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A la caza de un mito. La invención del Barrio Chino como estrategia urbanística de violación territorial y vivencial

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Fuente: Marc Javierre–Kohan.

Por Livia Motterle (OACU)

Reseña del libro Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval, de Miquel Fernández González (Virus, 2014). La reseña ha sido originariamente publicada en la Revista de Antropología Iberoamericana (Vol. 10, Núm. 2, mayo – sept., 2015, pp. 298-303)

El padre de la moderna antropología estructuralista nos advierte de la fuerza — muchas veces peligrosa— de los mitos:

“El pensamiento mítico es por esencia transformador. Cada mito, apenas nacido, se modifica al cambiar de narrador […] se pierden algunos elementos, otros lo sustituyen, se invierten secuencias, la estructura torcida pasa por una serie de estados cuyas alteraciones sucesivas guardan con todo el carácter del grupo” (Levi-Strauss, 1997: 610).

El mito es el resultado de una fabricación que mezcla de forma indisoluble la realidad con la imaginación. Desmantelar un mito, comprender las razones, las modalidades y los fines de su fabricación llega a ser por lo tanto tarea muy noble y al mismo tiempo muy compleja. Se trata no solamente de desvelar los procesos de deshistorización de la dominación de una sociedad sobre otras para reconstruir aquella historia fragmentada, ocultada o distorsionada en los discursos hegemónicos, sino que el cazador de mitos asume la intrépida “misión” de restituir a los colectivos mitificados su propia humanidad robada.

Matar al Chino. Entre la revolución urbanística y el asedio urbano en el barrio del Raval constituye un excelente ejemplo de cómo lograr esta tarea. En las mismas palabras del autor ésta guardada la intención que vertebra toda la obra:

Las ciencias sociales han colaborado, y mucho, no solo en naturalizar cierto orden establecido, en este caso, sobre el Raval, sino también en producirlo. Personalmente, he optado por la dirección contraria. He intentado cazar el mito del Barrio Chino. He querido aprovechar las herramientas que ofrecen la antropología y la sociología para hacer justo lo contrario de lo que se acostumbra a hacer: desnaturalizar el orden institucional y las lecturas estigmatizadoras establecidas sobre aquella calle[1] (p. 319).

¿Qué se esconde detrás del mito del Barrio Chino? ¿Qué intereses había en aquel barrio, el Raval, que de repente, en los años veinte, amaneció rebautizado como Barrio Chino? La cuidadosa investigación llevada a cabo por Miquel Fernández nos ayuda a comprender como el mito “cazado” sirvió a las elites para justificar políticas de disciplinamiento urbanístico (y moral) de los habitantes del Raval. La acertada decisión de dividir el trabajo en dos grandes bloques, uno historiográfico y otro etnográfico, es una demostración más de la voluntad del autor de dignificar una calle estigmatizada y literalmente destrozada. Miquel Fernández nos conduce entre las grietas de calle d’ En Robador solo después de haber pacientemente recorrido la historia de su destrucción física y moral. De esta forma el lector se adentra en una brillante etnografía después de haber entendido que las prácticas violentas de las cuales se habla no son las de los que viven en y de la calle, sino aquellas de quienes quieren expulsarlos.

La memoria se construye sobre escombros

Si tuviéramos que dibujarla, .que apariencia tendría la Historia? Según Walter Benjamin llevaría cara y cuerpo del Angelus Novus de Klee y representaría

un ángel que parece a punto de alejarse de algo a lo que mira atónito. Tiene los ojos desorbitados, la boca abierta y las alas extendidas. El Ángel de la Historia debe de ser parecido. Ha vuelto su rostro hacia el pasado. Donde ante nosotros aparece una cadena de acaecimientos el ve una única catástrofe que acumula sin cesar ruinas y más ruinas y se las vuelca a los pies. Querría demorarse, despertar a los muertos y componer el destrozo. Pero del Paraíso sopla un vendaval que se le ha enredado en las alas y es tan fuerte que el Ángel no puede ya cerrarlas. El vendaval le empuja imparable hacia el futuro al que el vuelve la espalda, mientras el cumulo de ruinas ante el crece hacia el cielo. Ese vendaval es lo que nosotros llamamos progreso (Benjamin, 2008 [1959]: 24).

Los higienistas liberales, los moralistas conservadores y los burgueses progresistas fueron aquellos que, en Barcelona, alimentaron con sus intereses el vendaval del progreso, provocando catástrofes que acumularon sin cesar escombros bajo ruinas. Es esta misma violencia invisible e invisibilizada la que observa, analiza y denuncia Fernández en sus páginas. Se trata, en las palabras del mismo autor, de “la violencia del orden”, es decir, “la violencia que se encuentra dentro de lo normal” (p. 17). Una violencia naturalizada, entonces, que el autor intenta desnaturalizar desvelando los dispositivos a través de los cuales se pone en acción. Recorrer los momentos más incisivos de la historia de esta violencia sobre un barrio y sobre sus habitantes es el objetivo de la primera parte del libro. Retomando la distinción que aporta Žižek (2009) entre violencia simbólica y sistémica, el lector encuentra delante de sus ojos el continuum de una catástrofe que lleva la marca PROGRESO.

Pero si la Historia tendría para Benjamin cara de ángel asustado, ¿cómo se encarnaría esta doble violencia según el autor del libro? Para Fernández, queda materializada en el urbanismo que pone en marcha los mecanismos de violencia simbólica y sistémica a través de los urbanistas —en tanto que devotos servidores del Estado— que personifican los deseos de esta violencia incorporada. En las palabras del autor: “la violencia aquí es el instrumento de un orden que se aplica justo cuando las retóricas de cada momento no alcanzan a convencer a las poblaciones asediadas de que deben mantenerse disciplinadas y adoptar una posición de sumisión” (p. 320).

La aproximación historiográfica a las culturas de control ejercidas en el barrio del Raval tiene un valor ejemplar, porque va a socavar los mecanismos de violencia que operan detrás de aquellas excavadoras y de aquellas piquetas que destruyeron un barrio y, con ello, la vida de sus habitantes. Lo que se deseaba controlar, dice el autor, era la revolución y “llevar a cabo una revolución desde arriba” (p. 30) era la forma más eficaz de hacerlo.

Desde el Higienismo hasta la actual época del civismo, las instituciones han sido protagonistas de acciones de reclusión, expulsión y criminalización de todos aquellos seres “contaminados”, “improductivos” e “indisciplinados” para enriquecer los intereses de las elites gobernantes. Trayendo a colación algunas notas de la obra, no es casual ni fortuito que en la época en la cual Idelfons Cerda encargaba sus planes para la reforma urbanística de Barcelona, las así llamadas casas de misericordia del Barrio Chino —entre las cuales destacaba la Casa de Mujeres Arrepentidas de la calle Egipciaques— “hospedaban” cada “tipología” de pobres (huérfanos, trabajadoras sexuales, sin-techos, mujeres solteras…) recluyéndolos y forzándolos a trabajar como forma de expiación de sus tremendos pecados. Muchos de estos conventos se transformaron en cárceles o fábricas: el control de la miseria venia naturalizado en nombre del bien. La producción de capital y la explotación laboral eran justificadas bajo una palabra: Misericordia.

En nombre del bien

“Los enemigos a batir no eran sólo la pobreza y la indisciplina: era el mismo Diablo”, escribe justamente Manuel Delgado en el epilogo que cierra brillantemente el libro. Los habitantes del Raval, viviendo en el barrio infernal de Barcelona, no podían ser otra cosa que maléficos. Por eso había que sanarlos y redimirlos. Había que operar quirúrgicamente en las arterias de la ciudad, donde late la vida, para identificar y extirpar sus elementos infectos.

La invención del barrio Chino como territorialización del mal[2] sirvió para poder operar más libremente en las calles enfermas y malsanas del Raval. “Se justificaba” —comenta Fernández— “nuevamente para el bien del barrio, identificar, separar, detener, expulsar o encarcelar aquellos miembros que ‘contaminaban’ el orden público republicano con su actitud de insumisión” (p. 100).

Desde los planes urbanísticos de Idelfons Cerda hasta la ordenanza del civismo, Barcelona ha sido el humus ideal para expandir el imperio del control en nombre de “una propuesta epistemológica del bien”. “Esta utilización del bien” —afirma el autor— “servirá a las sucesivas estrategias de control social e iría dirigida a justificar su propia existencia, así como las formas que adopte, por muy ásperas que puedan resultar por los habitantes afectados” (p. 21).

¿Qué escondería entonces este urbanismo que ama definirse como “rehabilitación”, “remodelación”, “saneamiento”? Las agudas reflexiones que se despliegan en Matar el Chino, evidencian página tras página que en cada adjetivo que acompaña a la palabra urbanismo, se ocultan las motivaciones que verdaderamente lo sustentan. Gracias a las descripciones cuidadosamente recogidas en el diario de campo y a los testimonios de quienes viven en la calle d’ En Robador, las motivaciones urbanísticas de rehabilitar un barrio, se cargan de su verdadero significado: inhabilitarlo, destruirlo, descomponerlo, sanearlo y bombardearlo[3].

Y el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros

Valery (1988 [1932]) recitaba que “lo más profundo es la piel”. Es en la piel, en la  carne, que se manifiesta el verbo, la acción. Y es en las entrañas de calle d’ En Robador donde se incorpora la hegemonía del civismo donde la legalidad violenta se pone en acción. La estupenda etnografía desarrollada por el autor a través de una mirada atenta y nunca invasiva, nos da cuenta de todo esto. Lo que él escribe sobre aquella calle y sus habitantes es autentico por ser fruto de dos anos de observación, pero sobre todo de participación: participación en los problemas —y en las diversiones también— de aquella fauna urbana.

Las detalladas descripciones contenidas en el diario de campo del etnógrafo despliegan en nuestra imaginación vivencias de una calle que se resiste a ser dominada a pesar del fuerte control institucional al que está sometida. A través de apuntes sobre “los cuerpos, las miradas, las voces, los desplazamientos, los asentamientos, las conversaciones, los gritos, los bailes, la música o el canturreo” (p. 167), el autor se acerca y se mezcla —hasta confundirse— con aquella amalgama urbana que se niega a ser urbanizada.

Entra en bares, pisos, talleres, asociaciones y todo tipo de antros. Esta en la calle d’En Robador durante horas, parado, escribiendo o conversando con aquellos y aquellas que en las aceras y de las aceras viven y trabajan. La etnografía de Fernández nos ensena que detrás de los descalificativos: putas, maricones, yonkis, pakis, camellos, hay personas que necesitan su calle para sobrevivir y que cuentan con el apoyo de una red de vecinos y vecinas del barrio, en una lucha constante contra el colonialismo urbano.

En las mismas palabras del autor: “El vigor con que aquella calle se organiza —de manera ciertamente peculiar— resiste, sobrevive y disfruta debería ser un ejemplo para cualquier lucha por el derecho a la ciudad” (p. 328).

 

Referencias bibliográficas

Benjamin, W. (2008) [1959]. Tesis sobre la historia y otros fragmentos. Mexico: UACM.

Harvey, D. (1985). The Urbanization of Capital: Studies in the History and Theory of Capitalist Urbanization. Baltimore: Johns Hopkins University Press.

Levi-Strauss, C. (1997). Mitológicas IV. El hombre desnudo. México: Siglo XXI editores.

López Sánchez, P. (1986). El Centro histórico: un lugar para el conflicto: estrategias del capital para la expulsión del proletario del centro de Barcelona: el caso de Santa Caterina y el Portal Nou. Barcelona: Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona.

Valery, P. (1988) [1932]. La idea fija. Madrid: Antonio Machado Editores.

Žižek, S. (2009). Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona: Paidos Ibérica.

Notas

[1] Se trata de la calle d’En Robador, en el barrio del Raval, Barcelona. En esta calle el autor desarrollo su trabajo de campo entre la primavera del 2010 y el verano del 2012.

[2] Así se titula el párrafo que habla del origen del mito del Barrio Chino y de su estratégica utilización por parte de las elites

[3] Interesantes las palabras que aparecen en la página web del Ayuntamiento de Barcelona: “El Pla Macià donava solucions racionalistes i integrades als problemes del barri. Però van ser les bombes de la Guerra Civil les que van fer els primers sanejaments urbanístics al sud del Raval” (2014).

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Premi Raval d’Investigació Joaquín Jordá

Des d’el dia 13 de gener fins el 30 d’abril del 2015 es poden presentar els trebals pel Premi Raval d’Investigació Joaquín Jordá. Els treballs s’hauran de lliurar al registre dels Serveis Centrals del Consorci de Biblioteques de Barcelona, Rambles 88, 3a planta, de dilluns a divendres de 9 a 13h per correu certificat o personalment.

Més informació:
https://premijoaquinjorda.wordpress.com/
https://premijoaquinjorda.wordpress.com/category/bases/

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El estilete de la cultura contra el Raval. De expiaciones y especulaciones

Por Miquel Fernández (OACU)

Las ciudades que aspiran a ser globales deben, ante todo, distinguirse. Para ello se ha recurrido canónicamente a la cultura. Entendida ésta no en el sentido antropológico, es decir, aquello que hace la gente corriente en un día cualquiera: cómo se organiza el abastecimiento, cómo se enfrenta la contingencia o a qué dioses adoran. La cultura pensada como elemento para la distinción sugiere una conceptualización antagónica: por un lado, cultura para la jerarquía, para la división, para la dominación y por el otro, cultura como expresión colectiva, como manifestación de una comunión, frecuentemente de resistencia frente a procesos de homogeneización y burocratización típicamente modernos. Esta otra dimensión de la cultura se ha manifestado de forma vehemente en el Raval. Aquí se encuentran unas formas propias, y en gran medida autónomas, de procurarse la subsistencia y el goce.

Esta cultura de la distinción sobre el Raval también ha sido ante todo un instrumento para la expiación del territorio y de sus pobladores. Un «barrio reincidente» – como lo llamó el politólogo Joan Subirats en su trabajo «Del Chino al Raval»– presupone que, desde su fundación, el antiguo Barrio Chino es un «nidero de inmoralidad». Descrito por los registradores de la propiedad, poco después de la invasión franquista, como «lugar donde la maldad y la porquería tenían su asiento y en el que la gente del hampa y del mal vivir tenían montado sus garitos, prostíbulos, tascas indecorosas, y en cuyo barrio también se confabulaban lo más pernicioso de la sociedad para arremeter contra el orden, la tranquilidad, la paz y el trabajo de Barcelona».

La historia redentora y especuladora al mismo tiempo comienza con el conocido programa del «Seminari al Liceu» propuesto por Lluís Clotet, Óscar Tusquets y Francesc Bassó, que se concretó en una remodelación del espacio público y rehabilitación de los edificios históricos en el Raval (Casa de la Misericordia, Casa de la Caridad y Convent dels Ángels). La idea de fondo, que llegó hasta nuestros días, era la de crear un «corredor cultural» entre el teatro de la Ópera del Liceu, situado en La Rambla esquina con Sant Pau hasta el Seminari, en la calle Diputació, entre Balmes y Aribau. Este corredor funcionaría prácticamente como «cordón sanitario». El pasillo recibiría una protección especial en todos los aspectos, se higienizaría y establecería como «lugar de excepción», impidiendo que lo que se manifestase a ambos lados del paseo – miseria, prostitución, vida a secas– desentonase y permitiendo así a sus visitantes, una agradable y enriquecedora «procesión cultural». Las intervenciones más recientes insistirán en este «pasillo cultural» y serán rematadas por las obras de remodelación del Museu Marítim que se convertirá en la «gran puerta cultural del Raval».

Pues bien, este «soportal cultural» está formado por los centros culturales: MACBA (Museu d’Art Contemporani de Barcelona), el FAD (Fomento de las Artes Decorativas, que cuenta también con un local en el sur del Raval) y el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona), tanto como por las facultades de la Universidad de Barcelona, la Pompeu Fabra y la Ramon Llull, la librería La Central o el CIDOB (Centre d’Informació i Documentació Internacionals a Barcelona). En las calles centrales del Raval –Carme y Hospital– encontrábamos el Espai Mallorca y La Capella, espacio de exposiciones del ICUB (Institut de Cultura de Barcelona). En el sur, el Palau Güell de Gaudí y en la Rambla de Santa Mònica, el Centre d’Art Santa Mònica.

Da que pensar el hecho de que todos estos centros culturales acabaron ocupando exactamente los mismos lugares e incluso edificios que, desde al menos el siglo xvi, constituyeron la malla de centros religiosos, asistenciales, penitenciarios o de control de la pobreza y la marginación. Alguien se podrá preguntar hasta qué punto las funciones de control simbólico y cultural de la población urbana que, en su momento, tuvieron centros como la Casa de la Misericòrdia o la de Les Penedides, no cumplen hoy una función parecida: redimir el lugar, expulsar a los demonios, someter al mal. Dos años después de la inauguración de la nueva sede de la Filmoteca Nacional, se ha completado esta sustitución simbólica –pero efectiva– situando «la guinda del pastel» cultural de la remodelación urbanística del Raval erigiéndola donde se encarceló, torturó y mató a féminas poco o nada arrepentidas: la Casa Galera o antigua penitenciaría de mujeres.

Los «templos expiatorios» de la cultura nunca han sido pensados para uso de sus vecinos tradicionales; lo más, para su redención. Y los otros templos, los de la carne, también han servido a estos biempensantes visitantes del barrio. Lugar siempre al servicio de otros, siempre desatendido y siempre objeto de infinidad de intervenciones al servicio de la ciudad y contra la mayoría de sus pobladores. Ya lo dijeron dos ilustres vecinos del Raval –Vázquez Montalbán y Benet i Jornet–, que criticaron este menosprecio ingenuo cuando no ignorante. Arremeterán contra la expulsión de moradores y de sus prácticas culturales antagonistas a una impuesta Barcelona impostada, inmaculada y dispuesta a la explotación salvaje por parte detouroperators y grandes especuladores internacionales.

A principios de siglo xxi, el plan de control de la calle y la promoción del lugar para atraer a las llamadas clases creativas prosiguió con el manifiesto plan municipal, el Raval Cultural. Éste pretendía «proyectar una nueva mirada sobre el Raval» para «poner en valor las iniciativas que ha convertido el Raval en el barrio cultural por excelencia». Se olvidaba la preocupante afirmación del responsable de empresa mixta público privada que «remodeló» el Raval, Martí Abella. Poco antes de la demolición de la llamada Illa Sant Ramon, éste lamentó: «allí vivía mucha gente muy normal». Qué obvia y sencilla verdad se tuvo que aplastar para llevar a cabo tales expiaciones y especulaciones contra uno de los barrios más densos y vitales de Europa. Allí habrá siempre cultura. Una cultura entendida como celebración pero también como respuesta a todo tipo de maltratos y agravios, a la expulsión, encarcelamiento o persecución de sus gentes –como ocurre diariamente desde tiempos inmemoriales y hasta nuestros días, por ejemplo contra los llamados «inmigrantes irregulares» o las trabajadoras del sexo.

Pero la vida se escapa por todas partes en el ingobernable Raval. Las muestras de desacato se expresan por doquier denunciando el menosprecio y reclamando, a grito pelado, que allí la cultura de las gentes corrientes, de nosotras, de todos se expresa en el amor a la libertad, la solidaridad y la resistencia a cualquier tipo de autoridad inepta e indecente.

Publicado originalmente en masala.cat

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No te calles. Habla, difunde y denuncia aunque creas que estás ahí solo para etnografiar

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Cacerolada en la calle d’en Robador | Fuente: http://prostitutasindignadas.wordpress.com/

por Livia Motterle (OACU, LIRACGS)

Fragmento de diario de campo:

Lunes, 8 de julio del 2013. 19.30 horas. Cruzo la Rambla del Raval, desemboco en la calle Sant Rafael para terminar ahí, en la calle d’En Robador, que antes de su mutilación llamaban la “calle sin sol”, porqué era tan estrecha que nunca había un rayo de sol. Hay muy poca gente por las aceras en esa tarde de verano. El Robador 23 está cerrado. El King Rooster de la esquina también. Y el bar cerca de la mezquita también. Advierto un clima tenso y no me siento para nada cómoda. Me fijo en los abanicos de las chicas: el movimiento continuo e hipnótico con que se mueven entre sus manos parece una forma para descargar la tensión que ellas mismas advierten. Como suelo hacer, me acerco a las que más conozco, entreteniéndome un rato en conversar. Hablo sobre todo con Lucía, punto de referencia en el campo y, en cierta forma, mi amiga. Le doy un regalo. Me agradece y se dispone a abrirlo cuando de repente aparecen ellos. Son cincos. Uno se acerca a nosotras y nos pide la documentación.

Lucía le dice que yo no soy una prostituta, que soy su amiga. El guardia urbano mira mi carnet y me dice que puedo irme. Lucía me hace con la cabeza un gesto para que me vaya, tranquilizándome y diciéndome que solo se trataba de un control de papeles. Me voy pensando que no pasaría nada teniendo ella la documentación en regla. Regresé después de unas horas esperando encontrarla y queriendo asegurarme que todo hubiera ido bien. Pero no la veo, así como no veo a ninguna chica más. La llamo al teléfono y no contesta. Dejo pasar dos días y voy a la cacerolada que las Prostitutas Indignadas solían organizar cada miércoles. Una chica que trabaja en una asociación en defensa de los derechos de las trabajadoras sexuales me pregunta si puedo hacer de testigo de Lucía. “¿Qué pasa?”, pienso en mi cabeza. Se acerca Lucía y me cuenta que después que yo me fuera, aquel lunes, la guardia urbana le había metido una multa de 3000 euros por ofrecer servicios sexuales en la calle…

Desde luego no tardamos en presentar una serie de alegaciones:

“Que la denuncia hace referencia a la supuesta infracción del artículo 40.1 de la ordenanza para fomentar o garantizar la convivencia siendo el hecho denunciado “oferiment de serveis sexuals retribuits a la vía pública”. La supuesta infracción se realiza el día 8 de julio de 2013 a las 19:58h en la calle Robador, 25, es deci,r a pocos metros de la dirección que se indica en la denuncia como mi domicilio. Soy por tanto vecina del barrio, vivo a escasos metros de donde me denunciaron. Como es evidente, al ser vecina del barrio, desarrollo mi vida cotidiana en este barrio. En la fecha y lugar mencionado yo no me encontraba ofreciendo servicios sexuales y desconozco los motivos que han podido llevar al agente denunciante a denunciarme por ello ya que no existe conducta que pueda justificar la sanción”.

“Los hechos acaecidos el 8 de julio de 2013 son los siguientes. Me encontraba en el portal de mi casa, a un metro escaso, conversando con una estudiante de antropología de la Universidad de Barcelona que está realizando una investigación académica sobre el barrio del Raval. Esta persona, a partir de su interés por el trabajo antropológico que desarrolla  sobre el barrio, me ha contactado diversas ocasiones, como vecina, entablando una cierta amistad. Nos encontrábamos conversando de forma tranquila cuando un agente de la Guardia Urbana se acercó a nosotras, solicitando a ella que se apartara y a mí mi documentación. Cuál fue la sorpresa de ambas al descubrir que sin motivo, ni conducta que supusiese ninguna infracción a ninguna normativa, me entregase la denuncia por la que formulo estas alegaciones”.

“Estos hechos y esta forma de actuar prueban lo dicho anteriormente ya que simplemente por verme se detuvieron para denunciarme, sin haber motivo alguno, ni conducta ni indicio de la misma, para determinar que existiese una infracción a alguna normativa municipal. Este procedimiento sancionador en mi contra constituye una acción discriminatoria y sin fundamentos jurídicos que pretende excluir mi libertad a circular por los espacios públicos. Mi sola presencia no puede en ningún caso ser motivo para interponerme una denuncia ya que esto supone una grave vulneración a mis derechos fundamentales, tales como mi derecho a la libertad de circulación y a la no discriminación por razones de sexo, género, orientación sexual o profesión. Sobre todo siento vulnerado mi derecho a no ser discriminada como persona transexual ya que presupongo que dicha denuncia se formuló en base a suposiciones debido a mi condición de persona transexual dando por hecho conductas de las que no existían indicios puesto que estaba conversando con una amiga” [sigue].

El 3 de noviembre recibo un mail por parte de la asociación que envió las alegaciones: “Hola Livia, ¿qué tal? sólo comentarte que de momento han desestimado la alegación, seguiremos con Recurso de Alzada, te comunicaremos qué nos dicen”. Al día de hoy, después de seis meses, Lucía todavía convive con la preocupación de esta multa, y con ella, muchas mujeres más. Lo ocurrido aquel 8 de julio marcó el fin de mi observación participante en calle d’En Robador. Confundida con una prostituta por unos clientes o por la guardia urbana, confundida con guardia urbana por unas prostitutas, utilizada para multar una prostituta atribuyéndome el papel de cliente: la calle d’En Robador se transformó en teatro de cambio continuo de disfraces.

Interaccionar entre estas significaciones simbólicas me hizo reflexionar sobre la perversión de los dispositivos institucionales y también sobre los riesgos del trabajo etnográfico. Nunca he querido reducir personas a teorías, plastificar historias en pegatinas, comprimir dolor ajeno en metáforas bonitas. Y ahora, en fin, descubro que mi presencia en el campo (o, el saludo a una amiga, como se prefiera definir la belleza de un encuentro), había dañado a una persona. Desde entonces dejé de ir con tanta frecuencia por aquella calle, campo de dispositivos panópticos construidos para generar desigualdades y catalizar formas de desorden consentidas y estratégicamente funcionales. De esta forma, mis encuentros con Lucía se limitaron dentro de las paredes domésticas, en casa (mía o suya), en el lugar donde no juega el azar, donde no hay miradas ajenas y metros de acera para recorrer y donde casi nada resulta prohibido, tampoco la prostitución.

Quieren convertir la calle en el espacio de la invisibilidad. Puede transitar tranquilo lo que más quieto se hace: lo que menos habla, lo que menos mira, lo que menos escucha, lo que menos toca, lo que menos come, lo que menos juega, lo que menos baila, lo que menos vende, lo que menos toma, lo que menos besa, lo que menos ama. Es ahí, en la calle, que tiene que explotar la revolución de los cuerpos, desde los cuerpos, para los cuerpos, en los cuerpos, gracias a los cuerpos. Es en la calle que tienen que vibrar nuestros cuerpos resistentes, rebeldes, transformantes y transformables. Reivindicar los derechos de los cuerpos de las trabajadoras sexuales de la calle es reivindicar los derechos de los cuerpos de todos y todas. Nuestros cuerpos tienen que tener la liberad de transitar, vivir y habitar lo público, conquistando sus espacios como les den la gana. Porqué somos relaciones, somos intersecciones, somos infracciones. Incorporar esta lucha es un acto colectivo y necesario de desobediencia. Las calles necesitan nuestros cuerpos y nuestros cuerpos necesitan las calles. Al conflicto, nuestros cuerpos contestaran con otro conflicto. A las arquitecturas del miedo y del control, nuestros cuerpos vibrantes contestaran construyendo cartografías de prácticas visibles, rumorosas e interactivas.

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