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Movimientos sociales y soberanía alimentaria en Barcelona

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Pancarta en el Hortet del Forat |Giuseppe Aricó

por Ana Karina Raña, investigadora visitante en el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà

Una reconocida característica del capitalismo en su expresión neoliberal es la extensión de sus esquemas especulativos inherentes a cada uno de los ámbitos que constituyen la vida social. Así, y desde hace algunas décadas, aquellas cosas que eran entendidas como parte del interés colectivo de las sociedades están ahora gestionadas y resignificadas por la lógica del libre mercado que ocupa más y más espacios. lo que comemos no escapa a esta construcción. Nuestra restringida capacidad de decisión respecto a lo que consumimos se exacerba en las ciudades que dependen, en gran parte, de las cadenas de distribución de alimentos desde los círculos productivos hacía su interior.

Sin embargo este proceso de frenética mercantilización encuentra resistencias desde diferentes flancos. Uno de ellos se da a través de los movimientos sociales, organizaciones y el activismo que se han ido extendiendo y que cuestionan justamente el carácter exterminador del sistema combatiendo desde lo colectivo al individualismo precarizante que el neoliberalismo ha instalado. Estas resistencias generan actitudes, acciones e interacciones que construyen una lógica diferenciada y que encuentran en su práctica cotidiana la reafirmación de sí mismos intentando paralelamente recuperar aquello que la generación de beneficios tiene tan cómodamente secuestrada. Así temas como el acceso a la vivienda o a la educación se propagan globalmente como puntos de oposición a lo que se constituye como un modelo dirigido a la rentabilidad, dentro de esto el ámbito alimentario no es una excepción encontrando también un nicho de acción en Barcelona.

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Ronda de reciclaje alimentario en el Ateneu L’Entrebanc | Ana Karina Raña

De este modo, diversas iniciativas incluyen la alimentación dentro de una interpretación amplia de la sociedad y que vinculan acciones consistentes con esta visión tanto más holística. Estas incorporan el tema alimentario de dos maneras, no mutuamente excluyentes pero que son analíticamente diferenciables. La primera, como parte de una crítica generalizada al capitalismo y al avance de las políticas neoliberales dentro de la producción alimenticia, está vinculada al movimiento por la soberanía alimentaria, concepto que incluye de no sólo una alimentación sana o accesible sino que también toma en cuenta factores medio ambientales, culturales y de justicia social. Esta posición se encuentra enraizada sobre la crítica a la mercantilización de los sistema productivos alimentarios adquiriendo relevancia así el incremento en los procesos de descampesinización en diferentes partes del mundo y las consecuencias que esto tiene en términos demográficos y de desdemocratización incluso en contextos no rurales. La soberanía alimentaria hoy en día se entiende como una postura con gran potencial transformador que instala una alternativa a la economía de mercado y las relaciones desiguales en las que ésta se basa.

Este razonamiento se expresa hoy en día en Barcelona a través de, por ejemplo, la proliferación de huertos urbanos. Sin embargo, la soberanía alimentaria traspasa estos espacios y se establece como una visión crítica entre los activistas que vincula el orden social a lo que comemos. Al mismo tiempo, estas experiencias no se limitan a la crítica a la cadena alimentaria productivista y a su posible sustitución. El caso de los huertos urbanos tiene también otra dimensión que se enlaza con la segunda forma de leer las acciones colectivas que relacionan movimiento social y alimentación.

La incorporación de la comida dentro de la actividad de organizaciones y activistas, no es en absoluto nueva, ha sido una parte importante de la evaluación que el activismo ha hecho históricamente. Los ya mencionados huertos urbanos o también las redes de reciclaje de alimentos, parecen integrar esta idea de la soberanía alimentaria en una representación aún más amplia de soberanía, donde se interpreta este elemento como una parte de la recuperación de espacios de desarrollo colectivo dentro de normas y fronteras establecidas por sus propios miembros. Esta visión antagoniza con el modelo neoliberal y por lo tanto propone una forma alternativa de hacer que la oficialmente estipulada.

Hort de Vallcarca | font pròpia

Pancarta en el Hort de Vallcarca | Giuseppe Aricó

En este sentido los huertos urbanos y las redes de reciclaje tienden a autoconvocarse en un ánimo de recuperación de espacios físicos y simbólicos, enfocándose en la construcción colectiva de los barrios en los que operan, e incluso superándolos creando redes de apoyo que sobreentiende el territorio como un espacio de realización política que no es posible de construir en el aislamiento. La instalación de jardines productivos, no cumple con el rol exclusivo de la provisión de alimentos, es más bien un punto de partida y de ruptura dentro del contexto urbano. Este fin, por cierto, reconoce la importancia de la alimentación pero ya no como una cuestión adosada al ámbito de lo privado si no que encuentra su máxima potencialidad en el integrarlo como un aspecto de la vida colectiva del barrio y de la ciudad. Así mismo, las redes que reciclan alimentos sitúan la recuperación de la comida como un asunto de sobrevivencia en condiciones particulares, pero también apunta a la consolidación de un modelo que fortalece el tejido social principalmente a través del ejercicio de la ayuda mutua, por mencionar algún factor, que viene a revertir el individualismo incitado por la economía de mercado.

Esta distinción que envuelve lo alimentario dentro del movimiento social no implica una homogeneidad de estrategias. Al contrario, la expresión de esto dentro del ejercicio de una soberanía ampliada implica la escenificación de tácticas que sobrevienen desde las particularidades del espacio que ocupan y se construyen, básicamente, en torno a ejercicios de ensayo y error que pulen y adaptan lo que primero es quizás más una intuición pero que su uso va enraizando hasta hacerlas rutinas. Estas dos formas de entender las prácticas enfocadas en la alimentación, la de relevancia de la soberanía alimentaria y la que reconstruye los lazos sociales dentro de los barrios como parte de la práctica política de los mismos, se encuentran entrelazados uno con otro de tal forma que constituyen un discurso unificado y que está permanentemente justificando uno la existencia del otro. Los espacios ganados y defendidos son espacios de lo social en donde pareciera que los elementos que lo componen vuelven a restituir un todo que había estado atomizado. La alimentación tiene un papel dentro de esto así como también lo tiene lo habitacional y el intercambio de bienes, aunque también la entretención y lo educativo.

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Entrada de Can Batlló | Ana Karina Raña

La experiencia que las organizaciones y activistas llevan a cabo hoy en día en Barcelona nos hablan de una construcción paralela que hace evidente y palpable las contradicciones entre lo que sale hacía afuera y lo que sucede de verdad en la ciudad. Ponen de manifiesto como la ciudad está siendo organizada para ciertos usos y actores, y para poner en juego ciertos recursos. La imagen de la ciudad juega en las ligas de las grandes ciudades globales y su realidad es que en la escala nuclear ese mismo modelo que se proyecta es el que se crítica a través de las prácticas de una buena porción de sus habitantes. Es tentador el preguntarse y pronosticar donde estas acciones van y cuáles son los posibles resultados de estas, sin embargo el crédito de esta forma de organizarse no está en su meta, sino más bien es el camino lo que las hace interesantes, profundas y muchas veces conmovedoras.

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Publicación del libro “Mierda de Ciudad. Una rearticulación crítica del urbanismo neoliberal desde las ciencias sociales” (Pol·len Edicions, 2015)

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por OACU

Durante las últimas décadas, la lógica de mercado ha ido penetrando cada vez más en el campo de la planificación urbanística y los discursos político-económicos que regulan los procesos de gobernanza urbana de nuestras ciudades. El propósito último de dichos procesos es tan claro como alarmante: revelar los supuestos beneficios de una ciudad ideal e idealizada, donde sólo tiene cabida la paz y la tranquilidad de unas relaciones socialmente estériles; una ciudad abstraída de cualquier tipo de control institucional, detrás de la cual no se esconde más que una mayor capacidad de compra y donde todo el mundo lograría una mejor calidad de vida. En definitiva, una ciudad exenta de su elemento constitutivo, el conflicto.

Sin embargo, desde el Observatori d’Antropologia del Conflicte Urbà (OACU) seguimos insistiendo en la necesidad de repensar la conflictividad social, esto es, el “conflicto urbano”, desde una perspectiva que considera el uso del espacio no sólo como una estrategia de control, sino también como una manera de ocultar unas relaciones sociales siempre desiguales. Por este propósito, y gracias al precioso apoyo del Institut Catalá d’Antropología (ICA) y del Departament d’Antropologia Social i Cultural de la Universitat de Barcelona (UB), hemos buscado inventariar diferentes aproximaciones metodológicas a la “conflictividad” que caracterizaría algunas de las principales urbes europeas y latinoamericanas.

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Pincha en la portada para ver o descargar el índice completo del libro

La puesta en relación de las diferencias, así como de las similitudes, entre las amplias dinámicas de transformación urbanística y social a las que estas metrópolis están siendo sometidas hoy día, dejaría entrever el “resurgimiento” de una serie de reivindicaciones que, aunque parezca lo contrario, nunca nos han abandonado. El resultado de dicha comparación ha confluido en un libro que acaba de ser publicado por Pol·len Edicions y coordenado por los compañeros del OACU Giuseppe Aricó, José A. Mansilla y Marco Luca Stanchieri.

Adoptando un enfoque empírico que analiza, y a la vez cuestiona, aquellas políticas urbanísticas que se pretenden urbanas, los textos recogidos en la publicación proponen una rearticulación crítica de un determinado tipo de urbanismo de corte neoliberal y del marco conceptual que lo apoya. Efectivamente, hoy más que nunca los investigadores sociales que nos dedicamos a estudiar la ciudad tenemos la obligación, dentro y fuera de la academia, de cuestionar ciertos conceptos considerados claves para el pensamiento urbano, señalar su inaplicabilidad empírica o bien revertir las lógicas dentro las cuales los mismos se reproducen.

En definitiva, tenemos el deber de cuestionar aquellas políticas urbanísticas que se pretenden urbanas contrastando esa quimera social de una ciudad armónica y pacificada, constituida por un espacio ilusorio que encubre la realidad y no contempla las inquietudes y las contradicciones entre clases, ni mucho menos la lucha entre ellas y sus necesidades. De lo contrario, y evocando un clásico tema de los Kortatu, estaremos condenados a vivir y habitar una “mierda de ciudad”.

Info sobre las próximas presentaciones en Barcelona

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Festes insolents d’estiu

Article publicat a La Directa el 16/07/14

Festa Major de la Barceloneta - Foto: Arnau Molins

Festa Major de la Barceloneta – Foto: Arnau Molins

per José Mansilla i Giuseppe Aricó (OACU)

Fa unes setmanes, just la tarda abans del dia de Sant Joan, caminava amb un amic pel carrer central d’un barri de la perifèria de Barcelona. El passeig, vorejat per un parell de carrils destinats a la circulació de cotxes i amb una àmplia zona enjardinada en el centre utilitzada habitualment per ciclistes i passejadores de gossos, es trobava aquest dia agitat, gairebé nerviós. Ens dirigíem a una festa de la revetlla, un lloc sol·licitat i aprovat per les instàncies municipals del Districte i on, poc després, es duria a terme la tradicional festa del foc. No obstant això, a l’ambient era possible distingir qualque cosa inusual, gairebé com si una estranya vibració sobrevolés l’atmosfera del barri. De sobte, el meu amic em va fer notar la diferència: el passeig estava poblat de famílies que, de forma espontània, havien ocupat uns bancs habitualment buits i havien muntat la seva pròpia festa de la revetlla. “Això sí que és una apropiació insolent de l’espai urbà”, coincidirem els dos.

L’anècdota pot semblar irrellevant, però per a la realitat urbana que ens envolta, on cadascun dels aspectes de la ciutat –l’arquitectura, l’urbanisme o, fins i tot, els comportaments realitzables en carrers i places– està regulat i normativitzat, suposa tot un desafiament a la forma neoliberal d’entendre la ciutat. Plans Generals, d’Usos, Normes Subsidiàries, Ordenances Cíviques, lleis anti-botelló o la nova Llei de Seguretat Ciutadana disposen les formes, funcions i normes de conducta dins de les ciutats contemporànies. Unes ciutats on el valor de canvi, l’obtenció de plusvàlues o el rendiment econòmic de qualsevol activitat, es troben per sobre d’un valor d’ús que permeti als seus habitants exercir com a usuaris dels seus espais, més que com a possibles clients.

Des d’aquest punt de vista, la reproducció de les relacions socials a la ciutat contemporània apareixeria com un conjunt de dinàmiques d’oposició entre ordres espacials diferents. A un ordre relacional, que es manifesta de forma espontània i informal a l’interior de cada barri, es contraposa un ordre racional imposat des de l’exterior i d’una forma suposadament convencional i ineludible. El carrer, la sala d’estar de la ciutat, es configuraria així com un espai on els ideals ciutadans d’“ordre” i “civisme” han acabat per ser utilitzats com a simples categories d’adscripció sociocultural, portant a terme separacions polítiques i econòmiques entre els individus que no necessàriament són absolutes.

En una ciutat ideal, clara, ordenada i comprensible, és a dir dominable, la festa representa potencialment un moment de ruptura, o millor dit, una excepció respecte a la normalització i dominació del carrer. La importància de la festa com a excepció, o suspensió de les normes cíviques imperants, estaria en el fet de constituir una pràctica col·lectiva que tendeix a resignificar l’espai urbà en formes i maneres que qüestionen el protocol neoliberal d’una estèril reproducció espacial de les relacions socials. Engegant estratègies de simbolització que expressen un sentit col·lectiu d’apropiació del que avui es conceptualitza en termes d’ “espai públic de qualitat”, la celebració de la festa respondria idealment a la fal·làcia d’un urbanisme intrínsecament paradoxal, que s’obstina a prevenir allò que sent urbà és, per definició, imprevisible.

Moltes de les festes majors, alternatives o no, que es duen a terme als Països Catalans, així com en altres parts de l’Estat, complirien de forma tàcita però decidida una funció de desafiament a la consideració de l’espai urbà sota el prisma capitalista. L’apropiació festiva de l’espai públic simbolitzaria doncs una acció contestatària, i insolent, enfront de les retòriques racionalistes d’aquelles elits polítiques i econòmiques que s’obstinen a reglamentar l’espai urbà. Almenys una vegada a l’any, les diferents formes que prenen aquestes insolències –des de carreres populars, cercaviles, cavalcades, concentracions, desfilades o fogueres, etc.– suposen precisament diferents formes d’entendre l’espai on es reprodueix la vida quotidiana. És aquí on els protagonistes del fet urbà escenifiquen, a manera de ritual catàrtic, determinades coreografies simbòliques que permeten, a més, estimular identitats compartides.

L’anàlisi de la festa com un espai físic i humà, del qual emanen diferències i processos de contestació, acaba així per revelar l’exigència col·lectiva de desemmascarar, i fins i tot subvertir, les relacions de poder que donen forma a aquest orde racional espacialment imposat. No obstant això, aquestes formes de reivindicació festiva no són noves en el nostre entorn més immediat. Els primers moviments socials urbans que es van donar en el conjunt de l’Estat a les acaballes del Franquisme, ja van engegar alguns d’aquests desafiaments de forma molt original. L’inici d’algunes de les Associacions de Veïns i Veïnes que poblen avui dia les nostres ciutats –malgrat la seva, en moltes ocasions, posterior institucionalització– va ser precisament el de la contestació i la recuperació de l’espai urbà per a la celebració d’actes de caràcter popular, alguns dels quals havien estat fins i tot prohibits per la Dictadura. La simple decoració dels carrers i les places dels nostres barris ja suposava, de fet, una veritable forma d’insolència en un context on el fet popular no estava únicament segrestat, sinó també injuriat. D’altra banda, molts d’aquests actes es trobaven units de forma indissoluble a reivindicacions de caràcter polític, social o cultural, i on, la reivindicació de llengua, per exemple, ocupava un lloc destacat.

Encara que hagin passat algunes dècades des de llavors, moltes d’aquestes reivindicacions no han canviat. La Festa Major Alternativa de Manresa o la recent recuperació de la Diada del Cooperativisme al Poblenou, a Barcelona, les Festes de Grau, en Castelló o moltes de les festes estivals dels pobles de la Part Forana –aquella que no sol sortir en les guies per visitar Mallorca que porten en les butxaques els visitants de Magaluf–  són alguns exemples de celebracions que enarboren no solament una forma diferent d’entendre la realitat del món en el qual vivim –mitjançant la reivindicació de valors com l’autogestió i l’antifeixisme o la proposta d’alternatives econòmiques i socials com el cooperativisme– sinó que van de la mà d’altres formes d’entendre l’espai urbà.

Tot i que podríem caure en la temptació de contemplar el fet de ressorgir d’aquestes festes populars a la llum de certa evocació nostàlgica d’un passat que no tornarà, ens convé més associar-ho directament a la memòria col·lectiva dels nostres barris i ciutats, uns entorns que no deixen de mostrar una dinàmica convulsa i conflictiva, inherent a tota ciutat.

D’aquesta manera, aquelles famílies que el meu amic i jo contemplàvem poc abans de la revetlla de Sant Joan, lluny d’evocar un passat històric, duien a terme una de les accions més directament contestatàries que es poden realitzar avui dia: l’ocupació insolent del carrer a la ciutat.

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A 10 años del Forum de las Culturas. El Parc del Fòrum: una plaza sin gente para gente sin plaza

Articulo publicado en Diagonal Periódico el 23/07/14
 
El Edifici Blau en el Parc del Fòrum // Foto de Giuseppe Aricó

El Edifici Blau en el Parc del Fòrum // Foto:  Giuseppe Aricó

por Jose Mansilla y Giuseppe Aricó (OACU)

¿Quién crea una plaza?, ¿los arquitectos y diseñadores en sus gabinetes y despachos?, o ¿la gente, transitándola y habitándola, en definitiva, viviéndola?Para encontrar una respuesta a tal pregunta, decidimos hacer un pequeño experimento y pasar una calorosa tarde de julio deambulando por la plaza más grande de Catalunya, del Estado español y de Europa, y la segunda en dimensiones a nivel mundial justo detrás de la de Tiananmen, en Pekín. ¿Cuál es esa plaza?, os preguntaréis. Pues ni más ni menos que una con 16 hectáreas de extensión, la del Parc del Fòrum, en Barcelona. Sin embargo, para entender el por qué de las dimensiones y la situación actual de esta plaza hay que remontarse, no solo a su más inmediato origen, sino también a la forma de entender la ciudad que tuvieron sus creadores.

Aunque se suele señalar a los Juegos Olímpicos, celebrados en Barcelona en 1992, como el punto de inflexión más importante en la transformación urbana que ha venido sufriendo Barcelona, la verdad es que habría que remontarse a años antes, incluso décadas, si quisiéramos poner fecha y hora al inicio real de dicho proceso. Ya durante el controvertido periodo de gobierno de Josep Maria de Porcioles, alcalde franquista que rigió el destino de la ciudad de 1957 a 1973, fue patente la obstinación por recuperar la idea de la “Gran Barcelona”, traducida ésta en un desarrollo urbanístico sin precedentes caracterizado, básicamente, por la proyección de la ciudad como sede de congresos y ferias internacionales. Para llevar a cabo esta idea, el régimen necesitaba espacio, es decir, suelo urbano. En este sentido, el auge que la economía franquista experimentó durante los años 60 y 70 del pasado siglo, creó las condiciones necesarias para la obtención de cuantiosas plusvalías gracias a la recalificación descontrolada de suelo. Unas recalificaciones producidas al margen de los planes generales, sistemáticamente modificados para convertir zonas industriales en residenciales y áreas rurales en edificables. A todo este proceso no fueron ajenas las clases dominantes de la capital catalana que, al calor de las recalificaciones de terrenos y con el apoyo de la dictadura, logró grandes beneficios.

Fue a partir de aquella época que grandes empresas constructoras e inmobiliarias, propias de la oligarquía franquista, consolidaron su poder político y económico. De hecho, muchas de ellas permanecen hoy en pie, como la promotora inmobiliaria Juban, de la familia Banús, el grupo DRAGADOS, la constructora ACS de Florentino Pérez y, en parte, de la familia March, o el grupo Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), de la familia Koplowitz. Los orígenes del éxito económico del Estado español de los últimos años del siglo XX y principios del XXI, basado principalmente en la especulación inmobiliaria, podemos encontrarlos ya durante el frenesí desarrollista ocurrido hace más de cinco décadas. En la Ciudad Condal destaca de sobremanera el Plan Barcelona 2000, presentado por el mismo alcalde Porcioles en 1967 con el objetivo de “regenerar y dignificar la ciudad”, “embellecer la vía pública” y acabar de una vez por toda con “el desorden de los barrios populares”. De esta forma, podríamos decir que la era porciolista es el origen de eso que conocemos como “el urbanismo de las grandes obras públicas”, un eufemismo tras el cual se esconde la colaboración pionera entre los sectores público y privado en la promoción de grandes obras que facilitaban enormes beneficios económicos. El ambicioso Plan de la Ribera, de finales de los 60, por ejemplo, es otro de los proyectos que manifestaron esta línea de actuación. A pesar de la destitución de Porcioles en el año 1973, el legado ideológico de estos planes fue recogido finalmente por el Plan General Metropolitano de 1976, origen de la planificación actual, y prueba más que evidente de que el periodo democrático ha supuesto, únicamente, la consolidación de un modelo urbanístico ya prefigurado durante la Dictadura.

Con la construcción del complejo comercial y urbanístico de Diagonal Mar en el año 2001, enfocado hacía las clases medias y altas y ciertamente aislado de los barrios circundantes, estas dinámicas alcanzaron el margen derecho del río Besòs, generando una fuerte desarticulación del tejido urbano. Barrios fuertemente estigmatizados, como la Mina, quedaron definitivamente aislados y ocultos a la sombra de imponentes estructuras hoteleras, inmobiliarias y comerciales de la zona recuperada. Es en este punto cuando llegamos al origen del actual Parc del Fòrum.

Con la puesta en marcha del Projecte Fòrum 2004, la urbanización del terreno comprendido entre la Rambla de Prim, la Gran Via, el río Besòs y el mar, se convirtió de repente en un propósito internacionalmente promocionado y reconocido. Para hacernos una idea de sus dimensiones, basta echar un ojo a la superficie objeto de intervención, ya que, conjuntamente con el área del Distrito 22@ y Diagonal Mar, el espacio transformado llegaría a sumar más de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior a la intervenida durante los Juegos Olímpicos. Con un presupuesto, generado mediante la consabida colaboración público/privada del Modelo Barcelona, de más de 3.200 millones de euros, la recalificación de la zona preveía un campus universitario, hoteles, una zona de negocios, pisos para niveles altos de renta, en venta libre y alquiler, un puerto turístico y, cosa digna de subrayar, un gran área de equipamientos para toda la ciudad. Es dicha gran área de equipamientos lo que hoy conocemos como Parc del Fòrum, una obra que funcionó como inmejorable justificación para llevar a término la conversión de un área históricamente muy significativa, pero hasta entonces mantenida en precario y olvidada, en una nueva centralidad consagrada al ocio y al consumo, así como a encuentros y congresos de calado internacional. Sin embargo, a día de hoy, las mismas administraciones que lo pusieron en marcha reconocen que la transformación de la zona no ha producido todavía un “tejido social dinámico”.

Quizás el motivo de la inexistencia de este tejido tiene que ver más con el hecho de que los espacios no son producidos por urbanistas y políticos, sino por la gente que lo ocupa y lo usa. A no ser, claro está, y como se ha intentado demostrar con los párrafos precedentes, que lo que haya detrás no sea más que una operación inmobiliaria de grandes dimensiones que únicamente persiga el enriquecimiento de las empresas del sector en base a la recalificación y venta del suelo urbano. Operaciones que, como ha señalado estos días la Sindicatura de Cuentas de Catalunya evidencian, además, numerosas irregularidades a través de incumplimientos de la normativa en la contratación pública, en la elección de patrocinadores, en la planificación real de necesidades, etc.

Durante el experimento, en esa tarde calorosa de julio, fuimos testigos de cómo esos espacios, señalados como emblemáticos, comprometidos, icónicos, encantadores, íntimos y placenteros por la propaganda oficial, se encontraban ocupados por skaters que aprovechan el inmenso vacío para hacer piruetas y carreras, personas sin techo ni hogar, o nómadas urbanos según el discurso oficial, que bostezaban en las pocas sombras de la plaza, y esporádicos grupos de vecinos de los populares barrios cercanos que celebraban picnics, algo que, para poder realizarse, no hubiera necesitado de una inversión tan millonaria. En definitiva, el Parc del Fòrum se convierte, estos días, en una plaza sin gente tomada por gente sin plaza.

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“Hi ha un urbanisme proletari?” Conversa amb Pere López Sánchez

seminari_perelopezSeminari OACU

 

Miércoles 5 marzo 2014
18:00 h.

Aula 305 (3er pis)

Facultat de Geografia i Historia
Universitat de Barcelona
Campus Raval
c/Montalegre, 6-8
08023 – Barcelona

“Rastros de rostros en un prado rojo (y negro)” (2013), último libro de Pere López Sánchez sobre la historia social de las casas baratas de Can Tunis en la revolución social de los años treinta, congrega los resultados de una mayúscula indagación sobre los hechos, las personas, los lugares y las prácticas que protagonizaron la primera y quizás única revolución libertaria en Europa. Para ello, el autor concentra su campo de observación en un barrio, eso sí, periférico en toda la amplitud del término, Can Tunis. La obra quiere recuperar un hilo roto de la historia, un hilo que no sólo se rompió por la derrota, también porque estos derrotados y derrotadas nacieron, crecieron y murieron en el margen aun siendo mayoría. Es ante todo un relato sobre lo incógnito, una especie de micro-memoria del dolor, del sufrimiento de los pobres, de los eternos perdedores, de sus esperanzas y de las prácticas para colmarlas. Ahora sí, ¿por qué es tan difícil conocer la memoria de los desposeídos, de los derrotados? Los efectos de la derrota no son solo barridos, sino también ilegalizados, maltratados hasta tal punto que algunos de sus protagonistas vivos -o sus familiares- no quieran recordar lo oscuro y doloroso de aquel acaecer.

Pere López Sánchez es autor de diferentes trabajos empírica y teóricamente muy sólidos, referentes imprescindibles para cualquiera que quiera estudiar críticamente los procesos sociales urbanos. Entre ellos destacan “El centro histórico. Un lugar para el conflicto” (1986), donde se anticipa la descripción de aquel proceso que hoy día conocemos como gentrificación, o “Un verano con mil julios y otras estaciones” (1993), una obra irrepetible sobre las resistencias que generó la apertura de la Via Laietana como expresión urbana del conflicto social.

Puedes seguir el seminario por streaming aquí

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No te calles. Habla, difunde y denuncia aunque creas que estás ahí solo para etnografiar

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Cacerolada en la calle d’en Robador | Fuente: http://prostitutasindignadas.wordpress.com/

por Livia Motterle (OACU, LIRACGS)

Fragmento de diario de campo:

Lunes, 8 de julio del 2013. 19.30 horas. Cruzo la Rambla del Raval, desemboco en la calle Sant Rafael para terminar ahí, en la calle d’En Robador, que antes de su mutilación llamaban la “calle sin sol”, porqué era tan estrecha que nunca había un rayo de sol. Hay muy poca gente por las aceras en esa tarde de verano. El Robador 23 está cerrado. El King Rooster de la esquina también. Y el bar cerca de la mezquita también. Advierto un clima tenso y no me siento para nada cómoda. Me fijo en los abanicos de las chicas: el movimiento continuo e hipnótico con que se mueven entre sus manos parece una forma para descargar la tensión que ellas mismas advierten. Como suelo hacer, me acerco a las que más conozco, entreteniéndome un rato en conversar. Hablo sobre todo con Lucía, punto de referencia en el campo y, en cierta forma, mi amiga. Le doy un regalo. Me agradece y se dispone a abrirlo cuando de repente aparecen ellos. Son cincos. Uno se acerca a nosotras y nos pide la documentación.

Lucía le dice que yo no soy una prostituta, que soy su amiga. El guardia urbano mira mi carnet y me dice que puedo irme. Lucía me hace con la cabeza un gesto para que me vaya, tranquilizándome y diciéndome que solo se trataba de un control de papeles. Me voy pensando que no pasaría nada teniendo ella la documentación en regla. Regresé después de unas horas esperando encontrarla y queriendo asegurarme que todo hubiera ido bien. Pero no la veo, así como no veo a ninguna chica más. La llamo al teléfono y no contesta. Dejo pasar dos días y voy a la cacerolada que las Prostitutas Indignadas solían organizar cada miércoles. Una chica que trabaja en una asociación en defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales me pregunta si puedo hacer de testigo de Lucía. “¿Qué pasa?”, pienso en mi cabeza. Se acerca Lucía y me cuenta que después que yo me fuera, aquel lunes, la guardia urbana le había metido una multa de 3000 euros por ofrecer servicios sexuales en la calle…

Desde luego no tardamos en presentar una serie de alegaciones:

“Que la denuncia hace referencia a la supuesta infracción del artículo 40.1 de la ordenanza para fomentar o garantizar la convivencia siendo el hecho denunciado “oferiment de serveis sexuals retribuits a la vía pública”. La supuesta infracción se realiza el día 8 de julio de 2013 a las 19:58h en la calle Robador, 25, es deci,r a pocos metros de la dirección que se indica en la denuncia como mi domicilio. Soy por tanto vecina del barrio, vivo a escasos metros de donde me denunciaron. Como es evidente, al ser vecina del barrio, desarrollo mi vida cotidiana en este barrio. En la fecha y lugar mencionado yo no me encontraba ofreciendo servicios sexuales y desconozco los motivos que han podido llevar al agente denunciante a denunciarme por ello ya que no existe conducta que pueda justificar la sanción”.

“Los hechos acaecidos el 8 de julio de 2013 son los siguientes. Me encontraba en el portal de mi casa, a un metro escaso, conversando con una estudiante de antropología de la Universidad de Barcelona que está realizando una investigación académica sobre el barrio del Raval. Esta persona, a partir de su interés por el trabajo antropológico que desarrolla  sobre el barrio, me ha contactado diversas ocasiones, como vecina, entablando una cierta amistad. Nos encontrábamos conversando de forma tranquila cuando un agente de la Guardia Urbana se acercó a nosotras, solicitando a ella que se apartara y a mí mi documentación. Cuál fue la sorpresa de ambas al descubrir que sin motivo, ni conducta que supusiese ninguna infracción a ninguna normativa, me entregase la denuncia por la que formulo estas alegaciones”.

“Estos hechos y esta forma de actuar prueban lo dicho anteriormente ya que simplemente por verme se detuvieron para denunciarme, sin haber motivo alguno, ni conducta ni indicio de la misma, para determinar que existiese una infracción a alguna normativa municipal. Este procedimiento sancionador en mi contra constituye una acción discriminatoria y sin fundamentos jurídicos que pretende excluir mi libertad a circular por los espacios públicos. Mi sola presencia no puede en ningún caso ser motivo para interponerme una denuncia ya que esto supone una grave vulneración a mis derechos fundamentales, tales como mi derecho a la libertad de circulación y a la no discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual o profesión. Sobre todo siento vulnerado mi derecho a no ser discriminada como persona transexual ya que presupongo que dicha denuncia se formuló en base a suposiciones debido a mi condición de persona transexual dando por hecho conductas de las que no existían indicios puesto que estaba conversando con una amiga” [sigue].

El 3 de noviembre recibo un mail por parte de la asociación que envió las alegaciones: “Hola Livia, ¿qué tal? sólo comentarte que de momento han desestimado la alegación, seguiremos con Recurso de Alzada, te comunicaremos qué nos dicen”. Al día de hoy, después de seis meses, Lucía todavía convive con la preocupación de esta multa, y con ella, muchas mujeres más. Lo ocurrido aquel 8 de julio marcó el fin de mi observación participante en calle d’En Robador. Confundida con una prostituta por unos clientes o por la guardia urbana, confundida con guardia urbana por unas prostitutas, utilizada para multar una prostituta atribuyéndome el papel de cliente: la calle d’En Robador se transformó en teatro de cambio continuo de disfraces.

Interaccionar entre estas significaciones simbólicas me hizo reflexionar sobre la perversión de los dispositivos institucionales y también sobre los riesgos del trabajo etnográfico. Nunca he querido reducir personas a teorías, plastificar historias en pegatinas, comprimir dolor ajeno en metáforas bonitas. Y ahora, en fin, descubro que mi presencia en el campo (o, el saludo a una amiga, como se prefiera definir la belleza de un encuentro), había dañado a una persona. Desde entonces dejé de ir con tanta frecuencia por aquella calle, campo de dispositivos panópticos construidos para generar desigualdades y catalizar formas de desorden consentidas y estratégicamente funcionales. De esta forma, mis encuentros con Lucía se limitaron dentro de las paredes domésticas, en casa (mía o suya), en el lugar donde no juega el azar, donde no hay miradas ajenas y metros de acera para recorrer y donde casi nada resulta prohibido, tampoco la prostitución.

Quieren convertir la calle en el espacio de la invisibilidad. Puede transitar tranquilo lo que más quieto se hace: lo que menos habla, lo que menos mira, lo que menos escucha, lo que menos toca, lo que menos come, lo que menos juega, lo que menos baila, lo que menos vende, lo que menos toma, lo que menos besa, lo que menos ama. Es ahí, en la calle, que tiene que explotar la revolución de los cuerpos, desde los cuerpos, para los cuerpos, en los cuerpos, gracias a los cuerpos. Es en la calle que tienen que vibrar nuestros cuerpos resistentes, rebeldes, transformantes y transformables. Reivindicar los derechos de los cuerpos de las trabajadoras sexuales de la calle es reivindicar los derechos de los cuerpos de todos y todas. Nuestros cuerpos tienen que tener la liberad de transitar, vivir y habitar lo público, conquistando sus espacios como les den la gana. Porqué somos relaciones, somos intersecciones, somos infracciones. Incorporar esta lucha es un acto colectivo y necesario de desobediencia. Las calles necesitan nuestros cuerpos y nuestros cuerpos necesitan las calles. Al conflicto, nuestros cuerpos contestaran con otro conflicto. A las arquitecturas del miedo y del control, nuestros cuerpos vibrantes contestaran construyendo cartografías de prácticas visibles, rumorosas e interactivas.

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Gamonal: estigmatizar el descontento para deslegitimar el conflicto

Graffiti en la calle Vitoria| Fuente: http://vozpopuli.com

Graffiti en la calle Vitoria| Fuente: http://vozpopuli.com

por Giuseppe Aricó y José Mansilla (OACU)

El pasado viernes 17 de enero, bajo fuerte presión vecinal, el alcalde de Burgos Javier Lacalle (PP) anunciaba públicamente la “paralización total” de las obras de transformación de la calle Vitoria en Gamonal. Según los principales medios de comunicación, la decisión del alcalde se traduce en la victoria de facto de una protesta vecinal que habría finalmente alcanzado sus objetivos. La herida de Gamonal se pretendía sanada, el conflicto domado, pero durante el pasado fin de semana su “chispa” se ha extendido por todo el Estado originando significativas muestras de apoyo a la causa burgalesa, algo que precisamente ha servido para demostrar lo contrario. A pesar del cambio de rumbo municipal, Gamonal sigue hoy luchando y sus vecinos personándose frente al Ayuntamiento para reivindicar su papel activo en la toma de decisiones relativas a los procesos de urbanización de su espacio urbano. Lejos de enmarcarse dentro de una ideología o unas instrucciones de partido, estas reivindicaciones encarnan una protesta ciudadana que supera toda frontera política y que lucha por causas mucho más amplias: la corrupción generalizada, el paro, la falta crónica de servicios básicos, los intereses privados del mercado inmobiliario o la codicia neoliberal de un urbanismo que pretende acabar con cualquier expresión urbana que no se amolde a los imperativos establecidos por el Capital.

El descontento de los vecinos de Gamonal ha sido sistemáticamente reducido a la mera dimensión política local, algo a lo que hay que sumar la ingente distorsión provocada por la desinformación mediática difundida al respecto hasta hoy. Reportajes sensacionalistas, a menudo salpicados de un maniqueísmo que roza lo grotesco, se han obstinado en describir la rabia de Gamonal como una protesta de carácter exclusivamente político que persigue únicamente las dimisiones de Lacalle y el descredito del Partito Popular. Es más, mediante la creación de una eficaz mitología del miedo, el discurso mediático ha dirigido la opinión publica hacia la condena prácticamente unánime de la “violencia injustificada” que habría caracterizado la protesta vecinal desde su inicio. El simple e inofensivo lanzamiento de huevos o de “líquidos y cerveza” en contra de la fachada del Ayuntamiento de Burgos, durante el pleno decisivo del 17 de enero, ha abocado una vez más en la estigmatización social de la lucha de Gamonal y una parte considerable de sus vecinos, cuya rabia y descontento han sido etiquetados como “vandalismo descontrolado” de matriz “antisistema”. Son emblemáticas, en este sentido, las declaraciones de la alcaldesa de Madrid Ana Botella (PP), que condena “la violencia de los atentados de Burgos” utilizando términos y adjetivos propios de las retoricas antiterroristas. Pero, sin duda, el ejemplo más representativo de la amplia mistificación puesta en marcha desde arriba para deslegitimar el conflicto es el informe redactado por la Comisaría Provincial de Burgos sobre “la génesis del conflicto en Gamonal”.

Poniendo el acento en el carácter endógeno del conflicto, las autoridades se obstinan en subrayar el papel estratégico que el 15M habría jugado en Gamonal intentado que “una movilización por un problema casero y técnico se convirtiese en un movimiento social a nivel nacional en contra de la clase política, la banca y, en general, con los mismos objetivos del movimiento, manteniendo un estado de tensión para que el movimiento iniciado no muera por sí mismo.” Al intento inicial, pueril y falaz, de unir el origen de las protestas a supuestos “agentes externos” venidos de otras partes del Estado, se une ahora el interés por vincular al colectivo anarquista de Burgos, supuestamente violento y descontrolado, con el 15M y la asamblea vecinal de Gamonal. Según el informe, ya antes del inicio de las obras, en las asambleas convocadas “se fueron radicalizando las posturas y en los actos públicos fueron tomando protagonismo personas vinculadas al partido Izquierda Anticapitalista, anarquistas y militantes de la Asamblea Gamonal 15M”, olvidando las profundas diferencias teóricas, políticas y prácticas que caracterizan a estos colectivos. El énfasis del informe en remarcar el “dirigismo anarquista” y “foráneo” de las protestas de Gamonal no sólo tiene el efecto de desacreditar las consciencias individuales de los “autóctonos”, las razones y significados más amplios de la lucha, sino que manifiesta de forma alarmante la infiltración del cuerpo policial en la vida cotidiana de los vecinos, controlando actos, conductas y legitimas expresiones del rechazo mediante técnicas de control y métodos contrainsurgentes propios de un Estado policial. No sorprende, pues, que diferentes vecinos de Gamonal discrepan rotundamente con esta visión deformada que reduce la complejidad social de Gamonal a un “ensayo revolucionario no exportable”, y defienden otra versión de los hechos.

Como señala Berta, vecina que ha seguido con constancia las manifestaciones, “los colectivos que forman parte de la Asamblea Vecinal de Gamonal son muchísimos. Básicamente estamos ahí todos unidos pero sin pertenecer a nada. Hombre, siempre hay alguien, pero la mayoría de los que vamos a la asamblea, o madrugamos por la mañana para estar de retén, pues somos gente como yo que tiene un hijo y que el hijo también madruga. La mayoría de la gente está aquí a título individual […] Somos vecinos de Gamonal y la mayoría de nosotros no pertenecemos a partidos políticos, y a los que pertenezcan, en estos momentos y en esta cuestión, no les interesa ni la política ni los partidos políticos y punto”.

Desmintiendo la instrumentalización que algunos partidos o colectivos pudieran haber hecho de las protestas, Berta destaca un elemento muy importante en la composición de las luchas cuando afirma con orgullo que, en Gamonal, “los que más se han movido son los que tienen más futuro… y que no se retienen, la mayoría son los jóvenes. Pero jóvenes no de fuera eh, jóvenes de aquí de Gamonal. Yo llevo 30 años aquí y me conozco a muchísima gente, esto es un pueblo […]. No sé si los colectivos del 15M también están allí. Yo lo único que puedo decir es que la gente que ha estado en las manifestaciones, la gente que ha estado en las asambleas y la gente que ha estado en la cárcel todos son de aquí, del barrio, de aquí de Gamonal. No ha habido intrusos. No ha habido “violentos”,…los únicos violentos son los antidisturbios, la gente va de forma pacífica y si tu atacas pues responden, y para la gente joven, pues es su futuro […] Todos los chavales que estaban fuera por trabajo o no sé qué, se han vuelto por el fin de semana y se han unido a las protestas. Yo creo que esto ya es una chispa que se va a correr por todos lados”.

A partir de estas consideraciones, las verdaderas razones que sustentan la protesta vecinal en contra de la transformación de la calle Vitoria muestran un peso mucho más consistente respecto a la superficialidad de las posturas que muchos medios, autoridades, e incluso la administración, se han empeñado en mantener desde el origen del conflicto. “Lo que no queremos es que se recurra a nuestro dinero, porque Gamonal es un barrio obrero con 18.000 personas en el paro, todos jóvenes y de 40 años”, afirma Berta, y quejándose de la falta de trasparencia por parte de las administraciones denuncia los clientelismos políticos y los intereses privados en la ejecución de las obras del Bulevar: “aquí es que hacen las cosas siempre por nocturnidad y alevosía, que te despiertas un día y te encuentras una maquina haciendo una zanja. Vamos a ver, aquí siempre hay interese ocultos. Aquí el Sr. Méndez Pozo es el dueño y Señor de Burgos, él que adjudica las obras a quien le da la gana y a quien quiere, íntimo amigo de este alcalde, del otro y de él de la moto. Y entonces ahora le ha parecido estupendo levantar una calle cuando tiene otro bulevar empezado desde hace tres años y sin terminar. Vamos, la cosa no está nada fácil…, pero es que no vamos a ceder. No se cede, nuestra posición es inamovible, que tapen la calle y que se vayan las máquinas y los antidisturbios porque es que parece esto una ciudad tomada”.

A las declaraciones de Berta se añaden las argumentaciones de otra vecina, Lourdes, trabajadora social en Gamonal durante los ’70: “yo creo que debajo de todo este lío hay sospecha, y muchas, pero lo difícil es demostrar estas sospechas. Lo que parece particularmente descabellado es que se haga un bulevar cuando el barrio necesita un montón de cosas que no tiene, y esto va a suponer aumentos de precios en los pisos y una deuda pública casi triplicada”.

En esta dirección, para Lourdes las protestas actuales sólo pueden entenderse si se toma en consideración la composición socio-económica y la evolución histórica de Gamonal a partir de su propia planificación, que fue subordinada a las exigencias de la actividad industrial y en favor del aumento del espacio urbano edificable en el resto de Burgos: “Gamonal se formó como consecuencia de la inmigración de la gente de los pueblos a la ciudad, a principios de los ’60, cuando el alcalde de aquella época montó un Polo de Desarrollo Industrial y hubo una avalancha de gente del pueblo que se vino aquí, y entonces se construyeron casas de muy mala calidad para acoger a toda esa gente. Es el típico barrio obrero que queda en las afueras de la ciudad […]. Hasta el año ’55 se quedó como pueblo, a partir de aquel entonces se anexionó a Burgos, y empezaron los problemas”.

Lourdes, que por razones laborales conoce muy de cerca el sector de la construcción en Burgos, lamenta la escasa evolución de la vivienda social que se construyó para la población a consecuencia de la anexión de Gamonal al resto de la ciudad: “La vivienda en los años ’60 era una lotería, además haciendo casas a troche y moche, rápidamente, para resolver a esta gente, y donde las ansías de ganar dinero…, pues imagina, son casas de muy mala calidad, de pésima calidad. Estas fueron las primeras, luego hay otras casas de otro tipo, pero cuando se empezó a hacer eso no se tuvieron en cuenta muchas cosas, no había servicio social de ninguna clase, ni guarderías, apenas colegios, ni parkings…”.

A la par que la inmensa mayoría de los polígonos de viviendas que caracterizaron el desarrollismo español típico de los ’60, la realización de Gamonal fue el resultado de una “creación instantánea” que generó graves problemas estructurales desde el principio: viviendas de mala calidad, inexistencia o deficiencia de equipamientos básicos, falta de servicios sociales, etc. Es decir, se trató de alojar en las afueras de la ciudad a una clase obrera que tenía que ser convertida en la nueva y moderna “clase media”, hija de las políticas desarrollistas de los ministros del OPUS, más productiva y con mayor poder adquisitivo que pudiera enfrentar la naciente liberalización del mercado. Así que, si en el pasado la creación de Gamonal podía verse como la respuesta a una necesidad de carácter político – y no social- impulsada mediante un urbanismo tardo-franquista de corte clasista, hoy día las obras de construcción del Bulevar deberían ser entendidas dentro del marco de la globalización y la competencia actual entre ciudades en los procesos de regulación del valor de cambio del espacio.  En este sentido, la percepción mediática y la utilización administrativa de Gamonal en clave preferentemente política y económica es la evidencia de cómo la construcción del Bulevar puede funcionar como generador de importantes expectativas de capitalización de rentas mediante procesos de urbanización del espacio innecesarios o no prioritarios.

En otros términos, Gamonal es una escenificación dramáticamente real, y a escala local, de una situación y una dinámica global serializada que algunos autores denominan “acumulación por desposesión” y donde uno de los principales factores en juego es el espacio urbano. El guion es lo de siempre, y cuenta con tres actores principales: el político (con su administración ineficaz), las élites (con su poder económico), y el pueblo (con su lucha constante). Los dos primeros actores van de la mano, interesados uno y otro en el enriquecimiento mutuo, ya que el político asigna estratégicamente éste o aquél proyecto y el dinero de los impuestos va a parar en los bolsillos de las élites económicas. Acto seguido, se planifica una fastuosa obra de “transformación”, “regeneración” o “mejora” de algo que no necesita ninguna de éstas u otras intervenciones. El pueblo, en paro, empobrecido y extenuado, mira incrédulo, boquiabierto y desconcertado, pero no calla, y al ver al político gastarse el dinero público en cemento para que el poder económico pueda seguir aumentando su patrimonio y su domino, se vuelve protagonista y se rebela. Y es aquí donde entran en escena otros dos actores, de segunda pero imprescindibles: los medios de comunicación y la autoridad competente. El papel del primero es desinformar, el del segundo mantener “el orden público” utilizando la fuerza y la violencia. Periódicos, radios y televisiones se convierten así en el principal altavoz al servicio del poder económico (cuando no son ellos mismos), generando una descarada manipulación de la opinión pública mediante la criminalización de la protesta y la definición sistemática de los manifestantes como “radicales”, “anarco-insurreccionalistas”, “pseudo-terroristas”, “vándalos”, “incívicos” o “anti-sistema”. Es decir, comportamientos disidentes cuya “corrección” necesitaría y, a la vez, justificaría la intervención inminente de la autoridad a base de porrazos. Recordando las palabras de Berta, “no ha habido “violentos”,…los únicos violentos son los antidisturbios, la gente va de forma pacífica y si tu atacas pues responden, y para la gente joven, pues es su futuro […].”

Lo que podemos leer entre líneas en este guion es que el urbanismo neoliberal no puede garantizar el éxito de atractivos proyectos inmobiliarios y comerciales sin la generación de retoricas de deslegitimización de la conflictividad urbana. Como demuestra el caso de Gamonal, dicha retoricas estarían orientadas hacia el mantenimiento de la movilidad económica del espacio, necesaria para salvaguardar su condición de mercancía y perpetuar la producción de plusvalías económicas. Sin embargo, los inversores y planificadores de Gamonal han olvidado tener en cuenta que sus habitantes no son simples consumidores de su espacio, sino agentes que participan activamente en su proceso de urbanización articulando un denso sistema de cohesión social que reclama un uso extensivo y no instrumental del espacio. A pesar de los discursos y las retoricas del Poder, estos días Gamonal ha demostrado que la lucha vecinal es capaz de marcar una ruptura en la ejecución de las prácticas urbanísticas de la geografía del capital. Su resistencia transgeneracional, su rabia y su orgullo han confirmado una vez más que la lucha popular puede llegar hasta subvertir las relaciones de poder que dan forma a la ciudad neoliberal. Pero como nos enseñan los vecinos de Gamonal, que a pesar de todo siguen aún en la calle defendiendo su espacio, esta lucha ahora tendremos que mantenerla en pie.

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Lo urbano como desacato. Actualidad de Lefebvre

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(Reseña de La producción del espacio, Henri Lefebvre, Capitán Swing, Madrid, 2013, 451 páginas, 22 euros. Introducción y traducción de Emilio Martínez. Prólogo de Ion M. Lorea).

por Manuel Delgado

¿En qué momento dejó de importarnos Henri Lefebvre? ¿Cómo fue posible que pudiéramos prescindir de alguien que tan fundamental había sido para toda una generación de combatientes contra la realidad? ¿Quién decidió que estaba pasado de moda su marxismo antidogmático, pero rotundo? Pero algo está cambiando en relación con Lefebvre, al menos por lo que hace a su pensamiento sobre la ciudad, cuando simposios y reediciones en todo el mundo nos invitan a reconocerlo como vigente. Con la esperanza de que se devuelva a los catálogos. El derecho a la ciudad, Espacio y política o De lo rural a lo urbano, nos llega ahora la traducción —pendiente desde hace cuarenta años— de la obra más madura de Lefebvre en este campo: La producción del espacio, un nuevo acierto de Capitán Swing, que nos brindaba hace poco la reedición de Muerte y vida de las grandes ciudades, de Jane Jacobs, otro clásico del antiurbanismo.

Inútil intentar resumir la hondura y la extensión tanto de la obra como la experiencia vital de Lefebvre, que acompaña un buen número de hitos del siglo XX y a veces los determina: las vanguardias, de dadá a los situacionistas; la lucha contra el fascismo y el colonialismo; la relectura de Marx; su incorporación, expulsión y retorno al Partido Comunista; el diálogo crítico con el existencialismo y con los estructuralismos; las revueltas de finales de los 60… Ni siquiera es razonable probar una síntesis de sus trabajos a propósito del espacio como concepto y la ciudad como lugar. Ahora bien, puestos a hacer el elogio de la aventura intelectual de Lefebvre, enfaticemos en qué manera acude a reforzar la lucha actual contra la apropiación capitalista de las ciudades, que se antoja hoy más atroz que cuando él la denunciara.

Es a esa causa a la que contribuyen La producción del espacio y toda la teoría urbana lefebvriana, desenmascaramiento de tecnologías y de saberes que, presumiéndose asépticos e imparciales, asumen la tarea de generar espacios en que se concreten las relaciones de poder y de producción, espacios destinados a someter, si es necesario mediante la fuerza, tanto los usos ordinarios de la ciudad como la riqueza de códigos que los organizan. Esos espacios son espacios falsos y falsificadores, aunque se disfracen tras lenguajes técnicos que los hacen incuestionables. Son los espacios de los planificadores, de los tecnócratas, de la mayoría de urbanistas y arquitectos, de los administradores y de los administrativos.

Tras ese espacio maquetado y monitorizado no hay otra cosa que mera ideología, en el sentido marxista clásico, es decir fantasma que fetichiza las relaciones sociales reales e impide su transformación futura. Es o quisiera ser espacio dominante, hegemonizar los espacios percibidos y vividos y doblegarlos a sus intereses. Es el espacio del poder, aunque ese poder aparezca como “organización del espacio”, un espacio del que se elide o expulsa todo lo que se le opone, primero por la violencia inherente a sus iniciativas y si esta no basta, mediante la violencia abierta. Y todo ello al servicio de la producción de territorios no solo obedientes, sino también claros, legibles, etiquetados, homogéneos, seguros…, colocados en el mercado a disposición de unas clases medias que también quisieran ser neutras y sueñan con ese universo social tranquilo, previsible, desconflictivizado y sin sobresaltos que se diseña para ellas como mera ilusión, dado que está condenado a sufrir todo tipo de desmentidos y desgarros como consecuencia de su fragilidad ante los embates de esa misma realidad social sobre la que pugna inútilmente por imponerse.

El enemigo rebelde a someter no es otra cosa que lo que Lefebvre define y describe como lo urbano. Y, ¿qué es lo urbano? Lo urbano no es la ciudad. La ciudad es una base material, una morfología, un dato presente e inmediato, algo que está ahí. Lo urbano es otra cosa: una forma específica de organizar y pensar el tiempo y el espacio en general que no requiere por fuerza constituirse como elemento tangible, puesto que podría existir y existe como mera potencialidad para actos y confluencias realizados o virtuales. Lo urbano es la obra de la gente, en vez de imposición como sistema a esa gente. Un punto ciego que escapa de la fiscalización de poderes que no saben qué es ni de qué está hecho. A pesar de los ataques que recibe por parte de quienes viven obsesionados con su desactivación, lo urbano persiste e incluso se intensifica, puesto que se nutre de lo mismo que no deja de alterarlo. Sin poder impedirlo, en su seno la simultaneidad de los encuentros persiste y gana en complejidad, constituyendo y reconstituyendo centros, multiplicándose e intensificándose entre contradicciones.

Frente a quienes quieren ver convertida la ciudad en negocio y no dudan en emplear todo tipo de violencias para ello, lo urbano se conforma en apoteosis del valor de uso, esto es del cambio liberado del valor de cambio. Lo urbano no es para Lefebvre substancia ni ideal: es más bien un espacio-tiempo diferencial en que se despliega o podría desplegarse la radicalidad misma de lo social, su exasperación, puesto que es teatro espontáneo de y para el deseo, temblor permanente, sede de la deserción de las normalidades y del desacato ante las presiones, marco y momento de lo lúdico y lo imprevisible. Todo aquello que en otro momento nos atrevimos a llamar simplemente la vida.

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La rabia de Gamonal. Aspectos claves para entender un conflicto anunciado

Vecinos en la calle Vitoria, Gamonal | Fuente: Santi Otero (público.es)

Vecinos de Gamonal en la calle Vitoria | Fuente: Santi Otero (público.es)

por Doris Palacín (vecina de Gamonal) y Giuseppe Aricó (OACU)

Cualquier persona ajena a lo que está ocurriendo estos días en Gamonal podría fácilmente no entender por qué se están produciendo unas protestas tan contundentes en una ciudad aparentemente “tan tranquila” como Burgos. Para entender realmente lo que está pasando en Gamonal, es necesario escarbar mucho más en profundidad la superficie edulcorada de lo “inexplicable” que nos ofrece el discurso político y mediático dominante. En los vídeos editados por el Ayuntamiento de Burgos sobre el proyectado Bulevar de Gamonal se ve un carril bici, la ampliación de la zona peatonal actual, nuevos espacios verdes y zonas infantiles, así como la consecuente promesa de puestos de trabajo. Así presentado suena bien. Según palabras del concejal de Fomento, éstos vídeos fueron hechos para “comunicar las bondades del proyecto” ante las discrepancias de la Plataforma Bulevar Ahora NO y para solventar la supuesta falta de conocimiento que las personas de Gamonal tenían respecto al proyecto. ¿Dónde están, pues, las perversiones del mismo? Analicemos el proyecto sin música alegre de fondo.

Según la memoria publicada en la web del Ayuntamiento, el proyecto abarca, en una primera fase, el tramo de la calle Vitoria que va desde la Glorieta Bilbao hasta Eladio Perlado. Posteriormente, en una segunda fase, el Bulevar continuaría hasta Juan Ramón Jiménez, alcanzando una superficie total de 70.207,47 m2 de obra. Esto supone intervenir una de las arterias principales de la ciudad, una calle eminentemente comercial y vía de descarga del tráfico de Gamonal. Ya en la primera fase, cuyas obras comenzaron el jueves 9 de enero,  se planteaban transformaciones urbanísticas importantes. Algo que cuestionaría, de forma directa, el ingente coste del proyecto, los supuestos beneficiarios de su adjudicación y el impacto social del mismo sobre los vecinos. De seguir adelante el proyecto, el tráfico quedará reducido a un carril por sentido, en lugar de los dos actuales. En un principio se planteaba la opción de restringir el tráfico a los coches privados. Esto, sin embargo, fue rechazado posteriormente por el Ayuntamiento. Se llevará a cabo un aparcamiento a la altura del número 141 de la calle de Vitoria, frente a la Barriada Juan XXIII. En concreto, de dos plantas y 256 plazas de aparcamiento, las cuales posteriormente quedaron reducidas a 250, lo que supone la eliminación de unas 100 plazas de respecto a las 355 actuales, y con el agravante de ser en régimen de concesión por 40 años y al precio de 19.225 euros. Se creará un aparcamiento en superficie en la zona de las Torres, entre la calle Gonzalo de Berceo, Severo Ochoa y Manuel Altolaguirre, de 16.580,30 m2 y con 537 plazas de aparcamiento. Se construiría en un solar que, aunque la memoria señala que está en desuso, ya funciona como parking. Sin asfaltar, sí, pero parking al fin y al cabo.

En cuanto a los fundamentos estéticos que justifican este proyecto, en la memoria se apunta que “está basado en el principio de no discriminación o penalización al barrio de Gamonal”, y añade que “garantiza el tratamiento de la principal calle del Barrio de Gamonal en las mismas condiciones de diseño y calidad contemporánea que han permitido que el nuevo Bulevar ferroviario [ya existente en la ciudad] se convierta en una referencia a nivel nacional e internacional”. Con respecto a esto habría que investigar si, realmente, el barrio de Gamonal se siente discriminado por no tener en sus calles unas bombillas de diseño iguales a las que se pusieron en dicho Bulevar Ferroviario. También se sustituirá todo el mobiliario urbano y todas las canalizaciones de servicios (agua, energía eléctrica, alumbrado público, telecomunicaciones, gas natural y red de riego e incendios). Supuestamente, se encuentran deterioradas. Se prevé que las obras, adjudicadas por 7.893.234,54 euros el 10 de octubre de 2013, duren 16 meses y sean ejecutadas por la UTE Bulevar Calle Vitoria, formada por las burgalesas Copsa y Aroasa (del grupo Arranz Acinas), la constructora de uno de los socios habituales de Antonio Miguel Méndez Pozo, importante constructor conocido como “el Jefe”. Por otra parte, la dirección de las obras y el diseño del proyecto han sido adjudicadas a M.B.G. Ingeniería y Arquitectura SL, sita en el Edificio Promecal y propiedad del mismo Méndez Pozo, que cobrará 240.000 euros por ello. El circulo empieza a cerrarse.

Puestos de manifiesto estos aspectos, nos queda todavía una cuestión muy importante por aclarar: ¿qué repercusión tendría la ejecución de esta obra para el barrio? Los vecinos y vecinas que viven a ambos lados de la calle temen que sus edificios no estén preparados para que se abra un parking subterráneo frente a sus casas. Estos bloques de viviendas fueron construidos a finales de los años 60, en el lado de la barriada Juan XXIII, y a finales de los ’70 al otro lado de la calle. Las personas que compraron los pisos en ese momento eran, principalmente, emigrantes del campo con escasos recursos económicos que no se podían permitir el lujo de tener un coche.  Por eso no se construyeron garajes subterráneos. Por lo tanto, son edificios con pocos cimientos que podrían verse dañados por la obra. Además, según comenta Rosana, vecina arqueóloga, la calle Vitoria está asentada en un terreno inestable, formado por arenas y gravas cuaternarias. Y es que la calle Vitoria era la llanura de inundación del río Pico antes de que se comenzara a edificar, las aguas subterráneas son abundantes y permanentes en la zona, lo que también pone en tela de juicio la viabilidad del parking. Esa población que entonces emigró del campo a la ciudad es hoy una población envejecida que ha visto mermadas sus pensiones con los últimos recortes. Y las familias recién llegadas a la zona  son jóvenes de clase obrera hipotecados que, con suerte, han mantenido su trabajo. En cualquier caso, el grueso de este barrio de 90.000 habitantes no se puede permitir estos precios.

Analizadas éstas y otras características del proyecto se llega a la conclusión de que el Bulevar es totalmente innecesario ya que, lejos de solucionar el supuesto problema del aparcamiento del barrio, más bien lo privatiza, poniendo para ello en grave peligro la estabilidad de los edificios aledaños. Pero esto no es todo. Preguntando a los vecinos y vecinas a pie de calle sobre su parecer sobre la obra, la respuesta más común es que no es el momento para un proyecto así y menos con un presupuesto inicial de 8 millones de euros. En la calle la gente infla la cifra porque sabe que toda inversión de esta envergadura acaba siendo rebasada. En cualquier caso el mensaje central “Ahora no”, lanzado por la Plataforma Bulevar Ahora NO, ha calado en el barrio. Según comenta uno de los vecinos, no se puede gastar esa cantidad de dinero en el Bulevar cuando “se están cerrando guarderías, se reducen los presupuestos de los centros cívicos, se recorta en servicios sociales y cuando hay calles que no tienen alumbrado público”. Otro de los vecinos, teniendo en cuenta la situación de endeudamiento que tiene el Ayuntamiento, cuenta que “ni siquiera ha pagado el otro Bulevar”, y no entiende que ahora se empiece este proyecto. “Es un gasto del que se puede prescindir” – opina. Otra vecina señala que ha salido a la calle porque no quiere que el alcalde se ría de ella, “no ha preguntado a nadie. Y hay gente que se está quedando sin casa y sin trabajo. Ahí es donde tiene que ir el dinero”.

Por otro lado, los vecinos y vecinas entienden que este es un proyecto impuesto. A fecha 13 de enero, el Diario de Burgos desmentía que el proyecto no se hubiera difundido ni explicado: “El Ayuntamiento organizó una primera exposición con las 8 propuestas presentadas al concurso de ideas en la Casa de Cultura de Gamonal. Hubo otra en el centro cívico de Gamonal Norte, y los mismos paneles se mostraron también en el Cívico de Capiscol. Los redactores del proyecto, junto a técnicos del Ayuntamiento y al propio Ibáñez han mantenido decenas de reuniones en Gamonal y Capiscol, para explicar las obras y para coordinarlas. A propuesta de los vecinos se incluyó en la actuación la calle Doña Constanza, que no estaba inicialmente”. Sin embargo, lo que están diciendo los vecinos no es que el proyecto no se explicara, sino que no se tuvo en cuenta la opinión de aquella parte del vecindario que estaba en contra. Puede que tuvieran en cuenta sugerencias de los vecinos que estaban a favor a la hora de elaborar el proyecto, pero ¿cómo se encajó la negativa de la otra parte del vecindario? Para saber un poco más sobre este tema, preguntamos a Manolo, vecino presente en las movilizaciones desde el principio. Manolo apunta que el Ayuntamiento nunca ha querido escuchar al vecindario. Que cuando este proceso comenzó hace dos años, los vecinos y vecinas de Gamonal ya expusieron su rechazo al proyecto a través de unas urnas que se ubicaron en las exposiciones antes mencionadas. Según reconoció el concejal Ángel Ibáñez, votaron 3.000 personas pero ellos consideraron que era una parte residual del conjunto de la población que no había que tener en cuenta. Así, el Ayuntamiento prefirió escuchar al Consejo de Barrio que, posiblemente influenciado por su composición (fundamentalmente peñas financiadas exclusivamente a través de subvenciones del Ayuntamiento), votó a favor del proyecto.

Otro de los factores que han hecho que la gente salga a la calle, aunque aquí ya la intensidad depende del bagaje de cada persona, es la sombra de la corrupción urbanística y el hartazgo del fomento del ladrillo como motor económico. En general, la gente en la calle entiende que el proyecto en su totalidad ha sido adjudicado a la empresa M.B.G. Ingeniería y Arquitectura SL, propiedad de Méndez Pozo. En realidad se trata de un malentendido, ya que sólo se ha adjudicado a esta empresa el diseño del proyecto y la dirección de la obra. En cualquier caso nadie se explica el empeño del Ayuntamiento en seguir adelante con la ejecución del Bulevar si no es por la trama de intereses y amiguismos que se esconde detrás. “La obra pública está parada pero hay que seguir satisfaciendo las necesidades de los amigos, claro…” – comenta un vecino al respecto. La sombra de Méndez Pozo es alargada. Este hombre lleva años tejiéndose una tupida red de contactos e influencias en el seno del Partido Popular, algo que ha tenido una influencia indudable en las políticas locales de los Ayuntamientos de turno. Méndez Pozo es dueño de Promecal, un gran grupo de comunicación gestor de dos cadenas de televisión (Navarra Televisión y RTVCYL), frecuencias de radio, (Promecal explota sus frecuencias en Castilla y León de la mano de Onda Cero y gestiona Vive! radio, una radio fórmula con presencia en las 9 provincias de la región a través de 13 emisoras) y numerosas cabeceras de prensa (La Tribuna De AlbaceteDiario de ÁvilaDiario de Burgos, etc.). Esto le convierte en una figura para el sostén ideológico del Partido Popular y le otorga al tiempo una influencia incalculable. Lo que diferencia a Méndez Pozo de Berlusconi es que el primero, en lugar de optar por la política, optó por la construcción. Méndez Pozo ya fue condenado a siete años de prisión por el Caso Burgos, en base a un delito de falsedad en documentos públicos y privados en relación con distintas irregularidades urbanísticas en la ciudad. Su relación con el actual alcalde, Javier Lacalle, y su influencia en el desarrollo del proyecto son imprecisas. Pero el propio Lacalle, entonces concejal de urbanismo, ya se vió implicado en 2006 en otra gran polémica al haber realizado un viaje a la Costa Azul francesa con todos los gastos pagados por varios constructores encabezados por el hijo de Méndez Pozo.

Son muchas razones, concretas y relacionadas con el Bulevar, las que han llevado a las vecinas y vecinos de Gamonal a salir a la calle. Pero detrás de la contundencia de las acciones, detrás del pulso firme de los chavales al tirar las piedras y al quemar los contenedores, está la situación de mierda (perdonen las personas sensibles) a la que se ha llevado el entero país por las, mal llamadas, políticas de austeridad. La situación de desempleo, la subida de impuestos, la falta de medios para llegar a fin de mes, los desahucios, los recortes en los servicios públicos y el hartazgo con la corrupción política están presentes en las asambleas y en las conversaciones en la calle. Como decía un vecino, “esto es el reflejo de la situación general de descontento, del queme. Esto es el reflejo de las políticas nacionales, de Madrid”. Una vecina creía que esta movilización haría posible seguir con otras, para parar desahucios, para seguir movilizándonos. “Al estar ya organizados, será más fácil” – decía. Otro vecino esperaba que también fuera posible ir a más. “Ojalá sirva para que se nos quite la caraja”- declaraba. Otros, en cambio, lo veían como una protesta puntual en contra de un proyecto concreto. A pesar de la paralización temporal de las obras, anunciada ayer por el propio alcalde Lacalle, los vecinos de Gamonal desconfían y siguen apropiándose con orgullo de la calle Vitoria. La real evolución de esto sólo el tiempo lo dirá, de momento lo que está claro, y que coincide con uno de los cánticos vecinales, es que “quien siembra miseria, recoge rabia. ¡Rabia, rabia, rabia!”.

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Ruta pel Cooperativisme Històric de la Barceloneta

Ruta per la Barceloneta cooperativa i indignada

Ruta per la Barceloneta cooperativa

Seguint el calendari de les rutes cooperatives pels barris barcelonins que impulsen els companys de La Ciutat Invisible, el proper dissabte 9 de gener del 2014 tindrà lloc la Ruta pel Cooperativisme Històric de la Barceloneta.

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