Archivo de la etiqueta: memoria

La conquista de los equipamientos y la memoria en el barrio del Carmel, Barcelona.

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

Las placas colocadas por el barrio del Carmel | Fuente: http://www.btv.cat/

por Hector Gonzalez Salvadó (Soci de Comunitària Sccl)

El espacio físico y social del Carmel.

Los límites físicos del barrio del Carmel, enmarcado dentro del distrito norte de Horta-Guinardó en Barcelona, nunca estuvieron claros, como no lo están nunca en aquellos barrios y ciudades que han ido absorbiendo cada vez más territorio de forma difusa y poco planificada. A lo largo de los años, los límites administrativos de la Ciudad Condal fueron cambiando interna y externamente, de forma que algunas de sus calles y plazas pertenecen hoy a barrios o municipios diferentes a los que los vieron nacer. De ese modo, el imaginario de cada persona situaría los límites de éstos a partir de su propia experiencia y percepción del espacio que habita, más que a partir de límites administrativos preestablecidos.

En esta dirección, es posible afirmar que el Carmel no es una periferia prefabricada y diseñada a golpe de demanda constructora como los núcleos de Montbau, Vall d’Hebron o Sant Genís, que se extienden a su alrededor, sino más bien una suerte de amalgama de autoconstrucción, donde edificios de protección oficial correlativos forman islas de casas que, por lo general, logran aún conservar su yugo y sus flechas. Principalmente en las décadas de los ‘60 y ‘70, y en el contexto de la especulación inmobiliaria favorecida por las políticas desarrollistas localmente implementadas por el alcalde Josep María de Porcioles, se dio luz verde a la construcción de grandes bloques de viviendas, los cuales fueron sustituyendo gradualmente las antiguas casas unifamiliares surgidas en la zona a principios del siglo XX.

Este proceso imprimió un cambio significativo al territorio del Carmel incidiendo notablemente en la propia fisonomía física y social del barrio, que aún crecía sin ningún proyecto urbanístico coherente y sin las necesarias infraestructuras elementales, como alcantarillado, pavimentación de calles, iluminación, transportes, recogida de basuras, etc. Hoy día, el barrio está compuesto fundamentalmente por una parte plana planificada y embutida en un modelo más o menos reticular, y una parte montañosa con calles sinuosas. El espacio común es escaso o directamente inexistente y, de hecho, sus plazas han sido consecuencia de derrumbes en la mayor parte de los casos. La montaña haría, por lo tanto, de espacio público para la mayoría de sus habitantes. Así, la zona que en otro momento ocuparon las barracas es hoy una mezcla de yermo y bosque, muy descuidado en unos puntos, sobreexplotado en otros.

En su parte sur-oeste, el barrio limita con el Parc Güell, uno de los lugares más paradigmáticos de los procesos de exclusivización y turistificación a los que habría sido sometida Barcelona en los últimos años. La movilidad, debido a sus carencias estructurales, esto es, calles estrechas, empinadas y mal planificadas, es difícil y, de hecho, muchas personas del barrio tienen únicamente relación con aquellas otras que están en su misma cota de altura. Las escaleras mecánicas y los ascensores inclinados, instalados por el Ayuntamiento a partir del 2012, habrían traído cambios significativos a este comportamiento, aunque trasladarse en una silla de ruedas por el barrio sigue siendo una empresa prácticamente imposible en muchas de sus calles.

Por otro lado, cabe señalar que el Carmel representa uno de los barrios más empobrecidos de la ciudad dónde el suelo es más barato y el índice de analfabetismo es más elevado, aunque su población no destaca por el uso de los servicios sociales. Generalmente, las familias mantienen mucha importancia como forma de cohesión social, sin embargo, también es de las zonas de Barcelona que más población ha perdido en los últimos años. Como tantos otros barrios de la ciudad, también el Carmel es un barrio de emigración andaluza y castellana que se construyó mayormente en los años anteriores a 1976. Aun mantiene parte de su estructura social original, a la que hay que sumar las modificaciones ocasionadas en los últimos años debido a la gran cantidad de población proveniente de Europa del Este y, sobre todo, de la migración sudamericana. Estas recientes incorporaciones se hacen patente en el espacio público del barrio, principalmente en los alrededores del centro cívico Boca Nord, los espacios escolares y la plaza Pastrana.

Para ser un barrio periférico, el número de equipamientos no es escaso, disponiendo de gran cantidad de servicios básicos, pero el transporte público seguiría representado un problema persistente. Vivir en el Carmel, aunque no sea una zona muy alejada del centro, sí que supone (o al menos suponía hasta la llegada del metro en 2005) invertir gran cantidad de tiempo en los desplazamientos por la ciudad, sobre todo si lo comparamos con otros barrios que incluso se encuentran más alejados del centro. Este aspecto, sumado a las fronteras urbanas que suponen la Ronda, por un lado, y los tres turons (de la Rovira, del Carmel y de la Creueta del Coll), por otro, han conformado un barrio relativamente aislado y muy centrado en sí mismo, algo que, paradójicamente, habría generado una oferta comercial amplia y con enclaves bastante concurridos.

La percepción simbólica del Carmel.

Especialmente para la gente que no reside en el Carmel, los 3 principales ítems sobre el barrio parecerían ser únicamente los refugios antiaéreos y su palimpsesto de barracas posteriores, el socavón del metro y la novela Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, una de las pocas obras conocidas en las que aparece el Carmel. Se trata de un retrato social en el que los dos jóvenes protagonistas carmelís representan el arquetipo de habitantes de la periferia, aquellos que aceptan su suerte y viven oprimidos aspirando únicamente a vivir pedazos de cielo en la tierra. Ejemplo de ello es su protagonista, Manolo (el pijoaparte), que lucha por salir de su situación y a quien los textos de revolución le atraviesan como algo ajeno, mientras su vida se convierte en algo oscuro y quimérico.

Los antiaéreos, en cambio, construidos durante de la Guerra Civil y ubicados en la cima del Turó de la Rovira, forman indudablemente parte de la memoria antifranquista, aunque se trate de una memoria frustrada por unas baterías que no derribaron un solo avión en la Guerra Civil y que, posteriormente, se convirtieron en los cimientos desde donde nació un barrio de barracas (Díaz, 2011). Más tarde, en el mes de mayo de 2010, el Ayuntamiento de Barcelona inició la recuperación de la batería con el apoyo del Memorial Democràtic, una institución pública cuyo objetivo es la recuperación, conmemoración y el fomento de la memoria democrática en Catalunya. Debido especialmente a esa actuación, hoy día la zona logra traspasar fronteras por ser una de las fotos obligadas para todo turista que se precie de cumplir con su canon fotográfico.

Los antiaéreos, en definitiva, se habrían convertido en uno de los más importantes espacios de memoria histórica de la ciudad, y no sólo como símbolo de la resistencia antifranquista, sino sobre todo del pasado barraquista del barrio, que los vecinos reivindican con gran orgullo. Pero, en el caso del Carmel, el barraquismo no constituye una memoria exclusiva del pasado. Aún hoy existen algunas viviendas de autoconstrucción que siguen afectadas urbanísticamente sin tener propuesta de solución por parte de las diferentes administraciones que se han sucedido hasta la fecha. La afectación urbanística del barrio representaría, de hecho, un aspecto más amplio calado y sería clave para poder entender el peculiar carácter social del Carmel.

En esa dirección, es suficiente con retroceder a la mañana del 27 de enero de 2005, cuando el edificio ubicado al número 10 de la calle Calafell se hundió literalmente bajo tierra. El socavón aparecido, de unos 35 metros de profundidad y 30 de diámetro, fue provocado por un túnel realizado para la ampliación de la línea 5 del metro de Barcelona y afectó también a muchos otros edificios y a algún colegio del Carmel. El hundimiento no causó víctimas, pero debido al inminente peligro de hundimiento más de 1.200 vecinos tuvieron que ser desalojados de sus viviendas y realojados provisionalmente en hoteles, casas de familiares y, más tarde, en pisos puente.

Las consecuencias de ese acontecimiento no tardaron en desatar una verdadera tormenta política que afectó no sólo el gobierno de la ciudad, guiado por el socialista Joan Clos, sino también a el de la Generalitat de Catalunya, entonces bajo la presidencia del también socialista Pasqual Maragall. A pesar de que algunos responsables políticos de las obras dimitieran y que las demás ampliaciones de la línea 5 se paralizaran, la indignación vecinal seguí creciendo día tras día mientras, en el parlamento catalán, socialistas y convergentes no dejaban de lazarse mutuas acusaciones por las responsabilidades del incidente.

Por otro lado, es importante recordar que los máximos responsables de la mala ejecución de las obras del Metro, Felip Puig y Joaquim Nadal, a pesar de cometer diversas negligencias, presuntos cobros de comisiones y toda una serie de corruptelas alrededor de la obra, siguen siendo personal de confianza y asumiendo cargos de responsabilidad en el Parlament de Catalunya y no han asumido responsabilidad alguna por las consecuencias de sus actos (el Director General de Ports i Transports, Jordi Julià y el presidente de GISA, Ramón Serra, fueron también exculpados). En este sentido, el socavón representaría la alegría truncada, esto es, la aspiración frustrada de ser ciudad y el menosprecio de las instituciones hacía unos barrios periféricos a los que condena a llegar tarde y de la peor manera, diseñando desde los despachos su vida y sus desgracias. La cicatriz que deja no es únicamente geográfica, sino que también es evidente en unas relaciones sociales marcadas por una nula vinculación entre sus gentes, así como por su poca capacidad de cohesión.

La lucha por los servicios y la conquista de la memoria.

Durante mucho tiempo, un elemento constante en los barrios periféricos fue la lucha por los servicios básicos. En los bloques planificados, aunque no exentos de problemas, el alcantarillado venía de serie; en el Carmel, a caballo entre los campos, el barraquismo medio tolerado y los bloques que se abrían paso, esto no fue así. Las aceras las construyeron los vecinos y sus calles empinadas eran, a menudo, lodazales. La inexistencia de agua corriente incrementaba el problema de unos vecinos y vecinas que tenían que llegar aseados sus puestos en las fábricas o en aquellas casas donde atendían como servicio doméstico.

Así que la lucha por los servicios básicos era también una lucha por la dignidad de sus vidas. De alguna manera era tanto aspiración como obligación. El Carmel también cuenta con otras luchas, entidades y situaciones que valía la pena recordar y que podían responder al objetivo de dotar de significación a los lugares. Seguramente muchas conquistas urbanísticas, como la apertura de la calle Fastenrath o las famosas escaleras mecánicas, merecerían una atención especial, pero por lo difícil de su conexión con el imaginario de lucha y lo controvertidas que son siempre las actuaciones urbanísticas, no se consideraron como reseñables.

El 15 de mayo de 2011 es reconocida, sin duda, como una fecha que marcó el cambio generacional en la cultura política del Estado español, así como en las relaciones asociativas del barrio. Efectivamente, y a pesar de ciertas peculiaridades relacionadas con lo insalvable de su orografía y la desconexión entre sus habitantes, el 15M tuvo sus consecuencias también en un barrio como el Carmel, donde aparecieron dos asambleas, una en la cota superior y otra en la cota inferior. Horta, el barrio vecino, también tuvo su asamblea y en la Teixonera, otro barrio colindante, empezó a crearse otra, aunque no llegó a eclosionar por falta de gente y de interrelación con las demás. Un total de cuatro en un radio de unos 600 metros respecto a un hipotético centro localizado en la Pastrana, Carmel inferior. Es reseñable mencionar que más del 90% de la gente que aun permanecía en la Asamblea del Carmel cinco semanas después de su constitución, era no nacida ni crecida en el barrio. Este es un dato significativo que podría explicarse a través de la propia idiosincrasia del espacio y lo limitante que resulta en relación con ciertos códigos y prácticas cotidianas.

La multitud de acciones, reuniones, encuentros y manifestaciones celebradas evidenciaron que la Asamblea del Carmel fue seguramente de las más dinámicas de Barcelona, algo que adquiere aun más valor si se tiene en cuenta lo aislado de su realidad, tanto con el resto de la ciudad como dentro del propio barrio. Una gran actividad que contrastó con la tradicional poca interactuación. A la hora de buscar referentes sociales con los que construir su imaginario en un barrio con un tejido asociativo escaso y un carácter bastante endogámico, la Asamblea se dirigió al movimiento vecinal más tradicional, llegando a participar, junto a la A.VV. del Carmel, en la confección de una revista especial con motivo de su 40 aniversario. Como dato curioso, cabe señalar que, en el número 100 de la Revista Carrer de la FAVB y en la que se mostraban 100 luchas de la ciudad de Barcelona –que recordemos tiene 73 barrios- no había una sola proveniente del Carmel.

Fue a partir de la realización de entrevistas y la redacción de artículos para su publicación que la Asamblea fue levantando su propio mapa socioestructural del barrio. Una información que parecía flotar en el ambiente sin nunca concretarse, escondida y sepultada bajo las visitas e inauguraciones del alcalde de turno. El trabajo realizado se mostró cuantioso y “desconocido”, de forma que se pensó que podría llegar a convertirse en un poderoso elemento de conexión entre la A.VV. del Carmel, los propios vecinos y vecinas del barrio y el resto de Barcelona. Esta falta de conexión e interrelación del tejido social del barrio con el del resto de la ciudad se constataba en gran cantidad de temas, como el de los desahucios. Existiendo miles de ellos por toda la ciudad y haciéndose éstos visibles con concentraciones multitudinarias, en el Carmel no hubo ni una sola acción de paralización de desalojo. Eso no quiere decir que no haya habido otras luchas o reivindicaciones en el barrio, aunque éstas se circunscribían más a reivindicaciones parciales como veremos más adelante.

Es así como surge la idea del proyecto de placas conmemorativas como una forma de dotar de significación la calle y, además, servir de ejemplo de empoderamiento cotidiano. Las placas se hicieron con voluntad de replicabilidad y universalidad, como tantas otras acciones que se llevaron a cabo desde la Asamblea. Se trata de placas de una superficie de 600x300mm, hechas en plástico bicapa, resistentes a los rayos UV y grabadas con láser mediante cortadora. El precio unitario, con el alquiler de la maquinaria incluido, fue inferior a 10 € por placa. Además, se quiso aprovechar la capacidad de las redes sociales para ampliar la información, su difusión y viralización a través de códigos QR o similares, sin embargo, esto se demostró finalmente imposible debido a la dificultad de acceso debido a la localización y tamaño de las placas.

Finalmente se decidió instalar 14 de las mismas, las cuales podrían dividirse entre aquellas relacionadas con las luchas por la consecución de distintos servicios para el barrio, y aquellas otras que tienen un carácter simplemente conmemorativo. Sin embargo, a la hora de escribir el presente texto, las placas aún no habían sido colocadas. Este hecho depende de la buena voluntad del gobierno actual, Barcelona en Comú, con el que aparte de palabras no se ha mantenido ninguna otra consideración. Así, la decisión de no colocar las placas, de forma autónoma, durante la ruta efectuada por el barrio en julio de 2015,  se debió a la conciencia de la poca fuerza con la que contaba la propia A.VV.

Mitos y ritos activistas en realidades nebulosas.

En el Carmel existe un Plan Comunitario, un entramado creado entre las organizaciones no lucrativas y financiado con dinero municipal que, teóricamente, recoge las problemáticas del barrio y ayuda a los colectivos a conectar entre ellos. Sin embargo, debido a la inexistencia de un reglamento sobre este tipo de redes, el Plan acaba funcionando, salvo en contadas excepciones, como forma de penetrar en el laberinto burocrático, dando soporte a los proyectos de las asociaciones que lo conforman de forma un tanto opaca. También existe una asociación de comerciantes, la cual organiza diversos eventos de promoción del comercio y de la artesanía local.

Otras actuaciones de carácter minoritario son: 1) El cambio de trazado del autobús 87 para que pase por otra zona que supuestamente beneficia al mercado municipal; 2) Prohibición de una antena de telefonía móvil (las teorías sobre el supuso carácter canceroso de las antenas –no sobre los receptores, curiosamente- se hicieron eco en el barrio y movilizaron más personas que cualquier reivindicación sobre recortes en salud o educación); 3) Protesta encabezada por comerciantes de la zona para impedir el cierre de una sucursal bancaria de La Caixa debido a la relativa lejanía de la siguiente más próxima; 3) Pérdida de un pediatra en el CAP.

A lo largo del proceso descrito, el 15M del Carmel, su Asamblea, mutó absorbiendo, o siendo absorbido por, la A.VV. Tras más de tres años de reuniones, la Asamblea no había conseguido romper su aislamiento sobre el barrio. Sin local y sin interlocutores, ésta no contó con mucho margen a la acción. La entrada, pues, en la A.VV. del Carmel fue el único paso que permitía romper el ostracismo (auto)impuesto. Este cambio ha generado la asunción de un papel institucional en el barrio y cierta apertura en las relaciones con otras instituciones, aunque presumiblemente el cambio de gobierno municipal tenga también su parte de responsabilidad. En esta dirección, las luchas pasadas serían de interés si se produjera una continuidad con las presentes. Sin embargo, esa continuidad parece rota y la arqueología algo innecesaria.

Por tanto, los párrafos anteriores no tienen interés en tanto que enumeración de las luchas del barrio, como en el de intentar mostrar la interrelación de unos códigos activistas en una realidad barrial concreta. Es decir, mostrar cómo interactúan, cuáles son sus aspiraciones y los caminos (normalmente ya marcados) y cómo éstos se escogen. De cómo mientras la televisión mostraba imágenes de plazas llenas durante el 15M, las asambleas locales no tuvieron el magnetismo suficiente para atraer e identificar a sus posibles militantes. De cómo varios mundos coinciden simultáneamente en el mismo espacio, pero solo son mostrados a través de ideas preconcebidas y prefabricadas por la cultura de masas de los grandes agentes mediáticos.

Pasear cerca de algunas de estas acciones, y escuchar qué dice la gente sobre lo que está pasando, podría mostrarnos que no estamos más que ante un sainete postmoderno. Los códigos activistas no son reconocidos por el posible receptor y, por tanto, la comunicación no existe. Existen unos códigos del Carmelo (en castellano) que son compartidos por algunos grupos de personas. Seguramente esos códigos se distribuyen mejor en las estructuras familiares y en las escolares (familiares esperando a recoger a sus hijos) que en la calle. La calle no admite la confrontación momentánea de códigos; para cambiar la calle, para ser un actor reconocible en ella, hay que permanecer (ser) en ella y no sólo estar.

Otro espacio donde se construyen estos códigos es en el ámbito laboral. Históricamente el Carmel ha sido el hogar de los paletas de Barcelona. Un pelotón de gente usada y devorada por las exigencias de la burbuja del momento que tienen entrada al mercado laboral, más allá de las “ñapas” (pequeñas reparaciones a particulares), únicamente a partir de sus redes relacionales. Y estas redes relacionales se forjaron, sobre todo, en los años precedentes a las Olimpiadas y con el gobierno socialista como correa de transmisión de las contratas, algo que, de ser cierto, seguramente genera una mayor permeabilidad al discurso sobre las bondades del Ayuntamiento que al de las consecuciones de los movimientos.

Otra de las explicaciones que nos han sugerido muchas personas que ya no viven en el barrio, es la de que los jóvenes se van a otros barrios donde creen que pueden vivir mejor. Aquellos que se quedan, se quedan bajo los compromisos familiares, y aquellos que marchan, lo hacen para mejorar. Hay un cierto paralelismo con los personajes de Marsé. De hecho, esto se puede comparar con otro fenómeno que se produce en el barrio, en este caso en relación a las escuelas. La mayor parte de adolescentes van al instituto en otros barrios (Guinardó o Vall d’Hebron), donde comparten sus vidas con otras personas y donde la orografía, la comunicación y el transporte es bastante más fácil y asequible.

El Carmel, por tanto, combina cierto carácter de ciudad dormitorio con otro que comparte una idea de cómo se ha construido la calle y que tiene una visión social viene muy marcada por su pertenencia al grupo. Aparte de eso, conviven una suerte de agentes sociales que trabajan en determinados equipamientos y servicios y que no forman parte de la calle, sólo la transitan. Por último señalar que un proyecto como el de las placas se ha acabado convirtiendo, dentro el imaginario del barrio, en una acción municipal. En vez de potenciar el empoderamiento y la conciencia local, ha desembocado en cierto reconocimiento institucional y en la idea de que el actual poder municipal (Barcelona en Comú) está relacionada con la Asamblea del 15M y con la A.VV. del Carmel.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Activisme, Antropologia urbana, Arquitectura, Investigació Social, Memòria, Sociologia, Urbanisme

A la caza de un mito. La invención del Barrio Chino como estrategia urbanística de violación territorial y vivencial

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Por Livia Motterle (OACU)

Reseña del libro Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval, de Miquel Fernández González (Virus, 2014). La reseña ha sido originariamente publicada en la Revista de Antropología Iberoamericana (Vol. 10, Núm. 2, mayo – sept., 2015, pp. 298-303)

El padre de la moderna antropología estructuralista nos advierte de la fuerza — muchas veces peligrosa— de los mitos:

“El pensamiento mítico es por esencia transformador. Cada mito, apenas nacido, se modifica al cambiar de narrador […] se pierden algunos elementos, otros lo sustituyen, se invierten secuencias, la estructura torcida pasa por una serie de estados cuyas alteraciones sucesivas guardan con todo el carácter del grupo” (Levi-Strauss, 1997: 610).

El mito es el resultado de una fabricación que mezcla de forma indisoluble la realidad con la imaginación. Desmantelar un mito, comprender las razones, las modalidades y los fines de su fabricación llega a ser por lo tanto tarea muy noble y al mismo tiempo muy compleja. Se trata no solamente de desvelar los procesos de deshistorización de la dominación de una sociedad sobre otras para reconstruir aquella historia fragmentada, ocultada o distorsionada en los discursos hegemónicos, sino que el cazador de mitos asume la intrépida “misión” de restituir a los colectivos mitificados su propia humanidad robada.

Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval constituye un excelente ejemplo de cómo lograr esta tarea. En las mismas palabras del autor ésta guardada la intención que vertebra toda la obra:

Las ciencias sociales han colaborado, y mucho, no solo en naturalizar cierto orden establecido, en este caso, sobre el Raval, sino también en producirlo. Personalmente, he optado por la dirección contraria. He intentado cazar el mito del Barrio Chino. He querido aprovechar las herramientas que ofrecen la antropología y la sociología para hacer justo lo contrario de lo que se acostumbra a hacer: desnaturalizar el orden institucional y las lecturas estigmatizadoras establecidas sobre aquella calle[1] (p. 319).

¿Qué se esconde detrás del mito del Barrio Chino? ¿Qué intereses había en aquel barrio, el Raval, que de repente, en los años veinte, amaneció rebautizado como Barrio Chino? La cuidadosa investigación llevada a cabo por Miquel Fernández nos ayuda a comprender como el mito “cazado” sirvió a las elites para justificar políticas de disciplinamiento urbanístico (y moral) de los habitantes del Raval. La acertada decisión de dividir el trabajo en dos grandes bloques, uno historiográfico y otro etnográfico, es una demostración más de la voluntad del autor de dignificar una calle estigmatizada y literalmente destrozada. Miquel Fernández nos conduce entre las grietas de calle d’ En Robador solo después de haber pacientemente recorrido la historia de su destrucción física y moral. De esta forma el lector se adentra en una brillante etnografía después de haber entendido que las prácticas violentas de las cuales se habla no son las de los que viven en y de la calle, sino aquellas de quienes quieren expulsarlos.

La memoria se construye sobre escombros

Si tuviéramos que dibujarla, .que apariencia tendría la Historia? Según Walter Benjamin llevaría cara y cuerpo del Angelus Novus de Klee y representaría

un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos el ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que el vuelve la espalda, mientras el cumulo de ruinas ante el crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 2008 [1959]: 24).

Los higienistas liberales, los moralistas conservadores y los burgueses progresistas fueron aquellos que, en Barcelona, alimentaron con sus intereses el vendaval del progreso, provocando catástrofes que acumularon sin cesar escombros bajo ruinas. Es esta misma violencia invisible e invisibilizada la que observa, analiza y denuncia Fernández en sus páginas. Se trata, en las palabras del mismo autor, de “la violencia del orden”, es decir, “la violencia que se encuentra dentro de lo normal” (p. 17). Una violencia naturalizada, entonces, que el autor intenta desnaturalizar desvelando los dispositivos a través de los cuales se pone en acción. Recorrer los momentos más incisivos de la historia de esta violencia sobre un barrio y sobre sus habitantes es el objetivo de la primera parte del libro. Retomando la distinción que aporta Žižek (2009) entre violencia simbólica y sistémica, el lector encuentra delante de sus ojos el continuum de una catástrofe que lleva la marca PROGRESO.

Pero si la Historia tendría para Benjamin cara de ángel asustado, ¿cómo se encarnaría esta doble violencia según el autor del libro? Para Fernández, queda materializada en el urbanismo que pone en marcha los mecanismos de violencia simbólica y sistémica a través de los urbanistas —en tanto que devotos servidores del Estado— que personifican los deseos de esta violencia incorporada. En las palabras del autor: “la violencia aquí es el instrumento de un orden que se aplica justo cuando las retóricas de cada momento no alcanzan a convencer a las poblaciones asediadas de que deben mantenerse disciplinadas y adoptar una posición de sumisión” (p. 320).

La aproximación historiográfica a las culturas de control ejercidas en el barrio del Raval tiene un valor ejemplar, porque va a socavar los mecanismos de violencia que operan detrás de aquellas excavadoras y de aquellas piquetas que destruyeron un barrio y, con ello, la vida de sus habitantes. Lo que se deseaba controlar, dice el autor, era la revolución y “llevar a cabo una revolución desde arriba” (p. 30) era la forma más eficaz de hacerlo.

Desde el Higienismo hasta la actual época del civismo, las instituciones han sido protagonistas de acciones de reclusión, expulsión y criminalización de todos aquellos seres “contaminados”, “improductivos” e “indisciplinados” para enriquecer los intereses de las elites gobernantes. Trayendo a colación algunas notas de la obra, no es casual ni fortuito que en la época en la cual Idelfons Cerda encargaba sus planes para la reforma urbanística de Barcelona, las así llamadas casas de misericordia del Barrio Chino —entre las cuales destacaba la Casa de Mujeres Arrepentidas de la calle Egipciaques— “hospedaban” cada “tipología” de pobres (huérfanos, trabajadoras sexuales, sin-techos, mujeres solteras…) recluyéndolos y forzándolos a trabajar como forma de expiación de sus tremendos pecados. Muchos de estos conventos se transformaron en cárceles o fábricas: el control de la miseria venia naturalizado en nombre del bien. La producción de capital y la explotación laboral eran justificadas bajo una palabra: Misericordia.

En nombre del bien

“Los enemigos a batir no eran sólo la pobreza y la indisciplina: era el mismo Diablo”, escribe justamente Manuel Delgado en el epilogo que cierra brillantemente el libro. Los habitantes del Raval, viviendo en el barrio infernal de Barcelona, no podían ser otra cosa que maléficos. Por eso había que sanarlos y redimirlos. Había que operar quirúrgicamente en las arterias de la ciudad, donde late la vida, para identificar y extirpar sus elementos infectos.

La invención del barrio Chino como territorialización del mal[2] sirvió para poder operar más libremente en las calles enfermas y malsanas del Raval. “Se justificaba” —comenta Fernández— “nuevamente para el bien del barrio, identificar, separar, detener, expulsar o encarcelar aquellos miembros que ‘contaminaban’ el orden público republicano con su actitud de insumisión” (p. 100).

Desde los planes urbanísticos de Idelfons Cerda hasta la ordenanza del civismo, Barcelona ha sido el humus ideal para expandir el imperio del control en nombre de “una propuesta epistemológica del bien”. “Esta utilización del bien” —afirma el autor— “servirá a las sucesivas estrategias de control social e iría dirigida a justificar su propia existencia, así como las formas que adopte, por muy ásperas que puedan resultar por los habitantes afectados” (p. 21).

¿Qué escondería entonces este urbanismo que ama definirse como “rehabilitación”, “remodelación”, “saneamiento”? Las agudas reflexiones que se despliegan en Matar el Chino, evidencian página tras página que en cada adjetivo que acompaña a la palabra urbanismo, se ocultan las motivaciones que verdaderamente lo sustentan. Gracias a las descripciones cuidadosamente recogidas en el diario de campo y a los testimonios de quienes viven en la calle d’ En Robador, las motivaciones urbanísticas de rehabilitar un barrio, se cargan de su verdadero significado: inhabilitarlo, destruirlo, descomponerlo, sanearlo y bombardearlo[3].

Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Valery (1988 [1932]) recitaba que “lo más profundo es la piel”. Es en la piel, en la  carne, que se manifiesta el verbo, la acción. Y es en las entrañas de calle d’ En Robador donde se incorpora la hegemonía del civismo donde la legalidad violenta se pone en acción. La estupenda etnografía desarrollada por el autor a través de una mirada atenta y nunca invasiva, nos da cuenta de todo esto. Lo que él escribe sobre aquella calle y sus habitantes es autentico por ser fruto de dos anos de observación, pero sobre todo de participación: participación en los problemas —y en las diversiones también— de aquella fauna urbana.

Las detalladas descripciones contenidas en el diario de campo del etnógrafo despliegan en nuestra imaginación vivencias de una calle que se resiste a ser dominada a pesar del fuerte control institucional al que está sometida. A través de apuntes sobre “los cuerpos, las miradas, las voces, los desplazamientos, los asentamientos, las conversaciones, los gritos, los bailes, la música o el canturreo” (p. 167), el autor se acerca y se mezcla —hasta confundirse— con aquella amalgama urbana que se niega a ser urbanizada.

Entra en bares, pisos, talleres, asociaciones y todo tipo de antros. Esta en la calle d’En Robador durante horas, parado, escribiendo o conversando con aquellos y aquellas que en las aceras y de las aceras viven y trabajan. La etnografía de Fernández nos ensena que detrás de los descalificativos: putas, maricones, yonkis, pakis, camellos, hay personas que necesitan su calle para sobrevivir y que cuentan con el apoyo de una red de vecinos y vecinas del barrio, en una lucha constante contra el colonialismo urbano.

En las mismas palabras del autor: “El vigor con que aquella calle se organiza —de manera ciertamente peculiar— resiste, sobrevive y disfruta debería ser un ejemplo para cualquier lucha por el derecho a la ciudad” (p. 328).

 

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2008) [1959]. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Mexico: UACM.

Harvey, D. (1985). The Urbanization of Capital: Studies in the History and Theory of Capitalist Urbanization. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Levi-Strauss, C. (1997). Mitológicas IV. El hombre desnudo. México: Siglo XXI editores.

López Sánchez, P. (1986). El Centro histórico: un lugar para el conflicto: estrategias del capital para la expulsión del proletario del centro de Barcelona: el caso de Santa Caterina y el Portal Nou. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona.

Valery, P. (1988) [1932]. La idea fija. Madrid: Antonio Machado Editores.

Žižek, S. (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidos Ibérica.

Notas

[1] Se trata de la calle d’En Robador, en el barrio del Raval, Barcelona. En esta calle el autor desarrollo su trabajo de campo entre la primavera del 2010 y el verano del 2012.

[2] Así se titula el párrafo que habla del origen del mito del Barrio Chino y de su estratégica utilización por parte de las elites

[3] Interesantes las palabras que aparecen en la página web del Ayuntamiento de Barcelona: “El Pla Macià donava solucions racionalistes i integrades als problemes del barri. Però van ser les bombes de la Guerra Civil les que van fer els primers sanejaments urbanístics al sud del Raval” (2014).

Para más información clica aquí

Deja un comentario

Archivado bajo Antropologia urbana

El barrio encarnado

Texto escrito por José Mansilla (OACU) para las Jornadas “Memòria de Barri. Les lluites veïnals a Barcelona sota el franquisme” (23/01/2015) celebradas en la Universitat de Barcelona (UB).

¿Qué es un barrio? ¿Es una parcelación administrativa más de aquellas en las que nos subdividen las administraciones públicas? ¿Se trata simplemente de una de las teselas que conforman el gran mosaico que constituye una ciudad? O ¿es algo más? ¿Podemos catalogar un barrio como un profundo y particular entramado de potenciales relaciones sociales determinadas por prácticas que emergen de la solidaridad y el conflicto? Y en este sentido, ¿existe una identidad de barrio? ¿Y una memoria de barrio? Y si existen, ¿son diferentes al resto de identidades, de memorias?

A lo largo de mis cinco años de residencia en el barcelonés barrio del Poblenou he podido atisbar, casi rozar, algunas respuestas a estas cuestiones. Y lo he hecho precisamente participando, a veces de manera más activa y otras menos, en dicho entramado. Pienso que un barrio es un área particular donde se llevan a cabo relaciones sociales de ámbito particular.

Hace ya algunos meses, en una conversación con una vecina, ella me relataba una historia en torno a las manifestaciones y actos de protesta que hubo en el barrio con motivo de la Huelga General del 29S de 2010:

“cuando hubo la carga policial en la huelga (29 de noviembre) yo pensaba, ¿pero cómo pueden hacer esto en nuestro territorio? ¿En nuestro barrio? Yo me sentí muy agredida, hubo cargas policiales aquí en el barrio, esto nunca había sucedido, me sentí como si hubieran entrado en mi casa, me dio esta sensación…”

Michel de Certeau, en su canónico La invención de lo cotidiano (1994 [1999]), señalaba que el barrio, debido a su continuidad de uso, sería aquella parte de la ciudad donde se produce la transición entre el espacio privado de nuestros hogares y el espacio urbano más amplio de la propia ciudad; un espacio, éste, siempre repleto de códigos y desnivelaciones que escaparían a nuestro control. Es decir, al salir de nuestras casas, no entramos directamente en esa vorágine y efervescencia que es la ciudad misma, sino que nos queda todavía por superar un espacio de confianza donde nos sentimos cómodos y que hemos hecho nuestro a razón de practicarlo de forma continua.

Podría ser por esto que mi amiga y vecina, al relatarme los hechos en torno al 29S, sentía como si “hubieran entrado en su casa”, pues el barrio podría considerarse como una ampliación del hogar.

Por otro lado, esa consideración liminal del barrio como un espacio intermedio entre lo privado y lo urbano le da, a las relaciones que él se producen, un carácter especial. Si, como nos recordara Walter Nicholls (2008), las ciudades estimulan la formación de grupos, actuando como auténticas “incubadoras sociales”, entonces los barrios hacen que esas relaciones sean de cierto carácter íntimo, posibilitando, de manera amplia, la aparición de confianzas, afinidades y, porque no, de afectos. Es compartiendo nuestras carencias y necesidades que en un barrio surgen exclusivas formas de sociabilidad. Al fin y al cabo, se trataría de un hogar compartido entre todos los vecinos y vecinas y, cuando en un hogar alguien se siente agredido, el resto de miembros del mismo considera que los han agredido a todos.

Es a través de este contacto, de este intercambio, que surgirían formas específicas de lucha en demanda de aspectos para la reproducción social básica. Cuestiones relacionadas con la vivienda, los servicios médicos, sociales, educativos, etc.

En la creación de esta red de relaciones son muy importantes los puntos de encuentro, de intercambio de pareceres y problemas, de opiniones o de, simplemente, charla sencilla. Se trata de las calles y las plazas de nuestros barrios y ciudades, auténticos espacios de socialización, donde prima ante todo, el valor de uso frente a otras consideraciones. El Poblenou, por ejemplo, no cuenta con una plaza central donde la gente pueda acudir a verse o hablarse. En su lugar cuenta con una Rambla, verdadero eje vertebrador del barrio, y símbolo de su identidad. No es por menos que, cuando hace ahora casi dos años, el Ayuntamiento intentara llevar a cabo unas obras en ella sin la opinión del vecindario, éste detuvo las obras y exigió un proceso participativo que permitiera que la voz del Poblenou fuese escuchada. Los que salieron a la calle aquella mañana del 10 de abril no eran simplemente un grupo de vecinas y vecinos, sino que era el propio barrio el que ofrecía cierta resistencia a que se llevaran a cabo unos cambios propuestos y no consensuados. Como diría algo más tarde el Director de uno de los Casals del Barri que existen en el Poblenou, “estoy convencido, […], de que si recomienzan las obras de la Rambla, la gente saldrá a la calle”.

Sin embargo, este barrio hecho carne y huesos no actúa, en ningún momento, en el vacío, sino que tiene recuerdos, memoria. Podríamos afirmar que gran parte de la identidad del Poblenou como barrio viene dada por su memoria colectiva. Como nos enseñara Maurice Halbwachs (1968 [2004]), la memoria se presenta como un ectoplasma intangible, sin forma, una esencia que sobrevuela por encima de nosotros y cuyos afluentes nos atraviesan una y otra vez llevándose siempre algo nuestro, propio, pero que, una vez que lo ha recibido, lo vuelca de nuevo, incansablemente, construyéndose y reconstruyéndose en un proceso sin fin.

Hace unos años, con motivo de una de las remodelaciones que sufrió el Poblenou con el desarrollo de los Juegos Olímpicos -el intento de sustituir las vías del tren por una Ronda Litoral no soterrada-, el barrio ya se encarnó cuando, según nos cuenta un activista vecinal,

“…hubo una campaña donde llenamos el Casino, y le dijimos al Ayuntamiento que el barrio se reunía en el Casino y que queríamos que viniera alguien a dar la cara… y se consiguió el Parque que hay ahora… que fue el resultado de esa lucha… sino sería como está un poco más allá… fue una victoria del barrio…”

Así, ¿quién puede decir que esta memoria de barrio no es parcialmente responsable de la identidad del mismo? Y más cuando se le toca en aquello más íntimo, en su propia esencia.

¿No son acaso el 15M, las distintas Assemblees que poblaron Barcelona, las mareas, la PAH, herederas y sustentadoras de esa memoria de barrio, de ciudad, de lucha? En un contexto de crisis económica que va para largo, esta memoria, esta solidaridad y confluencia de luchas y destinos, puede ser muy útil para establecer nuevas formas, no solo de resistencia, sino también de activismo, ya que, como nos señalara el sociólogo Vicente Pérez Quintana (2008),

“Ante este escenario, habrá que combinar viejas estrategias de resistencia para defender derechos sociales y lo público y nuevas estrategias de politización de la sociedad para recuperar capacidad de movilización”

Y será de nuevo ahí, donde el barrio podría hacerse carne.

Ref. bibliográficas

Certeau, de Michel (1994 [1999]) La invención de lo cotidiano, Habitar, Cocinar, Vol. 2.  Universidad Iberoamericana, México D.F.

Halbwachs, M. (1968 [2004]) La memoria colectiva. Prensas Universitarias de Zaragoza, Zaragoza.

Nicholls, W., 2008, “The urban question revisited: The importance of cities for social”, International Journal of Urban and Regional Research, Vol. 32(4), 841-849.

Pérez Quintana, V. y Sánchez León, P (ed.) (2008) Memoria ciudadana y movimiento vecinal. Madrid, 1968-2008, Catarata, Madrid.

Deja un comentario

Archivado bajo Antropologia urbana, Memòria

MEMÒRIA DE BARRI. Les lluites veïnals a Barcelona sota el franquisme (23/01/2015)

a_memoria_barris

Pots descarregar el cartell en format pdf aquí

Deja un comentario

Archivado bajo Activisme, Antropologia urbana, Memòria, olvido

Traición a la tradición en el Born Centre Cultural, Barcelona

Fuente: Beatriz Almón Vidal

Fuente: Beatriz Almón Vidal

Por Jose Mansilla (OACU)

 

El control sobre el uso del espacio urbano genera conflictos entre los usuarios, los vecinos, y los poderes institucionales y económicos de las ciudades. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en la inauguración del Born Centre Cultural, la gran instalación localizada en el antiguo mercado de abastos del barrio de la Ribera, parte del cual va a ser rebautizado hace tiempo como el Born. Su inauguración oficial el pasado 11 de septiembre, coincidiendo con la Diada catalana, fue contestada por parte del vecindario así como por parte de los trabajadores de SAPIC, la contrata encargada de la rehabilitación del edificio y que poco tiempo después entró en concurso de acreedores. Unos pedían poder cobrar las última nóminas debidas,  y los otros, organizados por la Asociación de Vecinos “Casc Antic”, más espacios verdes y plazas de aparcamiento, así como denunciar unas obras que supondrían la privatización de parte de las calles y el último toque a la conversión final del barrio en un elemento más del eje turístico de franquicias y recuerdos de Barcelona. El conflicto era obvio y las protestas fueron muy significativas. Todos juntos consiguieron concentrar unas docenas de personas que, llevando grandes carteles con letras rojas donde era posible leer frases como “No queremos vuestros proyectos urbanísticos” o “SAPIC paga a tus trabajadores” hicieron necesaria la intervención de la Guardia Urbana para permitir el paso de los políticos a la inauguración. Bajo el paraguas del nuevo Plan de Usos de Ciutat Vella, aprobado el julio del pasado año, el Ayuntamiento de Barcelona ha diseñado para el Born un proyecto donde se privilegia el uso privado y comercial del espacio: más bares y restaurantes con áreas más amplias para terrazas, la posibilidad de nuevas licencias para hoteles i hostels, etc. La intención es dar otra una vuelta de tuerca al barrio como escaparate de la Barcelona turistificada. Como señalaba un vecino de la zona, “han echado a la puta calle un montón de abuelos y familias que vivían donde ahora hay todos los talleres de artistas multicultiguay […] hoteles, o museos Picasso o bistró de última generación”. Un elemento que añade interés a todo el proceso, es el uso de la memoria colectiva de la ciudad para justificar las obras. El espacio debía haber albergado una gran biblioteca propiedad del Estado aunque, después de descubrir los restos de la ciudad antigua, se decidió trasladarla a parte de las instalaciones de la actual Estación de França. La Ribera sufrió una gran transformación con la rendición de Barcelona al final de la Guerra de Sucesión en 1714. El rey Borbón, Felipe V, destruyó una gran parte de la ciudad para poder construir un bastión militar desde el que poder controlar la Barcelona rebelde. Mucho más tarde, en el siglo XIX, las murallas de la ciudadela fueron demolidas y su espacio transformado en el actual parque. El punto interesante de todo esto es el uso de la Historia que el actual Ayuntamiento de Convergència i Unió (CiU) ha hecho con respecto a las obras. El nuevo Centro Cultural está lleno de referencias históricas al 1714 y a la  pérdida de soberanía de Catalunya. El día de la inauguración, una instalación artística localizada en los balcones de los edificios cercanos, recordaba y mostraba pancartas con los apellidos de las familias que habían nacido en el barrio hacía 300 años, una de ellas la del propio artista. De las clases populares y trabajadores o de los desplazados recientes de la Ribera, no había señales. Este es un buen ejemplo, como señalaba antes, de que la ciudad se ha convertido en un objeto muy valioso, un elemento en disputa, donde el urbanismo aparece como un sistema ideológico y técnico para proyectar y justificar acciones. Bajo una apariencia positiva y humanista, se esconde el dominio del espacio. Los fines de semana, a un lado del antiguo mercado, todavía hoy es posible ver a miembros de la AAVV “Casc Antic” dando información y recogiendo firmas de apoyo a sus actividades de denuncia en el barrio. En los balcones continúan colgadas algunas pancartas, pero estas ya no muestran antiguos apellidos de vecinos muertos, si no reclamos contra el Ayuntamiento y sus políticas sobre los vivos.

 

Publicado originalmente en el blog laciudadviva.org

2 comentarios

Archivado bajo Antropologia urbana, Membres