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El nuevo milagro de Christo: la turistificación del Lago de Iseo y la multiplicación de las ganancias.

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Proyecto de The Floating Piers, conocida como “La pasarela de Christo” |Foto: André Grossmann

Entrada disponible también en italiano

Giuseppe Aricó (OACU) y Rocco Monella (Investigador independiente)

Desde hace algunas semanas, el Lago de Iseo, en Lombardía (Italia), ha pasado de una notoriedad limitada a los entornos de las provincias prealpinas, a ser una localidad bajo los reflectores de los grandes medias internacionales. Todo ello ha sido posible gracias al mega-proyecto The Floating Piers (en castellano, “los muelles flotantes”), obra del artista estadounidense de origen búlgaro Christo Vladimirov Javacheff, en arte Christo. Ésta consiste en la instalación de una pasarela peatonal que se extiende sobre el agua unos 4 kilómetros y que permite al visitante andar –literalmente- por encima del lago.

La pasarela, que ve desfilar a centenares de miles de personas desafiando el bochorno veraniego, atraviesa el lago por el trecho más corto: el que desde la localidad Sulzano llega al municipio de Monte Isola y, desde ahí, se prolonga hasta el islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta, una de las principales productoras de armas a nivel mundial. Pese a las largas y extenuantes colas, numerosos visitantes han continuado acercándose a esta región lacustre, ubicada entre las provincias de Bergamo y Brescia, la cual ha quedado prácticamente blindada e inaccesible para los vehículos de los no residentes en la zona. Sólo autobuses, lanzaderas o trenes organizados permiten acceder a las localidades costeras desde las cuales salir para alcanzar, de diferentes maneras, la pasarela.

Ahora bien, no nos detendremos aquí a calificar el valor artístico de la obra: cada cual tiene su gusto y sentido del arte. Creemos que puede ser más útil, en cambio, realizar una reflexión sobre su significado económico, y por lo tanto político, sobre todo a raíz de las consideraciones surgidas, desde diferentes partes y con más o menos espíritu crítico, durante estos últimos días. Si bien el mismo Christo se ha mostrado preocupado, en varias ocasiones, por aclarar que todos los componentes de la pasarela respetan el impacto medioambiental, la petulancia y la ambición con la cual el artista prometió mesiánicamente hacernos “caminar sobre el agua” hacían prever que, consideradas la extensión y las infraestructuras de la región, el flujo de personas no sería sostenible a nivel no sólo ambiental, sino sobre todo humano.

Es así que, mientras hacen cola bajo el sol, muchas personas comienzan a sentirse mal y, a menudo, el cansancio y el estrés acumulado llegan a producir brotes de mal humor y falta de lucidez entre los impacientes visitadores. Hace apenas unos días, en el principal y filoclerical periódico bergamasco, L’Eco di Bergamo, un voluntario de la Cruz Roja criticaba tajantemente la falta de “sentido común” que, a su parecer, caracterizaba a muchísimas personas que visitaban la obra, hacia la cual –a pesar de todo- no se mostraba ideológicamente contrario:

“[..] he llegado aquí, como muchos otros colegas enviados desde media Lombardía, para echar una mano y apretar muchas. Ya no recuerdo cuanta gente he socorrido, cuantas pasiones he vivido, cuantas informaciones hemos dado: lo más divertido ha sido cuando nos preguntaron si desde Monte Isola era posible ir en bus a Iseo. No, señor con panamá de faja azul, lo siento: ¡puede preguntar a cualquiera, pero puedo asegurarle que realmente no es posible! […] Muchísimas personas se sienten mal y todas están rigurosamente sin sombrero; bebés en brazos de desgraciados papás bajo el sol y mamás ausentes, más atentas a buscar la mejor pose para ‘postear’; abuelas a punto de entrar en el geriátrico que se desmayan tras pocos centenares de metros; hombres y mujeres recientemente operados del corazón, con marcapasos cardiacos a la vista; algunos que acaban de sufrir un ictus, otros con prótesis de piernas o traumas varios”.

Gran afluencia de visitantes en la “Pasarela de Christo” | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Gran afluencia de visitantes en la pasarela | Foto: http://www.ecodibergamo.it/

Y es así que, desgraciadamente, el pasado sábado 25 de junio, ocurrió una tragedia: debido a un malestar imprevisto, una chica de 27 años cayó al agua y murió, a pesar de que, en una situación tan delirante como ésta, los primeros auxilios intervinieron rápidamente. Decenas de personas se desmayan cada día, decenas las que necesitan asistencia médica, así como decenas y decenas son las discusiones entre las personas que esperan en la cola su turno para acceder a la pasarela o para subirse a una lanzadera que les permita salir de la zona roja. Decenas son, por lo tanto, también las Fuerzas del Orden, llegadas desde numerosas localidades lombardas, ya que pequeños núcleos como Monte Isola, Iseo e Sulzano –que juntos suman menos de 14.000 habitantes- no disponen del personal necesario para gestionar el vaivén cotidiano de tantas miles de personas.

Por otro lado, tal y como declaraba el mismo voluntario de la Cruz Roja, las personas de paso comen, beben, producen basura, necesitan servicios higiénicos y papeleras: los primeros impracticables y las segundas prácticamente inexistentes. Con respecto a las primeras dos funciones, las que garantizan fáciles ganancias, resultarían profundamente significativas las observaciones de un voluntario, según el cual, muchos comerciantes habrían hecho su agosto gracias a este imprevisto y desproporcionado proceso de turistificación del lago.

Sin embargo, el impacto del mismo habría favorecido, directa o indirectamente, también a aquellos pequeños y grandes comerciantes que han aprovechado la ocasión para especular de forma claramente fraudulenta: “[…] vender una botella pequeña de agua a 2 euros, o incluso a 2,50 euros, es vergonzoso y sin un mínimo de ética comercial. Me he informado yo mismo: el coste para el comerciante es de unos 10-12 centavos por botella, dependiendo del número de piezas, o incluso menos. […] Y también bocadillos con una penosa porción de salchicha por 4 euros cada uno… Todo ello no deja recuerdos positivos”.

En cambio, respecto a las otras dos funciones, esto es, la eliminación de residuos o la provisión de servicios higiénicos, los gastos están a cargo del erario público, así como lo están los gatos de logística, de gran parte del personal de vigilancia, de las fuerzas del orden, de los transportes, etc. Un inciso: los costes necesarios para el diseño, la elaboración e instalación del mega-proyecto, que juntos suman un total de 15 millones de euros, habrían sido integralmente financiados por el mismo Christo, es decir, estos elementos no habrían implicado ningún coste a las administraciones locales.

En otras palabras, el evento sería un inmejorable ejemplo de aquella antigua, pero aún muy en boga, práctica que exige privatizar las ganancias y socializar las perdidas. En principio este aspecto no representaría ninguna novedad –diríamos-, pero sorprende que centenares de miles de personas parecen no mostrarse mínimamente preocupadas por este tipo de cuestiones, así como asombra el hecho de que casi nadie haya levantado la voz para criticar una serie de fenómenos aún más graves. Quizás podríamos reconsiderar la verdadera finalidad de esta gran instalación haciendo hincapié en las reflexiones avanzadas por el economista José Manuel Naredo sobre la “naturaleza perversa y meramente extractiva de los mega-proyectos”:

“La creencia de que la actividad económica está regida por la producción y el mercado induce a presuponer, de entrada, que apunta a fines utilitarios buenos de por sí y a cubrir demandas insatisfechas. Presupone también que las empresas trabajan para fabricar y vender bienes y servicios socialmente útiles. La gente no llega a entender que es justo esa la ideología económica dominante de la producción y del mercado la que encubre la naturaleza meramente extractiva de los megaproyectos y el manejo meramente instrumental de las empresas que colaboran en el empeño. Pues el objetivo de producir bienes y servicios o de cubrir demandas insatisfechas, deja de ser la finalidad del megaproyecto, para convertirse en mero pretexto justificador del mismo que oculta su verdadera finalidad, a saber: el latrocinio extractivo directo, en alguna de sus fases de desarrollo, asociado a la obtención de concesiones, de reclasificaciones de terrenos y/o al manejo de abultados presupuestos aportados o avalados por el Estado o sufragados por amplios colectivos de accionistas, usuarios o contribuyentes. Pues bajo el paraguas ideológico de la producción, se oculta un juego de suma cero, en el que el lucro y las plusvalías obtenidos por algunos, han de acabarlos pagando otros”.

Desde esta óptica, la mera presencia de una obra de arte –es decir, algo que nadie se atrevería a cuestionar puesto que cualquier expresión de rechazo implicaría automáticamente ponerse en contra de lo que la sociedad fetichiza como “Arte” o “Cultura”, en mayúsculas- es exactamente el pretexto que justifica y permite, en tiempos más o menos breves, la potencial revalorización del territorio en pos de los intereses privados del Capital inmobiliario, turístico, hotelero, etc.

En el caso específico de la pasarela di Christo, el método extractivo, considerado aparentemente exento de riesgos sobre todo por parte de las administraciones locales, funcionaría de manera mucho más simple de lo que pueda parecer. Éste consistiría en la atracción de ingentes porciones de visitantes para convertirlos, literalmente, en consumidores o clientes –que no en usuarios– de un “espacio público” que, debido precisamente a la presencia del Arte, se presume dotado de una mayor calidad y exclusividad. Un espacio público consustancialmente etéreo y armónico, por el cual los visitantes deambularían serenos en pos de una fantasmagórica igualdad de clase y, sobre todo, al amparo de la misma libertad que define las actuales leyes de mercado.

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

El islote de San Paolo, propiedad de la familia Beretta | Foto: Marcello Bertorello

Tal y como declarara el mismo Christo durante la presentación del mega-proyecto, celebrada en Roma el pasado abril en el marco del Maxxi, los visitantes podrían “recorrer el muelle en total libertad, a lo largo y ancho de su extensión total, sin límites, porque no habrá un solo acceso vinculado con una dirección a seguir”. Es suficiente pensar que, a pesar de los difíciles trámites burocráticos y los innumerables permisos solicitados, el islote del fabricante de armas Beretta –espacio inalcanzable por los comunes mortales- ha sido finalmente incluido como parte integrante de la instalación y convertido, estratégicamente, en el principal punto de atracción de la obra. Un detalle que merece ser tomado especialmente en cuenta si consideramos la publicidad indirecta que la instalación artística ha ofrecido a la gran compañía de armas.

No es casual, además, que no sólo muchos comerciantes, sino también numerosos constructores de la zona –más o menos responsables de cierta especulación inmobiliaria- auspicien que la experiencia se traduzca en grandes negocios, apostando por un incremento sustancial del “turismo de calidad” catapultado directamente desde otras ciudades ya ampliamente turistificadas, como las cercanas Milán y, en particular, Venecia. En efecto, la reciente y masiva llegada de un número incontrolable de turistas, de famosos y/o millonarios internacionales deseosos para comprar o construir sus mansiones en las colinas que se levantan alrededor del lago, así como la rápida proyección a escala global de la pasarela, serian sólo algunos de los síntomas inequivocables de un demencial y, a la vez, imparable proceso de mutación socio-espacial del territorio lacustre.

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

El actor estadunidense Willem Dafoe con su lancha rápida por el Lago de Iseo | Foto: San Marco

Se trata, con toda probabilidad, de un proceso momentáneamente silencioso que se impone sobre el espacio físico y social de forma casi homeopática, pero que, al mismo tiempo, es profundamente violento. Un proceso intrínsecamente determinado por una larga serie de dinámicas socio-económicas de carácter global y que, sin embargo, se reproducen localmente con el riesgo de barrer del territorio lacustre todo lo que en él se encuentra actualmente: las áreas forestales, las tabernas de pescadores, los círculos asociativos locales y, mucho más temprano de lo que se pueda imaginar, los habitantes “de toda la vida” de Sulzano, Iseo y Monte Isola.

Conste que no hay nostalgia en estos párrafos: sencillamente, a la luz de los tiempos que vivimos y a partir de los supuestos que se acaban de analizar –los cuales se ven respaldados por la mala gestión de la pasarela-, parece improbable que ese mega-proyecto haya sido gestionado en orden a generar un actividad económica realmente relevante para las comunidades locales, además de ser capaz de devolver al público lo que el público pierde a causa de las infraestructuras y el soporte económico y humano que debe proporcionar. Sin embargo, será sólo a partir de la próxima semana, es decir, una vez desmantelada la instalación, que podremos realmente empezar a comprender cuántos y cuáles han sido y serán los beneficiarios de este nuevo gran “milagro” de Christo. Un milagro que, al fin y al cabo, turistificando el entorno y multiplicando las ganancias, pretende únicamente convertir un territorio ya de por si exclusivo –y por lo tanto excluyente- en un nuevo “espacio público de calidad”, esto es, devotamente consagrado al turismo de masa, al ocio y al consumo visual.

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (y 2)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la segunda de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. Para ver la primera, pinchar aquí.

Estorbos.

El grado de desproporción entre residencia y tránsito que caracteriza la vida de este territorio se ha convertido en un desequilibrio estructural. Venecia ha perdido casi completamente su función urbana. Tanto es así que desde varios lugares se vaticina que, si las tendencias demográficas se mantienen (no se ven razones por las que deberían no hacerlo), en 2030 el proceso estará concluido y ya no quedarán habitantes. Venecia como ciudad habrá muerto oficialmente: quedará sólo su esqueleto decadente para exclusivo uso y deleite del visitante pasajero. Tal vez esta previsión sea exageradamente pesimista y, sin embargo, el riesgo no deja de ser real e inminente. Lo que llama la atención es que, entre la población local, la alarma se haya disparado sólo en tiempos muy recientes, cuando el profundo impacto de los flujos turísticos no controlados en un tejido urbano y social extremadamente frágil, así como su insostenibilidad, son tan evidentes que ya nadie puede negarlos. Si aquel conjunto de características que ofrece un lugar, y que se suele llamar “calidad de vida”, hace ya mucho tiempo que es percebido a la baja, hasta ahora nada había logrado aglutinar alrededor de una causa común una sociedad civil altamente fragmentada por intereses de categoría y diferencias de clase. El descontento popular ha ido aumentando en los años hasta llegar a la aparente paradoja de que los turistas siguen siendo necesarios pero ya no son bienvenidos; sin embargo, se ha tratado siempre más de una disconformidad latente que, en lugar de expresarse colectivamente de manera organizada, se solía reducir a pequeños actos cotidianos, difusos pero aislados, de descortesía e impaciencia hacia el turista.

Algo que nos sugiere que se ha alcanzando el punto de ruptura es que, por primera vez, asistimos a la aparición de una verdadera masa crítica, por muy exigua que sea en términos numéricos, que contesta el modelo económico vigente, la gestión negligente (o su falta absoluta) de los flujos y la poca clarividencia de una administración local que lo único que ha sabido hacer es vender la ciudad al mejor postor, reclamando la salvaguardia de un ecosistema urbano y natural y un estilo de vida únicos. El primer movimiento de protesta en quebrantar la lánguida pasividad de los venecianos, y en conseguir el apoyo de amplios sectores de la ciudadanía, es el que ha centrado su atención en el tránsito de los grandes cruceros en la laguna. El Comité No Grandes Naves – Laguna Bien Común (#NoGrandiNavi) ha promovido una serie de iniciativas y manifestaciones en los últimos dos años, que no sólo han recibido el apoyo y la implicación directa de capas de población mucho más amplias y más diversas en términos de extracción social y afiliación política, sino que además han logrado una resonancia en los medios, incluso internacionales, sin antecedentes en la ciudad. Se trata además de un movimiento en continua evolución, que crece y se ramifica a medida que se modifica el contexto en que su protesta se inscribe. Uno de sus logros ha sido abrir un debate político a nivel nacional acerca de la cuestión del impacto de las grandes naves sobre el ecosistema lagunar, empujado también por el revuelo causado por el naufragio del Costa Concordia delante de la isla del Giglio en 2013. De las diferentes alternativas propuestas, una en particular, la que ha avanzado la Autoridad Portuaria veneciana y que prevé la ampliación del Canal Contorta en la Laguna Sur para permitir la entrada de los cruceros en el puerto de Venecia, es la que está despertando las mayores polémicas, insuflando nuevo vigor a las protestas.

El movimiento en contra de los cruceros, primera respuesta radical a la insostenibilidad del actual modelo turístico, ha inaugurado una nueva temporada de participación crítica ciudadana. Desde entonces diferentes iniciativas populares han ido sacudiendo la amodorrada geografía lagunar. Grupos más o menos numerosos, y más o menos heterogéneos, de ciudadanos se han activado para contrarrestar el avance del monocultivo turístico.

Desde iniciativas de gestión cultural participativa y talleres de ciudadanía en espacios liberados (el renacido Laboratorio Occupato MorionSale Docks y sobre todo el Teatro Marinoni, un antiguo teatro dentro de un hospital en desuso, centro de una gran operación especulativa y sobre cuyos terrenos se prevé la construcción de un conjunto hotelero y una marina de lujo) hasta la tan sonada campaña de compra colectiva de la isla de Poveglia para evitar que una multinacional hotelera se apodere de este trozo de laguna sacado a subasta por el Estado italiano. Todos ellos, incluido obviamente el movimiento No Grandes Naves y ahora la movilización para salvar Villa Heriot, suponen acciones surgidas alrededor de espacios contestados, comparten una concepción de la ciudad como inseparable del frágil microcosmos lagunar que la contiene y la protege, apelan a la sostenibilidad ambiental contra la sobre-explotación del territorio, reivindican políticas basadas en la comunidad y ponen en el centro de sus discursos y reclamaciones el concepto de “bien común”.

A todo esto, ¿dónde están los antropólogos?

Lo que no se explica es que Venecia, que se presenta como el caso más potente de espacio urbano turistificado, haya recibido hasta ahora tan poca atención por parte de las ciencias sociales. Con la excepción de Venice, the tourist maze. A cultural critique of the world’s most touristed city  de R. C. Davis y G. R. Marvin, no encontramos bibliografía actual sobre la ciudad lagunar. Desde el mundo académico, la mirada que recibe es casi siempre histórica, mientras que su presente parece carecer de interés. Avanzo dos hipótesis al respecto: o las ciencias sociales la consideran implícitamente una civilización del pasado, material para la arqueología y la historiografía, o bien se les presenta como un escenario excesivamente complejo. En ambos casos el desafío es importante y urgente: demostrar, en primer lugar, que Venecia puede estar agonizando pero aún no está muerta y, en segundo lugar, penetrar su maraña y poner luz sobre los procesos sociales en curso, en este caso los referentes a la producción del espacio en el sentido lefebvriano del término. Porque incluso su forma exterior, su estructura física – a la que a menudo se considera como mera escenografía, entidad fija e inmutable si no fuera por la acción corrosiva del tiempo – sigue evolucionando. Por lo menos una línea de investigación se abre a una mirada antropológica que quiera dar cuenta de la perspectiva habitante: El análisis de los confictos urbanos en curso, que sin embargo no dejan de ser sólo una parte, la más evidente quizás, de un fenómeno mucho más articulado. Se hace necesario, por lo tanto, extender el análisis a muchas otras prácticas de resistencia que se despliegan a diario en la ciudad de Venecia, y que han recibido hasta la fecha poca o nula consideración debido a su escasa visibilidad. Por un lado, la búsqueda voluntaria de marginalidad espacial: las estrategias específicas de ubicación dentro del perímetro del centro histórico, puestas de manifiesto por los habitantes que, huyendo de las áreas centrales invadidas por los turistas y económicamente plasmadas por los valores de ese particular mercado, buscan refugio  en zonas más periféricas consideradas la “Venecia verdadera” donde practicar sus “rituales ocultos” (Boissevain, 2005) de sociabilidad. Por otro, el concepto mismo de residencia como acto de resistencia silenciosa: la elección consciente, y con frecuencia problemática, de enfrentarse a una serie de dificultades prácticas (logísticas, pero sobre todo económicas, empezando por la dramática cuestión de la vivienda), antes que mudarse a la parte continental, contribuyendo a engordar así las filas del éxodo.

La relevancia del caso veneciano como objeto de estudio para las ciencias sociales, en particular la antropología urbana, trasciende sus límites físicos y se abre naturalmente a la comparación con otras realidades altamente turistizadas, la primera de todas, Barcelona. Sobre las protestas contra el modelo turístico que tuvieron lugar este verano en el barrio de la Barceloneta, y el debate que les siguió, flotaba irremediablemente el espectro de Venecia; pero la Venecia invocada ya no era una ciudad, sino un paradigma, un memento mori. Venecia como síndrome, enfermedad terminal caracterizada por el colapso de la vida urbana. Venecia elevada a teorema que ya no necesita de demostración empírica para sustentarse[1]. Esta imagen de la ciudad muerta se nos antoja, no solamente igual de estéril que la postal romántica vendida por las agencias de viaje de todo el mundo, sino además peligrosa, ya que lleva, implícitamente, a pasar por alto, y por lo tanto a desactivar, las voces críticas, las reclamaciones ciudadanas. Los muertos no se quejan, no estorban; los vivos sí. “¡Malditos venecianos! ¿Cuándo se decidirán a marcharse todos, o a morirse ya de una vez, así dejan de romper las pelotas?”. Juro que escuché estas mismas palabras, un día por la calle. Me dejaron tan atónita que no pude reaccionar a tiempo. Pero más allá de la consternación, del momentáneo golpe emotivo, su dureza despiadada nos demuestra mejor que cualquier ensayo o panfleto la necesidad, la urgencia de mostrar Venecia como un espacio urbano contestado y, por lo tanto, vivo bajo la influencia de relaciones de poder asimétricas.

[1]              A finales de 2012 se presentó el documental que el periodista sudtirolés Andreas Pickler rodó en Venecia. Su título original es Das Venedig Prinzip, traducido al inglés como The Venice Syndrome y al italiano como Teorema Venezia.

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¿Venecia muerta? Un llamado para una investigación urgente desde las ciencias sociales (1)

Por Caterina Borelli (OACU)

El presente texto es la primera de las dos partes que conforman la totalidad del artículo. La siguiente será publicada la semana próxima.

La espada de Damocles.

La sala de plenos del Ayuntamiento de Venecia estaba insólitamente atestada de gente, el pasado 28 de noviembre. Más de doscientas personas, apretadas en el limitado espacio destinado al público, habían acudido allí para asistir a la sesión de aprobación de los presupuestos municipales para 2015. La primera curiosidad: la cantidad de niños que había ese día, todos en edad preescolar, algunos de los cuales llevaban colgando de la espalda pancartas que ponían “El Ayuntamiento roba a los niños”. ¿Qué hacían allí? Lo segundo curioso, para quien no esté familiarizado con las recientes vicisitudes políticas de la ciudad lagunar: las dos alas de escaños de pesada madera que corren a lo largo de la enorme sala decorada con frescos, donde suelen sentarse los consejales, estaban desiertas. De las fotos aparecidas en los periódicos se hubiera dicho que no había nadie del otro lado del cordón de policías que contenía al público. Y sin embargo, aguzando la vista, en el fondo se podía vislumbrar a una pequeña figura solitaria, encorvada sobre una gran mesa de escritorio. Era el comisario ad interim Zappalorto, enviado por Roma para gestionar la ciudad desde que la Junta comunal ha sido disuelta y el ex alcalde Orsoni está siendo investigado en el marco del escándalo de corrupción del Mose.

Las funciones del comisario extraordinario, cuya misión es conducir la ciudad hasta las nuevas elecciones, se tendrían que limitar a ordinaria la administración. Esto si no fuera porque hay que hacer cuadrar las cuentas de un ayuntamiento siempre al borde de la bancarrota, lo cual le obliga evidentemente a tomar medidas que no le corresponden. Como, por ejemplo, convertir de un plumazo bienes comunales inalienables en estructuras a carácter receptivo y ponerlas a la venta. Ese día precisamente se discutía – mejor dicho, se decidía, porque ya no hay debate si no quedan regidores ni consejales – la modificación de destino y uso de parte del complejo de las Villas Heriot en la isla de la Giudecca, dos palacios neobizantinos de comienzos del siglo XX rodeados por un hermoso jardín que se asoma a la Laguna Sur. La familia Heriot había donado la propiedad al Ayuntamiento en 1947 a condición de que se destinara a albergar una escuela. Efectivamente, ahí se instaló la escuela Carlo Goldoni; cuando ésta fue cerrada, pasaron a ocupar el primer edificio la Università Internazionale dell’Arte, donde se imparten cursos de restauración, y el segundo la Casa della Memoria del Novecento Veneziano, el Istituto Veneziano per la Storia della Resistenza e l’Età Contemporanea y una biblioteca. Parte del parque es usado como patio por los niños de la vecina guardería. De ahí las pancartas que algunos de ellos llevaban en la sala de juntas, ya que lo que se pone a la venta es el primer edificio y la parcela de jardín donde ellos juegan todos los días.

Tras haber escuchado pacientemente las intervenciones del público que invocaba la tutela del enésimo pedazo de patrimonio ciudadano destinado a convertirse en un hotel, el comisario extraordinario tomó la palabra. “Si yo pudiera, estaría ahí protestando con todos vosotros” empezó, “pero mi prioridad es que salgan las cuentas. El presupuesto es como una pistola apuntando a mi cabeza”. Tras tan elocuente imagen, añadió: “Además, ya hay compradores potenciales”. Nada que hacer, todos a casa. El Ejército de los Compradores Potenciales parece ganar siempre.

El Pastel.

El caso Villa Heriot, que está levantando ásperas polémicas tras la “traición” del comisario Zappalorto, es sólo la última de las muchas guindas que adornan el enorme y apetitoso pastel que es Venecia, donde la venta de bienes públicos a agentes privados se ha convertido en una práctica común. No se puede apreciar del todo el significado que reviste este caso si se desconoce la complejidad del contexto veneciano. Voy a intentar ahora esbozarlo en la manera más sintética de la que soy capaz.

Partamos de una simple, pero fundamental constatación: Venecia es la ciudad más turistificada del mundo. Al día de hoy, 20 millones de turistas la visitan cada año, aunque algunas estimaciones apuntan a que su número podría llegar incluso a los 30 millones si se lograra contabilizar la creciente tasa de excursionistas que no pernoctan en la ciudad[1]. El aumento exponencial de los tránsitos por tierra y mar de los últimos sesenta años (530%, multipicándose por tres en tan sólo una década) ha ido de la mano de una contracción drástica de la población residente, la cual se ha reducido en un 66%. El promedio diario actual es de (al menos) 55.000 visitantes, número que se duplica en fechas pico como el Carnaval, mientras que apenas quedan 58.000 habitantes en la ciudad.

Constatar que la ciudad se ha vuelto invivible a causa del impacto del turismo de masas sobre sus funciones urbanas, lo cual accelera la marcha de los venecianos hacia los barrios del extrarradio continental, es inevitable. Sin embargo, los datos demográficos muestran que el comienzo del éxodo es anterior al actual boom turístico. Venecia registró un pico de población en los años ’50 con 125.000 habitantes; a partir de ese momento conoció un rápido descenso, impulsado, por un lado, por eventos naturales adversos (como la inundación de 1966) y, por el otro, por la pérdida de funciones productivas del centro histórico insular. La sangría irrefrenable de habitantes (1.000 al año) trae aparejadas otras consecuencias directas: el envejecimiento de la población (un tercio de los venecianos tiene más de 65 años, contra un quinto en terraferma); el estado de extremo deterioro de las islas menores del archipiélago lagunar (dos tercios de las cuales están totalmente abandonadas); la escasez de servicios básicos (un ejemplo entre tantos, es el desmantelamiento del sistema sanitario veneciano en favor de nuevos centros en el extrarradio); las innumerables viviendas vacías, cuya abundancia, sin embargo, debido a las peculiaridades del mercado inmobiliario local (dominado por la demanda externa), no logra paliar la crónica emergencia habitacional.

El contexto que se acaba de esbozar ofrece unas condiciones inmejorables para la proliferación del monocultivo turístico, que da de comer, directa o indirectamente, a dos tercios de los habitantes de Venecia. Hoteles, restaurantes, bares, boutiques de lujo, tiendas de souvenirs y artesanía falsamente local, transportes de mercaderías, taxis, gondolas, fletes, empresas de limpieza, agencias de viajes con su plétora de guías, acompañantes, azafatas, “transferistas” y demás subcategorías; a lo que tenemos que agregar el circuito de los “grandes eventos”, públicos y privados, y las industrias culturales, sobredimensionadas en una ciudad tan pequeña pero con una oferta cultural de capital europea. Casi todo lo que mueve dinero en Venecia está abocado al consumidor temporal más que al residente, que en cambio ve los servicios básicos, incluidos los comercios de proximidad, reducidos a los mínimos términos. El volumen de entradas que genera el turismo es motivo de gran debate en la actualidad, ya que el aumento de los visitantes no está generando un paralelo aumento de su gasto, sino todo lo contrario: cada vez es un turismo más barato y que pasa menos tiempo en la ciudad. Tomando por buena la cifra oficial de 20 millones de presencias por año, sólo 8 pasan por lo menos una noche en la ciudad, los restantes 12 la visitan en un día[2].

Continuará…

[1]              Véase por ejemplo Lanapoppi, P. (2014), Caro turista, Venezia: Corte del Fontego, p. 12.

[2]              Información del servicio estadístico del Ayuntamiento de Venecia.

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