“CUERPOS MALOLIENTES” HUELE A CAPITALISMO: SEGUNDA PARTE

A lo largo de la historia ciertos cuerpos han sido descalificados como malolientes. Los cuerpos de los mendigos, los extranjeros, los pobres, judíos, gitanos, prostitutas… todos ellos han sido en algún momento rechazados por hediondos. Apestar no sólo se utiliza para describir un aspecto físico, sino que simbólicamente alude a una supuesta impureza o suciedad moral. Decía Hitler de los judíos en su tristemente famoso Mein Kampf que “por su exterior se ve claramente que no aman el agua, y, para nuestra desgracia, frecuentemente se puede saber con los ojos cerrados. A menudo me dan nauseas con el olor de estos portadores de kaftan”. El supuesto hedor judío o foetor judaicus ha sido utilizado en diferentes momentos históricos para justificar el trato discriminatorio que se aplicaba a este grupo. Así en la Venecia renacentista, el olor contribuyó a justificar que los judios de la ciudad fueran encerrados en un gueto. El hecho de utilizar el supuesto mal olor de ciertos grupos para justificar este tipo de medidas es en realidad una inversión de la causa-efecto.

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El así llamado “Barrio de las Injurias”, en Madrid, principios del siglo XX

Me decía un amigo que había vivido en Suiza en los tiempos de la emigración española a Europa allá por los años sesenta, que entonces eran los españoles los que olían mal. Obligados a vivir hacinados en condiciones precarias, el gueto español desprendía olor a chorizo y cebolla. Décadas después estas representaciones parecían no haber existido y la convivencia con esos migrantes del sur de Europa en los paises europes como Suiza o Francia se presentaba como libre de tensiones. En 1991, el entonces alcalde de París y futuro presidente de la república francesa Jacques Chirac hizo un polémico discurso en el que, además de la ya clásica referencia acusadora a la supuesta buena vida que se ve que da vivir de las ayudas sociales, mencionaba el ruido y el olor [le bruit et l’odeur] que salían de las casas de algunos inmigrantes en Francia como un motivo que justificaba las quejas racistas de algunos.

El discurso no tiene desperdido. Entre otras cosas decía Chirac que “Puede ser verdad que no hay más extranjeros que antes de la guerra, pero no son del mismo tipo. Es cierto que había españoles, polacos y portugueses trabajando aquí, pero eso generaba menos problemas que tener musulmanes o negros”. El mal olor que se atribuía a les espagnoles desaparece de los registros sustituído ahora por el de los inmigrantes árabes y africanos. De hecho, en cada momento, los cuerpos explotados en trabajos físicamente demandantes, huelen siempre a sudor, indendientemente de lo limpios que en realidad estén, porque el olor es un marcador simbólico: oler es estar sucio, tanto física como moralmente.

No solo sus cuerpos, también sus casas desprenden (mal) olor, consecuencia de un hacinamiento que en cierta manera se presenta como buscado, ¡cómo si alguien eligiera vivir en pisos patera! Que le pregunten a mis abuelos o esos miles de personas que tras la posguerra dejaron sus pueblos para buscarse la vida en las ciudades, y que también fueron acusados de oler mal y tener piojos. La misma cantinela que algunos de ellos repiten ahora en relación a quienes vinieron posteriormente desde otras partes del mundo. Sus casas huelen (mal) porque sus costumbres son manifiestamente diferentes y hasta incompatibles. El racismo biológico clásico que operaba en base a diferencias de raza es inaceptable en la actualidad pero ha metamorfoseado sus principios básicos en un racismo cultural que en su versión menos sofisticada simplemente sustituye raza por cultura. El olor codificado como “mal olor” actúa como una marca clara de subalteridad que se aplica a quienes se construyen como culturalmente diferentes, lo que explica que los cuerpos migrantes/racializados y sus supuestas costumbres sean frecuentemente codificados como malolientes.

Curiosamente (o no tanto) también ciertas mujeres han sido acusadas de oler mal. En concreto las prostitutas se piensan como grupo maloliente. Aunque el origen etimológico de la palabra puta es discutido, un número importante de autores defienden que proviene de la palabra latina putida (podrida) ya que las prostitutas eran un grupo de mujeres identificado como maloliente por los griegos y romanos. Su mal olor indicaba no solo las condiciones físicas en las que trabajaban sino su bajo nivel social, ya que representaban hasta cierto punto lo podrido del orden social imaginado.

Los grupos malolientes cambian según las necesidades del contexto pero los mecanismos de descalificación que utilizan el olor como marca de inferioridad se mantienen. En general lo que comparten todos los grupos calificados como malolientes es su localización marginal en el orden social. Algunos están en la parte inferior de la jerarquía, otros directamente están fuera de la clasificación social. Los otros, los inferiores, los diferentes, los marginados, los excluidos, huelen.

Por Diana Mata Codesal (Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà)

Originalmente publicado en catalán para La Directa

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