Archivo de la etiqueta: Musealización

Repensar Bonpastor. ‘Museo de la vivienda’: monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos…

Uno de los aspectos más cínicos e inquietantes del llamado “Modelo Barcelona” ha sido su capacidad de convertir constantemente en celebración, en triunfo, hasta los aspectos más dolorosos e injustos de la experiencia urbana. Lo dijimos hace años, cuando veíamos barrios enteros arrasados, habitantes y centros sociales desalojados, grandes corporaciones apropiándose de la ciudad, mientras las administraciones celebraban la diversidad cultural, la paz y la sostenibilidad en el Fórum de las Culturas. Volvemos a decirlo ahora, cuando las nuevas administraciones anuncian su intención de celebrar la destrucción del barrio de Bon Pastor y el empobrecimiento de su población, a través de un “museo participativo de la vivienda” en el barrio.

Los museos son los instrumentos con qué los vencedores escriben su versión de la historia de los vencidos. Hay museos de los indios, nunca museos de los cow-boys. Museos de los oficios campesinos, nunca museos de la violencia capitalista. Se estetiza y se encierra lo que se quiere borrar, convirtiéndolo en memoria, en “patrimonio”. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy un museo de la vivienda? ¿Acaso haya algo a celebrar? Sobre todo, ¿por qué en el Bon Pastor? Para las y los miembros del ex colectivo Repensar Bonpastor, que por casi una década hemos sido testigos y hemos hecho registros del conflicto generado por la demolición de las casas baratas, nos parece claro que esta iniciativa pretende remodelar la historia del barrio, después de haber remodelado el barrio y las vidas de su gente.

Se propone un museo “vivo” y “participativo”. Otra vez esta palabra, la misma que legitimó la demolición del barrio y la venta de sus habitantes a los grandes bancos a través de la promoción de hipotecas. Participación sí que hubo: de un minúsculo grupo de vecinos y vecinas privilegiadas que se hicieron portavoz de decisiones ya tomadas por el Ayuntamiento, a costa de aterrorizar y amenazar a quienes no estaban de acuerdo, o chantajearlas para que aceptaran cualquier cosa que se les ofreciera para no quedarse en la calle. Las casas baratas de Bon Pastor no era un lugar de “participación”, sino de resistencia política y contrapoder popular: el primer grupo de vivienda obrera de Barcelona, que fue planificado inicialmente como un campo de concentración para trabajadores migrantes, pero que con el tiempo (y una revolución) miles de habitantes consiguieron convertir en un pequeño pueblo, en una gran familia. Los lazos de ayuda mutua y solidaridad, de empoderamiento social e integración de las diversidades, construidos en ocho décadas de trabajo colectivo, fueron despedazados por el “proceso participativo”, que pedía que todas dijeran “sí” a una demolición ya decidida.

bonpastor_20181

En el nuevo museo, estamos seguras, no habrá los cientos de entrevistas que grabamos desde 2004, que demuestran que una gran parte de los habitantes de Bon Pastor no querían que se tiraran las casas baratas. No habrá ningún documento que atestigüe la larga lucha de un grupo de habitantes que dejaron la AVV en 2003, por que no estaban de acuerdo con el proyecto de demolición, y que con el tiempo obtuvieron el apoyo de casi la mitad de núcleos familiares de las casas baratas. No habrá las imágenes y vídeos del violento desalojo del 19 de octubre de 2007, cuando la Guardia Urbana cargó contra un centenar de habitantes y solidarias que defendían las primeras casas desalojadas en las calles Mollerussa, Granadella y Albí. Ni las imágenes de la ocupación masiva de junio de 2010, que por una tarde hizo que un centenar de habitantes se sintieran finalmente dueñas de su espacio vital. Tampoco habrá las decenas de proyectos alternativos a la demolición que recogimos a través de un concurso internacional de ideas, que demostraban que se podía imaginar una solución sostenible y no especulativa para esa parte de Barcelona, sin necesidad ni de desalojos forzosos, ni del conflicto que partió el barrio en dos.

Lo único que habrá en ese museo será el simulacro. El simulacro que cultivaron las administraciones en este barrio por lo menos desde qué empezamos a interesarnos por la violencia institucional desplegada contra sus habitantes. El simulacro de la participación, el simulacro del consenso, el simulacro de la mejora. Un simulacro que esconde el gran desprecio institucional que las administraciones han mantenido siempre hacia quién habita esta parte de la ciudad. Este mismo desprecio, este “nosotros sabemos lo que os conviene” y “aún nos tenéis que dar las gracias”, empujó las pasadas administraciones a vender al barrio entero a los grandes bancos responsables de la crisis financiera global, promoviendo hipotecas para gente que no podía pagarlas, empujada así hacia el endeudamiento y la miseria – a la vez negando indemnizaciones legales a las que no querían, y amenazando de expulsión a quiénes se atrevían a creer tener derechos.

Todas aquellas que, dentro o fuera del barrio, reivindicaban la existencia de un patrimonio histórico popular, de valores vernaculares vinculados al espacio, de una microsociedad que funcionaba y que había que proteger, eran sistemáticamente ridiculizados y silenciados. Diez años más tarde llega el reconocimiento de la existencia de un patrimonio histórico; pero no en la forma de disculpas públicas, de un “repensar” las políticas destructivas que llevaron a la muerte del barrio – sino de un monumento. Un monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos: un “museo de la vivienda”. Hasta durante las grandes demoliciones ordenadas por Mussolini se recogieron fotos y mapas de las casas demolidas, para los curiosos y estudiosos del futuro.

La historia viva del barrio, para quiénes tengan paciencia de buscarla, seguirá al alcance en nuestros libros autoproducidos y páginas web autogestionadas, elaboradas con mucha paciencia desde el interior de Bon Pastor, con las voces y el trabajo de afectados y afectadas por las demoliciones y las expulsiones. Para quiénes, en cambio, quieran ver el simulacro, habrá el nuevo museo. Esperemos que por lo menos expongan un vecino momificado, a lo mejor sentado en la puerta tomando la fresca. Así alguien recordará, al visitarlo, que lo que había que preservar, antes que cuatro paredes y ocho casas, era un barrio entero, su gente, su socialidad, su vida a pie de calle – y por supuesto, su lucha.

Col·lectiu Repensar Bonpastor
Novembre 2018

 

 

 

 

 

Anuncios

1 comentario

Archivado bajo Antropologia urbana, Arquitectura, conflicto, Cooperativisme, Investigació Social, Memòria, Urbanisme

Barcelona i els museus com a pessebres

Foto: José A. Mansilla

Foto: José A. Mansilla

Aquest manifest ha estat elaborat per el GRECS-UB i subscrit per l’OACU


Fa diverses dècades que els museus etnològics clàssics, guarnits a les antigues metròpolis amb fons provinents dels territoris d’ultramar, experimenten arreu una mena de crisi existencial. Concebuts i inaugurats de manera general durant l’època d’exaltació de l’empresa colonial com a instruments de propaganda, només sobreviuen a la mala consciència dels temps actuals al preu d’una reformulació museogràfica completa, per bé que aquesta pot prendre rumbs molt diversos. En alguns casos, aplicant una estratègia generalitzada dins del sistema museístic internacional, aquestes institucions, hereves dels gabinets romàntics de curiositats, han encetat processos d’autorreflexió -i, per què no, també d’autoinculpació- que s’han traduït en una voluntat gradual de fer visibles, més o menys críticament, les condicions de la seva emergència i consolidació. En d’altres, en canvi, la manca de decisió o de lucidesa de la part dels seus gestors polítics i/o tècnics ha abocat aquestes institucions a una mena de paràlisi estructural, senyal inequívoc, de fet, d’una futura i, gosaríem dir-ne, saludable extinció.

Aquests dies, els advocats de la política cultural de l’Ajuntament de Barcelona deuen estar redactant recargolats al·legats, a l’aixopluc de les dignes teulades del Palau de la Virreina, allà on rau l’Institut de Cultura de Barcelona, per tal d’apagar l’incendi provocat pel judici públic obert al Museu Etnològic de Barcelona (d’ara endavant MEB). Com correspon als temps que corren, la polèmica envolta aquesta vegada la suposada cosificació de la cultura i identitat catalanes que posarà en pràctica el nou MEB a partir de l’any vinent, quan l’equipament torni a obrir les seves portes després d’una costosa reforma i d’una llarga inactivitat. Val a dir que les consignes i els titulars s’acostumen a imposar sobre els matisos, i que en aquest cas com en altres fóra convenient no confondre de manera automàtica els desitjos humits dels comissaris encarregats de vetllar pel compliment de l’ortodòxia amb el pragmatisme i el sentit comú que afortunadament encara romanen entre els tècnics que gestionen aquests equipaments. Sigui com sigui, se’ns anuncia que el MEB serà espoliat -mai millor dit- de les seves col·leccions exòtiques, provinents en la seva major part dels països que havien format part en un moment o altre de l’atribolat imperi colonial espanyol, com ara Mèxic, el Perú, el Marroc o Guinea, i que ara hauran de cercar la seva terra de promissió al flamant Museu de les Cultures del Món (sic). Mentrestant, el nou MEB farà, diguem-ne, de la necessitat virtut, aprofitarà una part de les immenses col·leccions de cultura material que havien estat integrades a l’antic Museu d’Arts, Indústries i Tradicions Populars i, sense cometes que convidin a prendre una certa distància irònica, rebem la noticia que d’ara endavant centrarà la seva proposta museogràfica en l’exhibició d’objectes que pertanyen a la(es) cultura(es) catalana(es), sigui el que sigui que això signifiqui.

A la dècada dels 90, alguns de nosaltres vàrem col·laborar en diverses ocasions amb el MEB. Recordem que aleshores la institució, un estrany i incòmode edifici construït a partir de mòduls hexagonals, a la manera d’un rusc gegant, patia malalties comuns amb la resta d’equipaments culturals de la ciutat (formació inadequada d’una part dels seus treballadors, un finançament que abocava al museu a la lluita per l’estricta supervivència, etc.) i d’altres que n’eren pròpies, com ara l’estructura rígida dels seus espais expositius, les dificultats d’accés a través dels camins de la muntanya de Montjuïc o la seva ubicació al revolt més tancat del vell circuit. Recordem, també, l’angoixa amb la qual l’equip de direcció vivia les magres estadístiques de visitants, sabedor que, davant l’embranzida neoliberal que assolava la Barcelona postolímpica, la supervivència del museu depenia del criteri insondable d’uns polítics ofuscats per assolir l’estricta rendibilitat econòmica dels equipaments culturals, insensibles a qualsevol raonament pedagògic, històric o fins i tot moral. Enmig del clímax d’autocomplaença que l’anomenat “model Barcelona” va estendre entre les elits polítiques i culturals de la ciutat, el MEB llanguia a les faldes de la muntanya, tot expiant els seus orígens colonials, amagat per no fer nosa, condemnat al silenci perquè el seu patrimoni semblava encabir-se poc i malament dins de la gàbia daurada en que s’havia convertit la xarxa de museus barcelonins. Just com ara.

Ara, les nostres elits polítiques i culturals –ves que no siguin, al cap i a la fi, les mateixes- han trenat afanosament una solució per al MEB, al seu parer definitiva, un nou pas de volta dins l’operació d’embelliment i frivolització de la gàbia cultural barcelonina: el Museu de les Cultures del Món. Emmirallat en Jacques Chirac quan era alcalde de Paris i va tirar endavant l’edificació del Musée du Quai Branly davant la protesta de bona part dels departaments d’antropologia francesos i la joia poc dissimulada dels grans marxants d’art, en Xavier Trias sembla disposat a deixar la seva empremta sobre el teixit cultural de la ciutat. L’obertura d’un museu adreçat, un cop mes, al turisme massiu que roda i s’escampa dia sí i dia també per la ciutat, i que pretén essencialment rescatar la dimensió estètica dels objectes pertanyents a altres societats, tot reproduint la vella consigna de que l’acte de contemplació deu ser independent de les condicions de la seva producció i apropiació –per tal d’evitar potser que informacions inoportunes contaminin el judici pur i sensible dels espectadors-, és el quid de tota aquesta operació, la guinda exòtica que li faltava al pastís –o pastitx- del carrer Montcada i, de retruc, l’equació que vol resoldre el vell problema del MEB.

Resulta un punt fascinant constatar cóm, al mercat cultural barceloní, es compleixen a la perfecció alguns dels corol·laris de la llei de Murphy, en particular aquell que afirma que tota situació dolenta és susceptible d’empitjorar. Resulta, en canvi, lamentable constatar la impunitat de què gaudeix una política cultural insensata, emparada en el control draconià de les subvencions i en les amenaces vetllades o simplement grolleres que deriven del seu exercici. La consigna, un cop més, és que qui s’hi mou no surt a la foto. Així, presentat com un fenomen meteorològic natural i inexorable, el futur Museu de les Cultures del Món s’aboca a la consagració superficial de l’exotisme, en el típic registre multiculti i acrític tant del gust de les nostres elits, tot eliminant aquelles col·leccions que, com ara les magribines –segurament les més nombroses de tot el fons del MEB-, trasllueixen una dosi massa reduïda d’exotisme i ens remeten en canvi massa explícitament a l’experiència colonial que va permetre la seva conformació. De retruc, el destí reservat per al nou MEB és un altre. Arrossegat per la marea identitària que ens envolta, però tal vegada conservant la particular declinació que CiU imposa sobre aquestes matèries –una celebració resistencial i teleològica de la cultura catalana, nodrint la ficció que aquesta es pot abstraure de la història de la lluita de classes i en definitiva de tota conflictivitat social-, el nou MEB sembla apostar, a falta d’altres informacions que ens indiquin el contrari, per la via de la reïficació del present i l’oblit dels episodis més foscos del nostre passat recent, per l’exhibició despolititzada dels estris de la nostra cultura material i, en fi, per la cultura entesa com a pessebre i no pas com a conflicte, negociació i, ocasionalment, entesa. Una mateixa paraula, sí, però amb significats diametralment oposats.

Deja un comentario

Archivado bajo Activisme, Etnologia, Política