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Colonia, la cultura de la violación y su lógica espacial

Fuente: Andrea Zennaro

Fuente: Andrea Zennaro

Por Cecilia Vergnano (OACU

Hay algunos elementos en común entre la narración mainstream de los ataques de París del pasado noviembre y la de las agresiones de nochevieja en Colonia. Tanto en uno como en otro caso, los sucesos han sido descritos como agresiones por parte de “extranjeros” que, con sus conductas violentas, intentarían amenazar “nuestros valores”, “nuestra libertad” y “nuestro estilo de vida”. En particular, nuestro tiempo para la fiesta, el ocio y la diversión. Mucho más interesante sería observar que las relaciones de dominación entre el norte y el sur del mundo, entre el centro y la periferia globales, entre el centro y la periferia urbana, así como las relaciones de dominación masculina, se rearticulan en este momento histórico de una manera que puede llegar a ser particularmente visible en los espacios públicos de nuestras ciudades.

Tanto en París como en Colonia, la imagen tranquilizadora del espacio público como un lugar normativizado, pacificado y seguro resulta crispada. Estos ataques ponen en evidencia que este espacio ideal donde se realiza la “vida pública” en sentido abstracto y habermasiano (la asociación libre e igualitaria entre sujetos que establecen entre sí vínculos de mutuo reconocimiento) nunca ha existido. La calle vuelve a ser peligrosa, y una de los motivos que generan las grandes oleadas de pánico moral de estos días es que se trata de la calle de algunos barrios considerados como “seguros”, centricos y gentrificados. Quien habla de los “valores de nuestra sociedad” contrapuestos al “oscurantismo islámico”, olvida que la violencia sobre los cuerpos de las mujeres, así como las matanzas indiscriminadas de civiles inocentes, no son una prerrogativa exclusiva de “civilizaciones atrasadas”.

Por lo que concierne las violencias de género, en particular, son conocidos los datos que nos revelan que en Europa casi un cuarto de las mujeres han sufrido violencias físicas, psicológicas y sexuales (dos tercios de ellas, en sus hogares domésticos, por parte de sus compañeros u otros miembros de la familia). Y todavía es frecuente la percepción del espacio público por parte de muchas mujeres como un espacio inseguro, que se atraviesa usualmente expuestas a la mirada masculina y también, en ciertos horarios o en ciertos sitios, a las agresiones – por el simple hecho de ser mujer. En definitiva, las violencias y los abusos contra las mujeres no han acontecido solamente en Colonia la noche del 30 de diciembre. Todas formas de violencia son, de alguna manera, “sexuadas”, e interpretar lo que ha pasado en nochevieja como un choque de civilizaciones no hace sino entorpecer (o instrumentalizar) el debate.

Son bien conocidas y exploradas las relaciones entre racismo y sexismo, que incluso llegan a coincidir en su definición (el desprecio o miedo hacia quienes pertenecen a otros grupos, definidos por criterios supuestamente “genéticos”), de manera que es difícil separar analíticamente los dos fenómenos. Yendo más allá de estas reflexiones pedantemente formales, hay quien ha magistralmente explicado la aparente contradicción entre las ideologías universalistas e igualitaristas propias de la modernidad “occidental”, por un lado, y el racismo y el sexismo, por el otro, como una tensión inherente a la existencia misma del capitalismo y su necesidad de estructuración de la fuerza de trabajo (Balibar, en Balibar y Wallerstein 1991).

Mirando las cosas desde una perspectiva espacial, creo que hay que decir dos palabras sobre los espacios donde estos episodios se han producido. La antropología urbana ha evidenciado el carácter construido del espacio como un producto social. Sería interesante observar los procesos a través de los cuales los espacios del 11eme arrondissment, en Paris, y la Altstadt (Ciudad Vieja), en Colonia, han adquirido sus características de barrios “jóvenes”, atractivos por su oferta en diversión y ocio nocturno y, sobre todo, atractivos para la inversión en el sector inmobiliario. Solo hay que observar la subida de los precios que ha caracterizado el valor del suelo en ambos barrios en las últimas décadas. A lo largo de un siglo, el 11eme arrondissment ha pasado de ser un barrio industrial a ser un barrio popular de fuerte composición inmigrante, hasta representar el corazón de la gentrificación europea, con viviendas cuyo valor alcanza tranquilamente los 10.000 euros al metro cuadrado.

Estos procesos evidentemente no son exentes de impactos sociales, puesto que la composición del barrio ha profundamente cambiado, provocando una expulsión de una parte sus habitantes – los más fragilizados frente a la subida de los precios – y la llegada de una nueva clase más acaudalada. Por otro lado, es suficiente echar un ojo a la evolución de los precios en el casco antiguo de Colonia (el barrio alrededor de la estación) para darse cuenta de los procesos de especulación en curso. Bien conocida y explorada por muchos investigadores y científicos sociales es la sucesión de las diferentes fases que caracterizan los procesos de gentrificación de un barrio, que conlleva, entre otras cosas y en muchos casos, la aparición masiva de lugares destinados al ocio nocturno como factor que posibilita y justifica la subida del valor del suelo. Un lugar donde la gente va a pasar la noche es, de hecho, un lugar que en la percepción común se presenta como seguro, pacífico y desconflictivizado. Y son justamente estas explosiones de violencia las que provocan el levantamiento de los pánicos morales más profundos.

Ahora bien, lejos de justificar dichas violencias como “restauradoras de justicia” en un contexto estructuralmente injusto (lo cual sería completamente alejado de mis intenciones), se trata simplemente de evidenciar aquí su carácter arbitrario en un contexto también arbitrariamente violento, y sin embargo percibido e interiorizado como “normal”, “cotidiano” o “natural”. De hecho la noción de “espacio público”, tal como se utiliza actualmente, fundamenta y legitima lo que podría llamarse “el derecho a excluir”: a relegar a las periferias la así llamada “violencia callejera”, a relegar al espacio doméstico la mayoría de las violencias de género. La gentrificación de los centros urbanos tiene sus costes en lo que concierne fenómenos conocidos y estudiados entre sociólogos e investigadores sociales, como (entre otros) la marginalización de hombres jóvenes inmigrantes, o los procesos ligados a formas específicas de construcción de la masculinidad entre en las segundas o terceras generaciones de inmigrantes.

Habría que hablar además de las diferentes formas de la violencia sexuada. Una agresión en la calle como la acontecida en Colonia conlleva una hiperrepresentación de un determinado sector de población (los así llamados “inmigrantes indeseados”), mientras que una forma clásica de violencia sexuada que es la violencia doméstica mostraría unos datos completamente diferentes en lo que concierne la procedencia geográfica de los agresores, sus niveles de estudio y su extracción socioeconómica. Así como encontraríamos especificidades analizando el fenómeno del turismo sexual fuera de Europa, en países que se han convertido en “paraísos sexuales” para turistas europeos en busca de mujeres, niños y niñas cuyas condiciones de miseria les imponen la prostitución como una opción que es todo menos que libre. No distinguir y analizar las especificidades de las diferentes formas de violencia sexuada es bastante irresponsable, porque quiere decir reconocer solo una forma, que es aquella “de calle” – y no de cualquier calle, sino solamente las calles del “primer mundo”.

Muchísimas mujeres habitantes de ciudades europeas (“autóctonas” o “inmigrantes”) pueden testificar que, durante los últimos años, muchas de las molestias o agresiones que han sufrido en la calle procedían de ciudadanos “no nacionales”. La proporción se invierte completamente cuando hablamos de feminicidios – la mayoría llevados a cabo dentro de los muros domésticos, por parte de las mismas parejas o exparejas de las víctimas. La pregunta que hay que hacerse, entonces, es ¿quién está en la calle? ¿y quién está en el hogar? ¿quién en el espacio público, y quién en el espacio doméstico? Y, se podría añadir, ¿quién encontraríamos en las calles de Tailandia, Singapore, Brasil, Marruecos, comprando su propio placer sexual en contextos de pobreza? ¿Quiénes son los agresores en las zonas en las que se despliegan misiones de paz de los cascos azules de la ONU – repetidamente acusados de violaciones? Una larga serie de “etcétera” es obligatoria.

La verdadera “noticia” entonces, en las agresiones de Colonia, es que estas invierten una lógica que nadie discute, que es la de la cultura de la violación: violación que parece ser socialmente aceptada cuando sigue las corrientes de la violencia estructural, desde el centro a la periferia del sistema mundo (y del sistema urbano) pero nunca al revés; violación legítima dependiendo de los agresores y las víctimas, sus respectivas razas y el espacio en la que ésta se consuma.

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París, capital del terrorismo capitalista internacional

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Foto de Cecilia Vergnano y Dolors Garcia, gente del OACU, ayer, allí.

por Manuel Delgado (OACU)

Ayer, en París, se volvió a conocer la lógica de la violencia contra quienes protestaban con otra violencia infinitamente más destructiva y atroz: la que hoy está destruyendo nuestro planeta y uno de cuyos efectos son cambios climáticos en que se expresa la depredación masiva de la naturaleza por parte del sistema capitalista mundial. Da que pensar que lo de ayer sucediera en una ciudad que se nos acaba de mostrar hace poco la nueva capital del dolor terrorista. Frente al terrorismo capitalista que acabará liquidando un día la vida en la Tierra, la violencia del DAESH, que al fin al cabo no es más que otra de sus variantes, a la que se muestra como supuestamente fuera de control.

Lo que interesa es cómo la violencia es objeto de discursos que la perfilan como una irrupción del otro absoluto, que la asocian al inframundo de los instintos, que prueban nuestro parentesco inmediato con los animales o que advierten del acecho cercano de potencias maléficas. La violencia ejercida por personas ordinarias no legitimadas es entendida como abominable, monstruosa, en cualquier caso siempre extrasocial. Lo hemos vuelto a ver estos días: la representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos,  de esa violencia no sólo antisocial, sino asocial, no hace sino incidir constantemente en la degradación que indica el uso no legítimo de la fuerza bruta, que convierte a sus ejecutores en menos que humanos, representantes de instancias subsociales o infrahumanas. La imaginación mediática y los discursos políticos y policiales que hablan constantemente de esa violencia exógena a lo social humano, procuran hacer de ella un auténtico espectáculo aleccionador para las masas.

En los medios de comunicación y en los discursos oficiales que «condenan la violencia» no se habla nunca, por supuesto, de la violencia tecnológica y orgánica, aquella que se subvenciona con los impuestos de pacíficos ciudadanos que proclaman odiar la violencia. No mencionan la muerte aséptica, perfecta y en masa de los misiles inteligentes, las bombas con uranio empobrecido o de los bloqueos contra la población civil. No hacen alusión a las víctimas incalculables de la guerra y la represión política. Vuelven una vez y otra a remarcar lo que Jacques Derrida había llamado la «nueva violencia arcaica», elemental, bruta, la violencia primitiva del asesino real o imaginario, del sádico violador de niñas, del terrorista, del exterminador étnico, del hooligan, del delincuente juvenil, del joven radical vasco, del skin.

Frente a una violencia homogénea, sólo concebible asociada al aparato político y a la lucha por la defensa y la conquista de un Estado que hoy ya es universal, una violencia heterogénea, dispersa, caótica, errática, episódica, primaria, animal, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad: violencia terrorista, criminal, demente, enferma, étnica, instintiva, animal; violencia informal, poco o nada organizada: bomba casera, cóctel molotov, arma de contrabando, puñal, piedra, hacha, palo, veneno, puñetazos, mordiscos, patadas… De hecho, esa es la violencia que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad, el fanatismo y la locura. Violencia artesanal, pre-moderna, «hecha a mano», paradójicamente «violencia con rostro humano», y por ello escandalosa e inaceptable, puesto que no tiene nada que ver con la violencia constante, con las coordinadas y estructuras fundamentadas en el uso de la fuerza que posibilitan la existencia misma de los órdenes políticos centralizados, sean locales o globales.

Los violentos son siempre los otros, quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a esos «otros» es la manera como éstos contrarían el principio político irrenunciable del monopolio en la generación y distribución del dolor y la destrucción. Una magnífica estrategia, por cierto, en orden a generar ansiedad pública y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica.

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Ônibus 174 – José Padilha y Felipe Lacerda, 2002

El 12 de junio de 2000, el autobús 174 fue secuestrado en una zona de lujo de Río de Janeiro por un joven armado llamado Sandro do Nascimento, que detuvo sus 11 pasajeros como rehenes durante cuatro horas. Agentes de policía y equipos de televisión llegaron numerosos e ávidos de sensacionalismo, y enormes multitudes se reunieron en el lugar del secuestro. Finalmente, la policía disparó a muerte Nascimento, y una pasajera murió. El evento fue transmitido en vivo por todas las cadenas de televisión brasileñas, convirtiéndose no sólo en uno de los retratos más impactantes de violencia sino sobre todo en uno de los más aterradores ejemplos de incompetencia policial y abuso de poder.

Padilha y Lacerda nos llevan, de forma aguda e inteligente, a través de las cuatro horas de enfrentamiento examinando en detalle el acontecimiento, lo que es la vida en las favelas de Río de Janeiro y la forma en que el sistema de justicia penal en Brasil trata a las clases socialmente más desfavorecidas. En este sentido, ”Ônibus 174” forma un ensayo social a través de las escenas del secuestro sacadas de televisión, fotografías, resmas de informes de la policía y evaluaciones psiquiátricas, entrevistas a los rehenes, periodistas, camarógrafos, guardias, académicos, matones, trabajadores sociales, así como a la tía y los viejos amigos de Nascimento. Adquiriendo una inquietante calidad teatral, la película llega a poner de relieve la fuerte acusación de una sociedad en la que una fuerte inclinación a la violencia es lo que el poder tiene en común con el “crimen”.

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de | septiembre 6, 2014 · 5:18 pm