Archivo de la etiqueta: calles

El 2 de junio o “las mujeres alegres en la casa del señor”

Artículo publicado originalmente en La Directa.

Livia Motterle (OACU)

El 2 de junio de 1975, más de cien trabajadoras sexuales ocuparon la iglesia Saint-Nizier en la localidad francesa de Lyon frente a la vergonzosa negativa del gobierno a entablar diálogo con ellas. El objetivo de la ocupación era llamar la atención sobre su situación de vulnerabilidad debida a los abusos continuos por parte de la policía, por ejemplo, multas y encarcelamientos. Chicas alegres en la casa del señor era el título del texto enviado a la prensa donde explicaban su acción, una ocupación pacífica que se propagó, inesperadamente, a otras ciudades francesas. El Colectivo de Prostitutas que se gestó en la iglesia Saint-Nizier ha sido un referente histórico para todas las organizaciones de trabajadoras sexuales posteriores. Como decía Ulla, una de las líderes: “esperamos la nuestra libertad en tanto que mujeres tal y como somos, y no tal y como queréis que seamos para tranquilizar vuestra conciencia (…). No tengáis miedo: esta liberación no supondrá automáticamente una proliferación de las prostitutas. A no ser que nosotras, las mujeres, seamos las únicas reprimidas por el miedo a la policía”. Desde entonces, el 2 de junio se ha convertido en el día internacional de las trabajadoras sexuales. Manifestaciones, charlas, performances y cualquier tipo de acciones reivindicativas visten de lucha muchas ciudades del mundo con el objetivo de reivindicar los derechos de un colectivo de personas que, a pesar del profundo estigma que la hipocresía del patriarcado y la misericordia de tantas instituciones imprimen en sus cuerpos, sigue luchando con orgullo y alegría.

Contrariamente a lo que sigue siendo una creencia colectiva, el enemigo más peligroso de las trabajadoras del sexo no son sus clientes (tanto hombres como mujeres), sino ciertas instituciones (públicas o privadas) encargadas de evidenciar y perpetuar una estructura dicotómica que genera estigmas y que sitúa en el altar a la mujer “buena” y en el infierno la mujer “mala”. “Las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos”, afirma Foucault en Microfisica del poder. Este mecanismo de vigilancia, control y normativización se muestra más cruel con los cuerpos que escapan de los códigos heteronormativos, productivos y reproductivos. La sexualidad, entendida como creación que se manifiesta desde y gracias a los cuerpos, se convierte en marcadora de normalidad y canalizadora de castigo. La Iglesia y la Medicina, desde el momento en que se constituyeron como instituciones, han sido las que más han participado, junto con los poderes judiciales y administrativos del Estado, en la construcción de las dicotomías (bueno/malo; normal/anormal, sano/patológico; inocente/culpable) y en la fabricación de reglas sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El objetivo de ordenanzas, multas y sanciones – sobre todo a las trabajadoras sexuales de la calle – es justamente el control y el castigo de los cuerpos que manifiestan prácticas sexuales anormales en el espacio público. Las trabajadoras sexuales del Raval, esto, lo saben muy bien. La modificación de los artículos relativos al trabajo sexual de la Ordenanza de mesures per fomentar i Garantir la Convivencia en el espacio público de Barcelona del año 2006 – que ya prohibía la oferta, la demanda y la negociación de los servicios sexuales retribuidos en la calle (además de la suya realización) – se reforzó en abril del 2012. Los dos grandes cambios fueron, por un lado, la supresión de la obligación, por parte de la Guardia Urbana, de avisar previamente a los clientes y las trabajadoras y, por otro lado,  la “posibilidad” para las prostitutas de conmutar la multa participando en cursos de re-inserción laboral. La modificación de la Ordenanza multiplicó en el 2012 el número de multas impuestas agravando, así, las condiciones de trabajo de las prostitutas, aumentando su estrés y llevándolas a situaciones insostenibles.

Según un estudio cualitativo encargado por el Ayuntamiento, a pesar de que el número de multas haya ido disminuyendo en los dos último años (2015 y 2016), el número de las trabajadoras sexuales ha seguido siendo el mismo. ¿Por qué no aumenta entonces? Esto habría que preguntárselo a ellas. “Nos tratan como basura que hay que sacar del barrio y reciclar. Nos quieren redimir obligándonos a hacer cursos de re-inserción laboral. Pero nosotras ya tenemos nuestro trabajo y no queremos ir a limpiar el culo a nadie” -dice una mujer. El estigma, aunque hoy no está impreso con nitrato de plata como en la época del Higienismo, está fabricado por la misma hipocresía que requiere una Barcelona atractiva y seductora, capaz de satisfacer los gustos del mercado turístico. Escort sí entonces. Pero puta, jamás.

Frente a esta situación de vulneración, las trabajadoras sexuales se rebelan. Bajo el nombre de Prostitutas Indignadas antes y Putas Feministas después, se organizan, se manifiestan, luchan sin miedo y apoyan a vecinos y vecinas víctimas de una violencia ocultada que afecta a todo el Raval.  Presentes en todos los actos que pedían justicia para Juan Andrés Benitez, vecino del Raval que el 5 de octubre murió a golpes de porra delante la puerta de su casa; presentes en las movilizaciones organizadas para parar las infinitas ordenes de desahucio emitidas para sanear, limpiar o rehabilitar el barrio y que en realidad dejan en la calle enteras familias; presentes en las manifestaciones del 8 de marzo bajo el lema: “Sin putas no hay feminismo”, las trabajadoras sexuales de Barcelona no se cansan de luchar.

Simone De Beauvoir afirmaba, en 1972, que se hizo feminista cuando reconoció su solidaridad con las otras mujeres en vez de su separación de ellas. Es cierto que la trata de mujeres representa una realidad muy compleja y que es tarea del feminismo luchar para que se acabe. Es cierto que en el trabajo sexual hay prácticas que reproducen el sistema capitalista. Pero su reproducción no habita en el trabajo sexual en sí, si no en el mecanismo de explotación en que está incardinado. Romper los mecanismos de control y vigilancia hacia las profesionales del sexo es un objetivo que concierne a todas porqué todas estamos explotadas por el sistema. Reconocer el trabajo de las trabajadoras sexuales es el primer paso para la cancelación del estigma impreso en sus cuerpos y sobre todo para no volver a imprimirlo. El primer viernes de cada mes, en la calle d’En Robador, las vecinas y trabajadoras sexuales del Raval (y de otros barrios) organizan un “puti vermut”: una buena ocasión para hablar con ellas en lugar que, una vez más, hablar sobre de ellas sin conocerlas. Otra posibilidad más para construir juntas nuevas estrategias de lucha y resistencia. Porque cada día es 2 de junio.

Deja un comentario

Archivado bajo Activisme, Antropologia urbana

¿Qué pasa con los niños?

web_6151453-1a92e007-640-1
Artículo publicado originalmente en català en La Directa.

Por Marta Contijoch (OACU)

El pasado 20 de Noviembre se celebró el Día Internacional de los Derechos de la Infancia, uno de esos días dedicados a simular que las instituciones se acuerdan de aquello que el resto del año olvidan. Este año, como el pasado, la Fundació Catalana de l’Esplai lo celebró con una jornada en la que se ocuparon las calles de algunas ciudades catalanas, también Barcelona, para reivindicar el derecho de niños y niñas al juego y el tiempo libre.

En efecto, el tiempo en que niños y niñas jugaban en la calle cada vez parece ser más cosa del pasado. Son pocos los que, hoy en día, se atreverían a dejar que sus hijos camparan a sus anchas, solos, por las calles –al menos sin la vigilancia de un adulto responsable-, fuera del espacio de seguridad que se supone que es el parque o algún recinto parecido, debidamente vallado. Con cada vez más entornos peatonalizados y aparentemente libres de coches, el peligro de los automóviles no es excusa. Tal vez, incluso, a muchos de estos niños, por mucho que les autorizaran a salir a la calle, les costaría encontrar el momento en el que encajar este paréntesis de juego entre el tiempo que pasan en la escuela y en casa, y el que ocupan todo tipo de actividades extraescolares que seguramente duran toda la tarde, o al menos buena parte de ella.

Hablamos de la negación de la calle como momento de libertad infantil; de la usurpación de los únicos instantes en los que podían negociar un espacio que construían como propio, administrando autónomamente su tiempo sin seguir las directrices de ningún adulto, tan sólo bajo la supervisión que proporcionaba el uso compartido del espacio urbano, repleto de ojos amigos que se ocupaban, prestando atención de reojo, de su vigilancia. No debemos olvidar el papel que las pandillas infantiles jugaban en la sociabilidad de muchos barrios, y en las funciones y posibilidades de autogobierno que ejercía esta vecindad de calle. Una vida pública compartida que integraba lo que en catalán se denominaba la canalla, que no era una simple agrupación de niños, sino una auténtica institución social, con una estructura y una cultura propias, y responsable de una contribución clave a la comunidad por medio de lo que fue un auténtico sistema pedagógico informal. La vida en la calle otorgaba a las pandillas de niños un papel activo y determinante en la cotidianidad de un barrio que, a su vez, les reconocía su derecho a ese lapso de ocio autogestionado que niños y niñas encajaban entre los demás ámbitos de su vida diaria.

Ahora, la organización del ocio infantil más allá del entorno doméstico y del colegio parece haberse convertido en un problema. Niños y niñas parecen estar ahora sometidos a una suerte de toque de queda permanente, una tendencia indesligable de una lógica que, cada vez más, concibe su tiempo libre como un algo que debe aprovecharse de manera productiva, combinando preocupaciones tanto de orden pedagógico como relativas a la seguridad. Partiendo de un discurso sobre la infancia como una etapa de vulnerabilidad y dependencia cercanas a la incapacidad, los niños son desalojados de las calles y enclaustrados en espacios privados, corrales en los que son confinados para entregarlos a todo tipo de actividades monitorizadas, dirigidas por un especialista en infancia que les propone aquellos juegos –obviamente adjetivados como educativos, como si el juego no dirigido en la calle no lo fuera- más apropiados, de acuerdo con lo que se supone que son las necesidades de su aprendizaje.

Apartado por completo del mundo adulto, el mundo infantil queda limitado al ámbito privado, donde no escapa de la vigilancia y la supervisión constantes. Expulsado de un espacio público con el que tan sólo pueden negociar los adultos –y podríamos precisar: los hombres adultos-, y con la vida de barrio cada vez más debilitada, niños y adolescentes se convierten en presencias contaminantes fuera de aquellos lugares especialmente reservados para ellos. Tan sólo se les permite ocupar ciertos espacios delimitados, apartados, en cualquier caso, de la verdadera vida pública.

De este modo, el asalto al espacio público protagonizado por muchos adolescentes tan pronto como son autorizados a autoadministrar parte de su tiempo libre, puede ser leído como un ajuste de cuentas, una reconquista de ese derecho a la calle que les fue negado de niños.

Se trata de una ocupación del espacio monopolizado por aquellos ya considerados “maduros” que no puede ser vista como nada más que una amenaza a un orden adulto que debe protegerse a sí mismo de las intrusiones siempre insolentes de aquellos que le son ajenos. La transgresión de la frontera que separa ambos mundos por parte de aquellos que, estando todavía por socializar, son en sí mismos negación del orden social, activa un pánico moral ante la naturaleza impredecible de una civilidad todavía no consolidada. La demonización de los que se atreven a pisar, a imponer su presencia y apropiarse de un territorio que por el momento no están autorizados a ocupar, que todavía no les pertenece, no expresa otra cosa que el miedo al descontrol y al desorden sociales que genera en algunos el uso de su espacio por parte de aquellos que consideran (aún) inmaduros para asumir, junto a ellos, su control.

Tal vez sea hora que este derecho a la ciudad –a la calle- que reclamamos, lo exijamos también para los niños y niñas, aunque sea para que vuelvan a ofrecernos un modelo de lo que debería ser una apropiación lúdica, autogestionada y creativa. Una posibilidad siempre abierta de volver a ser, también nosotros, en la calle, niños y niñas.

Deja un comentario

Archivado bajo Antropologia urbana

Trendy global spiritual street food en Copenhage‏

Fuente: Joan Uribe

Fuente: Joan Uribe

Por Joan Uribe (OACU)

Hoy ya no hay quien me quite el buen humor. La ligereza y alegría de quien se quita un peso de encima. Porque hoy lo he visto claro: no hay nada que hacer. Hemos perdido la mano, quien sabe si la partida…

Copenhague, en versión abril fresco y soleado, es una ciudad pacificada que se antoja equilibrada en espacios, ritmos y sonidos: avenidas y bulevares largos y amplios, de perspectiva estática y líneas previsibles, que no resultan duras a la vista. Un predominio del silencio unido a la proporcionalmente escasa presencia de transeúntes en relación a la dimensión de sus vías deambulatorias para coches, bicicletas y transeúntes, auguran un escenario urbano que abona la posibilidad de esculpir en la esencia de sus habitantes proyectos apabullantes, incluso terroríficos, en nombre de esa versión facilona de la democracia que puede ser la promesa de la vida sin disrupciones a la vista.

Street food. La idea es la siguiente: llevar a un punto de la ciudad una intensidad concentrada de puestos de comida callejera. Hasta ahí, todo bien. De diversos puntos del mundo… No tiene porque ser grave.

Pero, claro, la materialización de la idea se ejecuta en clave de producto. Y si, como imaginario, se concreta la ubicación de street food – www.copenhagenstreetfood.dk  -al trajín de las calles, en realidad, se ubica en el extremo de un muelle apartado de la ciudad. Un absurdo. En un punto –hermoso- en el que el horizonte se conjuga con el movimiento solar y, si las nubes lo permiten, da pie a horas de luz solar intensa en ese rincón apartado. Y a partir de ahí, el delirio. Quizá tomando como modelo otros proyectos similares de Berlín, quizá otros, se inserta en el interior de una gran nave. Ni en una street ni al aire libre de las streets. La comida callejera, la idea de los puestos, se convierte automáticamente en un parque temático de chiringuitos más o menos de diseño en formato indoor. La locura. En el punto central de la nave, rodeado de mamparas de madera y cristal, el punto de mesas en el que se solicita la bebida y que, en formato panóptico, genera al cliente la sensación de control sobre los puestos de comida, dispuestos alrededor, y a los cuales éste se dirige para decidir la supuesta etnicidad de la comida supuestamente callejera que comerá en un comedor interior.

A no ser, claro, que el tiempo lo permita, y uno tome posesión de algunas de las sillas que, en formato chill out, se disponen, al sol, frente a la nave. Acompañadas de potentes altavoces con música neutra, es posible que más de un cliente tenga una revelación: Evidentemente, el juego no se basa en un callejeo en el que descubrir des de la espontaneidad de la calle, sus flujos y avatares, comidas presuntamente callejeras y mundiales. No.

Fuente: Joan Uribe

Fuente: Joan Uribe

La revelación puede llevar a más de un consumidor a entender que está viviendo una experiencia trendy global en medio de un ambiente hipster que, merced a la música de chill out, nos ayuda a intuir la posibilidad de estar viviendo una experiencia espiritual. Es decir, trascendente: uno está yendo más allá del hecho de callejear y comer comida de puesto, y está encontrándose consigo mismo –puesto que lo que le rodea es tan difuso que aparenta no tener corporeidad-, y su destino, gracias al evocador escenario y la coreografía musical. Un espectáculo de vacío existencial muy bien identificado y ocupado en forma de nicho de negocio.

Y ahí uno entiende como el mercado es capaz de sublimar una idea, en forma de producto total: mercadotecnia trendy, con el sello de lo global, pero que tiene la capacidad de sugerir una espiritualidad de pandereta, muy de portada de CD.

Atrás quedan anteriores intentos de mercantilización de lo diverso y diferente –por foráneo-, desde argumentos como el respeto a la diferencia o la hermandad entre culturas. No. Eso ya pasó de moda. El mercado, ahora, es capaz de combinar con cierta sutileza toda esas postales como producto –alimenticio- con diseño trendy y darle tintes de esa espiritualidad tan de postal, combinada con una –inmejorable- puesta de sol en el puerto de Copenhague, al son de música de relajación.

Lo dicho. Hoy, dormiré en paz.

Deja un comentario

Archivado bajo Antropologia urbana