Archivo mensual: noviembre 2018

El dualismo de las Smart Cities: entre la acumulación y el recurso simbólico

Por: José Mansilla (OACU)

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© Hugh Han

Justo acaba de finalizar, entre Barcelona y L’Hospitalet, la enésima edición de la Smart City Expo World Congress, la mayor feria mundial dedicada a las smart cities. Este año se ha contado con la participación de más de un centenar de ciudades, representantes políticos, ponentes y, sobre todo, empresas. Es bien sabido que Barcelona, bajo el mandato del Alcalde Trias (2011-2015), intentó subirse al carro de este tipo de prácticas urbanas. Parecía una solución factible para un Gobierno business friendly que había llegado tarde al poder desde el punto de vista urbanístico: la saturada trama urbana de Barcelona no permitía grandes alegrías -y plusvalías-, aunque es imposible negar que intentara conseguir su parte del pastel en el entorno del Morrot, la cara sur de Montjuïc, con el proyecto Blau@Ictinea. Sin embargo, ni una cosa ni otra, resultaron empresas exitosas.

El nivel de aplicación de la receta neoliberal está directamente relacionado con la capacidad de aceptación de la misma por la población afectada, algo que, a su vez, se encuentra determinado por la intensidad que adquiere el discurso oficial en la búsqueda del dominio hegemónico. Esto toma plena vigencia con las Smart Cities, epítome neoliberal y ejemplo fundamental de la colaboración público-privada, haciendo necesario presentar ésta como una alternativa no solo deseable, sino necesaria. Un inmenso despliegue de recursos simbólicos – ¿quién no quiere vivir en una ciudad inteligente?-, e ideología que se presenta como la necesaria guarnición a la hora de llevar a cabo tales políticas.

Ahora bien, ¿qué son las Smart Cities? Creo que no erraríamos si afirmásemos que, antes que otra cosa, se trata de una estrategia de marketing urbano, es decir, un relato construido y diseñado para vender la ciudad, algo que es práctica habitual en Barcelona desde hace años. Así, entre los elementos que acompañan la retórica de la Barcelona Smart City sería posible encontrar conceptos tan ambiguos y genéricos como innovación, autosuficiencia, desarrollo, eficiencia, etc., elementos que recuerdan a aquello que Lévi-Strauss –de nuevo lo simbólico-, recogiendo las aportaciones de la lingüística estructural, definiera bajo el concepto de significante flotante, es decir, aquel capaz de asumir múltiples encarnaciones. De este modo, como ciudad neoliberal inmersa en la competencia global por la atracción de capitales, en Barcelona estas nociones adquirirían una significación neoliberal con el objetivo de continuar el proceso de acumulación del capital: capitalismo y simbolismo se dan la mano.

Sin embargo, este discurso en torno a la Barcelona Smart City lleva, además, un añadido funcionalista, esto es, la idea de que a través de la aplicación de las nuevas tecnologías a la gestión de la ciudad se pueden solucionar la mayoría de los grandes problemas que la acechan. Ahora bien, tras esto no se oculta más que la enésima etiqueta tras la que esconder la búsqueda –de nuevo- incesante por la atracción de capitales. La diferencia con casos anteriores es que aquí ya no intervienen grandes empresas relacionadas con el urbanismo o el desarrollo inmobiliario, sino aquellas vinculadas a las nuevas tecnologías como CISCO, Facebook, Amazon o Google, o incluso las amigas del capitalismo de plataforma, Airbnb, Uber o Glovo. El hecho de que el Smart City Expo World Congress se celebre, desde hace años, en la capital de Catalunya supone un evidente ejemplo de la tradicional apuesta municipal – por otro lado, nunca conseguida- por la atracción de capital tecnológico y como ciudad de ferias y congresos, aunque, ahora sí, con un toque en comú.

De esta forma es posible parafrasear aquí la máxima lefebvriana de que, bajo una apariencia tecnológica, positiva y humanista, lo que realmente oculta, en este caso el discurso y la práctica de las Smart Cities, es el control del espacio por parte del Capital, un capital que se va infiltrando de forma sutil en los servicios y equipamientos que ofrece la ciudad de forma desconflictivizada, gracias, precisamente, a un discurso despolitizado aunque pleno de símbolos.

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Repensar Bonpastor. ‘Museo de la vivienda’: monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos…

Uno de los aspectos más cínicos e inquietantes del llamado “Modelo Barcelona” ha sido su capacidad de convertir constantemente en celebración, en triunfo, hasta los aspectos más dolorosos e injustos de la experiencia urbana. Lo dijimos hace años, cuando veíamos barrios enteros arrasados, habitantes y centros sociales desalojados, grandes corporaciones apropiándose de la ciudad, mientras las administraciones celebraban la diversidad cultural, la paz y la sostenibilidad en el Fórum de las Culturas. Volvemos a decirlo ahora, cuando las nuevas administraciones anuncian su intención de celebrar la destrucción del barrio de Bon Pastor y el empobrecimiento de su población, a través de un “museo participativo de la vivienda” en el barrio.

Los museos son los instrumentos con qué los vencedores escriben su versión de la historia de los vencidos. Hay museos de los indios, nunca museos de los cow-boys. Museos de los oficios campesinos, nunca museos de la violencia capitalista. Se estetiza y se encierra lo que se quiere borrar, convirtiéndolo en memoria, en “patrimonio”. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy un museo de la vivienda? ¿Acaso haya algo a celebrar? Sobre todo, ¿por qué en el Bon Pastor? Para las y los miembros del ex colectivo Repensar Bonpastor, que por casi una década hemos sido testigos y hemos hecho registros del conflicto generado por la demolición de las casas baratas, nos parece claro que esta iniciativa pretende remodelar la historia del barrio, después de haber remodelado el barrio y las vidas de su gente.

Se propone un museo “vivo” y “participativo”. Otra vez esta palabra, la misma que legitimó la demolición del barrio y la venta de sus habitantes a los grandes bancos a través de la promoción de hipotecas. Participación sí que hubo: de un minúsculo grupo de vecinos y vecinas privilegiadas que se hicieron portavoz de decisiones ya tomadas por el Ayuntamiento, a costa de aterrorizar y amenazar a quienes no estaban de acuerdo, o chantajearlas para que aceptaran cualquier cosa que se les ofreciera para no quedarse en la calle. Las casas baratas de Bon Pastor no era un lugar de “participación”, sino de resistencia política y contrapoder popular: el primer grupo de vivienda obrera de Barcelona, que fue planificado inicialmente como un campo de concentración para trabajadores migrantes, pero que con el tiempo (y una revolución) miles de habitantes consiguieron convertir en un pequeño pueblo, en una gran familia. Los lazos de ayuda mutua y solidaridad, de empoderamiento social e integración de las diversidades, construidos en ocho décadas de trabajo colectivo, fueron despedazados por el “proceso participativo”, que pedía que todas dijeran “sí” a una demolición ya decidida.

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En el nuevo museo, estamos seguras, no habrá los cientos de entrevistas que grabamos desde 2004, que demuestran que una gran parte de los habitantes de Bon Pastor no querían que se tiraran las casas baratas. No habrá ningún documento que atestigüe la larga lucha de un grupo de habitantes que dejaron la AVV en 2003, por que no estaban de acuerdo con el proyecto de demolición, y que con el tiempo obtuvieron el apoyo de casi la mitad de núcleos familiares de las casas baratas. No habrá las imágenes y vídeos del violento desalojo del 19 de octubre de 2007, cuando la Guardia Urbana cargó contra un centenar de habitantes y solidarias que defendían las primeras casas desalojadas en las calles Mollerussa, Granadella y Albí. Ni las imágenes de la ocupación masiva de junio de 2010, que por una tarde hizo que un centenar de habitantes se sintieran finalmente dueñas de su espacio vital. Tampoco habrá las decenas de proyectos alternativos a la demolición que recogimos a través de un concurso internacional de ideas, que demostraban que se podía imaginar una solución sostenible y no especulativa para esa parte de Barcelona, sin necesidad ni de desalojos forzosos, ni del conflicto que partió el barrio en dos.

Lo único que habrá en ese museo será el simulacro. El simulacro que cultivaron las administraciones en este barrio por lo menos desde qué empezamos a interesarnos por la violencia institucional desplegada contra sus habitantes. El simulacro de la participación, el simulacro del consenso, el simulacro de la mejora. Un simulacro que esconde el gran desprecio institucional que las administraciones han mantenido siempre hacia quién habita esta parte de la ciudad. Este mismo desprecio, este “nosotros sabemos lo que os conviene” y “aún nos tenéis que dar las gracias”, empujó las pasadas administraciones a vender al barrio entero a los grandes bancos responsables de la crisis financiera global, promoviendo hipotecas para gente que no podía pagarlas, empujada así hacia el endeudamiento y la miseria – a la vez negando indemnizaciones legales a las que no querían, y amenazando de expulsión a quiénes se atrevían a creer tener derechos.

Todas aquellas que, dentro o fuera del barrio, reivindicaban la existencia de un patrimonio histórico popular, de valores vernaculares vinculados al espacio, de una microsociedad que funcionaba y que había que proteger, eran sistemáticamente ridiculizados y silenciados. Diez años más tarde llega el reconocimiento de la existencia de un patrimonio histórico; pero no en la forma de disculpas públicas, de un “repensar” las políticas destructivas que llevaron a la muerte del barrio – sino de un monumento. Un monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos: un “museo de la vivienda”. Hasta durante las grandes demoliciones ordenadas por Mussolini se recogieron fotos y mapas de las casas demolidas, para los curiosos y estudiosos del futuro.

La historia viva del barrio, para quiénes tengan paciencia de buscarla, seguirá al alcance en nuestros libros autoproducidos y páginas web autogestionadas, elaboradas con mucha paciencia desde el interior de Bon Pastor, con las voces y el trabajo de afectados y afectadas por las demoliciones y las expulsiones. Para quiénes, en cambio, quieran ver el simulacro, habrá el nuevo museo. Esperemos que por lo menos expongan un vecino momificado, a lo mejor sentado en la puerta tomando la fresca. Así alguien recordará, al visitarlo, que lo que había que preservar, antes que cuatro paredes y ocho casas, era un barrio entero, su gente, su socialidad, su vida a pie de calle – y por supuesto, su lucha.

Col·lectiu Repensar Bonpastor
Novembre 2018

 

 

 

 

 

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