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El dualismo de las Smart Cities: entre la acumulación y el recurso simbólico

Por: José Mansilla (OACU)

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© Hugh Han

Justo acaba de finalizar, entre Barcelona y L’Hospitalet, la enésima edición de la Smart City Expo World Congress, la mayor feria mundial dedicada a las smart cities. Este año se ha contado con la participación de más de un centenar de ciudades, representantes políticos, ponentes y, sobre todo, empresas. Es bien sabido que Barcelona, bajo el mandato del Alcalde Trias (2011-2015), intentó subirse al carro de este tipo de prácticas urbanas. Parecía una solución factible para un Gobierno business friendly que había llegado tarde al poder desde el punto de vista urbanístico: la saturada trama urbana de Barcelona no permitía grandes alegrías -y plusvalías-, aunque es imposible negar que intentara conseguir su parte del pastel en el entorno del Morrot, la cara sur de Montjuïc, con el proyecto Blau@Ictinea. Sin embargo, ni una cosa ni otra, resultaron empresas exitosas.

El nivel de aplicación de la receta neoliberal está directamente relacionado con la capacidad de aceptación de la misma por la población afectada, algo que, a su vez, se encuentra determinado por la intensidad que adquiere el discurso oficial en la búsqueda del dominio hegemónico. Esto toma plena vigencia con las Smart Cities, epítome neoliberal y ejemplo fundamental de la colaboración público-privada, haciendo necesario presentar ésta como una alternativa no solo deseable, sino necesaria. Un inmenso despliegue de recursos simbólicos – ¿quién no quiere vivir en una ciudad inteligente?-, e ideología que se presenta como la necesaria guarnición a la hora de llevar a cabo tales políticas.

Ahora bien, ¿qué son las Smart Cities? Creo que no erraríamos si afirmásemos que, antes que otra cosa, se trata de una estrategia de marketing urbano, es decir, un relato construido y diseñado para vender la ciudad, algo que es práctica habitual en Barcelona desde hace años. Así, entre los elementos que acompañan la retórica de la Barcelona Smart City sería posible encontrar conceptos tan ambiguos y genéricos como innovación, autosuficiencia, desarrollo, eficiencia, etc., elementos que recuerdan a aquello que Lévi-Strauss –de nuevo lo simbólico-, recogiendo las aportaciones de la lingüística estructural, definiera bajo el concepto de significante flotante, es decir, aquel capaz de asumir múltiples encarnaciones. De este modo, como ciudad neoliberal inmersa en la competencia global por la atracción de capitales, en Barcelona estas nociones adquirirían una significación neoliberal con el objetivo de continuar el proceso de acumulación del capital: capitalismo y simbolismo se dan la mano.

Sin embargo, este discurso en torno a la Barcelona Smart City lleva, además, un añadido funcionalista, esto es, la idea de que a través de la aplicación de las nuevas tecnologías a la gestión de la ciudad se pueden solucionar la mayoría de los grandes problemas que la acechan. Ahora bien, tras esto no se oculta más que la enésima etiqueta tras la que esconder la búsqueda –de nuevo- incesante por la atracción de capitales. La diferencia con casos anteriores es que aquí ya no intervienen grandes empresas relacionadas con el urbanismo o el desarrollo inmobiliario, sino aquellas vinculadas a las nuevas tecnologías como CISCO, Facebook, Amazon o Google, o incluso las amigas del capitalismo de plataforma, Airbnb, Uber o Glovo. El hecho de que el Smart City Expo World Congress se celebre, desde hace años, en la capital de Catalunya supone un evidente ejemplo de la tradicional apuesta municipal – por otro lado, nunca conseguida- por la atracción de capital tecnológico y como ciudad de ferias y congresos, aunque, ahora sí, con un toque en comú.

De esta forma es posible parafrasear aquí la máxima lefebvriana de que, bajo una apariencia tecnológica, positiva y humanista, lo que realmente oculta, en este caso el discurso y la práctica de las Smart Cities, es el control del espacio por parte del Capital, un capital que se va infiltrando de forma sutil en los servicios y equipamientos que ofrece la ciudad de forma desconflictivizada, gracias, precisamente, a un discurso despolitizado aunque pleno de símbolos.

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Repensar Bonpastor. ‘Museo de la vivienda’: monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos…

Uno de los aspectos más cínicos e inquietantes del llamado “Modelo Barcelona” ha sido su capacidad de convertir constantemente en celebración, en triunfo, hasta los aspectos más dolorosos e injustos de la experiencia urbana. Lo dijimos hace años, cuando veíamos barrios enteros arrasados, habitantes y centros sociales desalojados, grandes corporaciones apropiándose de la ciudad, mientras las administraciones celebraban la diversidad cultural, la paz y la sostenibilidad en el Fórum de las Culturas. Volvemos a decirlo ahora, cuando las nuevas administraciones anuncian su intención de celebrar la destrucción del barrio de Bon Pastor y el empobrecimiento de su población, a través de un “museo participativo de la vivienda” en el barrio.

Los museos son los instrumentos con qué los vencedores escriben su versión de la historia de los vencidos. Hay museos de los indios, nunca museos de los cow-boys. Museos de los oficios campesinos, nunca museos de la violencia capitalista. Se estetiza y se encierra lo que se quiere borrar, convirtiéndolo en memoria, en “patrimonio”. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy un museo de la vivienda? ¿Acaso haya algo a celebrar? Sobre todo, ¿por qué en el Bon Pastor? Para las y los miembros del ex colectivo Repensar Bonpastor, que por casi una década hemos sido testigos y hemos hecho registros del conflicto generado por la demolición de las casas baratas, nos parece claro que esta iniciativa pretende remodelar la historia del barrio, después de haber remodelado el barrio y las vidas de su gente.

Se propone un museo “vivo” y “participativo”. Otra vez esta palabra, la misma que legitimó la demolición del barrio y la venta de sus habitantes a los grandes bancos a través de la promoción de hipotecas. Participación sí que hubo: de un minúsculo grupo de vecinos y vecinas privilegiadas que se hicieron portavoz de decisiones ya tomadas por el Ayuntamiento, a costa de aterrorizar y amenazar a quienes no estaban de acuerdo, o chantajearlas para que aceptaran cualquier cosa que se les ofreciera para no quedarse en la calle. Las casas baratas de Bon Pastor no era un lugar de “participación”, sino de resistencia política y contrapoder popular: el primer grupo de vivienda obrera de Barcelona, que fue planificado inicialmente como un campo de concentración para trabajadores migrantes, pero que con el tiempo (y una revolución) miles de habitantes consiguieron convertir en un pequeño pueblo, en una gran familia. Los lazos de ayuda mutua y solidaridad, de empoderamiento social e integración de las diversidades, construidos en ocho décadas de trabajo colectivo, fueron despedazados por el “proceso participativo”, que pedía que todas dijeran “sí” a una demolición ya decidida.

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En el nuevo museo, estamos seguras, no habrá los cientos de entrevistas que grabamos desde 2004, que demuestran que una gran parte de los habitantes de Bon Pastor no querían que se tiraran las casas baratas. No habrá ningún documento que atestigüe la larga lucha de un grupo de habitantes que dejaron la AVV en 2003, por que no estaban de acuerdo con el proyecto de demolición, y que con el tiempo obtuvieron el apoyo de casi la mitad de núcleos familiares de las casas baratas. No habrá las imágenes y vídeos del violento desalojo del 19 de octubre de 2007, cuando la Guardia Urbana cargó contra un centenar de habitantes y solidarias que defendían las primeras casas desalojadas en las calles Mollerussa, Granadella y Albí. Ni las imágenes de la ocupación masiva de junio de 2010, que por una tarde hizo que un centenar de habitantes se sintieran finalmente dueñas de su espacio vital. Tampoco habrá las decenas de proyectos alternativos a la demolición que recogimos a través de un concurso internacional de ideas, que demostraban que se podía imaginar una solución sostenible y no especulativa para esa parte de Barcelona, sin necesidad ni de desalojos forzosos, ni del conflicto que partió el barrio en dos.

Lo único que habrá en ese museo será el simulacro. El simulacro que cultivaron las administraciones en este barrio por lo menos desde qué empezamos a interesarnos por la violencia institucional desplegada contra sus habitantes. El simulacro de la participación, el simulacro del consenso, el simulacro de la mejora. Un simulacro que esconde el gran desprecio institucional que las administraciones han mantenido siempre hacia quién habita esta parte de la ciudad. Este mismo desprecio, este “nosotros sabemos lo que os conviene” y “aún nos tenéis que dar las gracias”, empujó las pasadas administraciones a vender al barrio entero a los grandes bancos responsables de la crisis financiera global, promoviendo hipotecas para gente que no podía pagarlas, empujada así hacia el endeudamiento y la miseria – a la vez negando indemnizaciones legales a las que no querían, y amenazando de expulsión a quiénes se atrevían a creer tener derechos.

Todas aquellas que, dentro o fuera del barrio, reivindicaban la existencia de un patrimonio histórico popular, de valores vernaculares vinculados al espacio, de una microsociedad que funcionaba y que había que proteger, eran sistemáticamente ridiculizados y silenciados. Diez años más tarde llega el reconocimiento de la existencia de un patrimonio histórico; pero no en la forma de disculpas públicas, de un “repensar” las políticas destructivas que llevaron a la muerte del barrio – sino de un monumento. Un monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos: un “museo de la vivienda”. Hasta durante las grandes demoliciones ordenadas por Mussolini se recogieron fotos y mapas de las casas demolidas, para los curiosos y estudiosos del futuro.

La historia viva del barrio, para quiénes tengan paciencia de buscarla, seguirá al alcance en nuestros libros autoproducidos y páginas web autogestionadas, elaboradas con mucha paciencia desde el interior de Bon Pastor, con las voces y el trabajo de afectados y afectadas por las demoliciones y las expulsiones. Para quiénes, en cambio, quieran ver el simulacro, habrá el nuevo museo. Esperemos que por lo menos expongan un vecino momificado, a lo mejor sentado en la puerta tomando la fresca. Así alguien recordará, al visitarlo, que lo que había que preservar, antes que cuatro paredes y ocho casas, era un barrio entero, su gente, su socialidad, su vida a pie de calle – y por supuesto, su lucha.

Col·lectiu Repensar Bonpastor
Novembre 2018

 

 

 

 

 

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HUELE A CAPITALISMO

Pareciera que los habitantes de las ciudades actuales vivimos en paisajes sensoriales insulsos donde el olfato parece haberse convertido en un sentido casi inútil. Desde finales del siglo XVIII las ciudades europeas han sufrido procesos de higienización que incluían la eliminación de las fuentes físicas y humanas de olor. Hemos llegado a tal nivel que decir que una cosa huele implica metonímicamente decir que huele mal.

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Barcelona, como todas las ciudades globales, es una ciudad que se presenta como desodorizada. Mírame pero no me huelas. Para comprobar si efectivamente las ciudades se han convertido en espacios desodorizados, os invito a dar un paseo atento por cualquier parte de Barcelona. Si cerráis los ojos, seguramente os daréis cuenta de los rastros olorosos que van dejando a su paso muchos peatones. Perfumes, cremas, after shaves, desodorantes y otros potingues corporales directamente aplicados sobre el cuerpo se unen a las fragancias con “olor a limpio” u “olor a fresco” de los jabones y suavizantes utilizados para limpiar y perfumar la ropa. ¿Os habíais parado a pensar como de extraño es eso del olor a limpio? ¿A que huele, por ejemplo, la “frescura azul”? ¿Y la “floral”? Da vértigo comprobar el grado de mercantilización y regulación de los olores corporales a que hemos llegado nuestra sociedad. Por supuesto, los olores de las mujeres están más sujetos a control y regulación que los de los hombres. Sólo hace falta ver los anuncios de desodorantes y perfumes vaginales. Curiosamente, los penes parecen no oler. Calificar ciertos cuerpos como malolientes es un mecanismo muy conocido de disciplinamiento corporal al servicio de procesos de clasificación social. De hecho, no evitamos aquellos cuerpos que huelen mal, sino que utilizamos su supuesto mal olor para justificar procesos de evitación social.

Los humos de tubos de escape de los coches, la contaminación, las flores, la suciedad de la calle… todo forma una nube indefinida de olores que nos rodea constantemente en las ciudades. De hecho, en las grandes metrópolis estamos constantemente rodeados de ruidos, olores y otros estímulos sensoriales, que solo se convierten en perceptibles cuando hay cambios en su composición o intensidad. Para hacer frente a esta sobrecarga de los sentidos, el sujeto urbano necesita desarrollar procesos de habituación sensorial. Por este motivo gran parte de los paisajes olfativos urbanos acaban convirtiéndose en imperceptibles para sus habitantes.

Cada vez hay también más aromas intencionalmente vertidos al espacio público para estimular el consumo a través de la generación de apetencias de manera inconsciente. A los olores de pan recién hecho que salen de los hornos se han unido en la actualidad un montón de otros olores-mercancía, como son las fragancias que expulsan a la calle las tiendas de moda de ciertas cadenas, las perfumerías o los aromas que se escapan a veces de los halls de hoteles de lujo que han incorporado ciertos olores de diseño como parte de su branding. Todos estos olores pueden llegar a ser realmente intensos, pero en general no parecen despertar mayores problemas ni ser objeto de queja. El marketing olfativo que asigna olores a espacios, productos y experiencias es vital en el proceso de conversión del olor en una mercancía más.

El branding olfativo también ha llegado a la “marca Barcelona”. A pesar de que la visualidad es central para los actuales procesos de iconización y marketing de las ciudades, Barcelona fue pionera en tratar de incorporar a su marca también una parte olfativa. El mejor ejemplo es el regalo navideño que el exalcalde Jordi Hereu hizo el 2001 a algunas personalidades de la ciudad: Barcelona Olores, una caja con un libro y ocho pequeños tarros con las esencias supuestamente más representativas de Barcelona, entre las cuales se encontraban el olor de seis espacios emblemáticos de la ciudad (el mercado de la Boqueria, Montjuic, las Ramblas, la Barceloneta, la basílica de Santa María del Mar y la Casa Batlló), así como de dos productos gastronómicos (cava y pan con tomate). Tanto los lugares escogidos como las fragancias supuestamente representativas de la ciudad refuerzan la imagen proyectada y profundamente sesgada de una ciudad mercancía para el mercado financiero y turístico global. Los olores de los espacios donde se desarrolla la cotidianidad de la mayor parte de quienes habitamos Barcelona se mantienen convenientemente fuera de la marca Barcelona, como si los olores del barrio, de la vida de calle, de las escaleras de vecinos y patios interiores, de las plazas abarrotadas en los barrios populares, afearan la marca Barcelona y disminuyeran por tanto el potencial de venta de la ciudad.

En Barcelona, como otras muchas ciudades que aspiran a continuar siendo globales, nos encontramos con procesos de expulsión del entorno urbano de aquellos aromas menos manipulados (sudores y otros olores del cuerpo humano, de frutas y comidas, etc.) que buscan ser sustituidas por olores fuertemente dirigidos y mercantilizados. El neuromarketing hace tiempo que salió a las calles y ahora mismo el olor es también un instrumento para la conquista sensorial del espacio público urbano. En Barcelona huele a capitalismo. Sigue leyendo

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Viatge al barri d’Icària. El patrimoni viscut d’un passat industrial arxivat

El barri d’Icària és el nom adjudicat al sector industrial que fou enderrocat als anys vuitanta per concretar part de la reforma urbanística de Barcelona com a seu de les olimpíades del 1992. Les edificacions van ser inventariades per arxivar una mostra del patrimoni arquitectònic industrial. Aquesta buidatge del territori per la construcció de la Vila Olímpica va significar la desarticulació de les formes de sociabilitat d’un barri, les quals han estat reconstruïdes a través de la memòria que els seus habitants conserven com a patrimoni personal.

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El 2 de junio o “las mujeres alegres en la casa del señor”

Artículo publicado originalmente en La Directa.

Livia Motterle (OACU)

El 2 de junio de 1975, más de cien trabajadoras sexuales ocuparon la iglesia Saint-Nizier en la localidad francesa de Lyon frente a la vergonzosa negativa del gobierno a entablar diálogo con ellas. El objetivo de la ocupación era llamar la atención sobre su situación de vulnerabilidad debida a los abusos continuos por parte de la policía, por ejemplo, multas y encarcelamientos. Chicas alegres en la casa del señor era el título del texto enviado a la prensa donde explicaban su acción, una ocupación pacífica que se propagó, inesperadamente, a otras ciudades francesas. El Colectivo de Prostitutas que se gestó en la iglesia Saint-Nizier ha sido un referente histórico para todas las organizaciones de trabajadoras sexuales posteriores. Como decía Ulla, una de las líderes: “esperamos la nuestra libertad en tanto que mujeres tal y como somos, y no tal y como queréis que seamos para tranquilizar vuestra conciencia (…). No tengáis miedo: esta liberación no supondrá automáticamente una proliferación de las prostitutas. A no ser que nosotras, las mujeres, seamos las únicas reprimidas por el miedo a la policía”. Desde entonces, el 2 de junio se ha convertido en el día internacional de las trabajadoras sexuales. Manifestaciones, charlas, performances y cualquier tipo de acciones reivindicativas visten de lucha muchas ciudades del mundo con el objetivo de reivindicar los derechos de un colectivo de personas que, a pesar del profundo estigma que la hipocresía del patriarcado y la misericordia de tantas instituciones imprimen en sus cuerpos, sigue luchando con orgullo y alegría.

Contrariamente a lo que sigue siendo una creencia colectiva, el enemigo más peligroso de las trabajadoras del sexo no son sus clientes (tanto hombres como mujeres), sino ciertas instituciones (públicas o privadas) encargadas de evidenciar y perpetuar una estructura dicotómica que genera estigmas y que sitúa en el altar a la mujer “buena” y en el infierno la mujer “mala”. “Las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos”, afirma Foucault en Microfisica del poder. Este mecanismo de vigilancia, control y normativización se muestra más cruel con los cuerpos que escapan de los códigos heteronormativos, productivos y reproductivos. La sexualidad, entendida como creación que se manifiesta desde y gracias a los cuerpos, se convierte en marcadora de normalidad y canalizadora de castigo. La Iglesia y la Medicina, desde el momento en que se constituyeron como instituciones, han sido las que más han participado, junto con los poderes judiciales y administrativos del Estado, en la construcción de las dicotomías (bueno/malo; normal/anormal, sano/patológico; inocente/culpable) y en la fabricación de reglas sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El objetivo de ordenanzas, multas y sanciones – sobre todo a las trabajadoras sexuales de la calle – es justamente el control y el castigo de los cuerpos que manifiestan prácticas sexuales anormales en el espacio público. Las trabajadoras sexuales del Raval, esto, lo saben muy bien. La modificación de los artículos relativos al trabajo sexual de la Ordenanza de mesures per fomentar i Garantir la Convivencia en el espacio público de Barcelona del año 2006 – que ya prohibía la oferta, la demanda y la negociación de los servicios sexuales retribuidos en la calle (además de la suya realización) – se reforzó en abril del 2012. Los dos grandes cambios fueron, por un lado, la supresión de la obligación, por parte de la Guardia Urbana, de avisar previamente a los clientes y las trabajadoras y, por otro lado,  la “posibilidad” para las prostitutas de conmutar la multa participando en cursos de re-inserción laboral. La modificación de la Ordenanza multiplicó en el 2012 el número de multas impuestas agravando, así, las condiciones de trabajo de las prostitutas, aumentando su estrés y llevándolas a situaciones insostenibles.

Según un estudio cualitativo encargado por el Ayuntamiento, a pesar de que el número de multas haya ido disminuyendo en los dos último años (2015 y 2016), el número de las trabajadoras sexuales ha seguido siendo el mismo. ¿Por qué no aumenta entonces? Esto habría que preguntárselo a ellas. “Nos tratan como basura que hay que sacar del barrio y reciclar. Nos quieren redimir obligándonos a hacer cursos de re-inserción laboral. Pero nosotras ya tenemos nuestro trabajo y no queremos ir a limpiar el culo a nadie” -dice una mujer. El estigma, aunque hoy no está impreso con nitrato de plata como en la época del Higienismo, está fabricado por la misma hipocresía que requiere una Barcelona atractiva y seductora, capaz de satisfacer los gustos del mercado turístico. Escort sí entonces. Pero puta, jamás.

Frente a esta situación de vulneración, las trabajadoras sexuales se rebelan. Bajo el nombre de Prostitutas Indignadas antes y Putas Feministas después, se organizan, se manifiestan, luchan sin miedo y apoyan a vecinos y vecinas víctimas de una violencia ocultada que afecta a todo el Raval.  Presentes en todos los actos que pedían justicia para Juan Andrés Benitez, vecino del Raval que el 5 de octubre murió a golpes de porra delante la puerta de su casa; presentes en las movilizaciones organizadas para parar las infinitas ordenes de desahucio emitidas para sanear, limpiar o rehabilitar el barrio y que en realidad dejan en la calle enteras familias; presentes en las manifestaciones del 8 de marzo bajo el lema: “Sin putas no hay feminismo”, las trabajadoras sexuales de Barcelona no se cansan de luchar.

Simone De Beauvoir afirmaba, en 1972, que se hizo feminista cuando reconoció su solidaridad con las otras mujeres en vez de su separación de ellas. Es cierto que la trata de mujeres representa una realidad muy compleja y que es tarea del feminismo luchar para que se acabe. Es cierto que en el trabajo sexual hay prácticas que reproducen el sistema capitalista. Pero su reproducción no habita en el trabajo sexual en sí, si no en el mecanismo de explotación en que está incardinado. Romper los mecanismos de control y vigilancia hacia las profesionales del sexo es un objetivo que concierne a todas porqué todas estamos explotadas por el sistema. Reconocer el trabajo de las trabajadoras sexuales es el primer paso para la cancelación del estigma impreso en sus cuerpos y sobre todo para no volver a imprimirlo. El primer viernes de cada mes, en la calle d’En Robador, las vecinas y trabajadoras sexuales del Raval (y de otros barrios) organizan un “puti vermut”: una buena ocasión para hablar con ellas en lugar que, una vez más, hablar sobre de ellas sin conocerlas. Otra posibilidad más para construir juntas nuevas estrategias de lucha y resistencia. Porque cada día es 2 de junio.

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Objetivo, la Via Laietana

Fuente: Francesc_2000

Fuente: Francesc_2000

Artículo publicado originalmente en la Revista Marea Urbana.

José Mansilla, Giuseppe Aricó y Marco Luca Stanchieri (OACU)

El próximo septiembre se cumplirán 156 años desde que la Reina Isabel II colocara la primera piedra de unas obras que estaban llamadas a cambiar el presente y el futuro de Barcelona: El Plan Cerdà. Aunque el planeamiento original del ingeniero catalán contemplara, además del famoso Eixample, la apertura de tres vías que atravesaran el centro histórico (sendas prolongaciones de las calles Muntaner y Pau Clarís hasta el puerto y otra avenida, perpendicular a éstas, que pasaría por delante de la Catedral), no fue hasta que el arquitecto y urbanista Àngel Baixeras retomara el proyecto a finales del siglo XIX, que se diseñó y ejecutó al menos una de ellas: la Via Laietana. La apertura de esta avenida no comenzó hasta 1908, ya muerto Baixeras, dándose por acabada pasado, exactamente, medio siglo.

 

Su concepción original se encontraba en la línea de lo que se venía haciendo en otras ciudades del orbe europeo, como el Plan Haussmann para París, un proceso de tal envergadura que daría lugar a la expresión haussmannización para referirse a un tipo de intervención urbanística destinada a higienizar las ciudades. Así, bajo la excusa de abrir la ciudad a la circulación del aire a través de la creación de amplios corredores y avenidas, evitando el hacinamiento y la consiguiente insalubridad de determinados barrios o distritos, se encontrarían otras intenciones, como la de facilitar y mejorar el control de las revueltas populares que se llevaban a cabo precisamente en este tipo de emplazamientos. Pero, por otro lado, también se trataba de facilitar la circulación de mercancías y la instalación de los nuevos sistemas de transporte que necesitaba el incipiente capitalismo. En esta dirección, los diferentes ajustes que fueron integrando el Plan Cerdà desde su presentación pública en 1859, constituirían un exitoso intento de exportar el modelo del Gran Paris de Haussmann a una Barcelona que, pasadas unas décadas, se dispondría a acoger un gran evento, la Exposición Internacional de 1.929.

 

Más de siglo y medio después, un manifiesto impulsado por la Associació de Comerciants de Via Laietana ha vuelto a poner el tema sobre la mesa de debate al proponer y publicitar una iniciativa en este sentido presentada al Pla d’Actuació Municipal (PAM) de la ciudad. El texto, titulado “Per un nou eix cívic a Barcelona, humanitzem la Via Laietana”, viene a recordar la idea original del diseño y construcción de la calle, esto es, la conexión entre el puerto y la ciudad, apostando por la revitalización comercial, la mejora de los espacios públicos y la reducción del ruido. Como no podía ser de otra manera, la idea ha generado algunas suspicacias entre los vecinos y vecinas del entorno, comerciantes y miembros de los movimientos vecinales, que ya fueron testigos de algunos pasos dados en este sentido por el anterior Gobierno del convergente Xavier Trias, esto es, el veto al aparcamiento de autobuses turísticos en la zona y la urbanización de la Plaza Ramón Berenguer.

 

En las entrevistas realizadas para el presente artículo destaca el consenso en torno a la necesidad –si bien no la prioridad- de una reforma, y así lo prueban las palabras de Reme Gómez, Presidenta de la AVV del Barri Gòtic cuando afirma que

 

[…] evidentemente nosotros, como la mayoría, independiente de asociaciones o no, pensamos que es una reforma que se tiene que tomar en algún momento […], otra cosa es que en los objetivos de esa reforma estemos de acuerdo[1].

 

Asunto en el que abunda Albert Mestres, miembro de la Associació de Comerciants y propietario de la tienda de comics “Continuará”, cuando señala que,

 

[…] en general todo el mundo está a favor de una reforma de Via Laietana. El único colectivo que no está a favor es Barna Centre, dicen que ven peligrar la accesibilidad a su zona peatonal y su logística. Los demás tienen matices. En CCOO por ejemplo, creen que habría que hacer una reforma más profunda, cuestionando incluso el tráfico privado, pero entienden que nuestra propuesta intenta conseguir el máximo consenso y nos apoyan[2].

 

Sin embargo, las palabras de Albert nos sirven para poner encima de la mesa la inevitable conflictividad que marca toda expresión de vida urbana, en este caso con el detonante de la posible modificación del caudal circulatorio de la zona. Y es que es evidente que los intereses comerciales representados por la Federació d’Associacións de Barna Centre, con especial implantación en el entorno de la calle Portaferrissa, son en cierta medida discordantes con los de aquellos que reclaman una pacificación de la circulación e, incluso, la eliminación parcial del tráfico privado.

 

Ahora bien, a esta colisión entre intereses comerciales, habría que sumar la de un vecindario que ve, con cierta intranquilidad, que la zona se convierta, tras las obras, en una extensión de la Barcelona de las terrazas, barres y restaurantes representada, entre otros, por espacios como el Born. Así lo señala Reme, de nuevo, cuando afirma que

[…] el miedo es que las inversiones que se hacen en el espacio público, que se pagan con dinero público, vayan en beneficio del negocio del ocio encaminado hacía el turismo, es decir […], no es que estemos en contra de los bares, ni de la hostelería…, simplemente es que han colonizado completamente el barrio, en el Gòtico hemos perdido población desde hace muchísimos años […], si la estructura arquitectónica de Via Laietana se va a reconvertir en comercio y hoteles, en comercio de ciudad, de ciudad o de país, pero no un comercio de proximidad, pues no nos interesa esa reforma[3].

 

Y es que la conversión de Barcelona en referente turístico[4] lleva años ejerciendo una presión casi insoportable sobre unas clases populares que ven como el precio del suelo -en forma de subida de alquileres, precios de las viviendas, cierre de comercios tradicionales, etc.- las obliga a desplazarse en busca de emplazamientos más asequibles. Las palabras de Marieta, vecina de 70 años y dueña de una tienda de animales ubicada en lo poco que queda de aquel barrio popular que otrora fue La Ribera, son elocuentes:

 

[…] el zapatero de la calle Corders aun aguanta porque es que le quedan 4 pedos pá jubilarse (sic), o si no está jubilado es porque no quiere, ¿entiendes? Porque ya es mayor el hombre, y una vez que cierre la tienda, ya tendrán que cogerla ellos [los promotores inmobiliarios]. Y aquí los alquileres que están pidiendo ahora, puuuf… ¡carísimos! Nosotros ya tuvimos que dejar el local anterior porque, claro, estaba en la calle principal, ahí donde se pasan todos y el alquiler ya cambió. Nos venimos a este nuevo, que está más apartado, y la verdad es que tuvimos suerte, estamos pagando 600 euros, pero en otra calle de aquí cerca, ahí donde antes había una tienda de muebles, nos pedían 1200 euros, ¡o sea el doble![5]

 

Toda comparación con el pasado es odiosa, pero no deja de ser menos cierto que intervenciones como la que actualmente se proclama como “necesaria” para la Via Laietana mantienen algunos puntos en común con aquella llevada a cabo hace más de cien años. Si por entonces la conexión entre el puerto y la ciudad se veía como necesaria para facilitar la salida de los productos de la Barcelona industrial mediante el transporte marítimo, en la actualidad, cuando el proceso de acumulación del capital ha pasado de un sistema industrial fordista a otro más flexible basado en los servicios, la ciudad tendría que adaptarse a una economía basada en el turismo, el comercio y el sector inmobiliario. Y sería precisamente esta adaptación la que tendría duras consecuencias sobre los vecinos y vecinas del entorno.

 

Sin embargo, entre los entrevistados existe un poso de optimismo. Así lo demuestran, de nuevo, las palabras de Albert cuando, inquirido sobre el peligro de que la Via Laietana se convierta en un nuevo Born, señala que,

 

No creemos que eso sea posible, las aceras de Vía Laietana no dan para ningún tipo de terrazas, simplemente para esponjar el paso. Cualquier opción que pretendiera quitar espacio público sería una aberración y consecuentemente estaríamos en contra y batallaríamos para que el Ayuntamiento no lo permitiera. Creemos en una vertebración del barrio, que los flujos de las personas no queden frenados por la frontera que es hoy[6].

 

Lo que sí es evidente, y en lo que también parecen coincidir parte de los movimientos vecinales de la ciudad, es que la reforma podría ser necesaria, pero siempre que sea abordada desde el prisma del modelo de ciudad, ampliando el objetivo y teniendo en cuenta consideraciones transversales de forma que fuera ligada, tal y como comentaría Reme, al eje “Catalunya-Universidad-Urquinaona, que es la vía del acceso del Eixample y el resto de la ciudad al área marítima”[7].

 

Aunque según declaraciones recientes,[8] entre las prioridades de los comunes no se encuentra reformar la Via Laietana, sin embargo, esta formación podría ser prisionera de la retórica que siempre acompaña a sus declaraciones: la necesidad y urgencia de procesos participativos que tengan en consideración a los barrios, al espacio público y que conviertan este tipo de emplazamientos en verdaderos ejes cívicos. De este modo, parece comenzar a cundir cierta preocupación por el resultado del pulso que el Gobierno municipal mantiene con poderosas instancias turísticas y financieras o, simplemente, porque éste se vea incapaz de cumplir con algunas de las expectativas levantadas. En este sentido, y en relación a la moratoria hotelera, la propia Reme expresaba su inquietud cuando comentaba que ésta

 

[…] existe mientras se apruebe el Plan Especial Urbanístico de Alojamientos Turísticos (PEUAT), que todavía no está claro que se apruebe y, aparte de los hoteles, está todo el tema de los apartamentos turísticos, que no se pueden hacer desde hace años, pues siguen existiendo y se siguen creando[9].

 

A este respecto habría que añadir las palabras de Marieta cuando afirma que

 

[…] el tema de los pisos esos que hacen para turistas, los pisos turísticos, tiene otra tela. ¿Que esa gente te viene a la hora que sea, con griterío por la calle o las escaleras? ¿Que vienen borrachos o lo que sea y son molestos? Pues claro, están de vacaciones y te vienen borrachos, pues ¡viva la Pepa! (sic) Que te vienen de un bar ahí por el Borne…, pues eso también es otra cosa, que no sé cómo lo hacen…, como se lo permiten[10].

 

Y, para finalizar, la inquietud mostrada por Juanita, propietaria de un bar de la Barceloneta, cuando, en relación a las iniciativas destinadas a controlar el ruido de las calles, señalaba que

 

[…] aquí, justo fuera del local, me vinieron los del Ayuntamiento, hace dos semanas o así, e instalaron un cucurucho ahí encima, al lado de la farola. Dicen que es un sensor para captar sonido, para medir cuanto ruido hacemos en la calle […]. Pero, ¿quién soy yo para mandar a callar a la gente? Es que la calle no es mía, yo les puedo decir algo a mis clientes aquí dentro, en mi local, que si se ponen un poco así espiritosos y eso que se calmen. Pero fuera, en la calle, yo no mando, ni me atrevo yo a mandar o decirle a la gente que se calle o se mueva para otro lado[11].

 

En definitiva, la reforma de la Via Laietana nos pone frente a la necesidad de enfrentar cómo se lleva a cabo la distribución y apropiación de los recursos que produce la propia ciudad. Como señalara el geógrafo David Harvey,[12] lo que está en juego no es sólo la reforma de una de sus avenidas, aunque sea principal, sino qué tipo de ciudad queremos, algo que no puede desligarse, bajo ningún concepto, de las relaciones sociales que en ella se proyectan, de los estilos de vida, de las tecnologías o de los valores estéticos que queremos mostrar. Será al detallar este modelo que será posible ver si los poderes públicos entienden que toda intervención urbanística supone una prueba de justicia espacial demostrando, a la vez, que la ciudad por la que se apuesta deja atrás obsoletos modelos que no han traído más que una falsa, postiza y defraudadora Barcelona de escaparate.

 

[1] Entrevista realizada el día 15/04/2016 (ER 15/04/2016).

[2] Entrevista realizada el día 18/04/2016 (EA 18/04/2016)

[3] ER 15/04/2016

[4] Un artículo publicado en La Vanguardia del 27 mayo de 2013, por ejemplo, recogía que la capital catalana era la décima ciudad a nivel global en atracción de turistas.

[5] Entrevista realizada el día 13/04/2016 (EM 13/04/2016).

[6] EA 18/04/2016

[7] ER 1/04/2016

[8] Véase El País del 11 de abril de 2016.

[9] ER 1/04/2016

[10] EM 13/04/2016

[11] Entrevista realizada el día 05/05/2016

[12] Harvey, D. (2008) “El derecho a la ciudad”, en New Left Review, 53, pp. 23-39.

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La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

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Publicación del libro “Barrios corsarios. Memoria histórica, luchas urbanas y cambio social en los márgenes de la ciudad neoliberal”.

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Detalle de la destrucción del barrio de Vallcarca | Fuente: Jordi Moreno, fotógrafo y vecino de Vallcarca expulsado de su casa por la codicia de Núñez y Navarro

por OACU

Una de las principales características que definen la actual coyuntura político-económica a nivel global, especialmente en los denominados “barrios conflictivos”, es el extremo sometimiento del espacio vecinal a la disciplina del valor de cambio. De ese modo, la elaboración de planos y planes de reordenación urbanística, la creación de grandes eventos y la difusión de retóricas legitimadoras o deslegitimadoras, suelen presentarse como actuaciones necesarias para acabar con la supuesta “conflictividad” de dichos barrios. En realidad, se trataría de estrategias destinadas a garantizar que distintos sectores del capital inmobiliario, hotelero, turístico, financiero, etc., puedan reorganizar a su antojo el espacio físico y simbólico de esos emplazamientos en orden a extraer de ellos potenciales plusvalías.

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Es precisamente en base a esta interpretación que, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), nos permitimos parafrasear a Pier Paolo Pasolini y tildar a estos espacios como “barrios corsarios”, esto es, populares, periféricos y relativamente marginales, objetos de políticas de “centralización” y “redención” basadas en la obstinada mercantilización de su espacio, su tiempo y sus rasgos. La extrema deslegitimación de todo cuanto en ellos no encaja con la lógica del paisaje nos invita cuanto menos a sospechar que sus habitantes –sistemáticamente excluidos de la condición de “ciudadanos”, de la “centralidad” y la “normalización”- siguen negociando cada día unos límites físicos y simbólicos trazados por una verdadera utopía moderna: aquella que aspira a una ciudad homogeneizada, pacificada y socialmente rescatada de toda conflictividad.

Sin embargo, como lugares de lo popular, estos “barrios corsarios” seguirían constituyéndose como auténticos baluartes desde donde sabotear la imposición sistemática y burguesa de una ciudad exclusiva y, por ende, excluyente. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas dirigidas a escudriñar los mecanismos y los significados sociales que gobiernan las periferias urbanas, fundamentan las prácticas sociales y culturales de sus habitantes y explican sus estrategias de lucha, resistencia y reproducción socio-espacial.

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que esos barrios corsarios están siendo sometidos hoy día, determinaría el especial valor que asumen, para las ciencias sociales en general, las prácticas socio-espaciales que se producen en las periferias físicas y simbólicas de las principales ciudades globales. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

En esta dirección, el objetivo principal de esta nueva publicación del OACU será describir y analizar las formas específicas de (des)organización de la vida social, formas diferentes y contrapuestas a un orden político, económico, social, etc. Para rescatar su “valor patrimonial” y significado social respecto a la ciudad, la apuesta final será cuestionar estos mismos modelos de organización socio-espacial elaborados por las “culturas periféricas” en contraste con una supuesta “cultura central”, así como su “historia” y función económica y política respecto a un “centro” que, al fin y al cabo, siempre ha sido y será relativo.

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De proletarios a propietarios, o los origines de la lógica espacial del urbanismo neoliberal.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A principios de los ’70 el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona encargó al fotógrafo santanderino Julio Ubiña la realización de un video que promocionara los entonces vanguardistas “polígonos de absorción”, esto es, conjuntos residenciales alejados del centro y destinados a reabsorber la población chabolista asentada en los cada vez más rentables intersticios de la Ciudad Condal. A pesar de su absoluta –pero comprensible- falta de criticismo, no hay duda de que el vídeo representa una clara evidencia de aquella retórica perversa que caracterizó las lógicas urbanísticas de la época franquista y que, sin embargo, sigue hoy día perpetrando su legado en el actual urbanismo de corte neoliberal.

El hecho es que, a partir de los ’60, la economía española empezó a desarrollar una gran dependencia del sector bancario-inmobiliario, el cual jugó un papel clave en la configuración del espacio económico y, por ende, social del Estado. De ese modo, el crecimiento de las principales metrópolis durante el franquismo implicó una potente expansión del mercado inmobiliario en general, especialmente en el sector constructor y promotor de la vivienda social. Sería precisamente este aspecto el que supuso enormes repercusiones en la reposición del patrimonio inmobiliario del Régimen gracias a una política de vivienda que se basaba en incentivar el concepto de propiedad entre la ciudadanía.

En 1959, año que marcaría un verdadero punto de inflexión para la política autárquica del franquismo, el entonces ministro de Vivienda José Luis Arrese ensalzaba el trabajo de los “agentes de la propiedad inmobiliaria” afirmando que “[…] la misión que de una manera concreta está encomendada a vuestro quehacer diario, es la de intervenir en la transacción de la propiedad inmobiliaria; pero para ello, para que haya transacción, es preciso que primero haya propiedad; y mirad por dónde, repito, os vamos a necesitar cada vez más, porque cada vez más claramente y sin torceduras vamos a fomentar la propiedad privada. […] No queremos, y lo consideramos un mal, aunque a veces sea un mal necesario, que la construcción derive de un modo colectivo hacia el arrendamiento, […] la fórmula ideal, la cristiana, la revolucionaria desde el punto de vista de nuestra propia revolución, es la fórmula estable y armoniosa de la propiedad […]. Queremos un país de propietarios, no de proletarios”.

Las palabras del ministro Arrese, renombrado arquitecto falangista, respondían claramente a la necesidad política y económica del Régimen de redistribuir territorialmente los sectores más desfavorecidos de la población en nombre de la hegemonía absoluta de lo que algunos autores definen como la “cultura de la propiedad”. En esta dirección, el objetivo político de las fuerzas dominantes era estimular la propiedad de la vivienda como elemento básico de pertenencia, sobre todo entre las clases proletarias, reforzando así las políticas extremadamente conservadoras y de control social del Régimen. En otras palabras, tal y como señalan investigaciones más recientes, “el desarrollo del capitalismo inmobiliario se ‘incrusta’ profundamente, desde sus inicios, en unas formas de reproducción social muy singulares, caracterizadas entre otras cosas por la elevación de la vivienda en propiedad a elemento cúspide en la organización de la unidad doméstica obrera”.

Es en este contexto social y político, caracterizado por una verdadera lucha institucional contra la renta limitada, donde se enmarcan el Plan de Urgencia Social para Barcelona, presentado en 1958, y el Plan de Supresión del Barraquismo de 1961. Ni tiene que decir que las medidas estratégicamente concebidas y planificadas dentro del Plan Nacional de Estabilización Económica de 1959, como los Planes de Desarrollo o los Planes de la Vivienda, fueron ejecutadas a partir precisamente de la década de los ’60, es decir, en un momento crucial para el proceso de estabilización social y política del Segundo Franquismo. En este sentido, la finalidad del Plan de Supresión del Barraquismo no era tanto “dignificar” a los chabolistas mediante la provisión desinteresada de vivienda social, sino más bien acabar rápida y definitivamente con todos los asentamientos de autoconstrucción, sobre todo con los que surgían en espacios particularmente rentables en términos urbanísticos.

Para ello, las instituciones empezaron a planificar el desplazamiento sistemático de numerosos chabolistas hacia las periferias urbanas de las grandes ciudades, ahí donde serían realojados en grandes bloques de viviendas verticales. A finales de los ‘60, el entonces alcalde de Barcelona, Josep María de Porcioles, proclamó que los restos del chabolismo en la capital serían definitivamente erradicados con la construcción de nuevos “polígonos de absorción”, edificados en pos de una vivienda “adecuada”, “digna” y “en propiedad”. En esta dirección, los polígonos de Canyelles, en Nou Barris, y de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, representarían, dentro del marco del Plan de Supresión del Barraquismo, las dos operaciones más emblemáticas efectuadas por el Patronato Municipal de la Vivienda para realojar a numerosas “familias chabolistas” del área metropolitana de Barcelona.

Relegados a la periferia o a áreas rurales cercanas a las ciudades y ubicados en terrenos de escaso valor ambiental, los polígonos de la era porciolista no eran sino una pantalla tras la cual ocultar las causas reales del progresivo aumento de la desigualdad socio-espacial que venía perfilándose sobre todo el territorio nacional. Efectivamente, la alta densidad habitacional que llegaron a registrar esos polígonos, sin buenos transportes y comunicaciones, con escasos o nulos equipamientos, con una mala calidad de construcción y un reducido tamaño de las viviendas, respondían a la absoluta falta de interés del Régimen por comprometerse de verdad con los problemas sociales y económicos de la época.

En definitiva, especialmente durante las “décadas doradas” del desarrollismo, los tecnócratas de Franco no se habrían preocupado por solucionar las condiciones sociales, laborales o de vivienda de la población más desfavorecida, sino por encontrar la manera más rentable de “mejorar” y explotar la capacidad productiva del proletariado. Una estrategia económica, que no una política social, que en cierta medida marcaría los orígenes de la lógica espacial que tan íntimamente caracteriza el actual urbanismo neoliberal, aquel que ya no aspira simplemente a planificar la ciudad y, por ende, la vida y las conductas de sus habitantes, sino que se obstina en convertir los vecinos en clientes.

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Elogi del senglar urbà i proposta de tòtem per Barcelona

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Senyal al barri de La Floresta en San Cugat del Vallés (Barcelona)| Foto: OACU

Missatge enviat a l’OACU en ocasió de l’abatiment d’un senglar al districte de Les Corts el 2 d’abril de 2013

per Manuel Delgado (OACU)

Com sabeu, un porc senglar va morir ahir al vespre com sols dir-se “en estranyes circumstàncies”. El va abatre un mosso d’esquadra a trets de pistola a la cruïlla Numància-Tarragona, és a dir davant l’estació de Sants, en un incident en el que va resultar ferit un altre mosso per culpa d’un dispar mal apuntat. La qüestió no té res d’anecdòtica. El fet que una bestia salvatge visqui tant a prop nostre, en un parc metropolità, i que visiti de manera regular la porta de les nostres llars ja és de per si un petit miracle que ens ha de fer pensar en les paradoxes que provoca de vegades la vida urbana, permetent aquesta metàfora  perfecte del làbil dels límits entre natura i cultura i, més en concret, entre salvatge i domesticat. Una metàfora també sobre tot de nosaltres mateixos, de tots aquells i aquelles que ens sentim solidaris amb aquests animals perquè volem creure que també en nosaltres resta alguna cosa bàrbara i elemental,  i el problema és que, com ells, al capdavall hem de fer-nos passar per “civilitzats” perquè alguna cosa s’ha de menjar.

Que un d’aquestes feres ferotges –con la de la cançó de l’Ovidi– hagi arribat al cor de la ciutat també és una metàfora. Ell és l’avançada i ens anuncia: “Ja som aquí;  no hem vingut a visitar-vos, sinó a buscar-vos i portar-vos de retorn; hem arribat a rescatar-vos de la merda de vida que porteu; a excitar les vostres ganes d’assilvestrar-vos el dia menys pensat i sense avisar; a que torneu amb nosaltres al bosc que tant enyoreu, perquè és la vostra veritable llar”. Per això també la mort d’aquest animal –avantguarda d’una invasió que ens espera i que esperem– és una metàfora trista i ben literal de com temem les nostre autoritats no que ens aneguin bestioles selvàtiques, sinó que nosaltres mateixos ens hi tornem. Perquè ells saben o sospiten que en realitats tots som senglars. Que el responsable de l’assassinat –perquè el senglar mort no és que fos un humà; és que era un príncep: la Bèstia del conte– hagi estat un membre de la policia de la Generalitat de Catalunya també és una al·legoria perfecte d’un sistema polític, social i econòmic que odia la independència que aquell animal encarnava.

Segurament no sabrem mai que és el que ha passat aquesta nit. No és la primera vegada que els porcs senglars apareixen pels carrers de la ciutat. Fins ara el que s’havia fet és avisar a especialistes que disparaven dards als animals per a dormir-los i els tornaven a la serra o els mataven en condicions. Quan fa no gaire una manada sencera es va plantar a les portes de La Reina d’Àfrica, a un pas de Lesseps, la Guàrdia Urbana va tenir la paciència d’anar empenyent-la cap a Collserola durant hores. La mort d’una peça de caça major com aquesta pot ser pertinent a mans de caçadors experts amb armes adequades, com poden ser escopetes o fins i tot fletxes. Però matar un senglar a trets de pistola  al mig de la ciutat…! No m’és difícil imaginar-me l’escena d’un cotxe patrulla de mossos que es troba amb un senglar i decideix liquidar-lo de qualsevol manera, com si fos un gos rabiós i qui sap si mig per diversió.

El resultat és el nyap que hem vist, un nyap tràgic per l’animal, que a punt ha estat de resultar-ho també per un dels policies i qui sap si per algú que passava per allà. I no sols per les bales, sinó per la reacció d’un animal ferit per un arma que no és que sigui precisament de caça. El conseller Espadaler acaba de declarar que els senglars no són un problema menor per Barcelona; jo crec que el que no és un problema menor són alguns mossos d’esquadra i un govern com el que tenim. Reconec que em fascinen aquestes bèsties. He passat i passo hores senceres esperant-los més que buscant-los al bosc. És cosa de  trobar un punt qualsevol de la serra de Collserola, introduir-te al bosc, apostar-te a una clariana i romandre quiet fins que apareguin. Tard o d’hora surten d’entre l’espessor i la foscor, s’aturen davant teu i se’t queden mirant fixament, tranquils i altius, com si et saludessin sabent que ets un dels seus. Després desapareixen igual que han aparegut: majestuosos, superbament  indiferents.

Barcelona necessita un tòtem. Si més no la Barcelona salvatge, la que no entén que hi ha de dolent en que les ciutats siguin una jungla o al menys un bosc. Per no oblidar-ho, caldria fer insígnies i estendards, banderes i fulards, amb la silueta d’un porc senglar, convertit per a nosaltres, com per els pobles salvatges, en símbol de la ciutat que resisteix i que es proclama, de tant en tant, furiosa i digne. De fet, ja hi ha precedents: la d’aquell grup de veïns de La Floresta que baixaren a les manifestacions del 15M amb una pancarta amb un senglar dibuixat. I si cal matar-los, fem-ho com correspon matar un animal diví, un deu; amb ritual i respecte, i demanant-li perdó. Després, menjaríem les seves carns en grans o petits festins ciutadans per a que l’animal caçat ens infongués la seva força, el seu orgull i, per sobre de tot, el seu amor per la llibertat.

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