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París, capital del terrorismo capitalista internacional

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Foto de Cecilia Vergnano y Dolors Garcia, gente del OACU, ayer, allí.

por Manuel Delgado (OACU)

Ayer, en París, se volvió a conocer la lógica de la violencia contra quienes protestaban con otra violencia infinitamente más destructiva y atroz: la que hoy está destruyendo nuestro planeta y uno de cuyos efectos son cambios climáticos en que se expresa la depredación masiva de la naturaleza por parte del sistema capitalista mundial. Da que pensar que lo de ayer sucediera en una ciudad que se nos acaba de mostrar hace poco la nueva capital del dolor terrorista. Frente al terrorismo capitalista que acabará liquidando un día la vida en la Tierra, la violencia del DAESH, que al fin al cabo no es más que otra de sus variantes, a la que se muestra como supuestamente fuera de control.

Lo que interesa es cómo la violencia es objeto de discursos que la perfilan como una irrupción del otro absoluto, que la asocian al inframundo de los instintos, que prueban nuestro parentesco inmediato con los animales o que advierten del acecho cercano de potencias maléficas. La violencia ejercida por personas ordinarias no legitimadas es entendida como abominable, monstruosa, en cualquier caso siempre extrasocial. Lo hemos vuelto a ver estos días: la representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos,  de esa violencia no sólo antisocial, sino asocial, no hace sino incidir constantemente en la degradación que indica el uso no legítimo de la fuerza bruta, que convierte a sus ejecutores en menos que humanos, representantes de instancias subsociales o infrahumanas. La imaginación mediática y los discursos políticos y policiales que hablan constantemente de esa violencia exógena a lo social humano, procuran hacer de ella un auténtico espectáculo aleccionador para las masas.

En los medios de comunicación y en los discursos oficiales que «condenan la violencia» no se habla nunca, por supuesto, de la violencia tecnológica y orgánica, aquella que se subvenciona con los impuestos de pacíficos ciudadanos que proclaman odiar la violencia. No mencionan la muerte aséptica, perfecta y en masa de los misiles inteligentes, las bombas con uranio empobrecido o de los bloqueos contra la población civil. No hacen alusión a las víctimas incalculables de la guerra y la represión política. Vuelven una vez y otra a remarcar lo que Jacques Derrida había llamado la «nueva violencia arcaica», elemental, bruta, la violencia primitiva del asesino real o imaginario, del sádico violador de niñas, del terrorista, del exterminador étnico, del hooligan, del delincuente juvenil, del joven radical vasco, del skin.

Frente a una violencia homogénea, sólo concebible asociada al aparato político y a la lucha por la defensa y la conquista de un Estado que hoy ya es universal, una violencia heterogénea, dispersa, caótica, errática, episódica, primaria, animal, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad: violencia terrorista, criminal, demente, enferma, étnica, instintiva, animal; violencia informal, poco o nada organizada: bomba casera, cóctel molotov, arma de contrabando, puñal, piedra, hacha, palo, veneno, puñetazos, mordiscos, patadas… De hecho, esa es la violencia que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad, el fanatismo y la locura. Violencia artesanal, pre-moderna, «hecha a mano», paradójicamente «violencia con rostro humano», y por ello escandalosa e inaceptable, puesto que no tiene nada que ver con la violencia constante, con las coordinadas y estructuras fundamentadas en el uso de la fuerza que posibilitan la existencia misma de los órdenes políticos centralizados, sean locales o globales.

Los violentos son siempre los otros, quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a esos «otros» es la manera como éstos contrarían el principio político irrenunciable del monopolio en la generación y distribución del dolor y la destrucción. Una magnífica estrategia, por cierto, en orden a generar ansiedad pública y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica.

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La vida en Venus: Efectos colaterales de una fantasmagórica regeneración urbana

Detalle del bloque Venus en el barrio de La Mina | Fuente: http://desdelamina.net/drupal/

Detalle del bloque Venus en el barrio de La Mina | Fuente: desdelamina.net

Articulo publicado originariamente en catalán en el dossier  “A voltes amb el conflicte urbà”, La Veu del Carrer, nº 133 (octubre 2014), Barcelona: FAVB, pp. 15-25.

por Giuseppe Aricó (OACU)

A finales de mayo de 2013, en la edición electrónica de un influyente diario nacional, se abrió una encuesta con el objetivo de recaudar la opinión popular sobre el posible derribo del imponente bloque de la calle Venus del barrio de la Mina, en Sant Adrià de Besòs (Barcelona). Sobre un total de 121 participantes, los resultados mostraron de forma tajante que el 75% de estos se decantaba por el “sí”, mientras únicamente el 14% apostaba por su mantenimiento y un 11% no tenía una opinión formada. Pero la importancia de esta encuesta no radicaría tanto en los resultados obtenidos -más o menos fieles a la realidad-, sino más bien en su significado en cuanto al modus operandi adoptado por las administraciones respecto a una operación socialmente tan compleja y delicada. Inicialmente programado para el año 2010, el derribo de Venus constituía la operación clave del Plan Especial de Reordenación y Mejora del 2002, es decir, el punto final del proceso de “regeneración urbana” enmarcado en el más amplio Plan de Transformación del Barrio de La Mina (PTBM 2000-2010).

Con un presupuesto inicial de más de 170 millones de euros, el PTBM preveía realizar toda una serie de actuaciones urbanísticas, acompañadas por un potente programa social, dirigidas a poner definitivamente fin a la “histórica conflictividad” del barrio. Hoy en día, el presupuesto general del PTBM ha superado ya los 200 millones, pero sus ambiciones fundamentales –“esponjar el barrio”, “mezclar población”, “erradicar la delincuencia” y “diluir territorialmente los focos de conflictividad”- no han llegado nunca a cumplirse sino, más bien, a encarnar el fracaso clamoroso del proceso de transformación al cual se pretendía someter La Mina. El hecho es que el PTBM había sido estratégicamente enfocado, desde el principio, hacia los intereses privados del mercado inmobiliario, subordinando la esfera social al mero beneficio urbanístico, con la consecuencia de pensar más en las piedras que en las personas. El caso más emblemático de tal subordinación estaría representado por el bloque Venus cuyo hipotético derribo implicaría un impacto social de proporciones considerables, puesto que exige el desalojo de unas 240 familias y su posterior realojo en nuevas viviendas de protección oficial repartidas por el barrio.

Sin embargo, tal operación no estaría explícitamente incluida dentro de las actuaciones de esponjamiento previstas por el PTBM, ni existiría ningún documento oficial que determinara sus reales motivaciones. Pero poco importa todo esto, puesto que Venus representaría la parte degenerada por excelencia del barrio, esto es, el punto cero desde donde abordar la gestión de la conflictividad en toda su complejidad. Su derribo tendría entonces la fuerza simbólica de empezar de nuevo, de cortar con los estereotipos y el pasado nefasto del barrio para construir “nuevos modelos de convivencia” y un futuro mejor para todos. En ningún momento se ha puesto en cuestión la relación de la vida social del barrio con su morfología urbanística, los orígenes de la cual se encuentran en plena época de desarrollismo franquista. Nadie ha recordado que la falta originaria de equipamientos y servicios básicos, junto con la concentración espacialmente impuesta desde el principio, podría ser el detonante de la competencia entre vecinos por recursos escasos. Nunca se ha tenido en cuenta que las políticas de vivienda, efectuadas sobre el entorno urbano por el Patronato Municipal de la Vivienda de Barcelona, consiguieron configurar La Mina, y especialmente Venus, como lugar de destino de desalojos provocados por intervenciones urbanísticas en otras zonas del contexto metropolitano. Nadie ha pensado que la generación de conflictos permanentes entre los diferentes sectores de residentes podría tener su origen en el alta rotación del vecindario, con historias de vida y formas de usar el espacio muy diferentes y, a menudo, divergentes.

A pesar de que las administraciones hayan recientemente barajado diferentes alternativas al derribo de Venus, no tenemos igualmente que dejar de preguntarnos cuáles serían las responsabilidades de la administración local y autonómica en el lento – y quizás funcional – proceso de degradación del edificio al no intervenir en su posible rehabilitación e impedir a los vecinos hacer reformas o vender sus pisos en el momento oportuno. En noviembre de 2013, el Ayuntamiento de Sant Adrià volvió a hacer marcha atrás respecto al derribo de Venus, insinuando la probabilidad –no confirmada- de que finalmente la operación podría no llevarse a cabo. Sin embargo, en ese mismo año, el plazo de ejecución del PTBM fue finalmente pospuesto a finales del 2015 y, con ello, el destino incierto de Venus y de sus vecinos. Posiblemente, a lo largo de las últimas cuatro décadas la percepción y utilización de la Mina en clave preferentemente económica habría funcionado como productor de importantes expectativas de capitalización de rentas mediante su reiterada “regeneración”, con el efecto colateral –digamos- de aislar sus problemáticas y consolidar severos patrones de segregación socio-espacial. Todo esto tendría que obligarnos a repensar la manera en que solemos concebir este barrio y su “conflictividad”, que, en lugar de ser criminalizada y corregida, quizás debería de verse como parte de la estrategia del cómo personas sistemáticamente excluidas de la “ciudadanía” y la “normalidad” siguen insistiendo sobre su inclusión desplegando fuerzas y formas alternativas de vivir, habitar e, incluso, reivindicar su espacio.

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Violència urbanística, exclusió i desacataments. Reflexions des d’allò urbà

Per OACU

Del 7 al 10 de novembre de 2012, s’han celebrat a la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de Barcelona les 1es Jornades Internacionals d’Antropologia del Conflicte Urbà. Aquestes jornades, organitzades per l’Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), el Grup de Recerca sobre Exclusió i Control Social (GRECS) i el Grup de Treball Etnografia dels Espais Públics (GTEEP-ICA), van tenir un gran èxit gràcies a la col·laboració i el suport de l’Institut Català d’Antropologia (ICA), la Universitat de Barcelona (UB) i l’Inventari del Patrimoni Etnològic de Catalunya (IPEC). La gran varietat de punts de vista, debats i enfocaments analítics cap a l’estudi de la ciutat, han confluït en la presentació de més de 40 ponències amb un contingut molt rellevant. Entre elles, em decidit seleccionar les més representatives i unir-les en dos dossiers, el primer dels quals ha estat finalment publicat durant l’hivern passat al número 18(2) de Quaderns-e. En aquesta ocasió, volem presentar un segon dossier d’Antropologia del Conflicte Urbà dedicat a les “lluites per la ciutat”, on tornem a comparar, inventariar i analitzar, a través de diverses aproximacions metodològiques, aquells fenòmens que produeixen, alimenten i desemboquen en els més recents conflictes urbans a la ciutat contemporània.

Can Vies a Sants, Fabra i Coats a Sant Andreu o la Flor de Maig al Poblenou són només alguns exemples recents, tots ells a Barcelona, que evidencien l’existència inapel·lable del conflicte com a element constitutiu d’allò urbà. No obstant això, no es tracta únicament d’una qüestió catalana, ni exclusiva de l’Estat espanyol. Tenim aquí els exemples de diverses ciutats de Brasil, en el marc de la celebració del Mundial de Futbol de 2014 i les Olimpíades de Rio de Janeiro en 2016, o, una mica més a prop, els fets esdevinguts al Parc TaksimGezi a Istanbul, Turquia, el juny de 2013. El carrer es presenta així com un gran teatre on es manifesten, s’escenifiquen, les friccions existents entre les diferents concepcions de la societat que contemplen les classes socials. D’altra banda, no deixa de ser curiós com, des de l’acadèmia, però també des d’altres esferes, com la política o l’economia (potser no són la mateixa cosa?), el concepte de classe social ha tornat a gaudir d’un relatiu protagonisme en els últims anys. Sembla com si, després d’un llarg somni, ens haguéssim despertat i, com deia el conte de Monterroso, el dinosaure hagués seguit estant aquí. No obstant això, les classes socials no han reaparegut, sinó que mai han marxat. Es trobaven ocultes després de l’opacitat de la societat de consum on ens havia conduït el neoliberalisme.

Autors com David Harvey ja feia anys que assenyalaven que la pèrdua de poder adquisitiu que havien sofert les classes populars amb les transformacions sofertes amb el sistema capitalista mundial a mitjans dels anys 70, és a dir, amb el pas d’una economia fordista i keynesiana a una altra postfordista i neoliberal, era compensada per un major accés al crèdit i al consum. Aquesta millor qualitat de vida, després de la qual no s’amagava més que una major capacitat de compra, no es devia, com durant els 30 famosos Golden Years del capitalisme keynesià, a un pacte entre el capital i el treball, sinó, més aviat, a la victòria clara i indiscutible del primer sobre el segon. És just en aquest moment que el carrer, i les classes socials, tornen a aparèixer com a protagonistes d’aquesta història, doncs en ella es reflecteixen, millor que en cap lloc, les contradiccions de classe i la lluita entre les mateixes. Seguint aquestes premisses, Marc Dalmau obre aquest segon dossier interrogant-se sobre les conseqüències del desenvolupament urbanístic d’una zona perifèrica del sud de la ciutat de Barcelona centrant el seu estudi de cas en Can Batlló, un antic polígon industrial en reconversió. L’arribada de la “crisi econòmica” va postergar eternament l’aplicació del pla urbanístic previst per a la zona, amenaçant amb l’abandonament del recinte i la degradació de l’entorn circumdant. El 2011, amb la intervenció crucial del teixit social del barri i la seva entrada al polígon, es va aconseguir subvertir els efectes de la degradació planificada, desenvolupant noves formes de producció de l’espai públic i la generació d’un nou tipus d’equipament públic i comunitari.

Seguidament, Tiphaine Duriez analitza l’impacte dels processos de desplaçament forçat en els Alts de Cazucá, en Soacha (Colòmbia). Sense perdre de vista la complexitat del tema tractat, l’autora considera el conflicte armat a Colòmbia com una lluita multiforme, que produeix conseqüències considerables sobre diferents aspectes de la vida social. L’article es centra, en particular, en les manifestacions urbanes que els desplaçaments forçats interns tendeixen a assumir a les metròpolis colombianes. Els dispositius de repressió i les lògiques de control que (re)produeixen aquest fenomen al context urbà, revelen que el desplaçament forçat és el resultat d’una mena de “violència urbana” que marca la inscripció del conflicte armat intern a les ciutats. En la mateixa línia relacionada amb la temàtica de la violència, Luís Fernandes proposa un exercici conceptual entorn d’allò que designem en terminis d’ “exclusió social”. A partir de la noció de “violència estructural” i “violència quotidiana”, l’autor explora diferents modalitats urbanes de producció de l’acció política i dels dispositius de control social analitzant les accions policials desplegades en “zones problemàtiques”, així com les operacions de demolició dels anomenats “barris de les drogues”. Aquests dos nivells d’expressió de la violència es relacionen mitjançant el concepte d’exclusió social, evidenciant la victimització col·lectiva i el sofriment social com a dimensions de l’estatut d’exclòs.

Des d’una perspectiva molt semblant, Cecilia Vergnano analitza un episodi d’agressió violenta contra un grup de famílies rom procedents de Romania i informalment assentades en una zona en desús d’un barri perifèric de Torí, a Itàlia. L’article s’emmarca en una recerca etnogràfica sobre la construcció de discursos i pràctiques racialitzadores a través del camp mediàtic, polític i institucional. A partir de les dades empíriques obtingudes, l’autora analitza les estratègies de legitimació de tals pràctiques intentant cercar una resposta a una pregunta fonamental: què passa quan la lluita per la ciutat es transforma en el fenomen banalment conegut com a “guerra entre pobres”? Completa aquest dossier l’article de Christina Grammatikopoulou, que explora el paper d’Internet en el desenvolupament dels moviments de protesta i la idea de la pirateria com una pràctica subversiva ideològica i cultural. Partint de les protestes globals que s’han apropiat de l’espai públic des de 2011, l’autora estudia com aquestes es relacionen entre si i com s’emmarquen dins de la cultura i la política de l’era de la informació. L’article es centra, en particular, en les pràctiques de l’hacking com a acte polític i cultural, i analitza com els moviments de protesta analitzats s’expressen en obres d’art participatives (hacktivisme) que fomenten encara més l’esperit revolucionari.

Un especial agraïment va dirigit a Cecilia Vergnano, José Mansilla, Marc Morell, Ivan Murray, Óscar Salguero, Marta Venceslao, Isaac Marrero, Marco Aparicio, Dani Malet, Miquel Fernández, Marco Luca Stanchieri, Giuseppe Aricó i tots els companys i companyes de l’Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU), que amb el seu suport han fet possible la publicació d’aquest dossier. Com és habitual, tanquem aquest editorial agraint sincerament la col·laboració de totes i tots els que amb el vostre suport, els vostres articles, les vostres avaluacions, els vostres suggeriments i la vostra lectura, feu possible l’existència de la revista i us continuem animant a participar en aquest espai obert de debat de l’Antropologia a Catalunya.

 

Editorial del Dossier “Antropologia del Conflicte Urbà, Vol. II”

OBSERVATORI D’ANTROPOLOGIA DEL CONFLICTE URBÀ, (2014), “Violència urbanística, exclusió i desacataments. Reflexions des d’allò urbà”, Quaderns-e de l’Institut Català d’Antropologia, 19 (1), Barcelona: ICA, pp. 140-142. [ISSN 169-8298].

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