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HUELE A CAPITALISMO

Pareciera que los habitantes de las ciudades actuales vivimos en paisajes sensoriales insulsos donde el olfato parece haberse convertido en un sentido casi inútil. Desde finales del siglo XVIII las ciudades europeas han sufrido procesos de higienización que incluían la eliminación de las fuentes físicas y humanas de olor. Hemos llegado a tal nivel que decir que una cosa huele implica metonímicamente decir que huele mal.

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Barcelona, como todas las ciudades globales, es una ciudad que se presenta como desodorizada. Mírame pero no me huelas. Para comprobar si efectivamente las ciudades se han convertido en espacios desodorizados, os invito a dar un paseo atento por cualquier parte de Barcelona. Si cerráis los ojos, seguramente os daréis cuenta de los rastros olorosos que van dejando a su paso muchos peatones. Perfumes, cremas, after shaves, desodorantes y otros potingues corporales directamente aplicados sobre el cuerpo se unen a las fragancias con “olor a limpio” u “olor a fresco” de los jabones y suavizantes utilizados para limpiar y perfumar la ropa. ¿Os habíais parado a pensar como de extraño es eso del olor a limpio? ¿A que huele, por ejemplo, la “frescura azul”? ¿Y la “floral”? Da vértigo comprobar el grado de mercantilización y regulación de los olores corporales a que hemos llegado nuestra sociedad. Por supuesto, los olores de las mujeres están más sujetos a control y regulación que los de los hombres. Sólo hace falta ver los anuncios de desodorantes y perfumes vaginales. Curiosamente, los penes parecen no oler. Calificar ciertos cuerpos como malolientes es un mecanismo muy conocido de disciplinamiento corporal al servicio de procesos de clasificación social. De hecho, no evitamos aquellos cuerpos que huelen mal, sino que utilizamos su supuesto mal olor para justificar procesos de evitación social.

Los humos de tubos de escape de los coches, la contaminación, las flores, la suciedad de la calle… todo forma una nube indefinida de olores que nos rodea constantemente en las ciudades. De hecho, en las grandes metrópolis estamos constantemente rodeados de ruidos, olores y otros estímulos sensoriales, que solo se convierten en perceptibles cuando hay cambios en su composición o intensidad. Para hacer frente a esta sobrecarga de los sentidos, el sujeto urbano necesita desarrollar procesos de habituación sensorial. Por este motivo gran parte de los paisajes olfativos urbanos acaban convirtiéndose en imperceptibles para sus habitantes.

Cada vez hay también más aromas intencionalmente vertidos al espacio público para estimular el consumo a través de la generación de apetencias de manera inconsciente. A los olores de pan recién hecho que salen de los hornos se han unido en la actualidad un montón de otros olores-mercancía, como son las fragancias que expulsan a la calle las tiendas de moda de ciertas cadenas, las perfumerías o los aromas que se escapan a veces de los halls de hoteles de lujo que han incorporado ciertos olores de diseño como parte de su branding. Todos estos olores pueden llegar a ser realmente intensos, pero en general no parecen despertar mayores problemas ni ser objeto de queja. El marketing olfativo que asigna olores a espacios, productos y experiencias es vital en el proceso de conversión del olor en una mercancía más.

El branding olfativo también ha llegado a la “marca Barcelona”. A pesar de que la visualidad es central para los actuales procesos de iconización y marketing de las ciudades, Barcelona fue pionera en tratar de incorporar a su marca también una parte olfativa. El mejor ejemplo es el regalo navideño que el exalcalde Jordi Hereu hizo el 2001 a algunas personalidades de la ciudad: Barcelona Olores, una caja con un libro y ocho pequeños tarros con las esencias supuestamente más representativas de Barcelona, entre las cuales se encontraban el olor de seis espacios emblemáticos de la ciudad (el mercado de la Boqueria, Montjuic, las Ramblas, la Barceloneta, la basílica de Santa María del Mar y la Casa Batlló), así como de dos productos gastronómicos (cava y pan con tomate). Tanto los lugares escogidos como las fragancias supuestamente representativas de la ciudad refuerzan la imagen proyectada y profundamente sesgada de una ciudad mercancía para el mercado financiero y turístico global. Los olores de los espacios donde se desarrolla la cotidianidad de la mayor parte de quienes habitamos Barcelona se mantienen convenientemente fuera de la marca Barcelona, como si los olores del barrio, de la vida de calle, de las escaleras de vecinos y patios interiores, de las plazas abarrotadas en los barrios populares, afearan la marca Barcelona y disminuyeran por tanto el potencial de venta de la ciudad.

En Barcelona, como otras muchas ciudades que aspiran a continuar siendo globales, nos encontramos con procesos de expulsión del entorno urbano de aquellos aromas menos manipulados (sudores y otros olores del cuerpo humano, de frutas y comidas, etc.) que buscan ser sustituidas por olores fuertemente dirigidos y mercantilizados. El neuromarketing hace tiempo que salió a las calles y ahora mismo el olor es también un instrumento para la conquista sensorial del espacio público urbano. En Barcelona huele a capitalismo. Sigue leyendo

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De manteros y skates u otros surrealismos urbanos

La pista de skate instalada por la empresa  California Skateparks | Foto: OACU

La pista de skate instalada en el Passeig de Borbó por la empresa California Skateparks y promovida por el Ajuntament de Barcelona | Foto: OACU

por Giuseppe Aricó y José Mansilla (OACU)

Decía Althusser que la lucha de clases no se produce únicamente en la esfera productiva, la tan manida infraestructura de la sociedad, sino también a nivel supraestructural, es decir, disputando la ideología o ideologías. En esto se acercaba a Gramsci y al concepto de hegemonía y por eso él mismo presentaba su labor filosófica como lucha de clases en la teoría. Es de esta forma que podríamos entender el concepto de espacio público, así como su disputa, pues pertenece a un ámbito de lucha que podríamos denominar ideológico.

Mediante este enfoque, además, es posible entender la importancia destacada que obtiene en los discursos oficiales y técnicos relativos a la ciudad y los intentos de rebatirlo por parte de algunos sectores políticos activistas y académicos. Y es acercándonos al mismo como podríamos aprehender en su totalidad la actuación que en la últimas horas ha llevado a cabo la Guardia Urbana en el entorno del Puerto y la Barceloneta, a mandato del actual Ajuntament. Sirva así el siguiente relato etnográfico de emergencia para ilustrar la disputa por dicho concepto.

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Carteles de la campaña institucional del “tu-jo” | Foto: OACU

Son las 12.41 h. de la mañana, acabamos de pasar por el Passeig Juan de Borbó, el Excelentísimo Comes Barcinonae, y la cosa es peor de lo que habíamos imaginado. La pista de skate sólo ocupa una pequeña parte del Passeig, en el centro del mismo, y es muy reducida si la comparamos con la parte privatizada del Port Vell. Hay una fuerte presencia de lecheras que, parece ser, se quedarán aquí hasta las 19.30 h., según nos informa el mosso al mando de una operación a la que podríamos denominar de actividad lúdica y de calidad para todos y todas, siguiendo el estilo narrativo municipal.

Algunos efectivos van armados hasta los dientes. Todo el Passeig es una fiesta de turistas que deambulan en armonía y serenidad, andando o recorriendo la calle con seagways, patines, bicis “guay”, rickshaw, etc. Cualquier tipo de  palo de la luz o poste ha sido aprovechado para instalar parte de la campaña institucional del Ajuntament que, entre otras cuestiones, contempla una acción contra al top manta: sí, esa del “Tu-Jo”. Mientras, los pájaros cantan y los yates de millonarios internacionales descansan dentro de un puerto ya  inexpugnable juntos a los Ferraris de alquiler con las cuales celebrar ostentosas despedidas de solteros.

Lo que resulta aún más curioso es que hasta la misma hora, las 19.30 h., se quedarán en la zona algunos chiringuitos hypermolones de zumos o frutas biodinámicas y saludables. Son chiringuitos desplazables, o sea ambulantes,  pero “legales”, claro. Intentan vender vasos de fruta por 2,50 euros y consiguen hacerlo: atienden a los turistas -que están encantados de saborear fresh-local-fruit (sic.)- con una camiseta que pone “I Love Barcelona” y muestra un corazón rojo enorme. Estos chiringuitos móviles están, a esta hora, en el tramo que va de un lado al otro del Museu d’Historia de Catalunya, justo tras los puestos de los artesanos “legales”, esos que compran al por mayor en la India o Bangladesh y luego lo venden a los turistas despachándolo como artesanía local.

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Chiringuitos ambulantes de venta de fruta “biodinámica” | Foto: OACU

Unos minutos después, los chiringos de fresh-local-fruit siguen desplazándose sobre ruedas a lo largo y ancho del Passeig como abejas de flor en flor. Desde luego, la posición es estratégica de cara a evitar la presencia del top manta. Sus movimientos coordinados resultan ideales y cuentan con el vistiplau de la Guardia Urbana, a cuyos agentes regalan vasitos de fresh-local-fruit para agradecerles su dura labor.

Pero lo más esperpéntico es que ese mismo tramo está vallado por ambos extremos, con rejas puestas bajo vigilancia por personal de seguridad de la empresa Prosegur. Éstos abren y cierran las vallas a discreción de la Urbana, que está ahí al lado vigilando. Mientras tanto, los “manteros” se sientan, sin mercancía ni bultos, divertidos y perplejos a la sombra de los árboles bromeando, mirando y comentando entre ellos. Preguntados sobre lo surrealista de la situación , nos responden: “Esta vez no nos dejan y no pasa nada,  pero aquí nos quedamos, a ver si por lo menos podemos tomar la sombra…”.

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Una de las vallas vigiladas por PROSEGUR en uno de los extremos del Museu d’Historia de Catalunya| Foto: OACU

Así, cuando el primer Teniente de Alcalde del Ajuntament de Barcelona, Gerardo Pisarello, se felicita por una operación que, supuestamente, “ha evitado que se cometa un uso abusivo de la venta ambulante ilegal en la zona y se recupere el uso vecinal”, obviando, entre otras cuestiones, la privatización parcial del Port Vell o el hecho de que asociaciones de vecinos y vecinas, como L’Òstia, no han apoyado dicha intervención, está trasladando una contienda entre clases a la esfera de las ideas. Infraestructura y superestructura aparecen, así, unidas íntimamente y reflejadas en el contexto urbano de la Barcelona contemporánea.

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La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

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El nuevo milagro de Christo: la turistificación del Lago de Iseo y la multiplicación de las ganancias.

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Proyecto de The Floating Piers, conocida como “La pasarela de Christo” |Foto: André Grossmann

Entrada disponible también en italiano

Giuseppe Aricó (OACU) y Rocco Monella (Investigador independiente)

Desde hace algunas semanas, el Lago de Iseo, en Lombardía (Italia), ha pasado de una notoriedad limitada a los entornos de las provincias prealpinas, a ser una localidad bajo los reflectores de los grandes medias internacionales. Todo ello ha sido posible gracias al mega-proyecto The Floating Piers (en castellano, “los muelles flotantes”), obra del artista estadounidense de origen búlgaro Christo Vladimirov Javacheff, en arte Christo. Ésta consiste en la instalación de una pasarela peatonal que se extiende sobre el agua unos 4 kilómetros y que permite al visitante andar –literalmente- por encima del lago.

La pasarela, que ve desfilar a centenares de miles de personas desafiando el bochorno veraniego, atraviesa el lago por el trecho más corto: el que desde la localidad Sulzano llega al municipio de Monte Isola y, desde ahí, se prolonga hasta el islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta, una de las principales productoras de armas a nivel mundial. Pese a las largas y extenuantes colas, numerosos visitantes han continuado acercándose a esta región lacustre, ubicada entre las provincias de Bergamo y Brescia, la cual ha quedado prácticamente blindada e inaccesible para los vehículos de los no residentes en la zona. Sólo autobuses, lanzaderas o trenes organizados permiten acceder a las localidades costeras desde las cuales salir para alcanzar, de diferentes maneras, la pasarela.

Ahora bien, no nos detendremos aquí a calificar el valor artístico de la obra: cada cual tiene su gusto y sentido del arte. Creemos que puede ser más útil, en cambio, realizar una reflexión sobre su significado económico, y por lo tanto político, sobre todo a raíz de las consideraciones surgidas, desde diferentes partes y con más o menos espíritu crítico, durante estos últimos días. Si bien el mismo Christo se ha mostrado preocupado, en varias ocasiones, por aclarar que todos los componentes de la pasarela respetan el impacto medioambiental, la petulancia y la ambición con la cual el artista prometió mesiánicamente hacernos “caminar sobre el agua” hacían prever que, consideradas la extensión y las infraestructuras de la región, el flujo de personas no sería sostenible a nivel no sólo ambiental, sino sobre todo humano.

Es así que, mientras hacen cola bajo el sol, muchas personas comienzan a sentirse mal y, a menudo, el cansancio y el estrés acumulado llegan a producir brotes de mal humor y falta de lucidez entre los impacientes visitadores. Hace apenas unos días, en el principal y filoclerical periódico bergamasco, L’Eco di Bergamo, un voluntario de la Cruz Roja criticaba tajantemente la falta de “sentido común” que, a su parecer, caracterizaba a muchísimas personas que visitaban la obra, hacia la cual –a pesar de todo- no se mostraba ideológicamente contrario:

“[..] he llegado aquí, como muchos otros colegas enviados desde media Lombardía, para echar una mano y apretar muchas. Ya no recuerdo cuanta gente he socorrido, cuantas pasiones he vivido, cuantas informaciones hemos dado: lo más divertido ha sido cuando nos preguntaron si desde Monte Isola era posible ir en bus a Iseo. No, señor con panamá de faja azul, lo siento: ¡puede preguntar a cualquiera, pero puedo asegurarle que realmente no es posible! […] Muchísimas personas se sienten mal y todas están rigurosamente sin sombrero; bebés en brazos de desgraciados papás bajo el sol y mamás ausentes, más atentas a buscar la mejor pose para ‘postear’; abuelas a punto de entrar en el geriátrico que se desmayan tras pocos centenares de metros; hombres y mujeres recientemente operados del corazón, con marcapasos cardiacos a la vista; algunos que acaban de sufrir un ictus, otros con prótesis de piernas o traumas varios”.

Gran afluencia de visitantes en la “Pasarela de Christo” | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Gran afluencia de visitantes en la pasarela | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Y es así que, desgraciadamente, el pasado sábado 25 de junio, ocurrió una tragedia: debido a un malestar imprevisto, una chica de 27 años cayó al agua y murió, a pesar de que, en una situación tan delirante como ésta, los primeros auxilios intervinieron rápidamente. Decenas de personas se desmayan cada día, decenas las que necesitan asistencia médica, así como decenas y decenas son las discusiones entre las personas que esperan en la cola su turno para acceder a la pasarela o para subirse a una lanzadera que les permita salir de la zona roja. Decenas son, por lo tanto, también las Fuerzas del Orden, llegadas desde numerosas localidades lombardas, ya que pequeños núcleos como Monte Isola, Iseo e Sulzano –que juntos suman menos de 14.000 habitantes- no disponen del personal necesario para gestionar el vaivén cotidiano de tantas miles de personas.

Por otro lado, tal y como declaraba el mismo voluntario de la Cruz Roja, las personas de paso comen, beben, producen basura, necesitan servicios higiénicos y papeleras: los primeros impracticables y las segundas prácticamente inexistentes. Con respecto a las primeras dos funciones, las que garantizan fáciles ganancias, resultarían profundamente significativas las observaciones de un voluntario, según el cual, muchos comerciantes habrían hecho su agosto gracias a este imprevisto y desproporcionado proceso de turistificación del lago.

Sin embargo, el impacto del mismo habría favorecido, directa o indirectamente, también a aquellos pequeños y grandes comerciantes que han aprovechado la ocasión para especular de forma claramente fraudulenta: “[…] vender una botella pequeña de agua a 2 euros, o incluso a 2,50 euros, es vergonzoso y sin un mínimo de ética comercial. Me he informado yo mismo: el coste para el comerciante es de unos 10-12 centavos por botella, dependiendo del número de piezas, o incluso menos. […] Y también bocadillos con una penosa porción de salchicha por 4 euros cada uno… Todo ello no deja recuerdos positivos”.

En cambio, respecto a las otras dos funciones, esto es, la eliminación de residuos o la provisión de servicios higiénicos, los gastos están a cargo del erario público, así como lo están los gatos de logística, de gran parte del personal de vigilancia, de las fuerzas del orden, de los transportes, etc. Un inciso: los costes necesarios para el diseño, la elaboración e instalación del mega-proyecto, que juntos suman un total de 15 millones de euros, habrían sido integralmente financiados por el mismo Christo, es decir, estos elementos no habrían implicado ningún coste a las administraciones locales.

En otras palabras, el evento sería un inmejorable ejemplo de aquella antigua, pero aún muy en boga, práctica que exige privatizar las ganancias y socializar las perdidas. En principio este aspecto no representaría ninguna novedad –diríamos-, pero sorprende que centenares de miles de personas parecen no mostrarse mínimamente preocupadas por este tipo de cuestiones, así como asombra el hecho de que casi nadie haya levantado la voz para criticar una serie de fenómenos aún más graves. Quizás podríamos reconsiderar la verdadera finalidad de esta gran instalación haciendo hincapié en las reflexiones avanzadas por el economista José Manuel Naredo sobre la “naturaleza perversa y meramente extractiva de los mega-proyectos”:

“La creencia de que la actividad económica está regida por la producción y el mercado induce a presuponer, de entrada, que apunta a fines utilitarios buenos de por sí y a cubrir demandas insatisfechas. Presupone también que las empresas trabajan para fabricar y vender bienes y servicios socialmente útiles. La gente no llega a entender que es justo esa la ideología económica dominante de la producción y del mercado la que encubre la naturaleza meramente extractiva de los megaproyectos y el manejo meramente instrumental de las empresas que colaboran en el empeño. Pues el objetivo de producir bienes y servicios o de cubrir demandas insatisfechas, deja de ser la finalidad del megaproyecto, para convertirse en mero pretexto justificador del mismo que oculta su verdadera finalidad, a saber: el latrocinio extractivo directo, en alguna de sus fases de desarrollo, asociado a la obtención de concesiones, de reclasificaciones de terrenos y/o al manejo de abultados presupuestos aportados o avalados por el Estado o sufragados por amplios colectivos de accionistas, usuarios o contribuyentes. Pues bajo el paraguas ideológico de la producción, se oculta un juego de suma cero, en el que el lucro y las plusvalías obtenidos por algunos, han de acabarlos pagando otros”.

Desde esta óptica, la mera presencia de una obra de arte –es decir, algo que nadie se atrevería a cuestionar puesto que cualquier expresión de rechazo implicaría automáticamente ponerse en contra de lo que la sociedad fetichiza como “Arte” o “Cultura”, en mayúsculas- es exactamente el pretexto que justifica y permite, en tiempos más o menos breves, la potencial revalorización del territorio en pos de los intereses privados del Capital inmobiliario, turístico, hotelero, etc.

En el caso específico de la pasarela di Christo, el método extractivo, considerado aparentemente exento de riesgos sobre todo por parte de las administraciones locales, funcionaría de manera mucho más simple de lo que pueda parecer. Éste consistiría en la atracción de ingentes porciones de visitantes para convertirlos, literalmente, en consumidores o clientes –que no en usuarios– de un “espacio público” que, debido precisamente a la presencia del Arte, se presume dotado de una mayor calidad y exclusividad. Un espacio público consustancialmente etéreo y armónico, por el cual los visitantes deambularían serenos en pos de una fantasmagórica igualdad de clase y, sobre todo, al amparo de la misma libertad que define las actuales leyes de mercado.

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

Tal y como declarara el mismo Christo durante la presentación del mega-proyecto, celebrada en Roma el pasado abril en el marco del Maxxi, los visitantes podrían “recorrer el muelle en total libertad, a lo largo y ancho de su extensión total, sin límites, porque no habrá un solo acceso vinculado con una dirección a seguir”. Es suficiente pensar que, a pesar de los difíciles trámites burocráticos y los innumerables permisos solicitados, el islote del fabricante de armas Beretta –espacio inalcanzable por los comunes mortales- ha sido finalmente incluido como parte integrante de la instalación y convertido, estratégicamente, en el principal punto de atracción de la obra. Un detalle que merece ser tomado especialmente en cuenta si consideramos la publicidad indirecta que la instalación artística ha ofrecido a la gran compañía de armas.

No es casual, además, que no sólo muchos comerciantes, sino también numerosos constructores de la zona –más o menos responsables de cierta especulación inmobiliaria- auspicien que la experiencia se traduzca en grandes negocios, apostando por un incremento sustancial del “turismo de calidad” catapultado directamente desde otras ciudades ya ampliamente turistificadas, como las cercanas Milán y, en particular, Venecia. En efecto, la reciente y masiva llegada de un número incontrolable de turistas, de famosos y/o millonarios internacionales deseosos para comprar o construir sus mansiones en las colinas que se levantan alrededor del lago, así como la rápida proyección a escala global de la pasarela, serian sólo algunos de los síntomas inequivocables de un demencial y, a la vez, imparable proceso de mutación socio-espacial del territorio lacustre.

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

Se trata, con toda probabilidad, de un proceso momentáneamente silencioso que se impone sobre el espacio físico y social de forma casi homeopática, pero que, al mismo tiempo, es profundamente violento. Un proceso intrínsecamente determinado por una larga serie de dinámicas socio-económicas de carácter global y que, sin embargo, se reproducen localmente con el riesgo de barrer del territorio lacustre todo lo que en él se encuentra actualmente: las áreas forestales, las tabernas de pescadores, los círculos asociativos locales y, mucho más temprano de lo que se pueda imaginar, los habitantes “de toda la vida” de Sulzano, Iseo y Monte Isola.

Conste que no hay nostalgia en estos párrafos: sencillamente, a la luz de los tiempos que vivimos y a partir de los supuestos que se acaban de analizar –los cuales se ven respaldados por la mala gestión de la pasarela-, parece improbable que ese mega-proyecto haya sido gestionado en orden a generar un actividad económica realmente relevante para las comunidades locales, además de ser capaz de devolver al público lo que el público pierde a causa de las infraestructuras y el soporte económico y humano que debe proporcionar. Sin embargo, será sólo a partir de la próxima semana, es decir, una vez desmantelada la instalación, que podremos realmente empezar a comprender cuántos y cuáles han sido y serán los beneficiarios de este nuevo gran “milagro” de Christo. Un milagro que, al fin y al cabo, turistificando el entorno y multiplicando las ganancias, pretende únicamente convertir un territorio ya de por si exclusivo –y por lo tanto excluyente- en un nuevo “espacio público de calidad”, esto es, devotamente consagrado al turismo de masa, al ocio y al consumo visual.

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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Elogi del senglar urbà i proposta de tòtem per Barcelona

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Senyal al barri de La Floresta en San Cugat del Vallés (Barcelona)| Foto: OACU

Missatge enviat a l’OACU en ocasió de l’abatiment d’un senglar al districte de Les Corts el 2 d’abril de 2013

per Manuel Delgado (OACU)

Com sabeu, un porc senglar va morir ahir al vespre com sols dir-se “en estranyes circumstàncies”. El va abatre un mosso d’esquadra a trets de pistola a la cruïlla Numància-Tarragona, és a dir davant l’estació de Sants, en un incident en el que va resultar ferit un altre mosso per culpa d’un dispar mal apuntat. La qüestió no té res d’anecdòtica. El fet que una bestia salvatge visqui tant a prop nostre, en un parc metropolità, i que visiti de manera regular la porta de les nostres llars ja és de per si un petit miracle que ens ha de fer pensar en les paradoxes que provoca de vegades la vida urbana, permetent aquesta metàfora  perfecte del làbil dels límits entre natura i cultura i, més en concret, entre salvatge i domesticat. Una metàfora també sobre tot de nosaltres mateixos, de tots aquells i aquelles que ens sentim solidaris amb aquests animals perquè volem creure que també en nosaltres resta alguna cosa bàrbara i elemental,  i el problema és que, com ells, al capdavall hem de fer-nos passar per “civilitzats” perquè alguna cosa s’ha de menjar.

Que un d’aquestes feres ferotges –con la de la cançó de l’Ovidi– hagi arribat al cor de la ciutat també és una metàfora. Ell és l’avançada i ens anuncia: “Ja som aquí;  no hem vingut a visitar-vos, sinó a buscar-vos i portar-vos de retorn; hem arribat a rescatar-vos de la merda de vida que porteu; a excitar les vostres ganes d’assilvestrar-vos el dia menys pensat i sense avisar; a que torneu amb nosaltres al bosc que tant enyoreu, perquè és la vostra veritable llar”. Per això també la mort d’aquest animal –avantguarda d’una invasió que ens espera i que esperem– és una metàfora trista i ben literal de com temem les nostre autoritats no que ens aneguin bestioles selvàtiques, sinó que nosaltres mateixos ens hi tornem. Perquè ells saben o sospiten que en realitats tots som senglars. Que el responsable de l’assassinat –perquè el senglar mort no és que fos un humà; és que era un príncep: la Bèstia del conte– hagi estat un membre de la policia de la Generalitat de Catalunya també és una al·legoria perfecte d’un sistema polític, social i econòmic que odia la independència que aquell animal encarnava.

Segurament no sabrem mai que és el que ha passat aquesta nit. No és la primera vegada que els porcs senglars apareixen pels carrers de la ciutat. Fins ara el que s’havia fet és avisar a especialistes que disparaven dards als animals per a dormir-los i els tornaven a la serra o els mataven en condicions. Quan fa no gaire una manada sencera es va plantar a les portes de La Reina d’Àfrica, a un pas de Lesseps, la Guàrdia Urbana va tenir la paciència d’anar empenyent-la cap a Collserola durant hores. La mort d’una peça de caça major com aquesta pot ser pertinent a mans de caçadors experts amb armes adequades, com poden ser escopetes o fins i tot fletxes. Però matar un senglar a trets de pistola  al mig de la ciutat…! No m’és difícil imaginar-me l’escena d’un cotxe patrulla de mossos que es troba amb un senglar i decideix liquidar-lo de qualsevol manera, com si fos un gos rabiós i qui sap si mig per diversió.

El resultat és el nyap que hem vist, un nyap tràgic per l’animal, que a punt ha estat de resultar-ho també per un dels policies i qui sap si per algú que passava per allà. I no sols per les bales, sinó per la reacció d’un animal ferit per un arma que no és que sigui precisament de caça. El conseller Espadaler acaba de declarar que els senglars no són un problema menor per Barcelona; jo crec que el que no és un problema menor són alguns mossos d’esquadra i un govern com el que tenim. Reconec que em fascinen aquestes bèsties. He passat i passo hores senceres esperant-los més que buscant-los al bosc. És cosa de  trobar un punt qualsevol de la serra de Collserola, introduir-te al bosc, apostar-te a una clariana i romandre quiet fins que apareguin. Tard o d’hora surten d’entre l’espessor i la foscor, s’aturen davant teu i se’t queden mirant fixament, tranquils i altius, com si et saludessin sabent que ets un dels seus. Després desapareixen igual que han aparegut: majestuosos, superbament  indiferents.

Barcelona necessita un tòtem. Si més no la Barcelona salvatge, la que no entén que hi ha de dolent en que les ciutats siguin una jungla o al menys un bosc. Per no oblidar-ho, caldria fer insígnies i estendards, banderes i fulards, amb la silueta d’un porc senglar, convertit per a nosaltres, com per els pobles salvatges, en símbol de la ciutat que resisteix i que es proclama, de tant en tant, furiosa i digne. De fet, ja hi ha precedents: la d’aquell grup de veïns de La Floresta que baixaren a les manifestacions del 15M amb una pancarta amb un senglar dibuixat. I si cal matar-los, fem-ho com correspon matar un animal diví, un deu; amb ritual i respecte, i demanant-li perdó. Després, menjaríem les seves carns en grans o petits festins ciutadans per a que l’animal caçat ens infongués la seva força, el seu orgull i, per sobre de tot, el seu amor per la llibertat.

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El poder simbólico del discurso y las omisiones de clase

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

por Juliana Marcús (OACU)

A 100 días del inicio de la gestión del presidente argentino Mauricio Macri, su par estadounidense Barack Obama visitó el país por primera vez. Su llegada ha causado cierto malestar entre algunas agrupaciones civiles, políticas y de derechos humanos porque, entre otras cuestiones, coincidió con la conmemoración de los 40 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Durante el encuentro, que mantuvieron en conferencia de prensa el pasado miércoles 23 de marzo, debatieron sobre política exterior, el reciente atentado a Bruselas, educación, desarrollo y ciencia y tecnología, entre otros temas.

A horas de cumplirse un nuevo aniversario del golpe militar, Mauricio Macri hizo mención a la desclasificación que Estados Unidos realizará de los archivos vinculados a la última dictadura argentina, que describió como “la época más oscura de nuestra historia”, pero no hizo una sola mención al terrorismo de Estado, a la desaparición forzada de personas, a la desindustrialización sostenida, a la recuperación de la memoria, la verdad y la justicia. Más allá de esta omisión, que considero inadmisible puesto que constituye una “omisión de clase” en plena regla, mi intención en este texto es centrarme en otro encuentro que se llevó a cabo horas después: me refiero al que se dio entre las primeras damas Juliana Awada y Michelle Obama en el marco de la iniciativa Let Girls Learn (Dejen aprender a las jóvenes) cuyo ambicioso objetivo es que en los próximos 70 años todas las niñas del mundo puedan acceder a una educación  formal.

Lo primero que quiero destacar es el lugar donde se realizó el encuentro: el Centro Metropolitano de Diseño (CMD) ubicado en el barrio porteño de Barracas, al sur de la ciudad. El CMD forma partedel Distrito de Diseño, una iniciativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que tiene por finalidad consolidar el estatus de Buenos Aires como Ciudad UNESCO de Diseño. El plan se inscribe dentro de una propuesta más amplia que apunta a “revitalizar” y “renovar” la zona sur de la ciudad, tal como la retórica urbanista la presenta e incluye inversiones de capitales públicos y privados en los barrios de La Boca (Distrito de Las Artes, Usina del Arte, Paseo de Las Artes, saneamiento del Riachuelo, Fundación Proa), Parque Patricios (Distrito Tecnológico) y San Telmo (Distrito de Las Artes y renovación urbana del Casco Histórico).

Quiero detenerme en la expresión “revitalizar el sur” puesto que es muy utilizada por los agentes públicos y desarrolladores privados para definir acciones que impulsen la “renovación” urbana y cultural de áreas relegadas de la ciudad. Esta expresión invisibiliza los modos del habitar que ya existen en los barrios del sur o en otras zonas degradadas como si se tratara de un espacio “sin vida”, abandonado y en desuso. En definitiva, la práctica y los discursos urbanísticos niegan y suprimen los usos, las lógicas urbanas y las relaciones sociales que se desarrollan en estas áreas y pretenden incidir en lo urbano, es decir, en el espacio vivido, en términos de Lefebvre. Este centro de diseño se encuentra apenas a ocho cuadras de la villa miseria 21-24, la más poblada de la Ciudad de Buenos Aires. Y, sin embargo, no hubo una sola adolescente de la villa presente en la conferencia de Michelle Obama. Volveré sobre esto más adelante.

Lo segundo que quiero resaltar es el discurso de Juliana Awada para presentar a Michelle Obama ante un auditorio repleto de mujeres adolescentes. Fueron apenas tres minutos pero los suficientes para ejercer lo que Pierre Bourdieu llamó “poder simbólico”. Por tomar sólo un ejemplo, Awada comenzó su presentación leyendo: “Cuando uno quiere curar enfermos, estudia medicina. Cuando uno quiere construir una casa, estudia arquitectura, ¿no? Pero cuando una elige acompañar a su marido en una tarea con tanta responsabilidad como es ser Presidente, una no estudia para ser Primera Dama.” El poder simbólico de este discurso radica en conservar e inmovilizar las clasificaciones del mundo social. Se trata de un poder invisible que se ejerce con la complicidad de aquellos que lo legitiman de modo que el poder es reconocido cuando se desconoce su arbitrariedad, aquello que Bourdieu denominó reconocimiento por desconocimiento.

Las palabras de Awada otorgan a la mujer un lugar de “acompañante” y de “sostén” del varón que reproducen cliches del tipo “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, y con ello los más rancios estereotipos de género que los movimientos feministas vienen cuestionando y combatiendo desde hace décadas. Considero que estos movimientos  están en condiciones de destruir este poder de imposición simbólica desde el momento en que toman conciencia de lo arbitrario. A diferencia del discurso ortodoxo, el discurso heterodoxo encierra un poder simbólico de movilización y subversión del orden establecido como natural.

Me gustaría enfatizar la contradicción producida entre el tema de la conferencia y el público que la escuchaba. Michelle Obama disertó sobre la desigualdad en el acceso a la educación de las mujeres, pero las jóvenes estudiantes que fueron invitadas al CMD eran de sectores medios y altos, la mayoría vestidas con uniformes de colegios privados de la Ciudad de Buenos Aires y con sus iPhones en mano. Estas jóvenes son quienes, generalmente, reproducen esa desigualdad y diferencia de clase. No había una sola adolescente de los denominados sectores bajos y populares, muchas de ellas expulsadas del sistema educativo, porque sencillamente no fueron consideradas ni invitadas. Me atrevería a decir que más que una contradicción se trató de un claro ejemplo de habitus de clase: Awada y sus asesores y asesoras probablemente no se hayan dado cuenta de tremendo descuido puesto que desde sus marcos de percepción es impensable la presencia de esas chicas en ese espacio.

Por último quisiera destacar que durante los veinte minutos del discurso de Michelle Obama su leitmotiv fue Yes you can! Con frases como “Mis padres no tenían estudios universitarios, pero me enseñaron que podría lograr lo que fuera si me esforzaba y estudiaba”, “empecé a pensar en mi capacidad de alcanzar mis propios sueños” o “gracias a mis estudios tuve oportunidades”, la primera dama estadounidense aludió constantemente a la voluntad individual como único y principal camino para combatir las desigualdades sociales y omitió decir que son los Estados los que deben garantizar el derecho al acceso igualitario a la educación.

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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Lo urbano como fogón de brujas

Vaga general de Barcelona en 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Vaga general en Barcelona, 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Texto originariamente publicado como prólogo al libro Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales (Pol·len, Edicions, 2015).

por Manuel Delgado (OACU)

 

“Lo urbano se alza así como horizonte, forma y luz (virtualidad que ilumina) al mismo tiempo que como práctica en marcha, como fuente y fundamento de otra naturaleza, de una naturaleza diferente de la inicial […]. La problemática urbana se anuncia. ¿Qué saldrá de ese hogar, de este fogón de brujas, de esta intensificación dramática de las potencias creadoras, de las violencias, de ese cambio generalizado en el que no se ve qué es lo que cambia, excepto cuando se ve excesivamente bien: dinero, pasiones enormes y vulgares, sutilidad desesperada? La ciudad se afirma, después estalla”.
Henri Lefebvre (1976a: 114)

Este libro que ahora arranca reúne diversas evidencias de cómo las grandes dinámicas de mutación urbana son gestadas y gestionadas desde la lógica neoliberal, es decir, a partir de los principios de un capitalismo que le exige al Estado la reducción al máximo a su papel de arbitraje económico y atención pública, pero que le asigna un papel clave como su cooperador institucional, tanto por lo que hace a la represión de sus enemigos –reales o imaginados- y la contención asistencial de la miseria, como a la producción simbólica y de efectos especiales al servicio del buen funcionamiento de los mercados.

De tal alianza entre penetración capitalista y políticas públicas resulta una transformación de la fisonomía tanto humana como morfológica de muchas ciudades, consistente en favorecer la revitalización como espacios-negocio de barrios céntricos o periféricos que fueron populares, o de antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas, que se recalifican como residenciales “de categoría” o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas y cognitivas. Esos macro-procesos de transformación urbana suponen consecuencias sociales que se resumen en una ley que raras veces no se cumple: rehabilitar un barrio es inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo: reformar es expulsar.

También los casos que se nos exponen a continuación son pruebas del papel no solo de intereses económicos catastróficos y de administraciones públicas lacayas a su servicio, sino de cómo arquitectos, diseñadores y urbanistas convierten en planes y proyectos esas intenciones y cómo no faltan teóricos en condiciones de aportar altas razones para las dinámicas de destrucción y entristecimiento de la ciudades. Con ello se demuestra que Henri Lefebvre continúa teniendo razón en que lo propio de la tecnocracia urbanística es la voluntad de controlar la vida urbana real, que va pareja a su incompetencia crónica a la hora de entenderla.

Considerándose a sí mismos gestores de un sistema, los expertos en materia urbana pretenden abarcar una totalidad a la que llaman la ciudad y ordenarla de acuerdo con una filosofía –el humanismo liberal- y una utopía, que es en esencia, como corresponde, una utopía tecnocrática. Su meta continúa siendo la de imponer la sagrada trinidad del urbanismo moderno: legibilidad, visibilidad, inteligibilidad (Lefebvre 2013: 151). En pos de ese objetivo, creen los expertos que pueden escapar de las constricciones que someten el espacio a las relaciones de producción capitalista.

Henri Lefebvre durante el rodaje del programa Urbanose en 1972 | Fuente: http://ppesydney.net/

Henri Lefebvre durante una entrevista televisiva en 1970 | Fuente: http://ppesydney.net/

Buena fe no les falta, ya hacía notar Lefebvre, pero esa buena conciencia de los urbanistas, arquitectos y diseñadores agrava aún más su responsabilidad a la hora de suplantar esa vida urbana real, una vida que para ellos es un auténtico punto ciego, puesto que viven en ella, pretenden intervenirla e incluso vivir de ella, pero no la ven en tanto que tal. Esos tecnócratas –tecnócratas de la ciudad- hablan de espacio, pero en realidad están pensando en suelo, puesto que ese espacio que creen que ordenan acaba tarde o temprano convertido en espacio en venta. Es un espacio vacío y primordial, neutro, en condiciones de recibir contenidos fragmentarios y disjuntos. Es, por definición, el espacio de las clases medias, precisamente porque ellas también son o quisieran ser neutras y encuentran o creen encontrar en ese espacio “un espejo de su ‘realidad’, de representaciones tranquilizantes, de un mundo social en el que han encontrado su lugar, etiquetado, asegurado” (Lefebvre 2013: 356), aunque es verdad que ese es solo un efecto óptico, la consecuencia ilusoria de que esas clases medias han sido objeto al brindársele un falso alivio para unas aspiraciones que la realidad nunca satisfará.

Para Lefebvre, tanto el urbanismo como la arquitectura de ciudades se han constituido en ciencia, técnica e ideología de la desactivación del espacio urbano, entendido como espacio de y para lo urbano. Recuérdese la distinción que Lefebvre (1976b: 68-69) plantea entre la ciudad y lo urbano. La ciudad es una base práctico-sensible, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí: una entidad espacial inicialmente discreta –es decir un punto o mancha en el mapa-, a la que corresponde una infraestructura de mantenimiento, unas instituciones formales, una gestión funcionarial y técnica, unos datos demográficos, una sociedad definible…

Lo urbano, en cambio, es otra cosa: no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad, como conjunto de posibilidades. La ciudad es palabra, habla, sistema denotativo. Lo urbano va más allá: no es un tema, sino una sucesión infinita de actos y encuentros realizados o virtuales, una sensibilidad hacia las metamorfosis de lo cotidiano, que le debe no poco a la sensibilidad de Charles Baudelaire a la hora de descubrir lo abstracto y lo eterno en los elementos más en apariencia banales de la vida ordinaria, la proliferación en ella de todo tipo de proyecciones e imágenes flotantes.

La vida urbana –lo urbano como forma de vida- “intenta volver los mensajes, órdenes, presiones venidas de lo alto contra sí mismas. Intenta apropiarse el tiempo y el espacio imponiendo su juego a las dominaciones de éstos, apartándoles de su meta, trampeando… Lo urbano es así obra de ciudadanos, en vez de imposición como sistema a este ciudadano” (Lefebvre 1978: 85). Lo urbano es esencia de ciudad, pero puede darse fuera de ella, porque cualquier lugar es bueno para que en él se desarrolle una sustancia social que acaso nació en las ciudades, pero que ahora expande por doquier su “fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes intereses económicos difícilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana…” (Ibíd.: 99).

Lo urbano es lo que se escapa a la fiscalización de poderes, saberes y tecnologías que no entienden ni saben qué es lo urbano, puesto que “constituye un campo de visión ciego para aquellos que se limitan a una racionalidad ya trasnochada, y así es como corren el riesgo de consolidar lo que se opone a la sociedad urbana, lo que la niega y la destruye en el transcurso del proceso mismo que la crea, a saber, la segregación generalizada, la separación sobre el terreno de todos los elementos y aspectos de la práctica social, disociados los unos de los otros y reagrupados por decisión política en el seno de un espacio homogéneo” (Lefebvre 1976b: 71).

No obstante los ataques que constantemente recibe lo urbano, y que procuran desmoronarlo o al menos neutralizarlo, éste –sostiene Lefebvre- persiste e incluso se intensifica: “Las relaciones sociales continúan ganando en complejidad, multiplicándose, intensificándose, a través de las contradicciones más dolorosas. La forma de lo urbano, su razón suprema, a saber, la simultaneidad y la confluencia no pueden desaparecer. La realidad urbana, en el seno mismo de su dislocación, persiste” (Ibíd.: 121). Es más, se antoja que la racionalización paradójicamente absurda que pretende destruir la ciudad ha traído consigo una intensificación de lo urbano y sus problemáticas.

De ello el mérito le corresponde a habitantes y usuarios que, a pesar de los envites que padece un estilo de vida que no deja nunca de enredarse sobre sí mismo, o quizás como reacción ante ellos, “reconstituyen centros, utilizan lugares para restituir los encuentros, aun irrisorios” (Lefebvre 1978: 100). Para Lefebvre, lo urbano no es substancia ni ideal: es más bien un espacio-tiempo diferencial. Lo urbano es el lugar “en que las diferencias se conocen y al reconocerse se aprueban; por lo tanto se confirman o se invalidan. Los ataques contra la urbano prevén fría o alegremente la desaparición de las diferencias” (Lefebvre, 1976a: 100). Lo urbano no es ya sino la radicalidad misma de lo social, su exacerbación y, a veces, su exasperación. Lo urbano, al mismo tiempo que lugar de encuentro, convergencia de comunicaciones e informaciones, se convierte en lo que siempre fue: lugar de deseo, desequilibrio permanente, sede de la disolución de normalidades y presiones, momento de lo lúdico y lo imprevisible (Lefebvre 1978: 106). Lo urbano es lo que aporta “movimiento, improvisación, posibilidad y encuentros. Es un “teatro espontáneo” o no es nada” (Ibíd.: 157).

Los tecnócratas urbanos creen que su sabiduría es filosófica y su competencia técnica, pero saben o no quieren dar la impresión de saber de dónde proceden las representaciones a las que sirven, a qué lógicas y a qué estrategias obedecen desde su aparentemente inocente y aséptica caja de herramientas. Están disuadidos de que el espacio sobre el que reciben instrucciones para actuar técnicamente está vacío, y se equivocan, porque en el espacio urbano la nulidad de la acción sólo puede ser aparente: en él siempre ocurre algo. De manera al tiempo ingenua y arrogante, piensan que el espacio urbano es algo que está ahí, esperándoles, disponible por completo para sus hazañas creativas. No reconocen o hacen como si no reconociesen que ellos mismos forman parte de las relaciones de producción, que acatan órdenes.

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: MArio Gaviria

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: Mario Gaviria

Frente a un control sobre la ciudad por parte de sus poseedores políticos y económicos, que quisieran convertirla en valor de cambio y que no dudan en emplear todo tipo de violencias para ello, lo urbano escapa de tales exigencias, puesto que se conforma en apoteosis viviente del valor de uso. Lo urbano es el reino del uso, es decir del cambio y el encuentro liberados del valor de cambio. Es posible que la ciudad esté o llegue a estar muerta, pero lo urbano persistirá, aunque sea en “estado de actualidad dispersa y alienada, de germen, de virtualidad. Lo que la vista y el análisis perciben sobre el terreno puede pasar, en el mejor de los casos, por la sombra de un objeto futuro en la claridad de un sol de levante…” (Ibíd.: 125). Un porvenir que el ser humano no “descubre ni en el cosmos, ni en el pueblo, ni en la producción, sino en la sociedad urbana”. De hecho, “la vida urbana todavía no ha comenzado” (Ibíd.: 127).

La colección de textos que sigue es una contribución a la defensa de lo urbano contra sus enemigos, tanto materiales –los planes y los planos- como ideológicos –los ensalmos para apaciguar las ciudades-. Son la consecuencia de experiencias implicadas no sólo en el conocimiento de la vida urbana sino también a su servicio. Todos los materiales aquí reunidos son homenaje al pensamiento lúcido de Henri Lefebvre, como explícita o implícitamente lo es todo lo que se está diciendo y escribiendo para denunciar los intentos de apagar ese fogón de brujas del que nos hiciera la exaltación.

Acredita el trabajo de la gente del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) y de amigos/as con quienes comparte teorías e impaciencias. Sabiéndolo o no, han asumido el mandato de reeditar la misma confluencia que fundó el concepto de modernidad que Lefebvre hizo suyo, una modernidad forjada en la segunda mitad del siglo XIX como una síntesis o sobreposición entre dos horizontes: el de transformar el mundo –Marx, Bakunin- y el de transfigurarlo –Baudelaire-, es decir, modificar la realidad y, al tiempo, burlarse de ella y desafiarla (Lefebvre 1971: 155-171).

En ello consistió la llamada de Lefebvre a devenir de nuevo modernos y hacerlo en una nueva clave revolucionaria, consistente en avanzar hacia lo que él llamó lo posible-imposible (Lefebvre 1972: 50-52), es decir, en huir de lo que se le opone, que es lo posible-posible –acomodarse, tomar distancias con el presente, disponer de puertas de salida o vías de escape- y hacer lo que se nos propone en este libro: proclamar una actitud, no una doctrina; convertir la desesperanza en rabia y frenesí; vivir desgarradamente la plenitud de la belleza y la urgencia de las luchas.

Bibliografía

LEFEBVRE, H. (1971 [1962]) Introducción a la modernidad, Madrid: Tecnos.

LEFEBVRE, H. (1972 [1957]) “El romanticismo revolucionario”, en Más allá del estructuralismo, Buenos Aires: La Pléyade, pp. 27-52.

LEFEBVRE, H. (1976a [1970]) La revolución urbana, Madrid: Alianza.

LEFEBVRE, H. (1976b [1972]) Espacio y política, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (1978 [1968]) El derecho a la ciudad, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (2013 [1974]) La producción del espacio, Madrid: Capitán Swing.

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