometidos a una suerte de toque de queda permanente, una tendencia indesligable de una lógica que, cada vez más, concibe su tiempo libre como un algo que debe aprovecharse de manera productiva, combinando preocupaciones tanto de orden pedagógico como relativas a la seguridad. Partiendo de un discurso sobre la infancia como una etapa de vulnerabilidad y dependencia cercanas a la incapacidad, los niños son desalojados de las calles y enclaustrados en espacios privados, corrales en los que son confinados para entregarlos a todo tipo de actividades monitorizadas, dirigidas por un especialista en infancia que les propone aquellos juegos –obviamente adjetivados como educativos, como si el juego no dirigido en la calle no lo fuera- más apropiados, de acuerdo con lo que se supone que son las necesidades de su aprendizaje.

Apartado por completo del mundo adulto, el mundo infantil queda limitado al ámbito privado, donde no escapa de la vigilancia y la supervisión constantes. Expulsado de un espacio público con el que tan sólo pueden negociar los adultos –y podríamos precisar: los hombres adultos-, y con la vida de barrio cada vez más debilitada, niños y adolescentes se convierten en presencias contaminantes fuera de aquellos lugares especialmente reservados para ellos. Tan sólo se les permite ocupar ciertos espacios delimitados, apartados, en cualquier caso, de la verdadera vida pública.

De este modo, el asalto al espacio público protagonizado por muchos adolescentes tan pronto como son autorizados a autoadministrar parte de su tiempo libre, puede ser leído como un ajuste de cuentas, una reconquista de ese derecho a la calle que les fue negado de niños.

Se trata de una ocupación del espacio monopolizado por aquellos ya considerados “maduros” que no puede ser vista como nada más que una amenaza a un orden adulto que debe protegerse a sí mismo de las intrusiones siempre insolentes de aquellos que le son ajenos. La transgresión de la frontera que separa ambos mundos por parte de aquellos que, estando todavía por socializar, son en sí mismos negación del orden social, activa un pánico moral ante la naturaleza impredecible de una civilidad todavía no consolidada. La demonización de los que se atreven a pisar, a imponer su presencia y apropiarse de un territorio que por el momento no están autorizados a ocupar, que todavía no les pertenece, no expresa otra cosa que el miedo al descontrol y al desorden sociales que genera en algunos el uso de su espacio por parte de aquellos que consideran (aún) inmaduros para asumir, junto a ellos, su control.

Tal vez sea hora que este derecho a la ciudad –a la calle- que reclamamos, lo exijamos también para los niños y niñas, aunque sea para que vuelvan a ofrecernos un modelo de lo que debería ser una apropiación lúdica, autogestionada y creativa. Una posibilidad siempre abierta de volver a ser, también nosotros, en la calle, niños y niñas.

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Archivado bajo Antropologia urbana

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