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A la caza de un mito. La invención del Barrio Chino como estrategia urbanística de violación territorial y vivencial

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Por Livia Motterle (OACU)

Reseña del libro Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval, de Miquel Fernández González (Virus, 2014). La reseña ha sido originariamente publicada en la Revista de Antropología Iberoamericana (Vol. 10, Núm. 2, mayo – sept., 2015, pp. 298-303)

El padre de la moderna antropología estructuralista nos advierte de la fuerza — muchas veces peligrosa— de los mitos:

“El pensamiento mítico es por esencia transformador. Cada mito, apenas nacido, se modifica al cambiar de narrador […] se pierden algunos elementos, otros lo sustituyen, se invierten secuencias, la estructura torcida pasa por una serie de estados cuyas alteraciones sucesivas guardan con todo el carácter del grupo” (Levi-Strauss, 1997: 610).

El mito es el resultado de una fabricación que mezcla de forma indisoluble la realidad con la imaginación. Desmantelar un mito, comprender las razones, las modalidades y los fines de su fabricación llega a ser por lo tanto tarea muy noble y al mismo tiempo muy compleja. Se trata no solamente de desvelar los procesos de deshistorización de la dominación de una sociedad sobre otras para reconstruir aquella historia fragmentada, ocultada o distorsionada en los discursos hegemónicos, sino que el cazador de mitos asume la intrépida “misión” de restituir a los colectivos mitificados su propia humanidad robada.

Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval constituye un excelente ejemplo de cómo lograr esta tarea. En las mismas palabras del autor ésta guardada la intención que vertebra toda la obra:

Las ciencias sociales han colaborado, y mucho, no solo en naturalizar cierto orden establecido, en este caso, sobre el Raval, sino también en producirlo. Personalmente, he optado por la dirección contraria. He intentado cazar el mito del Barrio Chino. He querido aprovechar las herramientas que ofrecen la antropología y la sociología para hacer justo lo contrario de lo que se acostumbra a hacer: desnaturalizar el orden institucional y las lecturas estigmatizadoras establecidas sobre aquella calle[1] (p. 319).

¿Qué se esconde detrás del mito del Barrio Chino? ¿Qué intereses había en aquel barrio, el Raval, que de repente, en los años veinte, amaneció rebautizado como Barrio Chino? La cuidadosa investigación llevada a cabo por Miquel Fernández nos ayuda a comprender como el mito “cazado” sirvió a las elites para justificar políticas de disciplinamiento urbanístico (y moral) de los habitantes del Raval. La acertada decisión de dividir el trabajo en dos grandes bloques, uno historiográfico y otro etnográfico, es una demostración más de la voluntad del autor de dignificar una calle estigmatizada y literalmente destrozada. Miquel Fernández nos conduce entre las grietas de calle d’ En Robador solo después de haber pacientemente recorrido la historia de su destrucción física y moral. De esta forma el lector se adentra en una brillante etnografía después de haber entendido que las prácticas violentas de las cuales se habla no son las de los que viven en y de la calle, sino aquellas de quienes quieren expulsarlos.

La memoria se construye sobre escombros

Si tuviéramos que dibujarla, .que apariencia tendría la Historia? Según Walter Benjamin llevaría cara y cuerpo del Angelus Novus de Klee y representaría

un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos el ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que el vuelve la espalda, mientras el cumulo de ruinas ante el crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 2008 [1959]: 24).

Los higienistas liberales, los moralistas conservadores y los burgueses progresistas fueron aquellos que, en Barcelona, alimentaron con sus intereses el vendaval del progreso, provocando catástrofes que acumularon sin cesar escombros bajo ruinas. Es esta misma violencia invisible e invisibilizada la que observa, analiza y denuncia Fernández en sus páginas. Se trata, en las palabras del mismo autor, de “la violencia del orden”, es decir, “la violencia que se encuentra dentro de lo normal” (p. 17). Una violencia naturalizada, entonces, que el autor intenta desnaturalizar desvelando los dispositivos a través de los cuales se pone en acción. Recorrer los momentos más incisivos de la historia de esta violencia sobre un barrio y sobre sus habitantes es el objetivo de la primera parte del libro. Retomando la distinción que aporta Žižek (2009) entre violencia simbólica y sistémica, el lector encuentra delante de sus ojos el continuum de una catástrofe que lleva la marca PROGRESO.

Pero si la Historia tendría para Benjamin cara de ángel asustado, ¿cómo se encarnaría esta doble violencia según el autor del libro? Para Fernández, queda materializada en el urbanismo que pone en marcha los mecanismos de violencia simbólica y sistémica a través de los urbanistas —en tanto que devotos servidores del Estado— que personifican los deseos de esta violencia incorporada. En las palabras del autor: “la violencia aquí es el instrumento de un orden que se aplica justo cuando las retóricas de cada momento no alcanzan a convencer a las poblaciones asediadas de que deben mantenerse disciplinadas y adoptar una posición de sumisión” (p. 320).

La aproximación historiográfica a las culturas de control ejercidas en el barrio del Raval tiene un valor ejemplar, porque va a socavar los mecanismos de violencia que operan detrás de aquellas excavadoras y de aquellas piquetas que destruyeron un barrio y, con ello, la vida de sus habitantes. Lo que se deseaba controlar, dice el autor, era la revolución y “llevar a cabo una revolución desde arriba” (p. 30) era la forma más eficaz de hacerlo.

Desde el Higienismo hasta la actual época del civismo, las instituciones han sido protagonistas de acciones de reclusión, expulsión y criminalización de todos aquellos seres “contaminados”, “improductivos” e “indisciplinados” para enriquecer los intereses de las elites gobernantes. Trayendo a colación algunas notas de la obra, no es casual ni fortuito que en la época en la cual Idelfons Cerda encargaba sus planes para la reforma urbanística de Barcelona, las así llamadas casas de misericordia del Barrio Chino —entre las cuales destacaba la Casa de Mujeres Arrepentidas de la calle Egipciaques— “hospedaban” cada “tipología” de pobres (huérfanos, trabajadoras sexuales, sin-techos, mujeres solteras…) recluyéndolos y forzándolos a trabajar como forma de expiación de sus tremendos pecados. Muchos de estos conventos se transformaron en cárceles o fábricas: el control de la miseria venia naturalizado en nombre del bien. La producción de capital y la explotación laboral eran justificadas bajo una palabra: Misericordia.

En nombre del bien

“Los enemigos a batir no eran sólo la pobreza y la indisciplina: era el mismo Diablo”, escribe justamente Manuel Delgado en el epilogo que cierra brillantemente el libro. Los habitantes del Raval, viviendo en el barrio infernal de Barcelona, no podían ser otra cosa que maléficos. Por eso había que sanarlos y redimirlos. Había que operar quirúrgicamente en las arterias de la ciudad, donde late la vida, para identificar y extirpar sus elementos infectos.

La invención del barrio Chino como territorialización del mal[2] sirvió para poder operar más libremente en las calles enfermas y malsanas del Raval. “Se justificaba” —comenta Fernández— “nuevamente para el bien del barrio, identificar, separar, detener, expulsar o encarcelar aquellos miembros que ‘contaminaban’ el orden público republicano con su actitud de insumisión” (p. 100).

Desde los planes urbanísticos de Idelfons Cerda hasta la ordenanza del civismo, Barcelona ha sido el humus ideal para expandir el imperio del control en nombre de “una propuesta epistemológica del bien”. “Esta utilización del bien” —afirma el autor— “servirá a las sucesivas estrategias de control social e iría dirigida a justificar su propia existencia, así como las formas que adopte, por muy ásperas que puedan resultar por los habitantes afectados” (p. 21).

¿Qué escondería entonces este urbanismo que ama definirse como “rehabilitación”, “remodelación”, “saneamiento”? Las agudas reflexiones que se despliegan en Matar el Chino, evidencian página tras página que en cada adjetivo que acompaña a la palabra urbanismo, se ocultan las motivaciones que verdaderamente lo sustentan. Gracias a las descripciones cuidadosamente recogidas en el diario de campo y a los testimonios de quienes viven en la calle d’ En Robador, las motivaciones urbanísticas de rehabilitar un barrio, se cargan de su verdadero significado: inhabilitarlo, destruirlo, descomponerlo, sanearlo y bombardearlo[3].

Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Valery (1988 [1932]) recitaba que “lo más profundo es la piel”. Es en la piel, en la  carne, que se manifiesta el verbo, la acción. Y es en las entrañas de calle d’ En Robador donde se incorpora la hegemonía del civismo donde la legalidad violenta se pone en acción. La estupenda etnografía desarrollada por el autor a través de una mirada atenta y nunca invasiva, nos da cuenta de todo esto. Lo que él escribe sobre aquella calle y sus habitantes es autentico por ser fruto de dos anos de observación, pero sobre todo de participación: participación en los problemas —y en las diversiones también— de aquella fauna urbana.

Las detalladas descripciones contenidas en el diario de campo del etnógrafo despliegan en nuestra imaginación vivencias de una calle que se resiste a ser dominada a pesar del fuerte control institucional al que está sometida. A través de apuntes sobre “los cuerpos, las miradas, las voces, los desplazamientos, los asentamientos, las conversaciones, los gritos, los bailes, la música o el canturreo” (p. 167), el autor se acerca y se mezcla —hasta confundirse— con aquella amalgama urbana que se niega a ser urbanizada.

Entra en bares, pisos, talleres, asociaciones y todo tipo de antros. Esta en la calle d’En Robador durante horas, parado, escribiendo o conversando con aquellos y aquellas que en las aceras y de las aceras viven y trabajan. La etnografía de Fernández nos ensena que detrás de los descalificativos: putas, maricones, yonkis, pakis, camellos, hay personas que necesitan su calle para sobrevivir y que cuentan con el apoyo de una red de vecinos y vecinas del barrio, en una lucha constante contra el colonialismo urbano.

En las mismas palabras del autor: “El vigor con que aquella calle se organiza —de manera ciertamente peculiar— resiste, sobrevive y disfruta debería ser un ejemplo para cualquier lucha por el derecho a la ciudad” (p. 328).

 

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2008) [1959]. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Mexico: UACM.

Harvey, D. (1985). The Urbanization of Capital: Studies in the History and Theory of Capitalist Urbanization. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Levi-Strauss, C. (1997). Mitológicas IV. El hombre desnudo. México: Siglo XXI editores.

López Sánchez, P. (1986). El Centro histórico: un lugar para el conflicto: estrategias del capital para la expulsión del proletario del centro de Barcelona: el caso de Santa Caterina y el Portal Nou. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona.

Valery, P. (1988) [1932]. La idea fija. Madrid: Antonio Machado Editores.

Žižek, S. (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidos Ibérica.

Notas

[1] Se trata de la calle d’En Robador, en el barrio del Raval, Barcelona. En esta calle el autor desarrollo su trabajo de campo entre la primavera del 2010 y el verano del 2012.

[2] Así se titula el párrafo que habla del origen del mito del Barrio Chino y de su estratégica utilización por parte de las elites

[3] Interesantes las palabras que aparecen en la página web del Ayuntamiento de Barcelona: “El Pla Macià donava solucions racionalistes i integrades als problemes del barri. Però van ser les bombes de la Guerra Civil les que van fer els primers sanejaments urbanístics al sud del Raval” (2014).

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El barri de Vallcarca entra en una nova fase urbanística

Font: OACU (23/02/2015)

Font: OACU (23/02/2015)

Aquest article va ser publicat al dossier  “A voltes amb el conflicte urbà”, La Veu del Carrer, nº 133 (octubre 2014), Barcelona: FAVB

Per Marco Luca Stanchieri (OACU).

Des de fa poc més d’un mes, al maig de 2014, el barri de Vallcarca, en el districte de Gràcia, ha entrat en una nova fase urbanística. La bomba informativa va sortir directament de la boca del mediador Miquel Esteve que, en la sessió de la Taula Participativa Permanent del 7 de maig, anuncia la novetat més esperada per part del veïnat: després de dotze anys d’especulació, destrucció i fracàs urbanístic, el Departament d’Hàbitat Urbà de l’Ajuntament de Barcelona, acceptava posar mà a la Modificació del Pla General Metropolità (MPGM) del sector Vallcarca-Farigola, aprovat sense ampli consens veïnal l’any 2002. La MPGM preveia la total destrucció del costat Llobregat de l’Avinguda Vallcarca i del nucli habitat entre el pont de Vallcarca i el carrer Farigola, per a la seva reconstrucció segons un ordre i un estil urbanístic diferent: substitució de les cases del carrer Bolívar, costat Besòs, amb un vial enjardinat de la Plaça Lesseps fins al viaducte; i reemplaçament del nucli Viaducte-Farigola amb set edificis d’entre quatre i set plantes, la meitat dels quals serien per a pisos de mercat lliure.

Aquesta nova posició que ha assumit l’Ajuntament ens suggereix una doble reflexió sobre què impliquen els plantejaments urbanístics imposats a la població: d’una banda manifesta el relativisme de la necessitat transformadora de barris sencers, per l’altre, la importància històrica de la resistència i l’oposició concretes a tals abstraccions polític-urbanístiques.

Fins a un mes enrere, tot el que plantejava la MPGM era intocable, considerat com absolutament necessari pel desenvolupament d’aquesta zona de la ciutat; línies vermelles insuperables per part del veïnat en desacord. Ara tot és novament qüestionable. Aquest canvi de tendència demostra clarament com les exigències de transformar, rehabilitar, reestructurar, zones de la ciutat de vegades són construccions teòriques allunyades de l’experiència real del lloc. Aquesta distància, entre el concebut pels tecnicismes urbanístics i el viscut i desitjat pels habitants, a Vallcarca ha provocat la destrucció de l’entorn construït – i amb això els referents culturals en l’espai de la població que allí residia – expropiacions, indemnitzacions, reallotjament provisional, esponjament forçós de veïns i veïnes, en alguns casos sofriment i malalties psico-físiques, estigmatització del lloc i, amb això, dels seus habitants, marginació de la vida social de part del veïnat i ruptura del teixit social existent. I tot amb els pretextos de la necessitat d’higienitzar una zona degradada, de la utilitat pública i de l’interès general.

D’altra banda aquesta important decisió política, és a dir, el reconeixement que la MPGM és discutible, negociable, modificable, restitueix justícia històrica a aquella part de població que se li va oposar des del principi denunciant que es tractava d’una operació d’especulació immobiliària que perseguia, mitjançant pràctiques polítiques dubtoses, interessos personals en detriment del ben públic. La Plataforma Salvem Vallcarca, l’Ateneu Popular de Vallcarca, l’Assemblea Okupa de Vallcarca i una altra gran part del veïnat feia deu anys que ho denunciava, enfront del silenci,  l’estigmatització i la criminalització per part del poder polític i dels mitjans de comunicacions oficials, i sense cap respatller institucional.

L’any 2012, sobre la base del que va ser la Plataforma, es va formar l’Assemblea Vallcarca, a la que van participar una desena d’entitats del barri i altres persones a títol personal. Amb l’assessorament d’arquitectes i arquitectes del col·lectiu Raons Públiques i Arquitectes sense Fronteres (ASF), l’Assemblea fa mesos que treballa de manera autogestionada en la reformulació del Pla, practicant una nova forma d’urbanisme participatiu comunitari a escala local, sense imposicions polítiques, amb l’objectiu de plantejar autònomament com és el model que busca per al seu barri.

A partir d’ara serà interessant constatar com aquesta voluntat d’intervenció directa i activa en la presa de decisions per part del veïnat, ja en acte, es desvincula de la forma de participació que l’Ajuntament proposa i a la qual ens ha acostumat en l’últim decenni, és a dir, la conversió dels habitants en éssers opinants sense capacitat decisòria en els assumptes importants de les seves vides, com és la transformació del seu propi barri.

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El barrio encarnado

Texto escrito por José Mansilla (OACU) para las Jornadas “Memòria de Barri. Les lluites veïnals a Barcelona sota el franquisme” (23/01/2015) celebradas en la Universitat de Barcelona (UB).

¿Qué es un barrio? ¿Es una parcelación administrativa más de aquellas en las que nos subdividen las administraciones públicas? ¿Se trata simplemente de una de las teselas que conforman el gran mosaico que constituye una ciudad? O ¿es algo más? ¿Podemos catalogar un barrio como un profundo y particular entramado de potenciales relaciones sociales determinadas por prácticas que emergen de la solidaridad y el conflicto? Y en este sentido, ¿existe una identidad de barrio? ¿Y una memoria de barrio? Y si existen, ¿son diferentes al resto de identidades, de memorias?

A lo largo de mis cinco años de residencia en el barcelonés barrio del Poblenou he podido atisbar, casi rozar, algunas respuestas a estas cuestiones. Y lo he hecho precisamente participando, a veces de manera más activa y otras menos, en dicho entramado. Pienso que un barrio es un área particular donde se llevan a cabo relaciones sociales de ámbito particular.

Hace ya algunos meses, en una conversación con una vecina, ella me relataba una historia en torno a las manifestaciones y actos de protesta que hubo en el barrio con motivo de la Huelga General del 29S de 2010:

“cuando hubo la carga policial en la huelga (29 de noviembre) yo pensaba, ¿pero cómo pueden hacer esto en nuestro territorio? ¿En nuestro barrio? Yo me sentí muy agredida, hubo cargas policiales aquí en el barrio, esto nunca había sucedido, me sentí como si hubieran entrado en mi casa, me dio esta sensación…”

Michel de Certeau, en su canónico La invención de lo cotidiano (1994 [1999]), señalaba que el barrio, debido a su continuidad de uso, sería aquella parte de la ciudad donde se produce la transición entre el espacio privado de nuestros hogares y el espacio urbano más amplio de la propia ciudad; un espacio, éste, siempre repleto de códigos y desnivelaciones que escaparían a nuestro control. Es decir, al salir de nuestras casas, no entramos directamente en esa vorágine y efervescencia que es la ciudad misma, sino que nos queda todavía por superar un espacio de confianza donde nos sentimos cómodos y que hemos hecho nuestro a razón de practicarlo de forma continua.

Podría ser por esto que mi amiga y vecina, al relatarme los hechos en torno al 29S, sentía como si “hubieran entrado en su casa”, pues el barrio podría considerarse como una ampliación del hogar.

Por otro lado, esa consideración liminal del barrio como un espacio intermedio entre lo privado y lo urbano le da, a las relaciones que él se producen, un carácter especial. Si, como nos recordara Walter Nicholls (2008), las ciudades estimulan la formación de grupos, actuando como auténticas “incubadoras sociales”, entonces los barrios hacen que esas relaciones sean de cierto carácter íntimo, posibilitando, de manera amplia, la aparición de confianzas, afinidades y, porque no, de afectos. Es compartiendo nuestras carencias y necesidades que en un barrio surgen exclusivas formas de sociabilidad. Al fin y al cabo, se trataría de un hogar compartido entre todos los vecinos y vecinas y, cuando en un hogar alguien se siente agredido, el resto de miembros del mismo considera que los han agredido a todos.

Es a través de este contacto, de este intercambio, que surgirían formas específicas de lucha en demanda de aspectos para la reproducción social básica. Cuestiones relacionadas con la vivienda, los servicios médicos, sociales, educativos, etc.

En la creación de esta red de relaciones son muy importantes los puntos de encuentro, de intercambio de pareceres y problemas, de opiniones o de, simplemente, charla sencilla. Se trata de las calles y las plazas de nuestros barrios y ciudades, auténticos espacios de socialización, donde prima ante todo, el valor de uso frente a otras consideraciones. El Poblenou, por ejemplo, no cuenta con una plaza central donde la gente pueda acudir a verse o hablarse. En su lugar cuenta con una Rambla, verdadero eje vertebrador del barrio, y símbolo de su identidad. No es por menos que, cuando hace ahora casi dos años, el Ayuntamiento intentara llevar a cabo unas obras en ella sin la opinión del vecindario, éste detuvo las obras y exigió un proceso participativo que permitiera que la voz del Poblenou fuese escuchada. Los que salieron a la calle aquella mañana del 10 de abril no eran simplemente un grupo de vecinas y vecinos, sino que era el propio barrio el que ofrecía cierta resistencia a que se llevaran a cabo unos cambios propuestos y no consensuados. Como diría algo más tarde el Director de uno de los Casals del Barri que existen en el Poblenou, “estoy convencido, […], de que si recomienzan las obras de la Rambla, la gente saldrá a la calle”.

Sin embargo, este barrio hecho carne y huesos no actúa, en ningún momento, en el vacío, sino que tiene recuerdos, memoria. Podríamos afirmar que gran parte de la identidad del Poblenou como barrio viene dada por su memoria colectiva. Como nos enseñara Maurice Halbwachs (1968 [2004]), la memoria se presenta como un ectoplasma intangible, sin forma, una esencia que sobrevuela por encima de nosotros y cuyos afluentes nos atraviesan una y otra vez llevándose siempre algo nuestro, propio, pero que, una vez que lo ha recibido, lo vuelca de nuevo, incansablemente, construyéndose y reconstruyéndose en un proceso sin fin.

Hace unos años, con motivo de una de las remodelaciones que sufrió el Poblenou con el desarrollo de los Juegos Olímpicos -el intento de sustituir las vías del tren por una Ronda Litoral no soterrada-, el barrio ya se encarnó cuando, según nos cuenta un activista vecinal,

“…hubo una campaña donde llenamos el Casino, y le dijimos al Ayuntamiento que el barrio se reunía en el Casino y que queríamos que viniera alguien a dar la cara… y se consiguió el Parque que hay ahora… que fue el resultado de esa lucha… sino sería como está un poco más allá… fue una victoria del barrio…”

Así, ¿quién puede decir que esta memoria de barrio no es parcialmente responsable de la identidad del mismo? Y más cuando se le toca en aquello más íntimo, en su propia esencia.

¿No son acaso el 15M, las distintas Assemblees que poblaron Barcelona, las mareas, la PAH, herederas y sustentadoras de esa memoria de barrio, de ciudad, de lucha? En un contexto de crisis económica que va para largo, esta memoria, esta solidaridad y confluencia de luchas y destinos, puede ser muy útil para establecer nuevas formas, no solo de resistencia, sino también de activismo, ya que, como nos señalara el sociólogo Vicente Pérez Quintana (2008),

“Ante este escenario, habrá que combinar viejas estrategias de resistencia para defender derechos sociales y lo público y nuevas estrategias de politización de la sociedad para recuperar capacidad de movilización”

Y será de nuevo ahí, donde el barrio podría hacerse carne.

Ref. bibliográficas

Certeau, de Michel (1994 [1999]) La invención de lo cotidiano, Habitar, Cocinar, Vol. 2.  Universidad Iberoamericana, México D.F.

Halbwachs, M. (1968 [2004]) La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza.

Nicholls, W., 2008, “The urban question revisited: The importance of cities for social”, International Journal of Urban and Regional Research, Vol. 32(4), 841-849.

Pérez Quintana, V. y Sánchez León, P (ed.) (2008) Memoria ciudadana y movimiento vecinal. Madrid, 1968-2008, Catarata, Madrid.

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Traición a la tradición en el Born Centre Cultural, Barcelona

Fuente: Beatriz Almón Vidal

Fuente: Beatriz Almón Vidal

Por Jose Mansilla (OACU)

 

El control sobre el uso del espacio urbano genera conflictos entre los usuarios, los vecinos, y los poderes institucionales y económicos de las ciudades. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la inauguración del Born Centre Cultural, la gran instalación localizada en el antiguo mercado de abastos del barrio de la Ribera, parte del cual va a ser rebautizado hace tiempo como el Born. Su inauguración oficial el pasado 11 de septiembre, coincidiendo con la Diada catalana, fue contestada por parte del vecindario así como por parte de los trabajadores de SAPIC, la contrata encargada de la rehabilitación del edificio y que poco tiempo después entró en concurso de acreedores. Unos pedían poder cobrar las última nóminas debidas,  y los otros, organizados por la Asociación de Vecinos “Casc Antic”, más espacios verdes y plazas de aparcamiento, así como denunciar unas obras que supondrían la privatización de parte de las calles y el último toque a la conversión final del barrio en un elemento más del eje turístico de franquicias y recuerdos de Barcelona. El conflicto era obvio y las protestas fueron muy significativas. Todos juntos consiguieron concentrar unas docenas de personas que, llevando grandes carteles con letras rojas donde era posible leer frases como “No queremos vuestros proyectos urbanísticos” o “SAPIC paga a tus trabajadores” hicieron necesaria la intervención de la Guardia Urbana para permitir el paso de los políticos a la inauguración. Bajo el paraguas del nuevo Plan de Usos de Ciutat Vella, aprobado el julio del pasado año, el Ayuntamiento de Barcelona ha diseñado para el Born un proyecto donde se privilegia el uso privado y comercial del espacio: más bares y restaurantes con áreas más amplias para terrazas, la posibilidad de nuevas licencias para hoteles i hostels, etc. La intención es dar otra una vuelta de tuerca al barrio como escaparate de la Barcelona turistificada. Como señalaba un vecino de la zona, “han echado a la puta calle un montón de abuelos y familias que vivían donde ahora hay todos los talleres de artistas multicultiguay […] hoteles, o museos Picasso o bistró de última generación”. Un elemento que añade interés a todo el proceso, es el uso de la memoria colectiva de la ciudad para justificar las obras. El espacio debía haber albergado una gran biblioteca propiedad del Estado aunque, después de descubrir los restos de la ciudad antigua, se decidió trasladarla a parte de las instalaciones de la actual Estación de França. La Ribera sufrió una gran transformación con la rendición de Barcelona al final de la Guerra de Sucesión en 1714. El rey Borbón, Felipe V, destruyó una gran parte de la ciudad para poder construir un bastión militar desde el que poder controlar la Barcelona rebelde. Mucho más tarde, en el siglo XIX, las murallas de la ciudadela fueron demolidas y su espacio transformado en el actual parque. El punto interesante de todo esto es el uso de la Historia que el actual Ayuntamiento de Convergència i Unió (CiU) ha hecho con respecto a las obras. El nuevo Centro Cultural está lleno de referencias históricas al 1714 y a la  pérdida de soberanía de Catalunya. El día de la inauguración, una instalación artística localizada en los balcones de los edificios cercanos, recordaba y mostraba pancartas con los apellidos de las familias que habían nacido en el barrio hacía 300 años, una de ellas la del propio artista. De las clases populares y trabajadores o de los desplazados recientes de la Ribera, no había señales. Este es un buen ejemplo, como señalaba antes, de que la ciudad se ha convertido en un objeto muy valioso, un elemento en disputa, donde el urbanismo aparece como un sistema ideológico y técnico para proyectar y justificar acciones. Bajo una apariencia positiva y humanista, se esconde el dominio del espacio. Los fines de semana, a un lado del antiguo mercado, todavía hoy es posible ver a miembros de la AAVV “Casc Antic” dando información y recogiendo firmas de apoyo a sus actividades de denuncia en el barrio. En los balcones continúan colgadas algunas pancartas, pero estas ya no muestran antiguos apellidos de vecinos muertos, si no reclamos contra el Ayuntamiento y sus políticas sobre los vivos.

 

Publicado originalmente en el blog laciudadviva.org

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