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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Lo urbano como fogón de brujas

Vaga general de Barcelona en 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Vaga general en Barcelona, 2012 | Fuente: http://fotomovimiento.org/

Texto originariamente publicado como prólogo al libro Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales (Pol·len, Edicions, 2015).

por Manuel Delgado (OACU)

 

“Lo urbano se alza así como horizonte, forma y luz (virtualidad que ilumina) al mismo tiempo que como práctica en marcha, como fuente y fundamento de otra naturaleza, de una naturaleza diferente de la inicial […]. La problemática urbana se anuncia. ¿Qué saldrá de ese hogar, de este fogón de brujas, de esta intensificación dramática de las potencias creadoras, de las violencias, de ese cambio generalizado en el que no se ve qué es lo que cambia, excepto cuando se ve excesivamente bien: dinero, pasiones enormes y vulgares, sutilidad desesperada? La ciudad se afirma, después estalla”.
Henri Lefebvre (1976a: 114)

Este libro que ahora arranca reúne diversas evidencias de cómo las grandes dinámicas de mutación urbana son gestadas y gestionadas desde la lógica neoliberal, es decir, a partir de los principios de un capitalismo que le exige al Estado la reducción al máximo a su papel de arbitraje económico y atención pública, pero que le asigna un papel clave como su cooperador institucional, tanto por lo que hace a la represión de sus enemigos –reales o imaginados- y la contención asistencial de la miseria, como a la producción simbólica y de efectos especiales al servicio del buen funcionamiento de los mercados.

De tal alianza entre penetración capitalista y políticas públicas resulta una transformación de la fisonomía tanto humana como morfológica de muchas ciudades, consistente en favorecer la revitalización como espacios-negocio de barrios céntricos o periféricos que fueron populares, o de antiguas zonas industriales o portuarias ahora abandonadas, que se recalifican como residenciales “de categoría” o se colocan al servicio de las nuevas industrias tecnológicas y cognitivas. Esos macro-procesos de transformación urbana suponen consecuencias sociales que se resumen en una ley que raras veces no se cumple: rehabilitar un barrio es inhabilitar a quienes fueron sus vecinos para continuar viviendo en él. O, dicho de otro modo: reformar es expulsar.

También los casos que se nos exponen a continuación son pruebas del papel no solo de intereses económicos catastróficos y de administraciones públicas lacayas a su servicio, sino de cómo arquitectos, diseñadores y urbanistas convierten en planes y proyectos esas intenciones y cómo no faltan teóricos en condiciones de aportar altas razones para las dinámicas de destrucción y entristecimiento de la ciudades. Con ello se demuestra que Henri Lefebvre continúa teniendo razón en que lo propio de la tecnocracia urbanística es la voluntad de controlar la vida urbana real, que va pareja a su incompetencia crónica a la hora de entenderla.

Considerándose a sí mismos gestores de un sistema, los expertos en materia urbana pretenden abarcar una totalidad a la que llaman la ciudad y ordenarla de acuerdo con una filosofía –el humanismo liberal- y una utopía, que es en esencia, como corresponde, una utopía tecnocrática. Su meta continúa siendo la de imponer la sagrada trinidad del urbanismo moderno: legibilidad, visibilidad, inteligibilidad (Lefebvre 2013: 151). En pos de ese objetivo, creen los expertos que pueden escapar de las constricciones que someten el espacio a las relaciones de producción capitalista.

Henri Lefebvre durante el rodaje del programa Urbanose en 1972 | Fuente: http://ppesydney.net/

Henri Lefebvre durante una entrevista televisiva en 1970 | Fuente: http://ppesydney.net/

Buena fe no les falta, ya hacía notar Lefebvre, pero esa buena conciencia de los urbanistas, arquitectos y diseñadores agrava aún más su responsabilidad a la hora de suplantar esa vida urbana real, una vida que para ellos es un auténtico punto ciego, puesto que viven en ella, pretenden intervenirla e incluso vivir de ella, pero no la ven en tanto que tal. Esos tecnócratas –tecnócratas de la ciudad- hablan de espacio, pero en realidad están pensando en suelo, puesto que ese espacio que creen que ordenan acaba tarde o temprano convertido en espacio en venta. Es un espacio vacío y primordial, neutro, en condiciones de recibir contenidos fragmentarios y disjuntos. Es, por definición, el espacio de las clases medias, precisamente porque ellas también son o quisieran ser neutras y encuentran o creen encontrar en ese espacio “un espejo de su ‘realidad’, de representaciones tranquilizantes, de un mundo social en el que han encontrado su lugar, etiquetado, asegurado” (Lefebvre 2013: 356), aunque es verdad que ese es solo un efecto óptico, la consecuencia ilusoria de que esas clases medias han sido objeto al brindársele un falso alivio para unas aspiraciones que la realidad nunca satisfará.

Para Lefebvre, tanto el urbanismo como la arquitectura de ciudades se han constituido en ciencia, técnica e ideología de la desactivación del espacio urbano, entendido como espacio de y para lo urbano. Recuérdese la distinción que Lefebvre (1976b: 68-69) plantea entre la ciudad y lo urbano. La ciudad es una base práctico-sensible, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí: una entidad espacial inicialmente discreta –es decir un punto o mancha en el mapa-, a la que corresponde una infraestructura de mantenimiento, unas instituciones formales, una gestión funcionarial y técnica, unos datos demográficos, una sociedad definible…

Lo urbano, en cambio, es otra cosa: no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad, como conjunto de posibilidades. La ciudad es palabra, habla, sistema denotativo. Lo urbano va más allá: no es un tema, sino una sucesión infinita de actos y encuentros realizados o virtuales, una sensibilidad hacia las metamorfosis de lo cotidiano, que le debe no poco a la sensibilidad de Charles Baudelaire a la hora de descubrir lo abstracto y lo eterno en los elementos más en apariencia banales de la vida ordinaria, la proliferación en ella de todo tipo de proyecciones e imágenes flotantes.

La vida urbana –lo urbano como forma de vida- “intenta volver los mensajes, órdenes, presiones venidas de lo alto contra sí mismas. Intenta apropiarse el tiempo y el espacio imponiendo su juego a las dominaciones de éstos, apartándoles de su meta, trampeando… Lo urbano es así obra de ciudadanos, en vez de imposición como sistema a este ciudadano” (Lefebvre 1978: 85). Lo urbano es esencia de ciudad, pero puede darse fuera de ella, porque cualquier lugar es bueno para que en él se desarrolle una sustancia social que acaso nació en las ciudades, pero que ahora expande por doquier su “fermento, cargado de actividades sospechosas, de delincuencias; es hogar de agitación. El poder estatal y los grandes intereses económicos difícilmente pueden concebir estrategia mejor que la de desvalorizar, degradar, destruir la sociedad urbana…” (Ibíd.: 99).

Lo urbano es lo que se escapa a la fiscalización de poderes, saberes y tecnologías que no entienden ni saben qué es lo urbano, puesto que “constituye un campo de visión ciego para aquellos que se limitan a una racionalidad ya trasnochada, y así es como corren el riesgo de consolidar lo que se opone a la sociedad urbana, lo que la niega y la destruye en el transcurso del proceso mismo que la crea, a saber, la segregación generalizada, la separación sobre el terreno de todos los elementos y aspectos de la práctica social, disociados los unos de los otros y reagrupados por decisión política en el seno de un espacio homogéneo” (Lefebvre 1976b: 71).

No obstante los ataques que constantemente recibe lo urbano, y que procuran desmoronarlo o al menos neutralizarlo, éste –sostiene Lefebvre- persiste e incluso se intensifica: “Las relaciones sociales continúan ganando en complejidad, multiplicándose, intensificándose, a través de las contradicciones más dolorosas. La forma de lo urbano, su razón suprema, a saber, la simultaneidad y la confluencia no pueden desaparecer. La realidad urbana, en el seno mismo de su dislocación, persiste” (Ibíd.: 121). Es más, se antoja que la racionalización paradójicamente absurda que pretende destruir la ciudad ha traído consigo una intensificación de lo urbano y sus problemáticas.

De ello el mérito le corresponde a habitantes y usuarios que, a pesar de los envites que padece un estilo de vida que no deja nunca de enredarse sobre sí mismo, o quizás como reacción ante ellos, “reconstituyen centros, utilizan lugares para restituir los encuentros, aun irrisorios” (Lefebvre 1978: 100). Para Lefebvre, lo urbano no es substancia ni ideal: es más bien un espacio-tiempo diferencial. Lo urbano es el lugar “en que las diferencias se conocen y al reconocerse se aprueban; por lo tanto se confirman o se invalidan. Los ataques contra la urbano prevén fría o alegremente la desaparición de las diferencias” (Lefebvre, 1976a: 100). Lo urbano no es ya sino la radicalidad misma de lo social, su exacerbación y, a veces, su exasperación. Lo urbano, al mismo tiempo que lugar de encuentro, convergencia de comunicaciones e informaciones, se convierte en lo que siempre fue: lugar de deseo, desequilibrio permanente, sede de la disolución de normalidades y presiones, momento de lo lúdico y lo imprevisible (Lefebvre 1978: 106). Lo urbano es lo que aporta “movimiento, improvisación, posibilidad y encuentros. Es un “teatro espontáneo” o no es nada” (Ibíd.: 157).

Los tecnócratas urbanos creen que su sabiduría es filosófica y su competencia técnica, pero saben o no quieren dar la impresión de saber de dónde proceden las representaciones a las que sirven, a qué lógicas y a qué estrategias obedecen desde su aparentemente inocente y aséptica caja de herramientas. Están disuadidos de que el espacio sobre el que reciben instrucciones para actuar técnicamente está vacío, y se equivocan, porque en el espacio urbano la nulidad de la acción sólo puede ser aparente: en él siempre ocurre algo. De manera al tiempo ingenua y arrogante, piensan que el espacio urbano es algo que está ahí, esperándoles, disponible por completo para sus hazañas creativas. No reconocen o hacen como si no reconociesen que ellos mismos forman parte de las relaciones de producción, que acatan órdenes.

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: MArio Gaviria

Henri Lefebvre con su hija pequeña Armelle y su entonces compañera, Nicole Beaurain, en 1973 | Fuente: Mario Gaviria

Frente a un control sobre la ciudad por parte de sus poseedores políticos y económicos, que quisieran convertirla en valor de cambio y que no dudan en emplear todo tipo de violencias para ello, lo urbano escapa de tales exigencias, puesto que se conforma en apoteosis viviente del valor de uso. Lo urbano es el reino del uso, es decir del cambio y el encuentro liberados del valor de cambio. Es posible que la ciudad esté o llegue a estar muerta, pero lo urbano persistirá, aunque sea en “estado de actualidad dispersa y alienada, de germen, de virtualidad. Lo que la vista y el análisis perciben sobre el terreno puede pasar, en el mejor de los casos, por la sombra de un objeto futuro en la claridad de un sol de levante…” (Ibíd.: 125). Un porvenir que el ser humano no “descubre ni en el cosmos, ni en el pueblo, ni en la producción, sino en la sociedad urbana”. De hecho, “la vida urbana todavía no ha comenzado” (Ibíd.: 127).

La colección de textos que sigue es una contribución a la defensa de lo urbano contra sus enemigos, tanto materiales –los planes y los planos- como ideológicos –los ensalmos para apaciguar las ciudades-. Son la consecuencia de experiencias implicadas no sólo en el conocimiento de la vida urbana sino también a su servicio. Todos los materiales aquí reunidos son homenaje al pensamiento lúcido de Henri Lefebvre, como explícita o implícitamente lo es todo lo que se está diciendo y escribiendo para denunciar los intentos de apagar ese fogón de brujas del que nos hiciera la exaltación.

Acredita el trabajo de la gente del Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) y de amigos/as con quienes comparte teorías e impaciencias. Sabiéndolo o no, han asumido el mandato de reeditar la misma confluencia que fundó el concepto de modernidad que Lefebvre hizo suyo, una modernidad forjada en la segunda mitad del siglo XIX como una síntesis o sobreposición entre dos horizontes: el de transformar el mundo –Marx, Bakunin- y el de transfigurarlo –Baudelaire-, es decir, modificar la realidad y, al tiempo, burlarse de ella y desafiarla (Lefebvre 1971: 155-171).

En ello consistió la llamada de Lefebvre a devenir de nuevo modernos y hacerlo en una nueva clave revolucionaria, consistente en avanzar hacia lo que él llamó lo posible-imposible (Lefebvre 1972: 50-52), es decir, en huir de lo que se le opone, que es lo posible-posible –acomodarse, tomar distancias con el presente, disponer de puertas de salida o vías de escape- y hacer lo que se nos propone en este libro: proclamar una actitud, no una doctrina; convertir la desesperanza en rabia y frenesí; vivir desgarradamente la plenitud de la belleza y la urgencia de las luchas.

Bibliografía

LEFEBVRE, H. (1971 [1962]) Introducción a la modernidad, Madrid: Tecnos.

LEFEBVRE, H. (1972 [1957]) “El romanticismo revolucionario”, en Más allá del estructuralismo, Buenos Aires: La Pléyade, pp. 27-52.

LEFEBVRE, H. (1976a [1970]) La revolución urbana, Madrid: Alianza.

LEFEBVRE, H. (1976b [1972]) Espacio y política, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (1978 [1968]) El derecho a la ciudad, Barcelona: Península.

LEFEBVRE, H. (2013 [1974]) La producción del espacio, Madrid: Capitán Swing.

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El sol sempre ix pel Cabanyal

Mural al Cabanyal| Fuente: @Malaka_Iberico

Mural al Cabanyal| Fuente: @Malaka_Iberico

Article originàriament publicat en la Veu del País Valencià el 30.10.15

por Daniel Castillejo (sociòleg i veí del barri del Cabanyal)

Hi ha una afirmació, certa i coneguda, al Cap i Casal que afirma que “el sol sempre ix pel Cabanyal”. Aquesta afirmació no sols apareix per l’obvietat que el barri de la mar, el més a l’est de la ciutat, és el primer en rebre els llums de primera hora del matí, sinó perquè el Cabanyal ha estat un barri en disputa i des d’on s’han cuinat resistències. En dades demogràfiques el Cabanyal no es diferencia a grans trets del que seria qualsevol barri popular de València, exceptuant alguns trets més concrets. El Cabanyal, amb una població de 20.580 persones té una estructura demogràfica semblant a altres barris com Orriols. La majoria de la població del barri mariner es concentra entre les d’edats de 16-65 cosa que representa el 63% de la població, una dada semblant a Orriols on aquesta seria del 65% i una edat mitjana quasi idèntica (42 anys). Les taxes d’atur són, alhora, també molt semblants; si el barri mariner compta amb un 24% d’atur, el barri d’Orriols estaria un poc per baix amb un 21% (i).

Què és aleshores el que fa que el Cabanyal tinga aquesta importància per al nou consistori i a la població en general? Primerament, caldria observar les característiques concretes del conflicte del Cabanyal. El ja conegut pla de l’ampliació de Blasco Ibañez va estar un pla molt conflictiu, l’enderrocament de més de 1.600 habitatges representava la punta de llança del model de ciutat que el Partit Popular imposava. Un model basat en els macroprojectes (l’ampliació de la zona ZAL  del port amb la destrucció de la Punta, l’urbanisme exagerat que es menjava l’horta de València, la Ciutat de les Arts i les Ciències, etc) Un projecte que pretenia passar per damunt de tot un barri, que va començar un procés de guerra oberta contra la gent que residia entre les seues arteries i que ataca tota una forma de vida.

La resistència davant aquest, es va tornar cada volta més mediatitzada pel que tots els partits polítics de l’oposició en aquell moment, no van dubtar en apropar-se al conflicte. Per altra banda, la concentració de 674 propietats municipals (ii) al barri permet una major implicació de l’Ajuntament que en altres bandes del Cap i Casal (on la presència del mercat privat és major). Per tant, les reivindicacions socials del barri que van posar la qüestió de la rehabilitació en l’agenda política sumat al pes que en l’Ajuntament al barri així com les particularitats que té un barri com aquest que pràcticament ha quedat reduït a escombraires, el dota d’una importància central en el model de ciutat que s’està gestant. I és per aquest motiu que el Cabanyal té aquesta importància, el model de ciutat de València (que a priori ha de deslligar-se de les antigues dinàmiques) comença per ací. Efectivament, el sol sempre ix pel Cabanyal.
Rehabilitació sense destrucció, i sense gentrificació

Passejant pel nostre barri, es poden observar des de finals dels 90 i principis dels 2000 pancartes als balcons que resen  “rehabilitació sense destrucció”, aquest fenomen es va començar a donar quan el pla de destrucció del Cabanyal es va donar a conèixer i va començar un procés d’atac directe per les institucions (tant públiques com privades) que pretenien traure-li redit econòmic al barri a partir de la seua destrucció i la construcció de l’avinguda.

És a partir de l’aturament de l’ampliació de l’avinguda que comença la part més complexa de la construcció del nou barri. Una volta la lluita social (iii) guanya la batalla contra l’ampliació, toca posar-se mans a l’obra del que serà el nou barri. Dins d’aquesta dinàmica podem trobar dos grans grups que defineixen la lluita del Cabanyal (iv). Per una banda trobaríem el bloc que, emocionat amb la “voluntat de diàleg” del nou consistori vol la rehabilitació a tota costa independentment de les seues conseqüències i aquells que es posicionen en contra d’una rehabilitació que supose l’expulsió de part del veïnat. El primer grup vindria encapçalat per la Plataforma Salvem el Cabanyal, la cara més coneguda i mediàtica del conflicte i per altra tot el conjunt de col·lectius i centres socials que treballen al barri i que han vingut a configurar una alternativa organitzativa coneguda com ESPAI VEÏNAL DEL CABANYAL per un procés de participació autoorganitzat (Espai Veïnal des d’ara) (v). Dins d’aquest procés, des de l’Ajuntament de València es va llançar una iniciativa de rehabilitació del barri on després d’un concurs públic, un equip de treball multidisciplinar va posar-se al capdavant del nou projecte per al barri, aquest s’ha denominat “Va Cabanyal”.

Tot i que la iniciativa sembla interessant i les persones que conformen l’equip de treball han mostrat sempre la seua intenció d’encetar un procés participatiu, ja són algunes les veus que posen en dubte que la vertadera intencionalitat de l’Ajuntament siga la de fer un barri per a les persones que hi viuen. A un article publicat a Valencia Comkal, posa de manifest açò mateix i s’afirma que “Una empieza a dudar de todo lo que tiene delante y a pensar que Va Cabanyal tiene dos características típicas de toda estafa o timo: La rapidez y la buena pinta que hace que uno mismo participe por su propia voluntad.” (vi). I és que si bé és normal que molta gent del barri davant la situació en la qual el va deixar el PP demane més policia, també és normal que aquells col·lectius i associacions que van treballar per recuperar espais abandonats i convertir-los en habitatges o centres socials i que treballen dia rere dia amb la població més vulnerable mostren els seus dubtes davant d’una sèrie de mesures d’urgència que prioritzen la intervenció policial i el desallotjament de cases per davant de les persones que actualment resideixen en la “zona zero” del Cabanyal. I veient la urgència amb la qual es prenen aquestes decisions. dubte, també, que Va Cabanyal siga de veritat l’eix vertebrador del nou barri o simplement un lloc de propaganda política. Davant aquesta situació les preguntes claus que es llancen a la resta de veïns des d’Espai Veïnal són aquestes: es vol una rehabilitació del barri o una simple revaloració econòmica?

El concepte clau, la gentrificació

Des de la creació del concepte gentrificació per Ruth Glass (1964) per assenyalar els processos que es donaven a diferents barris de Londres, el concepte ha anat evolucionant i afermant-se fora dels cercles estrictament universitaris. Hui dia; moviments socials, polítics i tècnics empren aquest concepte demostrant la força objectivitzadora que té. Tot i l’actualitat del concepte i el seu ús constant, sembla que no existeix un consens d’on caldria posar les línies roges per definir què està gentrificat -o què està patint el procés- i què no. Al Cabanyal, com a cas concret, aquest consens no sols no existeix sinó que comença a ser un element de disputa política entre els col·lectius del barri. És evident que si establim una comparació entre l’antic pla al qual estava condemnat el barri -l’ampliació de l’avinguda de Blasco Ibañez- i la perspectiva de futur que tenim ara, trobem que els elements més agressius del desplaçament poblacional no es donen. Ara bé, que l’expulsió del veïns i veïnes no es done mitjançant excavadores i carregues policials, no vol dir que es puga donar un desplaçament poblacional i una colonització (Left Hand Rotation, 2012) de l’espai públic i privat per part de les noves classes mitjanes urbanes.

L’actual context de recuperació del barri no es concep per part del veïnat més lligat a les propostes de rehabilitació urbanística de plataformes com Salvem, com una gentrificació del barri sinó com una atracció de capital humà més jove, que vindria a emplenar el barri de cultura i recuperació econòmica, i que al no albergar grans projectes urbanístics i sense la presència de multinacionals al Cabanyal el desplaçament de població no es donaria. Ací trobem vàries errades analítiques que, ‘a priori’, podríem pensar que ve de la seua adscripció socioeconòmica i els interessos que aquesta comporta. Primer de tot: la mobilitat social interurbana sols està reservada per a uns pocs privilegiats, aquells que disposen de capital econòmic suficient com per a poder desplaçar-se i amb suficient capital cultural i simbòlic per adaptar-se i adaptar les ciutats a les seues exigències. Per a les classes populars, per a la classe treballadora, el desplaçament sempre és un problema ja que implica deslligar-se de la teua comunitat de referència, de cercar lloguers barats, etc. Que s’anime a la mobilitat  de residència és fruit de l’exaltació de la propietat privada i de l’acumulació de capital (Smith, 2002). En altres paraules, la suposada gent que hauria de vindre a viure en el Cabanyal no seria una altra que aquella que disposa de recursos per a fer-ho, adaptant el barri al seu mode de vida.

Per altra banda, que el concepte de gentrificació s’haja generalitzat, no implica que s’estiga emprant des d’una perspectiva actualitzada o –per què no dir-ho- correcta, perquè aquest procés es done no ha de passar necessàriament per les fases que es reconeixen com a tradicionals d’aquest abandonament-degradació-atracció-revalorització-desplaçament. Tot i que al Cabanyal sembla que s’ha complit gran part d’aquest esquema. Cal, però, assenyalar que el punt central de la gentrificació recau en el fet que en el transcurs del procés el barri ja no seria un espai habitable, sinó un espai consumible (Mansilla, 2015). És a dir, que els barris al revaloritzar-se es converteixen en espais urbans l’ús dels quals ja no és el purament habitacional sinó el de consum. Finalment, trobem un gran biaix de classe. En els darrers mesos hem trobat una posada en escena de discursos que apel·len al “civisme” per tal de millorar la convivència. D’alguna manera, es demana a gran part del veïnat de procedència cultural molt diferent i de classe social molt més baixa que s’adapte a les normes cíviques, una mena de codi cultural i de protocol d’actuació en el qual tots ens entenem. Aquest codi cultural no és més que la imposició d’un estil de vida concret, una sort d’espai neutral i consensuat on tots ens hauríem de trobar, la mediació (Delgado, 2013). En paraules de Manuel Delgado:

En nombre de los valores abstractos de la ciudadanía y del civismo es que vemos llevar a cabo la exclusión de los espacios públicos de elementos “indeseables” para la proyección de éste como guarnición de acompañamiento de grandes operaciones urbanísticas, que son al tiempo especuladoras y espectacularizadoras, la monitorización de las prácticas ciudadanas, el acoso contra movimientos sociales disidentes y otras expresiones de los que se da en llamar eufemísticamente “gobernabilidad urbana”
 (Delgado, 2013). El Cabanyal no pot cometre l’errada de sucumbir a les exigències del mercat, i revaloritzar-se en termes econòmics, per desplaçar a tota la població que molesta, la que té menys recursos, etc. I no només per una qüestió de solidaritat amb la gent més desafavorida, sinó perquè si entenem l’espai sociodemogràfic del barri com un camp (Bourdieu, 1992) amb interessos contraposats en disputa, totes aquelles persones que no siguen propietàries dels seus habitatges veuran com també el preu del sol s’encareix i inclús a aquelles que ho siguen, com el seu voltant va canviant i no troben una identitat cultural pròpia, la de barri i que els preus de consum també s’encariran. El mercat tot ho arrasarà.

Algunes conclusions ràpides

Com bé hem observat, el procés de gentrificació es pot donar i es pot desencadenar per circumstàncies diverses i no necessàriament lligades a l’esquema clàssic. Qualsevol focus d’atracció de classes socials més altes i amb un capital cultural major pot fer pujar el preu de l’habitatge, atraure inversors que revaloritzen el terreny, que generen comerços destinats a rendes més altes i que açò comporte el canvi de la fisonomia del barri, convertint els espais públic i habitacionals en espais de consum. La gentrificació del Cabanyal no s’atura per l’enderroc de l’antic pla del PP. La gentrificació es dóna per dos qüestions bàsiques: per l’encariment del preu habitacional i el del consum (transformant el barri en una mena de centre comercial a l’aire lliure) i per la pèrdua de les seues característiques sociològiques que conformen la seua identitat concreta. Els espais urbans estan dividits per les seues característiques sociològiques, i els barris han d’estar adaptats a les necessitats vitals de la gent que l’habita. Perquè la gentrificació s’ature, cal deixar el mínim d’espai possible al mercat. Al Cabanyal açò és possible, ja que l’Ajuntament compta amb quasi 700 cases de les seua propietat, i podria ajudar perfectament si tinguera voluntat amb, per exemple, la cessió d’ús aquest habitatges a cooperatives d’habitatges com ja es fa en altres bandes de l’Estat espanyol. D’aquesta manera, s’impediria l’entrada de l’especulació a la zona més degradada del barri,  i resolent un dels problemes més evidents i urgents que existeix actualment.

Una altra de les qüestions a resoldre és el tema cultural. Actualment, la cultura sembla ser la resposta davant tot, ara bé, sembla que es busque fora de nosaltres, delegant a empreses, pimes o autònoms la creació d’aquesta cultura. Cal, però, assenyalar com la cultura popular és practicada a tot arreu del Cabanyal-Canyamelar; amb una gran xarxa de falles, amb expressions diàries en forma de cançons al Clot, amb llibres que reconeixen una gastronomia diferència per al Cabanyal de la resta de la ciutat de València, amb la realització de trobades al carrer, amb un mercat dels dijous molt actiu i un llarg etcètera. Totes aquestes mostres de cultura popular són les que cal potenciar enlloc d’obsessionar-se per atraure capital cultural representat per joves amb formació universitària i amb recursos per a invertir. Ara és el moment de començar a construir el model de barri que volem, una oportunitat de generar dinàmiques que eviten l’empobriment i l’expulsió de gran part del veïnat i per posar en pràctica un altre model de ciutat. Una ciutat feta des de baix i per als de baix. No podem tornar a perdre una altra oportunitat.

Notes

Dades extretes de l’Oficina Municipal d’Estadística de València
ii Segons dades aparegudes en premsa, és complicat traure informació directa de l’oficina del Plan Cabanyal-Canyamelar
iii Parlem de lluita social perquè entenem que el gruix dels actors en el conflicte social del Cabanyal sempre han sigut els col·lectius i individus que s’han oposat des del principi a la prolongació. Que derivat d’aquesta lluita s’hagen emprat vies com les judicials o s’hagen impulsat els partits polítics de l’oposició són efectes d’aquesta lluita.
iv Partiríem d’una fal·làcia si reduírem a dos grups els actors socials i polítics del barri, tota comunitat i- sobretot- tota comunitat en lluita té diferents actors, línies de treball i contradiccions que estan en constant moviment. Ara bé, sí que és cert que si partim del concepte de rehabilitació trobem dos línies generals que divideixen el “moviment”
Després de les eleccions de maig de 2015, el nou consistori va anunciar una sèrie de “mesures d’urgència” al Cabanyal que van provocar els recels de gran part de col·lectius del barri. La problemàtica es va veure reduïda a una qüestió d’ordre públic i es va intensificar el control policial sobre la policia romanesa i gitana i sobre els centres socials okupats i les persones que per “estètica” podrien considerar-se part d’aquests. Davant açò es va impulsar l’Espai Veïnal, ací es pot llegir el manifest.
vi  ¿Es Va Cabanyal simplemente un instrumento de propaganda política?.

Bibliografia

Bourdieu, P.; Wacquant, L. (1992).Una invitación a la sociología reflexiva. Buenos Aires: Ed. Siglo XXI
Delgado, M.(2013). Ciudadanía, política y espacio público [en línea]
Glass, R. (1964). London Aspects of changes. London: Ed. MacGibbon.
Left Hand Rotation (2012).  Gentrificación no es un nombre de señora. Madrid: Bellas Artes UCM.
Mansilla, J. A. (2015). El triunfo de las clases medias. Dialéctica entre cambio social y urbanismo en Poblenou, Barcelona. RAE, 15 (10): 121-139.
Mansilla, J. A., Morell, M. y Egizabal, M. (2013). “Gentrificación es luchas de clases”: Fronteras y conflictividad en el espacio urbano actual. [en línea]
Ochsenius, F. (2015). La segregación socio-espacial. Abordajes diferentes para un fenómeno de múltiples dimensiones. [en línea]
Smith, N. (2002). New globalism, new urbanism: gentrification as global urban strategy. Antipode, 34 (3): 427-450.

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Movimientos sociales y soberanía alimentaria en Barcelona

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Pancarta en el Hortet del Forat |Giuseppe Aricó

por Ana Karina Raña, investigadora visitante en el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà

Una reconocida característica del capitalismo en su expresión neoliberal es la extensión de sus esquemas especulativos inherentes a cada uno de los ámbitos que constituyen la vida social. Así, y desde hace algunas décadas, aquellas cosas que eran entendidas como parte del interés colectivo de las sociedades están ahora gestionadas y resignificadas por la lógica del libre mercado que ocupa más y más espacios. lo que comemos no escapa a esta construcción. Nuestra restringida capacidad de decisión respecto a lo que consumimos se exacerba en las ciudades que dependen, en gran parte, de las cadenas de distribución de alimentos desde los círculos productivos hacía su interior.

Sin embargo este proceso de frenética mercantilización encuentra resistencias desde diferentes flancos. Uno de ellos se da a través de los movimientos sociales, organizaciones y el activismo que se han ido extendiendo y que cuestionan justamente el carácter exterminador del sistema combatiendo desde lo colectivo al individualismo precarizante que el neoliberalismo ha instalado. Estas resistencias generan actitudes, acciones e interacciones que construyen una lógica diferenciada y que encuentran en su práctica cotidiana la reafirmación de sí mismos intentando paralelamente recuperar aquello que la generación de beneficios tiene tan cómodamente secuestrada. Así temas como el acceso a la vivienda o a la educación se propagan globalmente como puntos de oposición a lo que se constituye como un modelo dirigido a la rentabilidad, dentro de esto el ámbito alimentario no es una excepción encontrando también un nicho de acción en Barcelona.

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Ronda de reciclaje alimentario en el Ateneu L’Entrebanc | Ana Karina Raña

De este modo, diversas iniciativas incluyen la alimentación dentro de una interpretación amplia de la sociedad y que vinculan acciones consistentes con esta visión tanto más holística. Estas incorporan el tema alimentario de dos maneras, no mutuamente excluyentes pero que son analíticamente diferenciables. La primera, como parte de una crítica generalizada al capitalismo y al avance de las políticas neoliberales dentro de la producción alimenticia, está vinculada al movimiento por la soberanía alimentaria, concepto que incluye de no sólo una alimentación sana o accesible sino que también toma en cuenta factores medio ambientales, culturales y de justicia social. Esta posición se encuentra enraizada sobre la crítica a la mercantilización de los sistema productivos alimentarios adquiriendo relevancia así el incremento en los procesos de descampesinización en diferentes partes del mundo y las consecuencias que esto tiene en términos demográficos y de desdemocratización incluso en contextos no rurales. La soberanía alimentaria hoy en día se entiende como una postura con gran potencial transformador que instala una alternativa a la economía de mercado y las relaciones desiguales en las que ésta se basa.

Este razonamiento se expresa hoy en día en Barcelona a través de, por ejemplo, la proliferación de huertos urbanos. Sin embargo, la soberanía alimentaria traspasa estos espacios y se establece como una visión crítica entre los activistas que vincula el orden social a lo que comemos. Al mismo tiempo, estas experiencias no se limitan a la crítica a la cadena alimentaria productivista y a su posible sustitución. El caso de los huertos urbanos tiene también otra dimensión que se enlaza con la segunda forma de leer las acciones colectivas que relacionan movimiento social y alimentación.

La incorporación de la comida dentro de la actividad de organizaciones y activistas, no es en absoluto nueva, ha sido una parte importante de la evaluación que el activismo ha hecho históricamente. Los ya mencionados huertos urbanos o también las redes de reciclaje de alimentos, parecen integrar esta idea de la soberanía alimentaria en una representación aún más amplia de soberanía, donde se interpreta este elemento como una parte de la recuperación de espacios de desarrollo colectivo dentro de normas y fronteras establecidas por sus propios miembros. Esta visión antagoniza con el modelo neoliberal y por lo tanto propone una forma alternativa de hacer que la oficialmente estipulada.

Hort de Vallcarca | font pròpia

Pancarta en el Hort de Vallcarca | Giuseppe Aricó

En este sentido los huertos urbanos y las redes de reciclaje tienden a autoconvocarse en un ánimo de recuperación de espacios físicos y simbólicos, enfocándose en la construcción colectiva de los barrios en los que operan, e incluso superándolos creando redes de apoyo que sobreentiende el territorio como un espacio de realización política que no es posible de construir en el aislamiento. La instalación de jardines productivos, no cumple con el rol exclusivo de la provisión de alimentos, es más bien un punto de partida y de ruptura dentro del contexto urbano. Este fin, por cierto, reconoce la importancia de la alimentación pero ya no como una cuestión adosada al ámbito de lo privado si no que encuentra su máxima potencialidad en el integrarlo como un aspecto de la vida colectiva del barrio y de la ciudad. Así mismo, las redes que reciclan alimentos sitúan la recuperación de la comida como un asunto de sobrevivencia en condiciones particulares, pero también apunta a la consolidación de un modelo que fortalece el tejido social principalmente a través del ejercicio de la ayuda mutua, por mencionar algún factor, que viene a revertir el individualismo incitado por la economía de mercado.

Esta distinción que envuelve lo alimentario dentro del movimiento social no implica una homogeneidad de estrategias. Al contrario, la expresión de esto dentro del ejercicio de una soberanía ampliada implica la escenificación de tácticas que sobrevienen desde las particularidades del espacio que ocupan y se construyen, básicamente, en torno a ejercicios de ensayo y error que pulen y adaptan lo que primero es quizás más una intuición pero que su uso va enraizando hasta hacerlas rutinas. Estas dos formas de entender las prácticas enfocadas en la alimentación, la de relevancia de la soberanía alimentaria y la que reconstruye los lazos sociales dentro de los barrios como parte de la práctica política de los mismos, se encuentran entrelazados uno con otro de tal forma que constituyen un discurso unificado y que está permanentemente justificando uno la existencia del otro. Los espacios ganados y defendidos son espacios de lo social en donde pareciera que los elementos que lo componen vuelven a restituir un todo que había estado atomizado. La alimentación tiene un papel dentro de esto así como también lo tiene lo habitacional y el intercambio de bienes, aunque también la entretención y lo educativo.

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Entrada de Can Batlló | Ana Karina Raña

La experiencia que las organizaciones y activistas llevan a cabo hoy en día en Barcelona nos hablan de una construcción paralela que hace evidente y palpable las contradicciones entre lo que sale hacía afuera y lo que sucede de verdad en la ciudad. Ponen de manifiesto como la ciudad está siendo organizada para ciertos usos y actores, y para poner en juego ciertos recursos. La imagen de la ciudad juega en las ligas de las grandes ciudades globales y su realidad es que en la escala nuclear ese mismo modelo que se proyecta es el que se crítica a través de las prácticas de una buena porción de sus habitantes. Es tentador el preguntarse y pronosticar donde estas acciones van y cuáles son los posibles resultados de estas, sin embargo el crédito de esta forma de organizarse no está en su meta, sino más bien es el camino lo que las hace interesantes, profundas y muchas veces conmovedoras.

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Urbanisme antipersones

Fons: OACU

Fons: OACU

L’Ajuntament de Barcelona expulsa el veïnat dels espais públics per beneficiar l’hostaleria i la indústria turística

Per Marc Rude (@marcrude) de La Directa @La_Directa

Si viviu a Barcelona o hi aneu sovint, segurament, us deveu haver fixat que, a les places, cada vegada hi ha més terrasses de bars. A la vegada, l’Ajuntament retira els bancs per seure que hi queden o bé els substitueix per cadires individuals, incòmodes i mal ubicades. Aquests canvis no són casuals, sinó que responen a un procés de transformació de l’espai públic per limitar els usos veïnals en benefici de l’explotació privada. Parlem amb Ivan Miró de La Ciutat Invisible, cooperativa santsenca que fa estudis, xerrades i rutes guiades que aposten per una Barcelona al servei de les persones que l’habiten. “Ens trobem amb un disseny urbanístic purament estètic. Es tracta d’una planificació urbana no democràtica, que porta a la mercantilització i la venda de la ciutat, en lloc de construir-la com un lloc on viure”, explica Miró.

A pocs carrers de La Ciutat Invisible, trobem la cooperativa d’arquitectes La Col. Entrevistem dues de les seves membres, que consideren que “l’Ajuntament vol convertir l’espai públic en una postal (…) Hi va un públic i se la mira. No ha de ser un lloc on la gent faci activitats”. Els bancs són un bon exemple: “Abans, a la plaça d’Osca de Sants, hi havia bancs llargs per poder seure, reunir-se… Ara, els han substituït per bancs individuals. Són bancs antipersona, col·locats a distància per dificultar la conversa i la relació social”, comenten a La Col. “Ja no existeixen espais sense pavimentar. Tot són places dures. Les que encara tenien algun raconet, algun tros de verd, l’han perdut. No hi posen arbres perquè no hi hagi ombra”, lamenten les arquitectes. “Al mateix temps, tot és uniforme; s’aplica el mateix model constructiu a tot Barcelona, fet que trenca la peculiaritat dels barris”. Per elles: “Aquest urbanisme té la intenció de modificar la conducta de la gent. Les places es conformen com a llocs de pas, que no convidin a quedar-s’hi. El missatge és que el carrer no és un lloc on fer vida, que has de seure a les terrasses perquè hi estaràs més còmode, perquè podràs beure alcohol sense que et multin… pagant, és clar”.

Espais policia

Dialoguem amb Giuseppe Aricó i José Mansilla, de l’Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU). Reiteren que “s’actua sobre l’espai per modificar actituds, conductes i formes de relació social que no encaixin amb el model de ciutat com a objecte de consum”. Es tracta d’una política urbanística neoliberal que, tot i que ha arribat al seu clímax amb el mandat de Trias, es remunta deu o quinze anys enrere.

“El civisme és l’embolcall discursiu ideològic de tot plegat. Mitjançant la distinció entre cívic/bo i incívic/dolent, es busca el consentiment de la gent cap al model”, comenta Mansilla, “només pots actuar dins una matriu que et dicta com ho has de fer; l’ordenança cívica de 2005 reflecteix la intenció de regular tots els àmbits de la vida social”. L’objectiu de l’Ajuntament és eliminar obstacles de l’espai públic, tan arquitectò- nics com humans –les persones amb pocs recursos–, per facilitar l’explotació lucrativa dels llocs comuns. “Les normatives i les intervencions urbanístiques són dues cares de la mateixa moneda”, afegeix Aricó.

Una ordenança ‘lliberticida’

El cooperativista Ivan Miró considera que “l’ordenança del civisme és la carta magna de l’urbanisme lliberticida; pretenia modelar el comportament social a la ciutat orientant-lo a la productivitat i la mercantilització, sense donar cabuda a la dissidència i la pobresa; és una manera d’ordenar la conducta pública des d’un punt de vista securitari, autoritari i racista”. Per a Miró, l’auge del civisme va resultar del fracàs del Fòrum de les Cultures de 2004. “Fins llavors, la marca Barcelona s’havia volgut vincular a un estil de vida lliure i rebel, però, després de l’intent frustrat de comercialitzar aquest esperit, una aliança formada per CiU, La Vanguardia i el lobby hoteler va aconseguir imposar un populisme urbanístic de tolerància zero, inspirat en el de l’alcalde novaiorquès Rudolph Giuliani”.

“Paradoxalment, es penja una etiqueta progressista a tot el procés”, destaca l’antropòleg José Mansilla. “La regidora del PSC Itziar González va ser qui va posar en marxa el model a Ciutat Vella; ella parlava d’urbanisme preventiu i de microurbanisme social. L’Ajuntament va marcar una trentena de punts negres, com ara la plaça George Orwell del Raval (altrament coneguda com a plaça del Tripi), on es reunia certa gent que encaixava amb les categories d’alcohòlic, ionqui, llauner, motxiller…”. Per vergonya de la memò- ria de l’autor de 1984, la plaça que du el seu nom va ser el primer lloc on el govern municipal va instal·lar càmeres de videovigilància enfocades als espais públics. Les escales van ser substituïdes per una inclinació incòmoda i, ara, el Tripi és ple de terrasses, principalment, d’ús turístic, com també passa a la propera plaça Reial.

Terratrèmol turístic

“El turisme de masses és una indústria que requereix el monopoli de l’espai públic. Demana una planificació urbana al seu servei, fet que acaba amb la complexitat dels usos comuns”, explica Miró. Aquesta allau comporta “l’empobriment de la diversitat i l’aniquilació de la vida quotidiana” continua. “Les habitants es veuen expulsades dels epicentres d’aquesta indústria… i cada dia n’hi ha més: el Poble-sec, el Clot, les Glòries… La taca d’oli s’estén per la ciutat. Al mateix carrer Olzinelles, aquí a Sants, hi volen fer un smart hotel!”, s’indigna Miró. Segons els antropòlegs Aricó i Mansilla: “L’obsessió de l’Ajuntament per regenerar la ciutat va enfocada al turisme, la gallina dels ous d’or de la qual poden treure més diners. I, quan parlen d’un turisme de qualitat, es refereixen a atreure visitants amb més poder adquisitiu”, comenten. “D’altra banda, als llocs on no hi ha turisme, no hi ha inversió municipal”.

Reapropiar-se dels espais

“La ciutat està dissenyada perquè facis l’activitat que toca allà on toca” –expliquen les arquitectes de La Col. Sovint, però, hi ha alguna activitat que s’apropia de l’espai de manera imprevista. La plaça del MACBA, un exemple clar d’espai de postal, difícil d’habitar i fàcil de controlar, va començar a convertir-se en una pista de patinatge. “Les skaters van ser perseguides i multades fins que l’Ajuntament es va adonar que podia reconvertir-les en producte comercial. Ara, les marques de moda paguen diners a la gent que patina perquè dugui les seves peces”, recorden. Des de la cooperativa, han fet diverses accions com posar plantes, jocs i cadires al carrer Ciceró de Sants o allargar els bancs de la plaça d’Osca. “Quan fa bo, traiem la taula fora i dinem allà. A molts barris, baixar cadires al carrer era tota una tradició, que ajudava a crear vincles. Ara està prohibit. Quan ho fem, el veïnat s’hi interessa, algú baixa postres… però les noves generacions ja han estat educades per no sortir. Si tot continua igual, no podrem ni sabrem fer ús de l’espai públic”. Miró és més optimista: “Crec que Barcelona té una capacitat de resistència molt alta i hi ha barris que encara mantenen l’autonomia social. Sempre hi ha hagut una pugna entre l’oligarquia i les classes populars, que continua oberta. Així com altres ciutats europees han estat domesticades, la Barcelona irredempta i irreverent continua sent capaç de desenvolupar la seva manera de ser i de mantenir el pols al model mercantilista de ciutat”.

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Publicación del libro “Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales” (Pol·len Edicions, 2015)

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por OACU

Durante las últimas décadas, la lógica de mercado ha ido penetrando cada vez más en el campo de la planificación urbanística y los discursos político-económicos que regulan los procesos de gobernanza urbana de nuestras ciudades. El propósito último de dichos procesos es tan claro como alarmante: revelar los supuestos beneficios de una ciudad ideal e idealizada, donde sólo tiene cabida la paz y la tranquilidad de unas relaciones socialmente estériles; una ciudad abstraída de cualquier tipo de control institucional, detrás de la cual no se esconde más que una mayor capacidad de compra y donde todo el mundo lograría una mejor calidad de vida. En definitiva, una ciudad exenta de su elemento constitutivo, el conflicto.

Sin embargo, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) seguimos insistiendo en la necesidad de repensar la conflictividad social, esto es, el “conflicto urbano”, desde una perspectiva que considera el uso del espacio no sólo como una estrategia de control, sino también como una manera de ocultar unas relaciones sociales siempre desiguales. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Institut Catalá d’Antropología (ICA) y del Departament d’Antropologia Social i Cultural de la Universitat de Barcelona (UB), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas a la “conflictividad” que caracterizaría algunas de las principales urbes europeas y latinoamericanas.

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La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que estas metrópolis están siendo sometidas hoy día, dejaría entrever el “resurgimiento” de una serie de reivindicaciones que, aunque parezca lo contrario, nunca nos han abandonado. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

Adoptando un enfoque empírico que analiza, y a la vez cuestiona, aquellas políticas urbanísticas que se pretenden urbanas, los textos recogidos en la publicación proponen una rearticulación crítica de un determinado tipo de urbanismo de corte neoliberal y del marco conceptual que lo apoya. Efectivamente, hoy más que nunca los investigadores sociales que nos dedicamos a estudiar la ciudad tenemos la obligación, dentro y fuera de la academia, de cuestionar ciertos conceptos considerados claves para el pensamiento urbano, señalar su inaplicabilidad empírica o bien revertir las lógicas dentro las cuales los mismos se reproducen.

En definitiva, tenemos el deber de cuestionar aquellas políticas urbanísticas que se pretenden urbanas contrastando esa quimera social de una ciudad armónica y pacificada, constituida por un espacio ilusorio que encubre la realidad y no contempla las inquietudes y las contradicciones entre clases, ni mucho menos la lucha entre ellas y sus necesidades. De lo contrario, y evocando un clásico tema de los Kortatu, estaremos condenados a vivir y habitar una “mierda de ciudad”.

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15 años en Venus. Claves para entender un conflicto “irresoluble”.

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Particular del bloque Venus | Fuente: Sergi Pujolar (La Directa)

Por Giuseppe Aricó | OACU

El próximo diciembre de 2015, tras 15 años de severas intervenciones urbanísticas y escasas “mejoras sociales”, el controvertido Pla de Transformació del Barri de La Mina (PTBM) llegará a su fin. Durante los últimos meses, la documentalista Mariona Giner y su equipo han estado realizando un trabajo que merece ser conocido y reconocido. Se trata de 15 anys a Venus, un documental que persigue tratar de forma seria el caso del derribo y posterior realojo de los vecinos del bloque Venus, una cuestión aun en suspenso que sigue provocando conflictos entre plataformas vecinales y administraciones. El pasado martes 28 de abril, tuve la oportunidad de participar en dicho documental al ser entrevistado sobre el impacto social del PTBM y las problemáticas relacionadas con éste. He decidido publicar aquí parte de la entrevista, realizada en el histórico Casal Cívic de La Mina, equipamiento fruto de una larga acampada reivindicativa que los vecinos llevaron a cabo a finales del marzo de 1985 en el lugar donde hoy se ubica el propio Casal.

¿De dónde y cuándo surgen las áreas urbanas como la Mina?

Las áreas como La Mina se conciben a partir del Plan Comarcal de 1953, pero se edifican sólo durante el auge del desarrollismo franquista, a caballo entre los ‘60 y ‘70. Se trata de áreas que el lenguaje urbanístico de aquella época definía como “polígonos de absorción”, es decir, su prerrogativa era precisamente la de “absorber” a los habitantes de los denominados núcleos chabolistas de Barcelona. En realidad, la creación de dichas áreas, colocadas sistemáticamente en los márgenes de las metrópolis, no respondía a una necesidad de carácter social, sino exclusivamente a específicas exigencias políticas y económicas del tardofranquismo. La finalidad del régimen no era sino ampliar su reserva de suelo urbano a costa de la clase trabajadora, que desplazaba dónde y cómo mejor le convenía.

¿Qué problemas sociales tiene La Mina en la actualidad?

Si nos ceñimos a las cifras oficiales, todo parece ir de maravilla: el PTBM habría conseguido con éxito y alabanzas internacionales la “transformación” por la cual apostaba. Sin embargo, tras la pantalla de una gran regeneración urbanística se esconde una cruda realidad social donde se reproducen severas problemáticas estructurales. En este sentido, los problemas sociales de La Mina en la actualidad son prácticamente los mismos que se dieron en su origen, y que podemos resumir en una sola y gran cuestión: la falta de una política de vivienda seria, estructurada, coordinada y comprometida desde el principio. Apostaría a que el resto de cuestiones, como el paro, el absentismo y el fracaso escolar, cierto analfabetismo, la desestructuración familiar, el supuesto “incivismo”, las “actividades delictivas”, etc., no son sino el producto directo de esa gran falta o están íntimamente ligadas a ella.

¿Está estigmatizado el barrio de la Mina?

La Mina es un barrio híper-estigmatizado, es decir, sufre una estigmatización transversal que afecta al conjunto de sus habitantes en varios niveles: social, laboral, económico, cultural, territorial, etc. Tanto en los ’70 como hoy, hablar de La Mina provoca irremediablemente una especie de “efecto dominó”, donde toda una serie de estereotipos descontextualizados y despolitizados caen unos tras otros como fichas.

¿Qué ha contribuido a ello?

Las causas que han contribuido a ello son muchas y pertenecen a épocas diferentes, pero por lo general la prensa y las instituciones han jugado, sobre todo en los años 80 y 90, un papel estratégico en la difusión de una verdadera “mitología del miedo”. Fenómenos relacionados tanto con el uso como con la venta de drogas, por ejemplo, que se encontraban repartidos por todo el territorio metropolitano, encontraron en La Mina el chivo expiatorio por excelencia, justamente para permitir toda una serie de actuaciones de carácter urbanístico que generaron jugosos beneficios para la élite política de la supuesta Transición. El proceso de estigmatización de La Mina no puede entenderse sin tomar en consideración, por ejemplo, el denominado caso REGESA de 1988, que preveía, entre otras cosas, el derribo total de La Mina y, por ende, de sus “problemáticas”. Sólo tres años más tarde, con la modificación introducida en 1991 al PGM del 1976, el área alrededor de La Mina tenía que convertirse en la “puerta de entrada a Barcelona por el norte” para acoger a visitantes e inversores de los JJ.OO.

Desde la Plataforma d’Entitats i Veïns de La Mina denuncian que en las barracas no había tanto conflicto por el modelo de las viviendas: más precarias pero más abiertas, con mucha vida en la calle. Denuncian que la base del conflicto social es el tamaño de los bloques, con demasiadas familias por bloque. A la vez, el estudio técnico previo al PTBM determinó que la densidad en sí no resulta conflictiva, y se centró más en la diversidad socio-cultural. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

Yo diría que el problema no está ni en la densidad ni mucho menos en la diversidad socio-cultural, o cuanto menos no constituyen las causas del conflicto en sí, sino justamente todo lo contrario. Si pensamos en los primeros años de vida del barrio (1975-80), no cabe duda de que precisamente la densidad y la diversidad funcionaran como verdaderos elementos de cohesión y aglutinación vecinal. La gran huelga general del mayo del 77, que paralizó el barrio durante 4 días, es la evidencia más representativa de ello. Ahora bien, en mi opinión el verdadero problema que está y siempre ha estado a la base del “conflicto” en La Mina es, como denuncian los propios vecinos, el modelo de las viviendas. Pero no hablo tanto de su estructura arquitectónica, que de por sí acarrea ya bastantes problemas que inciden profundamente en gravar las causas del conflicto. Me refiero más bien a su organización socio-espacial, es decir, a lo que ha sido definido como el paso de un “barraquismo horizontal” a un “barraquismo vertical”, que ha determinado –cuando no provocado- la asunción casi obligatoria de una nueva forma de reproducción de las relaciones sociales. En este sentido, el hecho de haber elevado la “vivienda en propiedad” a elemento cúspide de la organización vecinal, es decir, doméstica y, por ende, socio-espacial, ha sido el principal factor determinante para que las relaciones entre vecinos se hicieran cada vez más racionalizadas, distanciadas e impersonales.

Nos comentaron que durante los primeros años de existencia del barrio, el Patronato Municipal de la Vivienda (PMV) movía la gente que podía pagar un poco más a otros barrios, y que aquí traían a la gente más conflictiva. ¿Tienes constancia de esto?

El PMV ha sido no sólo el responsable de la construcción de La Mina en 1969, sino también  de su gestión administrativa por lo menos hasta 1989. Durante estos 20 años, las maniobras del PMV han permitido que La Mina fuera constantemente sujeta a una alta “rotación” vecinal. Cuando se habla del denominado “traslado chabolista” (léase deportación), por ejemplo, se suele pensar que éste se realizó de forma rápida y con todo el seguimiento social que merecía. Pues nada más lejos de la realidad. El traslado del Camp de la Bota tenía que durar 15 días y acabó durando 18 años, desde el 1974 hasta el 1992, cuando se tiró la última barraca justo unos meses antes de la celebración de los JJ.OO. Además, a partir del 82, Xavier Valls y Antoni Messeguer (entonces respectivamente presidente del PMV y alcalde de Sant Adrià) consiguieron que diferentes bloques de La Mina -en particular Venus y Saturno- se configuraran como el lugar de destino de desalojos provocados por intervenciones urbanísticas en otras zonas del entorno metropolitano. En este sentido, no es que se trajera a La Mina la gente “más conflictiva”, sino aquella que se encontraba en una peor posición de desventaja social y económica, y que poseía historias de vida y formas de usar el espacio muy diferentes y, a menudo, divergentes.

Según los informes sobre las estructuras arquitectónicas de la Mina, el edificio Venus no tiene problemas estructurales. El motivo para ser derruido era por tener problemas sociales “insolucionables”. ¿Derruir un edificio puede aplacar un problema social, o éste seguiría en otros edificios?

En mi opinión la intervención de derribo prevista para Venus –que nunca sabremos si un día se realizará o no- no resolverá sus problemas por varias razones. Los problemas sociales, siempre y cuando se trate realmente de “problemas”, no pueden solucionarse con intervenciones urbanísticas, ya que su supuesta eficacia social no está ni justificada ni mucho menos demostrada. Lo que sí está demostrado, en cambio, es justamente su contrario: baste con pensar en las dinámicas de pacificación de muchas favelas en Río de Janeiro o en el caso de “le Vele” en el barrio de Scampia, en Nápoles. Para solucionar problemas sociales son necesarias actuaciones de carácter social estructuradas y coordenadas, esto sí, llevadas a cabo con mucha sensibilidad y atención hacia las causas que crean el supuesto problema y no hacia sus efectos. Esto es exactamente lo que ha pasado en el caso de Venus: trabajar en los efectos y no en las causas. Aunque se derribara Venus, los problemas actuales persistirían, pero en otro bloque o quizá en otro barrio.

Se considera, también, que la biblioteca no consigue atraer suficientes jóvenes y usuarios en general. Sin embargo está en el centro del barrio, sus instalaciones son de primera y es atractiva. ¿Qué más se puede hacer?

Nada, ya se ha intervenido demasiado y de una forma amnésica. Casos como el de la biblioteca son paradigmáticos de como las intervenciones urbanísticas llevadas a cabo en el barrio han producido espacios “de fachada”, es decir, muy bonitos y atractivos, pero en el fondo no consiguen cumplir con el propósito social por el cual habían sido pensados. La razón de ello es que la biblioteca, en realidad, desempeñaría un papel de “contenedor cultural”, socialmente vacío e infrautilizado pero urbanísticamente indispensable para justificar determinadas actuaciones previstas para “adornar” la polémica Rambla de La Mina. Si la gente no viene a la biblioteca, quizás sea porque no se siente identificada en un espacio tan vanguardista concebido por dos “arquitectos estrella” y que ha constado 4,5 millones de euros. Muchos de los vecinos no le dan el mismo valor, sentimental si queremos, que le daban a la vieja Sala Pinòs, la “de toda la vida”, antes que ésta fuera demolida para crear el solar donde surge ahora la nueva biblioteca. Pero hay más. En realidad, la nueva biblioteca no está en “el centro” del barrio, porque su verdadero centro es la Rambla del Camarón, precisamente enfrente del Casal, un espacio del cual todo se puede decir salvo que esté vacío.

Para el PTBM vinieron muchos técnicos expertos para trabajar sobre el terreno, en persona, desde la cercanía. No han conseguido aportar soluciones importantes a nivel social, en las unidades familiares. Entonces ¿tampoco funciona la investigación desde la cercanía?

La investigación desde la cercanía en realidad tendría en éxito potencial, pero su mayor riesgo es caer en el moralismo, el sensacionalismo o el glamour. Esto pasa cuando ese tipo de investigación no viene integrada por un conocimiento histórico y social del barrio en su intimidad. Podemos ser técnicos muy expertos y capaces, pero si no tenemos un mínimo de atención y respecto hacia una realidad social que, al fin y al cabo, desconocemos y que, en cierta medida, no nos pertenece, entonces no servimos para nada. Es más, simplemente estorbamos. A manera de ejemplo sería interesante recordar cuando, a finales de los 90, Josep Antoni Acebillo (entonces director de Barcelona Regional, la agencia que jugó un papel fundamental en determinar los contenidos del PTBM) se obstinaba en convencer a los vecinos de la gran oportunidad que presuponía para La Mina la celebración del Fòrum 2004. La propuesta de Acebillo era, básicamente, que el barrio se pusiera en manos de los promotores y de “los ricos”, que con sus inversiones habrían hecho posible el “verdadero cambio social” del barrio.

Los sistemas que se han utilizado para “transformar” al barrio a nivel social no han sido efectivos. Entendemos, además, que hacen falta varias generaciones para poder percibir grandes avances. Sin embargo, ¿piensas que hay métodos que puedan ser más efectivos en la transformación social de un barrio? ¿Cuáles?

A veces bastaría simplemente que las administraciones escucharan a los vecinos, sin dejarse seducir por los intereses privados del mercado inmobiliario. Si de verdad es cuestión de establecer un método, pues que éste se base en la escucha, el dialogo y la participación real de los vecinos. En La Mina, la participación vecinal que tanto abanderan las instituciones ha quedado reflejada únicamente en los informes necesarios para cumplir con la Ley de Barrios de 2004 o mantener la financiación proveniente de la Comunidad Europea.

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Seminario OACU // El acceso a la vivienda y el derecho a la ciudad// 17 y 18 de noviembre – UB-Raval

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