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Transformem Poblenou. Relato de una mañana lúdico-reivindicativa.

Fuente: Propia

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Por José Mansilla (OACU)

Serían poco más de las doce del mediodía cuando llegamos. Las actividades comenzaban teóricamente a las once, pero por diferentes motivos nos retrasamos más de una hora. Desde  Sant Joan de Malta, a unos 25 metros después de cruzar el futuro Eix Pere IV, se abre una explanada de unos 15 metros de ancho que tiene por fronteras inmediatas el muro protector del arcaico transformador y la fachada principal de la moderna Escola Sant Martí. Sin embargo, estos límites no son perfectos, pues al costado más cercano a la Rambla del Poblenou existen dos oberturas en forma de calles peatonales que desembocan en dicha arteria. La más próxima a Diagonal, el Passatge de Brurull, confluye, detrás del transformador, en la calle Castella, aunque antes de hacerlo contiene un pequeño parque -recién inaugurado con el nombre de Patufet- y dos bares-restaurantes con 10 mesas y 40 sillas uno, y 6 mesas y 24 sillas el otro, en sus respectivas terrazas.

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Justo en medio de la explanada se alzaba un improvisado escenario que, a nuestra llegada, acogía un pequeño concierto de música de cámara infantil y al que un grupo de escasamente 10 individuos -imagino que los padres y madres de los músicos- prestaba atención. El resto de la gente, unas 200 personas entre hombres, mujeres y niños, se arropaban del sol inclemente bajo la pequeña sombra proyectada por la Escola. Justo ahí mismo, dando lugar a una abigarrada mancha, se disponían unas cinco o seis paradetas de lo más dispares: juegos infantiles, ONGs (pude visualizar al Grup Herpetològic Termòfil de Catalunya -GHTC- y a la Protectora de Caballos ADE), junto a los servicios básicos del evento, esto es, la mesa de información y la que vendía los tíquets para las consumiciones. La sensación, sin embargo, era que la explanada estaba medio vacía, pues la zona al sol se encontraba poco frecuentada.

Justo a las 12.36 h.- acabó la música infantil y subieron al escenario tres personas. Dos hombres jóvenes, de entre 30 y 40 años, y un señor mayor, rondando los 70. Uno de los primeros cogió el micrófono y, previo agradecimiento a la concurrencia por su presencia, presentó al otro. Se trataba de Genis Boadella, Presidente de Convergència Democràtica de Catalunya (CDC) en el Distrito de Sant Martí y Portavoz de Convergència i Unió (CiU) en el Grupo municipal de Distrito. Un político, vaya. Con un tono distendido, nada formal, recordó el por qué de este #Picnicelèctric: la solicitud vecinal de traslado de un antiguo transformador de FECSA/ENDESA desde aquella ubicación. Supongo que, como estamos en periodo electoral, aprovechó que estaba allí y por eso se atrevió a decir que por fin se había conseguido, previa negociación con la empresa energética, la retirada del transformador -en funcionamiento desde 1964 y con servicio a 8600 viviendas- “al final del mandat”, y que este sería retirado en, como mucho, 24 meses. Envalentonado, continuó relatando los supuestos compromisos electorales que su partido había mantenido y efectuado, como el hecho de “cumplir amb la arribada de la Rambla del Poblenou fins al mar”. No obstante, se le olvidó citar que dichas obras en la Rambla fueron paralizadas por los vecinos justo hace ahora dos años, cuando éstos se enteraron de las características iniciales del proyecto de obra, el cual pretendía, entre otras cosas, dar más espacio a terrazas de bares y restaurantes y aplanar las rotondas, sin considerar prioritario su llegada al mar. Tampoco recordó que dicha paralización dio paso al proceso participativo Fem Rambla, el cual ha acabado por imponer su agenda y modelo de espacio urbano al Distrito, no sin reticencias por parte de este. En fin, un olvido lo tiene cualquiera. Al acabar su parlamento, el hombre que presentó al político convergente agradeció y repitió sus palabras y les impelió a bajar del escenario. El señor mayor no había abierto la boca.

Fuente: Propia

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El desmantelamiento del transformador es una vieja reivindicación vecinal. Puede que en un momento de la historia del barrio fuera necesario y su ubicación no llamara la atención, pero actualmente se encuentra frente a una escuela de primaria que acoge a centenares de niños y niñas en una zona en la que, además, no abundan las áreas de esparcimiento infantil. La Plataforma Transformen, formada entre otros por la AAVV del Poblenou, padres y madres de la Escola Sant Martí y un grupo de vecinos afectados, elaboró hace unas semanas un manifiesto donde reivindicaba, entre otras cuestiones, acabar con el emplazamiento actual del transformador, calificado como zona verde desde el año 1991, y garantizar, además, la seguridad de unas instalaciones que han quedado obsoletas. A finales de abril, el regidor del Distrito, junto a técnicos del Ayuntamiento y representantes del Partido Popular en el barrio (sic!), tras reunirse con miembros de dicha Plataforma, afirmaron que la cuestión estaba solventada. Se había firmado un protocolo con FECSA/ENDESA para eliminar el transformador. El protocolo recogía un presupuesto estimado de 2,6 millones de euros para las obras de infraestructura y otros 1,2 millones para la compra del solar. ¡Ah! Palabra mágica, solar. Según la Revista Poblenou (mayo/junio 2015) el acuerdo se firmaría en 15 días (la publicación online Poblenou.org, con fecha 8 de mayo, aporta una reciente nota de prensa elaborada por el Distrito donde se afirma que dicho derribo está finalmente concertado entre la empresa y el Ayuntamiento), cumpliendo una palabra dada a los vecinos por anteriores gobiernos municipales. La diferencia está, según la administración actual de CiU, en que en esta ocasión ha sido posible llevar a cabo la obra por contar las arcas municipales con dinero suficiente, proveniente éste de la privatización de la empresa municipal (SABA) que gestionaba los aparcamientos de la ciudad. FECSA/ENDESA se ha negado, desde un primer momento, a costear parte de las obras. Es curioso como una operación de acumulación por desposesión (Harvey, 2004), de privatización de una empresa pública altamente rentable, haya servido para financiar el traslado de un equipamiento obsoleto y contaminante que una gran empresa se negaba a sufragar. Se entiende que tendríamos que estar agradecidos tanto al gobierno convergente por su gestión, como a la empresa por su implicación.

Poco después, a las 12.49 h.-, sube al escenario el dueño de una conocida academia de baile del barrio. Invita a participar a todo el mundo en una coreografía que está a punto de comenzar. Sin embargo, su convocatoria tiene escaso resultado, el sol, cada vez más abrasador, incita a descansar a la sombra.

Justo en la pared del transformador a derrocar, un chico y una chica realizan un grafiti de dimensiones espectaculares. En realidad son tres dibujos distintos. Dos de carácter festivo y realizados con colores pastel, y uno central de un horripilante primate enseñando sus fauces. ¿Qué nos querrán decir? ¿Quizás que FECSA/ENDESA nos seguirá devorando desde otras ubicaciones? Desde luego, da que pensar.

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La sombra ha alcanzado ya casi la mitad de la explanada y la gente se sienta en un par de mesas de plástico, con unas 4-5 sillas, dispuestas irregularmente en medio de la misma. También hay unas hamacas playeras, signo inequívoco del desenfadado estilo de la convocatoria. Justo al lado de estas mesas y hamacas, en la esquina de una de las calles peatonales antes reseñadas, está un restaurante de comida internacional. Cuenta, en su terraza, con 32 sillas y 8 mesas cubiertas con manteles rojos y negros con grandes lunares blancos. En ellas, los clientes, entre atónitos e interesados, miran el discurrir de las actividades. La propietaria del restaurante, aprovechando la ocasión, dispone una nueva mesa con mantel de lunares y vende trozos de pizza a 1 y 1,5 euros. También bebidas a 1 euro, por cierto, más baratas y más frías que las que ofrece la propia organización del evento, como no tardaré en apreciar.

Si finalmente el transformador es derribado y, en su lugar, se dispone un amplio espacio verde, los principales beneficiarios serán, principalmente, las familias de los niños y niñas que estudian en la Escola, los cuales dispondrán de un magnífico lugar de esparcimiento. Sin embargo, no hay que olvidar tanto a las terrazas, que verán incrementado su número potencial de clientes, como a los propietarios de las viviendas cercanas que, al ver revalorizadas sus propiedades, se apropiarán de las plusvalías producidas por una obra pública financiada con presupuesto municipal.

Unos minutos después, unas chicas se atreven con el sol y salen a bailar. Voy a pedir una bebida, fiel a mi compromiso con la Plataforma, a la mesa que vende los tíquets. Veo un cartel que dice: “El diners de les consumicions serà destinat al pagament dels artistes”. En la cola, esperando, aprovecho para preguntar a qué artistas se refiere el cartel. Me indican que a los grafiteros que pintan espeluznantes monos gigantes.

Continúo con mis preguntas:

– “Y ¿qué es lo que quieren hacer aquí?” – me hago el ingenuo – “¿Una zona verde?”

– “Sí, pero ya lo han conseguido, ¿no?” – me responden.

Parece que las palabras del político convergente han calado entre los asistentes, al menos, los de la cola de las bebidas.

Son las 13.36 h.- y las mesas se van quedando vacías. El dueño de la academia de baile aprovecha para hacer algo de publicidad de su negocio antes de finalizar la actividad que ha estado dirigiendo.

El calor arrecia y la gente va abandonando el lugar. Donde antes estaban las paradetas de actividades infantiles, a la sombra, ahora hay motos aparcadas de los clientes de las terrazas. Han aparecido, además, un par de vendedores de pinturas y grabados.

Son las 14.06 h.- y abandono el lugar.

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El estilete de la cultura contra el Raval. De expiaciones y especulaciones

Por Miquel Fernández (OACU)

Las ciudades que aspiran a ser globales deben, ante todo, distinguirse. Para ello se ha recurrido canónicamente a la cultura. Entendida ésta no en el sentido antropológico, es decir, aquello que hace la gente corriente en un día cualquiera: cómo se organiza el abastecimiento, cómo se enfrenta la contingencia o a qué dioses adoran. La cultura pensada como elemento para la distinción sugiere una conceptualización antagónica: por un lado, cultura para la jerarquía, para la división, para la dominación y por el otro, cultura como expresión colectiva, como manifestación de una comunión, frecuentemente de resistencia frente a procesos de homogeneización y burocratización típicamente modernos. Esta otra dimensión de la cultura se ha manifestado de forma vehemente en el Raval. Aquí se encuentran unas formas propias, y en gran medida autónomas, de procurarse la subsistencia y el goce.

Esta cultura de la distinción sobre el Raval también ha sido ante todo un instrumento para la expiación del territorio y de sus pobladores. Un «barrio reincidente» – como lo llamó el politólogo Joan Subirats en su trabajo «Del Chino al Raval»– presupone que, desde su fundación, el antiguo Barrio Chino es un «nidero de inmoralidad». Descrito por los registradores de la propiedad, poco después de la invasión franquista, como «lugar donde la maldad y la porquería tenían su asiento y en el que la gente del hampa y del mal vivir tenían montado sus garitos, prostíbulos, tascas indecorosas, y en cuyo barrio también se confabulaban lo más pernicioso de la sociedad para arremeter contra el orden, la tranquilidad, la paz y el trabajo de Barcelona».

La historia redentora y especuladora al mismo tiempo comienza con el conocido programa del «Seminari al Liceu» propuesto por Lluís Clotet, Óscar Tusquets y Francesc Bassó, que se concretó en una remodelación del espacio público y rehabilitación de los edificios históricos en el Raval (Casa de la Misericordia, Casa de la Caridad y Convent dels Ángels). La idea de fondo, que llegó hasta nuestros días, era la de crear un «corredor cultural» entre el teatro de la Ópera del Liceu, situado en La Rambla esquina con Sant Pau hasta el Seminari, en la calle Diputació, entre Balmes y Aribau. Este corredor funcionaría prácticamente como «cordón sanitario». El pasillo recibiría una protección especial en todos los aspectos, se higienizaría y establecería como «lugar de excepción», impidiendo que lo que se manifestase a ambos lados del paseo – miseria, prostitución, vida a secas– desentonase y permitiendo así a sus visitantes, una agradable y enriquecedora «procesión cultural». Las intervenciones más recientes insistirán en este «pasillo cultural» y serán rematadas por las obras de remodelación del Museu Marítim que se convertirá en la «gran puerta cultural del Raval».

Pues bien, este «soportal cultural» está formado por los centros culturales: MACBA (Museu d’Art Contemporani de Barcelona), el FAD (Fomento de las Artes Decorativas, que cuenta también con un local en el sur del Raval) y el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), tanto como por las facultades de la Universidad de Barcelona, la Pompeu Fabra y la Ramon Llull, la librería La Central o el CIDOB (Centre d’Informació i Documentació Internacionals a Barcelona). En las calles centrales del Raval –Carme y Hospital– encontrábamos el Espai Mallorca y La Capella, espacio de exposiciones del ICUB (Institut de Cultura de Barcelona). En el sur, el Palau Güell de Gaudí y en la Rambla de Santa Mònica, el Centre d’Art Santa Mònica.

Da que pensar el hecho de que todos estos centros culturales acabaron ocupando exactamente los mismos lugares e incluso edificios que, desde al menos el siglo xvi, constituyeron la malla de centros religiosos, asistenciales, penitenciarios o de control de la pobreza y la marginación. Alguien se podrá preguntar hasta qué punto las funciones de control simbólico y cultural de la población urbana que, en su momento, tuvieron centros como la Casa de la Misericòrdia o la de Les Penedides, no cumplen hoy una función parecida: redimir el lugar, expulsar a los demonios, someter al mal. Dos años después de la inauguración de la nueva sede de la Filmoteca Nacional, se ha completado esta sustitución simbólica –pero efectiva– situando «la guinda del pastel» cultural de la remodelación urbanística del Raval erigiéndola donde se encarceló, torturó y mató a féminas poco o nada arrepentidas: la Casa Galera o antigua penitenciaría de mujeres.

Los «templos expiatorios» de la cultura nunca han sido pensados para uso de sus vecinos tradicionales; lo más, para su redención. Y los otros templos, los de la carne, también han servido a estos biempensantes visitantes del barrio. Lugar siempre al servicio de otros, siempre desatendido y siempre objeto de infinidad de intervenciones al servicio de la ciudad y contra la mayoría de sus pobladores. Ya lo dijeron dos ilustres vecinos del Raval –Vázquez Montalbán y Benet i Jornet–, que criticaron este menosprecio ingenuo cuando no ignorante. Arremeterán contra la expulsión de moradores y de sus prácticas culturales antagonistas a una impuesta Barcelona impostada, inmaculada y dispuesta a la explotación salvaje por parte detouroperators y grandes especuladores internacionales.

A principios de siglo xxi, el plan de control de la calle y la promoción del lugar para atraer a las llamadas clases creativas prosiguió con el manifiesto plan municipal, el Raval Cultural. Éste pretendía «proyectar una nueva mirada sobre el Raval» para «poner en valor las iniciativas que ha convertido el Raval en el barrio cultural por excelencia». Se olvidaba la preocupante afirmación del responsable de empresa mixta público privada que «remodeló» el Raval, Martí Abella. Poco antes de la demolición de la llamada Illa Sant Ramon, éste lamentó: «allí vivía mucha gente muy normal». Qué obvia y sencilla verdad se tuvo que aplastar para llevar a cabo tales expiaciones y especulaciones contra uno de los barrios más densos y vitales de Europa. Allí habrá siempre cultura. Una cultura entendida como celebración pero también como respuesta a todo tipo de maltratos y agravios, a la expulsión, encarcelamiento o persecución de sus gentes –como ocurre diariamente desde tiempos inmemoriales y hasta nuestros días, por ejemplo contra los llamados «inmigrantes irregulares» o las trabajadoras del sexo.

Pero la vida se escapa por todas partes en el ingobernable Raval. Las muestras de desacato se expresan por doquier denunciando el menosprecio y reclamando, a grito pelado, que allí la cultura de las gentes corrientes, de nosotras, de todos se expresa en el amor a la libertad, la solidaridad y la resistencia a cualquier tipo de autoridad inepta e indecente.

Publicado originalmente en masala.cat

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