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Towards a New Urban Agenda, o de como los gobiernos pretenden someter nuestras vidas bajo la disciplina del valor de cambio.

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

Joan Clos durante un acto celebrado el pasado 17 de febrero en Quito (Ecuador) | Fuente: http://www.holaciudad.com/

por OACU

Cada 20 años, Naciones Unidas celebra un macro evento mundial de varios días para hablar sobre el concepto de “hábitat”, esto es, vivienda, sociedad alrededor del hábitat, etc. El próximo octubre de 2016 se celebrará en Quito, Ecuador, la tercera edición de ese evento denominada UN HABITAT III. La semana pasada, en Praga, tuvo lugar la reunión preparatoria de la región europea, formalizada a través de los Estados integrados en la UNECE que estarán presentes en Quito. El diálogo entre éstos, que ha tenido lugar los días 16, 17 y 18 de marzo, se transmitió públicamente vía streaming y desde el OACU hemos decidido no perdernos este importante acontecimiento. Entre otras cosas, es interesante saber que la persona que ocupa el cargo de Chairman sobre el tema en Naciones Unidas es el inefable ex alcalde de Barcelona Joan Clos, el cual, desde el 2010, ocupa el cargo de Director Ejecutivo del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT).

La cuestión –para entender mejor el contexto en el que se celebró la reunión preparatoria- es que el concepto de urbanization,[1] que podríamos traducir entendiéndolo en su acepción de “crecimiento urbano”, ha sido recientemente incorporado como uno de los elementos clave para el supuesto desarrollo mundial. Sería precisamente por esa razón que las regiones europeas se muestran actualmente obsesionadas por determinar (léase inventar) los contenidos de una New Urban Agenda, que se aprobará en la próxima edición a partir de lo que resulte tanto de las diferentes reuniones regionales, como de lo que se discutirá en Quito. Se trata, sustancialmente, de elaborar y promover un enfoque de ciudad sostenible, saludable, inteligente, inclusiva y todo un largo etcétera de ideales retóricos y meramente imaginarios con los cuales pretenden darnos a creer que viviremos mejor en el futuro, en nuestras ciudades y gracias a nuestras ciudades, aunque proyectando éstas no tanto como espacio de socialización y convivencia, y más como organización administrativa y control político bajo las directrices del mercado.

La sesión inaugural de las 10.00 se celebró en el hall principal, repleto de paneles que pretendían describir lo que se entendería a nivel institucional por hábitat: urbanismo, planificación urbana, revalorización patrimonial, pero sin hacer mención alguna –por lo menos no de forma explícita- al contexto urbano en el que nos relacionamos socialmente. Los paneles hablan de inversiones, del poder de decisión sobre las comunidades a través de la planificación de sus vidas y posterior control de sus acciones, del importancia del turismo para el bienestar de nuestras ciudades, pero obvian, en todo momento, la presencia de las personas, de las tensiones sociales o del espacio social en el que se prevé la cabida de todos y todas.

La apertura de la sesión estuvo protagonizada por una serie de personajes claves, entre los cuales destacaron las intervenciones de Karla Šlechtová, Ministra para el Desarrollo Regional de la Republica Checa, y la del ya mencionado Joan Clos. En la presentación de la Ministra se repitieron a menudo conceptos como sostenibilidad, crecimiento, vida en las ciudades, medio ambiente, accesibilidad a la vivienda, accesibilidad del turismo, GDP (Gross Domestic Product, lo que en nuestro contexto sería el PIB), etc. En otras palabras, el contexto de su speech se centró principalmente en la idea de “crecimiento” alrededor de lo económico y lo urbanístico. Šlechtová se esmeró en su discurso y citó ejemplos sobre “arquitectos importantes” y sobre cómo la planificación urbanística checa está aportando a su país un notable “crecimiento”, un eufemismo tras el cual no se escondería sino el concepto de plusvalía.

“¿Cómo haremos las ciudades más vivibles?”, se preguntó la Ministra poniendo ejemplos del marco legal vigente en la Republica Checa y señalando los choques competenciales entre administraciones. Sostuvo la importancia de hablar al respecto de esa cuestión esperando que la reunión sirviera para avanzar en ello, es decir, en la posibilidad de hacer “vivibles” las ciudades desde la planificación administrativa y política. Pero no se hizo ninguna referencia a la sociedad y su capacidad auto-organizadora, así como tampoco a su derecho a una gestión urbana espontánea. En cambio, habló de “responsabilidad de todos: administraciones, políticos, arquitectos, urbanistas, promotores y otros grupos de interés”, sin mencionar a ningún otro actor social. Šlechtová cerró su presentación hablando también de “exclusión social” y se preguntó: “¿Cómo podemos hacer felices a la gente que vive en esta situación?” Por ello, pidió un debate “interactivo y rico, que invite a encontrar respuestas”. Nada más.

La sesión de apertura dejó espacio al Chairman de Habitat III, Joan Clos, que abrió su discurso agradeciendo a todos los profesionales de los distintos topics a debatir y continuó agradeciendo más y más. Seguidamente, presentó a Habitat III como la gran ocasión para “abrirse” no sólo a las autoridades locales, a las que considera las principales destinatarias del programa, sino también a otros stakeholders, esto es, a los tan etéreos grupos de interés de toda la vida que tratan de incidir –a menudo en su propio favor- en el proceso de toma de decisiones públicas. Efectivamente, Clos ni siquiera llegó a nombrar a dichos grupos y, sin embargo, nos advirtió de lo que va a suceder en tema de urbanización los próximos 20 años anunciando, con cierto tono mesiánico, que asistiremos a una gran transformación, como si se tratara de la más grande nunca vista en la historia de la humanidad.

Según el Subsecretario General de Naciones Unidas –cargo que Joan Clos recubre conjuntamente a el de Director Ejecutivo del Programa ONU-HABITAT-, el continente asiático, en particular China e India, ha sufrido y seguirá sufriendo una tremenda transformación de impacto planetario, pues el paso de estos países de su condición rural a urbana nos afectará de forma global.[2] La ONU calcula que durante los próximos 20 a 40 años el total de la población mundial –actualmente estimada en 7.000 millones de personas- alcanzará la cifra de 9.500/10.000 millones de habitantes, la mayoría de los cuales vivirán en ciudades. En palabras de Clos, “the urbanization growth will increase”, lo cual implicaría que lo que crece no serían tanto las ciudades, sino la expansión del proceso de urbanización de corte neoliberal que atenaza hoy día a las principales metrópolis. Poco después, el ex alcalde volvió sobre sus pasos y admitió que el número de personas que viven actualmente en ciudades se doblará pasando de unos 3.500 millones de habitantes a un total aproximativo de 7.000 millones. A partir de ese momento, Clos empezó a utilizar un cierto tono dramático, señalando que ese crecimiento será tremendo, representando “un gran desafío para las próximas dos generaciones”, en definitiva, “una gran transformación planetaria” que no podemos ni siquiera imaginar.

Clos sostuvo además que, desde una perspectiva global, la urbanización de algunas ciudades no contaría con estímulos ni incentivos suficientes y añadió que, a pesar de ello, las ciudades seguirán creciendo. Probablemente se refería al caso de algunas ciudades de Asia y África, las cuales, tal y como señalan algunos informes elaborados por la ONU, crecen al margen de las autoridades, modelo a revertir con el objetivo de que las administraciones -mediante la planificación- lleguen a ser capaces de gestionar su desarrollo. Así mismo, advirtió que el próximo octubre de 2016, en ocasión de la celebración de Habitat III en Quito, se debatirán muchas cuestiones y se preguntó: “¿Qué va a pasar con nuestras sociedades? ¿Cómo conseguiremos adaptarnos al cambio para garantizar a las generaciones futuras sociedades que hereden un planeta happily, organized, with human dignity?” A ese respecto, anunció con orgullo que en Quito se dialogará sobre “sostenibilidad del crecimiento”, un concepto que en el marco de los Social Development Goals deberá aplicarse en términos de susteinable development. Es remarcable la insistencia en estos objetivos centrados en valores e ideales -un mundo más feliz, un mundo más digno-, objetivos realmente importantes pero que, presentados al margen de otros tan importantes como el finalizar con la injusticia social, equilibrar el reparto de riqueza o extender la participación efectiva en el diseño de las sociedades por parte de una mayoría de sus integrantes, no dejan de ser una mera declaración de intenciones de tono moralizante y vacías de contenido político.

En esa dirección, el Subsecretario General afirmó que es crucial interesarse por el tema de “ciudades y desarrollo” para poder contribuir al dialogo sobre esa temática y que fue precisamente gracias a ese interés que, en la reunión celebrada en Nueva York en 2013, se consiguió incluir el término urbanization como nueva herramienta para el desarrollo sostenible de las ciudades. Así, recordó que en el pasado se contemplaban problemas de vivienda, agua, exclusión, etc., pero no se incluía “urbanización” como herramienta para proporcionar prosperidad y desarrollo, sino como parte del problema. “¿Que quiero decir con eso?”, se preguntó, pasando a explicar que la clave del éxito está en la compresión e inclusión del concepto de “urbanización” como herramienta de desarrollo: “Es importante porque nuestra economía está cambiando”, afirmó y, de repente, asimiló como algo lógico los conceptos de “desarrollo” y “urbanización” con los “procesos económicos”.[3]

Clos sostuvo que la economía, antes, se basaba en el sector primario y que luego se pasó al sector secundario, la industria, pero el que tiene actualmente mayor proyección de futuro sería el sector terciario, que incluiría servicios como “turismo, viajes, enseñanza, publicidad”. Para Clos, los sectores que proveerían de trabajo hoy día son los que han sabido transformarse de primario a secundario, pero el 60% de la oferta laboral estará constituida por el terciario y se daría mayoritariamente en las ciudades. Así que éstas –deduce- serían clave en relación al potenciamiento de la economía mundial. La cuestión aquí no es tanto determinar si Clos tiene razón o hasta qué punto la tenga, cuanto entender si lo que está afirmando, o cuanto menos insinuando, es que cada ciudad constituye potencialmente una gran empresa o, lo que sería aún peor, una franquicia de una empresa única de escala global.

Pasó luego a hablar de las subprimes y de la crisis de las hipotecas sosteniendo que precisamente factores como éstos manifiestan que “el sector industrial de China tiende al decrecimiento”. Sin embargo, poco después titubeó y lanzó la enésima gran pregunta: “¿Que nos enseña la crisis?” Para pasar a responderse a sí mismo diciendo que hace falta una nueva forma de producción y que la ciudad tiene un rol mucho más importante que antes, a la par que tiene más información, más conectividad para dar fuerza a su importancia. “¿Están vuestras ciudades en su máxima capacidad en orden a dar bienestar a su población?”, preguntó a los asistentes, insistiendo en que, por primera vez el concepto de urbanization empieza a ser considerado como una herramienta para el desarrollo que propiciará muchos beneficios a las ciudades. Clos señaló que, entre dichos beneficios, cabrían “muchas cosas, como un cultural hub” y aseguró a los oyentes que, si se apuesta por una ciudad de modelo post-industrial, la probabilidad de crecimiento y de éxito será mayor.[4] Reconoció que gran parte del reto estará relacionado con generar “conocimiento”, cosa que requiere tiempo y formación específica, pero también el deber de invertir en la “city of the society” en los próximos 20 años.

Ligado a ello, sugirió que el modelo de las familias está cambiando en forma y medida y lanzó otra pregunta: “¿Cuál es la forma en que la ciudad se debe adaptar a ese cambio, que además avanza mucho más rápidamente que antes?”. Clos no dijo claramente a qué tipo de familia se refería, pero sí propuso un ejemplo concreto de “cambio”. Según el Subscretario, lo que ha pasado en lugares como Detroit respondería de forma paradigmática a ese “cambio de modelo”, al cual la ex ciudad industrial no habría sabido adaptarse. Dicho de otra forma, razones objetivamente más incisivas como el cierre de las fábricas de producción de General Motors u otras compañías, emigradas a otros países para incrementar beneficios, no tendrían nada que ver con el supuesto cambio de modelo al que se refiere Joan Clos. Obviando cualquier tipo de teorización alrededor del concepto de lucha de clases, sostuvo sencillamente que “los barrios arden en ciudades como Detroit porque los inmigrantes no están incluidos”.

En este sentido, Clos estaría dando, sin saberlo, la razón a autores como Neil Smith, Mike Davis o Loïc Wacquant cuando sostienen que los discursos políticos y económicos –si es que no son lo mismo- tienden a reducir sistemáticamente las problemáticas sociales centradas en la reivindicación de derechos a cuestiones que se presumen básicamente “culturales”, “étnicas” o “raciales”, determinadas –cuando no provocadas- por inmigrantes “marginales y delincuentes”. Por otro lado, habló de “los jóvenes” diciendo que éstos sueñan con una ciudad utópica, una ciudad “abierta a todo el mundo, donde reine la convivencia, con diferente gente viviendo junta”, y se preguntó: “¿Esto está cambiando?”. En el futuro, sostuvo, veremos “una evolución”, que clasificó de gran “interés antropológico” en tres ocasiones distintas aunque pasó inmediatamente por encima de la cuestión social a lo largo de todo su discurso.

Finalmente, Joan Clos concluyó su intervención explicando que dicha “evolución” se articulará alrededor de 4 temas clave, de los cuales el primero es el tan trillado concepto de “desarrollo”. El segundo consistiría en el cambio climático, fenómeno que relacionó con el mismo proceso de urbanización que acaba de elogiar y sostuvo, con cierta dosis de cinismo, que las ciudades más desarrolladas son directa o indirectamente responsables de la emisión descontrolada de gases nocivos para el medioambiente. Reclamando el deber que tienen los gobiernos del mundo para encontrar soluciones al respecto, anunció que el tercer tema clave para el desarrollo sostenible de las ciudades consiste en producir más empleo y seguir siendo el “lugar del encuentro y de la diferencia”. También añadió que aquellas ciudades que concentren la mayoría de la oferta de trabajo, “deben manejar las migraciones”, cuestión relevante puesto que “probablemente continuaran por un periodo de tiempo en un mundo globalizado”. Según Clos, éste es un tema muy importante porque “las ciudades proveen las herramientas para integrar”, lo cual no constituye sino una mera declaración de intenciones centrada en el discurso clásico de la aceptación del obrero en detrimento de la construcción social entre todos.

El cuarto y último tema clave traído a colación fue la desigualdad, cuestión que Clos argumentó diciendo que existen muchos trabajos mal pagados y que explotan al trabajador, a la vez que hay mucha segregación en las ciudades: “ricos a un lado, pobres a otro”. Afirmó que ese tema tiene mucha relevancia porque supone “importantes consecuencias, incluso por la paz”, y continuó hablando de “revueltas de trabajadores” mencionando también, como ejemplo de los riesgos que conlleva la existencia de desigualdad, que fue “un hombre inmolándose en Túnez en su protesta de orden socio-económico quien dio origen al terremoto político y social conocido como la Primavera Árabe”. Fue precisamente en ese punto cuando el Subsecretario no ofreció más razones que “la paz”, es decir, la ausencia de conflictividad por los derechos laborales como motivo para que no haya desigualdad. En definitiva, el mensaje aquí no sería reivindicar una lucha global y comprometida en contra de la segregación, la exclusión, la marginalidad, etc., sino la necesidad de abordar la desigualdad para acabar con la “conflictividad” que supuestamente caracterizaría a “los pobres” del mundo.

Notas

[1] La aproximación al concepto se realiza bajo las premisas del entrepreneurialism, un proceso descrito por David Harvey en su artículo From Managerialism to Entrepreneurialism: The Transformation in Urban Governance in Late Capitalism (1989). Según el geógrafo británico, el entrepreneurialism consistiría en una visión de la ciudad como elemento esencial para la continuación del proceso de acumulación capitalista. Para una definición crítica de urbanization, es interesante acercarse a las premisas establecidas por Manuel Castells en su clásico La Cuestión Urbana (1976), donde señala que ésta no sería más que “la producción social de las formas espaciales”.

[2] En este sentido, es destacable la obra de Mike Davis, Un planeta de ciudades miseria (2007), donde el sociólogo incide en la influencia del sistema capitalista global en el desarrollo de las ciudades presentes y futuras.

[3] En este sentido, parecen cumplirse las afirmaciones de Henri Lefebvre cuando, en la década de los ‘70, señaló en La Revolución Urbana (1972) que, “la urbanización, que hasta aquel entonces parecía que únicamente acompañaba a la dinámica industrializadora, empezaba a sustituirla como determinante de los procesos sociales”.

[4] Ejemplos sobre cómo dicha apuesta genera un ciclo de especulación existen en la propia ciudad de Barcelona, donde él propio Joan Clos fue alcalde desde 1997 hasta 2007. Para una visión sobre el tema, puede verse el artículo de I antropólogo Isaac Marrero ¿Del Manchester catalán al Soho barcelonés? La renovación del barrio del Poblenou en Barcelona y la cuestión de la vivienda (2003).

 

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Las manos sobre Barcelona

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Joan Clos, contemplando la zona Fòrum desde un hotel de la Diagonal en 2004 | Fuente: Carles Riba

Texto originariamente publicado en Ciutat Morta: crònica del cas 4F, coordinado por Mariana Huidobro, Katu Huidobro y Helen Torres

por José Mansilla y Giuseppe Aricó (OACU)

En 2006 Barcelona vivía todavía la resaca del Fòrum de les Cultures 2004, uno de los fracasos más sonados de su historia. La ciudad se había quedado años antes sin poder ser Capital Europea de la Cultura y buscó, de forma casi desesperada, una excusa para llevar a cabo un nuevo e inmenso proceso de transformación en los límites de su última y codiciada frontera urbana: la desembocadura del Besòs. A pesar de las ingentes cantidades de dinero y recursos invertidos por el Ajuntament, la Generalitat, el Gobierno del Estado y el sector privado –más de 3.200 millones de euros y una recalificación de 330 hectáreas, cifra cuatro veces superior a la intervenida para los JJOO de 1992- el megaevento no cumplió ni de cerca con las expectativas generadas en cuanto a público o visibilidad.

Como si ello no bastara, barrios fuertemente estigmatizados, como La Mina, quedaron definitivamente aislados y ocultos a la sombra de unas imponentes estructuras hoteleras, inmobiliarias y comerciales surgidas como setas en la zona recuperada. Pero como todos los fracasos, este también fue relativo. Efectivamente, las inmensas plusvalías generadas mediante esa colosal reforma urbanística,  trasferidas al capital financiero e inmobiliario de la ciudad, supusieron el verdadero “éxito” del Fórum. La ciudad vivía así los últimos años de la impostura del Model Barcelona, una forma de hacer ciudad que vivió su máximo esplendor durante las olimpiadas y que reveló su verdadera cara en ese primer lustro del nuevo siglo.

Del supuesto urbanismo ciudadano y participativo, de la continuidad de la trama urbana, de la apuesta por los espacios públicos y los equipamientos no quedaba nada. Barcelona, entregada al neoliberalismo, proseguía su configuración como “escenario de consumo” y adjudicaba grandes extensiones de terreno a empresas inmobiliarias internacionales como Hines, responsable de Diagonal Mar, para que hiciese de su capa un sayo. Se abandonaba toda veleidad aparentemente socialdemócrata –como las ideas de Oriol Bohigas y su pretensión de “monumentalizar la periferia” y “dignificar el centro”- y la ciudad, más que como “modelo”, comenzaba a venderse cada vez más como Marca.

Unos años antes, el Ajuntament había puesto en marcha el Distrito 22@ en 116 hectáreas del barrio del Poblenou. La intervención, la mayor llevada a cabo sobre la ciudad hasta ese momento, perseguía la creación de un polo empresarial vinculado a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) sobre parte del “obsoleto” tejido industrial del antiguo Manchester català. Los pequeños talleres y empresas auxiliares que ya existían en el área, vestigios de su pasado fabril, fueron despreciados como generadores de crecimiento y empleo y en su lugar se esperó, como maná caído del cielo, la llegada de grandes firmas tecnológicas. Ni que decir tiene que esto nunca ocurrió.

Los que sí llegaron fueron muchos hoteles que, aprovechando la disponibilidad de espacios baratos y la apuesta municipal por el turismo en la zona, lograron grandes plusvalías vendiendo el suelo que abandonaban en otras áreas de la ciudad, como el Eixample. La crisis (léase estafa) económica de unos años después hizo el resto y el Poblenou, como muchos otros barrios de la ciudad, mantiene aún hoy día grandes solares vacíos. Pero la voracidad, como la estupidez, no tiene límites y grandes zonas de la ciudad consolidada fueron igualmente objeto de violentas intervenciones urbanísticas que se presumieron urbanas.

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Acción reivindicativa contra la Marca Barcelona y sus eslogans | Fuente: Míren Sánchez (http://mirarescucharcallar.blogspot.com.es/)

El año 2006 también es el año de la vergüenza para un Ajuntament que llegó a enviar la Guardia Urbana a arrancar las tomateras plantadas por los vecinos y vecinas del barrio de la Ribera. Estamos hablando del, desde entonces denominado, Forat de la Vergonya, un solar ubicado a escasos metros del renovado Mercat de Santa Caterina y que inicialmente estaba destinado a ser un aparcamiento para el turismo que llegaba al barrio. La idea de las instancias municipales era convertir la zona –parte de la cual se popularizaría con el mucho más eufónico nombre de El Born– en una tesela más de la Barcelona escaparate.

Se trataba, en definitiva, de conformar una ciudad proyectada a escala global, que compitiera internacionalmente por la atracción de un “turismo cultural” –lo que viene a querer decir, de elevado nivel de ingresos- mediante la instalación en sus fronteras de elitistas contenedores como el Museu Picasso, de la mercantilización de Santa Maria del Mar o de la fútil reforma del Mercat con su cubierta de tejas coloreadas. El vecindario, necesitado de zonas de socialización, y si eran verdes, mejor, tuvo la osadía de hacer suyo el espacio creando su propio jardín, huerto, mobiliario urbano y zona deportiva, lejos del glamour intrínseco al pensamiento municipal institucional, algo que no podía ser permitido en un barrio destinado a la aparición de lofts y apartamentos para las denominadas “clases creativas”.

Tuvo que ser la prensa, al recoger los conatos de violencia contra el desalojo, la que situara el punto de atención sobre un tema que, de otra manera, hubiera pasado desapercibido. Más allá de la cierta simpatía que pudiera despertar la apropiación vecinal de un espacio para crear una plaza, lo que no llegaron a entender –léase aterrorizar- las manos que se posaban sobre la ciudad, es el hecho de que la gente normal pudiera crear un espacio normal, de gestionarlo y aprovecharlo lejos del tutelaje oficial y la acción del mercado. Por supuesto, algo así no podía ser permitido porque correría el peligro de convertirse en un ejemplo, una alternativa posible o, cuanto menos, propiciable. Es ahí donde debemos insertar parte de los factores que desencadenaron los hechos de aquella noche del 4 de febrero.

Si las grandes empresas multinacionales cuentan con departamentos enteros que velan por la buena reputación de su marca, en Barcelona esta responsabilidad recaía y recae directamente sobre el Ajuntament. La millor botiga del món no podía permitir que parte de sus calles y sus plazas estuvieran pobladas de vecinos, punkis, anarkas o antisistemas, sea eso lo que sea, y menos que éstos pretendieran generar espacios propios, liberados de las ataduras de la mercantilización extrema que vive la vida cotidiana de las ciudades depreciando, de paso, el valor de la propiedad inmobiliaria. Por este propósito, el teatro okupado del número 55 de la calle Sant Pere més Baix tenía que ser literalmente eliminado, como eliminadas tienen que ser todas aquellas imperfecciones que empañan cualquier producto. Rodrigo, Juan y Alex, al igual que Patricia, simplemente se toparon con parte del departamento de limpieza, en el sentido amplio de la palabra, de la Marca Barcelona.

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Mariana y Katu Huidobro, durante una manifestación en apoyo a los detenidos del caso 4F | Fuente: Jordi Secall (http://jordisecall.blogspot.com.es/)

Ironías de la vida, el alcalde de la ciudad de aquellos años, Joan Clos, al frente también del desastre del Fòrum y del 22@, después de un breve paso por el Ministerio de Industria, Comercio y Turismo del Estado español, así como de las Embajadas de Turquía y Azerbaiyán, ha llegado a ser el máximo dirigente del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-HABITAT), cuya misión es la promoción de pueblos y ciudades social y ambientalmente sostenible con el objetivo de proporcionar “vivienda adecuada para todos y todas”.

Hoy día, Barcelona sigue imparable su viaje hacia la total esterilización de su espacio urbano. Con solo dar una vuelta por el entorno del antiguo Mercat del Born, hoy Born Centre Cultural, o la calle Montcada y su nuevo Museu de les Cultures del Món es posible observar la descontrolada aparición de nuevos bares y restaurantes poblados de cientos de terrazas, comercios chic, establecimientos de productos ecológicos a precios imposibles, así como tiendas y más tiendas de souvenirs turísticos exactamente iguales a las que podrías encontrar en cualquier otra parte del mundo.

La soberbia expansión del Born no se detiene en sus fronteras físicas y simbólicas, acabando con cualquier viso de originalidad y despreciando lo que otrora fue su verdadera esencia popular: el barrio de La Ribera. Finalmente una triste –pero aún no imperante- victoria de las manos sobre Barcelona, convertida en una ciudad que no contempla las inquietudes ni las necesidades de sus habitantes. Una ciudad concebida y diseñada sólo para una ciudadanía obediente, pasiva y adinerada, que consagra sus calles únicamente al ocio y al consumo masivo. En definitiva, una ciutat morta.

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