Archivo diario: agosto 14, 2018

Sobre la polémica mediática entre Alberto Garzón y Daniel Bernabé en torno al libro “La Trampa de la Diversidad”

Miguel Alhambra Delgado, sociólogo

El debate comienza con esta Tribuna de Garzón en eldiario.es a cuenta del libro de Bernabé “La trampa de la diversidad”.

Interesante debate. Una pugna de profetas (o quizás de sacerdotes). Bernabé, ante las críticas por inconsistencias o argumentaciones débiles y problemáticas, en lugar de resolverlas o confrontarlas, las responde con criterios de mercado, con el “éxito” mundano que está teniendo su libro (“pues se está vendiendo mucho, tiene buen recibimiento”), a la vez que quiere acercarlo –no a posibles criterios de verdad, a quién le importan estos- sino a criterios de evaluación estéticos, si bien es cierto que al final de su réplica se deja ver un “y tú también”, dirigidos al “profesor” Garzón (seudo insulto encubierto, que transforma condiciones estructurales –la procedencia- en “objetos de elección y voluntad”, culpabilizando por lo que uno es) sobre los argumentos funcionalistas utilizados por Garzón en el pasado. Lo cual es evidente, pero, ¿acaso eso haría a sus argumentos más pertinentes?, o con otras palabras, ¿el error o deficiencias, compartidas por muchos, haría la mala argumentación de Bernabé algo más válida? Es probable que no, son absurdos argumentativos a los que ya estamos acostumbrados, por lo que tampoco chirrían mucho, es como aquel que puso de moda Don Pablo del “no quieren ganar, es cómodo perder”, que acusaba al perdedor de su fracaso (y ojo, que logró pasarlo por “verdad”, tanto como para que se lo comprasen en la misma IU, asumiéndolo como criterio válido y propio. Nos podíamos preguntar, ¿pero de verdad el hecho de “ganar” es una buena motivación para las clases dominadas?, si fuese para Ciudadanos bueno, pero aquí…, aunque igual es que no se está tan lejos de Ciudadanos en ciertos aspectos como la concepción de la “inteligencia y el talento”, en tanto que “don natural”). Pero bueno, al representante de la clase media alta, en términos culturales (existe el capital cultural, no todo lo dijo Marx y Gramsci), con aspiraciones “grandilocuentes y artísticas”, lo dejaremos de lado.

Nos interesa el aspiracional artista rebelde (a lo Rancière, o a lo Trafis), el señor Bernabé, solo en cierta media, solo para mostrar las asunciones que guarda con él Alberto Garzón. Pues ambos pertenecen a la clase media basada en la acumulación y reproducción del capital cultural, por más que se autodenominen de cualquier otro modo (por cierto, es curioso que Garzón tome por buenas las encuestas en las que se define la clase de forma “subjetiva”, como si todas las personas llevasen, de “fabrica o de serie”, a un sociólogo en la cabeza, o a un marxistólogo, y es que, ¿no es posible que esa medición encubra una total amalgama, la cual no sirve para ningún tipo de comparación?, por más que venga del CIS o de dónde fuese). (Por otro lado, qué significa eso de que pesan factores geográficos?, ¿la geografía -al igual que la demografía- puede ser considerada como agente social?, ¿no son factores o indicios que requerirían una explicación sociológica que se circunscriba a grupos concretos, dentro de lógicas específicas?)

Son dos las principales asunciones que se comparte, fruto del idealismo más tradicional, aquel que dijese Marx (si este autor parece tener voz y predica, démosela) procedente o bien de los “tenderos de misterios” a lo Bernabé o de los “maestros” a lo Garzón.

Primero, un pensamiento maniqueo en torno a todo lo cultural (debido a que viven de ello), concebido de forma idealista y como especie de “estancos o bloques” (poco operacional ya que no permite una mínima gradualidad). Este maniqueísmo juega con los polos dominio versus conocimiento-configuración de sentidos: una, es la característica de los privilegiados, de los otros, los dominantes y sirve únicamente para la dominación (carece de sentido, o bien es errado, falso o engañoso), la otra, la propia o de allegados, es la de los no-privilegiados, por tanto no tiene posible carácter de dominación, ni siquiera sobre las fracciones de clase más bajas, es todo puro sentido, sentido noble, universal, (de hecho, estas clases más bajas lo mejor que podrían hacer y lo más “noble” que se le ofrece es ser “tal y como nosotros somos”, en término culturales, de hecho, parece, a veces, que su perseguida revolución no es más que conseguir esto).

Segundo, un tecnocratismo meritocrático implícito, más o menos moralista, para ello las estrategias expositivas no son las mismas, mientras que el “tendero de misterios” quizás apele a los orígenes perdidos, en tanto, principio mitológico y eje para situarse por encima del resto de humanos, el “maestro de escuela” se apoya en el cientificismo sociológico más inconsistente, pero sustentado en la tecnocracia más cercana al poder, esto es, más extra-sociológica pero con menos probabilidades de ser cuestionada, y mucho menos, por las capas más desposeídas a las que dice representar, redoblando en ellas, la dominación tecnocrática que ya soportan. Al menos ambos guardan el mismo escaso análisis e interés en conocer las condiciones de posibilidad que los configuran. Tanto ellos como la tecnocracia, no perciben relaciones de dominación y de poder en su propio proceder, a sus ojos, son todo relaciones de sentidos, sentidos técnicos en un caso y grandilocuentes sentidos, en el otro (“grandezas de un nuevo mundo para la humanidad entera”).

Marx y Engels en La ideología alemana pugnaban contra estas derivas. Posteriormente y desde otro prisma, Bourdieu las analizó de manera consistente, tanto en el campo cultural como en el propio campo político, ámbitos -a la vez- productores de sentidos y de lógicas de dominio, los cuales contribuyen a la división del trabajo de dominación de clase.

Dicen Marx y Engels, contra este idealismo:

“El Libro” mismo se divide, como el Libro “de otro tiempo” en el Antiguo y el Nuevo Testamento, a saber: en la historia única del hombre (la Ley y los Profetas) y la historia no humana del Único (el Evangelio del Reino de Dios). La primera es la Historia dentro de la Lógica, el Logos sujeto al pasado; la segunda, la Lógica en la Historia, el Logos liberado, que lucha con el presente y lo domina victoriosamente.

(…)

Y nos dice, con lastimero tono que le desgarra a uno el corazón, que “todo tiene que ser su causa”, que sobre sus hombros se hace pesar “la causa de Dios, la causa de la Humanidad, de la Verdad, de la Libertad, la causa de Su Pueblo y de Su Príncipe” y qué sé yo cuántas buenas causas más. ¡Pobre hombre! El burgués inglés y el francés se lamentan de la falta de débouchés [Mercados], de las crisis comerciales, de los pánicos bursátiles, de las coyunturas políticas del momento, etc.; el pequeño burgués alemán, cuya participación activa en el movimiento de la burguesía es sólo ideal y que, por lo demás, sólo puede llevar al mercado su propio pellejo, se representa su propia causa simplemente como “la buena causa”, como “la causa de la Libertad, de la Verdad, de la Humanidad”, etc.

(…)

Después de descubrir que “el espíritu es lo esencial”, no teme ni siquiera el llegar a las siguientes temerarias conclusiones: “Pero, después de reconocer el espíritu como lo esencial, ello constituye, sin embargo, una diferencia, pues el espíritu es pobre o rico, y se procura, por tanto” (!) “llegar a ser rico en espíritu; el espíritu pugna por extenderse, por fundar su reino, un reino que no es de este mundo, que acaba de ser superado…

(…)

Porque “se busca llegar a ser rico en espíritu”, por eso “quiere el espíritu ensancharse, fundar su reino”, etc. “Pero si” existe aquí una concatenación, “hay, sin embargo, una diferencia” entre “llegar a ser rico en espíritu” a que “el espíritu” quiera “fundar su reino”. “El espíritu”, hasta ahora, aún no ha querido nada, “el espíritu” aún no ha figurado como persona, sólo se ha tratado del espíritu del “adolescente”, no de “el espíritu” por antonomasia, del espíritu en cuanto sujeto. Pero el sagrado escritor necesita ahora otro espíritu que el del joven, para podérselo oponer a éste como un espíritu extraño y, en última instancia, como Espíritu Santo.

(…)

Semejantes frases literarias, que, con arreglo a una analogía cualquiera clasifican todo dentro de todo, pueden hasta parecer ingeniosas cuando son dichas por primera vez, y tanto más cuanto más identifiquen cosas contradictorias entre sí. Repetidas, e incluso con presunción, como apotegmas de valor científico, son tout bonnement (llanamente) necias. Sólo buenas para cándidos literatos y charlatanes visionarios, que encastran todas las ciencias con su empalagosa mierda. (Elementos fundamentales para la crítica de la economía política).

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