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El 2 de junio o “las mujeres alegres en la casa del señor”

Artículo publicado originalmente en La Directa.

Livia Motterle (OACU)

El 2 de junio de 1975, más de cien trabajadoras sexuales ocuparon la iglesia Saint-Nizier en la localidad francesa de Lyon frente a la vergonzosa negativa del gobierno a entablar diálogo con ellas. El objetivo de la ocupación era llamar la atención sobre su situación de vulnerabilidad debida a los abusos continuos por parte de la policía, por ejemplo, multas y encarcelamientos. Chicas alegres en la casa del señor era el título del texto enviado a la prensa donde explicaban su acción, una ocupación pacífica que se propagó, inesperadamente, a otras ciudades francesas. El Colectivo de Prostitutas que se gestó en la iglesia Saint-Nizier ha sido un referente histórico para todas las organizaciones de trabajadoras sexuales posteriores. Como decía Ulla, una de las líderes: “esperamos la nuestra libertad en tanto que mujeres tal y como somos, y no tal y como queréis que seamos para tranquilizar vuestra conciencia (…). No tengáis miedo: esta liberación no supondrá automáticamente una proliferación de las prostitutas. A no ser que nosotras, las mujeres, seamos las únicas reprimidas por el miedo a la policía”. Desde entonces, el 2 de junio se ha convertido en el día internacional de las trabajadoras sexuales. Manifestaciones, charlas, performances y cualquier tipo de acciones reivindicativas visten de lucha muchas ciudades del mundo con el objetivo de reivindicar los derechos de un colectivo de personas que, a pesar del profundo estigma que la hipocresía del patriarcado y la misericordia de tantas instituciones imprimen en sus cuerpos, sigue luchando con orgullo y alegría.

Contrariamente a lo que sigue siendo una creencia colectiva, el enemigo más peligroso de las trabajadoras del sexo no son sus clientes (tanto hombres como mujeres), sino ciertas instituciones (públicas o privadas) encargadas de evidenciar y perpetuar una estructura dicotómica que genera estigmas y que sitúa en el altar a la mujer “buena” y en el infierno la mujer “mala”. “Las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos”, afirma Foucault en Microfisica del poder. Este mecanismo de vigilancia, control y normativización se muestra más cruel con los cuerpos que escapan de los códigos heteronormativos, productivos y reproductivos. La sexualidad, entendida como creación que se manifiesta desde y gracias a los cuerpos, se convierte en marcadora de normalidad y canalizadora de castigo. La Iglesia y la Medicina, desde el momento en que se constituyeron como instituciones, han sido las que más han participado, junto con los poderes judiciales y administrativos del Estado, en la construcción de las dicotomías (bueno/malo; normal/anormal, sano/patológico; inocente/culpable) y en la fabricación de reglas sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El objetivo de ordenanzas, multas y sanciones – sobre todo a las trabajadoras sexuales de la calle – es justamente el control y el castigo de los cuerpos que manifiestan prácticas sexuales anormales en el espacio público. Las trabajadoras sexuales del Raval, esto, lo saben muy bien. La modificación de los artículos relativos al trabajo sexual de la Ordenanza de mesures per fomentar i Garantir la Convivencia en el espacio público de Barcelona del año 2006 – que ya prohibía la oferta, la demanda y la negociación de los servicios sexuales retribuidos en la calle (además de la suya realización) – se reforzó en abril del 2012. Los dos grandes cambios fueron, por un lado, la supresión de la obligación, por parte de la Guardia Urbana, de avisar previamente a los clientes y las trabajadoras y, por otro lado,  la “posibilidad” para las prostitutas de conmutar la multa participando en cursos de re-inserción laboral. La modificación de la Ordenanza multiplicó en el 2012 el número de multas impuestas agravando, así, las condiciones de trabajo de las prostitutas, aumentando su estrés y llevándolas a situaciones insostenibles.

Según un estudio cualitativo encargado por el Ayuntamiento, a pesar de que el número de multas haya ido disminuyendo en los dos último años (2015 y 2016), el número de las trabajadoras sexuales ha seguido siendo el mismo. ¿Por qué no aumenta entonces? Esto habría que preguntárselo a ellas. “Nos tratan como basura que hay que sacar del barrio y reciclar. Nos quieren redimir obligándonos a hacer cursos de re-inserción laboral. Pero nosotras ya tenemos nuestro trabajo y no queremos ir a limpiar el culo a nadie” -dice una mujer. El estigma, aunque hoy no está impreso con nitrato de plata como en la época del Higienismo, está fabricado por la misma hipocresía que requiere una Barcelona atractiva y seductora, capaz de satisfacer los gustos del mercado turístico. Escort sí entonces. Pero puta, jamás.

Frente a esta situación de vulneración, las trabajadoras sexuales se rebelan. Bajo el nombre de Prostitutas Indignadas antes y Putas Feministas después, se organizan, se manifiestan, luchan sin miedo y apoyan a vecinos y vecinas víctimas de una violencia ocultada que afecta a todo el Raval.  Presentes en todos los actos que pedían justicia para Juan Andrés Benitez, vecino del Raval que el 5 de octubre murió a golpes de porra delante la puerta de su casa; presentes en las movilizaciones organizadas para parar las infinitas ordenes de desahucio emitidas para sanear, limpiar o rehabilitar el barrio y que en realidad dejan en la calle enteras familias; presentes en las manifestaciones del 8 de marzo bajo el lema: “Sin putas no hay feminismo”, las trabajadoras sexuales de Barcelona no se cansan de luchar.

Simone De Beauvoir afirmaba, en 1972, que se hizo feminista cuando reconoció su solidaridad con las otras mujeres en vez de su separación de ellas. Es cierto que la trata de mujeres representa una realidad muy compleja y que es tarea del feminismo luchar para que se acabe. Es cierto que en el trabajo sexual hay prácticas que reproducen el sistema capitalista. Pero su reproducción no habita en el trabajo sexual en sí, si no en el mecanismo de explotación en que está incardinado. Romper los mecanismos de control y vigilancia hacia las profesionales del sexo es un objetivo que concierne a todas porqué todas estamos explotadas por el sistema. Reconocer el trabajo de las trabajadoras sexuales es el primer paso para la cancelación del estigma impreso en sus cuerpos y sobre todo para no volver a imprimirlo. El primer viernes de cada mes, en la calle d’En Robador, las vecinas y trabajadoras sexuales del Raval (y de otros barrios) organizan un “puti vermut”: una buena ocasión para hablar con ellas en lugar que, una vez más, hablar sobre de ellas sin conocerlas. Otra posibilidad más para construir juntas nuevas estrategias de lucha y resistencia. Porque cada día es 2 de junio.

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De manteros y skates u otros surrealismos urbanos

La pista de skate instalada por la empresa  California Skateparks | Foto: OACU

La pista de skate instalada en el Passeig de Borbó por la empresa California Skateparks y promovida por el Ajuntament de Barcelona | Foto: OACU

por Giuseppe Aricó y José Mansilla (OACU)

Decía Althusser que la lucha de clases no se produce únicamente en la esfera productiva, la tan manida infraestructura de la sociedad, sino también a nivel supraestructural, es decir, disputando la ideología o ideologías. En esto se acercaba a Gramsci y al concepto de hegemonía y por eso él mismo presentaba su labor filosófica como lucha de clases en la teoría. Es de esta forma que podríamos entender el concepto de espacio público, así como su disputa, pues pertenece a un ámbito de lucha que podríamos denominar ideológico.

Mediante este enfoque, además, es posible entender la importancia destacada que obtiene en los discursos oficiales y técnicos relativos a la ciudad y los intentos de rebatirlo por parte de algunos sectores políticos activistas y académicos. Y es acercándonos al mismo como podríamos aprehender en su totalidad la actuación que en la últimas horas ha llevado a cabo la Guardia Urbana en el entorno del Puerto y la Barceloneta, a mandato del actual Ajuntament. Sirva así el siguiente relato etnográfico de emergencia para ilustrar la disputa por dicho concepto.

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Carteles de la campaña institucional del “tu-jo” | Foto: OACU

Son las 12.41 h. de la mañana, acabamos de pasar por el Passeig Juan de Borbó, el Excelentísimo Comes Barcinonae, y la cosa es peor de lo que habíamos imaginado. La pista de skate sólo ocupa una pequeña parte del Passeig, en el centro del mismo, y es muy reducida si la comparamos con la parte privatizada del Port Vell. Hay una fuerte presencia de lecheras que, parece ser, se quedarán aquí hasta las 19.30 h., según nos informa el mosso al mando de una operación a la que podríamos denominar de actividad lúdica y de calidad para todos y todas, siguiendo el estilo narrativo municipal.

Algunos efectivos van armados hasta los dientes. Todo el Passeig es una fiesta de turistas que deambulan en armonía y serenidad, andando o recorriendo la calle con seagways, patines, bicis “guay”, rickshaw, etc. Cualquier tipo de  palo de la luz o poste ha sido aprovechado para instalar parte de la campaña institucional del Ajuntament que, entre otras cuestiones, contempla una acción contra al top manta: sí, esa del “Tu-Jo”. Mientras, los pájaros cantan y los yates de millonarios internacionales descansan dentro de un puerto ya  inexpugnable juntos a los Ferraris de alquiler con las cuales celebrar ostentosas despedidas de solteros.

Lo que resulta aún más curioso es que hasta la misma hora, las 19.30 h., se quedarán en la zona algunos chiringuitos hypermolones de zumos o frutas biodinámicas y saludables. Son chiringuitos desplazables, o sea ambulantes,  pero “legales”, claro. Intentan vender vasos de fruta por 2,50 euros y consiguen hacerlo: atienden a los turistas -que están encantados de saborear fresh-local-fruit (sic.)- con una camiseta que pone “I Love Barcelona” y muestra un corazón rojo enorme. Estos chiringuitos móviles están, a esta hora, en el tramo que va de un lado al otro del Museu d’Historia de Catalunya, justo tras los puestos de los artesanos “legales”, esos que compran al por mayor en la India o Bangladesh y luego lo venden a los turistas despachándolo como artesanía local.

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Chiringuitos ambulantes de venta de fruta “biodinámica” | Foto: OACU

Unos minutos después, los chiringos de fresh-local-fruit siguen desplazándose sobre ruedas a lo largo y ancho del Passeig como abejas de flor en flor. Desde luego, la posición es estratégica de cara a evitar la presencia del top manta. Sus movimientos coordinados resultan ideales y cuentan con el vistiplau de la Guardia Urbana, a cuyos agentes regalan vasitos de fresh-local-fruit para agradecerles su dura labor.

Pero lo más esperpéntico es que ese mismo tramo está vallado por ambos extremos, con rejas puestas bajo vigilancia por personal de seguridad de la empresa Prosegur. Éstos abren y cierran las vallas a discreción de la Urbana, que está ahí al lado vigilando. Mientras tanto, los “manteros” se sientan, sin mercancía ni bultos, divertidos y perplejos a la sombra de los árboles bromeando, mirando y comentando entre ellos. Preguntados sobre lo surrealista de la situación , nos responden: “Esta vez no nos dejan y no pasa nada,  pero aquí nos quedamos, a ver si por lo menos podemos tomar la sombra…”.

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Una de las vallas vigiladas por PROSEGUR en uno de los extremos del Museu d’Historia de Catalunya| Foto: OACU

Así, cuando el primer Teniente de Alcalde del Ajuntament de Barcelona, Gerardo Pisarello, se felicita por una operación que, supuestamente, “ha evitado que se cometa un uso abusivo de la venta ambulante ilegal en la zona y se recupere el uso vecinal”, obviando, entre otras cuestiones, la privatización parcial del Port Vell o el hecho de que asociaciones de vecinos y vecinas, como L’Òstia, no han apoyado dicha intervención, está trasladando una contienda entre clases a la esfera de las ideas. Infraestructura y superestructura aparecen, así, unidas íntimamente y reflejadas en el contexto urbano de la Barcelona contemporánea.

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La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Lo urbano como fogón de brujas

Vaga general de Barcelona en 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Vaga general en Barcelona, 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Texto originariamente publicado como prólogo al libro Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales (Pol·len, Edicions, 2015).

por Manuel Delgado (OACU)

 

“Lo urbano se alza así como horizonte, forma y luz (virtualidad que ilumina) al mismo tiempo que como práctica en marcha, como fuente y fundamento de otra naturaleza, de una naturaleza diferente de la inicial […]. La problemática urbana se anuncia. ¿Qué saldrá de ese hogar, de este fogón de brujas, de esta intensificación dramática de las potencias creadoras, de las violencias, de ese cambio generalizado en el que no se ve qué es lo que cambia, excepto cuando se ve excesivamente bien: dinero, pasiones enormes y vulgares, sutilidad desesperada? La ciudad se afirma, después estalla”.
Henri Lefebvre (1976a: 114)

Este libro que ahora arranca reúne diversas evidencias de cómo las grandes dinámicas de mutación urbana son gestadas y gestionadas desde la lógica neoliberal, es decir, a partir de los principios de un capitalismo que le exige al Estado la reducción al máximo a su papel de arbitraje económico y atención pública, pero que le asigna un papel clave como su cooperador institucional, tanto por lo que hace a la represión de sus enemigos –reales o imaginados- y la contención asistencial de la miseria, como a la producción simbólica y de efectos especiales al servicio del buen funcionamiento de los mercados.

De tal alianza entre penetración capitalista y políticas públicas resulta una transformación de la fisonomía tanto humana como morfológica de muchas ciudades, consistente en favorecer la revitalización como espacios-negocio de barrios céntricos o periféricos que fueron populares, o de antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas, que se recalifican como residenciales “de categoría” o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas y cognitivas. Esos macro-procesos de transformación urbana suponen consecuencias sociales que se resumen en una ley que raras veces no se cumple: rehabilitar un barrio es inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo: reformar es expulsar.

También los casos que se nos exponen a continuación son pruebas del papel no solo de intereses económicos catastróficos y de administraciones públicas lacayas a su servicio, sino de cómo arquitectos, diseñadores y urbanistas convierten en planes y proyectos esas intenciones y cómo no faltan teóricos en condiciones de aportar altas razones para las dinámicas de destrucción y entristecimiento de la ciudades. Con ello se demuestra que Henri Lefebvre continúa teniendo razón en que lo propio de la tecnocracia urbanística es la voluntad de controlar la vida urbana real, que va pareja a su incompetencia crónica a la hora de entenderla.

Considerándose a sí mismos gestores de un sistema, los expertos en materia urbana pretenden abarcar una totalidad a la que llaman la ciudad y ordenarla de acuerdo con una filosofía –el humanismo liberal- y una utopía, que es en esencia, como corresponde, una utopía tecnocrática. Su meta continúa siendo la de imponer la sagrada trinidad del urbanismo moderno: legibilidad, visibilidad, inteligibilidad (Lefebvre 2013: 151). En pos de ese objetivo, creen los expertos que pueden escapar de las constricciones que someten el espacio a las relaciones de producción capitalista.

Henri Lefebvre durante el rodaje del programa Urbanose en 1972 | Fuente: http://ppesydney.net/

Henri Lefebvre durante una entrevista televisiva en 1970 | Fuente: http://ppesydney.net/

Buena fe no les falta, ya hacía notar Lefebvre, pero esa buena conciencia de los urbanistas, arquitectos y diseñadores agrava aún más su responsabilidad a la hora de suplantar esa vida urbana real, una vida que para ellos es un auténtico punto ciego, puesto que viven en ella, pretenden intervenirla e incluso vivir de ella, pero no la ven en tanto que tal. Esos tecnócratas –tecnócratas de la ciudad- hablan de espacio, pero en realidad están pensando en suelo, puesto que ese espacio que creen que ordenan acaba tarde o temprano convertido en espacio en venta. Es un espacio vacío y primordial, neutro, en condiciones de recibir contenidos fragmentarios y disjuntos. Es, por definición, el espacio de las clases medias, precisamente porque ellas también son o quisieran ser neutras y encuentran o creen encontrar en ese espacio “un espejo de su ‘realidad’, de representaciones tranquilizantes, de un mundo social en el que han encontrado su lugar, etiquetado, asegurado” (Lefebvre 2013: 356), aunque es verdad que ese es solo un efecto óptico, la consecuencia ilusoria de que esas clases medias han sido objeto al brindársele un falso alivio para unas aspiraciones que la realidad nunca satisfará.

Para Lefebvre, tanto el urbanismo como la arquitectura de ciudades se han constituido en ciencia, técnica e ideología de la desactivación del espacio urbano, entendido como espacio de y para lo urbano. Recuérdese la distinción que Lefebvre (1976b: 68-69) plantea entre la ciudad y lo urbano. La ciudad es una base práctico-sensible, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí: una entidad espacial inicialmente discreta –es decir un punto o mancha en el mapa-, a la que corresponde una infraestructura de mantenimiento, unas instituciones formales, una gestión funcionarial y técnica, unos datos demográficos, una sociedad definible…

Lo urbano, en cambio, es otra cosa: no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad, como conjunto de posibilidades. La ciudad es palabra, habla, sistema denotativo. Lo urbano va más allá: no es un tema, sino una sucesión infinita de actos y encuentros realizados o virtuales, una sensibilidad hacia las metamorfosis de lo cotidiano, que le debe no poco a la sensibilidad de Charles Baudelaire a la hora de descubrir lo abstracto y lo eterno en los elementos más en apariencia banales de la vida ordinaria, la proliferación en ella de todo tipo de proyecciones e imágenes flotantes.

La vida urbana –lo urbano como forma de vida- “intenta volver los mensajes, órdenes, presiones venidas de lo alto contra sí mismas. Intenta apropiarse el tiempo y el espacio imponiendo su juego a las dominaciones de éstos, apartándoles de su meta, trampeando… Lo urbano es así obra de ciudadanos, en vez de imposición como sistema a este ciudadano” (Lefebvre 1978: 85). Lo urbano es esencia de ciudad, pero puede darse fuera de ella, porque cualquier lugar es bueno para que en él se desarrolle una sustancia social que acaso nació en las ciudades, pero que ahora expande por doquier su “fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes intereses económicos difícilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana…” (Ibíd.: 99).

Lo urbano es lo que se escapa a la fiscalización de poderes, saberes y tecnologías que no entienden ni saben qué es lo urbano, puesto que “constituye un campo de visión ciego para aquellos que se limitan a una racionalidad ya trasnochada, y así es como corren el riesgo de consolidar lo que se opone a la sociedad urbana, lo que la niega y la destruye en el transcurso del proceso mismo que la crea, a saber, la segregación generalizada, la separación sobre el terreno de todos los elementos y aspectos de la práctica social, disociados los unos de los otros y reagrupados por decisión política en el seno de un espacio homogéneo” (Lefebvre 1976b: 71).

No obstante los ataques que constantemente recibe lo urbano, y que procuran desmoronarlo o al menos neutralizarlo, éste –sostiene Lefebvre- persiste e incluso se intensifica: “Las relaciones sociales continúan ganando en complejidad, multiplicándose, intensificándose, a través de las contradicciones más dolorosas. La forma de lo urbano, su razón suprema, a saber, la simultaneidad y la confluencia no pueden desaparecer. La realidad urbana, en el seno mismo de su dislocación, persiste” (Ibíd.: 121). Es más, se antoja que la racionalización paradójicamente absurda que pretende destruir la ciudad ha traído consigo una intensificación de lo urbano y sus problemáticas.

De ello el mérito le corresponde a habitantes y usuarios que, a pesar de los envites que padece un estilo de vida que no deja nunca de enredarse sobre sí mismo, o quizás como reacción ante ellos, “reconstituyen centros, utilizan lugares para restituir los encuentros, aun irrisorios” (Lefebvre 1978: 100). Para Lefebvre, lo urbano no es substancia ni ideal: es más bien un espacio-tiempo diferencial. Lo urbano es el lugar “en que las diferencias se conocen y al reconocerse se aprueban; por lo tanto se confirman o se invalidan. Los ataques contra la urbano prevén fría o alegremente la desaparición de las diferencias” (Lefebvre, 1976a: 100). Lo urbano no es ya sino la radicalidad misma de lo social, su exacerbación y, a veces, su exasperación. Lo urbano, al mismo tiempo que lugar de encuentro, convergencia de comunicaciones e informaciones, se convierte en lo que siempre fue: lugar de deseo, desequilibrio permanente, sede de la disolución de normalidades y presiones, momento de lo lúdico y lo imprevisible (Lefebvre 1978: 106). Lo urbano es lo que aporta “movimiento, improvisación, posibilidad y encuentros. Es un “teatro espontáneo” o no es nada” (Ibíd.: 157).

Los tecnócratas urbanos creen que su sabiduría es filosófica y su competencia técnica, pero saben o no quieren dar la impresión de saber de dónde proceden las representaciones a las que sirven, a qué lógicas y a qué estrategias obedecen desde su aparentemente inocente y aséptica caja de herramientas. Están disuadidos de que el espacio sobre el que reciben instrucciones para actuar técnicamente está vacío, y se equivocan, porque en el espacio urbano la nulidad de la acción sólo puede ser aparente: en él siempre ocurre algo. De manera al tiempo ingenua y arrogante, piensan que el espacio urbano es algo que está ahí, esperándoles, disponible por completo para sus hazañas creativas. No reconocen o hacen como si no reconociesen que ellos mismos forman parte de las relaciones de producción, que acatan órdenes.

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: MArio Gaviria

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: Mario Gaviria

Frente a un control sobre la ciudad por parte de sus poseedores políticos y económicos, que quisieran convertirla en valor de cambio y que no dudan en emplear todo tipo de violencias para ello, lo urbano escapa de tales exigencias, puesto que se conforma en apoteosis viviente del valor de uso. Lo urbano es el reino del uso, es decir del cambio y el encuentro liberados del valor de cambio. Es posible que la ciudad esté o llegue a estar muerta, pero lo urbano persistirá, aunque sea en “estado de actualidad dispersa y alienada, de germen, de virtualidad. Lo que la vista y el análisis perciben sobre el terreno puede pasar, en el mejor de los casos, por la sombra de un objeto futuro en la claridad de un sol de levante…” (Ibíd.: 125). Un porvenir que el ser humano no “descubre ni en el cosmos, ni en el pueblo, ni en la producción, sino en la sociedad urbana”. De hecho, “la vida urbana todavía no ha comenzado” (Ibíd.: 127).

La colección de textos que sigue es una contribución a la defensa de lo urbano contra sus enemigos, tanto materiales –los planes y los planos- como ideológicos –los ensalmos para apaciguar las ciudades-. Son la consecuencia de experiencias implicadas no sólo en el conocimiento de la vida urbana sino también a su servicio. Todos los materiales aquí reunidos son homenaje al pensamiento lúcido de Henri Lefebvre, como explícita o implícitamente lo es todo lo que se está diciendo y escribiendo para denunciar los intentos de apagar ese fogón de brujas del que nos hiciera la exaltación.

Acredita el trabajo de la gente del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) y de amigos/as con quienes comparte teorías e impaciencias. Sabiéndolo o no, han asumido el mandato de reeditar la misma confluencia que fundó el concepto de modernidad que Lefebvre hizo suyo, una modernidad forjada en la segunda mitad del siglo XIX como una síntesis o sobreposición entre dos horizontes: el de transformar el mundo –Marx, Bakunin- y el de transfigurarlo –Baudelaire-, es decir, modificar la realidad y, al tiempo, burlarse de ella y desafiarla (Lefebvre 1971: 155-171).

En ello consistió la llamada de Lefebvre a devenir de nuevo modernos y hacerlo en una nueva clave revolucionaria, consistente en avanzar hacia lo que él llamó lo posible-imposible (Lefebvre 1972: 50-52), es decir, en huir de lo que se le opone, que es lo posible-posible –acomodarse, tomar distancias con el presente, disponer de puertas de salida o vías de escape- y hacer lo que se nos propone en este libro: proclamar una actitud, no una doctrina; convertir la desesperanza en rabia y frenesí; vivir desgarradamente la plenitud de la belleza y la urgencia de las luchas.

Bibliografía

LEFEBVRE, H. (1971 [1962]) Introducción a la modernidad, Madrid: Tecnos.

LEFEBVRE, H. (1972 [1957]) “El romanticismo revolucionario”, en Más allá del estructuralismo, Buenos Aires: La Pléyade, pp. 27-52.

LEFEBVRE, H. (1976a [1970]) La revolución urbana, Madrid: Alianza.

LEFEBVRE, H. (1976b [1972]) Espacio y política, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (1978 [1968]) El derecho a la ciudad, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (2013 [1974]) La producción del espacio, Madrid: Capitán Swing.

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Las manos sobre Barcelona

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Joan Clos, contemplando la zona Fòrum desde un hotel de la Diagonal en 2004 | Fuente: Carles Riba

Texto originariamente publicado en Ciutat Morta: crònica del cas 4F, coordinado por Mariana Huidobro, Katu Huidobro y Helen Torres

por José Mansilla y Giuseppe Aricó (OACU)

En 2006 Barcelona vivía todavía la resaca del Fòrum de les Cultures 2004, uno de los fracasos más sonados de su historia. La ciudad se había quedado años antes sin poder ser Capital Europea de la Cultura y buscó, de forma casi desesperada, una excusa para llevar a cabo un nuevo e inmenso proceso de transformación en los límites de su última y codiciada frontera urbana: la desembocadura del Besòs. A pesar de las ingentes cantidades de dinero y recursos invertidos por el Ajuntament, la Generalitat, el Gobierno del Estado y el sector privado –más de 3.200 millones de euros y una recalificación de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior a la intervenida para los JJOO de 1992- el megaevento no cumplió ni de cerca con las expectativas generadas en cuanto a público o visibilidad.

Como si ello no bastara, barrios fuertemente estigmatizados, como La Mina, quedaron definitivamente aislados y ocultos a la sombra de unas imponentes estructuras hoteleras, inmobiliarias y comerciales surgidas como setas en la zona recuperada. Pero como todos los fracasos, este también fue relativo. Efectivamente, las inmensas plusvalías generadas mediante esa colosal reforma urbanística,  trasferidas al capital financiero e inmobiliario de la ciudad, supusieron el verdadero “éxito” del Fórum. La ciudad vivía así los últimos años de la impostura del Model Barcelona, una forma de hacer ciudad que vivió su máximo esplendor durante las olimpiadas y que reveló su verdadera cara en ese primer lustro del nuevo siglo.

Del supuesto urbanismo ciudadano y participativo, de la continuidad de la trama urbana, de la apuesta por los espacios públicos y los equipamientos no quedaba nada. Barcelona, entregada al neoliberalismo, proseguía su configuración como “escenario de consumo” y adjudicaba grandes extensiones de terreno a empresas inmobiliarias internacionales como Hines, responsable de Diagonal Mar, para que hiciese de su capa un sayo. Se abandonaba toda veleidad aparentemente socialdemócrata –como las ideas de Oriol Bohigas y su pretensión de “monumentalizar la periferia” y “dignificar el centro”- y la ciudad, más que como “modelo”, comenzaba a venderse cada vez más como Marca.

Unos años antes, el Ajuntament había puesto en marcha el Distrito 22@ en 116 hectáreas del barrio del Poblenou. La intervención, la mayor llevada a cabo sobre la ciudad hasta ese momento, perseguía la creación de un polo empresarial vinculado a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) sobre parte del “obsoleto” tejido industrial del antiguo Manchester català. Los pequeños talleres y empresas auxiliares que ya existían en el área, vestigios de su pasado fabril, fueron despreciados como generadores de crecimiento y empleo y en su lugar se esperó, como maná caído del cielo, la llegada de grandes firmas tecnológicas. Ni que decir tiene que esto nunca ocurrió.

Los que sí llegaron fueron muchos hoteles que, aprovechando la disponibilidad de espacios baratos y la apuesta municipal por el turismo en la zona, lograron grandes plusvalías vendiendo el suelo que abandonaban en otras áreas de la ciudad, como el Eixample. La crisis (léase estafa) económica de unos años después hizo el resto y el Poblenou, como muchos otros barrios de la ciudad, mantiene aún hoy día grandes solares vacíos. Pero la voracidad, como la estupidez, no tiene límites y grandes zonas de la ciudad consolidada fueron igualmente objeto de violentas intervenciones urbanísticas que se presumieron urbanas.

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Acción reivindicativa contra la Marca Barcelona y sus eslogans | Fuente: Míren Sánchez (http://mirarescucharcallar.blogspot.com.es/)

El año 2006 también es el año de la vergüenza para un Ajuntament que llegó a enviar la Guardia Urbana a arrancar las tomateras plantadas por los vecinos y vecinas del barrio de la Ribera. Estamos hablando del, desde entonces denominado, Forat de la Vergonya, un solar ubicado a escasos metros del renovado Mercat de Santa Caterina y que inicialmente estaba destinado a ser un aparcamiento para el turismo que llegaba al barrio. La idea de las instancias municipales era convertir la zona –parte de la cual se popularizaría con el mucho más eufónico nombre de El Born– en una tesela más de la Barcelona escaparate.

Se trataba, en definitiva, de conformar una ciudad proyectada a escala global, que compitiera internacionalmente por la atracción de un “turismo cultural” –lo que viene a querer decir, de elevado nivel de ingresos- mediante la instalación en sus fronteras de elitistas contenedores como el Museu Picasso, de la mercantilización de Santa Maria del Mar o de la fútil reforma del Mercat con su cubierta de tejas coloreadas. El vecindario, necesitado de zonas de socialización, y si eran verdes, mejor, tuvo la osadía de hacer suyo el espacio creando su propio jardín, huerto, mobiliario urbano y zona deportiva, lejos del glamour intrínseco al pensamiento municipal institucional, algo que no podía ser permitido en un barrio destinado a la aparición de lofts y apartamentos para las denominadas “clases creativas”.

Tuvo que ser la prensa, al recoger los conatos de violencia contra el desalojo, la que situara el punto de atención sobre un tema que, de otra manera, hubiera pasado desapercibido. Más allá de la cierta simpatía que pudiera despertar la apropiación vecinal de un espacio para crear una plaza, lo que no llegaron a entender –léase aterrorizar- las manos que se posaban sobre la ciudad, es el hecho de que la gente normal pudiera crear un espacio normal, de gestionarlo y aprovecharlo lejos del tutelaje oficial y la acción del mercado. Por supuesto, algo así no podía ser permitido porque correría el peligro de convertirse en un ejemplo, una alternativa posible o, cuanto menos, propiciable. Es ahí donde debemos insertar parte de los factores que desencadenaron los hechos de aquella noche del 4 de febrero.

Si las grandes empresas multinacionales cuentan con departamentos enteros que velan por la buena reputación de su marca, en Barcelona esta responsabilidad recaía y recae directamente sobre el Ajuntament. La millor botiga del món no podía permitir que parte de sus calles y sus plazas estuvieran pobladas de vecinos, punkis, anarkas o antisistemas, sea eso lo que sea, y menos que éstos pretendieran generar espacios propios, liberados de las ataduras de la mercantilización extrema que vive la vida cotidiana de las ciudades depreciando, de paso, el valor de la propiedad inmobiliaria. Por este propósito, el teatro okupado del número 55 de la calle Sant Pere més Baix tenía que ser literalmente eliminado, como eliminadas tienen que ser todas aquellas imperfecciones que empañan cualquier producto. Rodrigo, Juan y Alex, al igual que Patricia, simplemente se toparon con parte del departamento de limpieza, en el sentido amplio de la palabra, de la Marca Barcelona.

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Mariana y Katu Huidobro, durante una manifestación en apoyo a los detenidos del caso 4F | Fuente: Jordi Secall (http://jordisecall.blogspot.com.es/)

Ironías de la vida, el alcalde de la ciudad de aquellos años, Joan Clos, al frente también del desastre del Fòrum y del 22@, después de un breve paso por el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo del Estado español, así como de las Embajadas de Turquía y Azerbaiyán, ha llegado a ser el máximo dirigente del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT), cuya misión es la promoción de pueblos y ciudades social y ambientalmente sostenible con el objetivo de proporcionar “vivienda adecuada para todos y todas”.

Hoy día, Barcelona sigue imparable su viaje hacia la total esterilización de su espacio urbano. Con solo dar una vuelta por el entorno del antiguo Mercat del Born, hoy Born Centre Cultural, o la calle Montcada y su nuevo Museu de les Cultures del Món es posible observar la descontrolada aparición de nuevos bares y restaurantes poblados de cientos de terrazas, comercios chic, establecimientos de productos ecológicos a precios imposibles, así como tiendas y más tiendas de souvenirs turísticos exactamente iguales a las que podrías encontrar en cualquier otra parte del mundo.

La soberbia expansión del Born no se detiene en sus fronteras físicas y simbólicas, acabando con cualquier viso de originalidad y despreciando lo que otrora fue su verdadera esencia popular: el barrio de La Ribera. Finalmente una triste –pero aún no imperante- victoria de las manos sobre Barcelona, convertida en una ciudad que no contempla las inquietudes ni las necesidades de sus habitantes. Una ciudad concebida y diseñada sólo para una ciudadanía obediente, pasiva y adinerada, que consagra sus calles únicamente al ocio y al consumo masivo. En definitiva, una ciutat morta.

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París, capital del terrorismo capitalista internacional

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Foto de Cecilia Vergnano y Dolors Garcia, gente del OACU, ayer, allí.

por Manuel Delgado (OACU)

Ayer, en París, se volvió a conocer la lógica de la violencia contra quienes protestaban con otra violencia infinitamente más destructiva y atroz: la que hoy está destruyendo nuestro planeta y uno de cuyos efectos son cambios climáticos en que se expresa la depredación masiva de la naturaleza por parte del sistema capitalista mundial. Da que pensar que lo de ayer sucediera en una ciudad que se nos acaba de mostrar hace poco la nueva capital del dolor terrorista. Frente al terrorismo capitalista que acabará liquidando un día la vida en la Tierra, la violencia del DAESH, que al fin al cabo no es más que otra de sus variantes, a la que se muestra como supuestamente fuera de control.

Lo que interesa es cómo la violencia es objeto de discursos que la perfilan como una irrupción del otro absoluto, que la asocian al inframundo de los instintos, que prueban nuestro parentesco inmediato con los animales o que advierten del acecho cercano de potencias maléficas. La violencia ejercida por personas ordinarias no legitimadas es entendida como abominable, monstruosa, en cualquier caso siempre extrasocial. Lo hemos vuelto a ver estos días: la representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos,  de esa violencia no sólo antisocial, sino asocial, no hace sino incidir constantemente en la degradación que indica el uso no legítimo de la fuerza bruta, que convierte a sus ejecutores en menos que humanos, representantes de instancias subsociales o infrahumanas. La imaginación mediática y los discursos políticos y policiales que hablan constantemente de esa violencia exógena a lo social humano, procuran hacer de ella un auténtico espectáculo aleccionador para las masas.

En los medios de comunicación y en los discursos oficiales que «condenan la violencia» no se habla nunca, por supuesto, de la violencia tecnológica y orgánica, aquella que se subvenciona con los impuestos de pacíficos ciudadanos que proclaman odiar la violencia. No mencionan la muerte aséptica, perfecta y en masa de los misiles inteligentes, las bombas con uranio empobrecido o de los bloqueos contra la población civil. No hacen alusión a las víctimas incalculables de la guerra y la represión política. Vuelven una vez y otra a remarcar lo que Jacques Derrida había llamado la «nueva violencia arcaica», elemental, bruta, la violencia primitiva del asesino real o imaginario, del sádico violador de niñas, del terrorista, del exterminador étnico, del hooligan, del delincuente juvenil, del joven radical vasco, del skin.

Frente a una violencia homogénea, sólo concebible asociada al aparato político y a la lucha por la defensa y la conquista de un Estado que hoy ya es universal, una violencia heterogénea, dispersa, caótica, errática, episódica, primaria, animal, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad: violencia terrorista, criminal, demente, enferma, étnica, instintiva, animal; violencia informal, poco o nada organizada: bomba casera, cóctel molotov, arma de contrabando, puñal, piedra, hacha, palo, veneno, puñetazos, mordiscos, patadas… De hecho, esa es la violencia que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad, el fanatismo y la locura. Violencia artesanal, pre-moderna, «hecha a mano», paradójicamente «violencia con rostro humano», y por ello escandalosa e inaceptable, puesto que no tiene nada que ver con la violencia constante, con las coordinadas y estructuras fundamentadas en el uso de la fuerza que posibilitan la existencia misma de los órdenes políticos centralizados, sean locales o globales.

Los violentos son siempre los otros, quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a esos «otros» es la manera como éstos contrarían el principio político irrenunciable del monopolio en la generación y distribución del dolor y la destrucción. Una magnífica estrategia, por cierto, en orden a generar ansiedad pública y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica.

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El sol sempre ix pel Cabanyal

Mural al Cabanyal| Fuente: @Malaka_Iberico

Mural al Cabanyal| Fuente: @Malaka_Iberico

Article originàriament publicat en la Veu del País Valencià el 30.10.15

por Daniel Castillejo (sociòleg i veí del barri del Cabanyal)

Hi ha una afirmació, certa i coneguda, al Cap i Casal que afirma que “el sol sempre ix pel Cabanyal”. Aquesta afirmació no sols apareix per l’obvietat que el barri de la mar, el més a l’est de la ciutat, és el primer en rebre els llums de primera hora del matí, sinó perquè el Cabanyal ha estat un barri en disputa i des d’on s’han cuinat resistències. En dades demogràfiques el Cabanyal no es diferencia a grans trets del que seria qualsevol barri popular de València, exceptuant alguns trets més concrets. El Cabanyal, amb una població de 20.580 persones té una estructura demogràfica semblant a altres barris com Orriols. La majoria de la població del barri mariner es concentra entre les d’edats de 16-65 cosa que representa el 63% de la població, una dada semblant a Orriols on aquesta seria del 65% i una edat mitjana quasi idèntica (42 anys). Les taxes d’atur són, alhora, també molt semblants; si el barri mariner compta amb un 24% d’atur, el barri d’Orriols estaria un poc per baix amb un 21% (i).

Què és aleshores el que fa que el Cabanyal tinga aquesta importància per al nou consistori i a la població en general? Primerament, caldria observar les característiques concretes del conflicte del Cabanyal. El ja conegut pla de l’ampliació de Blasco Ibañez va estar un pla molt conflictiu, l’enderrocament de més de 1.600 habitatges representava la punta de llança del model de ciutat que el Partit Popular imposava. Un model basat en els macroprojectes (l’ampliació de la zona ZAL  del port amb la destrucció de la Punta, l’urbanisme exagerat que es menjava l’horta de València, la Ciutat de les Arts i les Ciències, etc) Un projecte que pretenia passar per damunt de tot un barri, que va començar un procés de guerra oberta contra la gent que residia entre les seues arteries i que ataca tota una forma de vida.

La resistència davant aquest, es va tornar cada volta més mediatitzada pel que tots els partits polítics de l’oposició en aquell moment, no van dubtar en apropar-se al conflicte. Per altra banda, la concentració de 674 propietats municipals (ii) al barri permet una major implicació de l’Ajuntament que en altres bandes del Cap i Casal (on la presència del mercat privat és major). Per tant, les reivindicacions socials del barri que van posar la qüestió de la rehabilitació en l’agenda política sumat al pes que en l’Ajuntament al barri així com les particularitats que té un barri com aquest que pràcticament ha quedat reduït a escombraires, el dota d’una importància central en el model de ciutat que s’està gestant. I és per aquest motiu que el Cabanyal té aquesta importància, el model de ciutat de València (que a priori ha de deslligar-se de les antigues dinàmiques) comença per ací. Efectivament, el sol sempre ix pel Cabanyal.
Rehabilitació sense destrucció, i sense gentrificació

Passejant pel nostre barri, es poden observar des de finals dels 90 i principis dels 2000 pancartes als balcons que resen  “rehabilitació sense destrucció”, aquest fenomen es va començar a donar quan el pla de destrucció del Cabanyal es va donar a conèixer i va començar un procés d’atac directe per les institucions (tant públiques com privades) que pretenien traure-li redit econòmic al barri a partir de la seua destrucció i la construcció de l’avinguda.

És a partir de l’aturament de l’ampliació de l’avinguda que comença la part més complexa de la construcció del nou barri. Una volta la lluita social (iii) guanya la batalla contra l’ampliació, toca posar-se mans a l’obra del que serà el nou barri. Dins d’aquesta dinàmica podem trobar dos grans grups que defineixen la lluita del Cabanyal (iv). Per una banda trobaríem el bloc que, emocionat amb la “voluntat de diàleg” del nou consistori vol la rehabilitació a tota costa independentment de les seues conseqüències i aquells que es posicionen en contra d’una rehabilitació que supose l’expulsió de part del veïnat. El primer grup vindria encapçalat per la Plataforma Salvem el Cabanyal, la cara més coneguda i mediàtica del conflicte i per altra tot el conjunt de col·lectius i centres socials que treballen al barri i que han vingut a configurar una alternativa organitzativa coneguda com ESPAI VEÏNAL DEL CABANYAL per un procés de participació autoorganitzat (Espai Veïnal des d’ara) (v). Dins d’aquest procés, des de l’Ajuntament de València es va llançar una iniciativa de rehabilitació del barri on després d’un concurs públic, un equip de treball multidisciplinar va posar-se al capdavant del nou projecte per al barri, aquest s’ha denominat “Va Cabanyal”.

Tot i que la iniciativa sembla interessant i les persones que conformen l’equip de treball han mostrat sempre la seua intenció d’encetar un procés participatiu, ja són algunes les veus que posen en dubte que la vertadera intencionalitat de l’Ajuntament siga la de fer un barri per a les persones que hi viuen. A un article publicat a Valencia Comkal, posa de manifest açò mateix i s’afirma que “Una empieza a dudar de todo lo que tiene delante y a pensar que Va Cabanyal tiene dos características típicas de toda estafa o timo: La rapidez y la buena pinta que hace que uno mismo participe por su propia voluntad.” (vi). I és que si bé és normal que molta gent del barri davant la situació en la qual el va deixar el PP demane més policia, també és normal que aquells col·lectius i associacions que van treballar per recuperar espais abandonats i convertir-los en habitatges o centres socials i que treballen dia rere dia amb la població més vulnerable mostren els seus dubtes davant d’una sèrie de mesures d’urgència que prioritzen la intervenció policial i el desallotjament de cases per davant de les persones que actualment resideixen en la “zona zero” del Cabanyal. I veient la urgència amb la qual es prenen aquestes decisions. dubte, també, que Va Cabanyal siga de veritat l’eix vertebrador del nou barri o simplement un lloc de propaganda política. Davant aquesta situació les preguntes claus que es llancen a la resta de veïns des d’Espai Veïnal són aquestes: es vol una rehabilitació del barri o una simple revaloració econòmica?

El concepte clau, la gentrificació

Des de la creació del concepte gentrificació per Ruth Glass (1964) per assenyalar els processos que es donaven a diferents barris de Londres, el concepte ha anat evolucionant i afermant-se fora dels cercles estrictament universitaris. Hui dia; moviments socials, polítics i tècnics empren aquest concepte demostrant la força objectivitzadora que té. Tot i l’actualitat del concepte i el seu ús constant, sembla que no existeix un consens d’on caldria posar les línies roges per definir què està gentrificat -o què està patint el procés- i què no. Al Cabanyal, com a cas concret, aquest consens no sols no existeix sinó que comença a ser un element de disputa política entre els col·lectius del barri. És evident que si establim una comparació entre l’antic pla al qual estava condemnat el barri -l’ampliació de l’avinguda de Blasco Ibañez- i la perspectiva de futur que tenim ara, trobem que els elements més agressius del desplaçament poblacional no es donen. Ara bé, que l’expulsió del veïns i veïnes no es done mitjançant excavadores i carregues policials, no vol dir que es puga donar un desplaçament poblacional i una colonització (Left Hand Rotation, 2012) de l’espai públic i privat per part de les noves classes mitjanes urbanes.

L’actual context de recuperació del barri no es concep per part del veïnat més lligat a les propostes de rehabilitació urbanística de plataformes com Salvem, com una gentrificació del barri sinó com una atracció de capital humà més jove, que vindria a emplenar el barri de cultura i recuperació econòmica, i que al no albergar grans projectes urbanístics i sense la presència de multinacionals al Cabanyal el desplaçament de població no es donaria. Ací trobem vàries errades analítiques que, ‘a priori’, podríem pensar que ve de la seua adscripció socioeconòmica i els interessos que aquesta comporta. Primer de tot: la mobilitat social interurbana sols està reservada per a uns pocs privilegiats, aquells que disposen de capital econòmic suficient com per a poder desplaçar-se i amb suficient capital cultural i simbòlic per adaptar-se i adaptar les ciutats a les seues exigències. Per a les classes populars, per a la classe treballadora, el desplaçament sempre és un problema ja que implica deslligar-se de la teua comunitat de referència, de cercar lloguers barats, etc. Que s’anime a la mobilitat  de residència és fruit de l’exaltació de la propietat privada i de l’acumulació de capital (Smith, 2002). En altres paraules, la suposada gent que hauria de vindre a viure en el Cabanyal no seria una altra que aquella que disposa de recursos per a fer-ho, adaptant el barri al seu mode de vida.

Per altra banda, que el concepte de gentrificació s’haja generalitzat, no implica que s’estiga emprant des d’una perspectiva actualitzada o –per què no dir-ho- correcta, perquè aquest procés es done no ha de passar necessàriament per les fases que es reconeixen com a tradicionals d’aquest abandonament-degradació-atracció-revalorització-desplaçament. Tot i que al Cabanyal sembla que s’ha complit gran part d’aquest esquema. Cal, però, assenyalar que el punt central de la gentrificació recau en el fet que en el transcurs del procés el barri ja no seria un espai habitable, sinó un espai consumible (Mansilla, 2015). És a dir, que els barris al revaloritzar-se es converteixen en espais urbans l’ús dels quals ja no és el purament habitacional sinó el de consum. Finalment, trobem un gran biaix de classe. En els darrers mesos hem trobat una posada en escena de discursos que apel·len al “civisme” per tal de millorar la convivència. D’alguna manera, es demana a gran part del veïnat de procedència cultural molt diferent i de classe social molt més baixa que s’adapte a les normes cíviques, una mena de codi cultural i de protocol d’actuació en el qual tots ens entenem. Aquest codi cultural no és més que la imposició d’un estil de vida concret, una sort d’espai neutral i consensuat on tots ens hauríem de trobar, la mediació (Delgado, 2013). En paraules de Manuel Delgado:

En nombre de los valores abstractos de la ciudadanía y del civismo es que vemos llevar a cabo la exclusión de los espacios públicos de elementos “indeseables” para la proyección de éste como guarnición de acompañamiento de grandes operaciones urbanísticas, que son al tiempo especuladoras y espectacularizadoras, la monitorización de las prácticas ciudadanas, el acoso contra movimientos sociales disidentes y otras expresiones de los que se da en llamar eufemísticamente “gobernabilidad urbana”
 (Delgado, 2013). El Cabanyal no pot cometre l’errada de sucumbir a les exigències del mercat, i revaloritzar-se en termes econòmics, per desplaçar a tota la població que molesta, la que té menys recursos, etc. I no només per una qüestió de solidaritat amb la gent més desafavorida, sinó perquè si entenem l’espai sociodemogràfic del barri com un camp (Bourdieu, 1992) amb interessos contraposats en disputa, totes aquelles persones que no siguen propietàries dels seus habitatges veuran com també el preu del sol s’encareix i inclús a aquelles que ho siguen, com el seu voltant va canviant i no troben una identitat cultural pròpia, la de barri i que els preus de consum també s’encariran. El mercat tot ho arrasarà.

Algunes conclusions ràpides

Com bé hem observat, el procés de gentrificació es pot donar i es pot desencadenar per circumstàncies diverses i no necessàriament lligades a l’esquema clàssic. Qualsevol focus d’atracció de classes socials més altes i amb un capital cultural major pot fer pujar el preu de l’habitatge, atraure inversors que revaloritzen el terreny, que generen comerços destinats a rendes més altes i que açò comporte el canvi de la fisonomia del barri, convertint els espais públic i habitacionals en espais de consum. La gentrificació del Cabanyal no s’atura per l’enderroc de l’antic pla del PP. La gentrificació es dóna per dos qüestions bàsiques: per l’encariment del preu habitacional i el del consum (transformant el barri en una mena de centre comercial a l’aire lliure) i per la pèrdua de les seues característiques sociològiques que conformen la seua identitat concreta. Els espais urbans estan dividits per les seues característiques sociològiques, i els barris han d’estar adaptats a les necessitats vitals de la gent que l’habita. Perquè la gentrificació s’ature, cal deixar el mínim d’espai possible al mercat. Al Cabanyal açò és possible, ja que l’Ajuntament compta amb quasi 700 cases de les seua propietat, i podria ajudar perfectament si tinguera voluntat amb, per exemple, la cessió d’ús aquest habitatges a cooperatives d’habitatges com ja es fa en altres bandes de l’Estat espanyol. D’aquesta manera, s’impediria l’entrada de l’especulació a la zona més degradada del barri,  i resolent un dels problemes més evidents i urgents que existeix actualment.

Una altra de les qüestions a resoldre és el tema cultural. Actualment, la cultura sembla ser la resposta davant tot, ara bé, sembla que es busque fora de nosaltres, delegant a empreses, pimes o autònoms la creació d’aquesta cultura. Cal, però, assenyalar com la cultura popular és practicada a tot arreu del Cabanyal-Canyamelar; amb una gran xarxa de falles, amb expressions diàries en forma de cançons al Clot, amb llibres que reconeixen una gastronomia diferència per al Cabanyal de la resta de la ciutat de València, amb la realització de trobades al carrer, amb un mercat dels dijous molt actiu i un llarg etcètera. Totes aquestes mostres de cultura popular són les que cal potenciar enlloc d’obsessionar-se per atraure capital cultural representat per joves amb formació universitària i amb recursos per a invertir. Ara és el moment de començar a construir el model de barri que volem, una oportunitat de generar dinàmiques que eviten l’empobriment i l’expulsió de gran part del veïnat i per posar en pràctica un altre model de ciutat. Una ciutat feta des de baix i per als de baix. No podem tornar a perdre una altra oportunitat.

Notes

Dades extretes de l’Oficina Municipal d’Estadística de València
ii Segons dades aparegudes en premsa, és complicat traure informació directa de l’oficina del Plan Cabanyal-Canyamelar
iii Parlem de lluita social perquè entenem que el gruix dels actors en el conflicte social del Cabanyal sempre han sigut els col·lectius i individus que s’han oposat des del principi a la prolongació. Que derivat d’aquesta lluita s’hagen emprat vies com les judicials o s’hagen impulsat els partits polítics de l’oposició són efectes d’aquesta lluita.
iv Partiríem d’una fal·làcia si reduírem a dos grups els actors socials i polítics del barri, tota comunitat i- sobretot- tota comunitat en lluita té diferents actors, línies de treball i contradiccions que estan en constant moviment. Ara bé, sí que és cert que si partim del concepte de rehabilitació trobem dos línies generals que divideixen el “moviment”
Després de les eleccions de maig de 2015, el nou consistori va anunciar una sèrie de “mesures d’urgència” al Cabanyal que van provocar els recels de gran part de col·lectius del barri. La problemàtica es va veure reduïda a una qüestió d’ordre públic i es va intensificar el control policial sobre la policia romanesa i gitana i sobre els centres socials okupats i les persones que per “estètica” podrien considerar-se part d’aquests. Davant açò es va impulsar l’Espai Veïnal, ací es pot llegir el manifest.
vi  ¿Es Va Cabanyal simplemente un instrumento de propaganda política?.

Bibliografia

Bourdieu, P.; Wacquant, L. (1992).Una invitación a la sociología reflexiva. Buenos Aires: Ed. Siglo XXI
Delgado, M.(2013). Ciudadanía, política y espacio público [en línea]
Glass, R. (1964). London Aspects of changes. London: Ed. MacGibbon.
Left Hand Rotation (2012).  Gentrificación no es un nombre de señora. Madrid: Bellas Artes UCM.
Mansilla, J. A. (2015). El triunfo de las clases medias. Dialéctica entre cambio social y urbanismo en Poblenou, Barcelona. RAE, 15 (10): 121-139.
Mansilla, J. A., Morell, M. y Egizabal, M. (2013). “Gentrificación es luchas de clases”: Fronteras y conflictividad en el espacio urbano actual. [en línea]
Ochsenius, F. (2015). La segregación socio-espacial. Abordajes diferentes para un fenómeno de múltiples dimensiones. [en línea]
Smith, N. (2002). New globalism, new urbanism: gentrification as global urban strategy. Antipode, 34 (3): 427-450.

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A 25 años de la “intifada del Besòs” o la apropiación simbólica del conflicto urbano en el margen derecho del Besòs.

El solar de la palmera en octubre de 1990 | Fuente: http://www.ccma.cat/

por Giuseppe Aricó (OACU)

Desde la semana pasada, diversos medios de comunicación se están preocupado por recordar que estos días se cumplen exactamente 25 años de la “intifada del Besòs”. Todo empezó la última semana de octubre de 1990, cuando la administración decidió levantar, en un amplio solar del barrio, alrededor de 200 VPO para realojar a algunos vecinos del cercano barrio de La Mina y otras “zonas calientes” del área metropolitana. Tal y como ha enfatizado Javier Torres en La Vanguardia, ese acontecimiento seguiría representando hoy día “una gesta de la que los habitantes del distrito están orgullosos y que han evocado esta semana, como si de un espíritu guerrero se tratara, para alzarse contra el aumento de la venta de drogas y de la ocupación ilegal de pisos. Ambas han aumentado mucho en los últimos meses como efecto contagio por la creciente degradación del colindante barrio de la Mina”.

Como si de un maleficio se tratara, parece que la historia vuelva a repetirse evocando, un cuarto de siglo más tarde, las mismas motivaciones que supuestamente estaban entonces en la base del conflicto. Efectivamente, en 1990 el problema de fondo parecía ser la cierta ansiedad que generaba La Mina en el imaginario colectivo como símbolo de “delincuencia”, “drogadicción” e “incivismo”. Así, para la clase social obrera del Besòs, ya empobrecida y afectada por el desempleo, la noticia de una posible “cohabitación” con residentes de La Mina habría implicado el declive definitivo del barrio. Pero ¿fueron real y únicamente éstas las razones que fundamentaron lo que ha pasado a conocerse como la más grande revuelta vecinal de Barcelona desde el restablecimiento de la “democracia”? ¿Podría haber algo más tras las reivindicaciones de aquellos vecinos que, con tanto orgullo y tanta rabia, lucharon en contra de unos proyectos urbanísticos que no tenían en cuenta sus necesidades reales?

El hecho es que el 1990 fue, además, un año clave para entender la forma en que los barrios del margen derecho del Besòs, que empezaban a ocupar una posición estratégica en el territorio metropolitano, fueron sistemáticamente privados de toda posibilidad participativa en los proyectos urbanísticos perfilados desde la élite política y económica que dominaba la ciudad condal. Ya a mediados de los ’80, el simple anuncio del proyecto olímpico implicó un cambio de escala significativo en las prioridades urbanísticas de una Barcelona cada día más proyectada a nivel global que ansiaba afirmarse como la millor botiga del mon. El recién nacido “urbanismo democrático” ya no aspiraba a la simple transformación física de la ciudad, sino a promover la resolución o edulcoración de los conflictos socio-económicos mediante la intervención directa o indirecta en su espacio urbano.

De ese modo, todas aquellas actuaciones dirigidas a generar un “espacio público de calidad”, no sólo se convirtieron en el rasgo definitorio e ideológico de lo que pasaría a conocerse como model Barcelona, sino que vendrían a caracterizar la manera de hacer ciudad desde que Narcís Serra tomara posesión del alcaldía en 1979. Esa nueva forma de intervenir en las políticas sociales y urbanas de Barcelona acabó configurando un nuevo imaginario colectivo donde las condiciones de opresión social, política, económica y cultural, a las que había estado sometida gran parte de la ciudadanía durante el Régimen franquista, parecían quedar estrechamente e únicamente vinculadas a la época predemocrática. Como señalara acertadamente Santiago López Petit, “el modelo Barcelona fue construido mediante la expropiación y capitalización de la fuerza colectiva de las luchas antifranquistas, mediante la canalización de un derecho a la ciudad reivindicado en la calle. El modelo Barcelona, en fin, es hijo de la transición política postfranquista, y por eso encierra todas sus contradicciones”.

Desde esta óptica, el período que más se correspondería con el desarrollo, máximo éxito y estancamiento de dicho modelo, es sin duda el encarnado por la alcaldía de Pascual Maragall (1982-97), quien, con el fin de impulsar el desarrollo económico de la ciudad, sostenía que “la mejora del espacio público es relevante para la resolución de los problemas económicos y sociales”. Una afirmación que pondría explícitamente de manifiesto la importancia del intervencionismo urbano para la regeneración -y consecuente privatización- del espacio dentro y fuera de los límites urbanos de Barcelona. Muy pronto estos procesos llegaron hasta el margen derecho del Besòs, donde la metamorfosis urbanística impulsada por los JJ.OO. había experimentado su máximo momento de inflexión con la realización del tramo de la Ronda Litoral que va desde el barrio de La Mina hasta el municipio de Montcada i Reixac.

Con la apertura de esta vía rápida, se registró un incremento muy considerable de la accesibilidad metropolitana, lo cual beneficiaba en particular modo las inversiones privadas relacionadas con el sector terciario, el turismo y los grandes eventos de ocio. Este aspecto no tardó en despertar los intereses y la codicia de promotores y empresarios inmobiliarios cuya ambición primordial era imprimir un cambio radical al conjunto del margen derecho del río a nivel no sólo territorial y urbanístico, sino sobre todo social. Barrios sistemáticamente olvidados y marginados, como El Besòs, La Verneda, La Catalana y sobre todo La Mina, se encontraron de repente en el centro de mira de todos los intereses que incumbían en el conjunto del territorio fronterizo de Barcelona. Se trataba, de hecho, de revalorizar el territorio y, de ser posible, su población transformando la zona en una área de “nueva centralidad” metropolitana a merced de atractivos proyectos inmobiliarios y comerciales.

Pero el Ayuntamiento de Sant Adrià consideraba que la revaloración del margen derecho del Besòs representaba una tarea muy difícil de conseguir mientras que el barrio de La Mina, considerado deliberadamente como un “estorbo”, quedara ahí enclavado en un territorio que se hacía cada vez más rentable. Este factor explicaría, en cierta medida, porqué entre las opciones barajadas por el consistorio adrianense durante la década de los ’80 para “regenerar” este barrio hubiera incluso una que proponía demoler, parcial o totalmente, el mismo. Así lo planteaba la Proposta Bàsica de Gestió de “La Mina”, un informe elaborado en 1987 por la Societat Urbanística Metropolitana de Rehabilitació i Gestió, S.A. (REGESA) y que contaba con el visto bueno del entonces alcalde de Sant Adrià, el socialista Antoni Meseguer, así como de Pascual Maragall por el Ayuntamiento de Barcelona y el de, aun entonces intachable, Jordi Pujol por la Generalitat.

De esa forma tan mezquina, REGESA y el consistorio adrianense justificaban, con la complicidad de Barcelona y la Generalitat de Catalunya, la extirpación parcial o total de un barrio que, en aquel entonces, ni siquiera tenía 15 años de vida. Una intervención tan radical como la propuesta por REGESA era, por supuesto, difícilmente viable en un barrio de la magnitud de La Mina, pero ese tipo de planteamientos, donde la vida de los vecinos venía sistemáticamente subordinada al valor del suelo, volvería a cobrar fuerza en los años sucesivos mediante nuevos proyectos de transformación. En efecto, ya mediados de los ’80, los vecinos de La Mina habían logrado que la Generalitat se comprometiera a edificar unas 200 viviendas de protección oficial para atender a la que se presumía una de las necesidades más urgentes del barrio: esponjar su densidad.

Este compromiso preveía que el Ayuntamiento de Sant Adrià cediera a la Generalitat el terreno donde construir las nuevas viviendas. Inicialmente todo apuntaba a que la operación sería simple, ya que la administración local disponía de suelo en el barrio de La Catalana. Sin embargo, se trataba de suelo adquirido ya a mediados de los ‘80 por la propia REGESA, la cual preveía remodelar la zona en vista de los JJ.OO. El consistorio adrianense propuso entonces utilizar un terreno de propiedad del Consell Comarcal, que se hallaba justo en la frontera, más simbólica que física, entre los barrios de La Mina y El Besòs. En realidad, se trataba de un terreno que los vecinos de El Besòs reclamaban, ya desde hacía casi una década, como espacio para equipamientos y que pasó a ser popularmente conocido como el “solar de la palmera”, plantada por uno de los vecinos para reclamar su conversión en zona verde.

A finales de octubre de 1990, cuando El Besòs era todavía un barrio malamente urbanizado y con un índice de desocupación laboral muy elevado, la noticia de que en aquel solar se construirían viviendas destinadas, mayoritariamente, a los “problemáticos” habitantes de La Mina, abocó rápidamente en lo que Carlos Nadal bautizara como “intifada del Besòs”. Las razones iniciales que estaban a la base del conflicto eran que en el solar en disputa no se construyeran más viviendas, sino los equipamientos reclamados por los vecinos. Sin embargo, el clima de fuerte exaltación popular, las duras cargas policiales y el descontento político que seguían creciendo día tras día en el barrio, acabaron agravando el malestar social y económico acumulado en las décadas anteriores. Precisamente a causa de dicho malestar, algunos vecinos del Besòs empezaron a reelaborar una problemática de carácter eminentemente social mediante unos tópicos fuertemente raciales.

Factores como la violencia, la drogadicción y la criminalidad, que estigmatizaban al conjunto de los habitantes La Mina, serían elevados a causas principales del conflicto. Todo ello desembocó en la formación de un movimiento vecinal desvinculado de la A.VV del Besòs y que empezó a reivindicar “el barrio sólo para los del barrio”. Tanto la compleja realidad socio-espacial del Besòs, como la de La Mina, parecían haber quedado definitivamente ocultas tras el conflicto surgido alrededor de los hechos del solar de la palmera, esto es, reducidas simplemente a ello. Pero la realidad, que ninguna institución o medio de comunicación quería ver, era bastante diferente. En el caso del solar de la palmera, lo que realmente se reivindicaba por parte de la gente del Besòs era la utilización exclusiva de un espacio. La motivación, absolutamente legitima, que sustentaba esa acción de protesta se fundaba, de hecho, en antiguos conflictos políticos con el Ayuntamiento de Sant Adrià. En definitiva, las exigencias vecinales por el espacio chocaban con el interés político por el suelo.

Si bien la misma A.VV. del Besòs reclamaba los equipamientos pendientes, nunca había dejado de pedir una solución concreta también para los habitantes de La Mina. Por otra parte, los sectores más activos del movimiento vecinal de La Mina, que conocían de cerca el barrio del Besòs y las razones que estaban en la base del conflicto en curso, ya habían advertido a las administraciones locales respecto del posible problema que implicaría construir allí las viviendas que la Generalitat les había prometido. Desde hacía años, dichos sectores eran partidarios de la construcción de las nuevas viviendas en los terrenos de La Catalana, pero ni ellos ni la población de La Mina en general sabían que dichos terrenos ya habían sido vendidos en 1989 por REGESA a otras promotoras inmobiliarias, dirigidas por Gerard Gómez, un empresario francés atraído por la posibilidad de hacer negocios en el margen derecho del Besòs y que llevaba años en tratos con el alcalde Meseguer.

Los JJ.OO. estaban a punto de celebrarse y los conflictos que persistían en la zona desde finales de los ‘80 se hacían cada vez más ingobernables, lo cual aumentaba la preocupación y, por ende, el descontrol político de las administraciones. En respuesta a tal preocupación, a finales de 1990 el Ayuntamiento de Sant Adrià contractó con toda urgencia a un equipo de arquitectos, al cual encargó la redacción de una propuesta de modificación parcial del PGM de 1976, denominada Pla del Marge Dret del Besòs a Sant Adrià (PMD). Elaborado por los arquitectos Lluís Cantallops, Manuel Ribas y Estanislau Roca, el PMD pretendía reconducir las intervenciones previstas en el margen derecho del Besòs estableciendo que el área alrededor de La Mina se convirtiera en la “puerta de entrada a Barcelona por el norte”, con el fin de acoger a visitantes e inversores de los JJ.OO.

En este sentido, lo más significativo del PMD era su radical cambio de escala en relación a las actuaciones previstas para La Catalana y cuya “nueva centralidad” obligaba “a replantear las hipótesis anteriores y a proponer otras que potenciaran esta calidad en beneficio del propio barrio y de los barrios que lo rodean”. Este aspecto implicaba que también La Mina se considerara como parte de un “contexto territorial más amplio” en fase de transformación. En esta dirección, el PMD preveía el derribo da gran parte de los bloques de la Mina Nova con el objetivo de “acabar con su conflictividad”, pero mantenía totalmente inalteradas las prioridades del consistorio adrianense en La Catalana, así como las de Barcelona, que anhelaba a realizar un puerto deportivo justo al lado de la desembocadura del Besòs. Para garantizar el éxito de esos proyectos, el PMD optaba claramente por una estrecha colaboración entre agentes públicos y privados, algo que respondía a un modelo urbanístico cada vez más en boga en la agenda municipal de la Barcelona olímpica.

Pero las expectativas de negocio de los promotores privados disminuían a medida que se hacía cada vez más claro que el cercano centro comercial de Diagonal Mar, concebido como el verdadero núcleo de la “nueva área de centralidad” emergente, produciría una competencia muy importante si no insostenible. Y había más. La operación de venta de los terrenos de propiedad de REGESA estaba supeditada a la existencia de un Plan Especial de Reforma Interior (PERI) aprobado en 1984, que preveía nuevas viviendas sociales y definía el trazado de la Ronda Litoral y la redistribución de La Catalana. Según el alcalde Meseguer, ese PERI debía ser posteriormente modificado para permitir la construcción de la superficie comercial y residencial que el promotor Gerard Gómez pretendía realizar en La Catalana. Pero, a principios de los ’90, Gómez descubrió que, en realidad, el PERI había sido anulado por el Tribunal Supremo ya en 1987, razón por la cual denunció a Meseguer por falsedad y estafa.

En definitiva, la gran urgencia con la cual se pretendía “revalorar” la zona, en pos del más amplio proceso de transformación urbana del litoral barcelonés, pecaba de una seria y sistemática falta de atención hacia la evaluación no sólo de los costos sociales que este proceso implicaba, sino también de la real viabilidad económica de toda la operación. En efecto, la obstinación del consistorio adrianense en buscar la complicidad del sector privado había provocado que la gestión política y territorial del margen derecho del Besòs quedara a merced de los diferentes intereses en juego en el área. Éstos oscilaban entre los del Ayuntamiento de Sant Adrià, atravesado por una crisis económica y política sin precedentes, y los del Ayuntamiento de Barcelona, que perseguía su gran “sueño olímpico” limitándose a actuar en segundo plano pero manteniendo su papel de deus ex machina. Al mismo tiempo, el Govern de Catalunya intentaba eludir todo tipo de responsabilidad y compromiso, mientras la Administración General del Estado se permitía el lujo de mirarlo todo desde la distancia lavándose las manos.

Finalmente las viviendas del solar de la palmera no se construyeron, los grandes proyectos pensados para La Catalana no llegaron a cumplirse y las problemáticas sociales de La Mina empezaron irremediablemente a enquistarse. Definitivamente, la gran “ocasión olímpica” para promover la supuesta transformación del margen derecho del Besòs, tanto deseada por Meseguer, Maragall y Pujol, había fracasado por completo. Sin embargo, esa frustración urbanística debería considerarse más bien como un fracaso relativo, puesto que tras la tentativa olímpica para “regenerar” ese espacio no se escondía sino la afirmación de la supremacía urbanística de Barcelona y de sus intereses frente a la debilidad de los municipios de su entorno. Un reto, éste, indudablemente alcanzado. Tal vez, las nuevas retoricas político-económicas que acompañaron el nacimiento de un supuesto “urbanismo democrático” consiguieran apropiarse, simbólica y realmente, de las reales motivaciones que estaban en la base de la intifada del Besòs.

Si bien es cierto que los vecinos obtuvieron los equipamientos por los cuales habían luchado, aunque en otro terreno cercano, también es cierto que de aquel legendario solar hoy día sólo quedan unos pocos metros cuadrados convertidos en “área verde” y la palmera sigue aun en pie como tótem de unos hechos casi míticos, que pertenecen únicamente a una memoria colectiva. A parte de una residencia por ancianos, el resto del solar ha sido ocupado por una gran plataforma comercial alemana y, en la parte más contigua a La Mina, una serie de bloques escalonados de viviendas de precio libre, pensados por una clase social más pudiente, marcan la frontera entre ambos barrios.

Al mismo tiempo, las problemáticas estructurales de las viviendas del Besòs siguen agravándose sin ser intervenidas, la tan internacionalmente aclamada “transformación” de La Mina ha fracasado clamorosamente y el barrio de La Catalana ha, literalmente, desaparecido del mapa. Como si ello no bastara, la desocupación, los desalojos, la densidad, la precariedad habitacional y la segregación socioeconómica sufrida por esos barrios, han seguido creciendo de forma directamente proporcional a la especulación urbanística practicada a lo largo y ancho del margen derecho del Besòs. En el fondo, nada o muy poco ha cambiado desde aquel octubre de 1990. Lo único que lo ha hecho, y de forma sensible, es sin duda alguna el valor del suelo.

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