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Repensar Bonpastor. ‘Museo de la vivienda’: monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos…

Uno de los aspectos más cínicos e inquietantes del llamado “Modelo Barcelona” ha sido su capacidad de convertir constantemente en celebración, en triunfo, hasta los aspectos más dolorosos e injustos de la experiencia urbana. Lo dijimos hace años, cuando veíamos barrios enteros arrasados, habitantes y centros sociales desalojados, grandes corporaciones apropiándose de la ciudad, mientras las administraciones celebraban la diversidad cultural, la paz y la sostenibilidad en el Fórum de las Culturas. Volvemos a decirlo ahora, cuando las nuevas administraciones anuncian su intención de celebrar la destrucción del barrio de Bon Pastor y el empobrecimiento de su población, a través de un “museo participativo de la vivienda” en el barrio.

Los museos son los instrumentos con qué los vencedores escriben su versión de la historia de los vencidos. Hay museos de los indios, nunca museos de los cow-boys. Museos de los oficios campesinos, nunca museos de la violencia capitalista. Se estetiza y se encierra lo que se quiere borrar, convirtiéndolo en memoria, en “patrimonio”. Entonces, ¿qué sentido tiene hoy un museo de la vivienda? ¿Acaso haya algo a celebrar? Sobre todo, ¿por qué en el Bon Pastor? Para las y los miembros del ex colectivo Repensar Bonpastor, que por casi una década hemos sido testigos y hemos hecho registros del conflicto generado por la demolición de las casas baratas, nos parece claro que esta iniciativa pretende remodelar la historia del barrio, después de haber remodelado el barrio y las vidas de su gente.

Se propone un museo “vivo” y “participativo”. Otra vez esta palabra, la misma que legitimó la demolición del barrio y la venta de sus habitantes a los grandes bancos a través de la promoción de hipotecas. Participación sí que hubo: de un minúsculo grupo de vecinos y vecinas privilegiadas que se hicieron portavoz de decisiones ya tomadas por el Ayuntamiento, a costa de aterrorizar y amenazar a quienes no estaban de acuerdo, o chantajearlas para que aceptaran cualquier cosa que se les ofreciera para no quedarse en la calle. Las casas baratas de Bon Pastor no era un lugar de “participación”, sino de resistencia política y contrapoder popular: el primer grupo de vivienda obrera de Barcelona, que fue planificado inicialmente como un campo de concentración para trabajadores migrantes, pero que con el tiempo (y una revolución) miles de habitantes consiguieron convertir en un pequeño pueblo, en una gran familia. Los lazos de ayuda mutua y solidaridad, de empoderamiento social e integración de las diversidades, construidos en ocho décadas de trabajo colectivo, fueron despedazados por el “proceso participativo”, que pedía que todas dijeran “sí” a una demolición ya decidida.

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En el nuevo museo, estamos seguras, no habrá los cientos de entrevistas que grabamos desde 2004, que demuestran que una gran parte de los habitantes de Bon Pastor no querían que se tiraran las casas baratas. No habrá ningún documento que atestigüe la larga lucha de un grupo de habitantes que dejaron la AVV en 2003, por que no estaban de acuerdo con el proyecto de demolición, y que con el tiempo obtuvieron el apoyo de casi la mitad de núcleos familiares de las casas baratas. No habrá las imágenes y vídeos del violento desalojo del 19 de octubre de 2007, cuando la Guardia Urbana cargó contra un centenar de habitantes y solidarias que defendían las primeras casas desalojadas en las calles Mollerussa, Granadella y Albí. Ni las imágenes de la ocupación masiva de junio de 2010, que por una tarde hizo que un centenar de habitantes se sintieran finalmente dueñas de su espacio vital. Tampoco habrá las decenas de proyectos alternativos a la demolición que recogimos a través de un concurso internacional de ideas, que demostraban que se podía imaginar una solución sostenible y no especulativa para esa parte de Barcelona, sin necesidad ni de desalojos forzosos, ni del conflicto que partió el barrio en dos.

Lo único que habrá en ese museo será el simulacro. El simulacro que cultivaron las administraciones en este barrio por lo menos desde qué empezamos a interesarnos por la violencia institucional desplegada contra sus habitantes. El simulacro de la participación, el simulacro del consenso, el simulacro de la mejora. Un simulacro que esconde el gran desprecio institucional que las administraciones han mantenido siempre hacia quién habita esta parte de la ciudad. Este mismo desprecio, este “nosotros sabemos lo que os conviene” y “aún nos tenéis que dar las gracias”, empujó las pasadas administraciones a vender al barrio entero a los grandes bancos responsables de la crisis financiera global, promoviendo hipotecas para gente que no podía pagarlas, empujada así hacia el endeudamiento y la miseria – a la vez negando indemnizaciones legales a las que no querían, y amenazando de expulsión a quiénes se atrevían a creer tener derechos.

Todas aquellas que, dentro o fuera del barrio, reivindicaban la existencia de un patrimonio histórico popular, de valores vernaculares vinculados al espacio, de una microsociedad que funcionaba y que había que proteger, eran sistemáticamente ridiculizados y silenciados. Diez años más tarde llega el reconocimiento de la existencia de un patrimonio histórico; pero no en la forma de disculpas públicas, de un “repensar” las políticas destructivas que llevaron a la muerte del barrio – sino de un monumento. Un monumento a los vencedores con los vestigios de los vencidos: un “museo de la vivienda”. Hasta durante las grandes demoliciones ordenadas por Mussolini se recogieron fotos y mapas de las casas demolidas, para los curiosos y estudiosos del futuro.

La historia viva del barrio, para quiénes tengan paciencia de buscarla, seguirá al alcance en nuestros libros autoproducidos y páginas web autogestionadas, elaboradas con mucha paciencia desde el interior de Bon Pastor, con las voces y el trabajo de afectados y afectadas por las demoliciones y las expulsiones. Para quiénes, en cambio, quieran ver el simulacro, habrá el nuevo museo. Esperemos que por lo menos expongan un vecino momificado, a lo mejor sentado en la puerta tomando la fresca. Así alguien recordará, al visitarlo, que lo que había que preservar, antes que cuatro paredes y ocho casas, era un barrio entero, su gente, su socialidad, su vida a pie de calle – y por supuesto, su lucha.

Col·lectiu Repensar Bonpastor
Novembre 2018

 

 

 

 

 

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Managua: Las regresiones de una ciudad sin centro

Por Rene Hayashi

En Nicaragua en los últimos meses, parecen convivir dos construcciones de la realidad opuestas. Como si fueran dos universos paralelos en un mismo tiempo y espacio. Se ha ido creando una distancia cada vez más abismal, entre la visión de la realidad que mantienen Gobierno y población. Los medios oficiales que apoyan a Ortega buscan instaurar una ficción dentro de la población. A través de este relato ficcionado se quieren evadir de su responsabilidad respecto al estado de violencia que han desatado ellos mismos en el país. Para este fin regresan con una nueva versión remasterizada de la época contra-revolucionaria de los años ochenta, en la que los manifestantes son comparados con los contra-revolucionarios de aquellos años. Pero esta no es las única explicación que dan en la televisión y la radio afines al régimen. También dicen que los asistentes a las manifestaciones, son grupos pertenecientes a cierta “derecha vandálica”. El FSLN entra en escena, para explicar que en Nicaragua se está siguiendo el mismo guión desestabilizador que en Venezuela.

Pero la falta de coordinación de las distintas interpretaciones que se nos dan desde el gobierno y sus medios, hace que parezca que han entrado en una especie de esquizofrenia discursiva, carente de lógica. La primera dama -vicepresidenta de Nicaragua Rosario Murillo- ilustra bastante bien esto con sus declaraciones, que van de lo cursi a lo esotérico. Murillo dice de los manifestantes que son grupos “vinculados a bandas delincuenciales” los culpables de haber roto la paz en el país centroamericano. La primera dama hace su diagnóstico “psicológico”, propio de un culebron latinoamerican culpando a “la cizaña [que] intoxica algunos corazones”, luego les advierte de forma paternalista “que la ambición puede cegar”. Rosario desafía todo análisis demográfico diciendo que son “grupos minúsculos y tóxicos” o incluso se vuelve mística afirmando que se trata de “vampiros que reclaman sangre”.

Al mismo tiempo que la pareja presidencial organiza marchas a favor de la Paz y celebra mitines multitudinarios en la calle, reprime a los manifestantes. A pesar de las actividades promovidas por el gobierno, en favor de la paz y pronunciamientos pro-diálogo, la espiral de violencia no ha dejado de crecer. Las víctimas de la represión del estado, han aumentado vertiginosamente. Los medios de comunicación mas críticos al régimen han calificado al gobierno como represivo, dictatorial y sus acciones como de terrorismo de estado. Varias personas, con las que tengo comunicación tienen la percepción de que están inmersos en una especie de deja vu, en el que el ciclo histórico de los años de la Revolución se repite. Los viejos revolucionarios comparan al antiguo guerrillero Sandinista y actual presidente de Nicaragua, con el mismo Dictador Anastasio Somoza, al cual combatieron en su juventud. Una regresión.

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Derribo de la estatua del dictador Anastasio Somoza

La ciudad parece también contagiarse de la misma regresión que sufren algunas de las personas con las que hablo. Las calles se llenan de nuevo de barricadas, de edificios quemados como en el 79. Pero esta no es la única imagen del recuerdo, como nos lo explican en su artículo Arroyo y Miranda, “¿Por qué los manifestantes en Managua derriban árboles metálicos[i]?“. A los nicaragüenses les viene el recuerdo del derribamiento de la estatua del “Caballo de Somoza”, derribada el 20 de julio de 1979. Ahora el caballo somocista ha sido remplazado por “los árboles vida” o chayo-palos, como se les conoce popularmente, en honor a la Primera Dama (“Chayo”, diminutivo de Sagrario). La caída de estas gigantescas estructuras metálicas es celebrada jubilosamente por la muchedumbre. La escena se asemeja a una gran fiesta popular, la cual cuenta con su propia música de fondo, producida por los cañonazos de los “morteros” (armas de fabricación casera, más parecidos a juegos pirotécnicos que a armas reales).

Las primeras semanas en el inicio de las manifestaciones se asemejaban más bien a un gran carnaval. No solo por la euforia de las demostraciones populares, los carnavales como las protestas actuales del país centroamericano, se caracterizan por subvertir el orden social. Son, en efecto, “una constante del tiempo carnavalesco. Los cambios de actitud, posición y orden de personas, animales y objetos se desarrollan de forma sistemática en esta época[ii]”. Algunas personas acudieron a las marchas con las caras cubiertas, mientras otros protegieron su identidad con máscaras típicas de las fiestas tradicionales de Nicaragua. Otro tanto de los manifestantes van vestidos con camisas en las que se podían leer frases como “Que se rinda tu madre”, o “No eran delincuentes, eran estudiantes”. Entre la multitud se podían ver centenares de banderas de Nicaragua.

Si el Gobierno de Ortega recicló ciertos discursos de la contra revolución de los años ochenta, los manifestantes de hoy en día, recuperan para el movimiento social, las estrategias, consignas y canciones de la revolución Sandinista. No debería de extrañar esta reacción como nos explica un grupo de investigadores de Universidad Centro Americana: “Los repertorios son el conjunto de medios conocidos y disponibles por los movimientos sociales que se utilizan para exponer exigencias. Estos medios son culturalmente aprendidos a través de la acción colectiva y la cultura política de una sociedad. Los movimientos sociales en Nicaragua realizaron acciones colectivas con mayor fuerza y eficacia en los momentos de crisis políticas, sociales y económicas, cristalizadas en tres procesos históricos claves: la dictadura somocista, la revolución sandinista y el neoliberalismo[iii]”. Varias de las estrategias actuales también incorporaron nuevas tácticas a su repertorio, como el Internet, el cual fue usado por los protestantes como ciber-plazas. Las cuales fungían como espacios de reunión paralelos a la calle. En estas plazas se reproducía el mismo comportamiento del internet dentro del espacio urbano.

Las rotondas se convirtieron en los nuevos centros de reunión del descontento popular. La protesta, al hacer el tránsito del espacio público a la virtualidad y de regreso al espacio público, se operaba con la misma lógica. La multiplicidad y simultaneidad de las redes sociales era aplicado en el espacio urbano. El comportamiento de las manifestaciones de Managua se asemeja a una cartografía de dinámicas de redes sociales, con múltiples nodos urbanos. Los manifestantes se congregan en distintas puntos de reunión, al mismo tiempo. El gobierno, por su parte realizaba, sus propias contra marchas, las cuales se localizaban, en la rotonda Hugo Chavez o en el malecón y la plaza de la revolución. Estoss eran los espacios utilizados para las demostraciones de apoyo a Ortega.

Por el otro lado, las Rotondas universitarias, Rubén Darío, Jean Paul Genie, la de Cristo Rey y la Virgen. Estos eran los puntos que se habían apropiado los opositores al régimen. Los barricadas empezaron a proliferar y a esparcirse a lo largo de toda la capital y por la mayor parte de las ciudades del país. Las calles hechas de adoquines se   van desmembrando, uno a uno, como si fueran piezas de un juego de lego, hasta transformase en “tranques” (palabra con la que se conocen en Nicaragua a las trincheras o barricadas). Los cortes de ruta re plantearon la función de las calles que pasaron de la circulación a la paralización total del tráfico. Los improvisados muros de las barricadas servían para resguardarse de los ataques de “la turba” (Grupos Paramilitares) y de los policías. Algunos los decoran con banderas, otros pintan murales, hay los que se vuelven altares. El rojo con negro con el que se identifica al Frente Sandinista de Liberación Nacional es reemplazado por el Azul y Blanco característico de la Bandera de Nicaragua. La rebelión de Nicaragua, también es estética, y los símbolos son parte de la disputa contra el régimen.

Managua fue declarada en 1852 capital de Nicaragua, con la idea de evitar las históricas peleas entre León y Granada las cuales se disputaban ser la capital del país. La deriva urbana en la que entró la capital de Nicaragua por el terremoto del ‘72 parece no cesar. Como nos relata Luis Fuentes Guaza en su texto sobre Managua: En 1972 un temblor pulverizó la ciudad de Managua. Todo quedó en ruinas. Este acontecimiento supuso la desarticulación del centro urbano actualmente conocido como la Vieja Managua. Esta Managua simbolizaba la promesa superficial de progreso y modernidad con la que la dictadura de Somoza intentaba silenciar la brutal precariedad de una mayoría nicaragüense empobrecida. Los acontecimientos que siguieron al terremoto, como el hecho de que la asistencia Internacional destinada para la reconstrucción de Managua fuera robada por el gobierno, abrieron paso a la Revolución Popular Sandinista en 1979.

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Timbre postal conmemorativo del derrumbe del “caballo somocista”.

FSLN-Revolución-Reagan-Contras se suceden a lo largo de los años ochenta, hasta que en 1990 la presidenta Violeta Chamorro, apoyada por EEUU, pone fin al periodo de esperanza en un cambio social. La ruinas y los predios vacíos seguían siendo los protagonistas de la ciudad .Parte de la estructura urbana actual data de la época de Arnoldo Alemán, el cual se convirtió en el Alcalde de la capital en 1990. Entre sus principales planes estaban el dotar de una nueva imagen a la ciudad. Paradójicamente este nuevo modelo urbano, no contemplaba la reconstrucción del Centro de la ciudad. Las rotondas (o glorietas) se proponían como parte central en la mejora cosmética del entorno urbano y la manera más “eficiente” de gestionar el tráfico. También se decía que estas evitarían el robo a automovilistas. Uno de los primeros casos de invasión de una de estas Islas Urbanas fue el de la rotonda de la virgen construida en 1999, lo cual vino evidenciar el rostro real de las rotondas como antítesis del espacio público. Se privilegiaba al automovilista sobre los peatones. Los primeros en apropiarse de estos espacios vacantes fueron grupos marginales, para después ser utilizada por los deportistas, hasta que por medio de negociaciones “la rotonda de la virgen” se convirtió en el 2007 en uno de los parques públicos más populares de la ciudad. Este fue el primer caso de apropiación de una de las 11 rotondas, esparcidas en la zona metropolitana. En estas se encuentran una serie de estatuas ornamentales y conmemorativas. Tienen figuras que van de los religioso a lo abstracto o fuentes. En otras también se encuentran esculturas abstractas. El poeta Rubén Darío por su parte cuenta con una fuente en su honor de forma piramidal.

La llegada a la presidencia de Ortega en el 2006 trajo consigo un cambio del paradigma cultural del relato hegemónico planteado por gobiernos neoliberales anteriores, el cual se fundamentaría en la recuperación histórica de la época de la revolución y de la figura de Sandino. A manera de discurso legitimador. Lo cual viene ejemplificar bastante bien lo dicho por Antonio Gramsci, “los dispositivos de convencimiento, que sirven para asentar las claves de los relatos hegemónicos, son culturales”. Para el Frente Sandinista de Liberación Nacional el espacio público sería uno de los elementos centrales para llevar a cabo su nueva estrategia comunicativa. El cambio de nombre de Plaza de la República (como se llamaba en los gobierno anteriores) por el de la Plaza de la Revolución junto con la utilización de colores vistosos como el rosa, el amarillo y el celeste. Los cuales proliferaron en varias zonas de la ciudad junto con el Rojo con negro, que caracterizan al FSLN. Postes, edificios públicos, las bases de los monumentos, entre derrumbamientootros elementos, eran pintados con estos colores. Estas nuevas tonalidades se convirtieron en una presencia dominante dentro del paisaje de la capital de Nicaragua. Esta nueva estética instaurada por el gobierno, también fue acompañada de nuevos símbolos revolucionarios como la estatua en honor al poeta Rigoberto López Pérez, el cual fue el asesino del primer presidente de la dinastía de los Somoza. Los procesos de construcción de nuevos monumentos también fueron acompañados de la destrucción de símbolos de la administración pasada, como es el caso de la escultura abstracta de la rotonda de Colón. El cual fue remplazado por un extraño monumento al comandante Hugo Chavez. Otros de los espacios que corrió con la misma suerte fue la concha acústica, el cual fue demolido.

Lo que prosiguió fue poblar la ciudad de “los árboles de la vida” (Chayo Palos) hasta volverlos una presencia casi omnipresente dentro del entorno. Pero la explosión social de los tiempos actuales tenían otros planes para estos símbolos. Como nos demuestra el rastro de estos árboles metálicos tirados, en conjunto con los edificios y llantas de carros quemados. Como nos explica Manuel Delgado en su texto sobre las apropiaciones insolentes del espacio publico: “son esas territorializaciones insolentes las que nos advierten de hasta qué punto una ciudad no es sólo una forma ordenada o un sistema ordenable y menos lo que en muchos casos quisieran que fuera hoy: un producto en venta y una mera fuente de beneficios. Esos episodios regularmente repetidos de metrópolis levantadas nos recuerdan que toda ciudad es o acabara siendo lo que es: un amasijo infinito, un protoplasma inagotable de lucha y de pasión.[iv]” En Managua la trama urbana se entrelaza con la trama histórica, En la que parece que observamos un loop histórico, en que la misma secuencia va proyectando el pasado en el presente. Pero las imágenes, de tanto reproducirse, se van distorsionando hasta entregarnos una imagen enrarecida y completamente distinta.

[i] Lorena Arroyo y Wilfredo Miranda. “¿“Por que los manifestantes en Managua derriban árboles metálicos al grito de “hay libertad”?”. Prodavinci.

[ii] http://www.educa.madrid.org/web/cp.claracampoamor.sanmartindelavega/images/carnaval/Lo%20que%20hay%20que%20saber%20de%20los%20carnavales.pdf

[iii] Mario Sánchez González, Douglas Castro Quezada, Rony Rodríguez Ramírez et Jorge Guerra Vanegas, « Movimientos sociales y acción colectiva en Nicaragua : entre la identidad, autonomía y subordinación », Amnis [En línea], 15 | 2016, consultado el 30 octubre 2018. URL : http://journals.openedition.org/amnis/2813 .

[iv] Manuel Delgado. “Apropiaciones insolentes del espacio urbano a principios del siglo XXI”. Conferencia pronunciada en la Facultad de Artes de la Universidad del Valle, en Cali, el 28 de septiembre de 2013. http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2017/12/apropiaciones-insolentes-del-espacio.html

Rene Hayashi es Artista. Nacido en México, vive y trabaja en Lima, Perú. Ha sido becario del Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Arte y Medios, el Programa de Residencias Artísticas, FONCA. Su trabajo se ha expuesto en distintos lugares, como la Sala de Arte Público Siqueiros (Ciudad de México), el Contemporary Art Center Zamekujazdowski (Varsovia) o La Bienal de Praga (Praga). Ha realizado intervenciones urbanas y diseño de espacios públicos en ciudades como Guadalajara, Puebla y El Paso. Ha impartido talleres y conferencias en Managua (Espora), Tegucigalpa (MUA), y São Paulo (Encuentro Internacional de Arte y comunidad), entre otras ciudades.

 

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Colonia, la cultura de la violación y su lógica espacial

Fuente: Andrea Zennaro

Fuente: Andrea Zennaro

Por Cecilia Vergnano (OACU

Hay algunos elementos en común entre la narración mainstream de los ataques de París del pasado noviembre y la de las agresiones de nochevieja en Colonia. Tanto en uno como en otro caso, los sucesos han sido descritos como agresiones por parte de “extranjeros” que, con sus conductas violentas, intentarían amenazar “nuestros valores”, “nuestra libertad” y “nuestro estilo de vida”. En particular, nuestro tiempo para la fiesta, el ocio y la diversión. Mucho más interesante sería observar que las relaciones de dominación entre el norte y el sur del mundo, entre el centro y la periferia globales, entre el centro y la periferia urbana, así como las relaciones de dominación masculina, se rearticulan en este momento histórico de una manera que puede llegar a ser particularmente visible en los espacios públicos de nuestras ciudades.

Tanto en París como en Colonia, la imagen tranquilizadora del espacio público como un lugar normativizado, pacificado y seguro resulta crispada. Estos ataques ponen en evidencia que este espacio ideal donde se realiza la “vida pública” en sentido abstracto y habermasiano (la asociación libre e igualitaria entre sujetos que establecen entre sí vínculos de mutuo reconocimiento) nunca ha existido. La calle vuelve a ser peligrosa, y una de los motivos que generan las grandes oleadas de pánico moral de estos días es que se trata de la calle de algunos barrios considerados como “seguros”, centricos y gentrificados. Quien habla de los “valores de nuestra sociedad” contrapuestos al “oscurantismo islámico”, olvida que la violencia sobre los cuerpos de las mujeres, así como las matanzas indiscriminadas de civiles inocentes, no son una prerrogativa exclusiva de “civilizaciones atrasadas”.

Por lo que concierne las violencias de género, en particular, son conocidos los datos que nos revelan que en Europa casi un cuarto de las mujeres han sufrido violencias físicas, psicológicas y sexuales (dos tercios de ellas, en sus hogares domésticos, por parte de sus compañeros u otros miembros de la familia). Y todavía es frecuente la percepción del espacio público por parte de muchas mujeres como un espacio inseguro, que se atraviesa usualmente expuestas a la mirada masculina y también, en ciertos horarios o en ciertos sitios, a las agresiones – por el simple hecho de ser mujer. En definitiva, las violencias y los abusos contra las mujeres no han acontecido solamente en Colonia la noche del 30 de diciembre. Todas formas de violencia son, de alguna manera, “sexuadas”, e interpretar lo que ha pasado en nochevieja como un choque de civilizaciones no hace sino entorpecer (o instrumentalizar) el debate.

Son bien conocidas y exploradas las relaciones entre racismo y sexismo, que incluso llegan a coincidir en su definición (el desprecio o miedo hacia quienes pertenecen a otros grupos, definidos por criterios supuestamente “genéticos”), de manera que es difícil separar analíticamente los dos fenómenos. Yendo más allá de estas reflexiones pedantemente formales, hay quien ha magistralmente explicado la aparente contradicción entre las ideologías universalistas e igualitaristas propias de la modernidad “occidental”, por un lado, y el racismo y el sexismo, por el otro, como una tensión inherente a la existencia misma del capitalismo y su necesidad de estructuración de la fuerza de trabajo (Balibar, en Balibar y Wallerstein 1991).

Mirando las cosas desde una perspectiva espacial, creo que hay que decir dos palabras sobre los espacios donde estos episodios se han producido. La antropología urbana ha evidenciado el carácter construido del espacio como un producto social. Sería interesante observar los procesos a través de los cuales los espacios del 11eme arrondissment, en Paris, y la Altstadt (Ciudad Vieja), en Colonia, han adquirido sus características de barrios “jóvenes”, atractivos por su oferta en diversión y ocio nocturno y, sobre todo, atractivos para la inversión en el sector inmobiliario. Solo hay que observar la subida de los precios que ha caracterizado el valor del suelo en ambos barrios en las últimas décadas. A lo largo de un siglo, el 11eme arrondissment ha pasado de ser un barrio industrial a ser un barrio popular de fuerte composición inmigrante, hasta representar el corazón de la gentrificación europea, con viviendas cuyo valor alcanza tranquilamente los 10.000 euros al metro cuadrado.

Estos procesos evidentemente no son exentes de impactos sociales, puesto que la composición del barrio ha profundamente cambiado, provocando una expulsión de una parte sus habitantes – los más fragilizados frente a la subida de los precios – y la llegada de una nueva clase más acaudalada. Por otro lado, es suficiente echar un ojo a la evolución de los precios en el casco antiguo de Colonia (el barrio alrededor de la estación) para darse cuenta de los procesos de especulación en curso. Bien conocida y explorada por muchos investigadores y científicos sociales es la sucesión de las diferentes fases que caracterizan los procesos de gentrificación de un barrio, que conlleva, entre otras cosas y en muchos casos, la aparición masiva de lugares destinados al ocio nocturno como factor que posibilita y justifica la subida del valor del suelo. Un lugar donde la gente va a pasar la noche es, de hecho, un lugar que en la percepción común se presenta como seguro, pacífico y desconflictivizado. Y son justamente estas explosiones de violencia las que provocan el levantamiento de los pánicos morales más profundos.

Ahora bien, lejos de justificar dichas violencias como “restauradoras de justicia” en un contexto estructuralmente injusto (lo cual sería completamente alejado de mis intenciones), se trata simplemente de evidenciar aquí su carácter arbitrario en un contexto también arbitrariamente violento, y sin embargo percibido e interiorizado como “normal”, “cotidiano” o “natural”. De hecho la noción de “espacio público”, tal como se utiliza actualmente, fundamenta y legitima lo que podría llamarse “el derecho a excluir”: a relegar a las periferias la así llamada “violencia callejera”, a relegar al espacio doméstico la mayoría de las violencias de género. La gentrificación de los centros urbanos tiene sus costes en lo que concierne fenómenos conocidos y estudiados entre sociólogos e investigadores sociales, como (entre otros) la marginalización de hombres jóvenes inmigrantes, o los procesos ligados a formas específicas de construcción de la masculinidad entre en las segundas o terceras generaciones de inmigrantes.

Habría que hablar además de las diferentes formas de la violencia sexuada. Una agresión en la calle como la acontecida en Colonia conlleva una hiperrepresentación de un determinado sector de población (los así llamados “inmigrantes indeseados”), mientras que una forma clásica de violencia sexuada que es la violencia doméstica mostraría unos datos completamente diferentes en lo que concierne la procedencia geográfica de los agresores, sus niveles de estudio y su extracción socioeconómica. Así como encontraríamos especificidades analizando el fenómeno del turismo sexual fuera de Europa, en países que se han convertido en “paraísos sexuales” para turistas europeos en busca de mujeres, niños y niñas cuyas condiciones de miseria les imponen la prostitución como una opción que es todo menos que libre. No distinguir y analizar las especificidades de las diferentes formas de violencia sexuada es bastante irresponsable, porque quiere decir reconocer solo una forma, que es aquella “de calle” – y no de cualquier calle, sino solamente las calles del “primer mundo”.

Muchísimas mujeres habitantes de ciudades europeas (“autóctonas” o “inmigrantes”) pueden testificar que, durante los últimos años, muchas de las molestias o agresiones que han sufrido en la calle procedían de ciudadanos “no nacionales”. La proporción se invierte completamente cuando hablamos de feminicidios – la mayoría llevados a cabo dentro de los muros domésticos, por parte de las mismas parejas o exparejas de las víctimas. La pregunta que hay que hacerse, entonces, es ¿quién está en la calle? ¿y quién está en el hogar? ¿quién en el espacio público, y quién en el espacio doméstico? Y, se podría añadir, ¿quién encontraríamos en las calles de Tailandia, Singapore, Brasil, Marruecos, comprando su propio placer sexual en contextos de pobreza? ¿Quiénes son los agresores en las zonas en las que se despliegan misiones de paz de los cascos azules de la ONU – repetidamente acusados de violaciones? Una larga serie de “etcétera” es obligatoria.

La verdadera “noticia” entonces, en las agresiones de Colonia, es que estas invierten una lógica que nadie discute, que es la de la cultura de la violación: violación que parece ser socialmente aceptada cuando sigue las corrientes de la violencia estructural, desde el centro a la periferia del sistema mundo (y del sistema urbano) pero nunca al revés; violación legítima dependiendo de los agresores y las víctimas, sus respectivas razas y el espacio en la que ésta se consuma.

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París, capital del terrorismo capitalista internacional

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Foto de Cecilia Vergnano y Dolors Garcia, gente del OACU, ayer, allí.

por Manuel Delgado (OACU)

Ayer, en París, se volvió a conocer la lógica de la violencia contra quienes protestaban con otra violencia infinitamente más destructiva y atroz: la que hoy está destruyendo nuestro planeta y uno de cuyos efectos son cambios climáticos en que se expresa la depredación masiva de la naturaleza por parte del sistema capitalista mundial. Da que pensar que lo de ayer sucediera en una ciudad que se nos acaba de mostrar hace poco la nueva capital del dolor terrorista. Frente al terrorismo capitalista que acabará liquidando un día la vida en la Tierra, la violencia del DAESH, que al fin al cabo no es más que otra de sus variantes, a la que se muestra como supuestamente fuera de control.

Lo que interesa es cómo la violencia es objeto de discursos que la perfilan como una irrupción del otro absoluto, que la asocian al inframundo de los instintos, que prueban nuestro parentesco inmediato con los animales o que advierten del acecho cercano de potencias maléficas. La violencia ejercida por personas ordinarias no legitimadas es entendida como abominable, monstruosa, en cualquier caso siempre extrasocial. Lo hemos vuelto a ver estos días: la representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos,  de esa violencia no sólo antisocial, sino asocial, no hace sino incidir constantemente en la degradación que indica el uso no legítimo de la fuerza bruta, que convierte a sus ejecutores en menos que humanos, representantes de instancias subsociales o infrahumanas. La imaginación mediática y los discursos políticos y policiales que hablan constantemente de esa violencia exógena a lo social humano, procuran hacer de ella un auténtico espectáculo aleccionador para las masas.

En los medios de comunicación y en los discursos oficiales que «condenan la violencia» no se habla nunca, por supuesto, de la violencia tecnológica y orgánica, aquella que se subvenciona con los impuestos de pacíficos ciudadanos que proclaman odiar la violencia. No mencionan la muerte aséptica, perfecta y en masa de los misiles inteligentes, las bombas con uranio empobrecido o de los bloqueos contra la población civil. No hacen alusión a las víctimas incalculables de la guerra y la represión política. Vuelven una vez y otra a remarcar lo que Jacques Derrida había llamado la «nueva violencia arcaica», elemental, bruta, la violencia primitiva del asesino real o imaginario, del sádico violador de niñas, del terrorista, del exterminador étnico, del hooligan, del delincuente juvenil, del joven radical vasco, del skin.

Frente a una violencia homogénea, sólo concebible asociada al aparato político y a la lucha por la defensa y la conquista de un Estado que hoy ya es universal, una violencia heterogénea, dispersa, caótica, errática, episódica, primaria, animal, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad: violencia terrorista, criminal, demente, enferma, étnica, instintiva, animal; violencia informal, poco o nada organizada: bomba casera, cóctel molotov, arma de contrabando, puñal, piedra, hacha, palo, veneno, puñetazos, mordiscos, patadas… De hecho, esa es la violencia que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad, el fanatismo y la locura. Violencia artesanal, pre-moderna, «hecha a mano», paradójicamente «violencia con rostro humano», y por ello escandalosa e inaceptable, puesto que no tiene nada que ver con la violencia constante, con las coordinadas y estructuras fundamentadas en el uso de la fuerza que posibilitan la existencia misma de los órdenes políticos centralizados, sean locales o globales.

Los violentos son siempre los otros, quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a esos «otros» es la manera como éstos contrarían el principio político irrenunciable del monopolio en la generación y distribución del dolor y la destrucción. Una magnífica estrategia, por cierto, en orden a generar ansiedad pública y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica.

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Ônibus 174 – José Padilha y Felipe Lacerda, 2002

El 12 de junio de 2000, el autobús 174 fue secuestrado en una zona de lujo de Río de Janeiro por un joven armado llamado Sandro do Nascimento, que detuvo sus 11 pasajeros como rehenes durante cuatro horas. Agentes de policía y equipos de televisión llegaron numerosos e ávidos de sensacionalismo, y enormes multitudes se reunieron en el lugar del secuestro. Finalmente, la policía disparó a muerte Nascimento, y una pasajera murió. El evento fue transmitido en vivo por todas las cadenas de televisión brasileñas, convirtiéndose no sólo en uno de los retratos más impactantes de violencia sino sobre todo en uno de los más aterradores ejemplos de incompetencia policial y abuso de poder.

Padilha y Lacerda nos llevan, de forma aguda e inteligente, a través de las cuatro horas de enfrentamiento examinando en detalle el acontecimiento, lo que es la vida en las favelas de Río de Janeiro y la forma en que el sistema de justicia penal en Brasil trata a las clases socialmente más desfavorecidas. En este sentido, ”Ônibus 174” forma un ensayo social a través de las escenas del secuestro sacadas de televisión, fotografías, resmas de informes de la policía y evaluaciones psiquiátricas, entrevistas a los rehenes, periodistas, camarógrafos, guardias, académicos, matones, trabajadores sociales, así como a la tía y los viejos amigos de Nascimento. Adquiriendo una inquietante calidad teatral, la película llega a poner de relieve la fuerte acusación de una sociedad en la que una fuerte inclinación a la violencia es lo que el poder tiene en común con el “crimen”.

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de | septiembre 6, 2014 · 5:18 pm