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Desenmascarando a Madame Calalú Carta a la escritora del artículo París amarillo…

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A ver Madame Calalú con C ¿Qué te propones? ¿Confundir a la gente? ¿Echarme tierra? Si bien al tema salsero «Madame Kalalú» de Rubén Blades y Willie Colon (1981) le precede una versión en plena puertorriqueña «Madame Calalú» de Cortijo y su combo con Ismael Rivera en la voz (1960), tienes que tomar en cuenta que mucha gente no sabe eso, ni mucho menos que has pensado dar a conocer tu faceta más política firmando con C y la más salsera firmando con K.

Querida ¿Tú no te das cuenta de que todo es política? Que así hables de salsa y de otras tantas cosas, hablas de política. Ponte seria y deja de escribir artículos seudo periodísticos. Asume tu peo (problema). Asume que eres una de tantas doctoras o profesionales frustradas. Que te mandaste una pila de años estudiando pa’ un coño. Que no sacaste tu permiso de residencia porque querías regresar a Venezuela y que ahora tienes que ver como haces para ser una inmigrante y no morir en el intento.

Menos mal que me tienes a mí. Así que no reniegues de mi presencia. No me sigas escondiendo en el armario porque estoy cansada del puto anonimato. Búscame bolos (actuaciones). Sigue en esta misma línea, mejórala y no te desgastes: https://bit.ly/2LGhvml. Contribuye a que el mundo sepa que existe una versión diferente a la «Madame Kalalú» del ex – dueto de Blades y Colon. Deja de perder el tiempo. Céntrate.

Mira, el artículo París amarillo: performances de la violencia (2018) que gentilmente te publicaron en el portal web Aporrea, y luego tus compañeros del Observatorio de antropología del conflicto urbano (OACU), no está mal (https://bit.ly/2QZgjAk), pero tú sabes que eres capaz de cosas mejores y más si te alías conmigo. Además, dejaste muchas cosas en el tintero. Por ejemplo ¿Por qué no dijiste que la policía te apuntó? ¿Qué te tocó subir las manos para demostrar que no llevabas nada en ellas? ¿Y que entre tanta corredera —perdón danza para no obviar tus interpretaciones y las del gordito que te dirigió la tesis—, te cagaste y te fuiste caminando más de una hora hasta tu «casa» porque muchas estaciones de metro estuvieron cerradas durante la jornada reivindicativa? Y como se te atravesó un nefasto Decathlon por el camino y necesitabas una maleta te compraste una marca KIPSTA, pese a que los Gilets Jaunes habían escrito horas antes en las afueras de Dior: Le peuple veut du dior pas KIPSTA (El pueblo quiere Dior no KIPSTA).

Asimismo, ¿Por qué que pusiste en pie de página la referencia performática de lo que estaba pasando ese mismo día en La Bastille (https://bit.ly/2RpPIvR) y probablemente donde nos hubiésemos sentido más en nuestra salsa? ¿Tú no ves que la gente no se los lee y que tu hiciste una tesis doctoral de lo que otras investigaciones subestimaron y dejaron como nota al pie? Y para rematar ¿Por qué después le mandaste a la gente de Aporrea un vídeo subtitulado en español de la canción «On Lâche Rien» (No nos rendiremos) para publicación sin verificar si se trataba de esta u otra reivindicación? ¿Y por si fuera poco luego les escribiste entre disculpas y justificaciones, por aquello de la vigencia del No nos rendiremos, para liarla más? Coño chica, van a pensar que estas/estamos locas. Menos mal que Eric Toussaint te salvó el culo (https://bit.ly/2Am1eP8), pero no siempre habrá gente que lo haga así que rectifica. Tú no ocupas ningún espacio de poder y si te lo propones no te costará mucho hacerlo.

A grosso modo eso era lo que te quería decir. Quizás deba agregar que dejes de hacerte pasar por arrecha (brava), a ti que te encantan los animales sabes que perro que ladra que no muerde y luego esconde la cola… No enloquezcas con la situación en Venezuela y con otros avatares asociados. Mantén distancia y categoría como los establecimientos Montecristo (cuña ochentera venezolana). No seas como el hombre de la canción de Soledad Bravo y Willie Colón y déjame bailar en paz (https://bit.ly/2BQosgj). Y si no practica yoga, fúmate un porro y sobre todo no me niegues porque juntas todo, individualizadas nada.

Madame Kalalú con K de rebeldía…
Desde «un no lugar» ¡como bruja al fin!
albamaroa@gmail.com

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El 2 de junio o “las mujeres alegres en la casa del señor”

Artículo publicado originalmente en La Directa.

Livia Motterle (OACU)

El 2 de junio de 1975, más de cien trabajadoras sexuales ocuparon la iglesia Saint-Nizier en la localidad francesa de Lyon frente a la vergonzosa negativa del gobierno a entablar diálogo con ellas. El objetivo de la ocupación era llamar la atención sobre su situación de vulnerabilidad debida a los abusos continuos por parte de la policía, por ejemplo, multas y encarcelamientos. Chicas alegres en la casa del señor era el título del texto enviado a la prensa donde explicaban su acción, una ocupación pacífica que se propagó, inesperadamente, a otras ciudades francesas. El Colectivo de Prostitutas que se gestó en la iglesia Saint-Nizier ha sido un referente histórico para todas las organizaciones de trabajadoras sexuales posteriores. Como decía Ulla, una de las líderes: “esperamos la nuestra libertad en tanto que mujeres tal y como somos, y no tal y como queréis que seamos para tranquilizar vuestra conciencia (…). No tengáis miedo: esta liberación no supondrá automáticamente una proliferación de las prostitutas. A no ser que nosotras, las mujeres, seamos las únicas reprimidas por el miedo a la policía”. Desde entonces, el 2 de junio se ha convertido en el día internacional de las trabajadoras sexuales. Manifestaciones, charlas, performances y cualquier tipo de acciones reivindicativas visten de lucha muchas ciudades del mundo con el objetivo de reivindicar los derechos de un colectivo de personas que, a pesar del profundo estigma que la hipocresía del patriarcado y la misericordia de tantas instituciones imprimen en sus cuerpos, sigue luchando con orgullo y alegría.

Contrariamente a lo que sigue siendo una creencia colectiva, el enemigo más peligroso de las trabajadoras del sexo no son sus clientes (tanto hombres como mujeres), sino ciertas instituciones (públicas o privadas) encargadas de evidenciar y perpetuar una estructura dicotómica que genera estigmas y que sitúa en el altar a la mujer “buena” y en el infierno la mujer “mala”. “Las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos”, afirma Foucault en Microfisica del poder. Este mecanismo de vigilancia, control y normativización se muestra más cruel con los cuerpos que escapan de los códigos heteronormativos, productivos y reproductivos. La sexualidad, entendida como creación que se manifiesta desde y gracias a los cuerpos, se convierte en marcadora de normalidad y canalizadora de castigo. La Iglesia y la Medicina, desde el momento en que se constituyeron como instituciones, han sido las que más han participado, junto con los poderes judiciales y administrativos del Estado, en la construcción de las dicotomías (bueno/malo; normal/anormal, sano/patológico; inocente/culpable) y en la fabricación de reglas sobre cuándo, cómo y con quién tener relaciones sexuales.

El objetivo de ordenanzas, multas y sanciones – sobre todo a las trabajadoras sexuales de la calle – es justamente el control y el castigo de los cuerpos que manifiestan prácticas sexuales anormales en el espacio público. Las trabajadoras sexuales del Raval, esto, lo saben muy bien. La modificación de los artículos relativos al trabajo sexual de la Ordenanza de mesures per fomentar i Garantir la Convivencia en el espacio público de Barcelona del año 2006 – que ya prohibía la oferta, la demanda y la negociación de los servicios sexuales retribuidos en la calle (además de la suya realización) – se reforzó en abril del 2012. Los dos grandes cambios fueron, por un lado, la supresión de la obligación, por parte de la Guardia Urbana, de avisar previamente a los clientes y las trabajadoras y, por otro lado,  la “posibilidad” para las prostitutas de conmutar la multa participando en cursos de re-inserción laboral. La modificación de la Ordenanza multiplicó en el 2012 el número de multas impuestas agravando, así, las condiciones de trabajo de las prostitutas, aumentando su estrés y llevándolas a situaciones insostenibles.

Según un estudio cualitativo encargado por el Ayuntamiento, a pesar de que el número de multas haya ido disminuyendo en los dos último años (2015 y 2016), el número de las trabajadoras sexuales ha seguido siendo el mismo. ¿Por qué no aumenta entonces? Esto habría que preguntárselo a ellas. “Nos tratan como basura que hay que sacar del barrio y reciclar. Nos quieren redimir obligándonos a hacer cursos de re-inserción laboral. Pero nosotras ya tenemos nuestro trabajo y no queremos ir a limpiar el culo a nadie” -dice una mujer. El estigma, aunque hoy no está impreso con nitrato de plata como en la época del Higienismo, está fabricado por la misma hipocresía que requiere una Barcelona atractiva y seductora, capaz de satisfacer los gustos del mercado turístico. Escort sí entonces. Pero puta, jamás.

Frente a esta situación de vulneración, las trabajadoras sexuales se rebelan. Bajo el nombre de Prostitutas Indignadas antes y Putas Feministas después, se organizan, se manifiestan, luchan sin miedo y apoyan a vecinos y vecinas víctimas de una violencia ocultada que afecta a todo el Raval.  Presentes en todos los actos que pedían justicia para Juan Andrés Benitez, vecino del Raval que el 5 de octubre murió a golpes de porra delante la puerta de su casa; presentes en las movilizaciones organizadas para parar las infinitas ordenes de desahucio emitidas para sanear, limpiar o rehabilitar el barrio y que en realidad dejan en la calle enteras familias; presentes en las manifestaciones del 8 de marzo bajo el lema: “Sin putas no hay feminismo”, las trabajadoras sexuales de Barcelona no se cansan de luchar.

Simone De Beauvoir afirmaba, en 1972, que se hizo feminista cuando reconoció su solidaridad con las otras mujeres en vez de su separación de ellas. Es cierto que la trata de mujeres representa una realidad muy compleja y que es tarea del feminismo luchar para que se acabe. Es cierto que en el trabajo sexual hay prácticas que reproducen el sistema capitalista. Pero su reproducción no habita en el trabajo sexual en sí, si no en el mecanismo de explotación en que está incardinado. Romper los mecanismos de control y vigilancia hacia las profesionales del sexo es un objetivo que concierne a todas porqué todas estamos explotadas por el sistema. Reconocer el trabajo de las trabajadoras sexuales es el primer paso para la cancelación del estigma impreso en sus cuerpos y sobre todo para no volver a imprimirlo. El primer viernes de cada mes, en la calle d’En Robador, las vecinas y trabajadoras sexuales del Raval (y de otros barrios) organizan un “puti vermut”: una buena ocasión para hablar con ellas en lugar que, una vez más, hablar sobre de ellas sin conocerlas. Otra posibilidad más para construir juntas nuevas estrategias de lucha y resistencia. Porque cada día es 2 de junio.

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Colonia, la cultura de la violación y su lógica espacial

Fuente: Andrea Zennaro

Fuente: Andrea Zennaro

Por Cecilia Vergnano (OACU

Hay algunos elementos en común entre la narración mainstream de los ataques de París del pasado noviembre y la de las agresiones de nochevieja en Colonia. Tanto en uno como en otro caso, los sucesos han sido descritos como agresiones por parte de “extranjeros” que, con sus conductas violentas, intentarían amenazar “nuestros valores”, “nuestra libertad” y “nuestro estilo de vida”. En particular, nuestro tiempo para la fiesta, el ocio y la diversión. Mucho más interesante sería observar que las relaciones de dominación entre el norte y el sur del mundo, entre el centro y la periferia globales, entre el centro y la periferia urbana, así como las relaciones de dominación masculina, se rearticulan en este momento histórico de una manera que puede llegar a ser particularmente visible en los espacios públicos de nuestras ciudades.

Tanto en París como en Colonia, la imagen tranquilizadora del espacio público como un lugar normativizado, pacificado y seguro resulta crispada. Estos ataques ponen en evidencia que este espacio ideal donde se realiza la “vida pública” en sentido abstracto y habermasiano (la asociación libre e igualitaria entre sujetos que establecen entre sí vínculos de mutuo reconocimiento) nunca ha existido. La calle vuelve a ser peligrosa, y una de los motivos que generan las grandes oleadas de pánico moral de estos días es que se trata de la calle de algunos barrios considerados como “seguros”, centricos y gentrificados. Quien habla de los “valores de nuestra sociedad” contrapuestos al “oscurantismo islámico”, olvida que la violencia sobre los cuerpos de las mujeres, así como las matanzas indiscriminadas de civiles inocentes, no son una prerrogativa exclusiva de “civilizaciones atrasadas”.

Por lo que concierne las violencias de género, en particular, son conocidos los datos que nos revelan que en Europa casi un cuarto de las mujeres han sufrido violencias físicas, psicológicas y sexuales (dos tercios de ellas, en sus hogares domésticos, por parte de sus compañeros u otros miembros de la familia). Y todavía es frecuente la percepción del espacio público por parte de muchas mujeres como un espacio inseguro, que se atraviesa usualmente expuestas a la mirada masculina y también, en ciertos horarios o en ciertos sitios, a las agresiones – por el simple hecho de ser mujer. En definitiva, las violencias y los abusos contra las mujeres no han acontecido solamente en Colonia la noche del 30 de diciembre. Todas formas de violencia son, de alguna manera, “sexuadas”, e interpretar lo que ha pasado en nochevieja como un choque de civilizaciones no hace sino entorpecer (o instrumentalizar) el debate.

Son bien conocidas y exploradas las relaciones entre racismo y sexismo, que incluso llegan a coincidir en su definición (el desprecio o miedo hacia quienes pertenecen a otros grupos, definidos por criterios supuestamente “genéticos”), de manera que es difícil separar analíticamente los dos fenómenos. Yendo más allá de estas reflexiones pedantemente formales, hay quien ha magistralmente explicado la aparente contradicción entre las ideologías universalistas e igualitaristas propias de la modernidad “occidental”, por un lado, y el racismo y el sexismo, por el otro, como una tensión inherente a la existencia misma del capitalismo y su necesidad de estructuración de la fuerza de trabajo (Balibar, en Balibar y Wallerstein 1991).

Mirando las cosas desde una perspectiva espacial, creo que hay que decir dos palabras sobre los espacios donde estos episodios se han producido. La antropología urbana ha evidenciado el carácter construido del espacio como un producto social. Sería interesante observar los procesos a través de los cuales los espacios del 11eme arrondissment, en Paris, y la Altstadt (Ciudad Vieja), en Colonia, han adquirido sus características de barrios “jóvenes”, atractivos por su oferta en diversión y ocio nocturno y, sobre todo, atractivos para la inversión en el sector inmobiliario. Solo hay que observar la subida de los precios que ha caracterizado el valor del suelo en ambos barrios en las últimas décadas. A lo largo de un siglo, el 11eme arrondissment ha pasado de ser un barrio industrial a ser un barrio popular de fuerte composición inmigrante, hasta representar el corazón de la gentrificación europea, con viviendas cuyo valor alcanza tranquilamente los 10.000 euros al metro cuadrado.

Estos procesos evidentemente no son exentes de impactos sociales, puesto que la composición del barrio ha profundamente cambiado, provocando una expulsión de una parte sus habitantes – los más fragilizados frente a la subida de los precios – y la llegada de una nueva clase más acaudalada. Por otro lado, es suficiente echar un ojo a la evolución de los precios en el casco antiguo de Colonia (el barrio alrededor de la estación) para darse cuenta de los procesos de especulación en curso. Bien conocida y explorada por muchos investigadores y científicos sociales es la sucesión de las diferentes fases que caracterizan los procesos de gentrificación de un barrio, que conlleva, entre otras cosas y en muchos casos, la aparición masiva de lugares destinados al ocio nocturno como factor que posibilita y justifica la subida del valor del suelo. Un lugar donde la gente va a pasar la noche es, de hecho, un lugar que en la percepción común se presenta como seguro, pacífico y desconflictivizado. Y son justamente estas explosiones de violencia las que provocan el levantamiento de los pánicos morales más profundos.

Ahora bien, lejos de justificar dichas violencias como “restauradoras de justicia” en un contexto estructuralmente injusto (lo cual sería completamente alejado de mis intenciones), se trata simplemente de evidenciar aquí su carácter arbitrario en un contexto también arbitrariamente violento, y sin embargo percibido e interiorizado como “normal”, “cotidiano” o “natural”. De hecho la noción de “espacio público”, tal como se utiliza actualmente, fundamenta y legitima lo que podría llamarse “el derecho a excluir”: a relegar a las periferias la así llamada “violencia callejera”, a relegar al espacio doméstico la mayoría de las violencias de género. La gentrificación de los centros urbanos tiene sus costes en lo que concierne fenómenos conocidos y estudiados entre sociólogos e investigadores sociales, como (entre otros) la marginalización de hombres jóvenes inmigrantes, o los procesos ligados a formas específicas de construcción de la masculinidad entre en las segundas o terceras generaciones de inmigrantes.

Habría que hablar además de las diferentes formas de la violencia sexuada. Una agresión en la calle como la acontecida en Colonia conlleva una hiperrepresentación de un determinado sector de población (los así llamados “inmigrantes indeseados”), mientras que una forma clásica de violencia sexuada que es la violencia doméstica mostraría unos datos completamente diferentes en lo que concierne la procedencia geográfica de los agresores, sus niveles de estudio y su extracción socioeconómica. Así como encontraríamos especificidades analizando el fenómeno del turismo sexual fuera de Europa, en países que se han convertido en “paraísos sexuales” para turistas europeos en busca de mujeres, niños y niñas cuyas condiciones de miseria les imponen la prostitución como una opción que es todo menos que libre. No distinguir y analizar las especificidades de las diferentes formas de violencia sexuada es bastante irresponsable, porque quiere decir reconocer solo una forma, que es aquella “de calle” – y no de cualquier calle, sino solamente las calles del “primer mundo”.

Muchísimas mujeres habitantes de ciudades europeas (“autóctonas” o “inmigrantes”) pueden testificar que, durante los últimos años, muchas de las molestias o agresiones que han sufrido en la calle procedían de ciudadanos “no nacionales”. La proporción se invierte completamente cuando hablamos de feminicidios – la mayoría llevados a cabo dentro de los muros domésticos, por parte de las mismas parejas o exparejas de las víctimas. La pregunta que hay que hacerse, entonces, es ¿quién está en la calle? ¿y quién está en el hogar? ¿quién en el espacio público, y quién en el espacio doméstico? Y, se podría añadir, ¿quién encontraríamos en las calles de Tailandia, Singapore, Brasil, Marruecos, comprando su propio placer sexual en contextos de pobreza? ¿Quiénes son los agresores en las zonas en las que se despliegan misiones de paz de los cascos azules de la ONU – repetidamente acusados de violaciones? Una larga serie de “etcétera” es obligatoria.

La verdadera “noticia” entonces, en las agresiones de Colonia, es que estas invierten una lógica que nadie discute, que es la de la cultura de la violación: violación que parece ser socialmente aceptada cuando sigue las corrientes de la violencia estructural, desde el centro a la periferia del sistema mundo (y del sistema urbano) pero nunca al revés; violación legítima dependiendo de los agresores y las víctimas, sus respectivas razas y el espacio en la que ésta se consuma.

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