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“CUERPOS MALOLIENTES” HUELE A CAPITALISMO: SEGUNDA PARTE

A lo largo de la historia ciertos cuerpos han sido descalificados como malolientes. Los cuerpos de los mendigos, los extranjeros, los pobres, judíos, gitanos, prostitutas… todos ellos han sido en algún momento rechazados por hediondos. Apestar no sólo se utiliza para describir un aspecto físico, sino que simbólicamente alude a una supuesta impureza o suciedad moral. Decía Hitler de los judíos en su tristemente famoso Mein Kampf que “por su exterior se ve claramente que no aman el agua, y, para nuestra desgracia, frecuentemente se puede saber con los ojos cerrados. A menudo me dan nauseas con el olor de estos portadores de kaftan”. El supuesto hedor judío o foetor judaicus ha sido utilizado en diferentes momentos históricos para justificar el trato discriminatorio que se aplicaba a este grupo. Así en la Venecia renacentista, el olor contribuyó a justificar que los judios de la ciudad fueran encerrados en un gueto. El hecho de utilizar el supuesto mal olor de ciertos grupos para justificar este tipo de medidas es en realidad una inversión de la causa-efecto.

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El así llamado “Barrio de las Injurias”, en Madrid, principios del siglo XX

Me decía un amigo que había vivido en Suiza en los tiempos de la emigración española a Europa allá por los años sesenta, que entonces eran los españoles los que olían mal. Obligados a vivir hacinados en condiciones precarias, el gueto español desprendía olor a chorizo y cebolla. Décadas después estas representaciones parecían no haber existido y la convivencia con esos migrantes del sur de Europa en los paises europes como Suiza o Francia se presentaba como libre de tensiones. En 1991, el entonces alcalde de París y futuro presidente de la república francesa Jacques Chirac hizo un polémico discurso en el que, además de la ya clásica referencia acusadora a la supuesta buena vida que se ve que da vivir de las ayudas sociales, mencionaba el ruido y el olor [le bruit et l’odeur] que salían de las casas de algunos inmigrantes en Francia como un motivo que justificaba las quejas racistas de algunos.

El discurso no tiene desperdido. Entre otras cosas decía Chirac que “Puede ser verdad que no hay más extranjeros que antes de la guerra, pero no son del mismo tipo. Es cierto que había españoles, polacos y portugueses trabajando aquí, pero eso generaba menos problemas que tener musulmanes o negros”. El mal olor que se atribuía a les espagnoles desaparece de los registros sustituído ahora por el de los inmigrantes árabes y africanos. De hecho, en cada momento, los cuerpos explotados en trabajos físicamente demandantes, huelen siempre a sudor, indendientemente de lo limpios que en realidad estén, porque el olor es un marcador simbólico: oler es estar sucio, tanto física como moralmente.

No solo sus cuerpos, también sus casas desprenden (mal) olor, consecuencia de un hacinamiento que en cierta manera se presenta como buscado, ¡cómo si alguien eligiera vivir en pisos patera! Que le pregunten a mis abuelos o esos miles de personas que tras la posguerra dejaron sus pueblos para buscarse la vida en las ciudades, y que también fueron acusados de oler mal y tener piojos. La misma cantinela que algunos de ellos repiten ahora en relación a quienes vinieron posteriormente desde otras partes del mundo. Sus casas huelen (mal) porque sus costumbres son manifiestamente diferentes y hasta incompatibles. El racismo biológico clásico que operaba en base a diferencias de raza es inaceptable en la actualidad pero ha metamorfoseado sus principios básicos en un racismo cultural que en su versión menos sofisticada simplemente sustituye raza por cultura. El olor codificado como “mal olor” actúa como una marca clara de subalteridad que se aplica a quienes se construyen como culturalmente diferentes, lo que explica que los cuerpos migrantes/racializados y sus supuestas costumbres sean frecuentemente codificados como malolientes.

Curiosamente (o no tanto) también ciertas mujeres han sido acusadas de oler mal. En concreto las prostitutas se piensan como grupo maloliente. Aunque el origen etimológico de la palabra puta es discutido, un número importante de autores defienden que proviene de la palabra latina putida (podrida) ya que las prostitutas eran un grupo de mujeres identificado como maloliente por los griegos y romanos. Su mal olor indicaba no solo las condiciones físicas en las que trabajaban sino su bajo nivel social, ya que representaban hasta cierto punto lo podrido del orden social imaginado.

Los grupos malolientes cambian según las necesidades del contexto pero los mecanismos de descalificación que utilizan el olor como marca de inferioridad se mantienen. En general lo que comparten todos los grupos calificados como malolientes es su localización marginal en el orden social. Algunos están en la parte inferior de la jerarquía, otros directamente están fuera de la clasificación social. Los otros, los inferiores, los diferentes, los marginados, los excluidos, huelen.

Por Diana Mata Codesal (Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà)

Originalmente publicado en catalán para La Directa

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NUEVA PUBLICACIÓN OACU

género y producción urbana

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de | septiembre 13, 2018 · 3:50 pm

HUELE A CAPITALISMO

Pareciera que los habitantes de las ciudades actuales vivimos en paisajes sensoriales insulsos donde el olfato parece haberse convertido en un sentido casi inútil. Desde finales del siglo XVIII las ciudades europeas han sufrido procesos de higienización que incluían la eliminación de las fuentes físicas y humanas de olor. Hemos llegado a tal nivel que decir que una cosa huele implica metonímicamente decir que huele mal.

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Barcelona, como todas las ciudades globales, es una ciudad que se presenta como desodorizada. Mírame pero no me huelas. Para comprobar si efectivamente las ciudades se han convertido en espacios desodorizados, os invito a dar un paseo atento por cualquier parte de Barcelona. Si cerráis los ojos, seguramente os daréis cuenta de los rastros olorosos que van dejando a su paso muchos peatones. Perfumes, cremas, after shaves, desodorantes y otros potingues corporales directamente aplicados sobre el cuerpo se unen a las fragancias con “olor a limpio” u “olor a fresco” de los jabones y suavizantes utilizados para limpiar y perfumar la ropa. ¿Os habíais parado a pensar como de extraño es eso del olor a limpio? ¿A que huele, por ejemplo, la “frescura azul”? ¿Y la “floral”? Da vértigo comprobar el grado de mercantilización y regulación de los olores corporales a que hemos llegado nuestra sociedad. Por supuesto, los olores de las mujeres están más sujetos a control y regulación que los de los hombres. Sólo hace falta ver los anuncios de desodorantes y perfumes vaginales. Curiosamente, los penes parecen no oler. Calificar ciertos cuerpos como malolientes es un mecanismo muy conocido de disciplinamiento corporal al servicio de procesos de clasificación social. De hecho, no evitamos aquellos cuerpos que huelen mal, sino que utilizamos su supuesto mal olor para justificar procesos de evitación social.

Los humos de tubos de escape de los coches, la contaminación, las flores, la suciedad de la calle… todo forma una nube indefinida de olores que nos rodea constantemente en las ciudades. De hecho, en las grandes metrópolis estamos constantemente rodeados de ruidos, olores y otros estímulos sensoriales, que solo se convierten en perceptibles cuando hay cambios en su composición o intensidad. Para hacer frente a esta sobrecarga de los sentidos, el sujeto urbano necesita desarrollar procesos de habituación sensorial. Por este motivo gran parte de los paisajes olfativos urbanos acaban convirtiéndose en imperceptibles para sus habitantes.

Cada vez hay también más aromas intencionalmente vertidos al espacio público para estimular el consumo a través de la generación de apetencias de manera inconsciente. A los olores de pan recién hecho que salen de los hornos se han unido en la actualidad un montón de otros olores-mercancía, como son las fragancias que expulsan a la calle las tiendas de moda de ciertas cadenas, las perfumerías o los aromas que se escapan a veces de los halls de hoteles de lujo que han incorporado ciertos olores de diseño como parte de su branding. Todos estos olores pueden llegar a ser realmente intensos, pero en general no parecen despertar mayores problemas ni ser objeto de queja. El marketing olfativo que asigna olores a espacios, productos y experiencias es vital en el proceso de conversión del olor en una mercancía más.

El branding olfativo también ha llegado a la “marca Barcelona”. A pesar de que la visualidad es central para los actuales procesos de iconización y marketing de las ciudades, Barcelona fue pionera en tratar de incorporar a su marca también una parte olfativa. El mejor ejemplo es el regalo navideño que el exalcalde Jordi Hereu hizo el 2001 a algunas personalidades de la ciudad: Barcelona Olores, una caja con un libro y ocho pequeños tarros con las esencias supuestamente más representativas de Barcelona, entre las cuales se encontraban el olor de seis espacios emblemáticos de la ciudad (el mercado de la Boqueria, Montjuic, las Ramblas, la Barceloneta, la basílica de Santa María del Mar y la Casa Batlló), así como de dos productos gastronómicos (cava y pan con tomate). Tanto los lugares escogidos como las fragancias supuestamente representativas de la ciudad refuerzan la imagen proyectada y profundamente sesgada de una ciudad mercancía para el mercado financiero y turístico global. Los olores de los espacios donde se desarrolla la cotidianidad de la mayor parte de quienes habitamos Barcelona se mantienen convenientemente fuera de la marca Barcelona, como si los olores del barrio, de la vida de calle, de las escaleras de vecinos y patios interiores, de las plazas abarrotadas en los barrios populares, afearan la marca Barcelona y disminuyeran por tanto el potencial de venta de la ciudad.

En Barcelona, como otras muchas ciudades que aspiran a continuar siendo globales, nos encontramos con procesos de expulsión del entorno urbano de aquellos aromas menos manipulados (sudores y otros olores del cuerpo humano, de frutas y comidas, etc.) que buscan ser sustituidas por olores fuertemente dirigidos y mercantilizados. El neuromarketing hace tiempo que salió a las calles y ahora mismo el olor es también un instrumento para la conquista sensorial del espacio público urbano. En Barcelona huele a capitalismo. Sigue leyendo

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De manteros y skates u otros surrealismos urbanos

La pista de skate instalada por la empresa  California Skateparks | Foto: OACU

La pista de skate instalada en el Passeig de Borbó por la empresa California Skateparks y promovida por el Ajuntament de Barcelona | Foto: OACU

por Giuseppe Aricó y José Mansilla (OACU)

Decía Althusser que la lucha de clases no se produce únicamente en la esfera productiva, la tan manida infraestructura de la sociedad, sino también a nivel supraestructural, es decir, disputando la ideología o ideologías. En esto se acercaba a Gramsci y al concepto de hegemonía y por eso él mismo presentaba su labor filosófica como lucha de clases en la teoría. Es de esta forma que podríamos entender el concepto de espacio público, así como su disputa, pues pertenece a un ámbito de lucha que podríamos denominar ideológico.

Mediante este enfoque, además, es posible entender la importancia destacada que obtiene en los discursos oficiales y técnicos relativos a la ciudad y los intentos de rebatirlo por parte de algunos sectores políticos activistas y académicos. Y es acercándonos al mismo como podríamos aprehender en su totalidad la actuación que en la últimas horas ha llevado a cabo la Guardia Urbana en el entorno del Puerto y la Barceloneta, a mandato del actual Ajuntament. Sirva así el siguiente relato etnográfico de emergencia para ilustrar la disputa por dicho concepto.

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Carteles de la campaña institucional del “tu-jo” | Foto: OACU

Son las 12.41 h. de la mañana, acabamos de pasar por el Passeig Juan de Borbó, el Excelentísimo Comes Barcinonae, y la cosa es peor de lo que habíamos imaginado. La pista de skate sólo ocupa una pequeña parte del Passeig, en el centro del mismo, y es muy reducida si la comparamos con la parte privatizada del Port Vell. Hay una fuerte presencia de lecheras que, parece ser, se quedarán aquí hasta las 19.30 h., según nos informa el mosso al mando de una operación a la que podríamos denominar de actividad lúdica y de calidad para todos y todas, siguiendo el estilo narrativo municipal.

Algunos efectivos van armados hasta los dientes. Todo el Passeig es una fiesta de turistas que deambulan en armonía y serenidad, andando o recorriendo la calle con seagways, patines, bicis “guay”, rickshaw, etc. Cualquier tipo de  palo de la luz o poste ha sido aprovechado para instalar parte de la campaña institucional del Ajuntament que, entre otras cuestiones, contempla una acción contra al top manta: sí, esa del “Tu-Jo”. Mientras, los pájaros cantan y los yates de millonarios internacionales descansan dentro de un puerto ya  inexpugnable juntos a los Ferraris de alquiler con las cuales celebrar ostentosas despedidas de solteros.

Lo que resulta aún más curioso es que hasta la misma hora, las 19.30 h., se quedarán en la zona algunos chiringuitos hypermolones de zumos o frutas biodinámicas y saludables. Son chiringuitos desplazables, o sea ambulantes,  pero “legales”, claro. Intentan vender vasos de fruta por 2,50 euros y consiguen hacerlo: atienden a los turistas -que están encantados de saborear fresh-local-fruit (sic.)- con una camiseta que pone “I Love Barcelona” y muestra un corazón rojo enorme. Estos chiringuitos móviles están, a esta hora, en el tramo que va de un lado al otro del Museu d’Historia de Catalunya, justo tras los puestos de los artesanos “legales”, esos que compran al por mayor en la India o Bangladesh y luego lo venden a los turistas despachándolo como artesanía local.

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Chiringuitos ambulantes de venta de fruta “biodinámica” | Foto: OACU

Unos minutos después, los chiringos de fresh-local-fruit siguen desplazándose sobre ruedas a lo largo y ancho del Passeig como abejas de flor en flor. Desde luego, la posición es estratégica de cara a evitar la presencia del top manta. Sus movimientos coordinados resultan ideales y cuentan con el vistiplau de la Guardia Urbana, a cuyos agentes regalan vasitos de fresh-local-fruit para agradecerles su dura labor.

Pero lo más esperpéntico es que ese mismo tramo está vallado por ambos extremos, con rejas puestas bajo vigilancia por personal de seguridad de la empresa Prosegur. Éstos abren y cierran las vallas a discreción de la Urbana, que está ahí al lado vigilando. Mientras tanto, los “manteros” se sientan, sin mercancía ni bultos, divertidos y perplejos a la sombra de los árboles bromeando, mirando y comentando entre ellos. Preguntados sobre lo surrealista de la situación , nos responden: “Esta vez no nos dejan y no pasa nada,  pero aquí nos quedamos, a ver si por lo menos podemos tomar la sombra…”.

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Una de las vallas vigiladas por PROSEGUR en uno de los extremos del Museu d’Historia de Catalunya| Foto: OACU

Así, cuando el primer Teniente de Alcalde del Ajuntament de Barcelona, Gerardo Pisarello, se felicita por una operación que, supuestamente, “ha evitado que se cometa un uso abusivo de la venta ambulante ilegal en la zona y se recupere el uso vecinal”, obviando, entre otras cuestiones, la privatización parcial del Port Vell o el hecho de que asociaciones de vecinos y vecinas, como L’Òstia, no han apoyado dicha intervención, está trasladando una contienda entre clases a la esfera de las ideas. Infraestructura y superestructura aparecen, así, unidas íntimamente y reflejadas en el contexto urbano de la Barcelona contemporánea.

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La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

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El nuevo milagro de Christo: la turistificación del Lago de Iseo y la multiplicación de las ganancias.

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Proyecto de The Floating Piers, conocida como “La pasarela de Christo” |Foto: André Grossmann

Entrada disponible también en italiano

Giuseppe Aricó (OACU) y Rocco Monella (Investigador independiente)

Desde hace algunas semanas, el Lago de Iseo, en Lombardía (Italia), ha pasado de una notoriedad limitada a los entornos de las provincias prealpinas, a ser una localidad bajo los reflectores de los grandes medias internacionales. Todo ello ha sido posible gracias al mega-proyecto The Floating Piers (en castellano, “los muelles flotantes”), obra del artista estadounidense de origen búlgaro Christo Vladimirov Javacheff, en arte Christo. Ésta consiste en la instalación de una pasarela peatonal que se extiende sobre el agua unos 4 kilómetros y que permite al visitante andar –literalmente- por encima del lago.

La pasarela, que ve desfilar a centenares de miles de personas desafiando el bochorno veraniego, atraviesa el lago por el trecho más corto: el que desde la localidad Sulzano llega al municipio de Monte Isola y, desde ahí, se prolonga hasta el islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta, una de las principales productoras de armas a nivel mundial. Pese a las largas y extenuantes colas, numerosos visitantes han continuado acercándose a esta región lacustre, ubicada entre las provincias de Bergamo y Brescia, la cual ha quedado prácticamente blindada e inaccesible para los vehículos de los no residentes en la zona. Sólo autobuses, lanzaderas o trenes organizados permiten acceder a las localidades costeras desde las cuales salir para alcanzar, de diferentes maneras, la pasarela.

Ahora bien, no nos detendremos aquí a calificar el valor artístico de la obra: cada cual tiene su gusto y sentido del arte. Creemos que puede ser más útil, en cambio, realizar una reflexión sobre su significado económico, y por lo tanto político, sobre todo a raíz de las consideraciones surgidas, desde diferentes partes y con más o menos espíritu crítico, durante estos últimos días. Si bien el mismo Christo se ha mostrado preocupado, en varias ocasiones, por aclarar que todos los componentes de la pasarela respetan el impacto medioambiental, la petulancia y la ambición con la cual el artista prometió mesiánicamente hacernos “caminar sobre el agua” hacían prever que, consideradas la extensión y las infraestructuras de la región, el flujo de personas no sería sostenible a nivel no sólo ambiental, sino sobre todo humano.

Es así que, mientras hacen cola bajo el sol, muchas personas comienzan a sentirse mal y, a menudo, el cansancio y el estrés acumulado llegan a producir brotes de mal humor y falta de lucidez entre los impacientes visitadores. Hace apenas unos días, en el principal y filoclerical periódico bergamasco, L’Eco di Bergamo, un voluntario de la Cruz Roja criticaba tajantemente la falta de “sentido común” que, a su parecer, caracterizaba a muchísimas personas que visitaban la obra, hacia la cual –a pesar de todo- no se mostraba ideológicamente contrario:

“[..] he llegado aquí, como muchos otros colegas enviados desde media Lombardía, para echar una mano y apretar muchas. Ya no recuerdo cuanta gente he socorrido, cuantas pasiones he vivido, cuantas informaciones hemos dado: lo más divertido ha sido cuando nos preguntaron si desde Monte Isola era posible ir en bus a Iseo. No, señor con panamá de faja azul, lo siento: ¡puede preguntar a cualquiera, pero puedo asegurarle que realmente no es posible! […] Muchísimas personas se sienten mal y todas están rigurosamente sin sombrero; bebés en brazos de desgraciados papás bajo el sol y mamás ausentes, más atentas a buscar la mejor pose para ‘postear’; abuelas a punto de entrar en el geriátrico que se desmayan tras pocos centenares de metros; hombres y mujeres recientemente operados del corazón, con marcapasos cardiacos a la vista; algunos que acaban de sufrir un ictus, otros con prótesis de piernas o traumas varios”.

Gran afluencia de visitantes en la “Pasarela de Christo” | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Gran afluencia de visitantes en la pasarela | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Y es así que, desgraciadamente, el pasado sábado 25 de junio, ocurrió una tragedia: debido a un malestar imprevisto, una chica de 27 años cayó al agua y murió, a pesar de que, en una situación tan delirante como ésta, los primeros auxilios intervinieron rápidamente. Decenas de personas se desmayan cada día, decenas las que necesitan asistencia médica, así como decenas y decenas son las discusiones entre las personas que esperan en la cola su turno para acceder a la pasarela o para subirse a una lanzadera que les permita salir de la zona roja. Decenas son, por lo tanto, también las Fuerzas del Orden, llegadas desde numerosas localidades lombardas, ya que pequeños núcleos como Monte Isola, Iseo e Sulzano –que juntos suman menos de 14.000 habitantes- no disponen del personal necesario para gestionar el vaivén cotidiano de tantas miles de personas.

Por otro lado, tal y como declaraba el mismo voluntario de la Cruz Roja, las personas de paso comen, beben, producen basura, necesitan servicios higiénicos y papeleras: los primeros impracticables y las segundas prácticamente inexistentes. Con respecto a las primeras dos funciones, las que garantizan fáciles ganancias, resultarían profundamente significativas las observaciones de un voluntario, según el cual, muchos comerciantes habrían hecho su agosto gracias a este imprevisto y desproporcionado proceso de turistificación del lago.

Sin embargo, el impacto del mismo habría favorecido, directa o indirectamente, también a aquellos pequeños y grandes comerciantes que han aprovechado la ocasión para especular de forma claramente fraudulenta: “[…] vender una botella pequeña de agua a 2 euros, o incluso a 2,50 euros, es vergonzoso y sin un mínimo de ética comercial. Me he informado yo mismo: el coste para el comerciante es de unos 10-12 centavos por botella, dependiendo del número de piezas, o incluso menos. […] Y también bocadillos con una penosa porción de salchicha por 4 euros cada uno… Todo ello no deja recuerdos positivos”.

En cambio, respecto a las otras dos funciones, esto es, la eliminación de residuos o la provisión de servicios higiénicos, los gastos están a cargo del erario público, así como lo están los gatos de logística, de gran parte del personal de vigilancia, de las fuerzas del orden, de los transportes, etc. Un inciso: los costes necesarios para el diseño, la elaboración e instalación del mega-proyecto, que juntos suman un total de 15 millones de euros, habrían sido integralmente financiados por el mismo Christo, es decir, estos elementos no habrían implicado ningún coste a las administraciones locales.

En otras palabras, el evento sería un inmejorable ejemplo de aquella antigua, pero aún muy en boga, práctica que exige privatizar las ganancias y socializar las perdidas. En principio este aspecto no representaría ninguna novedad –diríamos-, pero sorprende que centenares de miles de personas parecen no mostrarse mínimamente preocupadas por este tipo de cuestiones, así como asombra el hecho de que casi nadie haya levantado la voz para criticar una serie de fenómenos aún más graves. Quizás podríamos reconsiderar la verdadera finalidad de esta gran instalación haciendo hincapié en las reflexiones avanzadas por el economista José Manuel Naredo sobre la “naturaleza perversa y meramente extractiva de los mega-proyectos”:

“La creencia de que la actividad económica está regida por la producción y el mercado induce a presuponer, de entrada, que apunta a fines utilitarios buenos de por sí y a cubrir demandas insatisfechas. Presupone también que las empresas trabajan para fabricar y vender bienes y servicios socialmente útiles. La gente no llega a entender que es justo esa la ideología económica dominante de la producción y del mercado la que encubre la naturaleza meramente extractiva de los megaproyectos y el manejo meramente instrumental de las empresas que colaboran en el empeño. Pues el objetivo de producir bienes y servicios o de cubrir demandas insatisfechas, deja de ser la finalidad del megaproyecto, para convertirse en mero pretexto justificador del mismo que oculta su verdadera finalidad, a saber: el latrocinio extractivo directo, en alguna de sus fases de desarrollo, asociado a la obtención de concesiones, de reclasificaciones de terrenos y/o al manejo de abultados presupuestos aportados o avalados por el Estado o sufragados por amplios colectivos de accionistas, usuarios o contribuyentes. Pues bajo el paraguas ideológico de la producción, se oculta un juego de suma cero, en el que el lucro y las plusvalías obtenidos por algunos, han de acabarlos pagando otros”.

Desde esta óptica, la mera presencia de una obra de arte –es decir, algo que nadie se atrevería a cuestionar puesto que cualquier expresión de rechazo implicaría automáticamente ponerse en contra de lo que la sociedad fetichiza como “Arte” o “Cultura”, en mayúsculas- es exactamente el pretexto que justifica y permite, en tiempos más o menos breves, la potencial revalorización del territorio en pos de los intereses privados del Capital inmobiliario, turístico, hotelero, etc.

En el caso específico de la pasarela di Christo, el método extractivo, considerado aparentemente exento de riesgos sobre todo por parte de las administraciones locales, funcionaría de manera mucho más simple de lo que pueda parecer. Éste consistiría en la atracción de ingentes porciones de visitantes para convertirlos, literalmente, en consumidores o clientes –que no en usuarios– de un “espacio público” que, debido precisamente a la presencia del Arte, se presume dotado de una mayor calidad y exclusividad. Un espacio público consustancialmente etéreo y armónico, por el cual los visitantes deambularían serenos en pos de una fantasmagórica igualdad de clase y, sobre todo, al amparo de la misma libertad que define las actuales leyes de mercado.

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

Tal y como declarara el mismo Christo durante la presentación del mega-proyecto, celebrada en Roma el pasado abril en el marco del Maxxi, los visitantes podrían “recorrer el muelle en total libertad, a lo largo y ancho de su extensión total, sin límites, porque no habrá un solo acceso vinculado con una dirección a seguir”. Es suficiente pensar que, a pesar de los difíciles trámites burocráticos y los innumerables permisos solicitados, el islote del fabricante de armas Beretta –espacio inalcanzable por los comunes mortales- ha sido finalmente incluido como parte integrante de la instalación y convertido, estratégicamente, en el principal punto de atracción de la obra. Un detalle que merece ser tomado especialmente en cuenta si consideramos la publicidad indirecta que la instalación artística ha ofrecido a la gran compañía de armas.

No es casual, además, que no sólo muchos comerciantes, sino también numerosos constructores de la zona –más o menos responsables de cierta especulación inmobiliaria- auspicien que la experiencia se traduzca en grandes negocios, apostando por un incremento sustancial del “turismo de calidad” catapultado directamente desde otras ciudades ya ampliamente turistificadas, como las cercanas Milán y, en particular, Venecia. En efecto, la reciente y masiva llegada de un número incontrolable de turistas, de famosos y/o millonarios internacionales deseosos para comprar o construir sus mansiones en las colinas que se levantan alrededor del lago, así como la rápida proyección a escala global de la pasarela, serian sólo algunos de los síntomas inequivocables de un demencial y, a la vez, imparable proceso de mutación socio-espacial del territorio lacustre.

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

Se trata, con toda probabilidad, de un proceso momentáneamente silencioso que se impone sobre el espacio físico y social de forma casi homeopática, pero que, al mismo tiempo, es profundamente violento. Un proceso intrínsecamente determinado por una larga serie de dinámicas socio-económicas de carácter global y que, sin embargo, se reproducen localmente con el riesgo de barrer del territorio lacustre todo lo que en él se encuentra actualmente: las áreas forestales, las tabernas de pescadores, los círculos asociativos locales y, mucho más temprano de lo que se pueda imaginar, los habitantes “de toda la vida” de Sulzano, Iseo y Monte Isola.

Conste que no hay nostalgia en estos párrafos: sencillamente, a la luz de los tiempos que vivimos y a partir de los supuestos que se acaban de analizar –los cuales se ven respaldados por la mala gestión de la pasarela-, parece improbable que ese mega-proyecto haya sido gestionado en orden a generar un actividad económica realmente relevante para las comunidades locales, además de ser capaz de devolver al público lo que el público pierde a causa de las infraestructuras y el soporte económico y humano que debe proporcionar. Sin embargo, será sólo a partir de la próxima semana, es decir, una vez desmantelada la instalación, que podremos realmente empezar a comprender cuántos y cuáles han sido y serán los beneficiarios de este nuevo gran “milagro” de Christo. Un milagro que, al fin y al cabo, turistificando el entorno y multiplicando las ganancias, pretende únicamente convertir un territorio ya de por si exclusivo –y por lo tanto excluyente- en un nuevo “espacio público de calidad”, esto es, devotamente consagrado al turismo de masa, al ocio y al consumo visual.

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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Elogi del senglar urbà i proposta de tòtem per Barcelona

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Senyal al barri de La Floresta en San Cugat del Vallés (Barcelona)| Foto: OACU

Missatge enviat a l’OACU en ocasió de l’abatiment d’un senglar al districte de Les Corts el 2 d’abril de 2013

per Manuel Delgado (OACU)

Com sabeu, un porc senglar va morir ahir al vespre com sols dir-se “en estranyes circumstàncies”. El va abatre un mosso d’esquadra a trets de pistola a la cruïlla Numància-Tarragona, és a dir davant l’estació de Sants, en un incident en el que va resultar ferit un altre mosso per culpa d’un dispar mal apuntat. La qüestió no té res d’anecdòtica. El fet que una bestia salvatge visqui tant a prop nostre, en un parc metropolità, i que visiti de manera regular la porta de les nostres llars ja és de per si un petit miracle que ens ha de fer pensar en les paradoxes que provoca de vegades la vida urbana, permetent aquesta metàfora  perfecte del làbil dels límits entre natura i cultura i, més en concret, entre salvatge i domesticat. Una metàfora també sobre tot de nosaltres mateixos, de tots aquells i aquelles que ens sentim solidaris amb aquests animals perquè volem creure que també en nosaltres resta alguna cosa bàrbara i elemental,  i el problema és que, com ells, al capdavall hem de fer-nos passar per “civilitzats” perquè alguna cosa s’ha de menjar.

Que un d’aquestes feres ferotges –con la de la cançó de l’Ovidi– hagi arribat al cor de la ciutat també és una metàfora. Ell és l’avançada i ens anuncia: “Ja som aquí;  no hem vingut a visitar-vos, sinó a buscar-vos i portar-vos de retorn; hem arribat a rescatar-vos de la merda de vida que porteu; a excitar les vostres ganes d’assilvestrar-vos el dia menys pensat i sense avisar; a que torneu amb nosaltres al bosc que tant enyoreu, perquè és la vostra veritable llar”. Per això també la mort d’aquest animal –avantguarda d’una invasió que ens espera i que esperem– és una metàfora trista i ben literal de com temem les nostre autoritats no que ens aneguin bestioles selvàtiques, sinó que nosaltres mateixos ens hi tornem. Perquè ells saben o sospiten que en realitats tots som senglars. Que el responsable de l’assassinat –perquè el senglar mort no és que fos un humà; és que era un príncep: la Bèstia del conte– hagi estat un membre de la policia de la Generalitat de Catalunya també és una al·legoria perfecte d’un sistema polític, social i econòmic que odia la independència que aquell animal encarnava.

Segurament no sabrem mai que és el que ha passat aquesta nit. No és la primera vegada que els porcs senglars apareixen pels carrers de la ciutat. Fins ara el que s’havia fet és avisar a especialistes que disparaven dards als animals per a dormir-los i els tornaven a la serra o els mataven en condicions. Quan fa no gaire una manada sencera es va plantar a les portes de La Reina d’Àfrica, a un pas de Lesseps, la Guàrdia Urbana va tenir la paciència d’anar empenyent-la cap a Collserola durant hores. La mort d’una peça de caça major com aquesta pot ser pertinent a mans de caçadors experts amb armes adequades, com poden ser escopetes o fins i tot fletxes. Però matar un senglar a trets de pistola  al mig de la ciutat…! No m’és difícil imaginar-me l’escena d’un cotxe patrulla de mossos que es troba amb un senglar i decideix liquidar-lo de qualsevol manera, com si fos un gos rabiós i qui sap si mig per diversió.

El resultat és el nyap que hem vist, un nyap tràgic per l’animal, que a punt ha estat de resultar-ho també per un dels policies i qui sap si per algú que passava per allà. I no sols per les bales, sinó per la reacció d’un animal ferit per un arma que no és que sigui precisament de caça. El conseller Espadaler acaba de declarar que els senglars no són un problema menor per Barcelona; jo crec que el que no és un problema menor són alguns mossos d’esquadra i un govern com el que tenim. Reconec que em fascinen aquestes bèsties. He passat i passo hores senceres esperant-los més que buscant-los al bosc. És cosa de  trobar un punt qualsevol de la serra de Collserola, introduir-te al bosc, apostar-te a una clariana i romandre quiet fins que apareguin. Tard o d’hora surten d’entre l’espessor i la foscor, s’aturen davant teu i se’t queden mirant fixament, tranquils i altius, com si et saludessin sabent que ets un dels seus. Després desapareixen igual que han aparegut: majestuosos, superbament  indiferents.

Barcelona necessita un tòtem. Si més no la Barcelona salvatge, la que no entén que hi ha de dolent en que les ciutats siguin una jungla o al menys un bosc. Per no oblidar-ho, caldria fer insígnies i estendards, banderes i fulards, amb la silueta d’un porc senglar, convertit per a nosaltres, com per els pobles salvatges, en símbol de la ciutat que resisteix i que es proclama, de tant en tant, furiosa i digne. De fet, ja hi ha precedents: la d’aquell grup de veïns de La Floresta que baixaren a les manifestacions del 15M amb una pancarta amb un senglar dibuixat. I si cal matar-los, fem-ho com correspon matar un animal diví, un deu; amb ritual i respecte, i demanant-li perdó. Després, menjaríem les seves carns en grans o petits festins ciutadans per a que l’animal caçat ens infongués la seva força, el seu orgull i, per sobre de tot, el seu amor per la llibertat.

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El poder simbólico del discurso y las omisiones de clase

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

por Juliana Marcús (OACU)

A 100 días del inicio de la gestión del presidente argentino Mauricio Macri, su par estadounidense Barack Obama visitó el país por primera vez. Su llegada ha causado cierto malestar entre algunas agrupaciones civiles, políticas y de derechos humanos porque, entre otras cuestiones, coincidió con la conmemoración de los 40 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Durante el encuentro, que mantuvieron en conferencia de prensa el pasado miércoles 23 de marzo, debatieron sobre política exterior, el reciente atentado a Bruselas, educación, desarrollo y ciencia y tecnología, entre otros temas.

A horas de cumplirse un nuevo aniversario del golpe militar, Mauricio Macri hizo mención a la desclasificación que Estados Unidos realizará de los archivos vinculados a la última dictadura argentina, que describió como “la época más oscura de nuestra historia”, pero no hizo una sola mención al terrorismo de Estado, a la desaparición forzada de personas, a la desindustrialización sostenida, a la recuperación de la memoria, la verdad y la justicia. Más allá de esta omisión, que considero inadmisible puesto que constituye una “omisión de clase” en plena regla, mi intención en este texto es centrarme en otro encuentro que se llevó a cabo horas después: me refiero al que se dio entre las primeras damas Juliana Awada y Michelle Obama en el marco de la iniciativa Let Girls Learn (Dejen aprender a las jóvenes) cuyo ambicioso objetivo es que en los próximos 70 años todas las niñas del mundo puedan acceder a una educación  formal.

Lo primero que quiero destacar es el lugar donde se realizó el encuentro: el Centro Metropolitano de Diseño (CMD) ubicado en el barrio porteño de Barracas, al sur de la ciudad. El CMD forma partedel Distrito de Diseño, una iniciativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que tiene por finalidad consolidar el estatus de Buenos Aires como Ciudad UNESCO de Diseño. El plan se inscribe dentro de una propuesta más amplia que apunta a “revitalizar” y “renovar” la zona sur de la ciudad, tal como la retórica urbanista la presenta e incluye inversiones de capitales públicos y privados en los barrios de La Boca (Distrito de Las Artes, Usina del Arte, Paseo de Las Artes, saneamiento del Riachuelo, Fundación Proa), Parque Patricios (Distrito Tecnológico) y San Telmo (Distrito de Las Artes y renovación urbana del Casco Histórico).

Quiero detenerme en la expresión “revitalizar el sur” puesto que es muy utilizada por los agentes públicos y desarrolladores privados para definir acciones que impulsen la “renovación” urbana y cultural de áreas relegadas de la ciudad. Esta expresión invisibiliza los modos del habitar que ya existen en los barrios del sur o en otras zonas degradadas como si se tratara de un espacio “sin vida”, abandonado y en desuso. En definitiva, la práctica y los discursos urbanísticos niegan y suprimen los usos, las lógicas urbanas y las relaciones sociales que se desarrollan en estas áreas y pretenden incidir en lo urbano, es decir, en el espacio vivido, en términos de Lefebvre. Este centro de diseño se encuentra apenas a ocho cuadras de la villa miseria 21-24, la más poblada de la Ciudad de Buenos Aires. Y, sin embargo, no hubo una sola adolescente de la villa presente en la conferencia de Michelle Obama. Volveré sobre esto más adelante.

Lo segundo que quiero resaltar es el discurso de Juliana Awada para presentar a Michelle Obama ante un auditorio repleto de mujeres adolescentes. Fueron apenas tres minutos pero los suficientes para ejercer lo que Pierre Bourdieu llamó “poder simbólico”. Por tomar sólo un ejemplo, Awada comenzó su presentación leyendo: “Cuando uno quiere curar enfermos, estudia medicina. Cuando uno quiere construir una casa, estudia arquitectura, ¿no? Pero cuando una elige acompañar a su marido en una tarea con tanta responsabilidad como es ser Presidente, una no estudia para ser Primera Dama.” El poder simbólico de este discurso radica en conservar e inmovilizar las clasificaciones del mundo social. Se trata de un poder invisible que se ejerce con la complicidad de aquellos que lo legitiman de modo que el poder es reconocido cuando se desconoce su arbitrariedad, aquello que Bourdieu denominó reconocimiento por desconocimiento.

Las palabras de Awada otorgan a la mujer un lugar de “acompañante” y de “sostén” del varón que reproducen cliches del tipo “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, y con ello los más rancios estereotipos de género que los movimientos feministas vienen cuestionando y combatiendo desde hace décadas. Considero que estos movimientos  están en condiciones de destruir este poder de imposición simbólica desde el momento en que toman conciencia de lo arbitrario. A diferencia del discurso ortodoxo, el discurso heterodoxo encierra un poder simbólico de movilización y subversión del orden establecido como natural.

Me gustaría enfatizar la contradicción producida entre el tema de la conferencia y el público que la escuchaba. Michelle Obama disertó sobre la desigualdad en el acceso a la educación de las mujeres, pero las jóvenes estudiantes que fueron invitadas al CMD eran de sectores medios y altos, la mayoría vestidas con uniformes de colegios privados de la Ciudad de Buenos Aires y con sus iPhones en mano. Estas jóvenes son quienes, generalmente, reproducen esa desigualdad y diferencia de clase. No había una sola adolescente de los denominados sectores bajos y populares, muchas de ellas expulsadas del sistema educativo, porque sencillamente no fueron consideradas ni invitadas. Me atrevería a decir que más que una contradicción se trató de un claro ejemplo de habitus de clase: Awada y sus asesores y asesoras probablemente no se hayan dado cuenta de tremendo descuido puesto que desde sus marcos de percepción es impensable la presencia de esas chicas en ese espacio.

Por último quisiera destacar que durante los veinte minutos del discurso de Michelle Obama su leitmotiv fue Yes you can! Con frases como “Mis padres no tenían estudios universitarios, pero me enseñaron que podría lograr lo que fuera si me esforzaba y estudiaba”, “empecé a pensar en mi capacidad de alcanzar mis propios sueños” o “gracias a mis estudios tuve oportunidades”, la primera dama estadounidense aludió constantemente a la voluntad individual como único y principal camino para combatir las desigualdades sociales y omitió decir que son los Estados los que deben garantizar el derecho al acceso igualitario a la educación.

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