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El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Fuente: Plataforma de Arquitectura

El pasado día 27 de febrero, el diario El País publicaba un artículo titulado Los mejores arquitectos eligen los mejores edificios del siglo XX. En el listado de obras referenciales aparecía el Cementerio de Igualada, de Enric Miralles, en el puesto 49º. El compañero del OACU Pedro Gabriel escribe unas reflexiones al respecto.

El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Parece que ahí el arquitecto se tragó su propio jarabe. Se ha quedado para siempre con su obra inmaculada solo para él. Dicen que es “el cante del cisne”, pero a mi parece más una especie de tragicomedia griega.

En Igualada Miralles dio bastante énfasis al momento de la ceremonia fúnebre, y se cargo lo demás. Un réquiem seria, con 3 tiempos, pero se ha quedado en las notas de introducción, algunas veces pérdidas y desconcertantes sin un fondo humano (una comunidad) de suporte – de la cual hace uso no más que de sus huesos, en medio de piedras, como material constructivo. Un réquiem tampoco se dirige a los muertos desconsiderando a los vivos, se dirige al doliente y se dedica a los muertos, en su homenaje y memoria. No hay memoria sin vida ni vida sin memoria.

Para las exequias fúnebres ahí celebradas, que jamás dejarán de ser rituales mismo para los más laicos, el arquitecto intentó enfatizar y sobredramatizar (sobre todo en el recorrido ceremonial entre la capilla funeraria y las tumbas) momentos que por sí solo ya son suficientemente dramáticos y casi insoportables, volviéndoselo todo aún más duro y difícil. Después, en los siguientes tiempos (el luto y la dolorosa mácula, y los recuerdos en la vida cotidiana), intentó hacer con que las memorias individuales se disipasen y se despersonalizasen para forzosamente convertírselas al olvido. Incluso a los nichos y a las tumbas las quería hacer anónimas, tal como nuestra querida Dolores tan bien explica en su tesis. En esa obra el arquitecto no tiene disculpas, por su indiferencia colmatada con “virtuosismo”, ya que el tema del ritual (funerário) ya fue suficientemente bien estudiado para que pudiera simplemente ser ignorado. Van Gennep, por ejemplo y para empezar, ya le daba algun material para construirse ahí algo más apropiado. El tema de la muerte no se puede solucionar simplemente en y con el funeral. En Igualada, después del ritual funerário de devolución del cuerpo a la Tierra (el momento fúnebre de separación del mundo de los vivos) y después del recorrido de regreso (también bastante dramatizado por el “embotellamiento” de los muros en el recorrido de regreso), todo queda en suspenso, indeterminadamente, como en un estadio liminal que él (Miralles) quería o suponía que fuera, así, eternamente poético, pero que algunas veces se convierte en una pesadilla.

Además de imposiciones formalistas y deterministas, que a partida inviabilizan posibilidades de modos de uso y de habitar, se deslinda también un intento de imposición de su visión personal sobre la muerte. Muchos arquitectos que se van ahí de visita dicen que son las personas las que no han logrado entender la obra, “de tan tontas o ignorantes”. Quizás fue el arquitecto que, al revés, se lió y no logró dar una respuesta suficientemente madura a un tema tan complejo. Es una obra que deliberadamente ha quedado “inconclusa” en algunos aspectos, formales-constructivos, pero que mismo así no ha dejado espacio (libertad) a la posibilidad de completarse y de irse concluyendo con la apropiación por el uso y con el tiempo. Tal como los vecinos de Igualada en viudedad (echados en un estadio de fragilidad emocional, y que se sienten mal reincorporados al cuotidiano y a la “normalidad” de la vida) también esa obra ha quedado “suspendida”, como si el proceso de construcción hubiera quedado en medio. Esa intención es visible en el modo como ha sido concebida y materializada la obra: con hierros desnudos y oxidados, descarnados, que normalmente son utilizados y ocultados por dentro de los encofrados; o el piso con un mortero simple, que después se suele recubrir con otro material, etc. Como si el ciclo vital de la obra – que ahí comenzó en el diseño-concepción y que inevitablemente, algún día, acabaría en ruina-diseño (ambos tendiendo a la bidimensionalidad) – jamás llegara efectivamente a la vida. Sale como un nado muerto, que es de lo más triste y conmovedor que puede ocurrir, o que nace pero que no se mantiene viva por sus medios. Quizás estaba ya precozmente condenada a la ruina, a ser arqueología (como la había pensado Miralles), pero se la mantienen en la incubadora del “patrimonio calificado” a cuestas considerables y quizás para siempre moribunda. El problema del “Ser para la muerte” se hace ahí muy presente, se manifiesta de un modo muy dramático, pero no sé si va como una contradicción o como una afirmación ontológica. De todo, lo que se hace más real es el fastidio. La obra va prontamente de un estado de diseño-concepción (proyecto) a otro de diseño-ruina (arqueología), pues la arquitectura se utiliza y se habita y para tal debe admitir que se ganen hábitos ya que eso es su principio generador.

Ahí está patente otra contradicción fundamental, recurrente en arquitectura, manifiesta en el conflicto entre las aspiraciones artísticas del arquitecto y los propósitos para la obra construida. El arte se contempla pero (por norma) no se utiliza. Su valor no se atribuye a su utilidad, o utilización cotidiana, va al revés. Por consiguiente en el arte “la forma [no] sigue una función” pero una “disfunción”. La (re)incorporación de alguna disfuncionalidad (como valor comun, excepcionalmente aceptado por la norma) es una de sus funciones. “La excepción confirma la regra”, se dice, tal como lo profano hace lo sagrado, y al revés. El arte es un “refugio” tal como lo sagrado, en sus diferentes manifestaciones, que ocasionalmente nos rescata de lo cotidiano. Tambien entre estos dos mundos hay umbrales y rituales. Por eso nos dice Bakhtin que “cuando uno está en el arte no está en la vida”.

Por su turno en arquitectura hay el postulado de que la obra tiene que ser habitada y utilizada, como sea – en acuerdo y/o en desacuerdo con determinadas normas; cotidianamente o excepcionalmente; respectandola o profanandola – pero tiene que ser habitada. Hay muchas discusiones sobre el tema, si “arquitectura es arte o no”. Creo que, por lo menos, no tiene eso como propósito – el de ser arte – pero sí el de ser vivida y habitada más que contemplada.

Es un tema complejo. Disculpen ir todo un poco desordenado.

 

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Siete postales de la Barcelona gentrificada que no te mostrará el MWC

Fuente: publico.es

Coincidiendo con la feria de telefonía móvil, conversamos con el antropólogo urbano José A. Mansilla, coordinador junto con Claudio Milano de Ciudad de Vacaciones, Conflictos urbanos en espacios turísticos’ (Pol·len edicions) un libro que analiza los efectos del turismo a ciudades como Barcelona y que acaba de llegar a las librerías. 

ANDER ZURIMENDI  @anderzurimendi


Las cosas no pasan porque sí. Esta es la máxima que intentan explicar los antropólogos y urbanistas de signo crítico: si Barcelona es tal y como la conocemos hoy en día, es fruto de políticas que han favorecido la llegada de un tipo concreto de turismo. El Mobile World Congres (MWC) es un caso paradigmático. Mapeamos los escenarios de Barcelona donde la ciudad muestra mayores problemáticas derivadas del turismo, que se perciben en la afectación que tiene sobre los barrios y sus vecinazgos. Y lo hacemos de la mano del antropólogo José A. Mansilla, coordinador del libro Ciudad de vacaciones. Conflictos urbanos en espacios turísticos (Pol·len), que acaba de salir a la venta. 

1. El tambor de las Glorias: la gentrificacióhomeopática”

El Teatre Nacional de Catalunya y el Auditori, la Torre Agbar y el Museo del Diseño, el Mercat dels Encants y el casal de la Farinera… La lista de edificios con usos culturales levantados en el entorno de les Glòrias, en los últimos años, es inmensa. Cuestión compleja: ¿Es malo, en si mismo? “Más bien tenemos una espectacularitzación de la arquitectura y de los usos culturales”, arranca Mansilla, «en el que más que edificios funcionales encontramos estructuras culturales que quieren convertirse un referente internacional. “Por ejemplo, Rafael Moneo explicó que no había diseñado el Auditori para la ciudadanía de hoy en día, sino que iba a utilizar unas planchas de hierro que se fueran enmoheciendo con el paso del tiempo”, las cuales se podrían llegar a observarse depende como avanzara la remodelación del barrio.

O la reforma de Els Encants, que ha estandarizado y tomado bajo control urastro que hasta ese momento era libre. Se parece a una gentrificación homeopática: Pones una píldora y a ver qué pasa”, alerta el antropólogo. También hay una falta de usos más populares en dicha inversión prevista. “Y está claro que hay que intervenir a las ciudades, ya que son ecosistemas vivos, de los cuales entra y sale gente constantemente; pero eso pasa por intervenir para dignificar los barrios, con centros sanitarios, con parques…”.

2. Poblenou y la salida al mar: ¿Nuestra Copacabana?

El geógrafo Horacio Capel describe las obras de la fachada marítima de Barcelona, con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992, como “un plan clasista, para echar del Poblenou las fábricas y los trabajadores”. Desaparecen las chavolas del Somorrostro y el barrio de Icaria queda bajo tierra, dejando espacio a la flamante Vila Olímpica donde residirían inicialmente los atletas y posteriormente las clases altas de Barcelona. “Y encima casi se cargan el cementerio del Poblenou, imagínate”, alerta Mansilla. Encontramos aquí un gran espacio (la fachada marítima) que en los años 70 no está aprovechada por el Capital con toda la intensidad que el sistema querría. Y es por ello que el entonces alcalde Porcioles (considerado tímidamente aperturista dentro de los cánones del franquismo) sueña con la Copacabana barcelonesa, desde el márgen del rio Besòs hasta la Barceloneta.  Aires brasileiros en Catalunya. 
La excusa de las Olimpiadas “sirve para hacer un pelotazo urbanístico, transformando el suelo industrial en habitacional y vendiéndolo a precio del año 1992: Vaya, un negocio redondo”. Arranca así, por cierto, el ciclo de colaboraciones público-privadas. Cómo decía Manuel Vázquez Montalbán, parecía que el PSC hubiera descubierto el neoliberalismo.

3. El Maremagnum: Bienvenidos a ‘privatopia’

La continuación de la Copacabana especulativa del 92 es la remodelación de los muelles de Barcelona, para construir lo que hoy se conoce como el Maremagnum. “Ahora bien, para conseguir llevar el negocio lucrativo hasta la costa, necesitaban una vía de entrada. Y por eso, hacen el túnel semi-soterrado de la Ronda Litoral, favoreciendo la circulación de coches (y por tanto, de bienes, mercancías y personas”, argumenta el miembro del OACU. 
Dejar de mirar hacia la montaña del Tibidabo (con su antiguo parque de atracciones y sus zonas de viñas), para abrirse al mar. A tal efecto, arrancan las obras del Maremagnum: “Juegan maliciosamente con la ley, porque al estar en dominio marítimo, se rige por la normativa de puertos, y no por las más estrictas normativas municipales”. Así pueden ser más espectaculares urbanísticamente, además de tener normativas diferentes en materia impositiva, de horarios, de usos, etc. E incluso tienen seguridad privada: “Privatopia”. El Hotel Vela no es sino la continuación de estas rendijas legales: “Este hotel no se habría podido construir según la normativa municipal; pero claro, en este caso dependía de administración marítima”.

4. La rambla del Poblo-sec: ¿Terrazas sí, però jugar con la pelota no?

Las ciudades son objeto de creación de plusvalías, explica Mansilla, y con los cambios de los usos del suelo se consigue (entre otras cosas) lo que David Harvey ha denominado acumulación por desposesión. Una vez que el terreno urbanizable se va agotando, el Capital continúa buscando más suelo público e intenta hacer de constructor de las estructuras públicas: Residencias de tercera edad, guarderías y escuelas… Y cuando este también se va acabando, opta por el Espacio Público: Las aceras y plazas. “De aquí que se haya permitido –e incluso fomentado directamente- las terrazas de los bares y restaurantes; terciarizando el espacio y creando nuevas zonas turísticas”. La rambla del Poble-sec es un ejemplo.
Pero para que esta privatización del espacio público funcionara, era necesario evitar dinámicas alternativas que no implicaran consumir: Así que se prohibió beber en la calle, se prohibió jugar a pelota en las plazas, las fiestas infantiles… Las alabanzas al “civismo”, encaminadas a favorecer el consumo en el sector restauración. Además, la proliferación de terrazas hace que, a veces, sea imposible andar por las aceras.
Hay que añadir la saturación, en general, que sufre la ciudad. El índice de presión humana (cuántos turistas hay en ese momento por cada habitante) es muy alta. La población flotante (con residentes en el área metropolitana barcelonesa que trabajan o hacen actividad de ocio en la capital) también es elevada. Sencillamente: Mucha gente, en el mismo lugar, en el mismo momento. “En las encuestas de satisfacción, incluso los turistas se quejan de la masificación”, revela Mansilla.

5. Saturación en el mercado de la Boqueria, ‘gourmets’ en el de Santa Caterina 

La tendencia gentrificadora de los mercados es evidente, con el caso paradigmático de la Boqueria (destinada al turismo). También la reinauguración del Mercado de Sant Antoni alarmó las entidades vecinales (a pesar de que. en este caso, las consecuencias se perciben en el aumento de los alquileres; más que en el coste de la cesta de la compra). 
José Mansilla apunta también al Mercado de Santa Caterina como símbolo del espectacularitzación del hecho comercial, con su flamante edificio firmado por Enric Miralles. “Aun así”, apunta, “tampoco se puede comparar con los proyectos que han hecho a Madrid, de privatización absoluta de los antiguos mercados”. Y pone como ejemplo el mercado de San Miguel (del cual se expulsaron los paradistas y ahora únicamente está destinado a la restauración). “En Barcelona se ha apostado por mantener la idea de Abastos, de mercado tradicional, si bien con una cierta gourmetitzación que generar todo tipo de conflictos”.

6. El turó de la Rovira: La banalización de la memoria

El Plan de Descentralización de turismo que el Ayuntamiento impulsó en 2013, bajo gobierno del alcalde Xavier Trias (PDeCAT, antes CiU), consiguió llevar el turismo a barrios que hasta ahora se habían salvado. Un claro ejemplo es el Turó de la Rovira y su gentrificaciónLas espléndidas vistas panorámicas de la ciudad atraen cada día centenares de jóvenes turistas extranjeros. Pisan así un espacio de altísimo valor simbólico. Y es que durante la Guerra Civil se instalaron baterías antiaéreas,con el objetivo de proteger Barcelona de los bombardeos fascistas italianos. Posteriormente, entre los años 50 y los 80, se autoconstruyen casetas, dando lugar a un barrio chavolista que acogía con los brazos abiertos a las personas migradas. Hoy en díasin embargo, está saturado de turistas con latas de cerveza, pitillos y selfies.

7. Airbnb: Duermen los turistas, se exilian los vecinos

Segun Mansilla, fomentar el turismo es para las Administraciones “una política realmente barata y sirve para remontar la crisis económica”. Además, Barcelona es una ciudad consolidada donde ya quedan pocos lugares físicos en los que el Capital pueda implementar grandes proyectos urbanísticos. De aquí las ansias para situar Barcelona en el mapa turístico internacional. Tanto hoteles como alquiler turístico. “Los turistas consumen el espacio y se van. Consumen el espacio y se van. Así sucesivamente”, dice Mansilla.
Y finalmente, el paisaje urbano (las casas, calles, tiendas e incluso el propio vecindariose convierten en un mero decorado, “que representa un capital simbólico que puede ser transformado en capital económico, mediante el turismo y el ocio”.

Este artículo fue publicado originalmente en catalán en el Diario Público.

 

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El dualismo de las Smart Cities: entre la acumulación y el recurso simbólico

Por: José Mansilla (OACU)

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© Hugh Han

Justo acaba de finalizar, entre Barcelona y L’Hospitalet, la enésima edición de la Smart City Expo World Congress, la mayor feria mundial dedicada a las smart cities. Este año se ha contado con la participación de más de un centenar de ciudades, representantes políticos, ponentes y, sobre todo, empresas. Es bien sabido que Barcelona, bajo el mandato del Alcalde Trias (2011-2015), intentó subirse al carro de este tipo de prácticas urbanas. Parecía una solución factible para un Gobierno business friendly que había llegado tarde al poder desde el punto de vista urbanístico: la saturada trama urbana de Barcelona no permitía grandes alegrías -y plusvalías-, aunque es imposible negar que intentara conseguir su parte del pastel en el entorno del Morrot, la cara sur de Montjuïc, con el proyecto Blau@Ictinea. Sin embargo, ni una cosa ni otra, resultaron empresas exitosas.

El nivel de aplicación de la receta neoliberal está directamente relacionado con la capacidad de aceptación de la misma por la población afectada, algo que, a su vez, se encuentra determinado por la intensidad que adquiere el discurso oficial en la búsqueda del dominio hegemónico. Esto toma plena vigencia con las Smart Cities, epítome neoliberal y ejemplo fundamental de la colaboración público-privada, haciendo necesario presentar ésta como una alternativa no solo deseable, sino necesaria. Un inmenso despliegue de recursos simbólicos – ¿quién no quiere vivir en una ciudad inteligente?-, e ideología que se presenta como la necesaria guarnición a la hora de llevar a cabo tales políticas.

Ahora bien, ¿qué son las Smart Cities? Creo que no erraríamos si afirmásemos que, antes que otra cosa, se trata de una estrategia de marketing urbano, es decir, un relato construido y diseñado para vender la ciudad, algo que es práctica habitual en Barcelona desde hace años. Así, entre los elementos que acompañan la retórica de la Barcelona Smart City sería posible encontrar conceptos tan ambiguos y genéricos como innovación, autosuficiencia, desarrollo, eficiencia, etc., elementos que recuerdan a aquello que Lévi-Strauss –de nuevo lo simbólico-, recogiendo las aportaciones de la lingüística estructural, definiera bajo el concepto de significante flotante, es decir, aquel capaz de asumir múltiples encarnaciones. De este modo, como ciudad neoliberal inmersa en la competencia global por la atracción de capitales, en Barcelona estas nociones adquirirían una significación neoliberal con el objetivo de continuar el proceso de acumulación del capital: capitalismo y simbolismo se dan la mano.

Sin embargo, este discurso en torno a la Barcelona Smart City lleva, además, un añadido funcionalista, esto es, la idea de que a través de la aplicación de las nuevas tecnologías a la gestión de la ciudad se pueden solucionar la mayoría de los grandes problemas que la acechan. Ahora bien, tras esto no se oculta más que la enésima etiqueta tras la que esconder la búsqueda –de nuevo- incesante por la atracción de capitales. La diferencia con casos anteriores es que aquí ya no intervienen grandes empresas relacionadas con el urbanismo o el desarrollo inmobiliario, sino aquellas vinculadas a las nuevas tecnologías como CISCO, Facebook, Amazon o Google, o incluso las amigas del capitalismo de plataforma, Airbnb, Uber o Glovo. El hecho de que el Smart City Expo World Congress se celebre, desde hace años, en la capital de Catalunya supone un evidente ejemplo de la tradicional apuesta municipal – por otro lado, nunca conseguida- por la atracción de capital tecnológico y como ciudad de ferias y congresos, aunque, ahora sí, con un toque en comú.

De esta forma es posible parafrasear aquí la máxima lefebvriana de que, bajo una apariencia tecnológica, positiva y humanista, lo que realmente oculta, en este caso el discurso y la práctica de las Smart Cities, es el control del espacio por parte del Capital, un capital que se va infiltrando de forma sutil en los servicios y equipamientos que ofrece la ciudad de forma desconflictivizada, gracias, precisamente, a un discurso despolitizado aunque pleno de símbolos.

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Repensar Bonpastor. ‘Museo de la vivienda’: monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos…

Uno de los aspectos más cínicos e inquietantes del llamado “Modelo Barcelona” ha sido su capacidad de convertir constantemente en celebración, en triunfo, hasta los aspectos más dolorosos e injustos de la experiencia urbana. Lo dijimos hace años, cuando veíamos barrios enteros arrasados, habitantes y centros sociales desalojados, grandes corporaciones apropiándose de la ciudad, mientras las administraciones celebraban la diversidad cultural, la paz y la sostenibilidad en el Fórum de las Culturas. Volvemos a decirlo ahora, cuando las nuevas administraciones anuncian su intención de celebrar la destrucción del barrio de Bon Pastor y el empobrecimiento de su población, a través de un “museo participativo de la vivienda” en el barrio.

Los museos son los instrumentos con qué los vencedores escriben su versión de la historia de los vencidos. Hay museos de los indios, nunca museos de los cow-boys. Museos de los oficios campesinos, nunca museos de la violencia capitalista. Se estetiza y se encierra lo que se quiere borrar, convirtiéndolo en memoria, en “patrimonio”. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy un museo de la vivienda? ¿Acaso haya algo a celebrar? Sobre todo, ¿por qué en el Bon Pastor? Para las y los miembros del ex colectivo Repensar Bonpastor, que por casi una década hemos sido testigos y hemos hecho registros del conflicto generado por la demolición de las casas baratas, nos parece claro que esta iniciativa pretende remodelar la historia del barrio, después de haber remodelado el barrio y las vidas de su gente.

Se propone un museo “vivo” y “participativo”. Otra vez esta palabra, la misma que legitimó la demolición del barrio y la venta de sus habitantes a los grandes bancos a través de la promoción de hipotecas. Participación sí que hubo: de un minúsculo grupo de vecinos y vecinas privilegiadas que se hicieron portavoz de decisiones ya tomadas por el Ayuntamiento, a costa de aterrorizar y amenazar a quienes no estaban de acuerdo, o chantajearlas para que aceptaran cualquier cosa que se les ofreciera para no quedarse en la calle. Las casas baratas de Bon Pastor no era un lugar de “participación”, sino de resistencia política y contrapoder popular: el primer grupo de vivienda obrera de Barcelona, que fue planificado inicialmente como un campo de concentración para trabajadores migrantes, pero que con el tiempo (y una revolución) miles de habitantes consiguieron convertir en un pequeño pueblo, en una gran familia. Los lazos de ayuda mutua y solidaridad, de empoderamiento social e integración de las diversidades, construidos en ocho décadas de trabajo colectivo, fueron despedazados por el “proceso participativo”, que pedía que todas dijeran “sí” a una demolición ya decidida.

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En el nuevo museo, estamos seguras, no habrá los cientos de entrevistas que grabamos desde 2004, que demuestran que una gran parte de los habitantes de Bon Pastor no querían que se tiraran las casas baratas. No habrá ningún documento que atestigüe la larga lucha de un grupo de habitantes que dejaron la AVV en 2003, por que no estaban de acuerdo con el proyecto de demolición, y que con el tiempo obtuvieron el apoyo de casi la mitad de núcleos familiares de las casas baratas. No habrá las imágenes y vídeos del violento desalojo del 19 de octubre de 2007, cuando la Guardia Urbana cargó contra un centenar de habitantes y solidarias que defendían las primeras casas desalojadas en las calles Mollerussa, Granadella y Albí. Ni las imágenes de la ocupación masiva de junio de 2010, que por una tarde hizo que un centenar de habitantes se sintieran finalmente dueñas de su espacio vital. Tampoco habrá las decenas de proyectos alternativos a la demolición que recogimos a través de un concurso internacional de ideas, que demostraban que se podía imaginar una solución sostenible y no especulativa para esa parte de Barcelona, sin necesidad ni de desalojos forzosos, ni del conflicto que partió el barrio en dos.

Lo único que habrá en ese museo será el simulacro. El simulacro que cultivaron las administraciones en este barrio por lo menos desde qué empezamos a interesarnos por la violencia institucional desplegada contra sus habitantes. El simulacro de la participación, el simulacro del consenso, el simulacro de la mejora. Un simulacro que esconde el gran desprecio institucional que las administraciones han mantenido siempre hacia quién habita esta parte de la ciudad. Este mismo desprecio, este “nosotros sabemos lo que os conviene” y “aún nos tenéis que dar las gracias”, empujó las pasadas administraciones a vender al barrio entero a los grandes bancos responsables de la crisis financiera global, promoviendo hipotecas para gente que no podía pagarlas, empujada así hacia el endeudamiento y la miseria – a la vez negando indemnizaciones legales a las que no querían, y amenazando de expulsión a quiénes se atrevían a creer tener derechos.

Todas aquellas que, dentro o fuera del barrio, reivindicaban la existencia de un patrimonio histórico popular, de valores vernaculares vinculados al espacio, de una microsociedad que funcionaba y que había que proteger, eran sistemáticamente ridiculizados y silenciados. Diez años más tarde llega el reconocimiento de la existencia de un patrimonio histórico; pero no en la forma de disculpas públicas, de un “repensar” las políticas destructivas que llevaron a la muerte del barrio – sino de un monumento. Un monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos: un “museo de la vivienda”. Hasta durante las grandes demoliciones ordenadas por Mussolini se recogieron fotos y mapas de las casas demolidas, para los curiosos y estudiosos del futuro.

La historia viva del barrio, para quiénes tengan paciencia de buscarla, seguirá al alcance en nuestros libros autoproducidos y páginas web autogestionadas, elaboradas con mucha paciencia desde el interior de Bon Pastor, con las voces y el trabajo de afectados y afectadas por las demoliciones y las expulsiones. Para quiénes, en cambio, quieran ver el simulacro, habrá el nuevo museo. Esperemos que por lo menos expongan un vecino momificado, a lo mejor sentado en la puerta tomando la fresca. Así alguien recordará, al visitarlo, que lo que había que preservar, antes que cuatro paredes y ocho casas, era un barrio entero, su gente, su socialidad, su vida a pie de calle – y por supuesto, su lucha.

Col·lectiu Repensar Bonpastor
Novembre 2018

 

 

 

 

 

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NUEVA PUBLICACIÓN OACU

género y producción urbana

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de | septiembre 13, 2018 · 3:50 pm

HUELE A CAPITALISMO

Pareciera que los habitantes de las ciudades actuales vivimos en paisajes sensoriales insulsos donde el olfato parece haberse convertido en un sentido casi inútil. Desde finales del siglo XVIII las ciudades europeas han sufrido procesos de higienización que incluían la eliminación de las fuentes físicas y humanas de olor. Hemos llegado a tal nivel que decir que una cosa huele implica metonímicamente decir que huele mal.

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Barcelona, como todas las ciudades globales, es una ciudad que se presenta como desodorizada. Mírame pero no me huelas. Para comprobar si efectivamente las ciudades se han convertido en espacios desodorizados, os invito a dar un paseo atento por cualquier parte de Barcelona. Si cerráis los ojos, seguramente os daréis cuenta de los rastros olorosos que van dejando a su paso muchos peatones. Perfumes, cremas, after shaves, desodorantes y otros potingues corporales directamente aplicados sobre el cuerpo se unen a las fragancias con “olor a limpio” u “olor a fresco” de los jabones y suavizantes utilizados para limpiar y perfumar la ropa. ¿Os habíais parado a pensar como de extraño es eso del olor a limpio? ¿A que huele, por ejemplo, la “frescura azul”? ¿Y la “floral”? Da vértigo comprobar el grado de mercantilización y regulación de los olores corporales a que hemos llegado nuestra sociedad. Por supuesto, los olores de las mujeres están más sujetos a control y regulación que los de los hombres. Sólo hace falta ver los anuncios de desodorantes y perfumes vaginales. Curiosamente, los penes parecen no oler. Calificar ciertos cuerpos como malolientes es un mecanismo muy conocido de disciplinamiento corporal al servicio de procesos de clasificación social. De hecho, no evitamos aquellos cuerpos que huelen mal, sino que utilizamos su supuesto mal olor para justificar procesos de evitación social.

Los humos de tubos de escape de los coches, la contaminación, las flores, la suciedad de la calle… todo forma una nube indefinida de olores que nos rodea constantemente en las ciudades. De hecho, en las grandes metrópolis estamos constantemente rodeados de ruidos, olores y otros estímulos sensoriales, que solo se convierten en perceptibles cuando hay cambios en su composición o intensidad. Para hacer frente a esta sobrecarga de los sentidos, el sujeto urbano necesita desarrollar procesos de habituación sensorial. Por este motivo gran parte de los paisajes olfativos urbanos acaban convirtiéndose en imperceptibles para sus habitantes.

Cada vez hay también más aromas intencionalmente vertidos al espacio público para estimular el consumo a través de la generación de apetencias de manera inconsciente. A los olores de pan recién hecho que salen de los hornos se han unido en la actualidad un montón de otros olores-mercancía, como son las fragancias que expulsan a la calle las tiendas de moda de ciertas cadenas, las perfumerías o los aromas que se escapan a veces de los halls de hoteles de lujo que han incorporado ciertos olores de diseño como parte de su branding. Todos estos olores pueden llegar a ser realmente intensos, pero en general no parecen despertar mayores problemas ni ser objeto de queja. El marketing olfativo que asigna olores a espacios, productos y experiencias es vital en el proceso de conversión del olor en una mercancía más.

El branding olfativo también ha llegado a la “marca Barcelona”. A pesar de que la visualidad es central para los actuales procesos de iconización y marketing de las ciudades, Barcelona fue pionera en tratar de incorporar a su marca también una parte olfativa. El mejor ejemplo es el regalo navideño que el exalcalde Jordi Hereu hizo el 2001 a algunas personalidades de la ciudad: Barcelona Olores, una caja con un libro y ocho pequeños tarros con las esencias supuestamente más representativas de Barcelona, entre las cuales se encontraban el olor de seis espacios emblemáticos de la ciudad (el mercado de la Boqueria, Montjuic, las Ramblas, la Barceloneta, la basílica de Santa María del Mar y la Casa Batlló), así como de dos productos gastronómicos (cava y pan con tomate). Tanto los lugares escogidos como las fragancias supuestamente representativas de la ciudad refuerzan la imagen proyectada y profundamente sesgada de una ciudad mercancía para el mercado financiero y turístico global. Los olores de los espacios donde se desarrolla la cotidianidad de la mayor parte de quienes habitamos Barcelona se mantienen convenientemente fuera de la marca Barcelona, como si los olores del barrio, de la vida de calle, de las escaleras de vecinos y patios interiores, de las plazas abarrotadas en los barrios populares, afearan la marca Barcelona y disminuyeran por tanto el potencial de venta de la ciudad.

En Barcelona, como otras muchas ciudades que aspiran a continuar siendo globales, nos encontramos con procesos de expulsión del entorno urbano de aquellos aromas menos manipulados (sudores y otros olores del cuerpo humano, de frutas y comidas, etc.) que buscan ser sustituidas por olores fuertemente dirigidos y mercantilizados. El neuromarketing hace tiempo que salió a las calles y ahora mismo el olor es también un instrumento para la conquista sensorial del espacio público urbano. En Barcelona huele a capitalismo. Sigue leyendo

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Viatge al barri d’Icària. El patrimoni viscut d’un passat industrial arxivat

El barri d’Icària és el nom adjudicat al sector industrial que fou enderrocat als anys vuitanta per concretar part de la reforma urbanística de Barcelona com a seu de les olimpíades del 1992. Les edificacions van ser inventariades per arxivar una mostra del patrimoni arquitectònic industrial. Aquesta buidatge del territori per la construcció de la Vila Olímpica va significar la desarticulació de les formes de sociabilitat d’un barri, les quals han estat reconstruïdes a través de la memòria que els seus habitants conserven com a patrimoni personal.

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Tormenta de mitad de agosto

Diario Berria

Entrevista realizada a Horacio Espinosa Zepeda, miembro del Observatorio Antropológico del Conflicto Urbano, por la periodista Samara Velte, del Diario Berria. Publicada originalmente en euskera y traducida al castellano por Amaia Altuna.

TORMENTA DE MITAD DE AGOSTO

Este año las páginas de los periódicos se han mojado como lo hace la tormenta que se infla en los días bochornosos de verano y revienta al anochecer. Aunque esta preocupación no es nueva. Hace tiempo que vemos protestas y parodias como el “giri eguna” (día del guiri) de Urola Kosta y también vienen realizándose estudios sobre formas de desarrollo urbano más sostenibles desde asesorías y universidades.

Pero este verano el turismo se ha convertido en conflicto político. Los partidos políticos se han embaucado en una guerra de chancletas con lo que debería ser materia para la discusión social. También ha llamado mayor atención la manifestación convocada por Ernai (juventudes de la izquierda abertzale) con el lema “Vuestro turismo nuestra miseria”, que fue convocada en junio pero de la que nadie se ha acordado hasta finales de julio. El cambio ha ocurrido debido a la campaña realizada por Arran en Barcelona, que enseguida llenaron las portadas de los medios de derechas vinculándolos a la CUP, y en consecuencia al referendum de octubre. La manifestación de Ernai y las pintadas “Tourist go home” aparecidas en Donostia sumaron un ingrediente más, concluyendo que nacionalistas y radicales catalanes se habían unido contra el turismo.

En Euskal Herria algunos partidos han reproducido ese mismo esquema. El PP ha anunciado que interpondrá ponencias a favor del turismo. El Gobierno Vasco y el ayuntamiento de Donostia han resaltado que la situación del Mediterráneo y de Euskal Herria es diferente. El PNV ha calificado la manifestación de Ernai y las pintadas como “ataques” y se ha referido a la izquierda abertzale en términos de turismofobia.

CONFLICTO SOCIAL

Está claro que el turismo suscita diferentes percepciones pero hay unanimidad al admitir la saturación de la parte vieja donostiarra. La mayor preocupación gira en torno al mercado inmobiliario. En Donostia, el encarecimiento y la reducción de la oferta se ha extendido más allá del centro y en Bilbao también están notando el cambio. De hecho, el grupo Ganemos Goazen Bilbao ha solicitado un estudio del nivel turístico que puede soportar la ciudad al gobierno municipal, alegando que han pasado de estar en la burbuja inmobiliaria a estar en la burbuja turística.

El doctor en psicología social y miembro del Observatorio Antropológico del Conflicto Urbano de Barcelona Horacio Espinosa Zepeda, cree que la palabra “turismofobia” es un intento de patologizar el malestar social. “Como otros términos despectivos hacia movimientos sociales individualiza un problema de origen social. En lugar de fijarse en los aspectos estructurales del malestar, el individuo se vuelve el culpable porque no ha sido capaz de adaptarse al entorno, en este caso al turismo”. También se usa el término Síndrome de Venecia para describir el vaciado de habitantes de las ciudades. Espinosa Zepeda cree que “en consecuencia, se destruye el discurso de fondo y se criminaliza a los ciudadanos que se organizan para cambiar el modelo turístico”.

Las razones del malestar son parecidas en los lugares en los que ha surgido la discusión: encarecimiento de alquileres y servicios, abandono de los centros urbanos y destrucción del tejido social. Según Espinosa hay que cuestionar las estructuras que permiten esos cambios. “El problema no es el turista, sino el modelo que masifica el turismo”. También advierte del peligro de caer en el clasismo. “Algunos sectores piden un turismo de calidad en lugar del de borrachera, pero eso es torcer el tiro, porque ambos son parecidos, visitan y duermen en los mismos sitios. Lo que hay que criticar es la lógica de la industria turística”. En su opinión, el turismo masivo y la gentrificación suelen ir de la mano. “El problema es el modelo de explotación porque crea burbujas inmobiliarias: los buitres compran edificios enteros, los renuevan y los ofrecen al mercado turístico”, reduciendo y encareciendo así el alquiler común.

¿La solución? “Hay que buscar un modelo turístico sostenible, con poco impacto y que provoque a largo plazo una desaceleración turística, que no indica desaceleración económica, sino el desarrollo de un turismo no de masas.” La clave es el control público. “Hay que regular los precios de los alquileres y los pisos turísticos”.

CINCO INDICADORES

Desde la empresa de investigación y asesoría turística In2destination, su directora, Nagore Espinosa Uresandi, indica que el turismo también tiene que hacer una aportación a la sociedad, y para ello utilizan cinco indicadores para medir la idoneidad del modelo turístico. Por una parte la influencia económica, “en lugar de promover sólo las ciudades, hay que dar a conocer zonas de campo y alargar las estancias. En Araba, en Bizakaia y en Gipuzkoa la estancia media es menor de dos noches. Por otro lado están el efecto ecológico y el social. “Hay que escuchar a los ciudadanos, ver como perciben el turismo”. Lo más complicado suele ser conocer sus condiciones laborales, puesto que el turismo engloba a más de 11 industrias.

Además de estos 3 índices habituales Espinosa Uresandi propone dos más: la territorialidad y la gobernanza. “Hay que estudiar la concentración de los recursos turísticos y facilitar el movimiento de la gente hacia otros lugares. Interesa crear actividad económica fuera de los centros urbanos”. En cuanto a la gobernanza, “éste es el punto en el que todo comienza. Para que el turismo sea sostenible las administraciones, públicas y privadas, deben esforzarse en monitorizarlo todo en el tiempo para identificar posibles riesgos para la alarma”.

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El 2 de junio o “las mujeres alegres en la casa del señor”

Artículo publicado originalmente en La Directa.

Livia Motterle (OACU)

El 2 de junio de 1975, más de cien trabajadoras sexuales ocuparon la iglesia Saint-Nizier en la localidad francesa de Lyon frente a la vergonzosa negativa del gobierno a entablar diálogo con ellas. El objetivo de la ocupación era llamar la atención sobre su situación de vulnerabilidad debida a los abusos continuos por parte de la policía, por ejemplo, multas y encarcelamientos. Chicas alegres en la casa del señor era el título del texto enviado a la prensa donde explicaban su acción, una ocupación pacífica que se propagó, inesperadamente, a otras ciudades francesas. El Colectivo de Prostitutas que se gestó en la iglesia Saint-Nizier ha sido un referente histórico para todas las organizaciones de trabajadoras sexuales posteriores. Como decía Ulla, una de las líderes: “esperamos la nuestra libertad en tanto que mujeres tal y como somos, y no tal y como queréis que seamos para tranquilizar vuestra conciencia (…). No tengáis miedo: esta liberación no supondrá automáticamente una proliferación de las prostitutas. A no ser que nosotras, las mujeres, seamos las únicas reprimidas por el miedo a la policía”. Desde entonces, el 2 de junio se ha convertido en el día internacional de las trabajadoras sexuales. Manifestaciones, charlas, performances y cualquier tipo de acciones reivindicativas visten de lucha muchas ciudades del mundo con el objetivo de reivindicar los derechos de un colectivo de personas que, a pesar del profundo estigma que la hipocresía del patriarcado y la misericordia de tantas instituciones imprimen en sus cuerpos, sigue luchando con orgullo y alegría.

Contrariamente a lo que sigue siendo una creencia colectiva, el enemigo más peligroso de las trabajadoras del sexo no son sus clientes (tanto hombres como mujeres), sino ciertas instituciones (públicas o privadas) encargadas de evidenciar y perpetuar una estructura dicotómica que genera estigmas y que sitúa en el altar a la mujer “buena” y en el infierno la mujer “mala”. “Las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos”, afirma Foucault en Microfisica del poder. Este mecanismo de vigilancia, control y normativización se muestra más cruel con los cuerpos que escapan de los códigos heteronormativos, productivos y reproductivos. La sexualidad, entendida como creación que se manifiesta desde y gracias a los cuerpos, se convierte en marcadora de normalidad y canalizadora de castigo. La Iglesia y la Medicina, desde el momento en que se constituyeron como instituciones, han sido las que más han participado, junto con los poderes judiciales y administrativos del Estado, en la construcción de las dicotomías (bueno/malo; normal/anormal, sano/patológico; inocente/culpable) y en la fabricación de reglas sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El objetivo de ordenanzas, multas y sanciones – sobre todo a las trabajadoras sexuales de la calle – es justamente el control y el castigo de los cuerpos que manifiestan prácticas sexuales anormales en el espacio público. Las trabajadoras sexuales del Raval, esto, lo saben muy bien. La modificación de los artículos relativos al trabajo sexual de la Ordenanza de mesures per fomentar i Garantir la Convivencia en el espacio público de Barcelona del año 2006 – que ya prohibía la oferta, la demanda y la negociación de los servicios sexuales retribuidos en la calle (además de la suya realización) – se reforzó en abril del 2012. Los dos grandes cambios fueron, por un lado, la supresión de la obligación, por parte de la Guardia Urbana, de avisar previamente a los clientes y las trabajadoras y, por otro lado,  la “posibilidad” para las prostitutas de conmutar la multa participando en cursos de re-inserción laboral. La modificación de la Ordenanza multiplicó en el 2012 el número de multas impuestas agravando, así, las condiciones de trabajo de las prostitutas, aumentando su estrés y llevándolas a situaciones insostenibles.

Según un estudio cualitativo encargado por el Ayuntamiento, a pesar de que el número de multas haya ido disminuyendo en los dos último años (2015 y 2016), el número de las trabajadoras sexuales ha seguido siendo el mismo. ¿Por qué no aumenta entonces? Esto habría que preguntárselo a ellas. “Nos tratan como basura que hay que sacar del barrio y reciclar. Nos quieren redimir obligándonos a hacer cursos de re-inserción laboral. Pero nosotras ya tenemos nuestro trabajo y no queremos ir a limpiar el culo a nadie” -dice una mujer. El estigma, aunque hoy no está impreso con nitrato de plata como en la época del Higienismo, está fabricado por la misma hipocresía que requiere una Barcelona atractiva y seductora, capaz de satisfacer los gustos del mercado turístico. Escort sí entonces. Pero puta, jamás.

Frente a esta situación de vulneración, las trabajadoras sexuales se rebelan. Bajo el nombre de Prostitutas Indignadas antes y Putas Feministas después, se organizan, se manifiestan, luchan sin miedo y apoyan a vecinos y vecinas víctimas de una violencia ocultada que afecta a todo el Raval.  Presentes en todos los actos que pedían justicia para Juan Andrés Benitez, vecino del Raval que el 5 de octubre murió a golpes de porra delante la puerta de su casa; presentes en las movilizaciones organizadas para parar las infinitas ordenes de desahucio emitidas para sanear, limpiar o rehabilitar el barrio y que en realidad dejan en la calle enteras familias; presentes en las manifestaciones del 8 de marzo bajo el lema: “Sin putas no hay feminismo”, las trabajadoras sexuales de Barcelona no se cansan de luchar.

Simone De Beauvoir afirmaba, en 1972, que se hizo feminista cuando reconoció su solidaridad con las otras mujeres en vez de su separación de ellas. Es cierto que la trata de mujeres representa una realidad muy compleja y que es tarea del feminismo luchar para que se acabe. Es cierto que en el trabajo sexual hay prácticas que reproducen el sistema capitalista. Pero su reproducción no habita en el trabajo sexual en sí, si no en el mecanismo de explotación en que está incardinado. Romper los mecanismos de control y vigilancia hacia las profesionales del sexo es un objetivo que concierne a todas porqué todas estamos explotadas por el sistema. Reconocer el trabajo de las trabajadoras sexuales es el primer paso para la cancelación del estigma impreso en sus cuerpos y sobre todo para no volver a imprimirlo. El primer viernes de cada mes, en la calle d’En Robador, las vecinas y trabajadoras sexuales del Raval (y de otros barrios) organizan un “puti vermut”: una buena ocasión para hablar con ellas en lugar que, una vez más, hablar sobre de ellas sin conocerlas. Otra posibilidad más para construir juntas nuevas estrategias de lucha y resistencia. Porque cada día es 2 de junio.

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Objetivo, la Via Laietana

Fuente: Francesc_2000

Fuente: Francesc_2000

Artículo publicado originalmente en la Revista Marea Urbana.

José Mansilla, Giuseppe Aricó y Marco Luca Stanchieri (OACU)

El próximo septiembre se cumplirán 156 años desde que la Reina Isabel II colocara la primera piedra de unas obras que estaban llamadas a cambiar el presente y el futuro de Barcelona: El Plan Cerdà. Aunque el planeamiento original del ingeniero catalán contemplara, además del famoso Eixample, la apertura de tres vías que atravesaran el centro histórico (sendas prolongaciones de las calles Muntaner y Pau Clarís hasta el puerto y otra avenida, perpendicular a éstas, que pasaría por delante de la Catedral), no fue hasta que el arquitecto y urbanista Àngel Baixeras retomara el proyecto a finales del siglo XIX, que se diseñó y ejecutó al menos una de ellas: la Via Laietana. La apertura de esta avenida no comenzó hasta 1908, ya muerto Baixeras, dándose por acabada pasado, exactamente, medio siglo.

 

Su concepción original se encontraba en la línea de lo que se venía haciendo en otras ciudades del orbe europeo, como el Plan Haussmann para París, un proceso de tal envergadura que daría lugar a la expresión haussmannización para referirse a un tipo de intervención urbanística destinada a higienizar las ciudades. Así, bajo la excusa de abrir la ciudad a la circulación del aire a través de la creación de amplios corredores y avenidas, evitando el hacinamiento y la consiguiente insalubridad de determinados barrios o distritos, se encontrarían otras intenciones, como la de facilitar y mejorar el control de las revueltas populares que se llevaban a cabo precisamente en este tipo de emplazamientos. Pero, por otro lado, también se trataba de facilitar la circulación de mercancías y la instalación de los nuevos sistemas de transporte que necesitaba el incipiente capitalismo. En esta dirección, los diferentes ajustes que fueron integrando el Plan Cerdà desde su presentación pública en 1859, constituirían un exitoso intento de exportar el modelo del Gran Paris de Haussmann a una Barcelona que, pasadas unas décadas, se dispondría a acoger un gran evento, la Exposición Internacional de 1.929.

 

Más de siglo y medio después, un manifiesto impulsado por la Associació de Comerciants de Via Laietana ha vuelto a poner el tema sobre la mesa de debate al proponer y publicitar una iniciativa en este sentido presentada al Pla d’Actuació Municipal (PAM) de la ciudad. El texto, titulado “Per un nou eix cívic a Barcelona, humanitzem la Via Laietana”, viene a recordar la idea original del diseño y construcción de la calle, esto es, la conexión entre el puerto y la ciudad, apostando por la revitalización comercial, la mejora de los espacios públicos y la reducción del ruido. Como no podía ser de otra manera, la idea ha generado algunas suspicacias entre los vecinos y vecinas del entorno, comerciantes y miembros de los movimientos vecinales, que ya fueron testigos de algunos pasos dados en este sentido por el anterior Gobierno del convergente Xavier Trias, esto es, el veto al aparcamiento de autobuses turísticos en la zona y la urbanización de la Plaza Ramón Berenguer.

 

En las entrevistas realizadas para el presente artículo destaca el consenso en torno a la necesidad –si bien no la prioridad- de una reforma, y así lo prueban las palabras de Reme Gómez, Presidenta de la AVV del Barri Gòtic cuando afirma que

 

[…] evidentemente nosotros, como la mayoría, independiente de asociaciones o no, pensamos que es una reforma que se tiene que tomar en algún momento […], otra cosa es que en los objetivos de esa reforma estemos de acuerdo[1].

 

Asunto en el que abunda Albert Mestres, miembro de la Associació de Comerciants y propietario de la tienda de comics “Continuará”, cuando señala que,

 

[…] en general todo el mundo está a favor de una reforma de Via Laietana. El único colectivo que no está a favor es Barna Centre, dicen que ven peligrar la accesibilidad a su zona peatonal y su logística. Los demás tienen matices. En CCOO por ejemplo, creen que habría que hacer una reforma más profunda, cuestionando incluso el tráfico privado, pero entienden que nuestra propuesta intenta conseguir el máximo consenso y nos apoyan[2].

 

Sin embargo, las palabras de Albert nos sirven para poner encima de la mesa la inevitable conflictividad que marca toda expresión de vida urbana, en este caso con el detonante de la posible modificación del caudal circulatorio de la zona. Y es que es evidente que los intereses comerciales representados por la Federació d’Associacións de Barna Centre, con especial implantación en el entorno de la calle Portaferrissa, son en cierta medida discordantes con los de aquellos que reclaman una pacificación de la circulación e, incluso, la eliminación parcial del tráfico privado.

 

Ahora bien, a esta colisión entre intereses comerciales, habría que sumar la de un vecindario que ve, con cierta intranquilidad, que la zona se convierta, tras las obras, en una extensión de la Barcelona de las terrazas, barres y restaurantes representada, entre otros, por espacios como el Born. Así lo señala Reme, de nuevo, cuando afirma que

[…] el miedo es que las inversiones que se hacen en el espacio público, que se pagan con dinero público, vayan en beneficio del negocio del ocio encaminado hacía el turismo, es decir […], no es que estemos en contra de los bares, ni de la hostelería…, simplemente es que han colonizado completamente el barrio, en el Gòtico hemos perdido población desde hace muchísimos años […], si la estructura arquitectónica de Via Laietana se va a reconvertir en comercio y hoteles, en comercio de ciudad, de ciudad o de país, pero no un comercio de proximidad, pues no nos interesa esa reforma[3].

 

Y es que la conversión de Barcelona en referente turístico[4] lleva años ejerciendo una presión casi insoportable sobre unas clases populares que ven como el precio del suelo -en forma de subida de alquileres, precios de las viviendas, cierre de comercios tradicionales, etc.- las obliga a desplazarse en busca de emplazamientos más asequibles. Las palabras de Marieta, vecina de 70 años y dueña de una tienda de animales ubicada en lo poco que queda de aquel barrio popular que otrora fue La Ribera, son elocuentes:

 

[…] el zapatero de la calle Corders aun aguanta porque es que le quedan 4 pedos pá jubilarse (sic), o si no está jubilado es porque no quiere, ¿entiendes? Porque ya es mayor el hombre, y una vez que cierre la tienda, ya tendrán que cogerla ellos [los promotores inmobiliarios]. Y aquí los alquileres que están pidiendo ahora, puuuf… ¡carísimos! Nosotros ya tuvimos que dejar el local anterior porque, claro, estaba en la calle principal, ahí donde se pasan todos y el alquiler ya cambió. Nos venimos a este nuevo, que está más apartado, y la verdad es que tuvimos suerte, estamos pagando 600 euros, pero en otra calle de aquí cerca, ahí donde antes había una tienda de muebles, nos pedían 1200 euros, ¡o sea el doble![5]

 

Toda comparación con el pasado es odiosa, pero no deja de ser menos cierto que intervenciones como la que actualmente se proclama como “necesaria” para la Via Laietana mantienen algunos puntos en común con aquella llevada a cabo hace más de cien años. Si por entonces la conexión entre el puerto y la ciudad se veía como necesaria para facilitar la salida de los productos de la Barcelona industrial mediante el transporte marítimo, en la actualidad, cuando el proceso de acumulación del capital ha pasado de un sistema industrial fordista a otro más flexible basado en los servicios, la ciudad tendría que adaptarse a una economía basada en el turismo, el comercio y el sector inmobiliario. Y sería precisamente esta adaptación la que tendría duras consecuencias sobre los vecinos y vecinas del entorno.

 

Sin embargo, entre los entrevistados existe un poso de optimismo. Así lo demuestran, de nuevo, las palabras de Albert cuando, inquirido sobre el peligro de que la Via Laietana se convierta en un nuevo Born, señala que,

 

No creemos que eso sea posible, las aceras de Vía Laietana no dan para ningún tipo de terrazas, simplemente para esponjar el paso. Cualquier opción que pretendiera quitar espacio público sería una aberración y consecuentemente estaríamos en contra y batallaríamos para que el Ayuntamiento no lo permitiera. Creemos en una vertebración del barrio, que los flujos de las personas no queden frenados por la frontera que es hoy[6].

 

Lo que sí es evidente, y en lo que también parecen coincidir parte de los movimientos vecinales de la ciudad, es que la reforma podría ser necesaria, pero siempre que sea abordada desde el prisma del modelo de ciudad, ampliando el objetivo y teniendo en cuenta consideraciones transversales de forma que fuera ligada, tal y como comentaría Reme, al eje “Catalunya-Universidad-Urquinaona, que es la vía del acceso del Eixample y el resto de la ciudad al área marítima”[7].

 

Aunque según declaraciones recientes,[8] entre las prioridades de los comunes no se encuentra reformar la Via Laietana, sin embargo, esta formación podría ser prisionera de la retórica que siempre acompaña a sus declaraciones: la necesidad y urgencia de procesos participativos que tengan en consideración a los barrios, al espacio público y que conviertan este tipo de emplazamientos en verdaderos ejes cívicos. De este modo, parece comenzar a cundir cierta preocupación por el resultado del pulso que el Gobierno municipal mantiene con poderosas instancias turísticas y financieras o, simplemente, porque éste se vea incapaz de cumplir con algunas de las expectativas levantadas. En este sentido, y en relación a la moratoria hotelera, la propia Reme expresaba su inquietud cuando comentaba que ésta

 

[…] existe mientras se apruebe el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (PEUAT), que todavía no está claro que se apruebe y, aparte de los hoteles, está todo el tema de los apartamentos turísticos, que no se pueden hacer desde hace años, pues siguen existiendo y se siguen creando[9].

 

A este respecto habría que añadir las palabras de Marieta cuando afirma que

 

[…] el tema de los pisos esos que hacen para turistas, los pisos turísticos, tiene otra tela. ¿Que esa gente te viene a la hora que sea, con griterío por la calle o las escaleras? ¿Que vienen borrachos o lo que sea y son molestos? Pues claro, están de vacaciones y te vienen borrachos, pues ¡viva la Pepa! (sic) Que te vienen de un bar ahí por el Borne…, pues eso también es otra cosa, que no sé cómo lo hacen…, como se lo permiten[10].

 

Y, para finalizar, la inquietud mostrada por Juanita, propietaria de un bar de la Barceloneta, cuando, en relación a las iniciativas destinadas a controlar el ruido de las calles, señalaba que

 

[…] aquí, justo fuera del local, me vinieron los del Ayuntamiento, hace dos semanas o así, e instalaron un cucurucho ahí encima, al lado de la farola. Dicen que es un sensor para captar sonido, para medir cuanto ruido hacemos en la calle […]. Pero, ¿quién soy yo para mandar a callar a la gente? Es que la calle no es mía, yo les puedo decir algo a mis clientes aquí dentro, en mi local, que si se ponen un poco así espiritosos y eso que se calmen. Pero fuera, en la calle, yo no mando, ni me atrevo yo a mandar o decirle a la gente que se calle o se mueva para otro lado[11].

 

En definitiva, la reforma de la Via Laietana nos pone frente a la necesidad de enfrentar cómo se lleva a cabo la distribución y apropiación de los recursos que produce la propia ciudad. Como señalara el geógrafo David Harvey,[12] lo que está en juego no es sólo la reforma de una de sus avenidas, aunque sea principal, sino qué tipo de ciudad queremos, algo que no puede desligarse, bajo ningún concepto, de las relaciones sociales que en ella se proyectan, de los estilos de vida, de las tecnologías o de los valores estéticos que queremos mostrar. Será al detallar este modelo que será posible ver si los poderes públicos entienden que toda intervención urbanística supone una prueba de justicia espacial demostrando, a la vez, que la ciudad por la que se apuesta deja atrás obsoletos modelos que no han traído más que una falsa, postiza y defraudadora Barcelona de escaparate.

 

[1] Entrevista realizada el día 15/04/2016 (ER 15/04/2016).

[2] Entrevista realizada el día 18/04/2016 (EA 18/04/2016)

[3] ER 15/04/2016

[4] Un artículo publicado en La Vanguardia del 27 mayo de 2013, por ejemplo, recogía que la capital catalana era la décima ciudad a nivel global en atracción de turistas.

[5] Entrevista realizada el día 13/04/2016 (EM 13/04/2016).

[6] EA 18/04/2016

[7] ER 1/04/2016

[8] Véase El País del 11 de abril de 2016.

[9] ER 1/04/2016

[10] EM 13/04/2016

[11] Entrevista realizada el día 05/05/2016

[12] Harvey, D. (2008) “El derecho a la ciudad”, en New Left Review, 53, pp. 23-39.

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