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El mercado do Bolhão, Oporto: Abandono, resistencia y turismo (2/2)

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Fuente: Mercado Bom Succeso. Fuente: mercadobomsucesso.com

Por Adrián Hernández Cordero, geógrafo

La situación actual del mercado do Bolhão, entre la decadencia y la turisitificación, me hace pensar en el papel reciente que desempeñan los mercados municipales en el contexto urbano que, en la experiencia europea, cada vez más tienden a la tematización y espectacularización de la ciudad. No hay que ir muy lejos, en la misma ciudad y a poca distancia, el mercado Ferreira Borges fue reconvertido en un centro cultural, o mejor dicho de espectáculos, que incluye sala de conciertos, teatro y restaurante. Asimismo, el mercado Bom Suceso en la zona oeste de Oporto (muy cerca de la emblemática y turística Casa da Música) se convirtió en el prototipo de mercado de la ciudad, algo que resulta antagónico al mercado do Bolhão.

Prácticamente al mismo tiempo se intentó reconstruir ambos mercados, el primero experimento un proceso de trasformación justificado en que “se volvió inadecuado para las exigencias del siglo XXI”[1]. Se destruyó su interior, conservando sólo la fachada y se desplazó a sus comerciantes. El resultado fue un equipamiento con nuevas paradas, restaurantes y un hotel de cuatro estrellas y oficinas. Según el portal web del centro del recinto es un “mercado orientado hacia una ciudad cada vez más ajetreada y que dicta tendencia”[2]. Este discurso es una réplica de otras experiencias (como el caso de Santa Caterina en Barcelona[3]) para justificar la implementación de lo que Harvey (1989) llama el empresarialismo urbano, que busca obtener el máximo rendimiento económico de los centros de abasto, así como entenderlos como polos de desarrollo económico y urbanístico.

Las mujeres comerciantes con varias décadas de su vida en el mercado do Bolhão nos dijeron que las cosas no eran como antes, que los vecinos del centro ya no iban a comprar allí y que los pocos clientes que tenían eran de hace mucho tiempo. Eso lleva a pensar quizá desde una perspectiva no romántica, si es posible rescatar y redimensionar el intercambio, la interacción y la proximidad que se construye entre comerciante y cliente[4] en los mercados. Ésta generalmente trasciende las dimensiones racionales y económicas, aproximándonos a entender la ciudad como un espacio de afectos y emociones lo que Tuan (1974) llama topofilia o Massey (1995) sentido de lugar. Está claro que esta geografía de las emociones contribuiría a generar el empoderamiento y la confrontación del modelo mercantil de ciudad que se busca imponer. De este modo, se ayudaría a engrosar la resistencia vecinal que ya en una ocasión logró paralizar las obras de destrucción del mercado do Bolhão, sin duda el triunfo de una batalla en la lucha por la ciudad.

Mirando desde la mirilla de la parte alta del recinto soy espectador del movimiento del mercado. Recuerdo la frase que dijo una vendedora que más o menos era así: “Si todo ha cambiado tanto por qué no habría de cambiar aquí”. Mientras esa frase hace eco, me doy cuenta que no sé cuándo volveré al mercado do Bolhão, pero de lo que estoy seguro es que será diferente, pues es un apetitoso espacio para la especulación inmobiliaria. Deseo que los comercios no se conviertan en tiendas de cadenas globales que proliferan en los centros históricos de varias ciudades del mundo y que los vacían de su esencia urbana. Comienzo a sentir saudade… pero luego recuerdo que el vuelo de Ryanair[5] a Barcelona saldrá pronto y me voy corriendo con cámara fotográfica en mano y, por supuesto, con algunos souvenirs.

Bibliografía

Abrantes, Jorge (2013), “Impacto das companhias aéreas de baixo custo no desenvolvimento dos hostels nas ciudades de Lisboa e Porto”, Capa, núm. 1, pp. 111-127.

Ariño, Antonio (2002), “La expansión del patrimonio cultural”, Revista de Occidente, núm. 250, pp.129-150.

Carballo, Francisco y Vania Costa (2014), “Success factors of regional airports: The case of Oporto airport”, Tourism & Management Studies, 10, pp. 37-45.

Harvey, David (1989), “From managerialism to entrepeneurialism: the transformation inurban governance in late capitalism”, GeografiskaAnnaler, núm. 71, pp. 3-17.

Hernández-Cordero, Adrián y Aritz Tutor (2015), “Espacio público: entre la dominación y la(s) resistencia(s). CiutatVella, Barcelona”, en: Arico, Giuseppe, Jose Mansilla y Marco Stanchieri (coords.), Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismoneoliberal desde las ciencias sociales, Barcelona: Pol•len Edicions.

Hernández-Cordero, Adrián (2014), “Gentrificación comercial y mercados públicos: El Mercado de SantaCaterina, Barcelona”, Working Paper Series, Contested Cities. ISSN 23412755

Hiernaux, Daniel y Carmen González (2014), “Turismo y gentrificación: pistas teóricas sobre una articulación”, Revista de Geografía Norte Grande, núm. 58, pp. 55-70.

González, Sara y Paul Waley Traditional (2012), “Retail Markets: The New Gentrification Frontier?”,Antipode, vol. 45, pp. 965-983.

Massey, Doreen (1995), «The conceptualization of place». En: Massey, Doreen y Jess, Patt (eds.),A place in the world?Places, Cultures and Globalization. Oxford: Oxford University Press, pp.: 45-85.

Rebollo, Alfonso (2012), “El mercado de Bolhao. Oporto”, Distribución y consumo, Nov-Dic, pp. 58-59.

Robles, Juan (2010), “Pequeños comerciantes: mediadores urbanos”, Revista Chilena de Antropología Visual, núm. 15, pp. 164-190

Smith, Neil (2001). “Nuevo globalismo, nuevo urbanismo”,DocumentsdAnàlisisGeogràfica, núm. 38, pp. 15-32.

Tuan, Yi-Fu (1974), Topophilia: a study of environmental perception, attitudes, and values, Nueva Jersey: Prentice-Hall.

[1] Texto obtenido del portal electrónico del mercado http://www.mercadobomsucesso.com/el-mercado/

[2] Ibíd.

[3] Puede revisarse Hernández Cordero (2014).

[4] Ver Robles (2010).

[5]Es importante poner atención en el impacto del incremento del turismo en Oporto en relación con la líneas low cost como Ryanair. Esta es la principal aerolínea de bajo coste que opera en el aeropuerto de la ciudad; según (Abrantes, 2013) en 2012 transportó cerca del 54 % del tráfico aéreo. Carballo y Costa (2014), indican que Ryanair opera en el aeropuerto de Oporto desde 2005 y dada la importancia del enclave aéreo, en 2009 instaló una base de operaciones. Entre 2006 y 2012 Ryanair incrementó su volumen de pasajeros, transitó de 625.000 a 2.770.000,operando 33 rutas.

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (y 2)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la segunda de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. Para ver la primera, pinchar aquí.

Estorbos.

El grado de desproporción entre residencia y tránsito que caracteriza la vida de este territorio se ha convertido en un desequilibrio estructural. Venecia ha perdido casi completamente su función urbana. Tanto es así que desde varios lugares se vaticina que, si las tendencias demográficas se mantienen (no se ven razones por las que deberían no hacerlo), en 2030 el proceso estará concluido y ya no quedarán habitantes. Venecia como ciudad habrá muerto oficialmente: quedará sólo su esqueleto decadente para exclusivo uso y deleite del visitante pasajero. Tal vez esta previsión sea exageradamente pesimista y, sin embargo, el riesgo no deja de ser real e inminente. Lo que llama la atención es que, entre la población local, la alarma se haya disparado sólo en tiempos muy recientes, cuando el profundo impacto de los flujos turísticos no controlados en un tejido urbano y social extremadamente frágil, así como su insostenibilidad, son tan evidentes que ya nadie puede negarlos. Si aquel conjunto de características que ofrece un lugar, y que se suele llamar “calidad de vida”, hace ya mucho tiempo que es percebido a la baja, hasta ahora nada había logrado aglutinar alrededor de una causa común una sociedad civil altamente fragmentada por intereses de categoría y diferencias de clase. El descontento popular ha ido aumentando en los años hasta llegar a la aparente paradoja de que los turistas siguen siendo necesarios pero ya no son bienvenidos; sin embargo, se ha tratado siempre más de una disconformidad latente que, en lugar de expresarse colectivamente de manera organizada, se solía reducir a pequeños actos cotidianos, difusos pero aislados, de descortesía e impaciencia hacia el turista.

Algo que nos sugiere que se ha alcanzando el punto de ruptura es que, por primera vez, asistimos a la aparición de una verdadera masa crítica, por muy exigua que sea en términos numéricos, que contesta el modelo económico vigente, la gestión negligente (o su falta absoluta) de los flujos y la poca clarividencia de una administración local que lo único que ha sabido hacer es vender la ciudad al mejor postor, reclamando la salvaguardia de un ecosistema urbano y natural y un estilo de vida únicos. El primer movimiento de protesta en quebrantar la lánguida pasividad de los venecianos, y en conseguir el apoyo de amplios sectores de la ciudadanía, es el que ha centrado su atención en el tránsito de los grandes cruceros en la laguna. El Comité No Grandes Naves – Laguna Bien Común (#NoGrandiNavi) ha promovido una serie de iniciativas y manifestaciones en los últimos dos años, que no sólo han recibido el apoyo y la implicación directa de capas de población mucho más amplias y más diversas en términos de extracción social y afiliación política, sino que además han logrado una resonancia en los medios, incluso internacionales, sin antecedentes en la ciudad. Se trata además de un movimiento en continua evolución, que crece y se ramifica a medida que se modifica el contexto en que su protesta se inscribe. Uno de sus logros ha sido abrir un debate político a nivel nacional acerca de la cuestión del impacto de las grandes naves sobre el ecosistema lagunar, empujado también por el revuelo causado por el naufragio del Costa Concordia delante de la isla del Giglio en 2013. De las diferentes alternativas propuestas, una en particular, la que ha avanzado la Autoridad Portuaria veneciana y que prevé la ampliación del Canal Contorta en la Laguna Sur para permitir la entrada de los cruceros en el puerto de Venecia, es la que está despertando las mayores polémicas, insuflando nuevo vigor a las protestas.

El movimiento en contra de los cruceros, primera respuesta radical a la insostenibilidad del actual modelo turístico, ha inaugurado una nueva temporada de participación crítica ciudadana. Desde entonces diferentes iniciativas populares han ido sacudiendo la amodorrada geografía lagunar. Grupos más o menos numerosos, y más o menos heterogéneos, de ciudadanos se han activado para contrarrestar el avance del monocultivo turístico.

Desde iniciativas de gestión cultural participativa y talleres de ciudadanía en espacios liberados (el renacido Laboratorio Occupato MorionSale Docks y sobre todo el Teatro Marinoni, un antiguo teatro dentro de un hospital en desuso, centro de una gran operación especulativa y sobre cuyos terrenos se prevé la construcción de un conjunto hotelero y una marina de lujo) hasta la tan sonada campaña de compra colectiva de la isla de Poveglia para evitar que una multinacional hotelera se apodere de este trozo de laguna sacado a subasta por el Estado italiano. Todos ellos, incluido obviamente el movimiento No Grandes Naves y ahora la movilización para salvar Villa Heriot, suponen acciones surgidas alrededor de espacios contestados, comparten una concepción de la ciudad como inseparable del frágil microcosmos lagunar que la contiene y la protege, apelan a la sostenibilidad ambiental contra la sobre-explotación del territorio, reivindican políticas basadas en la comunidad y ponen en el centro de sus discursos y reclamaciones el concepto de “bien común”.

A todo esto, ¿dónde están los antropólogos?

Lo que no se explica es que Venecia, que se presenta como el caso más potente de espacio urbano turistificado, haya recibido hasta ahora tan poca atención por parte de las ciencias sociales. Con la excepción de Venice, the tourist maze. A cultural critique of the world’s most touristed city  de R. C. Davis y G. R. Marvin, no encontramos bibliografía actual sobre la ciudad lagunar. Desde el mundo académico, la mirada que recibe es casi siempre histórica, mientras que su presente parece carecer de interés. Avanzo dos hipótesis al respecto: o las ciencias sociales la consideran implícitamente una civilización del pasado, material para la arqueología y la historiografía, o bien se les presenta como un escenario excesivamente complejo. En ambos casos el desafío es importante y urgente: demostrar, en primer lugar, que Venecia puede estar agonizando pero aún no está muerta y, en segundo lugar, penetrar su maraña y poner luz sobre los procesos sociales en curso, en este caso los referentes a la producción del espacio en el sentido lefebvriano del término. Porque incluso su forma exterior, su estructura física – a la que a menudo se considera como mera escenografía, entidad fija e inmutable si no fuera por la acción corrosiva del tiempo – sigue evolucionando. Por lo menos una línea de investigación se abre a una mirada antropológica que quiera dar cuenta de la perspectiva habitante: El análisis de los confictos urbanos en curso, que sin embargo no dejan de ser sólo una parte, la más evidente quizás, de un fenómeno mucho más articulado. Se hace necesario, por lo tanto, extender el análisis a muchas otras prácticas de resistencia que se despliegan a diario en la ciudad de Venecia, y que han recibido hasta la fecha poca o nula consideración debido a su escasa visibilidad. Por un lado, la búsqueda voluntaria de marginalidad espacial: las estrategias específicas de ubicación dentro del perímetro del centro histórico, puestas de manifiesto por los habitantes que, huyendo de las áreas centrales invadidas por los turistas y económicamente plasmadas por los valores de ese particular mercado, buscan refugio  en zonas más periféricas consideradas la “Venecia verdadera” donde practicar sus “rituales ocultos” (Boissevain, 2005) de sociabilidad. Por otro, el concepto mismo de residencia como acto de resistencia silenciosa: la elección consciente, y con frecuencia problemática, de enfrentarse a una serie de dificultades prácticas (logísticas, pero sobre todo económicas, empezando por la dramática cuestión de la vivienda), antes que mudarse a la parte continental, contribuyendo a engordar así las filas del éxodo.

La relevancia del caso veneciano como objeto de estudio para las ciencias sociales, en particular la antropología urbana, trasciende sus límites físicos y se abre naturalmente a la comparación con otras realidades altamente turistizadas, la primera de todas, Barcelona. Sobre las protestas contra el modelo turístico que tuvieron lugar este verano en el barrio de la Barceloneta, y el debate que les siguió, flotaba irremediablemente el espectro de Venecia; pero la Venecia invocada ya no era una ciudad, sino un paradigma, un memento mori. Venecia como síndrome, enfermedad terminal caracterizada por el colapso de la vida urbana. Venecia elevada a teorema que ya no necesita de demostración empírica para sustentarse[1]. Esta imagen de la ciudad muerta se nos antoja, no solamente igual de estéril que la postal romántica vendida por las agencias de viaje de todo el mundo, sino además peligrosa, ya que lleva, implícitamente, a pasar por alto, y por lo tanto a desactivar, las voces críticas, las reclamaciones ciudadanas. Los muertos no se quejan, no estorban; los vivos sí. “¡Malditos venecianos! ¿Cuándo se decidirán a marcharse todos, o a morirse ya de una vez, así dejan de romper las pelotas?”. Juro que escuché estas mismas palabras, un día por la calle. Me dejaron tan atónita que no pude reaccionar a tiempo. Pero más allá de la consternación, del momentáneo golpe emotivo, su dureza despiadada nos demuestra mejor que cualquier ensayo o panfleto la necesidad, la urgencia de mostrar Venecia como un espacio urbano contestado y, por lo tanto, vivo bajo la influencia de relaciones de poder asimétricas.

[1]              A finales de 2012 se presentó el documental que el periodista sudtirolés Andreas Pickler rodó en Venecia. Su título original es Das Venedig Prinzip, traducido al inglés como The Venice Syndrome y al italiano como Teorema Venezia.

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (1)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la primera de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. La siguiente será publicada la semana próxima.

La espada de Damocles.

La sala de plenos del Ayuntamiento de Venecia estaba insólitamente atestada de gente, el pasado 28 de noviembre. Más de doscientas personas, apretadas en el limitado espacio destinado al público, habían acudido allí para asistir a la sesión de aprobación de los presupuestos municipales para 2015. La primera curiosidad: la cantidad de niños que había ese día, todos en edad preescolar, algunos de los cuales llevaban colgando de la espalda pancartas que ponían “El Ayuntamiento roba a los niños”. ¿Qué hacían allí? Lo segundo curioso, para quien no esté familiarizado con las recientes vicisitudes políticas de la ciudad lagunar: las dos alas de escaños de pesada madera que corren a lo largo de la enorme sala decorada con frescos, donde suelen sentarse los consejales, estaban desiertas. De las fotos aparecidas en los periódicos se hubiera dicho que no había nadie del otro lado del cordón de policías que contenía al público. Y sin embargo, aguzando la vista, en el fondo se podía vislumbrar a una pequeña figura solitaria, encorvada sobre una gran mesa de escritorio. Era el comisario ad interim Zappalorto, enviado por Roma para gestionar la ciudad desde que la Junta comunal ha sido disuelta y el ex alcalde Orsoni está siendo investigado en el marco del escándalo de corrupción del Mose.

Las funciones del comisario extraordinario, cuya misión es conducir la ciudad hasta las nuevas elecciones, se tendrían que limitar a ordinaria la administración. Esto si no fuera porque hay que hacer cuadrar las cuentas de un ayuntamiento siempre al borde de la bancarrota, lo cual le obliga evidentemente a tomar medidas que no le corresponden. Como, por ejemplo, convertir de un plumazo bienes comunales inalienables en estructuras a carácter receptivo y ponerlas a la venta. Ese día precisamente se discutía – mejor dicho, se decidía, porque ya no hay debate si no quedan regidores ni consejales – la modificación de destino y uso de parte del complejo de las Villas Heriot en la isla de la Giudecca, dos palacios neobizantinos de comienzos del siglo XX rodeados por un hermoso jardín que se asoma a la Laguna Sur. La familia Heriot había donado la propiedad al Ayuntamiento en 1947 a condición de que se destinara a albergar una escuela. Efectivamente, ahí se instaló la escuela Carlo Goldoni; cuando ésta fue cerrada, pasaron a ocupar el primer edificio la Università Internazionale dell’Arte, donde se imparten cursos de restauración, y el segundo la Casa della Memoria del Novecento Veneziano, el Istituto Veneziano per la Storia della Resistenza e l’Età Contemporanea y una biblioteca. Parte del parque es usado como patio por los niños de la vecina guardería. De ahí las pancartas que algunos de ellos llevaban en la sala de juntas, ya que lo que se pone a la venta es el primer edificio y la parcela de jardín donde ellos juegan todos los días.

Tras haber escuchado pacientemente las intervenciones del público que invocaba la tutela del enésimo pedazo de patrimonio ciudadano destinado a convertirse en un hotel, el comisario extraordinario tomó la palabra. “Si yo pudiera, estaría ahí protestando con todos vosotros” empezó, “pero mi prioridad es que salgan las cuentas. El presupuesto es como una pistola apuntando a mi cabeza”. Tras tan elocuente imagen, añadió: “Además, ya hay compradores potenciales”. Nada que hacer, todos a casa. El Ejército de los Compradores Potenciales parece ganar siempre.

El Pastel.

El caso Villa Heriot, que está levantando ásperas polémicas tras la “traición” del comisario Zappalorto, es sólo la última de las muchas guindas que adornan el enorme y apetitoso pastel que es Venecia, donde la venta de bienes públicos a agentes privados se ha convertido en una práctica común. No se puede apreciar del todo el significado que reviste este caso si se desconoce la complejidad del contexto veneciano. Voy a intentar ahora esbozarlo en la manera más sintética de la que soy capaz.

Partamos de una simple, pero fundamental constatación: Venecia es la ciudad más turistificada del mundo. Al día de hoy, 20 millones de turistas la visitan cada año, aunque algunas estimaciones apuntan a que su número podría llegar incluso a los 30 millones si se lograra contabilizar la creciente tasa de excursionistas que no pernoctan en la ciudad[1]. El aumento exponencial de los tránsitos por tierra y mar de los últimos sesenta años (530%, multipicándose por tres en tan sólo una década) ha ido de la mano de una contracción drástica de la población residente, la cual se ha reducido en un 66%. El promedio diario actual es de (al menos) 55.000 visitantes, número que se duplica en fechas pico como el Carnaval, mientras que apenas quedan 58.000 habitantes en la ciudad.

Constatar que la ciudad se ha vuelto invivible a causa del impacto del turismo de masas sobre sus funciones urbanas, lo cual accelera la marcha de los venecianos hacia los barrios del extrarradio continental, es inevitable. Sin embargo, los datos demográficos muestran que el comienzo del éxodo es anterior al actual boom turístico. Venecia registró un pico de población en los años ’50 con 125.000 habitantes; a partir de ese momento conoció un rápido descenso, impulsado, por un lado, por eventos naturales adversos (como la inundación de 1966) y, por el otro, por la pérdida de funciones productivas del centro histórico insular. La sangría irrefrenable de habitantes (1.000 al año) trae aparejadas otras consecuencias directas: el envejecimiento de la población (un tercio de los venecianos tiene más de 65 años, contra un quinto en terraferma); el estado de extremo deterioro de las islas menores del archipiélago lagunar (dos tercios de las cuales están totalmente abandonadas); la escasez de servicios básicos (un ejemplo entre tantos, es el desmantelamiento del sistema sanitario veneciano en favor de nuevos centros en el extrarradio); las innumerables viviendas vacías, cuya abundancia, sin embargo, debido a las peculiaridades del mercado inmobiliario local (dominado por la demanda externa), no logra paliar la crónica emergencia habitacional.

El contexto que se acaba de esbozar ofrece unas condiciones inmejorables para la proliferación del monocultivo turístico, que da de comer, directa o indirectamente, a dos tercios de los habitantes de Venecia. Hoteles, restaurantes, bares, boutiques de lujo, tiendas de souvenirs y artesanía falsamente local, transportes de mercaderías, taxis, gondolas, fletes, empresas de limpieza, agencias de viajes con su plétora de guías, acompañantes, azafatas, “transferistas” y demás subcategorías; a lo que tenemos que agregar el circuito de los “grandes eventos”, públicos y privados, y las industrias culturales, sobredimensionadas en una ciudad tan pequeña pero con una oferta cultural de capital europea. Casi todo lo que mueve dinero en Venecia está abocado al consumidor temporal más que al residente, que en cambio ve los servicios básicos, incluidos los comercios de proximidad, reducidos a los mínimos términos. El volumen de entradas que genera el turismo es motivo de gran debate en la actualidad, ya que el aumento de los visitantes no está generando un paralelo aumento de su gasto, sino todo lo contrario: cada vez es un turismo más barato y que pasa menos tiempo en la ciudad. Tomando por buena la cifra oficial de 20 millones de presencias por año, sólo 8 pasan por lo menos una noche en la ciudad, los restantes 12 la visitan en un día[2].

Continuará…

[1]              Véase por ejemplo Lanapoppi, P. (2014), Caro turista, Venezia: Corte del Fontego, p. 12.

[2]              Información del servicio estadístico del Ayuntamiento de Venecia.

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