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La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

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Naves vacías y generaciones perdidas. El “Brexit” visto desde Birmingham

Fuente: Cecilia Vernano

Fuente: Cecilia Vergnano

por Cecilia Vergnano (OACU)

A las 7.30 de la mañana del 23 de junio, un vaivén de gente atraviesa la pasadera que lleva a la estación de Bournville, a pocos kilómetros del centro de Birmingham, para coger el tren local que les llevará al trabajo. Una mujer alrededor de los cuarenta a la entrada de la estación distribuye panfletos que invitan a votar remain. “More jobs”, “lower prices”, “worker’s rights protected”, “a stronger future”, son algunos de los eslógan que aparecen en el papelito que resume sintéticamente las razones del remain: “your vote can make a difference”, se añade además, “don’t let someone else decide your future”. Es curioso, pienso, porque son exactamente los mismos argumentos de los partidarios del leave.

Paseando por Birmingham, me aventuro hacia la periferia movida por una vaga sensación de haber sido catapultada de golpe en una pelicula de Ken Loach. Termino, así, en el working class neighborhood de Aston, un mar de casitas de dos o tres plantas, las clasicas terraced houses monofamilares de los barrios obreros ingleses, un poco desvencijadas, de ladrillos rojos y pequeños jardines. La atmosfera que percibo alrededor mío es rara, me cuesta definirla. No siento el mismo malestar y la misma desolación que he sentido pasando por las banlieus parisinas, no veo la misma masificación que he visto en los enormes bloques donde millares de familias viven concentradas como en enormes colmenas. Pero la basura acumulada en algunos rincones, los grandes scrapyards alrededor de la zona residencial donde se amontonan neumáticos y carcasas de coches, el olor acre que sale del gasómetro en las inmediatas cercanías, etc., me hacen pensar que Aston no debe que ser uno de los barrios más pudientes de Birmingham. Empiezo a entender, mirando a mi alrededor, que es más fácil pensar que el Brexit puede aparecer como una solución cuando no hay mucho que perder.

Siempre paseando por Aston descubro, con cierta decepción, que mi imaginario estereotipado de una british working class blanca no corresponde para nada a la realidad – por lo menos no en Birmingham, una ciudad en la cual las diferencias de tipo “étnico” o “cultural” están en el orden del día. Cruzo un par de hombres de piel blanca que satisfacen mis categorías mentales a lo Ken Loach – camiseta color blanco sucio y mono azul, la pinta de volver a casa después de un día de trabajo pesado-. Pero en el patio de la escuela local (son las 4 de la tarde) no veo un solo adolescente blanco entre los que juegan al fútbol. Por la calle, las mujeres y los hombres que pasan son casi todos de origen africano, jamaicano, árabe o asiático.

No me sorprendo, por lo tanto, el día siguiente cuando, en la charla inaugural de la conferencia universitaria por la cual me encuentro en Birmingham, la socióloga  Gurminder Bhambra critica duramente la “construcción de la identidad británica” como identidad “blanca”. “Why when we think about ‘British identity’ we think to white men? Why when we think about ‘British working class’ we think to white workers?” pregunta provocativamente desde el micrófono en el centro de la sala. Se trata de la segunda conferencia internacional sobre Superdiversity, un concepto que está consiguiendo cierto éxito en las ciencias sociales y está empezando a ser usado también por algunos políticos y periodistas en substitución del viejo concepto de “multiculturalidad”, ya viejo y superado. La Superdiversity hace referencia al proceso de “diversificación dentro de la diversidad”. La primera vez que escuché el término, recibí la siguiente explicación: “vaya, por ejemplo cuando vas a Londres y te encuentras en un barrio donde los únicos blancos son polacos recién inmigrados sin ciudadanía británica, y los ciudadanos británicos son todos originarios de países del Commonwealth y nadie entre ellos tiene la piel blanca.” Bhambra añade, al micrófono, que no existe ni ha existido jamás una Gran Bretaña independiente y, quien la añora, está borrando con una pincelada siglos y siglos de historia: Gran Bretaña siempre ha formado parte de algo más grande, el Imperio, la Commonwealth o la Unión Europea. Es inútil aclarar que en el ambiente cosmopolita universitario las preferencias se orienten indiscutiblemente hacia el remain – una vez más, como comunidad de intelectuales tenemos muy buenos argumentos, pero somos completamente incapaces de difundirlos afuera de nuestro circuito limitado.

A la vuelta de la conferencia, Edward, el chico de Birmingham que me aloja estos días, me pide que le acompañe a su mesa electoral. Faltan pocos minutos para el cierre. Edward Genochio, 38 años, nacido en Bélgica y con lejanos orígenes italianos, no es exactamente un tío cualquiera: ahora lleva una vida normal de empleado trabajando para una compañía de servicios informáticos, pero de joven ha sido el primer ciudadano británico en cumplir la empresa excepcional de llegar a China en bicicleta desde Gran Bretaña, atravesando el continente europeo, los Urales y pasando por Mongolia. Antes estudió Antropología Cultural y Geografía en la Universidad de Cambridge. Las conversaciones con él en estos días han sido brillantes y ricas de estímulos: es una persona instruida, open-minded, agudo y curioso. Ha sido, por lo tanto, sorprendente descubrir sus intenciones de votar leave. Caminando hacia el colegio me explica que cree en Europa, pero no cree en la Unión Europea. Y que si en el referendum ganara el remain, las autoridades europeas no modificarían ni una coma de sus políticas económicas antisociales. Su leave es, a su manera, un voto “de izquierda” o, al menos, de protesta.

La nota de Edward

Fuente: Cecilia Vergnano

Dentro de la escuela de ladrillos rojos, los miembros de la mesa electoral nos cuentan de la gran afluencia que ha habido durante el día. Bajo los últimos rayos de sol, se dispone poco a poco el cierre y la gente se prepara para la larga noche del recuento.  Y de hecho es una noche larga y poco tranquila. Me despierto a las 6 de la mañana con una nota de Edward (que se ha despertado aún antes que yo) por debajo de la puerta de mi habitación: “Looks like Brexit!!!”, dice, “48% remain, 52% leave. Keep your !! They will make you a millionaire! 🙂

Birmingham es de las pocas ciudades británicas en las que ha ganado el leave. Londres, Liverpool, Manchester, Bristol se han expresado en su mayoría para el remain. No puedo evitar relacionar este dato con la visión de hectáreas y hectáreas de terreno industrial que empiezan ya a pocas manzanas del centro de la ciudad. Es esta la característica más impactante de Birmingham, por cualquier lugar donde se pasee (no solo en el centro). De este modo, la pregunta que me carcome es: ¿cómo ha sido posible reconvertir la economía de esta ciudad? ¿Dónde han acabado los millares de personas que trabajaban en las fábricas? ¿De verdad ha sido posible reconvertir toda la mano de obra no cualificada de la industria en puestos de trabajo en los sectores servicios y terciario? Los datos estadísticos revelan que, de hecho, en Birmingham el desempleo no es muy alto (6,2%), pero superior al de Manchester, Bristol y Liverpool, y es más o menos el triple de la tasa media de desempleo en el Reino Unido.

Las fábricas y las industrias en desuso ahora no son nada más que espacio, espacio vacío. Espacio que se ha convertido también en mercadería. “Se alquilan almacenes”, se lee en la fachada de un viejo establecimiento, “Espacio en alquiler”, se lee en otra: “to let”, “to let”, “to let” parece un leitmotiv constante cuando se leen los carteles todo alrededor de las viejas fábricas y las naves en desuso. Se ha reflexionado ampliamente, en los últimos días, sobre el significado sociológico de este resultado electoral. Se ha hablado de un país partido en dos, dividido en términos generacionales, culturales y de clase, con los losers de la globalización por un lado y los winners por el otro. Los que sienten que no tienen mucho que perder, por un lado, y los que tienen unos capitales, una carrera o un recorrido de movilidad social ascendente para defender.

Fuente: Cecilia Vernano

Fuente: Cecilia Vergnano

Habiendo seguido con atención las últimas vicisitudes electorales en Italia y la inesperada escalada a los gobiernos municipales por parte del partido 5 Estrellas, no puedo evitar notar cierto paralelismo por lo que concierne al carácter inesperado de estos resultados electorales. A pesar del fuerte componente xenófobo y anti-inmigración de los partidarios del leave (entre los cuales muchos son inmigrantes, que reproducen dinámicas de “primeros llegados” contra “últimos llegados”), los Brexiters no son una masa indiferenciada de racistas, así como los 5 Estrellas no son una masa indiferencias de derechistas.  La xenofobia y la nostalgia por el Imperio se encuentran indiscutiblemente en la base de muchas preferencias de voto en el caso británico, pero también las dificultades relacionadas con el acceso a la vivienda y al trabajo, los salarios bajos, los recortes en políticas sociales y en el sistema sanitario y educativo, la incertidumbre sobre el futuro, y la sensación general que el progreso y la prosperidad prometidos gobierno tras gobierno habrían sido para “ellos” y no para “nosotros”.

Este “ellos” y este “nosotros” no son nada más que los indicadores de las desigualdades sociales, que la imposición de políticas neoliberales, a partir de los años 80, ha progresivamente contribuido a acrecentar. Así como la victoria de los 5 Estrellas en Roma y Turín se presenta como un indicador claro de la brecha entre barrios tradicionalmente acaudalados y los barrios gentrificados, por un lado, y las periferias por demasiado tiempo abandonadas, por el otro. Aunque haya pocas posibilidades de que este deslizamiento populista impulse políticas redistributivas realmente capaces de volver a dar voz y oportunidades a quien ha sido en estos años cada vez más marginalizado, el mensaje de descontento y desafío está claro. La sorpresa de los partidos que tradicionalmente han estado en el poder pero, sobre todo, de aquello que queda del centro-izquierda, frente al avance de estas reivindicaciones desde abajo, tanto en Italia como en UK, resulta particularmente molesto y arrogante. Es muy fácil tachar las masas de ignorancia e irracionalidad después de décadas en las que se ha hecho de todo para depolitizarlas, desmovilizarlas, infantilizarlas.

Justamente porque estoy muy lejos de la tentación de exaltar estos resultados electorales como si representaran una vuelta de cierta consciencia de clase, considero importante recordar qué pasa cuando dicha consciencia es adormecida o aniquilada. La antropología nos enseña que las relaciones sociales se construyen siempre a partir de construcciones identitarias, que crean cohesión en el interior de los grupos humanos. Sin querer idealizar las condiciones de trabajo intolerables que han caracterizado por décadas y siglos la vida a los trabajadores de las minas y las fábricas, es innegable que el orgullo, el reconocimiento social y el sentimiento de solidaridad de grupo que la identidad de minero u obrero genera pueden parecer preferibles a los de una identitdad de desempleado o precario. Pero mientras las viejas distinciones de clase han sido progresivamente desactivadas, unas nuevas categorías identitarias han ido progresivamente activándose. Estas derivas pueden manifestarse a diferentes niveles (a nivel de barrio, a nivel nacional, pero también a nivel global), incluyen las derivas de tipo étnico o religioso, o las derivas mafiosas (sobre todo en contextos locales), y pueden llegar hasta el terrorismo.

La nostalgia por el gran Imperio Británico y la reactivación de la identidad británica no es otra cosa que el resultado de la incapacidad (o falta de voluntad) de la clase política de volver a llevar la cuestión social (o sea la cuestión de la redistribución de la riqueza) a una arena propiamente política, sublimando dicha cuestión en narraciones distorsionadas. En el otro opuesto, otro tipo de deriva (el fundamentalismo neoliberal del Banco Central Europeo y de los mercados financieros que dictan ley en Europa) exaspera la cuestión y no ayuda a volver a situar el conflicto sobre el terreno de la política en el sentido tradicional del término.

En Turín como en Birmingham las hectáreas y hectáreas de terreno industrial abandonado nos hablan de una auténtica guerra que se ha combatido en tiempos de paz, que ha dejado detrás suyo escombros y desastres sociales. Naves desiertas y “generaciones perdidas”. A la hora de despedirnos Edward me pide una última cosa. “Por favor, cuando vuelvas a casa, explica al mundo ahí afuera que nosotros ingleses no tenemos nada en contra de vosotros. Es una lección que queríamos dar a nuestros políticos y a los políticos europeos. No sé si lo vamos a conseguir.” Intento, en la medida de lo posible, difundir el mensaje.


Esta misma entrada ha sido publicada, en italiano, en el Napoli Monitor

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El nuevo milagro de Christo: la turistificación del Lago de Iseo y la multiplicación de las ganancias.

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Proyecto de The Floating Piers, conocida como “La pasarela de Christo” |Foto: André Grossmann

Entrada disponible también en italiano

Giuseppe Aricó (OACU) y Rocco Monella (Investigador independiente)

Desde hace algunas semanas, el Lago de Iseo, en Lombardía (Italia), ha pasado de una notoriedad limitada a los entornos de las provincias prealpinas, a ser una localidad bajo los reflectores de los grandes medias internacionales. Todo ello ha sido posible gracias al mega-proyecto The Floating Piers (en castellano, “los muelles flotantes”), obra del artista estadounidense de origen búlgaro Christo Vladimirov Javacheff, en arte Christo. Ésta consiste en la instalación de una pasarela peatonal que se extiende sobre el agua unos 4 kilómetros y que permite al visitante andar –literalmente- por encima del lago.

La pasarela, que ve desfilar a centenares de miles de personas desafiando el bochorno veraniego, atraviesa el lago por el trecho más corto: el que desde la localidad Sulzano llega al municipio de Monte Isola y, desde ahí, se prolonga hasta el islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta, una de las principales productoras de armas a nivel mundial. Pese a las largas y extenuantes colas, numerosos visitantes han continuado acercándose a esta región lacustre, ubicada entre las provincias de Bergamo y Brescia, la cual ha quedado prácticamente blindada e inaccesible para los vehículos de los no residentes en la zona. Sólo autobuses, lanzaderas o trenes organizados permiten acceder a las localidades costeras desde las cuales salir para alcanzar, de diferentes maneras, la pasarela.

Ahora bien, no nos detendremos aquí a calificar el valor artístico de la obra: cada cual tiene su gusto y sentido del arte. Creemos que puede ser más útil, en cambio, realizar una reflexión sobre su significado económico, y por lo tanto político, sobre todo a raíz de las consideraciones surgidas, desde diferentes partes y con más o menos espíritu crítico, durante estos últimos días. Si bien el mismo Christo se ha mostrado preocupado, en varias ocasiones, por aclarar que todos los componentes de la pasarela respetan el impacto medioambiental, la petulancia y la ambición con la cual el artista prometió mesiánicamente hacernos “caminar sobre el agua” hacían prever que, consideradas la extensión y las infraestructuras de la región, el flujo de personas no sería sostenible a nivel no sólo ambiental, sino sobre todo humano.

Es así que, mientras hacen cola bajo el sol, muchas personas comienzan a sentirse mal y, a menudo, el cansancio y el estrés acumulado llegan a producir brotes de mal humor y falta de lucidez entre los impacientes visitadores. Hace apenas unos días, en el principal y filoclerical periódico bergamasco, L’Eco di Bergamo, un voluntario de la Cruz Roja criticaba tajantemente la falta de “sentido común” que, a su parecer, caracterizaba a muchísimas personas que visitaban la obra, hacia la cual –a pesar de todo- no se mostraba ideológicamente contrario:

“[..] he llegado aquí, como muchos otros colegas enviados desde media Lombardía, para echar una mano y apretar muchas. Ya no recuerdo cuanta gente he socorrido, cuantas pasiones he vivido, cuantas informaciones hemos dado: lo más divertido ha sido cuando nos preguntaron si desde Monte Isola era posible ir en bus a Iseo. No, señor con panamá de faja azul, lo siento: ¡puede preguntar a cualquiera, pero puedo asegurarle que realmente no es posible! […] Muchísimas personas se sienten mal y todas están rigurosamente sin sombrero; bebés en brazos de desgraciados papás bajo el sol y mamás ausentes, más atentas a buscar la mejor pose para ‘postear’; abuelas a punto de entrar en el geriátrico que se desmayan tras pocos centenares de metros; hombres y mujeres recientemente operados del corazón, con marcapasos cardiacos a la vista; algunos que acaban de sufrir un ictus, otros con prótesis de piernas o traumas varios”.

Gran afluencia de visitantes en la “Pasarela de Christo” | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Gran afluencia de visitantes en la pasarela | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Y es así que, desgraciadamente, el pasado sábado 25 de junio, ocurrió una tragedia: debido a un malestar imprevisto, una chica de 27 años cayó al agua y murió, a pesar de que, en una situación tan delirante como ésta, los primeros auxilios intervinieron rápidamente. Decenas de personas se desmayan cada día, decenas las que necesitan asistencia médica, así como decenas y decenas son las discusiones entre las personas que esperan en la cola su turno para acceder a la pasarela o para subirse a una lanzadera que les permita salir de la zona roja. Decenas son, por lo tanto, también las Fuerzas del Orden, llegadas desde numerosas localidades lombardas, ya que pequeños núcleos como Monte Isola, Iseo e Sulzano –que juntos suman menos de 14.000 habitantes- no disponen del personal necesario para gestionar el vaivén cotidiano de tantas miles de personas.

Por otro lado, tal y como declaraba el mismo voluntario de la Cruz Roja, las personas de paso comen, beben, producen basura, necesitan servicios higiénicos y papeleras: los primeros impracticables y las segundas prácticamente inexistentes. Con respecto a las primeras dos funciones, las que garantizan fáciles ganancias, resultarían profundamente significativas las observaciones de un voluntario, según el cual, muchos comerciantes habrían hecho su agosto gracias a este imprevisto y desproporcionado proceso de turistificación del lago.

Sin embargo, el impacto del mismo habría favorecido, directa o indirectamente, también a aquellos pequeños y grandes comerciantes que han aprovechado la ocasión para especular de forma claramente fraudulenta: “[…] vender una botella pequeña de agua a 2 euros, o incluso a 2,50 euros, es vergonzoso y sin un mínimo de ética comercial. Me he informado yo mismo: el coste para el comerciante es de unos 10-12 centavos por botella, dependiendo del número de piezas, o incluso menos. […] Y también bocadillos con una penosa porción de salchicha por 4 euros cada uno… Todo ello no deja recuerdos positivos”.

En cambio, respecto a las otras dos funciones, esto es, la eliminación de residuos o la provisión de servicios higiénicos, los gastos están a cargo del erario público, así como lo están los gatos de logística, de gran parte del personal de vigilancia, de las fuerzas del orden, de los transportes, etc. Un inciso: los costes necesarios para el diseño, la elaboración e instalación del mega-proyecto, que juntos suman un total de 15 millones de euros, habrían sido integralmente financiados por el mismo Christo, es decir, estos elementos no habrían implicado ningún coste a las administraciones locales.

En otras palabras, el evento sería un inmejorable ejemplo de aquella antigua, pero aún muy en boga, práctica que exige privatizar las ganancias y socializar las perdidas. En principio este aspecto no representaría ninguna novedad –diríamos-, pero sorprende que centenares de miles de personas parecen no mostrarse mínimamente preocupadas por este tipo de cuestiones, así como asombra el hecho de que casi nadie haya levantado la voz para criticar una serie de fenómenos aún más graves. Quizás podríamos reconsiderar la verdadera finalidad de esta gran instalación haciendo hincapié en las reflexiones avanzadas por el economista José Manuel Naredo sobre la “naturaleza perversa y meramente extractiva de los mega-proyectos”:

“La creencia de que la actividad económica está regida por la producción y el mercado induce a presuponer, de entrada, que apunta a fines utilitarios buenos de por sí y a cubrir demandas insatisfechas. Presupone también que las empresas trabajan para fabricar y vender bienes y servicios socialmente útiles. La gente no llega a entender que es justo esa la ideología económica dominante de la producción y del mercado la que encubre la naturaleza meramente extractiva de los megaproyectos y el manejo meramente instrumental de las empresas que colaboran en el empeño. Pues el objetivo de producir bienes y servicios o de cubrir demandas insatisfechas, deja de ser la finalidad del megaproyecto, para convertirse en mero pretexto justificador del mismo que oculta su verdadera finalidad, a saber: el latrocinio extractivo directo, en alguna de sus fases de desarrollo, asociado a la obtención de concesiones, de reclasificaciones de terrenos y/o al manejo de abultados presupuestos aportados o avalados por el Estado o sufragados por amplios colectivos de accionistas, usuarios o contribuyentes. Pues bajo el paraguas ideológico de la producción, se oculta un juego de suma cero, en el que el lucro y las plusvalías obtenidos por algunos, han de acabarlos pagando otros”.

Desde esta óptica, la mera presencia de una obra de arte –es decir, algo que nadie se atrevería a cuestionar puesto que cualquier expresión de rechazo implicaría automáticamente ponerse en contra de lo que la sociedad fetichiza como “Arte” o “Cultura”, en mayúsculas- es exactamente el pretexto que justifica y permite, en tiempos más o menos breves, la potencial revalorización del territorio en pos de los intereses privados del Capital inmobiliario, turístico, hotelero, etc.

En el caso específico de la pasarela di Christo, el método extractivo, considerado aparentemente exento de riesgos sobre todo por parte de las administraciones locales, funcionaría de manera mucho más simple de lo que pueda parecer. Éste consistiría en la atracción de ingentes porciones de visitantes para convertirlos, literalmente, en consumidores o clientes –que no en usuarios– de un “espacio público” que, debido precisamente a la presencia del Arte, se presume dotado de una mayor calidad y exclusividad. Un espacio público consustancialmente etéreo y armónico, por el cual los visitantes deambularían serenos en pos de una fantasmagórica igualdad de clase y, sobre todo, al amparo de la misma libertad que define las actuales leyes de mercado.

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

Tal y como declarara el mismo Christo durante la presentación del mega-proyecto, celebrada en Roma el pasado abril en el marco del Maxxi, los visitantes podrían “recorrer el muelle en total libertad, a lo largo y ancho de su extensión total, sin límites, porque no habrá un solo acceso vinculado con una dirección a seguir”. Es suficiente pensar que, a pesar de los difíciles trámites burocráticos y los innumerables permisos solicitados, el islote del fabricante de armas Beretta –espacio inalcanzable por los comunes mortales- ha sido finalmente incluido como parte integrante de la instalación y convertido, estratégicamente, en el principal punto de atracción de la obra. Un detalle que merece ser tomado especialmente en cuenta si consideramos la publicidad indirecta que la instalación artística ha ofrecido a la gran compañía de armas.

No es casual, además, que no sólo muchos comerciantes, sino también numerosos constructores de la zona –más o menos responsables de cierta especulación inmobiliaria- auspicien que la experiencia se traduzca en grandes negocios, apostando por un incremento sustancial del “turismo de calidad” catapultado directamente desde otras ciudades ya ampliamente turistificadas, como las cercanas Milán y, en particular, Venecia. En efecto, la reciente y masiva llegada de un número incontrolable de turistas, de famosos y/o millonarios internacionales deseosos para comprar o construir sus mansiones en las colinas que se levantan alrededor del lago, así como la rápida proyección a escala global de la pasarela, serian sólo algunos de los síntomas inequivocables de un demencial y, a la vez, imparable proceso de mutación socio-espacial del territorio lacustre.

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

Se trata, con toda probabilidad, de un proceso momentáneamente silencioso que se impone sobre el espacio físico y social de forma casi homeopática, pero que, al mismo tiempo, es profundamente violento. Un proceso intrínsecamente determinado por una larga serie de dinámicas socio-económicas de carácter global y que, sin embargo, se reproducen localmente con el riesgo de barrer del territorio lacustre todo lo que en él se encuentra actualmente: las áreas forestales, las tabernas de pescadores, los círculos asociativos locales y, mucho más temprano de lo que se pueda imaginar, los habitantes “de toda la vida” de Sulzano, Iseo y Monte Isola.

Conste que no hay nostalgia en estos párrafos: sencillamente, a la luz de los tiempos que vivimos y a partir de los supuestos que se acaban de analizar –los cuales se ven respaldados por la mala gestión de la pasarela-, parece improbable que ese mega-proyecto haya sido gestionado en orden a generar un actividad económica realmente relevante para las comunidades locales, además de ser capaz de devolver al público lo que el público pierde a causa de las infraestructuras y el soporte económico y humano que debe proporcionar. Sin embargo, será sólo a partir de la próxima semana, es decir, una vez desmantelada la instalación, que podremos realmente empezar a comprender cuántos y cuáles han sido y serán los beneficiarios de este nuevo gran “milagro” de Christo. Un milagro que, al fin y al cabo, turistificando el entorno y multiplicando las ganancias, pretende únicamente convertir un territorio ya de por si exclusivo –y por lo tanto excluyente- en un nuevo “espacio público de calidad”, esto es, devotamente consagrado al turismo de masa, al ocio y al consumo visual.

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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Elogi del senglar urbà i proposta de tòtem per Barcelona

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Senyal al barri de La Floresta en San Cugat del Vallés (Barcelona)| Foto: OACU

Missatge enviat a l’OACU en ocasió de l’abatiment d’un senglar al districte de Les Corts el 2 d’abril de 2013

per Manuel Delgado (OACU)

Com sabeu, un porc senglar va morir ahir al vespre com sols dir-se “en estranyes circumstàncies”. El va abatre un mosso d’esquadra a trets de pistola a la cruïlla Numància-Tarragona, és a dir davant l’estació de Sants, en un incident en el que va resultar ferit un altre mosso per culpa d’un dispar mal apuntat. La qüestió no té res d’anecdòtica. El fet que una bestia salvatge visqui tant a prop nostre, en un parc metropolità, i que visiti de manera regular la porta de les nostres llars ja és de per si un petit miracle que ens ha de fer pensar en les paradoxes que provoca de vegades la vida urbana, permetent aquesta metàfora  perfecte del làbil dels límits entre natura i cultura i, més en concret, entre salvatge i domesticat. Una metàfora també sobre tot de nosaltres mateixos, de tots aquells i aquelles que ens sentim solidaris amb aquests animals perquè volem creure que també en nosaltres resta alguna cosa bàrbara i elemental,  i el problema és que, com ells, al capdavall hem de fer-nos passar per “civilitzats” perquè alguna cosa s’ha de menjar.

Que un d’aquestes feres ferotges –con la de la cançó de l’Ovidi– hagi arribat al cor de la ciutat també és una metàfora. Ell és l’avançada i ens anuncia: “Ja som aquí;  no hem vingut a visitar-vos, sinó a buscar-vos i portar-vos de retorn; hem arribat a rescatar-vos de la merda de vida que porteu; a excitar les vostres ganes d’assilvestrar-vos el dia menys pensat i sense avisar; a que torneu amb nosaltres al bosc que tant enyoreu, perquè és la vostra veritable llar”. Per això també la mort d’aquest animal –avantguarda d’una invasió que ens espera i que esperem– és una metàfora trista i ben literal de com temem les nostre autoritats no que ens aneguin bestioles selvàtiques, sinó que nosaltres mateixos ens hi tornem. Perquè ells saben o sospiten que en realitats tots som senglars. Que el responsable de l’assassinat –perquè el senglar mort no és que fos un humà; és que era un príncep: la Bèstia del conte– hagi estat un membre de la policia de la Generalitat de Catalunya també és una al·legoria perfecte d’un sistema polític, social i econòmic que odia la independència que aquell animal encarnava.

Segurament no sabrem mai que és el que ha passat aquesta nit. No és la primera vegada que els porcs senglars apareixen pels carrers de la ciutat. Fins ara el que s’havia fet és avisar a especialistes que disparaven dards als animals per a dormir-los i els tornaven a la serra o els mataven en condicions. Quan fa no gaire una manada sencera es va plantar a les portes de La Reina d’Àfrica, a un pas de Lesseps, la Guàrdia Urbana va tenir la paciència d’anar empenyent-la cap a Collserola durant hores. La mort d’una peça de caça major com aquesta pot ser pertinent a mans de caçadors experts amb armes adequades, com poden ser escopetes o fins i tot fletxes. Però matar un senglar a trets de pistola  al mig de la ciutat…! No m’és difícil imaginar-me l’escena d’un cotxe patrulla de mossos que es troba amb un senglar i decideix liquidar-lo de qualsevol manera, com si fos un gos rabiós i qui sap si mig per diversió.

El resultat és el nyap que hem vist, un nyap tràgic per l’animal, que a punt ha estat de resultar-ho també per un dels policies i qui sap si per algú que passava per allà. I no sols per les bales, sinó per la reacció d’un animal ferit per un arma que no és que sigui precisament de caça. El conseller Espadaler acaba de declarar que els senglars no són un problema menor per Barcelona; jo crec que el que no és un problema menor són alguns mossos d’esquadra i un govern com el que tenim. Reconec que em fascinen aquestes bèsties. He passat i passo hores senceres esperant-los més que buscant-los al bosc. És cosa de  trobar un punt qualsevol de la serra de Collserola, introduir-te al bosc, apostar-te a una clariana i romandre quiet fins que apareguin. Tard o d’hora surten d’entre l’espessor i la foscor, s’aturen davant teu i se’t queden mirant fixament, tranquils i altius, com si et saludessin sabent que ets un dels seus. Després desapareixen igual que han aparegut: majestuosos, superbament  indiferents.

Barcelona necessita un tòtem. Si més no la Barcelona salvatge, la que no entén que hi ha de dolent en que les ciutats siguin una jungla o al menys un bosc. Per no oblidar-ho, caldria fer insígnies i estendards, banderes i fulards, amb la silueta d’un porc senglar, convertit per a nosaltres, com per els pobles salvatges, en símbol de la ciutat que resisteix i que es proclama, de tant en tant, furiosa i digne. De fet, ja hi ha precedents: la d’aquell grup de veïns de La Floresta que baixaren a les manifestacions del 15M amb una pancarta amb un senglar dibuixat. I si cal matar-los, fem-ho com correspon matar un animal diví, un deu; amb ritual i respecte, i demanant-li perdó. Després, menjaríem les seves carns en grans o petits festins ciutadans per a que l’animal caçat ens infongués la seva força, el seu orgull i, per sobre de tot, el seu amor per la llibertat.

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Mercados municipales abandonados: Disputas y conflictos en Madrid y Brasilia.

Por Adrián Hernández-Cordero, geógrafo

En un trabajo reciente discutí sobre los mercados públicos en la ciudad[1], entendidos como viejos equipamientos que por diversas razones (cambios en los patrones de consumo a partir del surgimiento de los supermercados y la política de desinversión gubernamental) a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado han experimentado un proceso de deterioro. Sin embargo, en los últimos años han sido redescubiertos por los gobiernos y la iniciativa privada como infraestructuras con un alto potencial económico, debido a su valor patrimonial, su tamaño y ubicación estratégica. Estos factores los hacen sumamente rentables a partir de las políticas de gentrificación que se están llevando a cabo en diversas ciudades, sobre todo en los centros urbanos. Cabe recordar al mercado de Santa Caterina que fue el Caballo de Troya[2] de la gentrificación en el barrio barcelonés del Born. El mercado fue utilizado como el motor de transformación social y urbanística del vecindario a partir de su reconstrucción, que se demoró por varios años, implicando la muerte del sector comercial y de alguna manera del espacio público que se conformaba en torno a éste y que articulaba la vida social[3].

Existen otras experiencias que nos hacen pensar que otros mercados y ciudades son posibles. Actualmente se está llevando a cabo una lucha ciudadana por recuperar el abandonado mercado de frutas y verduras del barrio obrero de Legazpi, en lo que se puede considerar la primera periferia madrileña. El mercado estuvo activo hasta la década de los años ochenta cuando fue cerrado por la inauguración de Mercamadrid.  Mientras de decidía su futuro el Ayuntamiento instaló en el recinto diversas oficinas públicas hasta que en 2007 advirtió en el centro de abasto una oportunidad para explotarlo económicamente. A partir de entonces se comenzaron a plantear varios proyectos en conjunto con la iniciativa privada. La recuperación del mercado de Legazpi no fue casual, se vinculó con una serie de operaciones de especulación inmobiliaria llevadas a cabo al sur de Madrid que buscaban revalorizar este sector. Muestra de ello es la construcción junto al Manzanares del parque lineal Madrid Río en 2005 y la rehabilitación del antiguo rastro de la capital española en un espacio cultural monumental denominado Matadero. Así, dos conceptos reificados y sacralizados: cultura y espacio público servían para justificar sendas operaciones urbanísticas que pondrían en el mercado inmobiliario un sector depreciado y de paso servirían para borrar su carácter obrero e inmigrante.

El último gobierno del Partido Popular en el Ayuntamiento en Madrid tenía la intención de convertir los 40.000 metros cuadrados el mercado de Legazpi en un centro gourmet con una zona de tiendas, gimnasio, espacio cultural y un aparcamiento subterráneo con 800 plazas. Sin embargo, no contaba con la movilización social de los vecinos de Arganzuela y diversos colectivos que se organizaron para reclamar la cesión del mercado como un centro autogestionado. Así, surgió el Espacio Vecinal Arganzuela que desde 2014 comenzó con un proceso asambleario en el que los habitantes han construido un proyecto para el mercado, además de realizar diversas actividades culturales que han ido construyendo un espacio de encuentro.

A más de 7, 000 km de distancia, en otra ciudad capital como Brasilia, existe otro ejemplo de contestación urbana igualmente potente: el Mercado Sul Vive,un antiguo equipamiento abandonado en la periferia del Distrito Federal, concretamente en el sector obrero de Taguatinga.  La ocupación aconteció en febrero del 2015 en el contexto de varias tomas de solares que se desarrollaron de manera simultánea por el Movimento dos Trabalhadores Sem Teto. El Mercado Sul fue construido en los años 50 y fue unos de los primeros centros de abasto del Distrito Federal. A partir de la llegada de los supermercados y las calles comerciales que caracterizan a la ciudad, los locatarios del mercado quebraron, quedando sus instalaciones inermes y/o usadas como bodegas, generando su progresivo deterioro.

Ante este panorama diversos colectivos plantearon la ocupación del mercado, conscientes que está acción se inscribía como una forma de resistencia ante el proceso de especulación inmobiliaria que experimenta Brasilia. Los colectivos de activistas y artistas del vecindario han llenado de vida y actividades al mercado y sus calles circundantes mediante la realización de actividades culturales populares fuera de la industria cultural y del mainstream imperante. De esta forma, han generado un espacio de articulación vecinal que busca ser reconocido como autogestionado y de pasó reivindicar a través de la declaratoria patrimonial la salvaguarda del edificio por su valor histórico; ello resultaría trascendente en una ciudad que sólo ha reconocido las faraónicas y asépticas obras de los arquitectos que la edificaron. Lograr el nombramiento patrimonial implicaría el enaltecimiento de la memoria obrera de los candangos[4] sistemáticamente despreciados y a los que Brasilia les debe tanto, ya que fueron sus verdaderos constructores.

El Espacio Vecinal Arganzuela y el Mercado Sul son ejemplos de que los mercados públicos en desuso pueden ser disputados por los habitantes a los poderes fácticos que dirigen la ciudad: política y dinero. Ambos mercados a partir de procesos de organización social y con el desarrollo de actividades artísticas y culturales han logrado darle mayor potencia a su movimiento. La organización y toma de consciencia de clase muestra que la colonización urbana del neoliberalismo puede ser confrontada desde las periferias, las cuales toman un papel central en las disputas por la ciudad y en defensa de lo urbano.

[1] “Los mercados públicos: Viejos equipamientos, nuevos usos en la ciudad. Reflexiones a partir de Barcelona”, comunicación presentada en el 5° Seminario Internacional Ciudad, Comercio y Consumo, celebrado en la UNAM, México. Octubre de 2015. http://www.ccc.unam.mx/pdf/4B-Adrian%20Hernandez%20Cordero.pdf

[2] El antropólogo Jose Mansilla del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà me sugirió está acertada metáfora en el debate del Seminario Contested Cities, celebrado en Madrid durante diciembre de 2013.

[3] Más detalles en “Gentrificación comercial y mercados públicos: El mercado de Santa Caterina, Barcelona”. Working Paper Series. http://contested-cities.net/working-papers/2014/gentrificacion-comercial-y-mercados-publicos-el-mercado-de-santa-caterina-barcelona/

[4] El término candango originalmente se utilizó en Brasilia para denominar de forma peyorativa a los trabajadores inmigrantes de otras regiones brasileñas, sobre todo del nordeste, que llegaron a laborar en el ramo de la construcción. Actualmente de forma informal las personas nacidas en Brasilia o avecindadas allí se les conoce de la misma forma.

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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Valla Torg, el “renodesahucio” como instrumento de la política habitacional en Suecia

Walla Scen ocupado. Foto: Valla Torg-Alla ska Kunna bo Kvar

Walla Scen ocupado | Foto: Valla Torg-Alla ska Kunna bo Kvar

por Karina Raña (Uppsala University)

Walla Scen es un teatro pequeño en medio de Valla Torg, un típico barrio del sur de Estocolmo. En la entrada, un cartel que pone “Fika Gratis” invita a los vecinos a una merienda en la modesta recepción del recinto. Sin embargo, este “fika[1]” no es sólo café, pastel y conversación, principalmente porque el teatro está ocupado por un grupo de activistas que buscan generar atención sobre el proceso que pone en riesgo la vivienda de los actuales residentes de Valla. Dentro de unos pocos meses, muchos de los habitantes de este barrio pueden verse forzados a encontrar otro lugar donde vivir. Esta tarea no es nada fácil pues una muy rentable mezcla de escasez de viviendas y especulación inmobiliaria ha transformado a Estocolmo en una verdadera jungla habitacional.

Esta amenaza que se cierne sobre los vecinos de Valla Torg es lo que ha sido llamado renodesahucio[2]. Este término acuñado por activistas canadienses refiere a la renovación de los edificios con el consecuente aumento de los alquileres que obliga a los residentes a marcharse del lugar. En el caso particular de Valla Torg, la empresa municipal de vivienda dueña de los pisos tiene contemplado un alza de un 50 ó 60% del actual precio luego de la renovación cuestión que, según los mismos vecinos de Valla Torg, no serán capaces de afrontar. Esta estrategia gentrificadora se está volviendo una práctica extendida en Suecia ocurriendo en otros barrios también, por ejemplo Pennygången en Gotemburgo y Gränby en Uppsala donde, a base de organización vecinal, las alzas de alquiler se han moderado pero no detenido.

Crisis de la vivienda en Suecia punto de partida de la planificación urbana

La situación es compleja pues son muchos los elementos involucrados que perfilan el actual contexto de lo que se ha llamado crisis de la vivienda en Suecia[3]. Este no sólo afecta, hoy en día, a las principales ciudades del país como Estocolmo, Gotemburgo y Malmö, si no que también se ha extendido a ciudades medianas. El tema es actualmente parte de la agenda tanto de la academia como del activismo, siendo ambos actores no sólo parte del debate sino que además  los principales precursores de esta discusión, la cual se ha vuelto titular acostumbrado de noticiarios y ocupa cada vez más páginas en los periódicos.

Para la capital sueca, la falta de viviendas ha sido una constante en el desarrollo de la ciudad, lo cual ha sido enfrentado de diversas maneras en diversos momentos de su historia. Así, por ejemplo, la autoconstrucción y la renovación de viejos edificios fueron incitados por el estado desde principios del siglo XX para combatir el hacinamiento. Al mismo tiempo diferentes modelos de ciudad eran planteados para contrarrestar el crecimiento de una población cada vez más urbana. La ciudad jardín y los proyectos para la expansión hacía más allá de los límites naturales del archipiélago, fueron poco a poco dominando las nuevas construcciones y la política habitacional.

Sin embargo, esto no fue suficiente. La creciente industrialización de la Suecia de la postguerra agudizó el problema de la vivienda transformándose en un elemento decisivo a la hora de hablar sobre la calidad de vida de los trabajadores. Este hecho fue clave, junto con el advenimiento de la socialdemocracia sueca al poder, para el nacimiento de otros planes. Así entonces surge lo que en Estocolmo se denominó la ciudad ABC, que por sus siglas en sueco refieren a trabajo, vivienda y centro (arbete, bostad och centrum). Este modelo tenía como idea base que los trabajadores pudieran, dentro de una corta distancia, acceder a sus trabajos, caminar hacía sus casas y tener los servicios necesarios para la familia, como escuela, atención médica y correo, centralizados en un núcleo que serviría como foco de comercio, pero también como punto de encuentro para los vecinos. Bajo está idea unos cuantos barrios, que aún perduran, fueron construidos alrededor de Estocolmo durante los años 50. El modernismo fue la inspiración principal para estos satélites que pretendían descomprimir la presión en el interior de la ciudad.

Un millón de viviendas

Siendo aún insuficientes y reconociendo que el problema de la vivienda era una cuestión de corte nacional, se lleva a cabo entre 1965 y 1974 la construcción masiva de barrios completos, con viviendas y servicios, en todo Suecia. La meta fue construir un millón de viviendas en diez años. Para concretar este objetivo se pusieron en marcha, por una parte, fuerzas estatales, a través de la creación de subsidios y de incentivos económicos a la edificación, y por otra, la industria de la construcción la que adquiere, en este tiempo, la posición de privilegio de la que aún goza. Durante los 10 años que duró el programa surgió un nuevo barrio por año y se entregaron 180.000 nuevas viviendas en total en Estocolmo.

Malmvägen, Barrio miljonprogrammet Estocolmo: Foto: Karina Raña

Malmvägen, Barrio miljonprogrammet Estocolmo |Foto: Karina Raña

La propiedad de los nuevos edificios se compartió entre empresas privadas, en menor medida, y empresas municipales de vivienda lo que implicó que desde un comienzo los nuevos pisos estuvieron pensados para el alquiler. Socialmente estos barrios fueron habitados tanto por familias trabajadoras como por la naciente clase media, funcionando como el piloto urbano de una sociedad sin clases. Sin embargo, estos barrios del “miljonprogrammet” con el tiempo fueron decayendo y dejados un poco a su suerte, siendo prácticamente nula la reinversión en sus infraestructuras, transformándose con el tiempo en barrios donde se concentró la población de más bajos ingresos e inmigrantes recién llegados.

La profundización de la crisis como estrategia de gentrificación

Durante los años 90, la brújula política en el país empieza a moverse hacia el liberalismo, con los socialdemócratas aún el poder. En el ámbito de la vivienda, estas medidas terminaron con los incentivos y rebajas impositivas para la edificación. Las posibilidades de expansión de capital de las empresas constructoras tomó otro cariz. La apertura legal que impulsaba un terreno de juego “más parejo” donde pudieran competir las empresas privadas con las municipales de vivienda, fue un cambio decisivo en el mercado habitacional. Desde ese entonces las empresas municipales tienen, por ley, que ser rentables y llevar a cabo su actividad orientándose a la ganancia de capital. Esto ha influido, por ejemplo, en los sueldos y compensaciones de los miembros de los directorios de las municipales de vivienda pero también en el destino que corrieron los pisos. Como consecuencia, a partir del año 1996 una buena porción de edificios y departamentos que pertenecían a las comunas y que eran ocupadas por inquilinos, son vendidas y transformadas en propiedad privada. Los efectos en el mercado son inmediatos, provocando en pocos años el encarecimiento desmedido que lleva actualmente a vender un piso de 25 m2 en más de €300000. Los antiguos barrios de la clase trabajadora del interior de la ciudad fueron los primeros objetivos de una gentrificación desbocada, hoy en día la mira está puesta sobre los barrios de la periferia cercana, la mayoría pertenecientes al programa del millón de viviendas.

Renodesahucio en Valla Torg

La venta masiva de pisos de alquiler y la cadena de especulación que desataron los nuevos propietarios, significó una fuerte presión en los precios de los arriendos, pero sobre todo, redujo la oferta considerablemente haciendo el proceso de espera para nuevos arrendatarios simplemente desalentadora. Así, en Estocolmo, el conseguir un piso de alquiler a través del sistema oficial de distribución de vivienda supone unos 13 años para el centro de la ciudad y 8 para los alrededores. El mercado de subarriendo ha crecido groseramente y todos intentan sacar su tajada del gran pastel generando, finalmente, situaciones como las que hoy en día se viven en Valla Torg.

En este barrio el desalojo probablemente ocurrirá de manera lenta. No habrán notificaciones, ni las autoridades se presentarán para ejecutar una orden de expulsión. Seguramente serán los mismos vecinos que, con tiempo y paciencia, empiecen a buscar un acomodo entre su presupuesto mensual y las escasas posibilidades que les ofrece el mercado habitacional en Estocolmo. Los vecinos de Valla Torg son mayormente “clase baja-blanca”. Es un barrio habitado, en buena parte, por jubilados que han vivido durante décadas en el sector. Comparando con zonas aledañas como Södermalm[4], Valla se ha ido quedando atrás. La renovación es necesaria y no hay nadie que diga lo contrario. Sin embargo y como los mismos grupos comprometidos en esta lucha vecinal han remarcado, los cambios que tienen que pagar hoy en día los habitantes de este sector no cubren sus necesidades, más bien están diseñados y pensados para quienes potencialmente podrían ocupar los pisos en el futuro.

En ese mismo sentido, otro factor importante en el proceso que vive el barrio, es el arribo del proyecto europeo “GrowSmarter”[5], en el que incluye el distrito al que pertenece Valla, Årsta. Este programa está orientado al crecimiento sostenible de las ciudades en Europa y busca instalar acciones que ayuden a mitigar el impacto ambiental de zonas densamente pobladas. GrowSmarter que incluye medidas de eficiencia energética, manejo de desechos y uso de energías renovables, está en su fase piloto junto a Colonia y Barcelona. Sin embargo y según la información entregada por la empresa municipal de vivienda de la zona, este proyecto no afectaría los precios de los alquileres. No obstante, su implementación genera una fuerte expectativa respecto a las posibilidades, en términos de mercado, que ofrecería el sector.

Manifestación comienzo de la ocupación de Walla Scen. Foto: Valla Torg-Alla ska kunna bo kvar

Manifestación comienzo de la ocupación de Walla Scen. |Foto: Valla Torg-Alla ska kunna bo kvar

Tanto la necesidad de renovación como la implementación de GrowSmarter ha hecho que incluso activistas de otros barrios y otras ciudades se impliquen en lo que sería no sólo la defensa de Valla Torg sino que también la defensa de una forma de vida y que se ha convertido en una suerte de declaración de principios. Vivir hoy en día de alquiler en Suecia puede ser visto como una cuestión de clase, pero también una forma de resistencia a la mercantilización de la vivienda. Es por esto que la defensa de los pisos de alquiler de Valla Torg no responde a un blindaje de la transformación del paisaje urbano del area, es en realidad, y creo es la forma correcta de leerlo, un cuestionamiento a la finalidad de tales reformas. Es poner en cuestión para quien se planifica la ciudad realmente y cómo incluyen tales planes al resto de los residentes.

Hoy la defensa del barrio para sus habitantes sigue en pie. A pesar de que la municipal de vivienda les ha ofrecido rebajas en el arriendo para los próximos tres años, más del 50 por ciento de los habitantes aún no han dado su visto bueno a las renovaciones, lo cual impediría o retrasaría, en teoría, el comienzo de los trabajos. Lamentablemente, las acciones de defensa de Valla Torg son, aunque necesarias, de alguna forma una resistencia casi puramente simbólica. La política liberal es actualmente hegemónica en todos los espacios de decisión en Suecia, por lo que estas acciones tienen como finalidad crear ruido alrededor de la sistemática gentrificación de Estocolmo y, más que nada, tienen como objetivo mantener la esperanza de una ciudad en manos de sus habitantes y no de sus especuladores.

[1] http://www.vogue.com/slideshow/1080625/fifteen-coolest-street-style-neighborhoods/

[2] http://www.grow-smarter.eu/home/

[3] http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160117_vert_cap_fika_suecia_empresa_productividad_yv

[4] http://www.emol.com/noticias/economia/2015/02/25/705267/burbuja-inmobiliaria-en-suecia.html

[5] https://rentersatrisk.wordpress.com/about-2/

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“Nos quieren desinfectar”. Limpieza social en el centro histórico de Guadalajara, México.

Fuente: https://www.facebook.com/EnriqueAlfaroR

Fuente: Enrique Alfaro

Nos quieren desinfectar
Y no nos vamos ni a enterar

Derribos Arias

por Horario Espinosa (OACU)

El 4 de Mayo del 2014 tuvo lugar el primero de los sucesos recientes que han traumatizado la vida del centro de Guadalajara y a sus clases populares: el incendio del Mercado Corona en circunstancias nunca del todo aclaradas.  Se trataba de un inmueble histórico que se terminó de construir en 1891 y lugar de abastecimiento de los sectores populares, famoso igualmente por ser epicentro urbano de otro elemento denostado de la cultura y la medicina popular como es la brujería y la herbolaria. De forma sorprendentemente rápida, para el 27 de Julio del mismo año ya se tenía realizado y aprobado un proyecto para la realización de un “Nuevo Mercado” pero que tiene toda la apariencia de un centro comercial. Se trata de un edificio con el clásico diseño de “elefante blanco” con líneas frías, de cinco plantas, y un gran estacionamiento subterráneo, a la manera de los ‘malls’ que tanto afean las colonias de clase media de la ciudad.

A partir del acompañamiento que hacen de los ex locatarios afectados, el colectivo “Caracol Urbano” afirma que se pretende la re-ubicación de los locatarios del antiguo mercado, pero “con la amenaza de perder en cinco años una concesión que era vitalicia. Después de ese periodo el régimen cambiará a alquileres que serán impagables por los antiguos locatarios y el costo del consumo en la zona se elevará inevitablemente.”. En Julio del 2015, el partido Movimiento Ciudadano obtiene la victoria en Guadalajara y la mayoría de los municipios de la ZMG, sin embargo no se ha modificado el proyecto de centro comercial el cual se encuentra casi terminado tal cual fue proyectado.

Durante su campaña, en una reunión con empresarios, el ahora alcalde Enrique Alfaro “se compromete ante la sociedad” a hacer de Guadalajara “una marca ciudad”. Teniendo el antecedente de proyectos internacionales de transformación de las ciudades en “productos” como ha sido el caso de Barcelona (Delgado, 2007) ya temía yo en ese momento que se trataba solo del comienzo de una larga avanzada en contra de la Guadalajara popular. Entre Septiembre y Octubre del 2015 se habla de una nueva figura en la política metropolitana “El funcionario activista” para referirse al nuevo gabinete “Alfarista” formado en gran parte por “activistas” de la movilidad urbana y empresarios, en vez de “los políticos de siempre”.

El 17 de Octubre del 2015 se lanza el programa “Banquetas Libres”. En un principio orientado a evitar que los automóviles se estacionen en las banquetas. Pero en “la letra pequeña” de los diarios locales se dice que se actuará también contra el llamado “comercio informal”. De forma casi simultánea, en un ejercicio de exceso de cinismo o falta de tacto político se oficializa un proyecto que estaba en el tintero desde el año 2012, la creación de la Ciudad Creativa Digital (CCD) en pleno centro de la ciudad. Se trata de un ‘hub’ digital donde se maquilará para diversas multinacionales de la industria de la tecnología y el espectáculo. Se menciona que grandes trasnacionales del entretenimiento como PIXAR tendrían un espacio en la CCD. Previamente, los gobiernos tanto del PRI como del PAN ya se habían encargado de desalojar a la fuerza, comprar o simplemente dejar en el abandono amplios terrenos y viviendas que rodean al céntrico Parque Morelos que es donde se piensa realizar tal proyecto. El nuevo gobierno “activista” no haría otra cosa más que impulsar de una manera más decidida tal proyecto de intervención sobre el Centro Histórico.

A la represión contra El Baratillo le sucede la aprobación “por unanimidad” del nuevo reglamento de “Imagen Urbana” para el municipio que prohíbe definitivamente el comercio callejero en el Centro Histórico. A partir de ahí se inician las protestas de los comerciantes y su posterior violento desalojo. Granaderos, antimotines y fuerzas especiales “limpian” el centro de ambulantes. El uso del término “limpiar” para desalojar a la gente por la fuerza será usado masivamente, tanto por las nuevas autoridades como por la prensa, que entra en una especie de éxtasis. El gobierno dice que los comerciantes han aceptado una oferta de contratos temporales de 4 meses. Las asociaciones de tiangueros lo niegan. La batalla dialéctica se instala, que se suma a la guerra en las calles. Entre los planes del Ayuntamiento se encuentra aceptar la venta callejera solo de ciertos productos, creando una especie de Índice. Los objetos permitidos tienen que ver con la creación de una imagen prefabricada de la cultura popular en el centro de la ciudad: dulces típicos, artesanías, trajes indígenas. Se intenta “folclorizar” artificialmente al centro.

Los argumentos usados para legitimar el desalojo de los vendedores tienen como trasfondo una lógica higienista que a su vez es el discurso ideológico que esconde un interés económico por gentrificar el centro a través de “proyectos estratégicos” de “regeneración urbana”. Este neo-higienismo se corresponde con el rescate de centenarias concepciones clasistas y racistas rastreables hasta tiempos de la colonia; por otro lado, el discurso de regeneración urbana responde a lo que Manuel Delgado ha denominado “la ideología del espacio público” (2011). Ambas posturas no son incompatibles por lo que podría hablarse de un híbrido sistema de creencias denominado ‘criollismo ciudadanista’.

“Los ‘tiangueros’ como subclase invasora”

El primer argumento usado por autoridades de este gobierno post-activista es que los vendedores ambulantes son habitantes “ilegítimos” del centro, es decir, que le robaron el centro “a la gente” que ahí vivía antes. En realidad, existen indicios de tianguis en el centro de la ciudad, como mínimo, desde inicios de la colonia. A lo largo del siglo XVI el Baratillo se localizaba originalmente en el corazón de la ciudad y su vagar lo ha llevado de ahí a la plazoleta de San Agustín en lo que hoy es el Teatro Degollado, para después peregrinar hacia la Plaza de Armas (Flores, 1997),  y de ahí, con la llegada del siglo XVIII, moverse hacia la plazuela Santo Tomás (Márquez Sandoval, 2003: 28; Doñán, 2001:78) hasta que a finales de los sesenta del siglo pasado termina ocupando su actual lugar en el poniente de la ciudad (Márquez Sandoval, 2003: 30).

Existen evidencias históricas de algunas de las posibles causas esgrimidas por las autoridades coloniales para obligar al baratillo a peregrinar hacía las otroras afueras del núcleo urbano y todas implican ciertas formas de exclusión de lo que entienden las autoridades coloniales como prácticas indignas, “repugnantes” o que en todo caso apuntan a una higienización del espacio público trastornado por las prácticas tiangueras llevadas a cabo por indígenas y mestizos. Antes de que el tianguis fuera expulsado del centro de la ciudad, en el año de 1762, a la Real Audiencia de Guadalajara llega una queja contra el Baratillo de la Plaza de Armas emitida por nobles habitantes de la capital de la Nueva Galicia: “Se  denunció  las prácticas inmorales que hacen por las noches las mujeres que venden tortillas, quienes al abrigo de la oscuridad y aprovechando la disposición de los puestos, aprovechan para cometer ofensas a Dios” (Calderón, 2007: 41).

El gobernador de la ciudad de Guadalajara, Brigadier Pedro Montesinos de Lara, respondiendo a estas quejas hace la siguiente disposición oficial, fechada el 23 de Enero de 1762: “[…]Mandava y su señoría mandó; que dada que sea la oración de la noche, ninguna de las referidas personas que comercian en dicho baratillo se mantengan en el sol a pena de prisión” […] “las referidas tortilleras [deberán mantenerse] en dos filas, sin confusión cerca de el portal y no de los tasaquales, sin ponerse entre ellas ningunos hombres, aunque sea con el pretexto de que son sus maridos, hermanos, padres, o parientes que van a cuidarlas […] y dichas tortilleras tengan obligación de mantener luz de suerte que se perciva con claridad la postura en que se hallan[…]” (Calderón, 2007: 42).

Es de resaltar que las legislaciones tendientes a ver el baratillo como tema de seguridad e higiene urbana surgen a finales del siglo XVIII, justo cuando empiezan a difundirse en México las ideas iluministas del proyecto ilustrado. Probablemente durante el periodo colonial temprano la venta callejera fue más o menos tolerada, cosa que fue cambiando conforme se asimiló en la ciudad el ideario modernista que inició en la Ilustración. Para Richard Sennet la idea de desorden social en las ciudades modernas implica el contacto y la mezcla. Por lo tanto, para que exista orden en el espacio urbano tiene que interponerse “la distancia” (Sennet, 1994:23). En la Guadalajara actual, se impone un proyecto para mantener a raya a los ciudadanos y educar en el marcaje de la distancia. En el centro de este proyecto higienista se encuentran “los ascos” que a las clases medias les provoca el tianguis. Uno de estos ascos es el provocado por el contacto con “los nacos”, una voz más o menos equivalente a los “canis” en España o los “chavs” en Inglaterra.

Ni Alfaro ni su equipo tendrían la osadía de usar la palabra “nacos” en público por supuesto. Sin embargo sus seguidores en las redes sociales captaron muy bien el significado de la acción de “limpiar el centro de ambulantes” y usaron profusamente términos ofensivos “adhoc” para referirse a los comerciantes como suciedad. Como ya mostré en mi Tesis existe un continuo en las representaciones negativas hacia los tiangueros que tiene que ver con distintas modulaciones de “lo contaminante” en ellos, que van desde la contaminación biológica hasta la moral pasando por la de clase social (Espinosa, 2013: 308-365). Todos estos tipos de contaminaciones que se representan como “ascos” se hicieron presentes en diversos comentarios expresados tanto en redes sociales como en publicaciones electrónicas. Sobre todo durante el periodo del 12 al 15 de Noviembre, que fue cuando se presentaron las primeras y más publicitadas acciones de “limpieza del centro”. Los defensores de los actos represivos se refirieron a las personas desalojadas como “cucarachas”, “parásitos” o “ratas” en el nivel del contagio biológico (son animales que transmiten enfermedades); de forma clasista se refirieron a ellos como “nacos” o “comelonches”; igualmente hubo algunas consideraciones de orden “moral” cuando hablaron de ellos como “ladrones (del espacio público)” y “escoria maleducada”. Notablemente, también pude leer algunos insultos xenófobos al sugerir que los vendedores no son locales sino “chilangos”.

Los nacos tienen en los mercados populares en general y en los tianguis en particular el escenario perfecto para mostrar su arsenal cultural, “vomitivo” para las clases medias: silbidos, piropos, pregones, chistes, carcajadas resonantes, acento sin domesticar, lenguaje sin pulir, música popular naca. “Los piropos”, vistosos por gráficos e indisimulados, son exclamaciones de admiración estética o directamente sexual, usualmente son hechos por hombres pero también por algunas mujeres más atrevidas que el resto. Se trata de versos o frases hechas que, dependiendo de la persona que las escuche, le pueden parecer vulgares cuando no directamente insoportables. El tianguis es disonante y pantagruélico por lo que molesta a las personalidades más “refinadas”, cívicas y “cultas”. Echar a los comerciantes del centro es mantener a raya a los nacos, evitar el contacto de estos con las clases medias dispuestas a colonizar el en otros tiempos despreciado Centro Histórico ¿Las políticas aplicadas por el Alcalde Enrique Alfaro están por convertirlo en un Brigadier Pedro Montesinos de Lara del siglo XXI?.

“Los tiangueros como estorbo”

El segundo argumento para justificar la intervención sobre el centro se refiere a aquellos que sostienen que la movilidad es el aspecto central de lo que se denomina el “buen uso” del espacio público. La planificación urbana moderna ha favorecido la evitación del contacto físico en los espacios públicos, fomentado una personalidad fóbica hacia el cuerpo ajeno por parte de los ciudadanos modernos. La búsqueda del “roce cero” entre los cuerpos como mecanismo pragmático favorecedor de la circulación urbana,  encuentra  su apoteosis en esta fantasía de goce vicario de la ciudad, donde el viaje en automóvil por una ciudad toda escenografía y perfectamente maquetada produce un efecto de “ciudad espectáculo”. La utopía de “la ciudad espectacular” es la de una urbe que se muestra como un “sky line” continuo. Clímax de la asepsia urbana: sin olores, humores, temperaturas, estridencias, miserias y clases sociales. Este ideal burgués de la casa excelsa es trasladado a la urbe contemporánea y sus fantasmagorías virtualizantes. Así, la conexión ideal entre los sujetos y la ciudad moderna debe reducirse a la operativización de la movilidad y el acceso.

Fuente: https://www.facebook.com/EnriqueAlfaroR

Fuente: Enrique Alfaro

En palabras de Manuel Delgado se trataría de “lo topográfico cargado o investido de moralidad” (2011) por lo que el espacio público implica un cierto “saber estar” que tiene como último objetivo político la preservación de la paz y la eliminación del conflicto. Así, el ciudadanismo se vuelve una especie de sortilegio que intenta crear un espacio fantasmagórico donde desaparezcan del orden urbano las diferencias que existen en lo social. Cuando la ortopedia moral del ciudadanismo tiene relativo éxito adopta la apariencia de la pedagogía del “buen rollito”, pero cuando el conflicto social no puede ser disimulado se recurre a las estrategias represivas de siempre.

Por otro lado, los ciudadanistas tampoco están siendo sinceros: no es que en el centro se creara una muralla infranqueable de comerciantes que impidiera el paso al peatón; en el centro se habían instaurado vías mixtas donde viandantes, paseantes y compradores armonizaban. El problema es que había roce y eso les da “asquito” a las clases medias; o incluso más allá: el problema principal para la autoridad es la autoorganización y esa falta de “visibilidad” que se lee como desorden público. “El amontonadero” de los puestos hace que los comerciantes escapen al escrutinio panóptico que el gobierno intenta imponer en el espacio público. Volvemos a las tortilleras del siglo XVIII: el problema para la autoridad es que “al amparo de las sombras se puede ofender a Dios”.

“Los tiangueros como agentes privatizadores”

El tercer argumento esgrimido es que el Estado a puesto en circulación un “bien público” que antes se encontraba privatizado para goce de unos pocos. El argumento es realmente tramposo ya que lo que transforma la calle en una mercancía es precisamente el discurso ciudadanista del “Espacio Público”. No por nada Alfaro inicia sus funciones prometiendo hacer de la ciudad “una marca”, es decir, un bien que luego puede ser empaquetado y vendido, por partes o en trocitos. Justo como suelen hacer los gobiernos con otros bienes públicos, que después privatizan, para ganancia de unos pocos ¿Quienes son los “todos” cuando se habla de que el espacio público es de “todos”? Aquí retomo un comentario de Manuel Delgado donde marca la diferencia entre privatización y apropiación: “Está claro que privatizar quiere decir convertir algo en posesión particular e incompartible, al margen o incluso en contra de su uso real. Apropiar es otra cosa: es poner algo al servicio de las necesidades humanas; remite a lo que es propio, adecuado.”

Y lo que es propio de las masas populares en un país donde más de la mitad de los habitantes viven bajo la línea de pobreza es intentar sobrevivir. El Pueblo se apropia de las calles y las transforma en medios de producción, tanto simbólica como materialmente. Apropiación de la calle es también autoorganización. Los activistas urbanos que ahora componen el gobierno de Enrique Alfaro posicionaron en la agenda pública ciertas problemáticas urbanas, elevándolas a “luchas” legítimas, mientras se desestimaban otros actores sociales. Así, la discusión sobre lo urbano quedó monopolizada por los colectivos en pro del transporte alternativo y centrados en la movilidad. De forma muy evidente ganaron presencia los distintos colectivos de “bicicleteros” y en defensa de “los derechos del peatón”. Visiblemente, estos colectivos provienen de un entorno social particular, con una importante acumulación de capital simbólico, material y cultural. Por su parte, a los tiangueros se les minimiza su capacidad de intervención política más que en un sentido negativo: como objeto de cooptación y clientelismo.

¿No hemos visto ya la deslegitimización de los “sin voz” usando este mismo argumento de que son masas manipuladas o controladas por mafias? Siempre. En el caso de otros sectores excluidos como inmigrantes, prostitutas o ahora, con los exiliados en Europa, siempre se usan los mismos argumentos paternalistas de minimizar la voz de los excluidos acusándolos de estar manipulados. Es evidente que a los comerciantes callejeros nunca se les ha visto como actores políticos, a diferencia de los colectivos de peatones o ciclistas por ejemplo. La razón es la clase social. Mientras los activistas de la movilidad “se enuncian” como actores políticos los tiangueros “simplemente” hacen. Y de hecho hacen aquello con lo que los activistas “sueñan”: ¿no acaso los tianguis, con su apropiación de las calles, vuelven peatonales las vías que antes estaban ocupadas exclusivamente por los coches? Es decir, aquello que los activistas intentaban hacer parando el tráfico con sus caravanas de bicis y plantones ¿no es lo que hacían ya, frente a ellos, la cultura popular a través de los tianguis? Aquí tienen un problema los activistas al entender la política antes como enunciación que como práctica, y es que un tianguero nunca diría: “pongo este tianguis para “reapropiarme del espacio público”, sin embargo, lo hace.

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