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El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Fuente: Plataforma de Arquitectura

El pasado día 27 de febrero, el diario El País publicaba un artículo titulado Los mejores arquitectos eligen los mejores edificios del siglo XX. En el listado de obras referenciales aparecía el Cementerio de Igualada, de Enric Miralles, en el puesto 49º. El compañero del OACU Pedro Gabriel escribe unas reflexiones al respecto.

El Cementerio de Igualada como tragicomedia griega

Parece que ahí el arquitecto se tragó su propio jarabe. Se ha quedado para siempre con su obra inmaculada solo para él. Dicen que es “el cante del cisne”, pero a mi parece más una especie de tragicomedia griega.

En Igualada Miralles dio bastante énfasis al momento de la ceremonia fúnebre, y se cargo lo demás. Un réquiem seria, con 3 tiempos, pero se ha quedado en las notas de introducción, algunas veces pérdidas y desconcertantes sin un fondo humano (una comunidad) de suporte – de la cual hace uso no más que de sus huesos, en medio de piedras, como material constructivo. Un réquiem tampoco se dirige a los muertos desconsiderando a los vivos, se dirige al doliente y se dedica a los muertos, en su homenaje y memoria. No hay memoria sin vida ni vida sin memoria.

Para las exequias fúnebres ahí celebradas, que jamás dejarán de ser rituales mismo para los más laicos, el arquitecto intentó enfatizar y sobredramatizar (sobre todo en el recorrido ceremonial entre la capilla funeraria y las tumbas) momentos que por sí solo ya son suficientemente dramáticos y casi insoportables, volviéndoselo todo aún más duro y difícil. Después, en los siguientes tiempos (el luto y la dolorosa mácula, y los recuerdos en la vida cotidiana), intentó hacer con que las memorias individuales se disipasen y se despersonalizasen para forzosamente convertírselas al olvido. Incluso a los nichos y a las tumbas las quería hacer anónimas, tal como nuestra querida Dolores tan bien explica en su tesis. En esa obra el arquitecto no tiene disculpas, por su indiferencia colmatada con “virtuosismo”, ya que el tema del ritual (funerário) ya fue suficientemente bien estudiado para que pudiera simplemente ser ignorado. Van Gennep, por ejemplo y para empezar, ya le daba algun material para construirse ahí algo más apropiado. El tema de la muerte no se puede solucionar simplemente en y con el funeral. En Igualada, después del ritual funerário de devolución del cuerpo a la Tierra (el momento fúnebre de separación del mundo de los vivos) y después del recorrido de regreso (también bastante dramatizado por el “embotellamiento” de los muros en el recorrido de regreso), todo queda en suspenso, indeterminadamente, como en un estadio liminal que él (Miralles) quería o suponía que fuera, así, eternamente poético, pero que algunas veces se convierte en una pesadilla.

Además de imposiciones formalistas y deterministas, que a partida inviabilizan posibilidades de modos de uso y de habitar, se deslinda también un intento de imposición de su visión personal sobre la muerte. Muchos arquitectos que se van ahí de visita dicen que son las personas las que no han logrado entender la obra, “de tan tontas o ignorantes”. Quizás fue el arquitecto que, al revés, se lió y no logró dar una respuesta suficientemente madura a un tema tan complejo. Es una obra que deliberadamente ha quedado “inconclusa” en algunos aspectos, formales-constructivos, pero que mismo así no ha dejado espacio (libertad) a la posibilidad de completarse y de irse concluyendo con la apropiación por el uso y con el tiempo. Tal como los vecinos de Igualada en viudedad (echados en un estadio de fragilidad emocional, y que se sienten mal reincorporados al cuotidiano y a la “normalidad” de la vida) también esa obra ha quedado “suspendida”, como si el proceso de construcción hubiera quedado en medio. Esa intención es visible en el modo como ha sido concebida y materializada la obra: con hierros desnudos y oxidados, descarnados, que normalmente son utilizados y ocultados por dentro de los encofrados; o el piso con un mortero simple, que después se suele recubrir con otro material, etc. Como si el ciclo vital de la obra – que ahí comenzó en el diseño-concepción y que inevitablemente, algún día, acabaría en ruina-diseño (ambos tendiendo a la bidimensionalidad) – jamás llegara efectivamente a la vida. Sale como un nado muerto, que es de lo más triste y conmovedor que puede ocurrir, o que nace pero que no se mantiene viva por sus medios. Quizás estaba ya precozmente condenada a la ruina, a ser arqueología (como la había pensado Miralles), pero se la mantienen en la incubadora del “patrimonio calificado” a cuestas considerables y quizás para siempre moribunda. El problema del “Ser para la muerte” se hace ahí muy presente, se manifiesta de un modo muy dramático, pero no sé si va como una contradicción o como una afirmación ontológica. De todo, lo que se hace más real es el fastidio. La obra va prontamente de un estado de diseño-concepción (proyecto) a otro de diseño-ruina (arqueología), pues la arquitectura se utiliza y se habita y para tal debe admitir que se ganen hábitos ya que eso es su principio generador.

Ahí está patente otra contradicción fundamental, recurrente en arquitectura, manifiesta en el conflicto entre las aspiraciones artísticas del arquitecto y los propósitos para la obra construida. El arte se contempla pero (por norma) no se utiliza. Su valor no se atribuye a su utilidad, o utilización cotidiana, va al revés. Por consiguiente en el arte “la forma [no] sigue una función” pero una “disfunción”. La (re)incorporación de alguna disfuncionalidad (como valor comun, excepcionalmente aceptado por la norma) es una de sus funciones. “La excepción confirma la regra”, se dice, tal como lo profano hace lo sagrado, y al revés. El arte es un “refugio” tal como lo sagrado, en sus diferentes manifestaciones, que ocasionalmente nos rescata de lo cotidiano. Tambien entre estos dos mundos hay umbrales y rituales. Por eso nos dice Bakhtin que “cuando uno está en el arte no está en la vida”.

Por su turno en arquitectura hay el postulado de que la obra tiene que ser habitada y utilizada, como sea – en acuerdo y/o en desacuerdo con determinadas normas; cotidianamente o excepcionalmente; respectandola o profanandola – pero tiene que ser habitada. Hay muchas discusiones sobre el tema, si “arquitectura es arte o no”. Creo que, por lo menos, no tiene eso como propósito – el de ser arte – pero sí el de ser vivida y habitada más que contemplada.

Es un tema complejo. Disculpen ir todo un poco desordenado.

 

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (y 2)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la segunda de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. Para ver la primera, pinchar aquí.

Estorbos.

El grado de desproporción entre residencia y tránsito que caracteriza la vida de este territorio se ha convertido en un desequilibrio estructural. Venecia ha perdido casi completamente su función urbana. Tanto es así que desde varios lugares se vaticina que, si las tendencias demográficas se mantienen (no se ven razones por las que deberían no hacerlo), en 2030 el proceso estará concluido y ya no quedarán habitantes. Venecia como ciudad habrá muerto oficialmente: quedará sólo su esqueleto decadente para exclusivo uso y deleite del visitante pasajero. Tal vez esta previsión sea exageradamente pesimista y, sin embargo, el riesgo no deja de ser real e inminente. Lo que llama la atención es que, entre la población local, la alarma se haya disparado sólo en tiempos muy recientes, cuando el profundo impacto de los flujos turísticos no controlados en un tejido urbano y social extremadamente frágil, así como su insostenibilidad, son tan evidentes que ya nadie puede negarlos. Si aquel conjunto de características que ofrece un lugar, y que se suele llamar “calidad de vida”, hace ya mucho tiempo que es percebido a la baja, hasta ahora nada había logrado aglutinar alrededor de una causa común una sociedad civil altamente fragmentada por intereses de categoría y diferencias de clase. El descontento popular ha ido aumentando en los años hasta llegar a la aparente paradoja de que los turistas siguen siendo necesarios pero ya no son bienvenidos; sin embargo, se ha tratado siempre más de una disconformidad latente que, en lugar de expresarse colectivamente de manera organizada, se solía reducir a pequeños actos cotidianos, difusos pero aislados, de descortesía e impaciencia hacia el turista.

Algo que nos sugiere que se ha alcanzando el punto de ruptura es que, por primera vez, asistimos a la aparición de una verdadera masa crítica, por muy exigua que sea en términos numéricos, que contesta el modelo económico vigente, la gestión negligente (o su falta absoluta) de los flujos y la poca clarividencia de una administración local que lo único que ha sabido hacer es vender la ciudad al mejor postor, reclamando la salvaguardia de un ecosistema urbano y natural y un estilo de vida únicos. El primer movimiento de protesta en quebrantar la lánguida pasividad de los venecianos, y en conseguir el apoyo de amplios sectores de la ciudadanía, es el que ha centrado su atención en el tránsito de los grandes cruceros en la laguna. El Comité No Grandes Naves – Laguna Bien Común (#NoGrandiNavi) ha promovido una serie de iniciativas y manifestaciones en los últimos dos años, que no sólo han recibido el apoyo y la implicación directa de capas de población mucho más amplias y más diversas en términos de extracción social y afiliación política, sino que además han logrado una resonancia en los medios, incluso internacionales, sin antecedentes en la ciudad. Se trata además de un movimiento en continua evolución, que crece y se ramifica a medida que se modifica el contexto en que su protesta se inscribe. Uno de sus logros ha sido abrir un debate político a nivel nacional acerca de la cuestión del impacto de las grandes naves sobre el ecosistema lagunar, empujado también por el revuelo causado por el naufragio del Costa Concordia delante de la isla del Giglio en 2013. De las diferentes alternativas propuestas, una en particular, la que ha avanzado la Autoridad Portuaria veneciana y que prevé la ampliación del Canal Contorta en la Laguna Sur para permitir la entrada de los cruceros en el puerto de Venecia, es la que está despertando las mayores polémicas, insuflando nuevo vigor a las protestas.

El movimiento en contra de los cruceros, primera respuesta radical a la insostenibilidad del actual modelo turístico, ha inaugurado una nueva temporada de participación crítica ciudadana. Desde entonces diferentes iniciativas populares han ido sacudiendo la amodorrada geografía lagunar. Grupos más o menos numerosos, y más o menos heterogéneos, de ciudadanos se han activado para contrarrestar el avance del monocultivo turístico.

Desde iniciativas de gestión cultural participativa y talleres de ciudadanía en espacios liberados (el renacido Laboratorio Occupato MorionSale Docks y sobre todo el Teatro Marinoni, un antiguo teatro dentro de un hospital en desuso, centro de una gran operación especulativa y sobre cuyos terrenos se prevé la construcción de un conjunto hotelero y una marina de lujo) hasta la tan sonada campaña de compra colectiva de la isla de Poveglia para evitar que una multinacional hotelera se apodere de este trozo de laguna sacado a subasta por el Estado italiano. Todos ellos, incluido obviamente el movimiento No Grandes Naves y ahora la movilización para salvar Villa Heriot, suponen acciones surgidas alrededor de espacios contestados, comparten una concepción de la ciudad como inseparable del frágil microcosmos lagunar que la contiene y la protege, apelan a la sostenibilidad ambiental contra la sobre-explotación del territorio, reivindican políticas basadas en la comunidad y ponen en el centro de sus discursos y reclamaciones el concepto de “bien común”.

A todo esto, ¿dónde están los antropólogos?

Lo que no se explica es que Venecia, que se presenta como el caso más potente de espacio urbano turistificado, haya recibido hasta ahora tan poca atención por parte de las ciencias sociales. Con la excepción de Venice, the tourist maze. A cultural critique of the world’s most touristed city  de R. C. Davis y G. R. Marvin, no encontramos bibliografía actual sobre la ciudad lagunar. Desde el mundo académico, la mirada que recibe es casi siempre histórica, mientras que su presente parece carecer de interés. Avanzo dos hipótesis al respecto: o las ciencias sociales la consideran implícitamente una civilización del pasado, material para la arqueología y la historiografía, o bien se les presenta como un escenario excesivamente complejo. En ambos casos el desafío es importante y urgente: demostrar, en primer lugar, que Venecia puede estar agonizando pero aún no está muerta y, en segundo lugar, penetrar su maraña y poner luz sobre los procesos sociales en curso, en este caso los referentes a la producción del espacio en el sentido lefebvriano del término. Porque incluso su forma exterior, su estructura física – a la que a menudo se considera como mera escenografía, entidad fija e inmutable si no fuera por la acción corrosiva del tiempo – sigue evolucionando. Por lo menos una línea de investigación se abre a una mirada antropológica que quiera dar cuenta de la perspectiva habitante: El análisis de los confictos urbanos en curso, que sin embargo no dejan de ser sólo una parte, la más evidente quizás, de un fenómeno mucho más articulado. Se hace necesario, por lo tanto, extender el análisis a muchas otras prácticas de resistencia que se despliegan a diario en la ciudad de Venecia, y que han recibido hasta la fecha poca o nula consideración debido a su escasa visibilidad. Por un lado, la búsqueda voluntaria de marginalidad espacial: las estrategias específicas de ubicación dentro del perímetro del centro histórico, puestas de manifiesto por los habitantes que, huyendo de las áreas centrales invadidas por los turistas y económicamente plasmadas por los valores de ese particular mercado, buscan refugio  en zonas más periféricas consideradas la “Venecia verdadera” donde practicar sus “rituales ocultos” (Boissevain, 2005) de sociabilidad. Por otro, el concepto mismo de residencia como acto de resistencia silenciosa: la elección consciente, y con frecuencia problemática, de enfrentarse a una serie de dificultades prácticas (logísticas, pero sobre todo económicas, empezando por la dramática cuestión de la vivienda), antes que mudarse a la parte continental, contribuyendo a engordar así las filas del éxodo.

La relevancia del caso veneciano como objeto de estudio para las ciencias sociales, en particular la antropología urbana, trasciende sus límites físicos y se abre naturalmente a la comparación con otras realidades altamente turistizadas, la primera de todas, Barcelona. Sobre las protestas contra el modelo turístico que tuvieron lugar este verano en el barrio de la Barceloneta, y el debate que les siguió, flotaba irremediablemente el espectro de Venecia; pero la Venecia invocada ya no era una ciudad, sino un paradigma, un memento mori. Venecia como síndrome, enfermedad terminal caracterizada por el colapso de la vida urbana. Venecia elevada a teorema que ya no necesita de demostración empírica para sustentarse[1]. Esta imagen de la ciudad muerta se nos antoja, no solamente igual de estéril que la postal romántica vendida por las agencias de viaje de todo el mundo, sino además peligrosa, ya que lleva, implícitamente, a pasar por alto, y por lo tanto a desactivar, las voces críticas, las reclamaciones ciudadanas. Los muertos no se quejan, no estorban; los vivos sí. “¡Malditos venecianos! ¿Cuándo se decidirán a marcharse todos, o a morirse ya de una vez, así dejan de romper las pelotas?”. Juro que escuché estas mismas palabras, un día por la calle. Me dejaron tan atónita que no pude reaccionar a tiempo. Pero más allá de la consternación, del momentáneo golpe emotivo, su dureza despiadada nos demuestra mejor que cualquier ensayo o panfleto la necesidad, la urgencia de mostrar Venecia como un espacio urbano contestado y, por lo tanto, vivo bajo la influencia de relaciones de poder asimétricas.

[1]              A finales de 2012 se presentó el documental que el periodista sudtirolés Andreas Pickler rodó en Venecia. Su título original es Das Venedig Prinzip, traducido al inglés como The Venice Syndrome y al italiano como Teorema Venezia.

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (1)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la primera de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. La siguiente será publicada la semana próxima.

La espada de Damocles.

La sala de plenos del Ayuntamiento de Venecia estaba insólitamente atestada de gente, el pasado 28 de noviembre. Más de doscientas personas, apretadas en el limitado espacio destinado al público, habían acudido allí para asistir a la sesión de aprobación de los presupuestos municipales para 2015. La primera curiosidad: la cantidad de niños que había ese día, todos en edad preescolar, algunos de los cuales llevaban colgando de la espalda pancartas que ponían “El Ayuntamiento roba a los niños”. ¿Qué hacían allí? Lo segundo curioso, para quien no esté familiarizado con las recientes vicisitudes políticas de la ciudad lagunar: las dos alas de escaños de pesada madera que corren a lo largo de la enorme sala decorada con frescos, donde suelen sentarse los consejales, estaban desiertas. De las fotos aparecidas en los periódicos se hubiera dicho que no había nadie del otro lado del cordón de policías que contenía al público. Y sin embargo, aguzando la vista, en el fondo se podía vislumbrar a una pequeña figura solitaria, encorvada sobre una gran mesa de escritorio. Era el comisario ad interim Zappalorto, enviado por Roma para gestionar la ciudad desde que la Junta comunal ha sido disuelta y el ex alcalde Orsoni está siendo investigado en el marco del escándalo de corrupción del Mose.

Las funciones del comisario extraordinario, cuya misión es conducir la ciudad hasta las nuevas elecciones, se tendrían que limitar a ordinaria la administración. Esto si no fuera porque hay que hacer cuadrar las cuentas de un ayuntamiento siempre al borde de la bancarrota, lo cual le obliga evidentemente a tomar medidas que no le corresponden. Como, por ejemplo, convertir de un plumazo bienes comunales inalienables en estructuras a carácter receptivo y ponerlas a la venta. Ese día precisamente se discutía – mejor dicho, se decidía, porque ya no hay debate si no quedan regidores ni consejales – la modificación de destino y uso de parte del complejo de las Villas Heriot en la isla de la Giudecca, dos palacios neobizantinos de comienzos del siglo XX rodeados por un hermoso jardín que se asoma a la Laguna Sur. La familia Heriot había donado la propiedad al Ayuntamiento en 1947 a condición de que se destinara a albergar una escuela. Efectivamente, ahí se instaló la escuela Carlo Goldoni; cuando ésta fue cerrada, pasaron a ocupar el primer edificio la Università Internazionale dell’Arte, donde se imparten cursos de restauración, y el segundo la Casa della Memoria del Novecento Veneziano, el Istituto Veneziano per la Storia della Resistenza e l’Età Contemporanea y una biblioteca. Parte del parque es usado como patio por los niños de la vecina guardería. De ahí las pancartas que algunos de ellos llevaban en la sala de juntas, ya que lo que se pone a la venta es el primer edificio y la parcela de jardín donde ellos juegan todos los días.

Tras haber escuchado pacientemente las intervenciones del público que invocaba la tutela del enésimo pedazo de patrimonio ciudadano destinado a convertirse en un hotel, el comisario extraordinario tomó la palabra. “Si yo pudiera, estaría ahí protestando con todos vosotros” empezó, “pero mi prioridad es que salgan las cuentas. El presupuesto es como una pistola apuntando a mi cabeza”. Tras tan elocuente imagen, añadió: “Además, ya hay compradores potenciales”. Nada que hacer, todos a casa. El Ejército de los Compradores Potenciales parece ganar siempre.

El Pastel.

El caso Villa Heriot, que está levantando ásperas polémicas tras la “traición” del comisario Zappalorto, es sólo la última de las muchas guindas que adornan el enorme y apetitoso pastel que es Venecia, donde la venta de bienes públicos a agentes privados se ha convertido en una práctica común. No se puede apreciar del todo el significado que reviste este caso si se desconoce la complejidad del contexto veneciano. Voy a intentar ahora esbozarlo en la manera más sintética de la que soy capaz.

Partamos de una simple, pero fundamental constatación: Venecia es la ciudad más turistificada del mundo. Al día de hoy, 20 millones de turistas la visitan cada año, aunque algunas estimaciones apuntan a que su número podría llegar incluso a los 30 millones si se lograra contabilizar la creciente tasa de excursionistas que no pernoctan en la ciudad[1]. El aumento exponencial de los tránsitos por tierra y mar de los últimos sesenta años (530%, multipicándose por tres en tan sólo una década) ha ido de la mano de una contracción drástica de la población residente, la cual se ha reducido en un 66%. El promedio diario actual es de (al menos) 55.000 visitantes, número que se duplica en fechas pico como el Carnaval, mientras que apenas quedan 58.000 habitantes en la ciudad.

Constatar que la ciudad se ha vuelto invivible a causa del impacto del turismo de masas sobre sus funciones urbanas, lo cual accelera la marcha de los venecianos hacia los barrios del extrarradio continental, es inevitable. Sin embargo, los datos demográficos muestran que el comienzo del éxodo es anterior al actual boom turístico. Venecia registró un pico de población en los años ’50 con 125.000 habitantes; a partir de ese momento conoció un rápido descenso, impulsado, por un lado, por eventos naturales adversos (como la inundación de 1966) y, por el otro, por la pérdida de funciones productivas del centro histórico insular. La sangría irrefrenable de habitantes (1.000 al año) trae aparejadas otras consecuencias directas: el envejecimiento de la población (un tercio de los venecianos tiene más de 65 años, contra un quinto en terraferma); el estado de extremo deterioro de las islas menores del archipiélago lagunar (dos tercios de las cuales están totalmente abandonadas); la escasez de servicios básicos (un ejemplo entre tantos, es el desmantelamiento del sistema sanitario veneciano en favor de nuevos centros en el extrarradio); las innumerables viviendas vacías, cuya abundancia, sin embargo, debido a las peculiaridades del mercado inmobiliario local (dominado por la demanda externa), no logra paliar la crónica emergencia habitacional.

El contexto que se acaba de esbozar ofrece unas condiciones inmejorables para la proliferación del monocultivo turístico, que da de comer, directa o indirectamente, a dos tercios de los habitantes de Venecia. Hoteles, restaurantes, bares, boutiques de lujo, tiendas de souvenirs y artesanía falsamente local, transportes de mercaderías, taxis, gondolas, fletes, empresas de limpieza, agencias de viajes con su plétora de guías, acompañantes, azafatas, “transferistas” y demás subcategorías; a lo que tenemos que agregar el circuito de los “grandes eventos”, públicos y privados, y las industrias culturales, sobredimensionadas en una ciudad tan pequeña pero con una oferta cultural de capital europea. Casi todo lo que mueve dinero en Venecia está abocado al consumidor temporal más que al residente, que en cambio ve los servicios básicos, incluidos los comercios de proximidad, reducidos a los mínimos términos. El volumen de entradas que genera el turismo es motivo de gran debate en la actualidad, ya que el aumento de los visitantes no está generando un paralelo aumento de su gasto, sino todo lo contrario: cada vez es un turismo más barato y que pasa menos tiempo en la ciudad. Tomando por buena la cifra oficial de 20 millones de presencias por año, sólo 8 pasan por lo menos una noche en la ciudad, los restantes 12 la visitan en un día[2].

Continuará…

[1]              Véase por ejemplo Lanapoppi, P. (2014), Caro turista, Venezia: Corte del Fontego, p. 12.

[2]              Información del servicio estadístico del Ayuntamiento de Venecia.

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