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El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Fuente: Plataforma de Arquitectura

El pasado día 27 de febrero, el diario El País publicaba un artículo titulado Los mejores arquitectos eligen los mejores edificios del siglo XX. En el listado de obras referenciales aparecía el Cementerio de Igualada, de Enric Miralles, en el puesto 49º. El compañero del OACU Pedro Gabriel escribe unas reflexiones al respecto.

El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Parece que ahí el arquitecto se tragó su propio jarabe. Se ha quedado para siempre con su obra inmaculada solo para él. Dicen que es “el cante del cisne”, pero a mi parece más una especie de tragicomedia griega.

En Igualada Miralles dio bastante énfasis al momento de la ceremonia fúnebre, y se cargo lo demás. Un réquiem seria, con 3 tiempos, pero se ha quedado en las notas de introducción, algunas veces pérdidas y desconcertantes sin un fondo humano (una comunidad) de suporte – de la cual hace uso no más que de sus huesos, en medio de piedras, como material constructivo. Un réquiem tampoco se dirige a los muertos desconsiderando a los vivos, se dirige al doliente y se dedica a los muertos, en su homenaje y memoria. No hay memoria sin vida ni vida sin memoria.

Para las exequias fúnebres ahí celebradas, que jamás dejarán de ser rituales mismo para los más laicos, el arquitecto intentó enfatizar y sobredramatizar (sobre todo en el recorrido ceremonial entre la capilla funeraria y las tumbas) momentos que por sí solo ya son suficientemente dramáticos y casi insoportables, volviéndoselo todo aún más duro y difícil. Después, en los siguientes tiempos (el luto y la dolorosa mácula, y los recuerdos en la vida cotidiana), intentó hacer con que las memorias individuales se disipasen y se despersonalizasen para forzosamente convertírselas al olvido. Incluso a los nichos y a las tumbas las quería hacer anónimas, tal como nuestra querida Dolores tan bien explica en su tesis. En esa obra el arquitecto no tiene disculpas, por su indiferencia colmatada con “virtuosismo”, ya que el tema del ritual (funerário) ya fue suficientemente bien estudiado para que pudiera simplemente ser ignorado. Van Gennep, por ejemplo y para empezar, ya le daba algun material para construirse ahí algo más apropiado. El tema de la muerte no se puede solucionar simplemente en y con el funeral. En Igualada, después del ritual funerário de devolución del cuerpo a la Tierra (el momento fúnebre de separación del mundo de los vivos) y después del recorrido de regreso (también bastante dramatizado por el “embotellamiento” de los muros en el recorrido de regreso), todo queda en suspenso, indeterminadamente, como en un estadio liminal que él (Miralles) quería o suponía que fuera, así, eternamente poético, pero que algunas veces se convierte en una pesadilla.

Además de imposiciones formalistas y deterministas, que a partida inviabilizan posibilidades de modos de uso y de habitar, se deslinda también un intento de imposición de su visión personal sobre la muerte. Muchos arquitectos que se van ahí de visita dicen que son las personas las que no han logrado entender la obra, “de tan tontas o ignorantes”. Quizás fue el arquitecto que, al revés, se lió y no logró dar una respuesta suficientemente madura a un tema tan complejo. Es una obra que deliberadamente ha quedado “inconclusa” en algunos aspectos, formales-constructivos, pero que mismo así no ha dejado espacio (libertad) a la posibilidad de completarse y de irse concluyendo con la apropiación por el uso y con el tiempo. Tal como los vecinos de Igualada en viudedad (echados en un estadio de fragilidad emocional, y que se sienten mal reincorporados al cuotidiano y a la “normalidad” de la vida) también esa obra ha quedado “suspendida”, como si el proceso de construcción hubiera quedado en medio. Esa intención es visible en el modo como ha sido concebida y materializada la obra: con hierros desnudos y oxidados, descarnados, que normalmente son utilizados y ocultados por dentro de los encofrados; o el piso con un mortero simple, que después se suele recubrir con otro material, etc. Como si el ciclo vital de la obra – que ahí comenzó en el diseño-concepción y que inevitablemente, algún día, acabaría en ruina-diseño (ambos tendiendo a la bidimensionalidad) – jamás llegara efectivamente a la vida. Sale como un nado muerto, que es de lo más triste y conmovedor que puede ocurrir, o que nace pero que no se mantiene viva por sus medios. Quizás estaba ya precozmente condenada a la ruina, a ser arqueología (como la había pensado Miralles), pero se la mantienen en la incubadora del “patrimonio calificado” a cuestas considerables y quizás para siempre moribunda. El problema del “Ser para la muerte” se hace ahí muy presente, se manifiesta de un modo muy dramático, pero no sé si va como una contradicción o como una afirmación ontológica. De todo, lo que se hace más real es el fastidio. La obra va prontamente de un estado de diseño-concepción (proyecto) a otro de diseño-ruina (arqueología), pues la arquitectura se utiliza y se habita y para tal debe admitir que se ganen hábitos ya que eso es su principio generador.

Ahí está patente otra contradicción fundamental, recurrente en arquitectura, manifiesta en el conflicto entre las aspiraciones artísticas del arquitecto y los propósitos para la obra construida. El arte se contempla pero (por norma) no se utiliza. Su valor no se atribuye a su utilidad, o utilización cotidiana, va al revés. Por consiguiente en el arte “la forma [no] sigue una función” pero una “disfunción”. La (re)incorporación de alguna disfuncionalidad (como valor comun, excepcionalmente aceptado por la norma) es una de sus funciones. “La excepción confirma la regra”, se dice, tal como lo profano hace lo sagrado, y al revés. El arte es un “refugio” tal como lo sagrado, en sus diferentes manifestaciones, que ocasionalmente nos rescata de lo cotidiano. Tambien entre estos dos mundos hay umbrales y rituales. Por eso nos dice Bakhtin que “cuando uno está en el arte no está en la vida”.

Por su turno en arquitectura hay el postulado de que la obra tiene que ser habitada y utilizada, como sea – en acuerdo y/o en desacuerdo con determinadas normas; cotidianamente o excepcionalmente; respectandola o profanandola – pero tiene que ser habitada. Hay muchas discusiones sobre el tema, si “arquitectura es arte o no”. Creo que, por lo menos, no tiene eso como propósito – el de ser arte – pero sí el de ser vivida y habitada más que contemplada.

Es un tema complejo. Disculpen ir todo un poco desordenado.

 

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Campanya per a la recuperació de l’Ateneu Enciclopèdic Popular

PancartesAEP1

Des de l’OACU ens sumem a la Campanya “Cultura d’Elit vs. Cultura Popular” engegada per la gent de l’Ateneu Enciclopèdic Popular.

A continuació podeu veure la convocatòria plantejada per al proper dissabte 7 de febrer.

Companyes i companys,

El proper DISSABTE 7 DE FEBRER, us convidem a sumar-vos a la segona acció reivindicativa al carrer per a exigir un local digne al Raval 
per a l'Ateneu Enciclopèdic Popular. Anirem a visitar l'Alcalde i el Regidor de Cultura, que seràn presents a l'acte d'inauguració del 
Museu de les Cultures del Món amb la intenció de fer-los arribar un missatge molt senzill:

"CULTURA D'ELIT VS. CULTURA POPULAR"


Si ens voleu acompanyar, quedem (puntuals) el mateix DISSABTE 7 DE FEBRER A LES 12.30 h. AL FORAT DE LA VERGONYA.
Només cal portar un xiulet.

Us esperem.

Ben amicalment,

Ateneu Enciclòpedic Popular

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (y 2)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la segunda de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. Para ver la primera, pinchar aquí.

Estorbos.

El grado de desproporción entre residencia y tránsito que caracteriza la vida de este territorio se ha convertido en un desequilibrio estructural. Venecia ha perdido casi completamente su función urbana. Tanto es así que desde varios lugares se vaticina que, si las tendencias demográficas se mantienen (no se ven razones por las que deberían no hacerlo), en 2030 el proceso estará concluido y ya no quedarán habitantes. Venecia como ciudad habrá muerto oficialmente: quedará sólo su esqueleto decadente para exclusivo uso y deleite del visitante pasajero. Tal vez esta previsión sea exageradamente pesimista y, sin embargo, el riesgo no deja de ser real e inminente. Lo que llama la atención es que, entre la población local, la alarma se haya disparado sólo en tiempos muy recientes, cuando el profundo impacto de los flujos turísticos no controlados en un tejido urbano y social extremadamente frágil, así como su insostenibilidad, son tan evidentes que ya nadie puede negarlos. Si aquel conjunto de características que ofrece un lugar, y que se suele llamar “calidad de vida”, hace ya mucho tiempo que es percebido a la baja, hasta ahora nada había logrado aglutinar alrededor de una causa común una sociedad civil altamente fragmentada por intereses de categoría y diferencias de clase. El descontento popular ha ido aumentando en los años hasta llegar a la aparente paradoja de que los turistas siguen siendo necesarios pero ya no son bienvenidos; sin embargo, se ha tratado siempre más de una disconformidad latente que, en lugar de expresarse colectivamente de manera organizada, se solía reducir a pequeños actos cotidianos, difusos pero aislados, de descortesía e impaciencia hacia el turista.

Algo que nos sugiere que se ha alcanzando el punto de ruptura es que, por primera vez, asistimos a la aparición de una verdadera masa crítica, por muy exigua que sea en términos numéricos, que contesta el modelo económico vigente, la gestión negligente (o su falta absoluta) de los flujos y la poca clarividencia de una administración local que lo único que ha sabido hacer es vender la ciudad al mejor postor, reclamando la salvaguardia de un ecosistema urbano y natural y un estilo de vida únicos. El primer movimiento de protesta en quebrantar la lánguida pasividad de los venecianos, y en conseguir el apoyo de amplios sectores de la ciudadanía, es el que ha centrado su atención en el tránsito de los grandes cruceros en la laguna. El Comité No Grandes Naves – Laguna Bien Común (#NoGrandiNavi) ha promovido una serie de iniciativas y manifestaciones en los últimos dos años, que no sólo han recibido el apoyo y la implicación directa de capas de población mucho más amplias y más diversas en términos de extracción social y afiliación política, sino que además han logrado una resonancia en los medios, incluso internacionales, sin antecedentes en la ciudad. Se trata además de un movimiento en continua evolución, que crece y se ramifica a medida que se modifica el contexto en que su protesta se inscribe. Uno de sus logros ha sido abrir un debate político a nivel nacional acerca de la cuestión del impacto de las grandes naves sobre el ecosistema lagunar, empujado también por el revuelo causado por el naufragio del Costa Concordia delante de la isla del Giglio en 2013. De las diferentes alternativas propuestas, una en particular, la que ha avanzado la Autoridad Portuaria veneciana y que prevé la ampliación del Canal Contorta en la Laguna Sur para permitir la entrada de los cruceros en el puerto de Venecia, es la que está despertando las mayores polémicas, insuflando nuevo vigor a las protestas.

El movimiento en contra de los cruceros, primera respuesta radical a la insostenibilidad del actual modelo turístico, ha inaugurado una nueva temporada de participación crítica ciudadana. Desde entonces diferentes iniciativas populares han ido sacudiendo la amodorrada geografía lagunar. Grupos más o menos numerosos, y más o menos heterogéneos, de ciudadanos se han activado para contrarrestar el avance del monocultivo turístico.

Desde iniciativas de gestión cultural participativa y talleres de ciudadanía en espacios liberados (el renacido Laboratorio Occupato MorionSale Docks y sobre todo el Teatro Marinoni, un antiguo teatro dentro de un hospital en desuso, centro de una gran operación especulativa y sobre cuyos terrenos se prevé la construcción de un conjunto hotelero y una marina de lujo) hasta la tan sonada campaña de compra colectiva de la isla de Poveglia para evitar que una multinacional hotelera se apodere de este trozo de laguna sacado a subasta por el Estado italiano. Todos ellos, incluido obviamente el movimiento No Grandes Naves y ahora la movilización para salvar Villa Heriot, suponen acciones surgidas alrededor de espacios contestados, comparten una concepción de la ciudad como inseparable del frágil microcosmos lagunar que la contiene y la protege, apelan a la sostenibilidad ambiental contra la sobre-explotación del territorio, reivindican políticas basadas en la comunidad y ponen en el centro de sus discursos y reclamaciones el concepto de “bien común”.

A todo esto, ¿dónde están los antropólogos?

Lo que no se explica es que Venecia, que se presenta como el caso más potente de espacio urbano turistificado, haya recibido hasta ahora tan poca atención por parte de las ciencias sociales. Con la excepción de Venice, the tourist maze. A cultural critique of the world’s most touristed city  de R. C. Davis y G. R. Marvin, no encontramos bibliografía actual sobre la ciudad lagunar. Desde el mundo académico, la mirada que recibe es casi siempre histórica, mientras que su presente parece carecer de interés. Avanzo dos hipótesis al respecto: o las ciencias sociales la consideran implícitamente una civilización del pasado, material para la arqueología y la historiografía, o bien se les presenta como un escenario excesivamente complejo. En ambos casos el desafío es importante y urgente: demostrar, en primer lugar, que Venecia puede estar agonizando pero aún no está muerta y, en segundo lugar, penetrar su maraña y poner luz sobre los procesos sociales en curso, en este caso los referentes a la producción del espacio en el sentido lefebvriano del término. Porque incluso su forma exterior, su estructura física – a la que a menudo se considera como mera escenografía, entidad fija e inmutable si no fuera por la acción corrosiva del tiempo – sigue evolucionando. Por lo menos una línea de investigación se abre a una mirada antropológica que quiera dar cuenta de la perspectiva habitante: El análisis de los confictos urbanos en curso, que sin embargo no dejan de ser sólo una parte, la más evidente quizás, de un fenómeno mucho más articulado. Se hace necesario, por lo tanto, extender el análisis a muchas otras prácticas de resistencia que se despliegan a diario en la ciudad de Venecia, y que han recibido hasta la fecha poca o nula consideración debido a su escasa visibilidad. Por un lado, la búsqueda voluntaria de marginalidad espacial: las estrategias específicas de ubicación dentro del perímetro del centro histórico, puestas de manifiesto por los habitantes que, huyendo de las áreas centrales invadidas por los turistas y económicamente plasmadas por los valores de ese particular mercado, buscan refugio  en zonas más periféricas consideradas la “Venecia verdadera” donde practicar sus “rituales ocultos” (Boissevain, 2005) de sociabilidad. Por otro, el concepto mismo de residencia como acto de resistencia silenciosa: la elección consciente, y con frecuencia problemática, de enfrentarse a una serie de dificultades prácticas (logísticas, pero sobre todo económicas, empezando por la dramática cuestión de la vivienda), antes que mudarse a la parte continental, contribuyendo a engordar así las filas del éxodo.

La relevancia del caso veneciano como objeto de estudio para las ciencias sociales, en particular la antropología urbana, trasciende sus límites físicos y se abre naturalmente a la comparación con otras realidades altamente turistizadas, la primera de todas, Barcelona. Sobre las protestas contra el modelo turístico que tuvieron lugar este verano en el barrio de la Barceloneta, y el debate que les siguió, flotaba irremediablemente el espectro de Venecia; pero la Venecia invocada ya no era una ciudad, sino un paradigma, un memento mori. Venecia como síndrome, enfermedad terminal caracterizada por el colapso de la vida urbana. Venecia elevada a teorema que ya no necesita de demostración empírica para sustentarse[1]. Esta imagen de la ciudad muerta se nos antoja, no solamente igual de estéril que la postal romántica vendida por las agencias de viaje de todo el mundo, sino además peligrosa, ya que lleva, implícitamente, a pasar por alto, y por lo tanto a desactivar, las voces críticas, las reclamaciones ciudadanas. Los muertos no se quejan, no estorban; los vivos sí. “¡Malditos venecianos! ¿Cuándo se decidirán a marcharse todos, o a morirse ya de una vez, así dejan de romper las pelotas?”. Juro que escuché estas mismas palabras, un día por la calle. Me dejaron tan atónita que no pude reaccionar a tiempo. Pero más allá de la consternación, del momentáneo golpe emotivo, su dureza despiadada nos demuestra mejor que cualquier ensayo o panfleto la necesidad, la urgencia de mostrar Venecia como un espacio urbano contestado y, por lo tanto, vivo bajo la influencia de relaciones de poder asimétricas.

[1]              A finales de 2012 se presentó el documental que el periodista sudtirolés Andreas Pickler rodó en Venecia. Su título original es Das Venedig Prinzip, traducido al inglés como The Venice Syndrome y al italiano como Teorema Venezia.

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Violència urbanística, exclusió i desacataments. Reflexions des d’allò urbà

Per OACU

Del 7 al 10 de novembre de 2012, s’han celebrat a la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de Barcelona les 1es Jornades Internacionals d’Antropologia del Conflicte Urbà. Aquestes jornades, organitzades per l’Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), el Grup de Recerca sobre Exclusió i Control Social (GRECS) i el Grup de Treball Etnografia dels Espais Públics (GTEEP-ICA), van tenir un gran èxit gràcies a la col·laboració i el suport de l’Institut Català d’Antropologia (ICA), la Universitat de Barcelona (UB) i l’Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC). La gran varietat de punts de vista, debats i enfocaments analítics cap a l’estudi de la ciutat, han confluït en la presentació de més de 40 ponències amb un contingut molt rellevant. Entre elles, em decidit seleccionar les més representatives i unir-les en dos dossiers, el primer dels quals ha estat finalment publicat durant l’hivern passat al número 18(2) de Quaderns-e. En aquesta ocasió, volem presentar un segon dossier d’Antropologia del Conflicte Urbà dedicat a les “lluites per la ciutat”, on tornem a comparar, inventariar i analitzar, a través de diverses aproximacions metodològiques, aquells fenòmens que produeixen, alimenten i desemboquen en els més recents conflictes urbans a la ciutat contemporània.

Can Vies a Sants, Fabra i Coats a Sant Andreu o la Flor de Maig al Poblenou són només alguns exemples recents, tots ells a Barcelona, que evidencien l’existència inapel·lable del conflicte com a element constitutiu d’allò urbà. No obstant això, no es tracta únicament d’una qüestió catalana, ni exclusiva de l’Estat espanyol. Tenim aquí els exemples de diverses ciutats de Brasil, en el marc de la celebració del Mundial de Futbol de 2014 i les Olimpíades de Rio de Janeiro en 2016, o, una mica més a prop, els fets esdevinguts al Parc TaksimGezi a Istanbul, Turquia, el juny de 2013. El carrer es presenta així com un gran teatre on es manifesten, s’escenifiquen, les friccions existents entre les diferents concepcions de la societat que contemplen les classes socials. D’altra banda, no deixa de ser curiós com, des de l’acadèmia, però també des d’altres esferes, com la política o l’economia (potser no són la mateixa cosa?), el concepte de classe social ha tornat a gaudir d’un relatiu protagonisme en els últims anys. Sembla com si, després d’un llarg somni, ens haguéssim despertat i, com deia el conte de Monterroso, el dinosaure hagués seguit estant aquí. No obstant això, les classes socials no han reaparegut, sinó que mai han marxat. Es trobaven ocultes després de l’opacitat de la societat de consum on ens havia conduït el neoliberalisme.

Autors com David Harvey ja feia anys que assenyalaven que la pèrdua de poder adquisitiu que havien sofert les classes populars amb les transformacions sofertes amb el sistema capitalista mundial a mitjans dels anys 70, és a dir, amb el pas d’una economia fordista i keynesiana a una altra postfordista i neoliberal, era compensada per un major accés al crèdit i al consum. Aquesta millor qualitat de vida, després de la qual no s’amagava més que una major capacitat de compra, no es devia, com durant els 30 famosos Golden Years del capitalisme keynesià, a un pacte entre el capital i el treball, sinó, més aviat, a la victòria clara i indiscutible del primer sobre el segon. És just en aquest moment que el carrer, i les classes socials, tornen a aparèixer com a protagonistes d’aquesta història, doncs en ella es reflecteixen, millor que en cap lloc, les contradiccions de classe i la lluita entre les mateixes. Seguint aquestes premisses, Marc Dalmau obre aquest segon dossier interrogant-se sobre les conseqüències del desenvolupament urbanístic d’una zona perifèrica del sud de la ciutat de Barcelona centrant el seu estudi de cas en Can Batlló, un antic polígon industrial en reconversió. L’arribada de la “crisi econòmica” va postergar eternament l’aplicació del pla urbanístic previst per a la zona, amenaçant amb l’abandonament del recinte i la degradació de l’entorn circumdant. El 2011, amb la intervenció crucial del teixit social del barri i la seva entrada al polígon, es va aconseguir subvertir els efectes de la degradació planificada, desenvolupant noves formes de producció de l’espai públic i la generació d’un nou tipus d’equipament públic i comunitari.

Seguidament, Tiphaine Duriez analitza l’impacte dels processos de desplaçament forçat en els Alts de Cazucá, en Soacha (Colòmbia). Sense perdre de vista la complexitat del tema tractat, l’autora considera el conflicte armat a Colòmbia com una lluita multiforme, que produeix conseqüències considerables sobre diferents aspectes de la vida social. L’article es centra, en particular, en les manifestacions urbanes que els desplaçaments forçats interns tendeixen a assumir a les metròpolis colombianes. Els dispositius de repressió i les lògiques de control que (re)produeixen aquest fenomen al context urbà, revelen que el desplaçament forçat és el resultat d’una mena de “violència urbana” que marca la inscripció del conflicte armat intern a les ciutats. En la mateixa línia relacionada amb la temàtica de la violència, Luís Fernandes proposa un exercici conceptual entorn d’allò que designem en terminis d’ “exclusió social”. A partir de la noció de “violència estructural” i “violència quotidiana”, l’autor explora diferents modalitats urbanes de producció de l’acció política i dels dispositius de control social analitzant les accions policials desplegades en “zones problemàtiques”, així com les operacions de demolició dels anomenats “barris de les drogues”. Aquests dos nivells d’expressió de la violència es relacionen mitjançant el concepte d’exclusió social, evidenciant la victimització col·lectiva i el sofriment social com a dimensions de l’estatut d’exclòs.

Des d’una perspectiva molt semblant, Cecilia Vergnano analitza un episodi d’agressió violenta contra un grup de famílies rom procedents de Romania i informalment assentades en una zona en desús d’un barri perifèric de Torí, a Itàlia. L’article s’emmarca en una recerca etnogràfica sobre la construcció de discursos i pràctiques racialitzadores a través del camp mediàtic, polític i institucional. A partir de les dades empíriques obtingudes, l’autora analitza les estratègies de legitimació de tals pràctiques intentant cercar una resposta a una pregunta fonamental: què passa quan la lluita per la ciutat es transforma en el fenomen banalment conegut com a “guerra entre pobres”? Completa aquest dossier l’article de Christina Grammatikopoulou, que explora el paper d’Internet en el desenvolupament dels moviments de protesta i la idea de la pirateria com una pràctica subversiva ideològica i cultural. Partint de les protestes globals que s’han apropiat de l’espai públic des de 2011, l’autora estudia com aquestes es relacionen entre si i com s’emmarquen dins de la cultura i la política de l’era de la informació. L’article es centra, en particular, en les pràctiques de l’hacking com a acte polític i cultural, i analitza com els moviments de protesta analitzats s’expressen en obres d’art participatives (hacktivisme) que fomenten encara més l’esperit revolucionari.

Un especial agraïment va dirigit a Cecilia Vergnano, José Mansilla, Marc Morell, Ivan Murray, Óscar Salguero, Marta Venceslao, Isaac Marrero, Marco Aparicio, Dani Malet, Miquel Fernández, Marco Luca Stanchieri, Giuseppe Aricó i tots els companys i companyes de l’Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), que amb el seu suport han fet possible la publicació d’aquest dossier. Com és habitual, tanquem aquest editorial agraint sincerament la col·laboració de totes i tots els que amb el vostre suport, els vostres articles, les vostres avaluacions, els vostres suggeriments i la vostra lectura, feu possible l’existència de la revista i us continuem animant a participar en aquest espai obert de debat de l’Antropologia a Catalunya.

 

Editorial del Dossier “Antropologia del Conflicte Urbà, Vol. II”

OBSERVATORI D’ANTROPOLOGIA DEL CONFLICTE URBÀ, (2014), “Violència urbanística, exclusió i desacataments. Reflexions des d’allò urbà”, Quaderns-e de l’Institut Català d’Antropologia, 19 (1), Barcelona: ICA, pp. 140-142. [ISSN 169-8298].

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