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En el Idroscalo de Ostia, dónde murió Pasolini, 40 años después

Por Stefano Portelli (OACU). Este artículo fue publicado originalmente en catalán en La Directa, el pasado día 30/11/2015. Por otro lado, una versión algo más extensa del mismo fue también publicado en italiano por Monitori el día 2/11/2015.

Alrededor de donde en 1975 murió Pier Paolo Pasolini, aún se siente su presencia: y no en las celebraciones institucionales ni en el parque que lleva su nombre. Pasolini en Roma sirve sólo al lavado de conciencia de los ‘señoritos’: el bar donde se rodó Accattone es hoy punto de encuentro de la ‘clase creativa’ que echó a los habitantes locales, y su foto colgada allí es la típica ofensa después del daño (como la plaza del Raval dedicada a Montalbán). Vienen ganas de no nombrarlo más, de no pensar en él sino en privado y en silencio. Pero con sólo alejarse un poco de los sitios habituales, se vuelve a sentir bien vivo en la ciudad. Los lugares no son los mismos, pero los cuerpos sí. Lejos de las antiguas borgate, los barrios que los mantenían conectados, que daban profundidad a sus risas, menos homologados de lo que imaginaría, los ‘últimos’, como ellos mismos se definen, siguen allí.

En el Idroscalo de Ostia aún resiste una borgata espontánea. Un barrio autoconstruido de quinientos casitas, justo en la desembocadura del Tevere: nacido en la posguerra y crecido con la inmigración y las expulsiones del centro, fue tolerado por el Ayuntamiento, que por décadas prometió su regularización. Pero justamente esa marginalidad hizo que en el Idroscalo aún se encuentre Roma – la ciudad que Pasolini veía detrás de las plazas, calles y cuerpos homologados por el consumismo (véase aquí). Una mujer del barrio me envía esta frase diciendo que Pasolini la escribió para ellos: “Detrás de la masa de las casas se extiende la playa, un arco que parece sin fin, de un lado al otro del horizonte quemado por el sol que lo esculpe en el aire con sus colores derretidos. El gris de la playa, las piedras del acantilado, los cien tintes de los barnices de las casas, los yesos de las tapias, todo es amasado por el sol en una inmobilidad irreal. Pero en esta inmobilidad debida a la lejanía desde el mundo se siente desbordar la felicidad”.

En 2001 el arco sin fin de la playa – se ve en Caro Diario de Nanni Moretti – fue encerrado detrás de una pared de hormigón para construir el Puerto Turístico de Roma. El barrio se hizo aún más marginal; el golpe de gracia llegó nueve años después, cuando el alcalde (derechas) Gianni Alemanno ordenó su invasión por más de mil policías. Los antidisturbios armados tomaron el barrio entero, aterrorizando a la gente y abriendo paso a las excavadoras, que demolieron 35 casas. Los habitantes – que nadie había avisado – fueron transferidos en unos “residence”, bloques de pisos sin vender cuyos propietarios pactaron con el Ayuntamiento para que los usara en las “emergencias”: creando una emergencia, mucho dinero público cayó en bolsillos privados. La gente aún vive allí.

“En nuestro barrio – escriben – llegan los últimos, los que nadie quiere, sino para hacerles trabajar malpagados y sin derechos; nosotros, italianos del Idroscalo (parece que sin decir tu nacionalidad no se te nota) los acogimos sin pedir papeles, supliendo la ausencia del Estado”. Hace un año que entrevisto a gente y participo en las reuniones del barrio, intentando entender sus contradicciones y complejidades. En 2014 una operación policial destapó una extensa red criminal que recibió el nombre de Mafia Capitale, en la cual estaban implicados políticos de (casi) todos los partidos. Para evitar la disolució del Ayuntamiento, perjudicial para las contratas del Jubileo de 2015, se escogió un chivo expiatorio: Ostia. El Distrito fue considerado “mafioso”, las investigaciones se concentraron allí, y se salvó así el resto de Roma. Con la misma lógica, en Ostia es el Idroscalo la zona “abusiva” bajo ataque, cuando media ciudad se construyó gracias al clientelismo del Ayuntamiento, regularizando cualquier abuso urbanístico. Hay especuladores que llevan décadas sin pagar impuestos millonarios: pero el problema son los “miserables” que construyeron casitas en el río.

Así, el presidente del municipio de Ostia (izquierdas) dimitió cuando se le encontró pactando con el alcalde para ampliar el Porto Turístico sobre el Idroscalo. Los jueces de Mafia Capitale lo detuvieron junto con el dueño del Porto; pero se olvidaron de bloquear el proyecto urbanístico. Ahora en el Idroscalo tiemblan con cada cambio de consejal, con cada nueva declaración pública: podría ser un indicio de si les dejaran en sus casas o les volveran a desalojar. Imposible transmitir esa felicidad que Pasolini había percibido en esa zona del margen, que para los periódicos es sólo “abuso”: el desprecio que los potentados tienen hacia su gente es el mismo que hace 40 años tenían los demócratas cristianos hacia las periferias. Los intelectuales de entonces intentaban contrastarlo, con su ‘desesperada vitalidad’. Pero hoy, quienes sienten ese odio tienen seguramente todos sus libros en sus comedores, y habrán aplaudido en las celebraciones de la muerte del poeta. Sin duda, para ellos, mejor muerto que vivo.

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Los centros del triángulo: Migración y neocolonialismo en Sicilia.

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Fuente: Decontaminazione Sicilia

Por Stefano Portelli (OACU y Perifèries Urbanes)

Cuando los migrantes desembarcan del enorme buque de la marina militar italiana que los ha rescatado en alta mar, los acoge un dispositivo móvil que ya se va convirtiendo en habitual. Los médicos seleccionan quién necesita curas especiales; la policía registra nombres y asigna a cada uno un número; después entran bajo la gran carpa de la protección civil, y se sientan o estiran en las camillas. El puerto de Augusta es el puerto comercial más grande de Sicilia oriental, y a su alrededor, desde los cuarenta, se ha desarrollado uno de los más grandes establecimientos industriales del Mediterráneo: el petroquímico de Siracusa. Durante décadas, sus industrias han a la vez salvado la economía y destruido la salud de los habitantes: hoy, cuando muchas fábricas han cerrado, la franja de costa entre los tres pueblos de Augusta, Melilli y Priolo Gargallo se ha convertido en el ‘triángulo de la muerte’, en el que al paro se añade una contaminación que parece irreversible: un niño de cada veinte nace con una malformación, y un adulto de cada tres muere de tumor. El aire quema al respirar, y en el horizonte brillan oscuras las llamas sobre las chimeneas; el volcán Etna está a 50 km. pero casi nunca se ve, envuelto en la espesa bruma blanca. Precisamente en estos tres pueblos las autoridades de la provincia de Siracusa han decidido emplazar los centros de acogida para menores migrantes.

Durante tres meses estuve trabajando con una ONG en los centros del ‘triángulo’. Ya desde los primeros días, una de mis primeras preguntas fue: ¿Por qué llamarlos ‘centros’, si lo único que se puede afirmar de ellos es que son periféricos? Así como es periférica la historia de la contaminación de estas tierras – en los periódicos nacionales se habla del Ilva de Taranto, de la ‘tierra de los fuegos’ en Campania, ahora del amianto en el aire en Avellino, pero nunca del desastre humano y ambiental de esta punta de Sicilia. La proximidad con África, que hoy significa inmigración, en otros tiempos significó hidrocarburos; y en el mismo trozo de mar que cruzan los migrantes se están implantando nuevas plataformas petrolíferas, justo en frente del otro gran puerto de la zona, el de Pozzallo. Pero sólo lo sabe quién vive aquí; porque al sur de Sicilia se va de vacaciones, no para descubrir planes neodesarrollistas.

Lo mismo pasa con los ‘centros’. Lo que sucede a su interior, generalmente, no se filtra fuera; si filtra, su representación no corresponde con lo que se ve adentro. Para entender qué acontece aquí, antes hay que acostumbrarse a la lengua franca que se ha desarrollado en ellos. Los niños hospedados aquí – todos varones, y de varios orígenes – hablan un idioma como el de los puertos, hecho de trozos de inglés, árabe e italiano mezclados con algo del dialecto siciliano que hablan los trabajadores del centro. Una palabra me impactó al principio: a la comida la llaman mangerìa. Es una palabra que no existe en italiano, y tampoco en siciliano. Descubrí pronto que la palabra venía de Libia: los subsaharianos la habían aprendido en su detención en las cárceles o campos libios, y la habían traído aquí, muchos incluso pensando que era árabe. Pero no es árabe: es una palabra italiana antigua, que quedó allí incluso cuando los colonizadores italianos, que entraron en Libia en 1911, fueron expulsados por Gadafi en los años sesenta. Ya desde el principio, estos lugares evocan fragmentos sumergidos del colonialismo.

Esta impresión se hizo aún más fuerte, cuando me dí cuenta que nadie de los migrantes que viven en ellos llama a estos lugares ‘centros’. La palabra que usan es camp. Obviamente, ‘campo’ en Europa es una palabra prohibida: despierta demasiados fantasmas para que se pueda usar libremente (¡menos que para los ‘campos rom’, o ‘campos de gitanos’!). Hablando con ellos me di cuenta que llaman también ‘campos’ a muchos de los lugares por los qué han transitado en Libia, lugares de violencia extrema, de los cuales muchos llevan rastros en su piel. El paralelismo les surge espontáneo, entre los campos o prisiones de refugiados instituidos por Gadafi para retener los migrantes, a cambio de subvenciones italianas, y nuestros ‘centros de primer auxilio’ que nos representamos como puertos seguros después de las violencias sufridas en África. Sin embargo, es evidente que la frontera es mucho menos definida de lo que nos gustaría, y que en Europa estos muchachos vuelven a encontrar otros campos, gobernados por una variante más sutil de la misma violencia estructural que han sufrido durante el resto del viaje. Y del colonialismo pasamos al fascismo… ya que los primeros campos de concentració del siglo XX fueron precisamente los que los fascistas italianos implantaron en Libia, para detener los aldeanos de Cirenaica desplazados durante la revuelta de Omar Mukhtar.

Y se podría seguir. Porque todas las palabras con que se habla de este fenómeno – ‘emergencia’, ‘traficantes’, ‘flujos’, ‘menores’… – esconden un engaño, una mistificación de su estructura perversa y discriminatoria, con raíces antiguas y profundas: un gigantesco y oculto dispositivo de segregación que constantemente se desplaza, se fragmenta, se redefine, para seguir siendo incomprensible. Antes en Lampedusa; ahora en Sicilia Oriental; pronto en otro lado, en alguna otra periferia más difícil de monitorear. Cada aspecto de este fenómeno está en constante transformación, y necesitaría de una vida entera para investigarse. ¿Por qué, por ejemplo, si los muchachos tendrían que estar en los centros de emergencia sólo tres días, la gran mayoría lleva aquí meses, hasta nueve o diez? Algunos dicen que faltan hogares de acogida, otros que no se aclara quién tiene que pagar el hospedaje, otros que son las cooperativas que gestionan los centros los que prefieren mantenerlos por más tiempo, para lucrarse con los fondos del gobierno. De vez en cuando algún centro cierra por ‘infiltraciones mafiosas’, o corre algún rumor sobre la vinculación de una cooperativa con algún político; el Ayuntamiento de Augusta, además, hace un año que se disolvió por decreto ministerial, y es actualmente gestionado por una Comisión Antimafia – lo que hace que cada paso sea aún más difícil. Algunos dicen que estos son estereotipos, y que 45.000 migrantes en un año serían un problema para una gran ciudad, imaginen para un pueblo de 40.000 personas; y que, vista la situación, es admirable que no haya habido violencias, como las hubo últimamente en Roma. Aunque, la semana pasada, alguien tiró un coctel molotov contra un centro no lejos de aquí.

Otro aspecto que impresiona es que estos centros (diferentemente del que está en Pozzallo) no están cerrados. Los muchachos son libres de entrar y salir, y hasta de ‘escaparse’, si la palabra tiene sentido. De hecho los sirios, los etíopes, los eritreos (es decir, la mitad de los migrantes que llegan en Sicilia) nunca pasan por los centros: en seguida que llegan al puerto contactan un taxi, o empiezan a caminar por la autopista, y rápido siguen su viaje hacia el norte. Esto también está destinado a cambiar, en breve, con los nuevos dictámenes de la UE; de momento, sólo llegan a los centros gente de Gambia, Ghana, Mali, Nigeria, las dos Guineas, y los Egipcios. Uno de cada tres, más o menos, se acaba ‘escapando’ para alcanzar a algún familiar en el norte; los otros se quedan, aunque las verjas estén abiertas, y durante meses esperan que llegue el momento del transfer, la derivación a una comunidad de acogida para menores no acompañados, que se encargue de su regularización. Pero pasa tanto tiempo que muchos pierden la esperanza, y al final no quieren irse de los centros. A menudo he pensado en la frase de Galeano sobre el colonialismo invisible, que no necesita verjas o lazos para atarte a una conducta obligada: te enseña a obedecer sin ni siquiera usar la fuerza física, sólo con el miedo, con la convicción de que no hay otra posibilidad, y con la desinformación.  Está claro que estas son instituciones totales: pero a veces no está clara su función. ¿Se trata sólo de separar, segregar, alejar, o quizás no quieran también educarlos a la espera, a la exclusión, acostumbrar a los migrantes a la idea de que no van a ser verdaderos ciudadanos, aunque algún día les llegue un documento? A esto se añade otro importante elemento, vinculado con la menoría de edad, que muy a menudo es una menoría de edad declarada estratégicamente, sólo para obtener un permiso de residencia. Muy a menudo quien trabaja o frecuenta los centros, aunque sepa que está hablando con personas adultas, acaba infantilizándolos: también porque así caben mucho mejor en el estereotipo de víctimas que Europa necesita. En fin, si muchos pensaban haber llegado a algún lado, cuando fueron desembarcados en Augusta, estos lugares les enseñan que el viaje está aún lejos de terminar.

El tiempo sin duda representa un elemento de exclusión: los tiempos se dilatan al infinito, la cotidianeidad es dominada por la espera, la repetición y la falta de confianza en el futuro, hasta el punto de crear malestar y verdaderas enfermedades (una variante de la institutional neurosis descrita por Russell Barton hace medio siglo).

Fuente: Stefano Portelli

El patio de uno de los centros

Pero el espacio es un elemento del cual se habla menos, y que va más allá del emplazamiento de los centros en lugares malsanos. Para empezar, ninguno de estos sitios nació para ser lo que es: uno era un antiguo hotel, otro una residencia para ancianos, otro un depósito de taxis, otro una escuela abandonada. Las administraciones han adaptado los lugares para alojar a los menores, en la ‘emergencia’, y los efectos de esta reorganización son evidentes. La ropa se tiende en la verja del fondo; los dormitorios tienen dibujos de los niños en las paredes; el hall de la residencia es ocupada por la policía; una pérgola para los taxis se ha convertido en mezquita; y los menores usan la pica del bar del hotel para lavarse los pies. Todo contribuye a un extrañamiento generalizado, y transmite un mensaje de provisionalidad, pero que rige sus vidas durante meses.

A la vez, esta reconfiguración del espacio también es una brecha a través de la cual penetra el proceso inverso: el de apropiación. Aunque las entidades que trabajan aquí, con razón, empujan para que los chicos no se enraícen, y que estén preparados a ser transferidos, lo que hace su vida menos miserable es precisamente el continuo proceso de toma de posesión y redefinición – individual y colectiva – de los lugares. Viviendo las 24 horas del día, durante meses, en estos sitios mal definidos, los migrantes construyen unos usos del espacio que los trabajadores de los centros tienen que aceptar, aunque sea a regañadientes: el espacio tiene que ser negociado, por fuerza; si no siempre estas formas de agency son abiertamente subversivas, como los pies en la pica, todas representan unas estrategias de contestación y afirmación de su presencia (¡en línea con lo que escribe Michel Agier de los campos de refugiados!). Estos usos del espacio agrietan estas potenciales instituciones totales, infundiendo en ellas algo de vida, alguna parte de sus vidas. Nuda vida, quizás, pero sin duda vida social.

Esto es evidente en el caso de la escuela de Augusta. Bajo la lógica de la emergencia, durante el verano el Ayuntamiento decidió alojar a más de 150 menores en una escuela abandonada del centro del pueblo, sin ni siquiera preocuparse de entregar su gestión a una cooperativa social. Las pésimas condiciones higiénicas de la estructura, y las quejas constantes de los residentes del pueblo (ya deprimido de por sí) llevaron el caso a la atención mediática; las fotos de los chicos de 14 o 15 años ‘abandonados’ en el patio entre basura y cristales rotos, y la ‘promiscuidad’ de las antiguas aulas en que dormían en grupos de 17, eran perfectos para acompañar los artículos de denuncia, y salieron hasta en el National Geographic y en el Wall Street Journal. Este último tituló In Italy Migrant Children Languish in Squalor, con el mismo verbo que algunas semanas después usó Al-Jazeera para las prisiones de Libia (Libya Migrants Languish in Camps). La presión mediática llegó al punto que, en ocasión de una visita de delegados europeos, el Ayuntamiento cerró la escuela y trasladó todos los residentes a otro centro, siempre en el ‘triángulo de la muerte’. Suspiramos todos de alivio, ya que el nuevo centro tenía mejores condiciones higiénicas, y una cooperativa que se encargaría de ellos: en Augusta los refugiados se quedaban solos toda la noche, y había inaceptables episodios de violencia entre ellos, por los cuales muchos de ellos nunca dormían; además, había gente del pueblo que entraba en la escuela sin ningún control, metiendo a los muchachos en tráficos ilícitos y quién sabe qué más.

Cuando visité el nuevo centro por primera vez, entendí que la higiene era la otra cara de una evidente decisión de ‘restablecer el orden’. Más de veinte policías, armados, se quedaban día y noche al interior del centro, aparcando sus furgonetas en el patio, y circulando por los pasillos; incluso entrando en las habitaciones, porras a la mano, cuando había peleas entre los chicos. La limpieza del lugar ofrecía un descanso a la vista; pero ví también como la escuela de Augusta se idealizaba en el recuerdo de los chicos: por cuanto degradada y descontrolada, ese lugar estaba en el centro del pueblo, y les permitía interactuar con adolescentes italianos, de jugar a fútbol en el parque, hasta de flirtear. Esas relaciones, por cuanto poco adecuadas a una situación de emergencia, y mezcladas con otras mucho menos positivas, habían permitido a muchos muchachos de sentirse en Italia, no sólo en un campo: familiarizarse con su nuevo país, pasear por las calles del pueblo – claro, también mendigar para comprar una tarjeta de teléfono, pero también ir experimentando el nuevo idioma. El nuevo espacio, en cambio, estaba en una urbanización aislada, lejos de todo, al lado de una residencia psiquiátrica; las verjas cerraban por la noche, y los chicos tuvieron que acostumbrarse a controlar su horario de vuelta, o directamente se quedaban adentro. A pesar de la higiene y el control, menos de 15 días después del traslado, un gran número de chicos protagonizaron una revuelta, destruyendo mobiliario y otros enseres. Ya no había nadie del Wall Street Journal para escuchar sus demandas, ni para monitorear las reacciones de los trabajadores del centro, o de los policías.

Podemos hacer suposiciones, pero nos es absolutamente imposible entender qué significan estos sitios para estos refugiados. En los centros sólo circulan personas vinculadas con las entidades o las cooperativas, y ninguna ha expresado una voluntad real de comprender mejor qué perciben los migrantes. Quién está del lado de los subordinados siempre tiene que hacer esfuerzos para entender a los que lo dominan; pero los dominadores  consideran fútil y casi ofensivo esforzarse demasiado para entender qué piensan los subordinados (esto lo explica muy bien David Graeber en la Malinowski lecture de 2006). Algún día, sin embargo, algunos de entre estos chicos escribirán, o explicarán de alguna manera cómo eran estos campos desde su propio punto de vista. Los que son hoy sólo una categoría burocrática, ‘menores migrantes no acompañados’, se revelarán como lo que son para la historia: nuevos exiliados, que, a través del desierto, de la muerte y del engaño, fundaran nuevas ciudades en nuevas tierras. Habrá que ver qué papel jugará Augusta, con su triángulo de la muerte, en esta nueva Odisea. ¿Será la isla de Ogigia, en que el tiempo pasaba tranquilo, aunque vacío? ¿O más bien la de la maga Circe, en qué había que andar con mil ojos,  para no ser convertidos en animales?

Más información

Descarga el informe “Decontaminazione Sicilia” aquí

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