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HUELE A CAPITALISMO

Pareciera que los habitantes de las ciudades actuales vivimos en paisajes sensoriales insulsos donde el olfato parece haberse convertido en un sentido casi inútil. Desde finales del siglo XVIII las ciudades europeas han sufrido procesos de higienización que incluían la eliminación de las fuentes físicas y humanas de olor. Hemos llegado a tal nivel que decir que una cosa huele implica metonímicamente decir que huele mal.

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Barcelona, como todas las ciudades globales, es una ciudad que se presenta como desodorizada. Mírame pero no me huelas. Para comprobar si efectivamente las ciudades se han convertido en espacios desodorizados, os invito a dar un paseo atento por cualquier parte de Barcelona. Si cerráis los ojos, seguramente os daréis cuenta de los rastros olorosos que van dejando a su paso muchos peatones. Perfumes, cremas, after shaves, desodorantes y otros potingues corporales directamente aplicados sobre el cuerpo se unen a las fragancias con “olor a limpio” u “olor a fresco” de los jabones y suavizantes utilizados para limpiar y perfumar la ropa. ¿Os habíais parado a pensar como de extraño es eso del olor a limpio? ¿A que huele, por ejemplo, la “frescura azul”? ¿Y la “floral”? Da vértigo comprobar el grado de mercantilización y regulación de los olores corporales a que hemos llegado nuestra sociedad. Por supuesto, los olores de las mujeres están más sujetos a control y regulación que los de los hombres. Sólo hace falta ver los anuncios de desodorantes y perfumes vaginales. Curiosamente, los penes parecen no oler. Calificar ciertos cuerpos como malolientes es un mecanismo muy conocido de disciplinamiento corporal al servicio de procesos de clasificación social. De hecho, no evitamos aquellos cuerpos que huelen mal, sino que utilizamos su supuesto mal olor para justificar procesos de evitación social.

Los humos de tubos de escape de los coches, la contaminación, las flores, la suciedad de la calle… todo forma una nube indefinida de olores que nos rodea constantemente en las ciudades. De hecho, en las grandes metrópolis estamos constantemente rodeados de ruidos, olores y otros estímulos sensoriales, que solo se convierten en perceptibles cuando hay cambios en su composición o intensidad. Para hacer frente a esta sobrecarga de los sentidos, el sujeto urbano necesita desarrollar procesos de habituación sensorial. Por este motivo gran parte de los paisajes olfativos urbanos acaban convirtiéndose en imperceptibles para sus habitantes.

Cada vez hay también más aromas intencionalmente vertidos al espacio público para estimular el consumo a través de la generación de apetencias de manera inconsciente. A los olores de pan recién hecho que salen de los hornos se han unido en la actualidad un montón de otros olores-mercancía, como son las fragancias que expulsan a la calle las tiendas de moda de ciertas cadenas, las perfumerías o los aromas que se escapan a veces de los halls de hoteles de lujo que han incorporado ciertos olores de diseño como parte de su branding. Todos estos olores pueden llegar a ser realmente intensos, pero en general no parecen despertar mayores problemas ni ser objeto de queja. El marketing olfativo que asigna olores a espacios, productos y experiencias es vital en el proceso de conversión del olor en una mercancía más.

El branding olfativo también ha llegado a la “marca Barcelona”. A pesar de que la visualidad es central para los actuales procesos de iconización y marketing de las ciudades, Barcelona fue pionera en tratar de incorporar a su marca también una parte olfativa. El mejor ejemplo es el regalo navideño que el exalcalde Jordi Hereu hizo el 2001 a algunas personalidades de la ciudad: Barcelona Olores, una caja con un libro y ocho pequeños tarros con las esencias supuestamente más representativas de Barcelona, entre las cuales se encontraban el olor de seis espacios emblemáticos de la ciudad (el mercado de la Boqueria, Montjuic, las Ramblas, la Barceloneta, la basílica de Santa María del Mar y la Casa Batlló), así como de dos productos gastronómicos (cava y pan con tomate). Tanto los lugares escogidos como las fragancias supuestamente representativas de la ciudad refuerzan la imagen proyectada y profundamente sesgada de una ciudad mercancía para el mercado financiero y turístico global. Los olores de los espacios donde se desarrolla la cotidianidad de la mayor parte de quienes habitamos Barcelona se mantienen convenientemente fuera de la marca Barcelona, como si los olores del barrio, de la vida de calle, de las escaleras de vecinos y patios interiores, de las plazas abarrotadas en los barrios populares, afearan la marca Barcelona y disminuyeran por tanto el potencial de venta de la ciudad.

En Barcelona, como otras muchas ciudades que aspiran a continuar siendo globales, nos encontramos con procesos de expulsión del entorno urbano de aquellos aromas menos manipulados (sudores y otros olores del cuerpo humano, de frutas y comidas, etc.) que buscan ser sustituidas por olores fuertemente dirigidos y mercantilizados. El neuromarketing hace tiempo que salió a las calles y ahora mismo el olor es también un instrumento para la conquista sensorial del espacio público urbano. En Barcelona huele a capitalismo. Sigue leyendo

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Tormenta de mitad de agosto

Diario Berria

Entrevista realizada por la periodista Samara Velte, del Diario Berria. Publicada originalmente en euskera y traducida al castellano por Amaia Altuna.

TORMENTA DE MITAD DE AGOSTO

Este año las páginas de los periódicos se han mojado como lo hace la tormenta que se infla en los días bochornosos de verano y revienta al anochecer. Aunque esta preocupación no es nueva. Hace tiempo que vemos protestas y parodias como el “giri eguna” (día del guiri) de Urola Kosta y también vienen realizándose estudios sobre formas de desarrollo urbano más sostenibles desde asesorías y universidades.

Pero este verano el turismo se ha convertido en conflicto político. Los partidos políticos se han embaucado en una guerra de chancletas con lo que debería ser materia para la discusión social. También ha llamado mayor atención la manifestación convocada por Ernai (juventudes de la izquierda abertzale) con el lema “Vuestro turismo nuestra miseria”, que fue convocada en junio pero de la que nadie se ha acordado hasta finales de julio. El cambio ha ocurrido debido a la campaña realizada por Arran en Barcelona, que enseguida llenaron las portadas de los medios de derechas vinculándolos a la CUP, y en consecuencia al referendum de octubre. La manifestación de Ernai y las pintadas “Tourist go home” aparecidas en Donostia sumaron un ingrediente más, concluyendo que nacionalistas y radicales catalanes se habían unido contra el turismo.

En Euskal Herria algunos partidos han reproducido ese mismo esquema. El PP ha anunciado que interpondrá ponencias a favor del turismo. El Gobierno Vasco y el ayuntamiento de Donostia han resaltado que la situación del Mediterráneo y de Euskal Herria es diferente. El PNV ha calificado la manifestación de Ernai y las pintadas como “ataques” y se ha referido a la izquierda abertzale en términos de turismofobia.

CONFLICTO SOCIAL

Está claro que el turismo suscita diferentes percepciones pero hay unanimidad al admitir la saturación de la parte vieja donostiarra. La mayor preocupación gira en torno al mercado inmobiliario. En Donostia, el encarecimiento y la reducción de la oferta se ha extendido más allá del centro y en Bilbao también están notando el cambio. De hecho, el grupo Ganemos Goazen Bilbao ha solicitado un estudio del nivel turístico que puede soportar la ciudad al gobierno municipal, alegando que han pasado de estar en la burbuja inmobiliaria a estar en la burbuja turística.

El doctor en psicología social y miembro del Observatorio Antropológico de Conflictos Urbanos de Barcelona Horacio Espinosa Zepeda, cree que la palabra “turismofobia” es un intento de patologizar el malestar social. “Como otros términos despectivos hacia movimientos sociales individualiza un problema de origen social. En lugar de fijarse en los aspectos estructurales del malestar, el individuo se vuelve el culpable porque no ha sido capaz de adaptarse al entorno, en este caso al turismo”. También se usa el término Síndrome de Venecia para describir el vaciado de habitantes de las ciudades. Espinosa Zepeda cree que “en consecuencia, se destruye el discurso de fondo y se criminaliza a los ciudadanos que se organizan para cambiar el modelo turístico”.

Las razones del malestar son parecidas en los lugares en los que ha surgido la discusión: encarecimiento de alquileres y servicios, abandono de los centros urbanos y destrucción del tejido social. Según Espinosa hay que cuestionar las estructuras que permiten esos cambios. “El problema no es el turista, sino el modelo que masifica el turismo”. También advierte del peligro de caer en el clasismo. “Algunos sectores piden un turismo de calidad en lugar del de borrachera, pero eso es torcer el tiro, porque ambos son parecidos, visitan y duermen en los mismos sitios. Lo que hay que criticar es la lógica de la industria turística”. En su opinión, el turismo masivo y la gentrificación suelen ir de la mano. “El problema es el modelo de explotación porque crea burbujas inmobiliarias: los buitres compran edificios enteros, los renuevan y los ofrecen al mercado turístico”, reduciendo y encareciendo así el alquiler común.

¿La solución? “Hay que buscar un modelo turístico sostenible, con poco impacto y que provoque a largo plazo una desaceleración turística, que no indica desaceleración económica, sino el desarrollo de un turismo no de masas.” La clave es el control público. “Hay que regular los precios de los alquileres y los pisos turísticos”.

CINCO INDICADORES

Desde la empresa de investigación y asesoría turística In2destination, su directora, Nagore Espinosa Uresandi, indica que el turismo también tiene que hacer una aportación a la sociedad, y para ello utilizan cinco indicadores para medir la idoneidad del modelo turístico. Por una parte la influencia económica, “en lugar de promover sólo las ciudades, hay que dar a conocer zonas de campo y alargar las estancias. En Araba, en Bizakaia y en Gipuzkoa la estancia media es menor de dos noches. Por otro lado están el efecto ecológico y el social. “Hay que escuchar a los ciudadanos, ver como perciben el turismo”. Lo más complicado suele ser conocer sus condiciones laborales, puesto que el turismo engloba a más de 11 industrias.

Además de estos 3 índices habituales Espinosa Uresandi propone dos más: la territorialidad y la gobernanza. “Hay que estudiar la concentración de los recursos turísticos y facilitar el movimiento de la gente hacia otros lugares. Interesa crear actividad económica fuera de los centros urbanos”. En cuanto a la gobernanza, “éste es el punto en el que todo comienza. Para que el turismo sea sostenible las administraciones, públicas y privadas, deben esforzarse en monitorizarlo todo en el tiempo para identificar posibles riesgos para la alarma”.

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En el Idroscalo de Ostia, dónde murió Pasolini, 40 años después

Por Stefano Portelli (OACU). Este artículo fue publicado originalmente en catalán en La Directa, el pasado día 30/11/2015. Por otro lado, una versión algo más extensa del mismo fue también publicado en italiano por Monitori el día 2/11/2015.

Alrededor de donde en 1975 murió Pier Paolo Pasolini, aún se siente su presencia: y no en las celebraciones institucionales ni en el parque que lleva su nombre. Pasolini en Roma sirve sólo al lavado de conciencia de los ‘señoritos’: el bar donde se rodó Accattone es hoy punto de encuentro de la ‘clase creativa’ que echó a los habitantes locales, y su foto colgada allí es la típica ofensa después del daño (como la plaza del Raval dedicada a Montalbán). Vienen ganas de no nombrarlo más, de no pensar en él sino en privado y en silencio. Pero con sólo alejarse un poco de los sitios habituales, se vuelve a sentir bien vivo en la ciudad. Los lugares no son los mismos, pero los cuerpos sí. Lejos de las antiguas borgate, los barrios que los mantenían conectados, que daban profundidad a sus risas, menos homologados de lo que imaginaría, los ‘últimos’, como ellos mismos se definen, siguen allí.

En el Idroscalo de Ostia aún resiste una borgata espontánea. Un barrio autoconstruido de quinientos casitas, justo en la desembocadura del Tevere: nacido en la posguerra y crecido con la inmigración y las expulsiones del centro, fue tolerado por el Ayuntamiento, que por décadas prometió su regularización. Pero justamente esa marginalidad hizo que en el Idroscalo aún se encuentre Roma – la ciudad que Pasolini veía detrás de las plazas, calles y cuerpos homologados por el consumismo (véase aquí). Una mujer del barrio me envía esta frase diciendo que Pasolini la escribió para ellos: “Detrás de la masa de las casas se extiende la playa, un arco que parece sin fin, de un lado al otro del horizonte quemado por el sol que lo esculpe en el aire con sus colores derretidos. El gris de la playa, las piedras del acantilado, los cien tintes de los barnices de las casas, los yesos de las tapias, todo es amasado por el sol en una inmobilidad irreal. Pero en esta inmobilidad debida a la lejanía desde el mundo se siente desbordar la felicidad”.

En 2001 el arco sin fin de la playa – se ve en Caro Diario de Nanni Moretti – fue encerrado detrás de una pared de hormigón para construir el Puerto Turístico de Roma. El barrio se hizo aún más marginal; el golpe de gracia llegó nueve años después, cuando el alcalde (derechas) Gianni Alemanno ordenó su invasión por más de mil policías. Los antidisturbios armados tomaron el barrio entero, aterrorizando a la gente y abriendo paso a las excavadoras, que demolieron 35 casas. Los habitantes – que nadie había avisado – fueron transferidos en unos “residence”, bloques de pisos sin vender cuyos propietarios pactaron con el Ayuntamiento para que los usara en las “emergencias”: creando una emergencia, mucho dinero público cayó en bolsillos privados. La gente aún vive allí.

“En nuestro barrio – escriben – llegan los últimos, los que nadie quiere, sino para hacerles trabajar malpagados y sin derechos; nosotros, italianos del Idroscalo (parece que sin decir tu nacionalidad no se te nota) los acogimos sin pedir papeles, supliendo la ausencia del Estado”. Hace un año que entrevisto a gente y participo en las reuniones del barrio, intentando entender sus contradicciones y complejidades. En 2014 una operación policial destapó una extensa red criminal que recibió el nombre de Mafia Capitale, en la cual estaban implicados políticos de (casi) todos los partidos. Para evitar la disolució del Ayuntamiento, perjudicial para las contratas del Jubileo de 2015, se escogió un chivo expiatorio: Ostia. El Distrito fue considerado “mafioso”, las investigaciones se concentraron allí, y se salvó así el resto de Roma. Con la misma lógica, en Ostia es el Idroscalo la zona “abusiva” bajo ataque, cuando media ciudad se construyó gracias al clientelismo del Ayuntamiento, regularizando cualquier abuso urbanístico. Hay especuladores que llevan décadas sin pagar impuestos millonarios: pero el problema son los “miserables” que construyeron casitas en el río.

Así, el presidente del municipio de Ostia (izquierdas) dimitió cuando se le encontró pactando con el alcalde para ampliar el Porto Turístico sobre el Idroscalo. Los jueces de Mafia Capitale lo detuvieron junto con el dueño del Porto; pero se olvidaron de bloquear el proyecto urbanístico. Ahora en el Idroscalo tiemblan con cada cambio de consejal, con cada nueva declaración pública: podría ser un indicio de si les dejaran en sus casas o les volveran a desalojar. Imposible transmitir esa felicidad que Pasolini había percibido en esa zona del margen, que para los periódicos es sólo “abuso”: el desprecio que los potentados tienen hacia su gente es el mismo que hace 40 años tenían los demócratas cristianos hacia las periferias. Los intelectuales de entonces intentaban contrastarlo, con su ‘desesperada vitalidad’. Pero hoy, quienes sienten ese odio tienen seguramente todos sus libros en sus comedores, y habrán aplaudido en las celebraciones de la muerte del poeta. Sin duda, para ellos, mejor muerto que vivo.

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