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El poder simbólico del discurso y las omisiones de clase

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

Michelle Obama y Juliana Awada en el Centro Metropolitano de Diseño | Fuente: http://www.vanitatis.elconfidencial.com/

por Juliana Marcús (OACU)

A 100 días del inicio de la gestión del presidente argentino Mauricio Macri, su par estadounidense Barack Obama visitó el país por primera vez. Su llegada ha causado cierto malestar entre algunas agrupaciones civiles, políticas y de derechos humanos porque, entre otras cuestiones, coincidió con la conmemoración de los 40 años del inicio de la última dictadura cívico-militar en Argentina. Durante el encuentro, que mantuvieron en conferencia de prensa el pasado miércoles 23 de marzo, debatieron sobre política exterior, el reciente atentado a Bruselas, educación, desarrollo y ciencia y tecnología, entre otros temas.

A horas de cumplirse un nuevo aniversario del golpe militar, Mauricio Macri hizo mención a la desclasificación que Estados Unidos realizará de los archivos vinculados a la última dictadura argentina, que describió como “la época más oscura de nuestra historia”, pero no hizo una sola mención al terrorismo de Estado, a la desaparición forzada de personas, a la desindustrialización sostenida, a la recuperación de la memoria, la verdad y la justicia. Más allá de esta omisión, que considero inadmisible puesto que constituye una “omisión de clase” en plena regla, mi intención en este texto es centrarme en otro encuentro que se llevó a cabo horas después: me refiero al que se dio entre las primeras damas Juliana Awada y Michelle Obama en el marco de la iniciativa Let Girls Learn (Dejen aprender a las jóvenes) cuyo ambicioso objetivo es que en los próximos 70 años todas las niñas del mundo puedan acceder a una educación  formal.

Lo primero que quiero destacar es el lugar donde se realizó el encuentro: el Centro Metropolitano de Diseño (CMD) ubicado en el barrio porteño de Barracas, al sur de la ciudad. El CMD forma partedel Distrito de Diseño, una iniciativa del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que tiene por finalidad consolidar el estatus de Buenos Aires como Ciudad UNESCO de Diseño. El plan se inscribe dentro de una propuesta más amplia que apunta a “revitalizar” y “renovar” la zona sur de la ciudad, tal como la retórica urbanista la presenta e incluye inversiones de capitales públicos y privados en los barrios de La Boca (Distrito de Las Artes, Usina del Arte, Paseo de Las Artes, saneamiento del Riachuelo, Fundación Proa), Parque Patricios (Distrito Tecnológico) y San Telmo (Distrito de Las Artes y renovación urbana del Casco Histórico).

Quiero detenerme en la expresión “revitalizar el sur” puesto que es muy utilizada por los agentes públicos y desarrolladores privados para definir acciones que impulsen la “renovación” urbana y cultural de áreas relegadas de la ciudad. Esta expresión invisibiliza los modos del habitar que ya existen en los barrios del sur o en otras zonas degradadas como si se tratara de un espacio “sin vida”, abandonado y en desuso. En definitiva, la práctica y los discursos urbanísticos niegan y suprimen los usos, las lógicas urbanas y las relaciones sociales que se desarrollan en estas áreas y pretenden incidir en lo urbano, es decir, en el espacio vivido, en términos de Lefebvre. Este centro de diseño se encuentra apenas a ocho cuadras de la villa miseria 21-24, la más poblada de la Ciudad de Buenos Aires. Y, sin embargo, no hubo una sola adolescente de la villa presente en la conferencia de Michelle Obama. Volveré sobre esto más adelante.

Lo segundo que quiero resaltar es el discurso de Juliana Awada para presentar a Michelle Obama ante un auditorio repleto de mujeres adolescentes. Fueron apenas tres minutos pero los suficientes para ejercer lo que Pierre Bourdieu llamó “poder simbólico”. Por tomar sólo un ejemplo, Awada comenzó su presentación leyendo: “Cuando uno quiere curar enfermos, estudia medicina. Cuando uno quiere construir una casa, estudia arquitectura, ¿no? Pero cuando una elige acompañar a su marido en una tarea con tanta responsabilidad como es ser Presidente, una no estudia para ser Primera Dama.” El poder simbólico de este discurso radica en conservar e inmovilizar las clasificaciones del mundo social. Se trata de un poder invisible que se ejerce con la complicidad de aquellos que lo legitiman de modo que el poder es reconocido cuando se desconoce su arbitrariedad, aquello que Bourdieu denominó reconocimiento por desconocimiento.

Las palabras de Awada otorgan a la mujer un lugar de “acompañante” y de “sostén” del varón que reproducen cliches del tipo “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, y con ello los más rancios estereotipos de género que los movimientos feministas vienen cuestionando y combatiendo desde hace décadas. Considero que estos movimientos  están en condiciones de destruir este poder de imposición simbólica desde el momento en que toman conciencia de lo arbitrario. A diferencia del discurso ortodoxo, el discurso heterodoxo encierra un poder simbólico de movilización y subversión del orden establecido como natural.

Me gustaría enfatizar la contradicción producida entre el tema de la conferencia y el público que la escuchaba. Michelle Obama disertó sobre la desigualdad en el acceso a la educación de las mujeres, pero las jóvenes estudiantes que fueron invitadas al CMD eran de sectores medios y altos, la mayoría vestidas con uniformes de colegios privados de la Ciudad de Buenos Aires y con sus iPhones en mano. Estas jóvenes son quienes, generalmente, reproducen esa desigualdad y diferencia de clase. No había una sola adolescente de los denominados sectores bajos y populares, muchas de ellas expulsadas del sistema educativo, porque sencillamente no fueron consideradas ni invitadas. Me atrevería a decir que más que una contradicción se trató de un claro ejemplo de habitus de clase: Awada y sus asesores y asesoras probablemente no se hayan dado cuenta de tremendo descuido puesto que desde sus marcos de percepción es impensable la presencia de esas chicas en ese espacio.

Por último quisiera destacar que durante los veinte minutos del discurso de Michelle Obama su leitmotiv fue Yes you can! Con frases como “Mis padres no tenían estudios universitarios, pero me enseñaron que podría lograr lo que fuera si me esforzaba y estudiaba”, “empecé a pensar en mi capacidad de alcanzar mis propios sueños” o “gracias a mis estudios tuve oportunidades”, la primera dama estadounidense aludió constantemente a la voluntad individual como único y principal camino para combatir las desigualdades sociales y omitió decir que son los Estados los que deben garantizar el derecho al acceso igualitario a la educación.

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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Los centros del triángulo: Migración y neocolonialismo en Sicilia.

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Por Stefano Portelli (OACU y Perifèries Urbanes)

Cuando los migrantes desembarcan del enorme buque de la marina militar italiana que los ha rescatado en alta mar, los acoge un dispositivo móvil que ya se va convirtiendo en habitual. Los médicos seleccionan quién necesita curas especiales; la policía registra nombres y asigna a cada uno un número; después entran bajo la gran carpa de la protección civil, y se sientan o estiran en las camillas. El puerto de Augusta es el puerto comercial más grande de Sicilia oriental, y a su alrededor, desde los cuarenta, se ha desarrollado uno de los más grandes establecimientos industriales del Mediterráneo: el petroquímico de Siracusa. Durante décadas, sus industrias han a la vez salvado la economía y destruido la salud de los habitantes: hoy, cuando muchas fábricas han cerrado, la franja de costa entre los tres pueblos de Augusta, Melilli y Priolo Gargallo se ha convertido en el ‘triángulo de la muerte’, en el que al paro se añade una contaminación que parece irreversible: un niño de cada veinte nace con una malformación, y un adulto de cada tres muere de tumor. El aire quema al respirar, y en el horizonte brillan oscuras las llamas sobre las chimeneas; el volcán Etna está a 50 km. pero casi nunca se ve, envuelto en la espesa bruma blanca. Precisamente en estos tres pueblos las autoridades de la provincia de Siracusa han decidido emplazar los centros de acogida para menores migrantes.

Durante tres meses estuve trabajando con una ONG en los centros del ‘triángulo’. Ya desde los primeros días, una de mis primeras preguntas fue: ¿Por qué llamarlos ‘centros’, si lo único que se puede afirmar de ellos es que son periféricos? Así como es periférica la historia de la contaminación de estas tierras – en los periódicos nacionales se habla del Ilva de Taranto, de la ‘tierra de los fuegos’ en Campania, ahora del amianto en el aire en Avellino, pero nunca del desastre humano y ambiental de esta punta de Sicilia. La proximidad con África, que hoy significa inmigración, en otros tiempos significó hidrocarburos; y en el mismo trozo de mar que cruzan los migrantes se están implantando nuevas plataformas petrolíferas, justo en frente del otro gran puerto de la zona, el de Pozzallo. Pero sólo lo sabe quién vive aquí; porque al sur de Sicilia se va de vacaciones, no para descubrir planes neodesarrollistas.

Lo mismo pasa con los ‘centros’. Lo que sucede a su interior, generalmente, no se filtra fuera; si filtra, su representación no corresponde con lo que se ve adentro. Para entender qué acontece aquí, antes hay que acostumbrarse a la lengua franca que se ha desarrollado en ellos. Los niños hospedados aquí – todos varones, y de varios orígenes – hablan un idioma como el de los puertos, hecho de trozos de inglés, árabe e italiano mezclados con algo del dialecto siciliano que hablan los trabajadores del centro. Una palabra me impactó al principio: a la comida la llaman mangerìa. Es una palabra que no existe en italiano, y tampoco en siciliano. Descubrí pronto que la palabra venía de Libia: los subsaharianos la habían aprendido en su detención en las cárceles o campos libios, y la habían traído aquí, muchos incluso pensando que era árabe. Pero no es árabe: es una palabra italiana antigua, que quedó allí incluso cuando los colonizadores italianos, que entraron en Libia en 1911, fueron expulsados por Gadafi en los años sesenta. Ya desde el principio, estos lugares evocan fragmentos sumergidos del colonialismo.

Esta impresión se hizo aún más fuerte, cuando me dí cuenta que nadie de los migrantes que viven en ellos llama a estos lugares ‘centros’. La palabra que usan es camp. Obviamente, ‘campo’ en Europa es una palabra prohibida: despierta demasiados fantasmas para que se pueda usar libremente (¡menos que para los ‘campos rom’, o ‘campos de gitanos’!). Hablando con ellos me di cuenta que llaman también ‘campos’ a muchos de los lugares por los qué han transitado en Libia, lugares de violencia extrema, de los cuales muchos llevan rastros en su piel. El paralelismo les surge espontáneo, entre los campos o prisiones de refugiados instituidos por Gadafi para retener los migrantes, a cambio de subvenciones italianas, y nuestros ‘centros de primer auxilio’ que nos representamos como puertos seguros después de las violencias sufridas en África. Sin embargo, es evidente que la frontera es mucho menos definida de lo que nos gustaría, y que en Europa estos muchachos vuelven a encontrar otros campos, gobernados por una variante más sutil de la misma violencia estructural que han sufrido durante el resto del viaje. Y del colonialismo pasamos al fascismo… ya que los primeros campos de concentració del siglo XX fueron precisamente los que los fascistas italianos implantaron en Libia, para detener los aldeanos de Cirenaica desplazados durante la revuelta de Omar Mukhtar.

Y se podría seguir. Porque todas las palabras con que se habla de este fenómeno – ‘emergencia’, ‘traficantes’, ‘flujos’, ‘menores’… – esconden un engaño, una mistificación de su estructura perversa y discriminatoria, con raíces antiguas y profundas: un gigantesco y oculto dispositivo de segregación que constantemente se desplaza, se fragmenta, se redefine, para seguir siendo incomprensible. Antes en Lampedusa; ahora en Sicilia Oriental; pronto en otro lado, en alguna otra periferia más difícil de monitorear. Cada aspecto de este fenómeno está en constante transformación, y necesitaría de una vida entera para investigarse. ¿Por qué, por ejemplo, si los muchachos tendrían que estar en los centros de emergencia sólo tres días, la gran mayoría lleva aquí meses, hasta nueve o diez? Algunos dicen que faltan hogares de acogida, otros que no se aclara quién tiene que pagar el hospedaje, otros que son las cooperativas que gestionan los centros los que prefieren mantenerlos por más tiempo, para lucrarse con los fondos del gobierno. De vez en cuando algún centro cierra por ‘infiltraciones mafiosas’, o corre algún rumor sobre la vinculación de una cooperativa con algún político; el Ayuntamiento de Augusta, además, hace un año que se disolvió por decreto ministerial, y es actualmente gestionado por una Comisión Antimafia – lo que hace que cada paso sea aún más difícil. Algunos dicen que estos son estereotipos, y que 45.000 migrantes en un año serían un problema para una gran ciudad, imaginen para un pueblo de 40.000 personas; y que, vista la situación, es admirable que no haya habido violencias, como las hubo últimamente en Roma. Aunque, la semana pasada, alguien tiró un coctel molotov contra un centro no lejos de aquí.

Otro aspecto que impresiona es que estos centros (diferentemente del que está en Pozzallo) no están cerrados. Los muchachos son libres de entrar y salir, y hasta de ‘escaparse’, si la palabra tiene sentido. De hecho los sirios, los etíopes, los eritreos (es decir, la mitad de los migrantes que llegan en Sicilia) nunca pasan por los centros: en seguida que llegan al puerto contactan un taxi, o empiezan a caminar por la autopista, y rápido siguen su viaje hacia el norte. Esto también está destinado a cambiar, en breve, con los nuevos dictámenes de la UE; de momento, sólo llegan a los centros gente de Gambia, Ghana, Mali, Nigeria, las dos Guineas, y los Egipcios. Uno de cada tres, más o menos, se acaba ‘escapando’ para alcanzar a algún familiar en el norte; los otros se quedan, aunque las verjas estén abiertas, y durante meses esperan que llegue el momento del transfer, la derivación a una comunidad de acogida para menores no acompañados, que se encargue de su regularización. Pero pasa tanto tiempo que muchos pierden la esperanza, y al final no quieren irse de los centros. A menudo he pensado en la frase de Galeano sobre el colonialismo invisible, que no necesita verjas o lazos para atarte a una conducta obligada: te enseña a obedecer sin ni siquiera usar la fuerza física, sólo con el miedo, con la convicción de que no hay otra posibilidad, y con la desinformación.  Está claro que estas son instituciones totales: pero a veces no está clara su función. ¿Se trata sólo de separar, segregar, alejar, o quizás no quieran también educarlos a la espera, a la exclusión, acostumbrar a los migrantes a la idea de que no van a ser verdaderos ciudadanos, aunque algún día les llegue un documento? A esto se añade otro importante elemento, vinculado con la menoría de edad, que muy a menudo es una menoría de edad declarada estratégicamente, sólo para obtener un permiso de residencia. Muy a menudo quien trabaja o frecuenta los centros, aunque sepa que está hablando con personas adultas, acaba infantilizándolos: también porque así caben mucho mejor en el estereotipo de víctimas que Europa necesita. En fin, si muchos pensaban haber llegado a algún lado, cuando fueron desembarcados en Augusta, estos lugares les enseñan que el viaje está aún lejos de terminar.

El tiempo sin duda representa un elemento de exclusión: los tiempos se dilatan al infinito, la cotidianeidad es dominada por la espera, la repetición y la falta de confianza en el futuro, hasta el punto de crear malestar y verdaderas enfermedades (una variante de la institutional neurosis descrita por Russell Barton hace medio siglo).

Fuente: Stefano Portelli

El patio de uno de los centros

Pero el espacio es un elemento del cual se habla menos, y que va más allá del emplazamiento de los centros en lugares malsanos. Para empezar, ninguno de estos sitios nació para ser lo que es: uno era un antiguo hotel, otro una residencia para ancianos, otro un depósito de taxis, otro una escuela abandonada. Las administraciones han adaptado los lugares para alojar a los menores, en la ‘emergencia’, y los efectos de esta reorganización son evidentes. La ropa se tiende en la verja del fondo; los dormitorios tienen dibujos de los niños en las paredes; el hall de la residencia es ocupada por la policía; una pérgola para los taxis se ha convertido en mezquita; y los menores usan la pica del bar del hotel para lavarse los pies. Todo contribuye a un extrañamiento generalizado, y transmite un mensaje de provisionalidad, pero que rige sus vidas durante meses.

A la vez, esta reconfiguración del espacio también es una brecha a través de la cual penetra el proceso inverso: el de apropiación. Aunque las entidades que trabajan aquí, con razón, empujan para que los chicos no se enraícen, y que estén preparados a ser transferidos, lo que hace su vida menos miserable es precisamente el continuo proceso de toma de posesión y redefinición – individual y colectiva – de los lugares. Viviendo las 24 horas del día, durante meses, en estos sitios mal definidos, los migrantes construyen unos usos del espacio que los trabajadores de los centros tienen que aceptar, aunque sea a regañadientes: el espacio tiene que ser negociado, por fuerza; si no siempre estas formas de agency son abiertamente subversivas, como los pies en la pica, todas representan unas estrategias de contestación y afirmación de su presencia (¡en línea con lo que escribe Michel Agier de los campos de refugiados!). Estos usos del espacio agrietan estas potenciales instituciones totales, infundiendo en ellas algo de vida, alguna parte de sus vidas. Nuda vida, quizás, pero sin duda vida social.

Esto es evidente en el caso de la escuela de Augusta. Bajo la lógica de la emergencia, durante el verano el Ayuntamiento decidió alojar a más de 150 menores en una escuela abandonada del centro del pueblo, sin ni siquiera preocuparse de entregar su gestión a una cooperativa social. Las pésimas condiciones higiénicas de la estructura, y las quejas constantes de los residentes del pueblo (ya deprimido de por sí) llevaron el caso a la atención mediática; las fotos de los chicos de 14 o 15 años ‘abandonados’ en el patio entre basura y cristales rotos, y la ‘promiscuidad’ de las antiguas aulas en que dormían en grupos de 17, eran perfectos para acompañar los artículos de denuncia, y salieron hasta en el National Geographic y en el Wall Street Journal. Este último tituló In Italy Migrant Children Languish in Squalor, con el mismo verbo que algunas semanas después usó Al-Jazeera para las prisiones de Libia (Libya Migrants Languish in Camps). La presión mediática llegó al punto que, en ocasión de una visita de delegados europeos, el Ayuntamiento cerró la escuela y trasladó todos los residentes a otro centro, siempre en el ‘triángulo de la muerte’. Suspiramos todos de alivio, ya que el nuevo centro tenía mejores condiciones higiénicas, y una cooperativa que se encargaría de ellos: en Augusta los refugiados se quedaban solos toda la noche, y había inaceptables episodios de violencia entre ellos, por los cuales muchos de ellos nunca dormían; además, había gente del pueblo que entraba en la escuela sin ningún control, metiendo a los muchachos en tráficos ilícitos y quién sabe qué más.

Cuando visité el nuevo centro por primera vez, entendí que la higiene era la otra cara de una evidente decisión de ‘restablecer el orden’. Más de veinte policías, armados, se quedaban día y noche al interior del centro, aparcando sus furgonetas en el patio, y circulando por los pasillos; incluso entrando en las habitaciones, porras a la mano, cuando había peleas entre los chicos. La limpieza del lugar ofrecía un descanso a la vista; pero ví también como la escuela de Augusta se idealizaba en el recuerdo de los chicos: por cuanto degradada y descontrolada, ese lugar estaba en el centro del pueblo, y les permitía interactuar con adolescentes italianos, de jugar a fútbol en el parque, hasta de flirtear. Esas relaciones, por cuanto poco adecuadas a una situación de emergencia, y mezcladas con otras mucho menos positivas, habían permitido a muchos muchachos de sentirse en Italia, no sólo en un campo: familiarizarse con su nuevo país, pasear por las calles del pueblo – claro, también mendigar para comprar una tarjeta de teléfono, pero también ir experimentando el nuevo idioma. El nuevo espacio, en cambio, estaba en una urbanización aislada, lejos de todo, al lado de una residencia psiquiátrica; las verjas cerraban por la noche, y los chicos tuvieron que acostumbrarse a controlar su horario de vuelta, o directamente se quedaban adentro. A pesar de la higiene y el control, menos de 15 días después del traslado, un gran número de chicos protagonizaron una revuelta, destruyendo mobiliario y otros enseres. Ya no había nadie del Wall Street Journal para escuchar sus demandas, ni para monitorear las reacciones de los trabajadores del centro, o de los policías.

Podemos hacer suposiciones, pero nos es absolutamente imposible entender qué significan estos sitios para estos refugiados. En los centros sólo circulan personas vinculadas con las entidades o las cooperativas, y ninguna ha expresado una voluntad real de comprender mejor qué perciben los migrantes. Quién está del lado de los subordinados siempre tiene que hacer esfuerzos para entender a los que lo dominan; pero los dominadores  consideran fútil y casi ofensivo esforzarse demasiado para entender qué piensan los subordinados (esto lo explica muy bien David Graeber en la Malinowski lecture de 2006). Algún día, sin embargo, algunos de entre estos chicos escribirán, o explicarán de alguna manera cómo eran estos campos desde su propio punto de vista. Los que son hoy sólo una categoría burocrática, ‘menores migrantes no acompañados’, se revelarán como lo que son para la historia: nuevos exiliados, que, a través del desierto, de la muerte y del engaño, fundaran nuevas ciudades en nuevas tierras. Habrá que ver qué papel jugará Augusta, con su triángulo de la muerte, en esta nueva Odisea. ¿Será la isla de Ogigia, en que el tiempo pasaba tranquilo, aunque vacío? ¿O más bien la de la maga Circe, en qué había que andar con mil ojos,  para no ser convertidos en animales?

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