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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Barcelona i els museus com a pessebres

Foto: José A. Mansilla

Foto: José A. Mansilla

Aquest manifest ha estat elaborat per el GRECS-UB i subscrit per l’OACU


Fa diverses dècades que els museus etnològics clàssics, guarnits a les antigues metròpolis amb fons provinents dels territoris d’ultramar, experimenten arreu una mena de crisi existencial. Concebuts i inaugurats de manera general durant l’època d’exaltació de l’empresa colonial com a instruments de propaganda, només sobreviuen a la mala consciència dels temps actuals al preu d’una reformulació museogràfica completa, per bé que aquesta pot prendre rumbs molt diversos. En alguns casos, aplicant una estratègia generalitzada dins del sistema museístic internacional, aquestes institucions, hereves dels gabinets romàntics de curiositats, han encetat processos d’autorreflexió -i, per què no, també d’autoinculpació- que s’han traduït en una voluntat gradual de fer visibles, més o menys críticament, les condicions de la seva emergència i consolidació. En d’altres, en canvi, la manca de decisió o de lucidesa de la part dels seus gestors polítics i/o tècnics ha abocat aquestes institucions a una mena de paràlisi estructural, senyal inequívoc, de fet, d’una futura i, gosaríem dir-ne, saludable extinció.

Aquests dies, els advocats de la política cultural de l’Ajuntament de Barcelona deuen estar redactant recargolats al·legats, a l’aixopluc de les dignes teulades del Palau de la Virreina, allà on rau l’Institut de Cultura de Barcelona, per tal d’apagar l’incendi provocat pel judici públic obert al Museu Etnològic de Barcelona (d’ara endavant MEB). Com correspon als temps que corren, la polèmica envolta aquesta vegada la suposada cosificació de la cultura i identitat catalanes que posarà en pràctica el nou MEB a partir de l’any vinent, quan l’equipament torni a obrir les seves portes després d’una costosa reforma i d’una llarga inactivitat. Val a dir que les consignes i els titulars s’acostumen a imposar sobre els matisos, i que en aquest cas com en altres fóra convenient no confondre de manera automàtica els desitjos humits dels comissaris encarregats de vetllar pel compliment de l’ortodòxia amb el pragmatisme i el sentit comú que afortunadament encara romanen entre els tècnics que gestionen aquests equipaments. Sigui com sigui, se’ns anuncia que el MEB serà espoliat -mai millor dit- de les seves col·leccions exòtiques, provinents en la seva major part dels països que havien format part en un moment o altre de l’atribolat imperi colonial espanyol, com ara Mèxic, el Perú, el Marroc o Guinea, i que ara hauran de cercar la seva terra de promissió al flamant Museu de les Cultures del Món (sic). Mentrestant, el nou MEB farà, diguem-ne, de la necessitat virtut, aprofitarà una part de les immenses col·leccions de cultura material que havien estat integrades a l’antic Museu d’Arts, Indústries i Tradicions Populars i, sense cometes que convidin a prendre una certa distància irònica, rebem la noticia que d’ara endavant centrarà la seva proposta museogràfica en l’exhibició d’objectes que pertanyen a la(es) cultura(es) catalana(es), sigui el que sigui que això signifiqui.

A la dècada dels 90, alguns de nosaltres vàrem col·laborar en diverses ocasions amb el MEB. Recordem que aleshores la institució, un estrany i incòmode edifici construït a partir de mòduls hexagonals, a la manera d’un rusc gegant, patia malalties comuns amb la resta d’equipaments culturals de la ciutat (formació inadequada d’una part dels seus treballadors, un finançament que abocava al museu a la lluita per l’estricta supervivència, etc.) i d’altres que n’eren pròpies, com ara l’estructura rígida dels seus espais expositius, les dificultats d’accés a través dels camins de la muntanya de Montjuïc o la seva ubicació al revolt més tancat del vell circuit. Recordem, també, l’angoixa amb la qual l’equip de direcció vivia les magres estadístiques de visitants, sabedor que, davant l’embranzida neoliberal que assolava la Barcelona postolímpica, la supervivència del museu depenia del criteri insondable d’uns polítics ofuscats per assolir l’estricta rendibilitat econòmica dels equipaments culturals, insensibles a qualsevol raonament pedagògic, històric o fins i tot moral. Enmig del clímax d’autocomplaença que l’anomenat “model Barcelona” va estendre entre les elits polítiques i culturals de la ciutat, el MEB llanguia a les faldes de la muntanya, tot expiant els seus orígens colonials, amagat per no fer nosa, condemnat al silenci perquè el seu patrimoni semblava encabir-se poc i malament dins de la gàbia daurada en que s’havia convertit la xarxa de museus barcelonins. Just com ara.

Ara, les nostres elits polítiques i culturals –ves que no siguin, al cap i a la fi, les mateixes- han trenat afanosament una solució per al MEB, al seu parer definitiva, un nou pas de volta dins l’operació d’embelliment i frivolització de la gàbia cultural barcelonina: el Museu de les Cultures del Món. Emmirallat en Jacques Chirac quan era alcalde de Paris i va tirar endavant l’edificació del Musée du Quai Branly davant la protesta de bona part dels departaments d’antropologia francesos i la joia poc dissimulada dels grans marxants d’art, en Xavier Trias sembla disposat a deixar la seva empremta sobre el teixit cultural de la ciutat. L’obertura d’un museu adreçat, un cop mes, al turisme massiu que roda i s’escampa dia sí i dia també per la ciutat, i que pretén essencialment rescatar la dimensió estètica dels objectes pertanyents a altres societats, tot reproduint la vella consigna de que l’acte de contemplació deu ser independent de les condicions de la seva producció i apropiació –per tal d’evitar potser que informacions inoportunes contaminin el judici pur i sensible dels espectadors-, és el quid de tota aquesta operació, la guinda exòtica que li faltava al pastís –o pastitx- del carrer Montcada i, de retruc, l’equació que vol resoldre el vell problema del MEB.

Resulta un punt fascinant constatar cóm, al mercat cultural barceloní, es compleixen a la perfecció alguns dels corol·laris de la llei de Murphy, en particular aquell que afirma que tota situació dolenta és susceptible d’empitjorar. Resulta, en canvi, lamentable constatar la impunitat de què gaudeix una política cultural insensata, emparada en el control draconià de les subvencions i en les amenaces vetllades o simplement grolleres que deriven del seu exercici. La consigna, un cop més, és que qui s’hi mou no surt a la foto. Així, presentat com un fenomen meteorològic natural i inexorable, el futur Museu de les Cultures del Món s’aboca a la consagració superficial de l’exotisme, en el típic registre multiculti i acrític tant del gust de les nostres elits, tot eliminant aquelles col·leccions que, com ara les magribines –segurament les més nombroses de tot el fons del MEB-, trasllueixen una dosi massa reduïda d’exotisme i ens remeten en canvi massa explícitament a l’experiència colonial que va permetre la seva conformació. De retruc, el destí reservat per al nou MEB és un altre. Arrossegat per la marea identitària que ens envolta, però tal vegada conservant la particular declinació que CiU imposa sobre aquestes matèries –una celebració resistencial i teleològica de la cultura catalana, nodrint la ficció que aquesta es pot abstraure de la història de la lluita de classes i en definitiva de tota conflictivitat social-, el nou MEB sembla apostar, a falta d’altres informacions que ens indiquin el contrari, per la via de la reïficació del present i l’oblit dels episodis més foscos del nostre passat recent, per l’exhibició despolititzada dels estris de la nostra cultura material i, en fi, per la cultura entesa com a pessebre i no pas com a conflicte, negociació i, ocasionalment, entesa. Una mateixa paraula, sí, però amb significats diametralment oposats.

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